Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Desde hace más de una década las autoridades fiscales y monetarias, junto con la propia presidencia de la República, han argumentado que dentro de lo mejor que tiene el país es la estabilidad macroeconómica; lo que llaman buenos “fundamentos económicos”. Esto consistía de una inflación cercana al objetivo del Banco Central, una balanza de pagos sin problemas ni mayor vulnerabilidad, un sistema bancario capitalizado y sin cartera vencida, finanzas públicas sanas y una deuda pública baja como proporción del PIB. Esto debería traducirse en un tipo de cambio estable y tasas de interés relativamente bajas, que a su vez conduciría a un ambiente de confianza, propicio para inducir inversión y generar empleo. Lo único que faltó en esta descripción de un país de maravillas era mayor crecimiento económico. No obstante, nos dijeron que, con las reformas aprobadas, ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento anual.

De alguna forma u otra, las agencias calificadoras de riesgo-país estaban de acuerdo. Después de la crisis “tequilera” de 1995, Moody’s había mejorado la calificación soberana de México en 6 ocasiones, desde un Ba3 hasta A3, sin bajarla en ni una sola ocasión. S&P lo ha aumentado 5 veces (aunque sí lo bajó una vez en 2009), también para llevarla desde un BB- hasta BBB+. Salvo Chile, México ha sido el país mejor calificado de la región. Desde 2002, las 3 agencias, incluyendo a Fitch, nos han considerado como “grado de inversión”. La crisis de la “gran recesión” fue una prueba severa para México, que libramos muy bien. Incluso, en los 3 años siguientes, de 2010 a 2012, México logró crecer en promedio por arriba de 4 por ciento.

¿Qué fue lo que pasó para que ahora las 3 agencias nos hayan puesto en “perspectiva negativa”? Poco a poco, la estabilidad macroeconómica se ha demolido y ahora está en tela de juicio. No estamos tan mal como para perder el grado de inversión, pero sí para bajar uno o dos peldaños. Tenemos un déficit en la cuenta corriente que permanece por arriba de 3 por ciento del PIB, a pesar de un ajuste en el tipo de cambio que ya supera 50 por ciento. La nueva dirección de la política monetaria de Estados Unidos, hace que nuestra dependencia creciente en la inversión extranjera de cartera nos haga más vulnerables. Tenemos un déficit fiscal elevado, que no ha podido reducir el gobierno, y como consecuencia, una deuda pública creciente que ya cruzó el umbral del 50 por ciento del PIB. Por más promesas que hace la SHCP, sigue subiendo la deuda. No queda claro que los esfuerzos anunciados en el presupuesto para 2017 vayan hacer suficientes. A esta situación, tenemos que añadir el problema escandaloso de la deuda pública estatal.

Ambos desequilibrios han llevado a que las autoridades instrumenten una política económica restrictiva, con miras a reducir el poco crecimiento económico que tenemos. Al mismo tiempo, es casi un hecho de que la inflación seguirá en aumento, posiblemente terminando el año entrante por encima de techo del rango de variabilidad. También enfrentamos la posibilidad de que la SHCP tenga que anunciar más recortes al gasto, lo cual complica todavía más el escenario.

La situación ha derivado en una crisis de confianza, en la cual el consumidor ya ve con mayor pesimismo la situación económica actual y futura del país, a tal grado que nunca antes (desde que existe el indicador) hemos visto la economía con tanto pesimismo. La inversión se ha enfrenado, las exportaciones disminuyen, el gasto público se estrecha y el consumo de los hogares (lo único que crece) ya muestra signos de desaceleración. Pero no le podemos echar la culpa a Trump, porque todo esto era lo que teníamos antes de las elecciones del 8 de noviembre pasado. Con Trump en la mira, ahora tenemos más volatilidad cambiaria, menores flujos de capital de inversión extranjera, mayor traspaso del tipo de cambio hacia la inflación, mayores alzas en la tasa de política monetaria y menor inversión privada ante la incertidumbre creciente. Todo lo anterior se va derivar en menos crecimiento económico, menor generación de empleo, mayor informalidad y una brecha laboral creciente.

Si era cierto que nuestra fortaleza era la estabilidad económica, estamos viendo cómo se desmorona. En parte, ha sido resultado de un entorno externo desfavorable, pero también de una política económica equivocada.

Después de permanecer mucho tiempo fluctuando alrededor de los 13 pesos por dólar, desde de mediados de octubre del año pasado el tipo de cambio (“fix”) ha mostrado una tendencia al alza y mucho más volatilidad. Hace una semana y media registró un nuevo máximo histórico de 15.6958 pesos, que lo situó un poco más de 20 por ciento por arriba de los niveles observados hace ocho meses. Cuando se observó la depreciación en un principio, la mayoría de los analistas anticipaban que el tipo de cambio bajaría pronto, ya que los movimientos parecían obedecer más a expectativas e incertidumbre relacionada con las intenciones de la Reserva Federal, más que a cambios en los flujos efectivos de divisas. Sin embargo, no hubo tal apreciación y ahora la expectativa es de que permanezca en los niveles actuales, con posibles episodios de mayor volatilidad en los próximos meses.

Queda claro que más que una debilidad del peso frente al dólar, los movimientos obedecen al fortalecimiento del dólar respecto a la gran mayoría de monedas del mundo. Incluso, el peso se ha apreciado contra muchas otras monedas, por lo que su debilidad es totalmente relativa. En ocasiones anteriores, una depreciación significativa del peso se traducía (después de cierto lapso) en una mejoría en las exportaciones. Sin embargo, no queda tan claro cuál terminará siendo su efecto en esta ocasión, dado que si bien ganamos competitividad respecto al dólar, muchas otros países han ganado respecto a nosotros.

Resulta interesante la depreciación, ya que no se han observado grandes cambios en los flujos comerciales y financieros con el exterior. Si bien han disminuido las exportaciones petroleras, los dólares que obtiene Pemex no pasan por el mercado cambiario, sino se venden directamente al Banco de México. Aunque los flujos financieros (inversión extranjera de portafolio) han disminuido, tampoco se ha observado salidas masivas de capital. Obviamente han influido mucho las expectativas, pero ¿qué más está detrás de la determinación del tipo de cambio? Para contestar la pregunta, vale repasar ciertos hechos estilizados del peso mexicano.

De entrada, nuestra moneda se ubica entre las diez más intercambiadas en el mundo; parece ser que fluctúa entre el sexto y octavo lugar. No obstante, es la de mayores transacciones de cualquier país emergente. Me dicen que en un día normal se intercambian entre 10 y 15 mil millones de dólares, aunque algunos me comentan que el monto es todavía mayor. Esto significa que en un par de días se realizan transacciones con el peso equivalentes a un mes completo de nuestras exportaciones totales.

¿Por qué? Primero, al ser un país muy abierto, existe un intercambio comercial muy grande con el resto del mundo. Esto significa que existe mucha liquidez de pesos en los mercados. Por ejemplo, las exportaciones mexicanas superan el 70 por ciento de todas las exportaciones de América Latina. Segundo, México es una economía muy bien calificada a nivel de riesgo-país. Moody’s lo califica con el equivalente a un “A-”, por arriba de la mayoría de los países emergentes. Aunque Chile tiene mejor calificación, su moneda no tiene la liquidez ni el tamaño de mercado para ser relevante. Por ejemplo, México pertenece al World Government Bond Index (WGBI), junto con otros 21 países desarrollados, justamente por la relación de liquidez y riesgo/rendimiento que ofrecen nuestros bonos.

¿Esto qué significa? Que nuestra moneda es utilizada por muchos otros países para operaciones de derivados, coberturas, opciones, futuros, forwards, etc., que poco tienen que ver con nuestra economía per se. Se estima que más del 60 por ciento de todas las operaciones del peso se realiza fuera del país y por motivos ajenos a nuestros flujos comerciales y financieros. En otras palabras, por las características de nuestra moneda se utiliza para muchas transacciones internacionales independientes a nuestra economía; en buena medida, la determinación del tipo de cambio del peso mexicano no es endógena al país.

Al final de cuentas, nuestra moneda opera en diferentes mercados, cada uno con su propia oferta y demanda. Por ejemplo, el mercado de billetes en las casas de cambio en el aeropuerto maneja un tipo de cambio diferente al mercado al mayoreo interbancario o al de documentación en los bancos. Igual sucede con las operaciones de futuros en Chicago. Aunque hay vasos comunicantes entre estos mercados, cada uno tiene su propia dinámica. Pero en buena medida, esto significa es que la Comisión de Cambios tiene menos injerencia en el mercado de lo que pensamos.

Los dos últimos años han sido de una verdadera decepción en cuanto al crecimiento económico para México. Después de crecer en promedio 4.3 por ciento en los tres últimos años del sexenio anterior, el Pacto para México y las reformas estructurales prometían que nos iba ir todavía mejor. Sin embargo, con crecimientos de 1.4 y 2.1 por ciento para 2013 y 2014, respectivamente, el promedio de 1.8 por ciento para este sexenio se ubica por debajo del promedio sexenal de los últimos cinco sexenios.
Buscando algo alentador en estos números, podemos decir que, aunque lentamente, la economía parece estar mejorando. La SHCP propuso desde el año pasado que pudiéramos crecer 3.7 por ciento este año y así subir el promedio a 2.4 por ciento. Pero sin ser tan optimista, las últimas encuestas colocan al consenso en 2.9 por ciento para este año, que de materializarse subiría el promedio (de los tres años) a 2.2 por ciento.
El problema que tenemos es que los resultados del primer trimestre han sido malos, por lo que necesitaremos recuperar bastante terreno en los siguientes tres trimestres si queremos alcanzar el consenso actual. Los datos que dio a conocer el INEGI ayer (martes 12) de la producción industrial a marzo fueron decepcionantes. Las actividades secundarias disminuyeron -0.02 por ciento en marzo respecto al mes anterior y su tasa anual se coloca en apenas 1.4 por ciento, por debajo del avance de 1.8 por ciento alcanzado el año pasado). Pero lo que más inquieta es que la tendencia-ciclo ha permanecido estancada (cero por ciento de crecimiento) en los últimos cuatro meses. Más preocupante aún, fueron las cifras de la producción manufacturera (por representar nuestro principal motor de crecimiento), que cayeron -0.95 por ciento en marzo y cuya tasa anual de 2.4 por ciento es la más baja que se ha observado en los últimos 15 meses.
Dicen que es consuelo de tontos comparase con los demás, pero de vez en cuando debemos enfocarnos en el vaso medio lleno. Las mismas encuestas que señalan que México crecerá alrededor de 2.9 por ciento y experimentará una tasa de inflación fin de año de 3.1 por ciento en 2015, nos colocan por arriba de la media de América Latina. El consenso para el promedio de la región en cuanto a crecimiento económico es 0.5 por ciento, mientras que la inflación se ubica en 14.6 por ciento. El peor país es Venezuela, que presenta un derrumbe espectacular a raíz del desplome del precio del petróleo: su actividad económica va disminuir -6.0 por ciento y su inflación alcanzará 109.9 por ciento.
Sin embargo, debemos reconocer que el caso de Venezuela es una aberración (“oulier”) para la región, que distorsiona la media y hacer ver bien a todos los demás. Pero si eliminamos a Venezuela de los cálculos, la media para el crecimiento de la región sube tan solo a 1.0 por ciento, mientras que la inflación baja a 7.2 por ciento. En otras palabras, aun sin considerar a Venezuela, las perspectivas para México son muy superiores al promedio del resto de los países.
Hay algunos países de América Latina que les va ir mucho mejor a nosotros. Por ejemplo, Panamá vuelve ser la estrella con crecimiento esperado de 6.3 por ciento y una tasa de inflación de tan solo 2.2 por ciento. Nicaragua y la República Dominicana crecerán 4.7 por ciento, mientras que Bolivia avanzará 4.5 por ciento. Sin embargo, son países muy pequeños que no pintan mucho en el promedio. En cambio, los países más grandes son los que menos van a crecer. Brasil, el monstruo de la región verá una disminución de -1.1 por ciento, Argentina (tercer lugar en cuanto a tamaño) tendrá una caída de -0.5 por ciento y Chile (que por muchos años fue el campeón) avanzará 2.8 por ciento. De los siete países más grandes, solo Colombia (3.4 por ciento) y Perú (3.7 por ciento) crecerán más que México.
Algunas personas han señalado que la inflación de México (3.1 por ciento) es la más elevada de los países de la OCDE. Sin embargo, si nos comparamos con los 18 países más importantes de nuestra región, solo cuatro terminarán este año con una tasa inferior a México. Los dos países con inflación más bajas (El Salvador y Panamá) utilizan el dólar como su moneda (y tendrán inflaciones de 1.4 y 2.2 por ciento, respectivamente), mientras que Perú (2.8 por ciento) y la República Dominicana (2.6 por ciento) terminarán el año ligeramente por debajo de México. En cambio, Argentina (21.2 por ciento o más), Brasil (7.9 por ciento) y Uruguay (7.6 por ciento) experimentan tasas mayores.
Si tomamos en cuenta lo complicado que se encuentra el entorno económico mundial, no nos deberíamos quejar. Parece ser que sólo Asia-Pacífico crecerá en promedio más que nosotros (4.7 por ciento).

La Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA) anunció que la producción de vehículos ligeros en el país registró un máximo histórico al llegar a 266,424 unidades en enero de este año. Esta cifra ya coloca a México por encima de Brasil como el máximo productor de automóviles de América Latina. También reportó que la exportación de este tipo de vehículos llegó a 204,907 unidades en el mismo mes, lo cual significa un incremento de 15.2 por ciento respecto al mismo mes del año pasado. La AMIA dice que es el mejor nivel histórico de exportaciones para un mismo mes (enero), pero lo más importante es que el promedio de los últimos doce meses llegó a 222,489 unidades, que es un nuevo máximo histórico para un periodo similar.
Podemos apreciar la recuperación del mercado de exportaciones al observar que el nivel actual de los últimos doce meses representa un crecimiento de 123.6 por ciento respecto al nivel observado en noviembre de 2009, que fue el peor mes en lo que fue la gran depresión de hace seis años. El impulso de las exportaciones mexicanas de automóviles proviene fundamentalmente de más líneas de producción a partir de la reestructuración que hubo en la industria automotriz de Estados Unidos como resultado de la recesión. Ahora producimos muchos automóviles en México para exportar a Estados Unidos, que antes se producían en ese país. Sin embargo, el crecimiento actual ya no proviene exclusivamente de ese factor, sino de una recuperación en forma del mercado automotriz de nuestros vecinos: la venta de vehículos ligeros en Estados Unidos aumentó 13.7 por ciento en enero respecto al mismo mes del año anterior.
México ha aprovechado muy bien el crecimiento desorbitado en las ventas de vehículos en Estados Unidos. Sin embargo, nuestras exportaciones no han crecido tanto como las de Corea del Sur (18.8 por ciento) y las de “otros” países (19.9 por ciento). Incluso, las ventas de automóviles producidos en Canadá y Estados Unidos aumentaron 17.1 por ciento. Los países que han pedido mercado son principalmente Alemania con una disminución en ventas de -9.0 por ciento y Japón con una caída de -0.4 por ciento. No obstante, lo más importante es que el mercado estadounidense en sí está mostrando mucho dinamismo y lo estamos aprovechando.
Resulta interesante ver la descomposición por países de nuestras exportaciones. Mientras que aumentó 15.2 por ciento en el último año, exportamos 35.8 por ciento más a Canadá, 20.5 por ciento más a Chile y aumentos muy grandes (pero a partir de bases muy pequeñas) a Italia (1244.6 por ciento) y a Arabia Saudita (157.4 por ciento). En cambio, hemos visto disminuciones a Argentina (-61.3 por ciento), Brasil (-18.4 por ciento), Colombia (17.1 por ciento), Alemania (-10.1 por ciento) y China (-5.0 por ciento). Se debe considerar que estas cifras solo abarcan la exportación de vehículos terminados, por lo que faltan los vehículos pesados (como tractocamiones) y todo lo que representa la industria de autopartes (que representa alrededor de la mitad del mercado).
Las exportaciones de la industria automotriz son claves para México, ya que representa casi una tercera parte de las exportaciones no petroleras del país. Son uno de los motores de crecimiento más importantes del país, ya que inyecta dinamismo a la economía interna, que no ha mostrado un buen desempeño en los últimos dos años. Sin embargo, la mejor noticia que reporta la AMIA ahora no es de la producción total o de las exportaciones, sino de las ventas al mercado nacional. Después de alcanzar niveles máximos en 2006, el mercado interno sufrió un descalabro mayor en la recesión de 2008-2009, que mantuvo deprimido las ventas por muchos años. Entre que las autoridades permitieron la importación de coches chocolates y después autorizaron la importación de vehículos chatarra, en México la compra de automóviles nuevos per cápita llego a niveles muy por debajo de otros países como Argentina y Brasil.
Afortunadamente, la venta de automóviles ha crecido a dos dígitos en los últimos siete meses y ahora en enero alcanzó una tasa anual de 21.3 por ciento. Por primera vez en ocho años, el promedio móvil de doce meses registró un nuevo máximo histórico, es decir, la venta de los últimos doce meses rebasó en enero por primera vez la venta máxima que se había alcanzado en noviembre de 2006. Esta noticia es extraordinaria, ya que representa un dinamismo importante de la economía interna, que como todos saben, bien nos hace falta. Pudiera representar el comienzo del mayor crecimiento tan anhelado. ¿Será?

Escrito el 17 de junio de 2014 para Newsweek en Español.

 

Entre 1933 y 1981, México logró crecer a una tasa promedio anual de 6.19 por ciento, lo que permitió multiplicar el PIB por un factor de 19 en lo que fue casi 50 años. El crecimiento llegó a registrar un promedio anual de 9.11 por ciento en los últimos cuatro años de ese periodo, impulsado por el boom petrolero de los setenta. Pero con el derrumbe económico de 1982, se perdió por completo la habilidad de crecer, ya que la tasa disminuyó a un promedio por año de tan solo 2.21 por ciento los últimos 32 años, una de las más bajas de todo América Latina. Muchas personas culparon al Partido de la Revolución Institucional (PRI), el partido que había monopolizado el poder por 71 años consecutivos (1929-2000), por lo que decidieron en las urnas en 2000 darle la oportunidad al Partido de Acción Nacional (PAN). Sin embargo, en los dos sexenios en que sostuvo el poder (2001-2012), los gobiernos del PAN no pudieron mejorar la pobre actuación económica: Vicente Fox logró que la economía avanzara a un ritmo de 2.18 por ciento anual, mientras que Felipe Calderón registró una tasa promedio de 2.09 por ciento.

Ante la frustración del desempeño mediocre del PAN, la población decidió darle de nuevo la oportunidad al PRI, con la presidencia de Enrique Peña Nieto. En su campaña prometió impulsar las reformas estructurales que hacían falta y a retomar el crecimiento sostenido. Convenció a la mayoría de que solamente el PRI tenía la capacidad política para negociar con la oposición y que con su retorno por fin despejaría la economía. Con su victoria se presumió que había llegado el “momento México”. Inició su mandato con el lema “moviendo a México”, apoyado en grande por la prensa extranjera que ayudó a promover al país. Las agencias calificadoras se sumaron a la ola de optimismo, mejorando la calificación de riesgo soberano con el argumento implícito de que ahora sí el gobierno sabía qué hacer.

Sin embargo, no llegó el famoso momento México. El crecimiento económico del país en el primer año del nuevo gobierno no llegó ni siquiera a la mitad del promedio histórico de los últimos 32 años, mientras que el arranque de 2014 ha mostrado que la tendencia de estancamiento permanece igual. Todas las instituciones, analistas y académicos han revisado continuamente sus proyecciones de crecimiento a la abaja, hasta que recientemente el gobierno y el banco central tuvieron que admitir lo mismo. Por lo pronto, las perspectivas para este año giran alrededor de 2.5 por ciento, pero no debe sorprender que antes de finalizar el año observamos más revisiones a la baja.

¿Qué pasó con el momento México? ¿Por qué nunca llegó?

México fue de los ganadores después de la Gran Recesión

El crecimiento del PIB mexicano de 2001 a 2009 fue 1.3 por ciento promedio anual, el peor de toda América Latina. El contraste con las demás economías de la región fue enorme, ya que la década pasada fue muy favorable para la mayoría de los países latinoamericanos. Volteábamos a ver a Brasil, Chile, Perú y Panamá con envidia, que crecían muy por encima de nosotros. Al mismo tiempo, surge China como nuevo centro manufacturero mundial y nos empezó a comer el mandado. Peor aún, viene la gran recesión en 2008 y el PIB de México se desploma 4.7 por ciento. A pesar de una supuesta fortaleza macroeconómica, un sistema financiero saneado, una política cambiaria adecuada y relaciones de deuda externa relativamente buenas, tuvo uno de los peores desempeños a escala mundial. Al desplomarse el comercio exterior, México pierde su motor de crecimiento más valioso y la economía interna no supo responder.

No toda la retracción de la actividad económica provino de afuera. La sobrerreacción de las autoridades al virus H1N1, que paralizó por completo a la economía por un espacio importante, posiblemente contribuyó cerca de dos puntos porcentuales de los que disminuyó el PIB ese año. Pero aun así, México parecía maldecido y condenado al crecimiento mediocre.

Sin embargo, el panorama empezó a cambiar a partir de 2010 con un repunte significativo en las exportaciones no petroleras, a pesar de la lenta recuperación mundial. El PIB de México logró crecer 5.2, 3.8 y 3.9 por ciento en 2010, 2011 y 2012, respectivamente, para alcanzar un promedio de 4.3 por ciento en los tres años y crecer por arriba del promedio mundial. En estos años, México recapturó una porción del mercado norteamericano que había cedido a China y se empezó a escuchar de nuevo de la competitividad mexicana. No sólo la industria automotriz despegó a gran velocidad, sino también las exportaciones manufactureras no automotrices. Pero todavía más sorprendente fue que la economía interna empezó a responder y parecía tener por primera vez su propio dinamismo.

¿Cuáles fueron los factores que explicaron el mejor desempeño vis-a-vis los demás países? En principio, fueron tres: un reacomodo de líneas de producción (en especial en la industria automotriz) dentro de América del Norte, mediante el cual se buscó reducir costos de producción e incrementar la eficiencia a raíz de los efectos de la recesión en Estados Unidos; una moneda más competitiva (depreciada) a raíz del ajuste significativo que sufrió el tipo de cambio en 2008; y un cambio fundamental en la política económica de China, que coadyuvó a cerrar la brecha de los costos laborales unitarios entre ambos países.

A raíz de la profunda recesión de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las empresas automotrices estuvieron a punto de quebrar. Recibieron incluso ayuda gubernamental y tuvieron que implementar cambios profundos para volver hacer competitivos y rentables. Muchos de estos cambios involucraron cambios en sus líneas de producción de Estados Unidos hacia México, que en parte fue un reconocimiento de que la productividad de la industria automotriz mexicana no solamente era buena, sino de las mejores a escala mundial. A raíz de entonces, no sólo se observó nuevas inversiones en las plantas de capital norteamericanas, sino también en las europeas y asiáticas. El resultado fue que apenas un par de años después de la crisis, México había ganado mucha participación en la producción automotriz mundial.

En los años anteriores a la crisis, el dólar se había depreciado respecto a las principales monedas del mundo. Dado que el peso mexicano está muy ligado al dólar, México aprovechó parte de esta depreciación para incrementar sus exportaciones a países distintos a Estados Unidos. Como consecuencia de la crisis, el peso sufrió una depreciación significativa respecto al dólar en un momento en que el dólar se recuperó respecto a los demás países. De nuevo, México ganó competitividad hacia el exterior y se posicionó muy bien cuando el comercio exterior empezó a recuperarse.

Finalmente, China empezó a poner más énfasis en su mercado interno, empezando por otorgar mejores salarios a sus obreros. Como consecuencia, la distancia abismal que había entre los costos laborales de los dos países acortó y las ventajas de seguir produciendo en China se empezaron a mermar. Después de casi una década en la cual China absorbió una buena parte de la actividad manufacturera global, muchas empresas se dieron cuenta que los costos de logística y de transporte eran igual o más importantes que los laborales. Al final de cuentas, la cercanía geográfica de México y las posibilidades de abastecer oportunamente al mercado de Estados Unidos, volvió a posicionar a México como creciente posibilidad de producción manufacturera.

La mejoría económica en los tres años previos al arribo de Enrique Peña Nieto a la presidencia, fortaleció la creencia de que el nuevo gobierno podría tomar e incluso mejorar esta inercia. Si la ausencia de reformas estructurales fue uno de los factores que limitó el crecimiento en la era del PRI, entonces Peña Nieto tenía todo que ganar con impulsarlas. Sin embargo, con el cambio del sexenio vino una desaceleración frustrante que dejó a México al borde de una recesión.

La tormenta perfecta

Después de buen crecimiento por tres años, la actividad económica mexicana se desaceleró significativamente en 2013 para alcanzar apenas una tasa de 1.1 por ciento. Fueron muchos los factores, tanto externos como internos, que contribuyeron al mal desempeño. Una menor demanda por nuestras exportaciones en el exterior, la cancelación de cuotas de exportación de automóviles a Brasil y Argentina, una disminución pronunciada en las remesas y la recesión de Europa fueron algunos de los elementos externos. Mientras tanto, la crisis de la construcción, el menor gasto público, un desabasto de gas, inundaciones, incertidumbre en torno a las reformas estructurales, dudas en torno al cambio de sexenio y un deterioro acumulado en el poder adquisitivo de los hogares, fueron las causas internas.

El impulso principal para la actividad económica que planteó el gobierno entrante era su agenda ambiciosa de reformas estructurales. Los gobiernos anteriores no los pudieron aprobar debido a la oposición que tenían en el Congreso y a la falta de habilidad política para negociar y conciliar intereses. Sin embargo, el gobierno de Peña Nieto logró establecer el “Pacto para México”, que fue un acuerdo entre los principales partidos políticos para perseguir una agenda común. De aprobarse el decálogo de reformas, el crecimiento habría que detonarse.

Sin embargo, esta perspectiva no se materializó. A pesar de que algunas de las reformas se aprobaron en la primera mitad de 2013, las más importantes enfrentaron problemas mayores. La reforma fiscal terminó como una propuesta simplemente recaudatorio, sin enfrentar los verdaderos retos fiscales, mientras que la de telecomunicaciones y la energética se pospusieron hacia fines de año. Muchas de las leyes secundarias que debían seguir la aprobación de las reformas se empantanaron y no fueron aprobados hasta mucho después. Como resultado, el empuje que debió representar estas reformas no se materializó en 2013 y quedó claro que si se llegaran a materializar factores positivos de ellas, no serían sino hasta la segunda mitad del sexenio.

Pero más allá de las fallas que pudieran llegar a representar estas reformas, la actividad económica sufrió una serie de reveses, que no solo detuvo su crecimiento, sino que empujó a la economía hacia el borde de una recesión ligera. Lo que pasó fue como una tormenta perfecta, es decir, se conjuntaron varios factores negativos tanto externos como internos, casi todos al mismo tiempo, que detuvo la marcha de la economía. ¿Cuáles fueron estos factores?

Primero, a mediados del año anterior (2012) la demanda por las exportaciones no petroleras mexicanas empezó a desacelerarse. Las exportaciones automotrices dejaron de crecer a los ritmos anteriores, mientras que las manufactureras no automotrices se estancaron. Dado que las exportaciones son el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, se experimentó mucho menos dinamismo en las actividades secundarias, que a su vez dejaron de estimular el crecimiento de las actividades terciarias. Hubo una visible desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos (de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013) y específicamente en su producción manufacturera, que creció 2.2 por ciento en 2013 después de haber logrado una tasa de 3.9 por ciento en el año anterior. Al final de cuentas, las exportaciones no petroleras solo crecieron 4.0 por ciento en 2013, menos de la mitad de la tasa de 8.5 por ciento de 2012.

Segundo, al mismo tiempo dejaron de crecer las remesas familiares provenientes de Estados Unidos. A partir de julio de 2012 la tasa anual fue consistentemente negativa, afectando un ingreso complementario de muchas familias, que a su vez tuvo un efecto negativo sobre el consumo de los hogares. Dado que una parte significativa de estos ingresos se dedican a obras de autoconstrucción y remodelación de casas, también se vio afectada la rama de “trabajos especializados” dentro de la construcción.

Tercero, el gobierno de Calderón había dado un gran impulso a la vivienda de interés social, en especial mediante la construcción de casas habitacionales horizontales. Sin embargo, la gran mayoría fueron desarrollos en zonas apartadas de los centros de trabajo, esparcimiento y escuelas. Muchos gobiernos locales fallaron en proveer la infraestructura necesaria, por lo que miles de casas fueron abandonadas. A mediados de 2012, el gobierno decidió parar este tipo de edificación, en espera de una nueva reglamentación que favoreciera la vivienda vertical. No obstante, ante el inminente cambio de sexenio, el gobierno saliente le dejó el paquete a la nueva administración, lo que dejó prácticamente paralizado un segmento importante de la construcción. Peor aún, el nuevo gobierno no resolvió el problema de inmediato, lo que profundizó la crisis de la construcción en 2013. La mayoría de los desarrolladores de vivienda quedaron al borde de la quiebra, sin los recursos para volver a levantar el sector.

Cuarto, el gobierno de Calderón propuso utilizar la mayor parte del gasto público programado para 2012 en la primera mitad del año en busca en un efecto favorable en la economía antes de las elecciones. Esto implicó una disminución en el gasto en la segunda mitad del año, en especial en obras civiles y de infraestructura. Al entrar el nuevo gobierno, se intensificó la disminución en el gasto, muy visible en la inversión fija bruta del gobierno. En sí, el presupuesto aprobado para 2013 buscaba un balance fiscal, lo que implicaba un proceso de consolidación mediante una disminución en el gasto público. Pero aunado a esta restricción, la nueva administración tuvo un subejercicio de su gasto, por lo que su impacto negativo fue todavía mayor. No fue hasta el último trimestre de 2013 que el gobierno de Peña Nieto logró activar en forma el gasto público. Sin embargo, fue demasiado poco y tarde para lograr algún impacto significativo en la actividad económica.

Quinto, ante la promesa de reformas estructurales que implicaban nuevas oportunidades de inversión, el sector privado decidió posponer muchos proyectos hasta no saber bien cuáles iban a ser las nuevas reglas del juego. Primero habría que esperar para ver cuáles reformas se aprobarían y después cuáles serían las leyes secundarias. Aunado a la espera de las reformas, había incertidumbre en torno al cambio sexenal, que siempre tiene un efecto negativo en el primer año de cualquier sexenio. Esto también implicó una disminución en la inversión fija bruta del sector privado.

Sexto, a pesar de que la inflación general se ha contenido en los últimos años, los precios de los alimentos, de la gasolina y otros bienes con alto impacto en los presupuesto familiares, subieron mucho más que los sueldos y salarios, provocando una pérdida en el poder adquisitivo de muchos hogares. Aunado a los factores anteriores, esto incitó a una disminución en el comercio y a una eventual desaceleración en las actividades terciarias en su conjunto.

El resultado fue primero una atonía a partir de mediados de 2012, que posteriormente se convirtió en un estancamiento de la actividad económica en 2013. El gobierno fue severamente criticado a lo largo del año, ya que cada tres meses se veía forzado a revisar su expectativa de crecimiento a la baja: empezó el año anticipando una tasa de 3.5 por ciento, que revisó a la baja cuatro veces antes de admitir la tasa final de 1.1 por ciento para el año. Sin embargo, no solo fue el gobierno que no anticipó adecuadamente el crecimiento del año, sino también prácticamente a todos los analistas, instituciones financieras y organismos internacionales. Parte del problema fue, que aunado a todos los factores mencionados, hubo modificaciones importantes en las cuentas nacionales (cambio de año base y adecuaciones metodológicos), que terminaron por arrojar cifras de crecimiento económico menores a los que originalmente se habían reportados. En un principio, el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) reportó en mayo de 2013 que el PIB del primer trimestre de 2013 había crecido de 1.8 por ciento anualizado respecto al trimestre anterior. La cifra ya revelaba una economía menos dinámica, lo que llevó a muchos analistas a revisar a la baja su expectativa de crecimiento para el año, pero aun todavía en un rango ligeramente por debajo de 3 por ciento. Sin embargo, cuando el INEGI dio a conocer los datos del segundo trimestre en agosto, aprovechó para introducir el cambio de base (de 2003 a 2008), que resultó en una revisión del primer trimestre a 0.1 por ciento de crecimiento y una tasa negativa de 2.9 por ciento para el segundo. Por lo mismo, después de conocer los datos revisados los analistas tuvieron que revisar de nuevo a la baja sus perspectivas de crecimiento, esta vez ya por debajo de 2 por ciento. A pesar de que hubo una pequeña mejoría en el desempeño de la economía en el tercer trimestre, el cuarto volvió a estancarse y la economía terminó creciendo apenas 1.1 por ciento en el año.

La promesa de recuperación

Si revisamos detenidamente la lista de los factores que contribuyeron al bajo desempeño de 2013, encontramos que prácticamente todos fueron de naturaleza temporal, es decir, que deberían perdurar por mucho tiempo. Esto llevó al gobierno a prometer una recuperación vigorosa en 2014, primero como consecuencia de una recuperación en la economía de Estados Unidos y Europa y posteriormente apuntalado en una política de gasto público muy agresivo. Consistente con el lema que está utilizando el gobierno para promover el país, “moviendo a México”, la SHCP ha sido muy reacio a reconocer y admitir primero, que la economía no va crecer lo que originalmente proyectaron y segundo, que se tiene que revisar a la baja de nuevo las expectativas de crecimiento a raíz de errores de política económica.

Después de prometer resultados casi inmediatos, ante lo sucedido en 2013, el gobierno se vio forzado a admitir que los supuestos efectos benéficos de las reformas se darían [en el mejor de los casos] en el mediano plazo. Por lo mismo, para remediar la situación y reactivar la economía, el gobierno decidió primero plantear una reforma fiscal que proveería de más recursos al erario y después impulsar una ampliación significativa del déficit fiscal para financiar un incremento sustantivo en el gasto. De esta manera, abandonó prácticamente todos los planteamientos originales de la reforma en busca de una propuesta esencialmente recaudatoria. Dejó a un lado las propuestas de unificar el IVA al eliminar las exenciones y excepciones, no presentó propuesta alguna para incentivar el empleo formal y combatir la informalidad, eliminó deducciones que incentivaban la inversión, no buscó ampliar la base recaudatoria y terminó aumentando la tasa impositiva a los cautivos, los que desde antes pagaban la mayor tajado de los impuestos. Adicionalmente, introdujo una serie de nuevos impuestos y aumentos al IEPS que gravaban alimentos de alto consumo en los hogares.

El resultado final de la reforma fue una reducción en el ingreso personal disponible de los hogares, que trajo consigo una disminución en la confianza del consumidor y al mismo tiempo, desincentivó la inversión de las empresas y redujo igual la confianza empresarial. En el momento en que el consumo y la inversión privada necesitaban apuntalar la recuperación, fueron severamente castigados. Peor aún, el gobierno introdujo nuevas medidas de fiscalización y leyes para tratar de limitar el lavado de dinero, pero que empujaron a muchos consumidores y empresarios a retirar su dinero de los bancos y dejar de usar tarjetas de crédito. Como consecuencia, aumentaron significativamente las transacciones informales y cayeron las ventas en los establecimientos formales. En el primer trimestre del año, aumentó la demanda de dinero (base monetaria) más de 14 por ciento, mientras que el PIB nominal solo avanzó 5.1 por ciento.

En principio la estrategia del gobierno es de quitarle dinero a los hogares y empresas para incrementar sus ingresos y pedir prestado algo más al mercado vía un incremento importante en la deuda pública (tanta externa como interna), para aumentar así en forma significativa el gasto público. El primer problema con esta estrategia, es que el gasto público es menos eficiente en términos de su impacto sobre el crecimiento económico que el gasto privado. El segundo problema es que redujo el ingreso personal disponible a los que desde antes pagaban más impuestos en vez de ampliar la base gravable y eliminar a los grupos privilegiados. El tercer problema es que al acudir a los mercados financieros para financiar la ampliación del déficit, desplazó al sector privado de recursos que hubiera utilizado para invertir. El resultado es que el primer trimestre quedó estancado y se abortó las posibilidades de iniciar una recuperación de fondo.

Al concluir el primer trimestre, la SHCP reportó un aumento en el gasto público de alrededor de 8 por ciento real y en especial. Un aumento en inversión física de más del 17 por ciento. Sin embargo, la inyección de recursos públicos no parecía tener efecto alguno en el crecimiento. Sin embargo, más de un mes después, el INEGI reportó que el consumo público disminuyó 0.33 por ciento respecto al trimestre anterior y en especial, hubo una caída de 8.5 por ciento en la inversión público respecto al mismo periodo del año anterior. La SHCP no ha querido aclarar esta divergencia tan marcada en las cifras y tampoco reconocido que su última revisión a la baja en el crecimiento tendrá que ser revisada de nuevo (algo que Banco de México ya admitió).

Aunado a los errores de política gubernamental, el entorno externo no presentó la mejoría anticipada a principios de año. La economía norteamericana arrancó mal el año debido a condiciones climatológicas adversas, que afectó negativamente a la inversión privada, el gasto público y los inventarios. El resultado fue que el PIB estadounidense disminuyó 1.0 por ciento en el primer trimestre de 2014, por lo que no aumentó mucho la demanda por nuestras exportaciones. Afortunadamente, el consumo de los hogares siguió creciendo en Estados Unidos, por lo que el revés se ha interpretado como un fenómeno temporal. De hecho, las exportaciones mexicanas han mostrado una mejoría en los últimos meses.

El Indicador IMEF Manufacturero de mayo muestra una tendencia modesta al alza, por lo que se anticipa una mejoría en el ritmo de producción ya en el segundo trimestre. Sin embargo, el Indicador IMEF No Manufacturero registra una clara tendencia a la baja en los primeros cinco meses del año, signo de que el comercio y los servicios se mantienen estancados. El hecho de que el Banco de México decidiera reducir 50 puntos base la tasa objetivo de fondeo interbancario a 3.0 por ciento, es muestra de que la actividad económica todavía permanece estancada. La misma Junta de Gobierno recalcó que la mayor debilidad es el consumo y la inversión. La decisión sorpresiva subraya el hecho de que el rango esperado de crecimiento por las autoridades monetarias es seguramente ahora todavía más baja que el de 2.3 a 3.3 por ciento dado a conocer apenas hacia fines de marzo.

 

Expectativas de Crecimiento del PIB para 2014:

Antes y Después de Conocer los Datos del Primer Trimestre

                                                                                                      Antes                 Después

Oficial SHCP                                                                               3.9%                      2.7%

Oficial Banxico                                                                          3.5%                      2.8%

FMI                                                                                               3.0%                        n.d.

Banco Mundial                                                                         3.0%                      2.3%

Encuesta IMEF                                                                          3.0%                      2.6%

Encuesta LatinFocus                                                               3.1%                      2.9%

Encuesta Consensus Economics                                        3.0%                      2.6%

Encuesta Banxico                                                                    3.0%                      2.8%

Encuesta Banamex                                                                 3.0%                      2.8%

Fuente: recopilación propia de fuentes originales de cada Encuesta o Institución.

 

En la medida en que se vayan conociendo más datos duros sobre el desempeño de la economía en el segundo trimestre, se podrán ir afinando las proyecciones de crecimiento para todo el año. No obstante, las acciones del Banco de México y los indicadores oportunos disponibles (como el Indicador IMEF) apuntan a que esta ronda de revisiones a la baja todavía no concluye. Es de esperar que el nuevo consenso se ubique mucho más cerca al 2 que al 3 por ciento. Sin embargo, resulta interesante observar que aun la proyección más pesimista de ahora (cerca del 2 por ciento) implica cierta recuperación en la segunda mitad del año.

¿Qué se necesita para que se active la recuperación? Primero, una mejoría en el entorno externo que culmina en un incremento en las exportaciones no petroleras, que desde hace tiempo ha sido el motor de crecimiento de la economía. Sin una mejoría sustancial, difícilmente podremos ver que se materialice una recuperación que perdure. Segundo, una reactivación en el consumo e inversión privada, que para que ocurre se necesita una pronta absorción de los efectos negativos de la reforma hacendaria, algo que no queda tan claro que pueda ocurrir en el muy corto plazo. Finalmente, se necesita la aprobación final y completa de todas las reformas y leyes secundarias para dejar atrás el ambiente de incertidumbre prevaleciente.

El aumento en el gasto público no será suficiente para reactivar la economía, primero por su ineficacia y segundo, por el poco impacto de segunda orden que tiene sobre la actividad económica. Una buena parte del gasto va dirigido a programas sociales, subsidios y transferencias, que prácticamente no tiene repercusión. La inversión pública podrá ayudar en el margen, sin embargo, la mayor parte simplemente desplazará la inversión privada. Por lo pronto, es casi un hecho que el crecimiento de este año será de nuevo decepcionante. Habrá que esperar a 2015. Por mientras, estaremos esperando las nuevas revisiones a la baja en el crecimiento por parte de SHCP.