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¿Otra Crisis Sexenal? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jonathan Heath©   
17.03.2005

La recurrencia de las crisis sexenales fue algo común en las tres décadas anteriores, hasta que finalmente escapamos a la maldición en 2000. Sin embargo, todavía no sabemos si fue simplemente la excepción a la regla, o bien, el fin de una maldición.

A las pocas semanas de haber asumido la presidencia, Ernesto Zedillo enfrentó la peor de las crisis sexenales, mediante la cual parecía desmoronarse el país. Después de un primer año exageradamente difícil, Zedillo se propuso no solamente reconstruir la economía, sino además sentar las bases para que no volviera a suceder. Mediante su política de "blindaje financiero", se anticiparon los pagos al exterior del último año del sexenio, se extendió el perfil de amortización de la deuda externa hacia mayores plazos, se sanearon las finanzas públicas, se redujo la vulnerabilidad de la balanza de pagos, se mantuvo una política cambiaria flexible y se recapitalizaron los bancos. Tomó la tarea de evitar una nueva crisis como su prioridad y se volvió una obsesión personal. Sus esfuerzos valieron la pena, ya que la transición de una administración a otra no solamente fue pacífica, sino además ordenada y sin mayores contratiempos.

A pesar del éxito obtenido, no hemos podido borrar de nuestras mentes el trauma de las crisis sexenales. Vemos día a día los pleitos entre los partidos políticos y cómo se ha enrarecido el ambiente. No solamente cada partido sino cada político quiere jalar agua a su molino, sin importar las consecuencias para los demás. Los analistas políticos parecen estar más ocupados ahora que en 1994, cuando tuvieron que explicar las consecuencias de la declaración de "no se hagan bolas" de Carlos Salinas, sobre el asesinato de Donaldo Colosio, la renuncia de Jorge Carpizo y muchos eventos más que ocurrieron ese año. El hecho de que tengamos tres contendientes con posibilidades reales de ganar la presidencia hace resaltar enormemente la lasitud política de la transición sexenal de 2006. Ante esta fragilidad, ¿no es lógico pensar en las posibilidades de una nueva crisis?

Aunque el contexto político es un factor de vulnerabilidad, el macroeconómico es todo lo contrario. Ya no existen los pactos de los sexenios anteriores que restaban flexibilidad ante un proceso de ajuste. Las relaciones de deuda externa al PIB y a las exportaciones están en su niveles más bajos de las últimas tres décadas. El perfil de amortización de las obligaciones externas es el mejor que hemos tenido en nuestra historia. La balanza de pagos, que siempre fue nuestro talón de Aquiles, refleja una solidez envidiable. Las finanzas públicas están equilibradas y no requieren de un financiamiento que pudiera ser insostenible. Las reservas internacionales están en niveles no solamente históricos, sino además con una cobertura totalmente holgada de las obligaciones de corto plazo. El gobierno ya tiene cubiertos los pagos al exterior de este año y prácticamente todos los del año entrante. Las empresas calificadoras de riesgo-país nos catalogan por encima de la mayoría de los países emergentes. Difícilmente podríamos pedir un panorama macroeconómico más prometedor para enfrentar los vaivenes del año entrante.

No obstante, muchos analistas hablaban maravillas de México en 1994 y vaticinaban únicamente prodigios para el país en los siguientes años. Los argumentos en aquel entonces parecían igual de contundentes que ahora. Esto hace pensar a muchos que si hubo crisis hace once años a pesar de los vaticinios positivos de los analistas, ¿por qué debemos pensar que esta vez será diferente?

La crisis de 1994-95 desató una gran cantidad de investigaciones y estudios sobre las crisis recurrentes. Uno de los enfoques utilizados ha sido el de estudiar las experiencias de los países a través de la historia para encontrar correlaciones, debilidades y factores que han propiciado o evitado una crisis financiera. Uno de los más recientes es un artículo de Michael Bordo y Christopher Meissner sobre las crisis financieras entre 1880 y 1913, que hace hincapié en el papel de la deuda externa. El periodo cubierto en este estudio fue de una internacionalización de los mercados financieros y de bienes, muy comparable a la era actual de globalización. Hubo muchos países que enfrentaron grandes devaluaciones, crisis bancarias y desequilibrios conjuntos en finanzas públicas y balanzas de pagos.

Los autores encuentran cinco observaciones de singular importancia después de analizar las experiencias de alrededor de 30 países. La primera y posiblemente más obvia, es que entre más elevada sea la deuda externa, mayor es la posibilidad de tener problemas para enfrentar las obligaciones con el exterior y de tener crisis bancarias. El corolario para México es que se reducen enormemente las posibilidades de una crisis sexenal ante la reducción de nuestra deuda externa en los últimos años. La segunda observación es que la fortaleza de las instituciones juega un papel fundamental en evitar las crisis, lo que no necesariamente nos favorece. Sin embargo, subraya la necesidad de impulsar las reformas estructurales pendientes que pudieran dar mayor certeza a los derechos de propiedad y robustecer nuestras instituciones.

La tercera es que una posición favorable de reservas internacionales está altamente correlacionada con una menor probabilidad de una crisis, ya sea de la moneda, de deuda externa o bancaria. La secuela de esta observación es que el nivel actual de reservas del Banco de México favorece una transición sexenal sin trastornos. La cuarta señala que la deuda externa es más peligrosa cuando existe una mala administración, es decir, reduce significativamente el margen de maniobra para corregir los errores de política económica del gobierno. De una forma u otra, esta observación es consecuencia de la primera.

Finalmente, los autores señalan que los países con historia de suspensiones de pago tienen una mayor probabilidad de enfrentar una nueva crisis aun cuando hayan logrado reducir su carga externa. Esta conclusión es la más peligrosa para nosotros. No solamente hemos estado al borde de una suspensión de pagos en varias ocasiones en las últimas décadas, sino que nuestra historia de 1823 a la fecha ha estado plagada de eventos desafortunados.

Sin lugar a dudas, el balance de nuestra situación actual es favorable. La probabilidad de una crisis sexenal en 2006 es significativamente menor a la que existía en 2000. Sin embargo, todavía no la hemos librado, ya que nuestra historia pesa mucho y el ambiente político es aún factor de vulnerabilidad. Pero aun en el caso extremo de que algo inesperado sucediera y desencadenara una crisis sexenal, los parámetros económicos indican que no podría ser de una magnitud mayor. Esto debe tranquilizarnos.

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