El Sexenio I

Falta un poco más de seis meses para que se acabe el sexenio. Creo que será memorable por muchas razones. Indudablemente, será recordado por la corrupción desbordada, la impunidad exagerada, los homicidios récord, el incremento en la inseguridad pública, la expansión del crimen organizado, el aumento en secuestros, la práctica casi generalizada de extorsiones, la aparición de los huachicoleros a diestra y siniestra y hasta robos a trenes. Quedará en la historia como el regreso del PRI ante su promesa de que era el único partido que “sí podía”, pero que terminará con la aprobación mínima histórica de cualquier presidente y con el porcentaje de los votos a favor más baja para cualquier sexenio en que ha participado. Existe la sensación de una descomposición social, que algunos lo han minimizado simplemente como un “mal humor” social.

Pero en todo esto, ¿cuáles han sido los resultados en materia económica? En los primeros cinco años del sexenio hemos visto un crecimiento real de 13.0 por ciento, equivalente a un promedio de 2.5 por ciento anual. Aunque sí fue mejor a los dos sexenios panistas, es el segundo promedio más bajo para cualquier gobierno priista. El único que tuvo crecimiento menor fue el de Miguel De la Madrid (1982-1988), victima de la crisis de deuda externa. Sin embargo, el mejor año de este gobierno (2015 con 3.3 por ciento) es el peor mejor año para cualquier administración gubernamental desde que existen los sexenios. El promedio actual no solo es una cifra muy baja, sino que se percibe como bastante malo, ya que el gobierno prometió crecimiento de 5 por ciento de aprobarse sus reformas.

Si utilizamos el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA) del INEGI, conocido como el ciclo económico clásico, encontramos que es el primer sexenio desde 1980 (antes no hay cifras) que no ha experimentado una recesión. También es el que sostiene el récord en número de meses de una economía en expansión (106 a febrero de 2018, el último dato disponible). Sin embargo, esta fase ascendente se caracteriza por tener el crecimiento más lento de todas.

¿Qué explica esta atonía? De entrada, la caída persistente en la producción petrolera en estos cinco años le ha restado por lo menos medio punto porcentual en promedio para cada año. La sobreexplotación de Cantarell la década pasada y la falta de nuevos yacimientos nos ha llevado a perder el estatus de exportador neto de petróleo. La segunda razón es la disminución continua de la inversión pública, que no solo lleva ocho años al hilo con tasas negativas, sino que según estimaciones del CEESP, se ubica actualmente como proporción del PIB en su nivel más bajo desde 1939. El incremento en el gasto público no programable ha sido incontenible y ha desplazado a la inversión en infraestructura. También ha jugado un papel importante los recursos que el gobierno ha destinado a la exploración de petróleo que, al no encontrar pozos productivos, no han contribuido a aumentar el acervo de capital de la nación, que por tanto, no se puede clasificar como inversión. Aun así, si tomamos el valor agregado del gasto público, es decir, la suma del consumo de gobierno más la inversión pública (de las cuentas nacionales del INEGI), encontramos que en 2017 se ubicó -0.4 por ciento por debajo del nivel que tenía en 2012. En otras palabras, el gasto público no ha contribuido al crecimiento económico del país en lo que va el sexenio.

La tercera razón ha sido el bajo crecimiento de la inversión privada. El promedio de los cinco años es de 2.1 por ciento anual, muy por debajo de sexenios anteriores, en especial en años en que no hubo recesión. Si bien es cierto que este es el primer sexenio desde López Portillo en no experimentar una recesión, la inversión privada disminuyó en 2013 (-3.8 por ciento) y en 2017 (-0.6 por ciento). En el sexenio solo hemos tenido un año en que la inversión privada tuvo un buen desempeño (2015 con 8.9 por ciento). En teoría, las reformas energética, telecomunicaciones, financiera, competencia económica y laboral, entre otras, iban a acelerar la inversión, lo cual no ha sucedido. El problema es que el crecimiento en la inseguridad, la falta de infraestructura, el costo para las empresas de la corrupción, la burocracia y excesiva regulación, han sido factores que han pesado más que los avances que produjeron las reformas.

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