Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El INEGI dio a conocer los resultados del indicador de confianza empresarial para abril. En el margen, hay mejorías en todos los sectores y en todos sus componentes. De la misma forma, también se percibe una mejoría en las expectativas de crecimiento del país para el año. Por ejemplo, el consenso de la Encuesta de Expectativas de los “Especialistas” en Economía del Sector Privado de Banxico, subió a 1.7 por ciento, cuando estaba en 1.5 por ciento apenas dos meses. Aunque todavía prevalecen factores que apunta a que el crecimiento este año será menor al de 2016, la diferencia ya no parece ser tan abismal.

¿De dónde proviene este optimismo? Como lo sugiere la apreciación del peso desde mediados de enero hasta abril, hubo una clara sobrerreacción en enero a los daños que representarían el gasolinazo y la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos. Sin embargo, es importante matizar esta mejoría, ya que en términos relativos todavía persiste cierto pesimismo. Por ejemplo, en la misma encuesta de Banxico señala un “especialista” que anticipa crecimiento de 0.0 por ciento para el año. El indicador de confianza empresarial muestra dos meses de recuperación, pero aun así sus niveles están en niveles históricamente bajos.

El indicador de confianza tiene varios hechos estilizados que valen la pena recordar. Primero, el empresario siempre ve el futuro con más optimismo que el presente, ya sea de la situación económica del país o la de su empresa. Segundo, siempre refleja mayor optimismo en la situación de su empresa comparado con la del país, ya sea en la actualidad o del futuro. Tercero, el componente de mayor pesimismo siempre es en torno a si ahora es el momento adecuado para invertir. Cuarto, al comparar ésta con la confianza del consumidor, siempre resulta más optimista el empresario. A raíz de estas vicisitudes, resalta el hecho de que lo que motivó realmente el desplome en la confianza empresarial en enero fue una caída brutal en la percepción futura de la situación económica del país. Aunque hubo disminuciones en los cinco componentes del Indicador, éste registró su mínimo histórico, mientras que los demás cayeron, pero ni siquiera cerca de sus mínimos anteriores. En los últimos dos meses la percepción futura del país en la confianza empresarial manufacturero se ha recuperado 6.7 puntos, pero aun así se ubica en la zona de “pesimismo”.

Existen otras señales y tendencias interesantes de este indicador. A partir de mediados de 2011 se modificó la Encuesta Mensual de Opinión Empresarial para incluir a los sectores de construcción y comercio. También se abrió el sector manufacturero para abarcar siete subsectores diseñados ad-hoc. Anteriormente, el indicador se llamaba “confianza del productor”, pero al incluir más sectores, se modificó a “confianza empresarial”. En los primeros tres años de poder realizar comparaciones entre estos sectores, no se definió uno como más optimista o pesimista, ya que mostraban tendencias similares siendo a veces un sector más optimista y a veces otro. Sin embargo, desde mediados de 2015 los sectores de la construcción y de comercio han mostrado mucho más pesimismo que la manufactura. Resulta interesante esta tendencia, ya que mientras la manufactura mostraba algo de estancamiento, el comercio vivía buen momento ante el crecimiento continuo del consumo de los hogares.

Otra tendencia sugestiva está presente en los tres sectores y también en cada uno de los siete subsectores de la manufactura. Desde prácticamente el inicio de este sexenio se ha presentado una tendencia declinante continuo, es decir, poco a poco, los empresarios han abandonado una visión optimista en general y con el tiempo han mostrado cada vez más y más pesimismo. En los primeros meses del sexenio (de 2013), hubo un incremento en la confianza empresarial, a tal grado que se registró un máximo histórico. El Pacto para México y el discurso de que era el “momento México” dio muchas esperanzas y más que uno compró la idea de sería factible crecer por arriba de 5 por ciento. Sin embargo, esta ilusión se fue desvaneciendo con el tiempo y ahora iniciamos el quinto año consecutivo con una tendencia cada vez más hacia el pesimismo.

Pero, al final de cuentas la mejoría que hemos observado en estos dos meses es simplemente la recuperación de una sobrerreacción a inicios de año y no un cambio de tendencia. Lástima.

Hacia fines de diciembre, cuando la mayoría estábamos concentrados en el Maratón Guadalupe-Reyes, el INEGI dio a conocer algunos indicadores sobre la marcha de la economía. Posiblemente los más importantes son los del desglose del PIB por el lado del gasto para el tercer trimestre. Desde fines de noviembre, INEGI ya había reportado el crecimiento del PIB de 1.0 por ciento respecto al trimestre anterior y 2.0 por ciento respecto al mismo trimestre del año pasado; los primeros tres trimestres del año registraron una actividad económica de 1.95 por ciento superior al mismo periodo de 2015. Sabíamos que las actividades secundarias crecieron 0.1 por ciento en el trimestre, producto de caídas de -2.5 y -0.3 por ciento en la minería y la construcción, respectivamente, con un avance de 0.8 por ciento en la manufactura. También conocíamos que las actividades terciarias (comercio y servicios) habían avanzado 1.4 por ciento. Pero no fue hasta el 21 de diciembre que el INEGI informó el desglose por el lado del gasto, es decir, los crecimientos del consumo, la inversión y el comercio exterior. Por ejemplo, medio sabíamos del avance de la inversión fija bruta (IFB) total, ya que el INEGI publica los resultados mensuales (con un gran rezago, por cierto). Sin embargo, en este desglose el instituto da a conocer cuánto fue pública y privada, datos de por más interesantes.

Después de haber disminuido -1.0 por ciento en el segundo trimestre, la IFB total cayó -0.1 por ciento en el tercer trimestre y resulta que el nivel de los primeros tres trimestres del año apenas se ubica 0.1 por ciento por encima del mismo periodo de 2015. No obstante, la IFB privada creció 1.1 por ciento en el trimestre y los tres trimestres están 2.1 por ciento arriba del año anterior. En cambio, la IFB pública disminuyó -7.8 por ciento en julio-septiembre y el año se encuentra -10.3 por ciento por debajo del año pasado. Resulta que la IFB pública ha disminuido en 25 de los últimos 29 trimestres y en los once últimos consecutivos. Se ubica en su nivel más bajo desde el cuarto trimestre de 2002, es decir, de los últimos 14 años. Significa que 2016 será el séptimo año consecutivo de tasas anuales negativas para la inversión pública. Seguramente 2017 será el octavo.

Sin embargo, a pesar de los pésimos números, la caída de la inversión pública no es novedad. A estas alturas de 2015 se ubicaba también -10.3 por ciento por debajo de los primeros tres trimestres de 2014. Pero entonces, ¿qué factores explican que el PIB está creciendo ahora menos? En los primeros tres trimestres de 2016 llevamos 1.95 por ciento, comparado con 2.70 por ciento en 2015. Primero, resalta el hecho de que no solamente sigue el avance del consumo de los hogares, sino que en este año está creciendo más (2.8 por ciento en 2016 versus 2.1 por ciento en 2015).

La desaceleración se explica fundamentalmente por cambios drásticos en la inversión privada y en las exportaciones y en mucho menor medida por menos crecimiento del consumo público. A estas alturas de 2015 la inversión privada avanzaba a un ritmo de 9.2 por ciento, comparado con 2.1 por ciento en 2016. Pero el cambio más pronunciado esta en las exportaciones, que en 2015 se ubicaba 9.2 por ciento por encima de los primeros tres trimestres del año anterior, siendo que ahora están tan solo 0.01 por ciento por arriba del mismo periodo de 2015. En pocas palabras, el consumo privado es el único componente por el lado del gasto que crece por arriba del PIB, mientras que la inversión privada casi al mismo ritmo; el consumo público y las exportaciones crecen por debajo del PIB y la inversión pública es el único componente con tasa negativa.

Es interesante observar la diferencia en el crecimiento de las exportaciones en dólares nominales (que es el flujo de la balanza comercial) con la medición en pesos reales. La balanza comercial muestra una disminución de -3.8 por ciento en los primeros tres trimestres del año, mientras que las cuentas nacionales registran prácticamente el mismo nivel (0.01 por ciento). El año pasado, observamos una caída de -4.1 por ciento en las exportaciones reportadas en dólares, mientras que crecieron 10.4 por ciento en pesos reales. Pero aguas, ya que la comparación no solo refleja diferencia de precios y volumen, sino también las cuentas nacionales abarcan servicios no factoriales.

El INEGI dio a conocer que la estimación oportuna del PIB en el segundo trimestre muestra una disminución de -0.3 por ciento respecto al trimestre anterior y 1.4 por ciento respecto al mismo trimestre del año anterior. Este resultado se deriva de una disminución de -0.1 por ciento en las actividades primarias (agropecuarias), una caída de -1.7 por ciento en las secundarias (manufactura, construcción y minería) y un estancamiento en las terciarias (comercio y servicios). Cabe recalcar que estas cifras son simplemente una primera aproximación al PIB con base en información preliminar e incompleta, por lo que podrían ser diferentes a las generadas para el PIB tradicional, que conoceremos el 22 de agosto.

El INEGI no pone los datos completos en su página (en el BIE), para enfatizar que estas tasas son simples estimaciones. Esto dificulta en parte cálculos derivados de estas tasas. De entrada, no son compatibles las tasas de -0.3 y 1.4 por ciento entre sí con los datos anteriores. Por ejemplo, si multiplicamos el PIB por el primer trimestre por la tasa de -0.3 por ciento, obtenemos un número para el PIB del segundo trimestre distinto a que si multiplicamos el segundo trimestre del año pasado por 1.4 por ciento. Si tomamos como bueno el PIB del segundo trimestre de 2015 y lo multiplicamos por 1.4 por ciento (la tasa anual reportada por INEGI), resulta que la caída del segundo trimestre de este año es -2.1 por ciento por debajo del PIB del primer trimestre. Por lo mismo, resulta muy complicado analizar lo que pasó.

Igual pasa con el IGAE, cuyos datos tenemos hasta mayo. Podemos suponer que la correlación entre el IGAE y el PIB es muy elevada, lo que permite sacar por diferencia lo que la estimación oportuna del PIB nos dice sobre el comportamiento implícito de junio. El IGAE disminuyó 1.25 por ciento en abril y creció 0.98 por ciento en mayo. Para que el promedio del IGAE de los tres meses correspondientes al segundo trimestre sea -0.3 por ciento por debajo del promedio de los tres meses del primer trimestre, el crecimiento [implícito] de junio fue 1.3 por ciento respecto a mayo. ¿Creíble? De ser cierto, estaríamos hablando del mejor desempeño para dos meses consecutivos (mayo y junio) desde junio y julio de 2009, que resultó de un efecto rebote al terminar la Gran Recesión de 2008-2009. En principio, este cálculo señala una recuperación robusta en la actividad económica de la caída registrada en abril. En cambio, si tomamos la tasa anual de 1.4 por ciento como punta de partida, junio solo tuvo un avance de 0.1 por ciento respecto al trimestre anterior, cuyo comportamiento se podría caracterizar como mediocre. En otras palabras, estos datos del PIB traen implícitamente cambios en la serie histórica, que simplemente no nos dejan saber bien lo que pasó en estos últimos meses.

A estas alturas, podemos pensar en dos escenarios, uno optimista y otro pesimista. El escenario optimista señala que el desempeño desfavorable de abril fue solo una “aberración”, que se compensó con una recuperación rápida en los siguientes meses. En el margen vemos una mejoría en Estados Unidos que, combinado del efecto rezagado de la depreciación de la moneda, podría traer cierta recuperación en las exportaciones en el tercer trimestre, mientras que el consumo y la inversión privada seguirán su trayectoria creciente. Para el cuarto trimestre hagamos el supuesto que Hilary Clinton gana las elecciones en Estados Unidos y podríamos terminar con una economía creciendo 2.5 por ciento o más.

En el escenario pesimista tenemos una caída en la actividad económica en el tercer trimestre, a raíz de los bloqueos en puertos y vías de comunicación en el país y una continuación en el estancamiento manufacturera de Estados Unidos. Dos trimestres consecutivos con tasas negativas marca el comienzo de una ligera recesión. Para el cuarto trimestre, vamos a suponer que gana las elecciones Donald Trump, lo que provoca una salida masiva de capitales del país, una depreciación adicional significativa de la moneda y la necesidad de aumentos pronunciados en la tasa de política monetaria de Banxico. Se detiene la inversión privada y la economía entra en una recesión ya más profunda. ¿Crecimiento para el año? 1.5 por ciento o menos.

A estas alturas, pienso que ambos escenarios tienen 50 por ciento de probabilidades.

Hace un mes, el INEGI divulgó que el PIB creció 0.8 por ciento en el primer trimestre respecto al cuarto de 2015 y 2.8 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Al mismo tiempo, informó el desempeño de las actividades productivas, desagregado por 20 sectores, dentro de los cuales destacaron las actividades primarias y el sector de la construcción. La noticia fue muy buena, ya que el crecimiento no solo fue mejor que lo esperado, sino también mucho mayor al de Estados Unidos: la tasa anualizada (de 0.8 por ciento) es 3.3, comparada con la de nuestros vecinos de 0.8. Hace unos días, el INEGI complementa la información anterior con el desglose del PIB por el lado del gasto. Con esta nueva información, podemos entender todavía mejor el comportamiento económico del país.

Resulta que el consumo de los hogares creció 0.5 por ciento, ligeramente por debajo de los cuatro trimestres anteriores. Aun así, fue el componente de mayor aportación al crecimiento, ya que el consumo representa 67.9 por ciento del PIB; explicó 37 puntos base, casi el 45 por ciento de la tasa. No obstante, su crecimiento fue menor al del PIB, por lo que la proporción del consumo en el total cayó a 67.7 por ciento. El componente de mayor crecimiento fue la inversión privada, que aumentó 1.8 por ciento respecto al trimestre anterior y 5.0 por ciento respecto al mismo periodo de 2015. A pesar de ponderar alrededor de una cuarta parte de lo que representa el consumo en el PIB, contribuyó con 32 puntos base al crecimiento, es decir, casi 40 por ciento de la tasa trimestral. Con este avance, la inversión privada ya representa 18.4 por ciento del PIB, un nuevo máximo histórico.

El tercer componente en orden de importancia fueron las exportaciones, que crecieron 0.4 por ciento respecto al trimestre anterior y 3.1 por ciento anual. Aunque el avance es muy modesto, su ponderación de 35 por ciento del PIB, permitió que contribuyera con 14 puntos base a la tasa del trimestre del PIB. Sin embargo, es muy notorio su desaceleración, ya que la tasa anual del primer trimestre del año pasado fue 12.6 por ciento. En 2015, las exportaciones medidas en pesos reales crecieron 9.0 por ciento.

El gasto público, tanto como el consumo de gobierno como la inversión pública, tuvieron contribuciones negativas con tasas de -0.8 y -3.0 por ciento respectivamente en el trimestre. Entre ambos componentes, le restaron 19 puntos base a la tasa del PIB. La tasa anual del consumo público fue -0.3 por ciento, siendo la primera vez en los últimos 49 trimestres en que se registra una tasa negativa. La inversión pública alcanzó -13.6 por ciento, la más baja de los últimos 57 trimestres. Registra una tasa negativa en 19 de los últimos 20 y en 23 de los últimos 27 trimestres. Creo que queda claro que la inversión pública registrará en 2016 su séptimo año consecutivo a la baja. Pero es muy posible que en esta ocasión sea con una tasa más negativa que en los seis años anteriores. Por lo pronto, ya solo representa 3.4 por ciento del PIB, un nuevo mínimo histórico.

¿Qué nos dicen todas estas cifras? Primero, aunque sí avanza el consumo privado, no es el fenómeno que muchos creen. Como proporción del PIB, el máximo histórico fue el segundo trimestre de 2013, mientras que su desempeño anualizado da apenas 2.0 por ciento de crecimiento. Si queremos crecer más cerca de 3 este año que de 2 por ciento, necesitamos un consumo mucho más dinámico. La fortaleza de la economía ahora es la inversión privada, pero no en forma generalizada, sino específicamente la edificación no residencial. Las obras de ingeniería civil, los trabajos especializados de la construcción y la adquisición de maquinaria y equipo van a la baja, mientras que la edificación residencial muestra un desempeño lateral. Si queremos que la inversión privada se mantenga como el motor principal de crecimiento, tendremos que ver un desempeño mucho más generalizada.

Preocupa la desaceleración de las exportaciones. Si bien crecieron 3.1 por ciento en pesos reales en el primer trimestre, cayeron 5.9 por ciento en dólares. Las exportaciones manufactureras no automotrices llevan año y medio con una tendencia negativa, mientras que las automotrices también empiezan a registrar tasas negativas. Por último, es casi un hecho que el gasto público seguirá con tasas negativas. El balance final no es tan positivo.

El sector de la construcción resulta ser de los más importantes de la economía, no por su tamaño dentro de la economía (7.5 por ciento) o por su aportación al empleo formal (8.5 por ciento de los asegurados en el IMSS), sino por su aportación a la formación bruta de capital del país. La construcción explica el 68.2 por ciento de la inversión fija bruta (IFB), mientras que la adquisición de maquinaria y equipo aporta el 31.8 por ciento restante. Tiene la característica de ser muy “pro-cíclico”, es decir, jala hacia arriba o hacia abajo el ciclo económico, dependiendo en qué fase nos encontramos. Por lo mismo, una de las políticas económicas más trascendentales que puede instrumentar el gobierno es la del impulso de la infraestructura pública.

Sin embargo, en los últimos seis años la inversión pública ha disminuido -23.7 por ciento. A principios de 1995 representaba 55.0 por ciento del total de la inversión, mientras que a fines del año pasado encontramos que su participación se ha reducido a tan solo 16.2 por ciento de la IFB del país. Si examinamos el PIB por el lado del gasto (también conocido como la demanda agregada), encontramos que el único componente con una contribución negativa al crecimiento económico es justo la inversión pública. Si observamos las tendencias de los tres subsectores de la construcción que reporta el INEGI, vemos que el único que muestra un estancamiento casi permanente en los últimos tres años es el subsector 237 de la “construcción de obras de ingeniería civil”, típicamente asociado con la inversión pública.

¿En qué consiste el subsector 237? El Sistema de Clasificación Industrial para América del Norte (SCIAN) divide el subsector en cuatro ramas: la construcción de obras para el suministro de agua, petróleo, gas, energía eléctrica y telecomunicaciones (2371); la división de terrenos y construcción de obras de urbanización (2372); la construcción de vías de comunicación (2373); y otras construcciones de ingeniería civil (2379). Desgraciadamente, no contamos con información oportuna a este nivel de desagregación para encontrar dónde ha fallado más el gobierno, pero intuitivamente, ha de ser la sub-rama 23712 de la construcción de obras para petróleo y gas, ya que la mayoría de las perforaciones de pozos petroleros han sido improductivos.

En adición al nulo valor agregado de la inversión pública, el gobierno también ha sido responsable por el mal desempeño de otros subsectores de la construcción, en especial, la edificación residencial (2361). Esta rama pasó por una crisis singular desde mediados de 2012 hasta fines de 2013, que casi empujó a la economía en su totalidad a una recesión. El gobierno del sexenio anterior había instrumentado una política de subsidios para impulsar a la vivienda de interés social de tipo horizontal. Sin embargo, el Censo de Vivienda reveló que había una cantidad impresionante de unidades multifamiliares abandonadas o por lo menos sin ocupar, ya que carecían de una infraestructura básica, no tenían suficiente oferta de actividades recreativas, no había servicios de educación y salud suficientes y se ubicaban muy lejos de los centros de trabajo. Al darse cuenta el gobierno de su desatinada política, suspendió el programa y prácticamente paro en seco a la industria de la construcción. El gobierno entrante tardó mucho en aprobar un nuevo esquema y después en fondear la nueva política de subsidios, a tal grado que provocó la quiebra de muchos de los desarrolladores de vivienda. Al final de cuentas, la crisis de la construcción de 2013 fue tan severa como la que experimentó en los años de la gran recesión de 2008-2009.

La organización “México, ¿Cómo Vamos?” se ha dedicado a poner metas para transformar el país. A veces difícil de entender su lógica, ya que pone una meta exageradamente ambiciosa de crecer 6 por ciento anual, junto con otra relativamente mediocre de que la inversión fija bruta alcance solo el 24 por ciento del PIB. Sin embargo, para crecer más, necesitamos incrementar la inversión. Aun así, en 2015 la inversión solo representó 22.2 por ciento del PIB, como producto de la mala inversión pública y políticas desatinadas para impulsar la construcción en general.

Al enfrentarse a la necesidad de recortes presupuestales, el gobierno se ha enfocado a disminuir aún más las obras de infraestructura básica. Todos sabemos que tiene mucha tela para recortar del gasto corriente, pero ha fallado la voluntad política. ¿Qué pasó con el presupuesto base cero? ¿Qué pasó con el Programa Nacional de Infraestructura? Buenas ideas, abandonadas.

El INEGI dio a conocer el crecimiento económico de noviembre del año pasado, mediante el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE). Resulta que el crecimiento en noviembre fue 0.1 por ciento respecto al mes anterior y 2.4 por ciento respecto el mismo mes del año anterior. Dado que contamos con once de los doce meses del año, ya podemos obtener una muy buena estimación de lo que fue el crecimiento del año. La tasa de variación anual acumulada que reporta el INEGI ya cuenta con 91.7 por ciento del calendario. Esta aproximación, 2.52 por ciento, difícilmente va variar mucho de la estimación oportuna que dará a conocer el INEGI el viernes 29 de enero o del cálculo oficial que se divulgará el martes 23 de febrero.

Hace más de un año (durante la mayor parte de 2014), la expectativa de crecimiento para 2015 giraba alrededor de 3.8 por ciento. No obstante, al comenzar el año se fue revisando paulatinamente a la baja y apunta a que tendremos una tasa sustancialmente menor. ¿Qué pasó? ¿Por qué no se materializó el crecimiento esperado? Se ha comentado mucho que las actividades terciarias (comercio y servicios) tuvieron un buen desempeño (se estima crecimiento de 3.3 por ciento), mientras que las secundarias solo avanzaron 1.1 por ciento. Las actividades primarias, que pesan poco en el cálculo del PIB, avanzaron 3.2 por ciento. Por lo mismo, todo apunta a que la lentitud en el avance de las secundarias explica la diferencia.

Si analizamos los distintos sectores de la actividad industrial (secundaria), encontramos un buen avance (4.1 por ciento) en la generación y suministro de electricidad, agua y gas, que representa 5.8 por ciento del total; la construcción creció 3.1 por ciento y contabiliza el 23.6 por ciento de la industria; y, las industrias manufactureras, que suman el 46.4 por ciento del total y avanzaron 2.9 por ciento. Si estos tres sectores, que consisten el 76.8 por ciento de la industria, fuera la totalidad, el avance hubiera rebasado 3.0 por ciento. Sin embargo, la minería que representa el 24.6 por ciento restante, disminuyo -5.9 por ciento. La razón principal es que la producción de petróleo crudo cayó -7.0 por ciento. Estos números nos dicen que la producción industrial en 2015 no fue de un mal comportamiento generalizado, sino más bien de una afectación negativa por la caída en la producción de petróleo crudo.

De los 21 subsectores de la manufactura, 9 tuvieron un desempeño superior a 5 por ciento. Por ejemplo, la “fabricación de productos textiles diferentes a prendas de vestir” gozó de un crecimiento de 10.4 por ciento, mientras que la “fabricación de muebles” creció 11.7 por ciento. En el sentido inverso, solamente tres subsectores tuvieron tasas negativas, siendo la más afectada las industrias metálicas básicas que disminuyó -3.3 por ciento.

Como sabemos, una de las características más importante del año pasado fue la aguda depreciación del peso. A diferencia de otras ocasiones, la supuesta ganancia en competitividad en el precio en dólares no ayudó a impulsar las exportaciones. El volumen en dólares de los primeros once meses del año de las exportaciones no petroleras apenas creció 1.5 por ciento, la tasa más baja desde la gran recesión de 2008-2009. No obstante, muchas empresas manufactureras gozaron de un incremento sustancial en pesos reales, por lo que no tuvieron una afectación mayor. Al final de cuentas, las exportaciones serán el componente del PIB por el lado del gasto que más terminará contribuyendo al crecimiento de 2015.

Igual podemos analizar las actividades terciarias desagregadas, que en conjunto avanzaron 3.3 por ciento. En lo que corresponde a servicios, dos subsectores sobresalen: “servicios de alojamiento temporal y de preparación de alimentos y bebidas” (básicamente hoteles y restaurantes), que creció 5.6 por ciento, y “transportes, correos y almacenamiento e información en medios masivos” que avanzó 5.4 por ciento. Finalmente, el comercio en su conjunto (tanto al por menor como al por mayor), tuvo un desempeño de 4.6 por ciento.

Si bien el crecimiento del PIB de 2.5 por ciento suena mediocre, no es resultado de un desempeño anodino generalizado, sino más de ciertos sectores y subsectores con problemas, mientras que la mayoría tiene un comportamiento favorable. Tampoco podemos decir que en lo último existe un gran auge, sino simplemente que la economía en su conjunto no está tan mal. Si este año mantenemos el ritmo en la mayoría de los sectores y encontramos mejora en los que tienen problemas (como la producción de petróleo), es posible que el crecimiento sorprende al alza.

Sin duda, 2015 fue un año atípico. Sufrimos una depreciación marcada del peso respecto al dólar, pero una inflación mínima histórica, mientras que nuestras exportaciones no petroleras prácticamente no crecieron, pero la economía interna (en especial el consumo privado) tuvo un desempeño positivo. Todo apunta a que el crecimiento final será alrededor de 2.5 por ciento. Si analizamos los componentes del PIB por el lado del gasto, encontramos que la mayor expansión viene por el lado de las exportaciones y el único negativo será la inversión pública. La pregunta que debemos hacer es ¿veremos algo similar en 2016 o habrá aspectos que cambien?

Posiblemente lo más importante serán las exportaciones no petroleras, ya que casi siempre han sido el motor principal de crecimiento. En 2015 bajó mucho la demanda externa a pesar de tener la ventaja del aumento en el tipo de cambio. En términos de dólares nuestras exportaciones se estancaron, pero en pesos reales tuvieron un desempeño positivo, efecto combinado de la depreciación y de la inflación baja. Dado que no debemos esperar que el peso se deprecie en 2016 en la misma forma que el año pasado, no podemos esperar un fenómeno similar. Esto significa que el desempeño en dólares este año marcará el impacto sobre el PIB, por lo que será clave la demanda externa, en especial la de Estados Unidos. ¿Podrá mejorar la economía de nuestro vecino?

El dólar fuerte perjudicó las exportaciones de Estados Unidos en 2015, lo que explica en buena medida su pobre desempeño manufacturero. El último dato del ISM Manufacturero (diciembre) no fue bueno (disminuyó a 48.2), por lo que no se ve una recuperación en el corto plazo. Las expectativas del PIB norteamericano para este año son de tan sola una mejoría marginal. Aún bajo el supuesto de un mayor crecimiento de nuestras exportaciones en dólares, difícilmente podemos esperar que el impacto en pesos reales (en el PIB) sea tan bueno como del año pasado. En otras palabras, no debemos esperar mucho en este rubro.

Ante la dificultad que representa el entorno externo, lo único que nos queda es voltear hacia dentro. ¿Habrá más inversión privada? ¿Se mantendrá el consumo de los hogares? ¿Tendrá impacto el gasto público?

De entrada, vemos dos sectores claves que podrán marcar una diferencia importante: petrolero y construcción. En 2015 hubo una disminución en la extracción de petróleo y gas, que le restó alrededor de 0.6 puntos porcentuales al crecimiento económico. Todo indica que ya no bajará más en 2016 e incluso, podría presentarse una recuperación marginal. De ser cierto, el efecto base tendrá un efecto positivo en el PIB. Después de presentarse una recuperación significativa en la construcción en 2014, se presentó un estancamiento en el 2015. Aparentemente, los desarrolladores de vivienda ya absorbieron los efectos negativos de la crisis de 2012-2013 y deberán mejorar este año. De ser cierto, deberíamos ver algo similar que con el sector petrolero, es decir, cierto impulso por un efecto de base positivo.

Dado que el consumo privado representa más de dos terceras partes del PIB, será esencial que continúe su buen desempeño en 2016. Sin embargo, mucho del crecimiento que vimos el año pasado fue de una recuperación contra los dos años anteriores. Por lo mismo, aquí el efecto base no será tan favorable. Es posible ver todavía una expansión positiva de las comparas de los hogares, pero con una contribución menos favorable en el PIB.

En términos de la inversión privada, debemos recordar que la construcción explica más de dos terceras partes. El resto, la compra de maquinaria y equipo, deberá tener un desenvolvimiento positivo en respuesta a las reformas estructurales. Aquí sí esperamos una mayor contribución al crecimiento del PIB en 2016 comparado con el año pasado. Sin embargo, la inversión pública enfrentará todavía mayores problemas este año debido a los necesarios esfuerzos de consolidación fiscal, por lo que debemos anticipar otra vez una contribución negativa al PIB.

En síntesis, no esperamos que 2016 sea de nuevo un año atípico, sino más bien de un regreso a condiciones más normales. Habrá factores que podrán resultar benéficos este año y contribuir a un mayor crecimiento comparado con los tres años pasados, pero igual hay factores que no pintan tan bien. ¿Dónde quedará la bolita? Por lo pronto, el consenso se ha consolidado en una tasa de 2.7 a 2.8 por ciento, que significa una mejoría marginal, pero todavía muy muy lejos de una tasa superior al 5 por ciento, que nos prometieron si se aprobaran todas las reformas estructurales.

El pasado 18 de septiembre, el INEGI publicó la “Oferta y Demanda Global de Bienes y Servicios” con datos actualizados al segundo trimestre de este año. Las cifras dadas a conocer son los componentes del PIB por el lado del gasto. En el comunicado de prensa, se ratificó que el crecimiento real del PIB en 2014 fue 2.1 por ciento. Una semana después, el Instituto divulgó las “Cuentas de Bienes y Servicios” del Sistema de Cuentas Nacionales de México (SCNM) con los últimos datos anuales para 2014. En esta ocasión, el INEGI informó que el crecimiento real del PIB en 2014 fue 2.2 por ciento. Por lo pronto, tenemos dos cifras oficiales de crecimiento a escoger, con una diferencia de 0.09 puntos porcentuales entre ambas.

El INEGI calcula el PIB con frecuencia trimestral, el cual reporta multiplicado por 4 para que cada trimestre sea comparable entre sí y con el monto anual. En principio, el PIB anual sería el acumulado (suma) de los cuatro trimestres, pero como las cifras están multiplicados por 4, se tiene que sacar el promedio de los cuatro trimestres (es decir, dividir entre cuatro). Posteriormente, el Instituto calcula el PIB anual dentro del marco de la contabilidad nacional, mediante la presentación de varias cuentas que deben cuadrar todas entre sí. Sin embargo, existe una diferencia básica entre ambas mediciones, que hace que la serie del PIB trimestral no sea 100 por ciento compatible con la serie anual.

El problema principal tiene que ver con un trato diferenciado del calendario agrícola. Mientras que en el cálculo anual se cuantifica la producción del “año agrícola” y los insumos empleados en tal año, en el cálculo trimestral se mide el valor agregado de cada uno de los trimestres comprendidos en un año calendario. Esta discrepancia no es mayor, gracias a que la agricultura representa una proporción muy pequeña del PIB total del país. Entre 2003 y 2014, la producción agrícola va variado entre 1.7 y 2.2 por ciento del PIB total.

No obstante, el problema no queda solo en la diferencia del calendario. En las estimaciones trimestrales no se pueden aplicar los métodos de “doble deflación” que emplea el INEGI en la medición anual para medir el producto generado por la actividad agropecuaria, de silvicultura, caza y pesca, construcción y de servicios, debido a la disponibilidad de información que se requiere para realizar cálculos de esta naturaleza. El INEGI nos dice que si se realizara la medición real de producción y de insumos agrícolas para la medición trimestral, el valor sería pequeño o negativo en trimestres de siembra y excesivamente elevado en los de cosecha, en los cuales se concentra la mayor parte de los pagos a los factores de producción.

Para minimizar los problemas derivados de diferentes metodologías y de fuentes de información distintas, el INEGI aplica una técnica de ajustes proporcionales (llamada Denton) a los cálculos trimestrales para “articular” los datos de alta frecuencia con las cifras anuales. El objetivo principal de dicho ajuste es el de preservar, hasta donde sea posible, los movimientos de los cálculos de corto plazo bajo las restricciones de los datos anuales y así, minimizar las diferencias y asegurar que el promedio anual de las cifras trimestrales se aproxime a los datos anuales.

A pesar del ajuste, aunque el promedio anual de la serie trimestral se aproxime a la serie anual, no son iguales. En los once últimos años que contamos con datos para realizar comparaciones, encontramos con diferencias en las tasas de crecimiento que van de 0.02 puntos porcentuales (2008 y 2012) hasta 0.13 puntos (2011). En doce años, el PIB anual resulta mayor al trimestral en cinco años y menor en siete. Al final de cuentas, el crecimiento anual compuesto de 2003 a 2014 es de 2.59 por ciento para ambas series, con una diferencia minúscula de 0.0023 puntos porcentuales.

Si utilizamos un solo punto decimal para la tasa de crecimiento anual, hay una diferencia de una décima en seis ocasiones, mientras que coinciden en cinco. Entonces, ¿cuál de las dos series deberíamos utilizar para hablar del crecimiento anual del PIB? El INEGI realizó una retropolación a la serie trimestral para que fuera disponible desde 1993 a la fecha, mientras que solo existe una serie homogénea anual a partir de 2003. Para fines prácticos, recomiendo la serie trimestral, ya que es más larga y compatible con las tasas de crecimiento trimestrales.

Para complicar todo un poco más, ninguna de estas dos series son perfectamente compatibles con la forma en que el Bureau of Economic Analysis (BEA) de Estados Unidos reporta su tasa de crecimiento anual del PIB.

Dicotomía

Agosto 12th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

El INEGI dio a conocer la producción industrial (las actividades secundarias) de junio de este año, que mostró un crecimiento de 0.2 por ciento respecto al mes anterior. Aunque no es una tasa elevada (implica una tasa anualizada de 2.4 por ciento), por lo menos es positiva. La producción había registrado tasas negativas en los tres meses anteriores y esta es apenas la segunda tasa positiva de los últimos siete meses. De hecho, el nivel registrado en junio se ubica -0.4 por ciento por debajo del máximo que se observó en noviembre del año pasado. Esto significa que por segundo trimestre consecutivo, la producción industrial va registrar una tasa negativa.

A nivel de subsectores, toda la industria mostró tasas positivas en junio, siendo la manufactura la que menos creció (0.1 por ciento). Esto significa que para el segundo trimestre, veremos tasas positivas en la construcción (0.3 por ciento) y la manufactura (1.0 por ciento) y una tasa negativa en minería (-3.2 por ciento). Sin embargo, a pesar de un repunte marginal en la manufactura, las exportaciones no petroleras no han logrado crecer. Para estos tres meses, se ubican -0.3 por ciento por debajo del primer trimestre. Aunque las exportaciones automotrices lograron crecer 3.3 por ciento, las manufactureras no automotrices (que representan alrededor de dos terceras partes) disminuyeron -2.2 por ciento. Queda claro que en esta ocasión la depreciación del peso mexicano no ha ayudado a las exportaciones.

No obstante, lo que más preocupa de las actividades secundarias es la construcción. Ya sabíamos que las obras de ingeniería civil, asociadas con la inversión pública, simplemente no han podido encontrar el camino en lo que va del sexenio. Pero la edificación llegó a un máximo en enero y desde entonces muestra una clara tendencia negativa. Este subsector de la construcción, que estuvo en crisis desde mediados de 2012 hasta fines de 2013 y mostró una recuperación interesante el año pasado, ha dejado de crecer de nuevo.

Finalmente, tenemos a la minería con una tendencia negativa que ya acumula 19 meses. Aunque pudiera haber llegado ya a su punto mínimo en estos meses, no registrará tasas anuales positivas hasta mediados del año entrante. Con esta información, ya nada más nos queda esperar al jueves de la semana próxima (20 de agosto) para que el INEGI nos informa el crecimiento del PIB del segundo trimestre. Si la contribución de las actividades secundarias volverá a ser negativa, ¿qué podemos esperar del resto de la actividad económica?

Afortunadamente, los indicadores de las actividades terciarias siguen relativamente bien. La ANTAD anunció ayer que las ventas reales de las tiendas totales asociadas al organismo crecieron 7.8 por ciento en julio. Con esta cifra, tenemos que el crecimiento promedio anual de los primeros siete meses del año se ubica en 6.3 por ciento, muy por arriba del promedio de 2014 de 1.1 por ciento. Igualmente, la AMIA reportó que las ventas internas de automóviles crecieron 16.1 por ciento en julio, lo que implica una tasa promedio anual de lo que va de 2015 de 21.1 por ciento, igual, muy por arriba del promedio de 2014 de 6.5 por ciento. Las cifras del INEGI señalan que las ventas al por menor llevan un promedio anual de 5.0 por ciento en los primeros cinco meses del año (comparado con 2.6 por ciento del año pasado), mientras que los ingresos por servicios registran 7.2 por ciento en lo que va el año (contra 2.7 por ciento de 2014). Sin conocer más información, estas cifras sugieren que el avance del segundo trimestre de las actividades terciarias podría resultar no tan diferente al del primer trimestre.

Todo apunta a que las cifras de crecimiento de estas actividades (secundarias y terciarias) serán similares al del trimestre anterior. Faltaría incorporar las primarias para obtener un estimado del PIB, pero en principio no debería ser muy distinto al anterior. Por lo mismo, implica haber crecido alrededor de 2.5 por ciento anual en la primera mitad del año, lo que corresponde con la expectativa actual de las encuestas para todo 2015.

El problema es la segunda mitad. Si el crecimiento trimestral de cada uno de los siguientes dos trimestres es parecido al de los primeros dos del año, la tasa del PIB para 2015 terminará mucho más cerca al 2.0 por ciento. De hecho, si no hay una aceleración visible en el segundo semestre, el avance del PIB de 2015 podría ubicarse muy cerca a lo que fue en 2014.

Tenemos una clara dicotomía en la actividad económica: actividades secundarias estancadas y terciarias que avanzan a un paso interesante. ¿Qué podrá cambiar?

Hace 15 años escribí un libro titulado “La Maldición de las Crisis Sexenales”, que buscaba analizar una característica intrínseca de la economía mexicana: a partir de los setenta, México sufría una crisis (recesión) por sexenio. Todas tenían rasgos similares: errores de política económica, devaluaciones masivas, alta inflación, empobrecimiento de las masas e incremento en el desempleo. Peor aún, cada crisis parecía ser peor que la anterior y todas se vinculaban con el cambio de sexenio.
Uno de los objetivos del libro era el de estudiar la posibilidad de que hubiera una nueva crisis con el cambio del sexenio en 2000. Sin embargo, Ernesto Zedillo fue muy obsesivo en este sentido, ya que hizo todo a su alcance para dejar una economía estable, equilibrada y creciente a su sucesor. La actividad económica creció más de 5 por ciento en promedio en sus últimos 5 años y terminó su administración con una inflación de un solo dígito, con un superávit primario en las finanzas públicas, una tendencia de la deuda pública a la baja y un déficit pequeño en la cuenta corriente. El PAN llegó con la mesa puesta para lograr un buen desempeño en materia económica.
Sin embargo, la maldición continuó, aunque ahora caracterizada por desequilibrios externos. Tanto Fox como Calderón, tuvieron la mala suerte de que Estados Unidos experimentó recesiones en cada uno de sus sexenios, con desenlaces muy negativas para la economía mexicana. El crecimiento económico siguió con su tendencia a la baja, pues terminaron ambos sexenios con crecimientos promedios cercanos al 2 por ciento. Fueron gobiernos mediocres sin grandes alcances, pero por lo menos mantuvieron los equilibrios macroeconómicos.
Ahora arrancamos de nuevo con un sexenio de gobierno priista, que en sus dos primeros años ha producido un crecimiento todavía menor de 1.8 por ciento. Si bien hemos escapado a la recesión, hemos estado muy cerca de una, pero ya no producto de la mala suerte externa, sino de nuevo como resultado de errores de política económica. ¿Cuáles han sido los errores?
Uno de los méritos de los gobiernos de Salinas, Zedillo y Fox, fue que pusieron mucho énfasis en el saneamiento de las finanzas públicas. Sin embargo y a pesar de que se introdujo una Ley de Responsabilidad Hacendaria con Calderón, esta tendencia se revirtió a mediados del sexenio pasado a partir del momento en que dejamos de tener un superávit primario. En este sexenio, el gobierno no ha hecho un esfuerzo para corregir el rumbo, por lo que tenemos un déficit fiscal creciente, una deuda pública mayor y seguimos con déficit primario. Peor aún, el deterioro en las finanzas públicas se ha dado en el marco de una reforma recaudatoria, que restó recursos a los hogares y a las empresas, aumentando el gasto público sin repercusiones en el crecimiento económico. En otras palabras, terminamos con la peor combinación: los hogares enfrentaron mayores impuestos, las empresas tiene menos incentivos para invertir y el gobierno gasta mucho más pero sin repercusiones en el crecimiento y con un endeudamiento mayor.
Posiblemente el error más grande ha sido la ineficiencia del gasto público. A pesar de que la SHCP reporta que ha alcanzado máximos históricos, el INEGI no logra encontrar valor agregado al reportar una caída de 0.3 por ciento en términos reales en la suma del gasto corriente y la inversión pública en las cuentas nacionales. La inversión pública, que debería ser pilar del crecimiento ha registrado tasas negativas en los dos años del sexenio.
Otro error fue la crisis que dejó que se gestionara en la industria de la construcción. Al final del sexenio anterior, el gobierno congeló los subsidios para la vivienda de interés social, para que el nuevo gobierno pudiera modificar las reglas y así asegurar viviendas útiles. Sin embargo, la administración actual tardó mucho tiempo en establecer las nuevas reglas, dejando en el camino la quiebra de las grandes desarrolladoras de vivienda, con todo y su impacto sobre uno de las actividades secundarias de mayor generación de empleos.
Finalmente, el gobierno no ha logrado crear un ambiente de confianza empresarial conducente a más inversión. Entre el escalamiento de la guerra contra el narcotráfico, las desgracias producto de la infiltración del crimen organizado en los gobiernos locales, los conflictos de interés de funcionarios en sus inversiones personales, la depreciación del peso y los recortes al presupuesto han llevado a la confianza empresarial a su nivel más bajo desde la gran recesión de 2008-2009.
¿Podrá el gobierno corregir el rumbo?