Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El INEGI dio a conocer el crecimiento económico de noviembre del año pasado, mediante el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE). Resulta que el crecimiento en noviembre fue 0.1 por ciento respecto al mes anterior y 2.4 por ciento respecto el mismo mes del año anterior. Dado que contamos con once de los doce meses del año, ya podemos obtener una muy buena estimación de lo que fue el crecimiento del año. La tasa de variación anual acumulada que reporta el INEGI ya cuenta con 91.7 por ciento del calendario. Esta aproximación, 2.52 por ciento, difícilmente va variar mucho de la estimación oportuna que dará a conocer el INEGI el viernes 29 de enero o del cálculo oficial que se divulgará el martes 23 de febrero.

Hace más de un año (durante la mayor parte de 2014), la expectativa de crecimiento para 2015 giraba alrededor de 3.8 por ciento. No obstante, al comenzar el año se fue revisando paulatinamente a la baja y apunta a que tendremos una tasa sustancialmente menor. ¿Qué pasó? ¿Por qué no se materializó el crecimiento esperado? Se ha comentado mucho que las actividades terciarias (comercio y servicios) tuvieron un buen desempeño (se estima crecimiento de 3.3 por ciento), mientras que las secundarias solo avanzaron 1.1 por ciento. Las actividades primarias, que pesan poco en el cálculo del PIB, avanzaron 3.2 por ciento. Por lo mismo, todo apunta a que la lentitud en el avance de las secundarias explica la diferencia.

Si analizamos los distintos sectores de la actividad industrial (secundaria), encontramos un buen avance (4.1 por ciento) en la generación y suministro de electricidad, agua y gas, que representa 5.8 por ciento del total; la construcción creció 3.1 por ciento y contabiliza el 23.6 por ciento de la industria; y, las industrias manufactureras, que suman el 46.4 por ciento del total y avanzaron 2.9 por ciento. Si estos tres sectores, que consisten el 76.8 por ciento de la industria, fuera la totalidad, el avance hubiera rebasado 3.0 por ciento. Sin embargo, la minería que representa el 24.6 por ciento restante, disminuyo -5.9 por ciento. La razón principal es que la producción de petróleo crudo cayó -7.0 por ciento. Estos números nos dicen que la producción industrial en 2015 no fue de un mal comportamiento generalizado, sino más bien de una afectación negativa por la caída en la producción de petróleo crudo.

De los 21 subsectores de la manufactura, 9 tuvieron un desempeño superior a 5 por ciento. Por ejemplo, la “fabricación de productos textiles diferentes a prendas de vestir” gozó de un crecimiento de 10.4 por ciento, mientras que la “fabricación de muebles” creció 11.7 por ciento. En el sentido inverso, solamente tres subsectores tuvieron tasas negativas, siendo la más afectada las industrias metálicas básicas que disminuyó -3.3 por ciento.

Como sabemos, una de las características más importante del año pasado fue la aguda depreciación del peso. A diferencia de otras ocasiones, la supuesta ganancia en competitividad en el precio en dólares no ayudó a impulsar las exportaciones. El volumen en dólares de los primeros once meses del año de las exportaciones no petroleras apenas creció 1.5 por ciento, la tasa más baja desde la gran recesión de 2008-2009. No obstante, muchas empresas manufactureras gozaron de un incremento sustancial en pesos reales, por lo que no tuvieron una afectación mayor. Al final de cuentas, las exportaciones serán el componente del PIB por el lado del gasto que más terminará contribuyendo al crecimiento de 2015.

Igual podemos analizar las actividades terciarias desagregadas, que en conjunto avanzaron 3.3 por ciento. En lo que corresponde a servicios, dos subsectores sobresalen: “servicios de alojamiento temporal y de preparación de alimentos y bebidas” (básicamente hoteles y restaurantes), que creció 5.6 por ciento, y “transportes, correos y almacenamiento e información en medios masivos” que avanzó 5.4 por ciento. Finalmente, el comercio en su conjunto (tanto al por menor como al por mayor), tuvo un desempeño de 4.6 por ciento.

Si bien el crecimiento del PIB de 2.5 por ciento suena mediocre, no es resultado de un desempeño anodino generalizado, sino más de ciertos sectores y subsectores con problemas, mientras que la mayoría tiene un comportamiento favorable. Tampoco podemos decir que en lo último existe un gran auge, sino simplemente que la economía en su conjunto no está tan mal. Si este año mantenemos el ritmo en la mayoría de los sectores y encontramos mejora en los que tienen problemas (como la producción de petróleo), es posible que el crecimiento sorprende al alza.

El tipo de cambio cerró el año en 17.2487 pesos por dólar y ya para el final de la primera semana de 2016 estaba en 17.9283. Parece inminente que pronto entrará al terreno de los 18 pesos. Ciertamente, el mercado cambiario ha mostrado mucho nerviosismo, que difícilmente se puede justificar. El 31 de diciembre de 2014 estaba en 14.7414, por lo que sostuvo un aumento de 17.0 por ciento en el año. Sin embargo, si tomamos en cuenta que a principios de junio de 2014 estaba en 12.8462, el aumento acumulado en aproximadamente un año y medio llega a 39.6 por ciento. En buena medida, ha sido resultado del fortalecimiento del dólar contra la mayoría de las monedas del mundo, por lo que las explicaciones deben provenir principalmente del exterior. No obstante, en los últimos meses hemos visto ya nerviosismo interno, que rebasa los limites de lo que pudiera dictaminar los fundamentos de la economía.

Queda claro que nadie anticipaba esta depreciación. Según la Encuesta de Expectativas de Banamex, que se levante cada 15 días entre alrededor de 25 instituciones financieras, el consenso (mediana) del mercado a mediados de 2014 era que el tipo de cambio terminaría 2015 en 12.68 pesos. En ese momento, la institución más pesimista, Scotia Bank, lo vea en 13.40, mientras que JP Morgan anticipaba 12.25 pesos para el cierre del año. Hace un año (7 de enero de 2015), cuando el tipo de cambio esta acercándose a los 15 pesos, el consenso estaba en 14.00 para fin de año, siendo el más pesimista Nomura (15.00) y el más optimista BBVA Bancomer (13.00). A pesar de una tendencia alcista que lleva ya año y medio y sitúa al tipo de cambio cerca de los 18 pesos, la última encuesta (7 de enero de 2016) prevé que la paridad terminará este año en 17.00 pesos. Todas las instituciones encuestadas anticipan una apreciación respecto al tipo de cambio de ahora, ya que la más pesimista, Monex, piensa que estará en 17.87 pesos a fines de diciembre. Más sorprendente, CIBanco anticipa que estará en 15.30 pesos en doce meses.

¿Por qué esperan todas las instituciones una apreciación este año? Primero, porque la depreciación actual refleja un claro sobre ajuste, mucho más allá de lo que dictaminan los fundamentos. Segundo, porque el comportamiento histórico de los últimos 21 años (desde que existe el régimen cambiario actual) siempre ha señalado que el peso se aprecia lentamente después de una aguda depreciación. Tercero, anticipan políticas monetaria y cambiaria más restrictivas, que evitaran una mayor debilidad. Finalmente, porque no quieren admitir la posibilidad de que continúe la debilidad del peso todo el año.

¿Es posible que el tipo de cambio termine el año por encima de los 18 pesos? Definitivamente. En años anteriores, vimos una entrada espectacular de inversión extranjera de portafolio a raíz de la política monetaria expansionista sin precedente de la Reserva Federal y otros bancos centrales. Ahora que empieza un nuevo ciclo de ésta política no debemos esperar que los flujos de capital sean tan favorables. Esto implica una nueva mezcla entre la oferta y demanda de divisas, que fácilmente puede mantener el tipo de cambio en los niveles actuales o incluso, todavía a un nivel mayor.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de actualizar su documento semestral de las perspectivas de la economía mundial, conocido como el WEO (World Economic Outlook). El titulo de su publicación es “Se atenúa la demanda y se empañan las perspectivas”. A comparación con los números que tenía en octubre, las proyecciones de crecimiento mundial se revisan a la baja (por 0.2 puntos porcentuales) en 2016 y 2017, fundamentalmente por una mayor debilidad prevista en las economías emergentes. La buena noticia es que todavía se espera mayor crecimiento en 2016 (3.4 por ciento) que en 2015 (3.1 por ciento) en la ponderación global. Sin embargo, el crecimiento de los países emergentes en 2015 fue el más bajo desde la gran recesión de 2008-2009. La mala noticia es que el comportamiento de las economías emergentes se ve muy variado y enfrenta muchos retos, a tal grado que es posible que no superemos el crecimiento observado el año pasado.

El FMI estima que el crecimiento del PIB de México en 2015 fue 2.5 por ciento, que coincide con los consensos de la mayoría de las encuestas de expectativas. Sin embargo, para este año anticipa un avance de 2.6 por ciento, por debajo de la opinión generalizada de 2.8 por ciento en las encuestas. En otras palabras, espera que el crecimiento en 2016 será prácticamente igual a la observada en 2015, a pesar de nuestras reformas estructurales y la estabilidad macroeconómica que presumimos.

Si la economía mexicana crece más ahora, será porque se sostendrá el consumo privado, mejorará la inversión privada y aumentarán las exportaciones. Lo que limitará el crecimiento es el gasto público, que enfrenta el reto de la consolidación fiscal, y posiblemente la política monetaria, que afronta el desafío del repliegue paulatino de la política en Estados Unidos. Sin embargo, el riesgo más grande que tenemos es precisamente el panorama mundial, que dicta no solamente la demanda de nuestras exportaciones, sino también la valoración de peso y las presiones inflacionarias. Dentro de éste entorno, la salud de la economía de Estados Unidos es esencial, en especial, la expansión de su sector manufacturero.

Resulta interesante que el FMI ve que los riesgos principales que enfrentan las economías emergentes en general (y México en lo particular), son las mismas del año pasado: 1) la desaceleración económica y las desequilibrios desconocidos de China, 2) la caída de los precios de los commodities, en especial del petróleo crudo, y 3) los cambios, aunque paulatinos, en la postura monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos. Si no se manejan estas tres transiciones críticas de manera adecuada, el FMI advierte que el crecimiento mundial podría descarrilarse.

El primer riesgo es posiblemente el más inquietante, ya que es el más difícil de entender. China acaba de informar que su economía creció 6.9 por ciento el año pasado, ligeramente menos que el 7.3 por ciento reportado para 2014. Sin embargo, como bien apunta The Economist, la caída pronunciada de su mercado bursátil, el colapso global en los precios de los commodities y la presión creciente sobre el renminbi, hacen pensar que la realidad no es tan buena. Las dos preocupaciones principales son que el crecimiento económico es mucho menor a lo que dice el gobierno y que lo peor todavía está por venir. Todos acuerdan que la brecha entre los datos oficiales de la economía china y las percepciones del mercado se han acentuado y es un abismo. El problema es que desconocemos la extensión de sus desequilibrios y sus posibles consecuencias.

El segundo, la caída en los precios de los commodities, está muy relacionado con el primero: menos demanda proveniente de China ha contribuido a la baja en los precios. Sin embargo, también existe una sobreoferta, que empezó con los avances tecnológicos en Estados Unidos (gas pizarra) y ahora se complica con el regreso iraní al mercado petrolero. No se prevé el final de este ciclo en el corto plazo, por lo menos no éste año.

Finalmente, seguimos enfrentados a la política monetaria de la Reserva Federal. Nos habían dicho que habría un regreso a la normalidad en el momento en que empezara a aumentar su tasa. Sin embargo, el momento ya paso y nuestra moneda sigue depreciándose. La incertidumbre se mantiene y el tipo de cambio lo refleja. Tampoco se espera que esta situación cambiara pronto.

¿Ahora qué podemos esperar? Ante las últimas cifras económicas, más revisiones a la baja en las expectativas de crecimiento, más cambios al alza en la proyección del tipo de cambio y más modificaciones hacia una inflación esperada mayor.

La inflación cerró 2016 en una mínima histórica de 2.13 por ciento, resultado que nadie anticipó. Apenas hace dos meses, Scotia Bank espera que terminara el año en 3.3 por ciento. En enero de 2015, el consenso (mediana) estaba en 3.50 por ciento; Scotia Bank esperaba 4.22 por ciento y Monex 4.14 por ciento. Las instituciones más optimistas eran Nomura y Banorte con 3.0 por ciento. Posiblemente lo que más sorprendió fue que la inflación mínima haya coincidido con una depreciación agresiva de la moneda. El tipo de cambio terminó 2015 en 17.2487 pesos por dólar, 17.0 por ciento más respecto a 14.7414 pesos de 2014. Pero si tomamos el 12.8462 a principios de junio de 2014, el aumento acumulado en año y medio llegó a 39.6 por ciento. Tomando en cuenta nuestras experiencias anteriores, uno hubiera esperado un repunte significativo en la inflación ante una depreciación acumulada de casi 40 por ciento. Pero no. Algo pasó que detuvo casi cualquier traspaso del tipo de cambio a la inflación. ¿Es creíble?

Lo primero que habría que aclarar es que sí hubo una afectación del tipo de cambio sobre muchos precios. Lo que no sucedió fue un contagio hacia otros precios, o lo que se conoce como efectos de segunda orden. La mayoría de los precios de los bienes duraderos subieron, a tal grado que fue el rubro dentro del INPC que más subió en el año. Sin embargo, muchos precios de otros bienes y servicios no subieron o aumentaron poco, mientras que hubo precios que disminuyeron. Si recordamos que la inflación es un aumento generalizado y sostenido en los precios, tenemos que concluir que no hubo inflación el año pasado, sino un reacomodo en los precios relativos.

Lo segundo que debemos tomar en cuenta es que una de las características de la economía mundial del 2015 fue el “crash” de los precios de los commodities. Prácticamente todos los precios de los bienes más intercambiados en los mercados internacionales disminuyeron. Esto significa que en buena medida las caídas en los precios en dólares neutralizaron los incrementos en el tipo de cambio. En muchos casos, el desplome en los precios en dólares fue incluso mayor al ajuste cambiario, de tal forma que hubo disminuciones en los precios en pesos. Esto obviamente ayudó a contener los incrementos en los precios de muchos bienes importados.

Lo tercero, es que hubo disminuciones en precios de ciertos bienes con ponderaciones significativas en el INPC, que también ayudo a compensar incremento en otros precios. Los precios de los servicios telefónicos y la gasolina, junto con las tarifas eléctricas fueron los más visibles. El precio promedio de la gasolina Magna aumentó 11.2 por ciento en 2014 en el interior de la República, mientras que en 2015 se contuvo a un incremento de 1.95 por ciento en enero para después quedar fijo. Sin embargo, en la zona fronteriza experimentó una disminución significativa.

Finalmente, existe actualmente en el país lo que llamamos una brecha de producto negativa, lo cual significa que no solamente hay una ausencia de presiones inflacionarias por el lado de la demanda agregada, sino que se les dificulta a los empresarios subir precios ante la debilidad de sus ventas. Puede ser que ciertos sectores, bienes o servicios experimentaron aumentos en sus precios, pero no fue un fenómeno generalizado.

Ante esta explicación de la inflación en 2015, ¿qué podemos esperar para 2016? De entrada, absolutamente todos (incluyendo el Banco de México) anticipan un incremento en la inflación este año. La última encuesta quincenal de Banamex a 24 instituciones financieras revela un consenso (mediana) de 3.20 por ciento. La institución que prevé menos inflación es Finamex (2.70 por ciento), mientras que tan solo cuatro instituciones más piensan que la tasa no llegará a 3.0 por ciento. Scotia Bank, en cambio, es la única institución que anticipa una tasa superior a 4.0 por ciento (4.39 por ciento).

El razonamiento generalizado es que no habrán disminuciones en precios como el año pasado, que ayudaron a neutralizar aumentos en otros precios. Aunque no se espera que los precios de los commodities sigan disminuyendo con la misma intensidad, todavía no se anticipa alguna recuperación. Si bien es posible que el peso mexicano se deprecie todavía un poco más, nadie anticipa otro año de ajuste traumático. Finalmente, los cálculos del Banco de México apuntan a que todavía tendremos una brecha negativa del producto este año. Para la mayoría, la combinación de estos factores apuntan a que la inflación será aproximadamente un punto porcentual mayor en el 2016 que en el 2015.

Sin duda, 2015 fue un año atípico. Sufrimos una depreciación marcada del peso respecto al dólar, pero una inflación mínima histórica, mientras que nuestras exportaciones no petroleras prácticamente no crecieron, pero la economía interna (en especial el consumo privado) tuvo un desempeño positivo. Todo apunta a que el crecimiento final será alrededor de 2.5 por ciento. Si analizamos los componentes del PIB por el lado del gasto, encontramos que la mayor expansión viene por el lado de las exportaciones y el único negativo será la inversión pública. La pregunta que debemos hacer es ¿veremos algo similar en 2016 o habrá aspectos que cambien?

Posiblemente lo más importante serán las exportaciones no petroleras, ya que casi siempre han sido el motor principal de crecimiento. En 2015 bajó mucho la demanda externa a pesar de tener la ventaja del aumento en el tipo de cambio. En términos de dólares nuestras exportaciones se estancaron, pero en pesos reales tuvieron un desempeño positivo, efecto combinado de la depreciación y de la inflación baja. Dado que no debemos esperar que el peso se deprecie en 2016 en la misma forma que el año pasado, no podemos esperar un fenómeno similar. Esto significa que el desempeño en dólares este año marcará el impacto sobre el PIB, por lo que será clave la demanda externa, en especial la de Estados Unidos. ¿Podrá mejorar la economía de nuestro vecino?

El dólar fuerte perjudicó las exportaciones de Estados Unidos en 2015, lo que explica en buena medida su pobre desempeño manufacturero. El último dato del ISM Manufacturero (diciembre) no fue bueno (disminuyó a 48.2), por lo que no se ve una recuperación en el corto plazo. Las expectativas del PIB norteamericano para este año son de tan sola una mejoría marginal. Aún bajo el supuesto de un mayor crecimiento de nuestras exportaciones en dólares, difícilmente podemos esperar que el impacto en pesos reales (en el PIB) sea tan bueno como del año pasado. En otras palabras, no debemos esperar mucho en este rubro.

Ante la dificultad que representa el entorno externo, lo único que nos queda es voltear hacia dentro. ¿Habrá más inversión privada? ¿Se mantendrá el consumo de los hogares? ¿Tendrá impacto el gasto público?

De entrada, vemos dos sectores claves que podrán marcar una diferencia importante: petrolero y construcción. En 2015 hubo una disminución en la extracción de petróleo y gas, que le restó alrededor de 0.6 puntos porcentuales al crecimiento económico. Todo indica que ya no bajará más en 2016 e incluso, podría presentarse una recuperación marginal. De ser cierto, el efecto base tendrá un efecto positivo en el PIB. Después de presentarse una recuperación significativa en la construcción en 2014, se presentó un estancamiento en el 2015. Aparentemente, los desarrolladores de vivienda ya absorbieron los efectos negativos de la crisis de 2012-2013 y deberán mejorar este año. De ser cierto, deberíamos ver algo similar que con el sector petrolero, es decir, cierto impulso por un efecto de base positivo.

Dado que el consumo privado representa más de dos terceras partes del PIB, será esencial que continúe su buen desempeño en 2016. Sin embargo, mucho del crecimiento que vimos el año pasado fue de una recuperación contra los dos años anteriores. Por lo mismo, aquí el efecto base no será tan favorable. Es posible ver todavía una expansión positiva de las comparas de los hogares, pero con una contribución menos favorable en el PIB.

En términos de la inversión privada, debemos recordar que la construcción explica más de dos terceras partes. El resto, la compra de maquinaria y equipo, deberá tener un desenvolvimiento positivo en respuesta a las reformas estructurales. Aquí sí esperamos una mayor contribución al crecimiento del PIB en 2016 comparado con el año pasado. Sin embargo, la inversión pública enfrentará todavía mayores problemas este año debido a los necesarios esfuerzos de consolidación fiscal, por lo que debemos anticipar otra vez una contribución negativa al PIB.

En síntesis, no esperamos que 2016 sea de nuevo un año atípico, sino más bien de un regreso a condiciones más normales. Habrá factores que podrán resultar benéficos este año y contribuir a un mayor crecimiento comparado con los tres años pasados, pero igual hay factores que no pintan tan bien. ¿Dónde quedará la bolita? Por lo pronto, el consenso se ha consolidado en una tasa de 2.7 a 2.8 por ciento, que significa una mejoría marginal, pero todavía muy muy lejos de una tasa superior al 5 por ciento, que nos prometieron si se aprobaran todas las reformas estructurales.

Aunque falta más de un mes para empezar a tener las cifras oficiales para el 2015, estamos ya a una semana de cerrar lo que ha sido un año totalmente atípico. De entrada, crecimos un poco más que en los dos años anteriores, pero no se siente; la tasa de desempleo disminuyó a su nivel más bajo desde mediados de 2008, pero la gente se queja de la falta de empleos bien remunerados; la inflación registró su mínimo histórico, pero la mayoría se lamenta del deterioro en su poder adquisitivo; el consumo de los hogares crece a las mejores tasas observadas desde fines de 2012, pero las exportaciones no petroleras están prácticamente estancadas; el gobierno federal reporta inversión pública histórica, pero el INEGI dice que ésta será el sexto año al hilo con tasas negativas; y, se ha armado un buen debate sobre el salario mínimo en el cual el punto central es su nivel tan bajo, pero el aumento promedio anual resultó ser el más elevado desde 1976.

Si analizamos el comportamiento de la economía mexicana de los últimos 20 años, encontramos que el principal motor de crecimiento del país son las exportaciones no petroleras. Si éstas avanzan a una buena tasa, la economía interna responde con buen crecimiento. Sin embargo, si no crecen, o bien, aumentan a una tasa muy baja, el resto de la economía no logra desarrollar un dinamismo suficiente. Si extrapolamos el comportamiento de los primeros diez meses del año, podemos prever que las exportaciones no petroleras terminarán 2015 con un flujo de apenas uno por ciento por encima del año anterior. En principio, esto implicaría una economía estancada. No obstante, el consumo familiar crece a tasas cercanas al 4 por ciento, mientras que la inversión privada avanza a un ritmo superior al 7 por ciento.

En el pasado, cuando el peso mexicano sufría una depreciación significativa, a los pocos meses se observaba una mejoría notable en las exportaciones. El empuje al exterior reactivaba la economía y en los siguientes años crecíamos más. Sin embargo, a pesar de una depreciación que ya ronda alrededor de 30 por ciento, no hemos visto mejoría en las exportaciones. Incluso, si combinamos el estancamiento en las no petroleras con las petroleras (que cayeron más de 40 por ciento en el año), observamos un deterioro importante en la balanza comercial. No obstante, si analizamos las cifras en pesos reales (en vez de dólares nominales), encontramos que las exportaciones totales han crecido más de 10 por ciento en el año y terminará como el componente del PIB por el lado del gasto que más contribuyó al crecimiento en 2015.

Hoy (miércoles 23 de diciembre) conoceremos la inflación de la primera quincena de diciembre. Según la última Encuesta Quincenal de Expectativas de Banamex (que se levanta entre alrededor de 25 instituciones financieras), se anticipa una tasa de 0.31 por ciento para la quincena y 0.46 por ciento para el mes. En forma sistemática, la inflación ha sorprendido a la baja en comparación al consenso, pero si supongamos que en esta ocasión le atinan, la inflación general terminará este año por debajo de 2.2 por ciento, la mínima histórica para el INPC. Para la mayoría de la gente es difícil absorber la idea de una tasa tan baja cuando el peso sufre una depreciación significativa. Por ejemplo, la inflación en 2008 superó 6.5 por ciento después de haber sufrido una depreciación superior al 26 por ciento.

¿Qué pasó con el comportamiento de los precios en 2015? Primero, hubo un colapso en los precios de los commodities en los mercados internacionales. Esto significa que muchas importaciones resultaron más baratas en pesos reales a pesar del ajuste cambiario. Segundo, hubo ciertos precios claves (con ponderaciones significativas en el INPC) que bajaron de precio en 2015, como la gasolina (el promedio ponderado del país), las tarifas eléctricas industriales, el servicio telefónico nacional de larga distancia y el servicio de telefonía celular. Tercero, hubo algo de suerte con los precios agropecuarios (en especial los pecuarios), que no contribuyeron este año con aumentos significativos. Cuarto, se operó todo el año con una brecha negativa de producto, lo cual significa que no hubo presiones inflacionarias por el lado de la demanda agregada. Al final de cuentas, sí hubo un reacomodo en los precios relativos, pero no un aumento generalizado (y menos sostenido) en los precios. Por ejemplo, el rubro de mercancías no alimenticias (que contiene la mayoría de los bienes importados, en especial bienes duraderos) fue el que más aumentó en el año (después de las colegiaturas).

Definitivamente, un año atípico. ¿Y 2016?

El argumento contundente en contra de aumentar el salario mínimo real era el efecto cascada que tendría en los precios al estar ligado el aumento nominal a un sinnúmero de tarifas, multas, rentas, hipotecas y precios de quien sabe cuántas cosas. Ante la vergüenza de tener uno de los salarios mínimos más bajos del mundo, se promovió una reforma constitucional para crear una unidad de medida que sustituyera esa función. Aprobado prácticamente por unanimidad, fue el primer paso para establecer una política de recuperación del poder adquisitivo del salario mínimo y llevarla por lo menos a un nivel que fuera suficiente para ubicarse por encima del umbral de pobreza que establece el Coneval.

Ante este acontecimiento, esperábamos que la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) aprobara un aumento sustancial en el salario mínimo vigente, que lo llevara más cerca a los 86 pesos diarios. Sin embargo, cual fue la sorpresa, que vimos que se otorgó un incremento marginal de apenas 2.94 pesos, para ubicarlo en 73.04 pesos diarios. El aumento, de 4.2 por ciento respecto al vigente al final de 2015, representa el aumento real más elevado que se haya otorgado desde 1976. Sin embargo, queda exageradamente lejos de lo que debería ser.

En enero de 2015, el salario mínimo general (promedio de las dos zonas geográficas), aumentó 4.2 por ciento, de 65.58 a 68.34 pesos. En la Zona A estaba en 70.10, mientras que en la B se ubicaba en 66.45 pesos. En abril de este mismo año, se incrementó el mínimo de la Zona B en 2.75 por ciento adicional, para ubicarlo en 68.28 y así subir el promedio general a 69.26 pesos. Finalmente, en octubre la Conasami determinó homologar las dos zonas para tener un solo salario mínimo general para toda la República Mexicana en 70.10 pesos, lo que implicaba un aumento adicional de 1.2 por ciento. Con base a estos cambios, podemos calcular el promedio general del año en 69.24 pesos. El promedio de 2014 fue 65.58 pesos, por lo que el incremento nominal de 2015 fue 5.59 por ciento.

¿Cuánto fue en términos reales? Para este cálculo, tomamos el INPC de hasta un salario mínimo que publica el INEGI y calculamos la inflación promedio del año (y no el fin), que resultó ser 3.83 por ciento (suponiendo que la tasa de diciembre será 0.50 por ciento). Esto nos da que el salario mínimo general promedio de 2015 fue 2.90 por ciento superior al del año anterior. Resulta interesante observar que fue el aumento real más elevado para cualquier año desde 1976. Si suponemos que el salario se queda en 73.04 pesos a lo largo de 2016 y que la inflación promedio quede en 3.0 por ciento, el aumento real promedio en 2016 será 2.4 por ciento, es decir, un aumento real acumulado de casi 5.4 por ciento en dos años.

Posiblemente se puede admitir que es notable que por primera vez en 40 años hemos visto una mejoría real en el salario mínimo. Sin embargo, la recuperación no significa nada cuando lo comparamos con el terreno perdido a lo largo de las últimas cuatro décadas y en especial, cuando todavía queda lejos de lo que una familia necesita para una alimentación básica. Esto nos deja con muchas incógnitas respecto al papel de la Conasami y a la política pública salarial.

La Conasami tiene como objetivo fundamental fijar un salario mínimo general que asegure la congruencia entre lo que establece la Constitución con las condiciones económicas y sociales del país. También busca propiciar la equidad y la justicia entre los factores de la producción, en un contexto de respeto a la dignidad del trabajador y su familia. Queda claro que no cumple con su cometido. Sin embargo, su presidente Basilio González Núñez cobra más de 100 salarios mínimos y tiene más de 100 funcionarios trabajando con él. Es el mejor ejemplo del gasto público ineficiente e superfluo que pudiera existir. También es prueba irrefutable de que el ejercicio de un presupuesto base cero para 2016 nunca se llevó a cabo.

¿Qué nos queda hacer? Como sociedad tenemos que exigir al gobierno establecer un salario mínimo general digno y justo. No se trata de volver a debatir sus efectos económicos, pues ya lo hemos hecho. En el mejor de los casos, el efecto sobre el desempleo es refutable y sobre la inflación, mínimo, mientras que cierto segmento de la población ganará poder adquisitivo. Es tiempo de desaparecer a la Conasami para eliminar un gasto innecesario e implementar una política funcional respecto al salario mínimo general. Básicamente, esto significa decidir a qué paso se tiene que dar los aumentos reales y cómo lo debemos instrumentar para que sea funcional.

Mal de Muchos

diciembre 9th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Desde hace dos décadas, el comportamiento económico de México ha estado atado al de Estados Unidos. El crecimiento promedio de 2014 a 2016 se estima alrededor de 2.5 por ciento anual para ambos países. Si lo comparamos con el promedio (ponderado) mundial, que se espera sea cerca de 2.9 por ciento, deberíamos concluir que no estamos tan mal. Los países que jalan el promedio hacia arriba, como India y China, son muy distintos a nuestro país y al final no son los ejemplos que queremos seguir. Existen muchos otros países que crecen más, como Panamá y Bolivia, pero que tampoco son modelos para nosotros.

Desde que México y muchos otros países de América Latina resolvieron su crisis de deuda externa mediante el Plan Brady, siempre nos han comparado con los tres países más grandes de la región, que son Argentina, Brasil y Venezuela. Me acuerdo haber sido invitado en 1989 a formar parte de un consejo asesor de un fondo de inversión en bonos soberanos, que buscaba altos rendimientos en la región. Al salir de la década perdida en la cual nadie quería saber de nosotros, no existía mucho conocimiento de nuestros países, que en aquel entonces se consideraban medio exóticos. Posteriormente, incorporamos una consultoría con los demás asesores de aquel consejo, que brindaba estudios comparativos de estos países. Años después, trabajé como economista para América Latina de un banco con intereses en toda la región. El hilo común en todo este tiempo era la comparación continua de las economías de la región, pero siempre con especial énfasis en los “big four” (los cuatro grandes).

En momentos, todos compartimos los mismos problemas macroeconómicos: falta de crecimiento, inflación galopante, déficit fiscal creciente, desequilibrios externos y deuda excesiva. Con el tiempo, fuimos resolviendo estos problemas, algunos mejores que otros. Pero posiblemente lo mejor de todo es que fuimos aprendiendo nuestras lecciones, lo que no se debe hacer y lo que sí se debe hacer. En general, la región encontró el equilibrio macroeconómico y poco a poco empezó a crecer algo más.

El crecimiento de México no está donde queremos, pero tampoco está mal si vemos el entorno mundial. Nuestra inflación se ubica en un mínimo histórico, el déficit fiscal todavía manejable y no tenemos un desequilibrio externo. Nuestra calificación soberana se ubica en A3. Sin embargo, si volteamos a ver a los otros tres, parece que olvidaron las lecciones del pasado: todos sufren un deterioro macroeconómico impresionante.

Argentina crece por debajo del uno por ciento con inflación superior al 20 por ciento. No obstante, nadie puede creer las estadísticas que produce el INDEC; lo más seguro es que la inflación está al doble y el crecimiento a la mitad. La calificación riesgo-país se ubica en SD (semi-default), tiene un déficit fiscal superior al 5 por ciento del PIB y la tasa de interés se ubica alrededor de 27 por ciento. Los problemas económicos (y políticos) han llevado a la dinastía Kirchner a la derrota en las urnas.

Se estima que el crecimiento promedio anual del PIB de Brasil para 2014-2016 será negativa (alrededor de -1.5 por ciento), mientras que su inflación ya entró al terreno de los dos dígitos. La producción industrial en 2015 disminuirá -7.5 por ciento, mientras que se anticipa un déficit fiscal de 9.5 por ciento del PIB. La calificación riesgo-país ya se ubica en la zona especulativa de BB+, con perspectiva negativa. La población y el Congreso buscan la fórmula que sea para forzar la renuncia de Dilma Rousseff.

Venezuela tiene actualmente la peor administración económica de cualquier país del mundo. El crecimiento promedio anual esperado el PIB de estos tres años es -5.4 por ciento, mientras que la inflación ya supera 180 por ciento. La producción industrial cae a un ritmo de -11.6 por ciento y el déficit fiscal se ubica en 9.4 por ciento del PIB. La calificación de riesgo-país se encuentra en CCC y con perspectiva negativa. Al igual que en Brasil y Argentina, la población busca cómo deshacerse de su presidente.

En noviembre el “spread soberano” de México se ubicó en 218 puntos base (pb), mientras que en Brasil estaba en 432, Argentina 487 y Venezuela en 2605 pb. ¿Qué pasó con nuestros vecinos sudamericanos? ¿Cómo fue que perdieron la brújula y olvidaron las lecciones de las décadas anteriores?

Puede ser que México no crece lo que queremos, pero por lo menos crecemos y mantenemos los equilibrios macroeconómicos. Por lo pronto, debemos voltear al sur para recordar lo que pudiera pasar. Mal de muchos, ¿consuelo de tontos?

Dado que Eduardo Sojo termina su gestión al frente del INEGI a fines de este año y la autonomía del Instituto todavía no termina de consolidarse, había mucha preocupación en torno a la designación de su próximo presidente. Algunos esperaban que la SHCP impusiera un títere como ocurrió en la Función Pública, o bien, alguien muy allegado a la administración federal actual. El miedo extremo era que el INEGI se convirtiera en una especie de INDEC de Argentina, que inventa sus datos para acomodar los gustos del gobierno, o en un INE de Venezuela que simplemente dejó de publicar información incómoda.

La semana pasada, la Presidencia anunció la designación de Julio Santaella para integrarse a la Junta de Gobierno del INEGI y se espera que será escogido por el Presidente para ocupar su presidencia. ¿Es Santaella el candidato ideal? Creo que no existe tal persona. ¿Es un buen candidato? ¿Hará buen papel? ¿Ayudará a consolidar la tan necesitada autonomía? Son buenas preguntas cuyas respuestas realmente no sabemos pero sí podemos especular.

Hasta la semana pasada, Santaella era un funcionario de bajo perfil, cuyo nombre no salía en la lista de las primeras diez sugerencias mediante una búsqueda en Google. Ahora su biografía se ha dado a conocer en prácticamente todos los medios. Tiene un doctorado en Economía de UCLA, ha trabajado en la SHCP, el FMI, el ITAM y el Banco de México. Su mayor experiencia lo obtuvo tras once años en el Banco de México desempeñado la Gerencia de Información y Análisis de la Dirección General de Operaciones de Banca Central. Ha publicado artículos sobre inflación, programas de estabilización, tipos de cambio, política fiscal, la estructura temporal de las tasas de interés, crecimiento económico, salarios, movilidad laboral, flujos de capital, balanza de pagos, crisis financieras, desarrollo de mercados de deuda y otros temas afines (pero nada en torno a la importancia, construcción o metodología de indicadores económicos y mucho menos de temas geográficas). Se habla de su experiencia al frente del Fondo Mexicano de Petróleo para la Estabilización y el Desarrollo, un órgano dependiente del propio Banco de México, que arrancó apenas en enero de este año. Pero esto último no parece ser gran cosa, pues tiene poco tiempo funcionando y no es un organismo independiente o autónomo.

Con esta información podemos pensar que tiene los grados académicos necesarios y algo de experiencia relacionada a algunas funciones propias del INEGI, pero tendrá que enfrentar una curva de aprendizaje importante para la mayoría de las ocupaciones de su nuevo puesto. Posiblemente lo que más preocupa (o desconocemos) es su experiencia y habilidad política para las negociaciones, decisiones importantes y situaciones propias de la autonomía.

Posiblemente la primera buena noticia es que no surge de las filas de SHCP, de los allegados de la Presidencia o del Secretario de Hacienda. Todo apunta a que la SHCP acudió al Gobernador de Banxico para una recomendación. En principio, parece proceder del servicio profesional de carrera y no pupilo del Gobernador, sin embargo, no debemos ser tan ingenuos como para pensar que su designación fue totalmente gratuita. Sabemos que ha existido mucho recelo y critica entre las dos instituciones desde tiempo atrás. ¿Llega Santaella con agenda preestablecida y posiblemente cargada? Realmente no sabemos. Pero sí hay quienes ya expresaron su temor de que sea muy leal al Gobernador y con esto Banxico expande sus tentáculos e influencia. Lo que menos necesitamos es que la persona que tiene la autoridad monetaria máxima se convierte en un zar omnipotente.

La segunda buena noticia es que aparentemente es buena persona, de buen trato y de mente abierta. No sabemos si tiene el entusiasmo y ganas de hacer del INEGI uno de los mejores institutos de estadística del mundo (que era la actitud de Eduardo Sojo), pero algunas personas que lo conocen mejor dicen que sí. Ojalá que sea abierto a la crítica, dispuesto a escuchar y dispuesto a empujar los proyectos necesarios. Sería un verdadero plus si ve la crítica como asesoría gratis, como era la filosofía de su antecesor en el INEGI.

Por lo pronto, aceptamos la designación, ya que tiene los credenciales necesarios. Estaremos atentos, ya que no sabemos a bien si tiene los suficientes. Le damos el beneficio de la duda y esperemos que resulte un excelente presidente. En vías de mientras, seguiremos con las críticas constructivas, observaciones pertinentes y vigilancia permanente de los indicadores económicos del país.

A principios de año teníamos la expectativa de que la economía mexicana podría crecer alrededor de 3.5 por ciento, mediante la recuperación en la demanda externa (principalmente Estados Unidos), una mejoría en la inversión privada (alentada por las reformas estructurales) y sin nuevos retrocesos fiscales (como la reforma recaudatoria de 2014). Sin embargo, Estados Unidos empezó mal el año con condiciones climatológicas adversas y huelgas en varios puertos, por lo que empezamos a revisar a la baja la proyección para el crecimiento del año. Con el paso del tiempo, vimos que la producción industrial de nuestro vecino permaneció estancado, mientras que industrias mexicanas claves para la inversión (como la construcción) dejaron de crecer. El resultado fue una revisión sistemática a la baja, como de una décima promedio por mes, hasta llegar a una expectativa de 2.2 por ciento en octubre pasado.

No obstante, a lo largo del año hemos visto una mejoría notable en el consumo privado. La ANTAD y la AMIA han reportado crecimientos significativos, muy por encima del crecimiento promedio de la economía. Típicamente, la economía mexicana ha necesitado del motor de las exportaciones no petroleras para “jalar” a la economía interna. Pero este año ha sido totalmente atípico; crece el consumo de las familias sin mayor estimulo de las actividades secundarias. Incluso, si sumamos los componentes del gasto del PIB, llegamos a una cifra mucho mayor para el crecimiento, a tal grado que muchos han expresado dudas acerca de una discrepancia estadística demasiada elevada.

Al final de octubre, el INEGI dio a conocer su estimado oportuno de la tasa del PIB del tercer trimestre de 0.6 por ciento respecto al trimestre anterior. La cifra fue muy bien recibida, ya que era mayor al esperado y esto llevó a una pequeña revisión al alza en la proyección para el año. Veinte días después, el INEGI publicó el cálculo tradicional del PIB con una tasa todavía mayor, de 0.8 por ciento de crecimiento, junto con una revisión al alza en las tasas del primer y segundo trimestres: en vez de 0.43 por ciento en el primero, se revisó a 0.51 por ciento, mientras que el segundo se revisó a 0.63 por ciento de 0.50 por ciento. Esto significa que el nivel del PIB ajustado del tercer trimestre se ubica 1.9 por ciento por arriba del cuarto trimestre del año anterior, cuando nuestra estimación anterior era de 1.5 por ciento. Con estos números revisados, si el cuarto trimestre crece en forma similar al tercero, es factible que el crecimiento de 2015 alcance 2.6 por ciento.

Pero aun con esta revisión al alza, el cálculo del PIB por el método de la producción va quedar muy por debajo de la suma de los componentes del gasto, que pudiera incluso rebasar 4 por ciento. Sin embargo, el INEGI aclara que esta suma se hace sin considerar la discrepancia estadística, que tiene una relación muy cercana al cambio en existencias (variación en inventarios), que simplemente no se puede descartar. En otras palabras, la discrepancia es parte integra de las cuentas que nos dan la igualdad entre la oferta y la demanda. Si la discrepancia es elevada, nos está diciendo que la variación de existencias no está bien medida (pues es la parte más difícil, en especial las existencias de origen importado). Lo más seguro es que al obtener más información, esta discrepancia disminuirá.

El INEGI nos dice que el cálculo del PIB por el lado de la producción es muy robusta, ya que se elabora con encuestas mensuales de bienes y servicios y registros administrativos con información de cerca de 30,000 empresas, que representan alrededor de 110,000 unidades económicas, que a su vez contempla cerca del 80 por ciento de las principales actividades de la economía nacional. En cambio, el computo por el lado de la demanda es menos comprensivo, en especial el cálculo de las existencias. Por lo mismo, la discrepancia estadística concentra las diferencias de las fuentes estadísticas, los métodos de cálculo, momentos de registros y tipos de valoración que se presentan en la medición de los distintos componentes.

Por ejemplo, el PIB trimestral por el lado de la producción considera entre sus componentes más importantes a la extracción de petróleo, que ha mostrado en los últimos trimestres, una aportación negativa a la actividad económica. Si restamos su valor al cálculo del PIB, la tasa de 2015 aumentaría en 0.6 puntos porcentuales. No obstante, el cálculo por el lado de demanda no contempla la diferencia con la información recabada en el corto plazo y seguramente se integra en la discrepancia estadística.