Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El día primero de enero pensé que la buena noticia era que ya se acabó 2016, un año difícil, tedioso y de inestabilidad. Pero la mala noticia es que empieza 2017 con perspectiva peor. Ya llevamos un poco más de una semana del año y vemos que ya no es lo duro sino lo tupido. El gasolinazo, las protestas, los saqueos, los bloqueos y aumentos generalizados en precios han acaparado las ocho columnas, pero también nos han agraciado con noticias adicionales como el regreso de Videgaray, la cancelación de inversión de Ford y la posible salida del país de Chrysler. Todo indica que las promesas de Trump se van a materializar. El Indicador IMEF dice que “aumenta incertidumbre”, mientras que sigue en desplome la confianza empresarial y del consumidor. Todo se refleja en la continua debilidad del peso, que ya vimos como el tipo de cambio registra de nuevo, máximos históricos. Existe en el país una sensación de inestabilidad económica y política no visto desde el “tequilazo” al comienzo de 1995.

Ante tanta adversidad, lo que más necesita el país es un gobierno inteligente, que asume su rol de líder y que instrumente políticas para resolver los problemas e incertidumbres que enfrentamos. Hasta ahora, ¿cuál ha sido la respuesta? El “Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección Familiar”, posiblemente la máxima desilusión del gobierno actual. Es un conjunto de enunciados vacíos, sin fondo, lleno de contradicciones y desconectado de la problemática que enfrenta el país. Ni siquiera logró un consenso entre las cúpulas empresariales y excluye a los gobiernos estatales y a los partidos de oposición. Es una muestra más de que no solamente no entiende los reclamos de la población, sino que no entiende que no entiende. Es aun peor que el anuncio conjunto de la SHCP y el Banco de México que dieron a conocer a las 7:00 de la mañana después de las elecciones de Estados Unidos, cuando acordaron no hacer nada más que “estar atentos”.

Por ejemplo, incluye el compromiso de evitar incrementos significativos en los precios de la canasta básica (como especie de control de precios), que seguramente causará escasez como suele suceder, pero al mismo tiempo dice que realizará acciones en favor de la libre competencia (como evitar o quitar controles de precios). En caso de que se dé el incremento en el precio de algún producto de la canasta básica se permitirá la libre importación de éste para estabilizar el mercado. El problema es que la importación de cualquier producto al tipo de cambio actual seguramente implicará un incremento todavía mayor en el precio, al no ser que el gobierno lo vaya subsidiar. Sin embargo, la justificación del gasolinazo fue que lo que se quiere evitar son los subsidios.

Otro problema de fondo es la credibilidad. ¿Cuántas veces ya nos ha dicho el gobierno que va combatir la corrupción sin que no pasa absolutamente nada? ¿Cuántos recortes de gasto se han anunciado para que al final del año encontramos que se gastó mucho más que lo presupuestado originalmente? El Acuerdo dice que se va a modernizar el transporte público, pero la inversión pública ha disminuido en cada uno de los últimos siete años. Incluye medidas “nuevas” que se supone que ya se deberían estar instrumentando, como garantizar un superávit primario, impulsar la recuperación del salario mínimo y preservar la estabilidad económica. Evita acciones directas para resolver el agravio más apremiante: el gasolinazo. No incluye medidas para evitar o minimizar el robo de gasolinas o resolver el problema de abasto. No abarca el problema de incertidumbre ante la llegada de Trump, que frenará la poca inversión que teníamos. Remarca la instrumentación de políticas fiscales y monetarias restrictivas, que implica frenar aún más el crecimiento económico.

Todos hemos revisado a la baja las expectativas de crecimiento económico para este año al saber que Trump será presidente de Estados Unidos a partir del 20 de enero. No obstante, las primeras revisiones eran tibias al no conocer a ciencia cierta lo que hará el vecino en nuestra contra y tampoco anticipábamos la parálisis o falta de ideas de nuestro gobierno. Los anuncios de Ford y Chrysler y el continuo ataque vía Twitter por parte de Trump, empiezan a vislumbrar que podríamos estar enfrentando el peor escenario contemplado. Las probabilidades de una recesión este año van en aumento día a día.

A estas alturas, la noticia la conocen todos. El viernes pasado, el INEGI divulgó los resultados correspondientes al Módulo de Condiciones Socioeconómicas (MCS) de 2015, que son usados por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) para la medición multidimensional de la pobreza. Resulta que introdujo cambios en los criterios para la captación y verificación de los datos, de tal forma que ya no sea comparable la información con años anteriores. Pero posiblemente lo que más controversia causó fue que las modificaciones implican una aparente mejoría notable en la pobreza, sin fundamento, sin consulta y sin debate, que hicieron vibrar hasta los cimientos la propia autonomía del INEGI. Peor aún, en la conferencia que dio el Presidente del INEGI, se le preguntó que va ser el Coneval para la estimación de la pobreza intertemporal; respondió que habría que preguntarle a Coneval, básicamente deslindándose de la responsabilidad del daño hecho. En ese momento, no me quedó claro si Santaella estaba consciente del error que estaba cometiendo.

Quedó clarísimo la molestia de Coneval. No tardó en emitir su posicionamiento, acusando al INEGI de incongruente, resaltando la falta de transparencia y planeación. Dijo que el INEGI actuó de forma unilateral, sin el debido debate técnico y justificación. La consecuencia es una ruptura en la evolución histórica de las mediciones de pobreza. Los tuits del Secretario General de Coneval causaron un verdadero revuelo al expresar su enojo. Todos los medios hablan del tema, en reportajes a ocho columnas, en editoriales, columnas, sin menospreciar la convulsión en los medios sociales. Incluso, ya aparecen peticiones mediante change.org para la rectificación de la información.

He sido un INEGI “watcher” desde hace décadas. Mi pasión por los datos y por los indicadores me han llevado a admirar y querer al instituto. He aplaudido cambios y mejorías, al igual que he criticado muchos aspectos, siempre con el afán de ser un crítico constructivo. Sin embargo, no me acuerdo que el INEGI haya procedido antes de tal forma, que generara tanta sospecha y que haya gestado un golpe tan severo a su credibilidad. ¿Simple ingenuidad de un nuevo presidente sin experiencia? ¿Cumplimento de una agenda preestablecida y cargada con su llegada?

En diciembre del año pasado (miércoles, 2 de diciembre) escribí en esta columna un artículo titulado “Humo Blanco para INEGI”. En su momento, había mucha preocupación en torno a la designación de su próximo presidente. Algunos esperaban que la SHCP impusiera un títere como ocurrió en la Función Pública, o bien, alguien muy allegado a la administración federal actual. El miedo extremo era que el INEGI se convirtiera en una especie de INDEC de Argentina, que inventa sus datos para acomodar los gustos del gobierno, o en un INE de Venezuela que simplemente dejó de publicar información incómoda. Al conocer la designación, comentamos que Santaella tenía los grados académicos necesarios y algo de experiencia relacionada a algunas funciones propias del INEGI, pero que tendría que enfrentar una curva de aprendizaje importante. No obstante, lo que más preocupaba era su experiencia y habilidad política para las negociaciones, decisiones importantes y situaciones propias de la autonomía. En su momento, le dimos el beneficio de la duda, esperando que fuera un excelente presidente.

No me queda claro que motivó al INEGI a proceder de esta forma. Tengo que confesar que me quedé estupefacto al escuchar la noticia. Me gustaría pensar que fue un error relacionado a la falta de experiencia política y no resultado de una agenda que negoció antes de su llegada. Todavía creo en el INEGI, en su proyecto, en sus indicadores y todo lo que queda por hacer.

No hay duda del daño hecho. Por lo pronto, vamos a ver cómo va lidiar con lo acontecido y reparar el golpe a su credibilidad. En diciembre, dijimos que seguiríamos con las críticas constructivas, observaciones pertinentes y vigilancia permanente. Ya quemó su primer cartucho y redujo gravemente sus grados de libertad para más equivocaciones. Por el bien del INEGI y del país, no voy a retirarle el beneficio de la duda. Sin embargo, ahora creo que todos estaremos mucho más atentos, mucho más exigentes y mucho más demandantes.

La semana pasada, el INEGI reportó la inflación de la primera quincena de octubre, que de nuevo sorprendió a la baja. La tasa anual de 2.47 por ciento representó un nuevo mínimo histórico por séptima quincena consecutiva. La más baja que se había registrado antes de este año fue 2.81 por ciento en la segunda quincena de 2005. Sin embargo, en las pocas ocasiones (tres) que se había asomada la inflación por debajo de 3.0 por ciento, duraba una quincena y volvía a subir. En esta ocasión, llevamos 13 quincenas en el año y 11 consecutivas en que la tasa anual ha registrado una cifra menor a 3.0 por ciento.

Si examinamos la serie mensual en vez de la quincenal, encontramos datos similares. En septiembre la tasa anual llegó a 2.52 por ciento, registrando así una nueva mínima histórica por quinto mes consecutivo. La tasa mínima anterior a este año fue en noviembre de 2005 cuando llegó a 2.91 por ciento. Igual, en las dos ocasiones anteriores que observamos una tasa menor a 3.0 por ciento, el gusto duró muy poco (un mes), mientras que ahora la tasa se ha ubicado por debajo de este umbral por cinco meses al hilo. Prácticamente todas las proyecciones para fin de año ubican la inflación en este terreno, por lo que terminaremos 2015 con mínimos históricos.

Para muchos es difícil creer estos números. Van al mercado o a las tiendas y ven que los precios siguen subiendo. Sienten como se deteriora su poder adquisitivo en forma continua. Ya no pueden comprar lo de antes. Llegan a la conclusión de que las cifras oficiales de inflación simplemente no son creíbles. ¿Está bien diseñado el índice de precios? ¿La canasta refleja la realidad del consumidor medio? ¿Cómo pueden decir que la inflación es el mínimo histórico si todos los días sube los precios?

Lo primero que hay que aclarar es que el INEGI no está diciendo que los precios no están subiendo. Más bien, sí están subiendo pero a un ritmo menor que antes. Lo segundo es que muchos precios muy visibles siguen subiendo a tasas significativas. Por ejemplo, hace un año la tasa de mercancías no alimenticias se ubicaba por debajo de 2 por ciento y ahora se encuentra por arriba de 3 por ciento. Las colegiaturas suben a un ritmo mayor a 4 por ciento, al igual que en los últimos seis años. Los precios de las frutas y verduras se ubican ahora casi 7 por ciento por encima del año pasado. Una de las principales diferencias, es que ahora no ha subido el precio de la gasolina (por lo menos en el interior de la República) y algunos precios han bajado (servicio de telefonía móvil, llamadas de larga distancia, tarifas eléctricas para la industria, etc.). Lo que estamos observando ahora es que, en promedio, los precios siguen subiendo pero a un ritmo menor que antes.

La incredibilidad en las cifras de inflación siempre ha existido. En la Encuesta Sobre la Confianza del Consumidor (ENCO), el INEGI pregunta cada mes a 2,336 viviendas en 48 localidades del país “comparando con los 12 meses anteriores, ¿cómo cree usted que se comporten los precios en el país en los siguientes 12 meses? Las posibles respuestas son que disminuyen mucho más, disminuyen algo más, suben igual, aumentan algo más o aumentan mucho más. Es decir, la pregunta va encaminado a ver si el consumidor piensa que la inflación se va a desacelerar, quedar igual o acelerarse en los siguientes 12 meses.

Si analizamos las respuestas mes con mes, encontramos que nadie responde que va a desacelerarse mucho, mientras que menos del uno por ciento de los hogares contestan que va a disminuir algo. En cambio las respuestas de que van a subir algo o mucho más son las que siempre escojan más del 90 por ciento de los encuestados. Por ejemplo, en 2014 aumentaron muchos precios a raíz de la reforma fiscal, mientras que en 2015 no solo no aumentaron de nuevo, sino que algunos precios incluso bajaron y es el año de los famosos mínimos históricos. Sin embargo, la percepción del consumidor sobre la inflación es peor para 2015 (por lo menos el promedio de los primeros nueve meses) de lo que fue para 2014. Más aún, si graficamos la inflación anual junto con el subíndice que se construye a partir de estas respuestas, encontramos que no hay correlación alguna.

La inflación de los últimos 5 años ha promediado menos de 4 por ciento, pero la percepción de los consumidores es que cada vez se acelera más. En otras palabras, no importa si los precios pueden estar subiendo mucho, algo o poco, ya que los consumidores sienten y piensan que los precios siempre están aumentando. Obviamente, esta sensación complica la credibilidad de cualquier medición de la inflación.

El Segundo Debate

Junio 11th, 2012 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (1 Comments)

No me desilusionó el segundo debate ya que no tenía muchas expectativas.  Fue medio aburrido, totalmente predecible y sin contundencia por parte de todos los candidatos.  EPN y AMLO decidieron no atacar, sino simplemente exponer sus propuestas y plantear sus diferencias.  En principio, ambos se ven en la delantera por lo que su tarea en el debate era limitarse a defenderse.  Quadri quiso repetir su fórmula de ustedes los políticos, yo el ciudadano y en fin, pero ya no fue la novedad.  Atacó sin contundencia y su única novedad fue plantear preguntas a los demás, que no tuvo mucha consecuencia ya que la mayoría fueron ignoradas.  JVM se dedicó a señalar, criticar y golpear y dejó a un lado la oportunidad de resaltar las propuestas que realmente lo harían diferente a los dos últimos gobiernos panistas.

Para mí los ganadores fueron EPN y AMLO, ya que creo que consolidaron sus posiciones en las preferencias del público y mostraron que la contienda se ha convertido en una decisión entre dos.  Los perdedores fueron JVM y Quadri, ya que no me convencieron en lo absoluto y me quitaron cualquier duda acerca de sus posibilidades.  En lo particular, no me gustan los golpes bajos entre los candidatos, ya que no se ve muy presidencial, sino más bien corriente.

Gabriel Quadri es una persona inteligente con buenas propuestas, pero como lo señaló claramente Josefina, un voto para él es un voto para Elba Esther y su familia.  El PANAL representa mucho de lo que no queremos los mexicanos y difícilmente me gustaría otorgarle el registro mediante mi voto.  Además no tiene experiencia política y menos material para ser presidente.  Aunque admito que me cautivo cuando lo conocí y escuché sus propuestas, nunca, ni por un segundo, pensé que podría votar por él.

En un principio, cuando apenas estaba por empezar la campaña oficial, pensé que Josefina podría ser la menos mala.  Sin embargo, cuando la escuché por primera vez me asombre de su habilidad de hablar y no decir nada.  Después me dio la impresión de que sus ataques constantes eran para encubrir el hecho de que no tenía propuestas que realmente la diferenciaran de los dos presidentes panistas anteriores.  Más bien, un voto por ella representaba la continuidad y no el cambio.

En el debate, aprovechó el espacio sobre los temas de México y el exterior para decir que estaba muy orgullosa de los taxistas y los oftalmólogos.  Después dijo que quería compartir con los candidatos que en los años “2010, 2011 y 2012 hemos tenido los mayores crecimientos económicos entre estos 2010 y 2012 contra los últimos cuatro años del PRI”.  Yo me acordaba que el crecimiento promedio de cada uno de los últimos cuatro sexenios iban en descenso, es decir, fueron 4.0%, 3.5%, 2.1% y 1.9%, respectivamente para los sexenios de Salinas, Zedillo, Fox y Calderón, suponiendo para 2012 una tasa de 3.5% (el último consenso).  Para que Calderón pudiera superar a Fox en materia de crecimiento, 2012 tendría que experimentar una tasa de 5.0% o más (lo cual se ve sumamente difícil).  Por lo mismo, presumir de materia de crecimiento como un logro de este sexenio se me hacia medio descabellado.  Fui inmediatamente a revisar las cifras y encontré que Josefina está equivocada.  Suponiendo una tasa de 4.0% para 2012 (para darle el beneficio de la duda), el promedio de los tres años (5.5 y 3.9% para 2010 y 2011, respectivamente), nos da un promedio de 4.5%.  Sin embargo el promedio de los últimos cuatro años del PRI (7.3%, 5.0%, 3.6% y 6.0%, respectivamente para 1997 a 2000) nos da un promedio de 4.8%.

También Josefina presumió que “la estabilidad económica que tenemos ni se puede despreciar ni mucho menos se puede echar por la borda”.  Pero el PAN no puede arrebatar el crédito de la estabilidad a un ente autónomo del gobierno federal, que es el Banco de México.  Tampoco puede olvidar que fue Carlos Salinas él quien le otorgó esa autonomía y fue Ernesto Zedillo que puso las bases actuales para la estabilidad económica que tenemos.  Tuvimos dos sexenios del PRI en las que se construyeron las bases para la inestabilidad (Echeverría y López Portillo), pero después el propio PRI elaboró las políticas que dieron pie a que retornara la estabilidad.  El mérito del PAN fue continuar con las políticas del PRI.  Debemos recordar que una de las características del PRI gobierno anterior a Echeverría fue justamente la estabilidad.  Por lo menos no dijo Josefina que una familia puede vivir muy bien con seis mil pesos al mes, que México es un país de altos ingresos o que ha aumentado el salario mínimo en la última década.

Déjame pensar por un momento que AMLO es totalmente creíble, honesto y bien intencionado.  Pero construir cinco refinerías, bajar el precio de los combustibles, evitar la participación privada en el sector energético y construir un tren bala entre la Ciudad de México y la frontera, se me hacen propuestas equivocadas.  También parece muy difícil obtener 300 mil millones de pesos combatiendo la corrupción y otro tanto igual mediante la austeridad republicana.  No dudo de la aritmética de AMLO como lo hace Quadri (ya que 3 + 3 +2 si es igual a 8), sino más bien de la efectividad de las medidas para obtener sus ahorros.  Si gana AMLO será con un Congreso hostil, que difícilmente le soltará los recursos para estas inversiones si no se obtienen los ingresos primero.  Por lo mismo, no queda muy claro qué tan efectivo podrá ser AMLO y qué tantos cambios realmente podrá surtir.  Después de razonar todo esto, queda todavía la duda de que si AMLO representa la república amorosa y que si sus cambios realmente serán “tranquilos, con orden, sin conflicto, convenciendo y persuadiendo para que México mejore, para que el pueblo viva mejor”.

¿Qué nos queda?  ¿EPN y el PRI?  Hagamos el ejercicio de escucharlo y sus propuestas sin la etiqueta del PRI, es decir, pensando que viene de cualquier otro partido.  Casi todo lo que ha dicho está bien.  Promete más ingresos para las familias, impulsar reformas, instrumentar un verdadero cambio, fortalecer la democracia, ser tolerante y gobernar para todos.  También nos ha dicho que combatirá la corrupción y eliminará la pobreza alimentaria.  Pero, ¿le podemos creer?  ¿Queremos darle tan pronto una segunda oportunidad al PRI?  La única oportunidad que he tenido para escuchar a EPN en viva voz fue hace algunos años cuando lo invité como orador especial a un Foro del IMEF que me tocó organizar en 2007.  Su llegada, su comportamiento, su estilo, fue todo reminiscente del autoritarismo del PRI anterior.  Literalmente nos hizo a un lado y nos dijo su gente que se ocuparían de toda la organización mientras que él estuviera allí.

Aunque los últimos años de Zedillo fueron de crecimiento y el inicio de la estabilidad económica, quedó claro que la mayoría de la población quería cambios.  Después de doce años del PAN todavía estamos esperando la mayoría de los cambios, en especial más crecimiento, empleos y seguridad y menos corrupción, violencia y despilfarro.  Dado que todos prometen cambio, al final de cuentas el raciocinio del voto queda entre la credibilidad de EPN y AMLO.  ¿El PRI ha cambiado lo suficiente como para realmente hacer lo que propone?  ¿No tenemos por qué tenerle medio a AMLO?

Al final de cuentas, el segundo debate no logró despejar mis dudas o cambiar mi percepción de credibilidad de los candidatos.  Faltan tres semanas de campaña…

¿Repunte de Inflación?

Octubre 27th, 2011 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (0 Comments)

La historia de la inflación en México cambió a partir del 2000 cuando empezó a registrar tasas de un solo dígito en forma consistente.  En los 27 años anteriores (de 1973 a 1999) los precios aumentaron 316 mil por ciento, equivalente a un promedio anual de 34.8 por ciento.  En ese periodo terminamos 23 veces el año con inflaciones de dos dígitos, dos con tres dígitos (1986 y 1987) y dos con uno solo (1993 y 1994).  En cambio en los últimos diez años la inflación ha terminado cada año en promedio en tan solo 4.5 por ciento.  En una década nos hemos acostumbrado a otro comportamiento muy distinto de los precios.

Aunque la inflación es ahora mucho más baja que antes, hemos visto que ha adoptado un patrón interesante.  Sin excepción, en los años nones baja mientras que en los pares sube.  Desde 2003, en los nones se ha situado por debajo de 4.0 por ciento (ya dentro del rango de variabilidad que el Banco de México ha marcado como objetivo), pero cada año siguiente (par) vuelve a quedar fuera del rango.  Por ejemplo, en 2008 subió de 3.8 por ciento a 6.5 por ciento, para volver a bajar a 3.6 por ciento en 2009.  El año pasado volvió a subir (a 4.4 por ciento) y este año queda claro que quedará por debajo del cuatro por ciento.  Incluso, es posible que se registre la tasa más baja para un fin de año desde que existe el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC).  Para que esto pase tendrá que ubicarse por debajo de 3.33 por ciento, que fue la tasa que se observó a fines de 2005.

Después de terminar en diciembre del 2010 en 4.4 por ciento, la inflación bajó rápidamente a principios de año y a partir de marzo ha fluctuado dentro de un rango de 3.1 y 3.5 por ciento.  En septiembre sorprendió a la mayoría al registrarse la tasa más baja para ese mes desde 1970 y la variación de doce meses bajó a 3.1 por ciento.  Dado que las tasas de octubre, noviembre y diciembre del año pasado fueron relativamente elevadas, es posible pensar que el cierre de este año no sea mucho más elevada que la observada a finales de septiembre.

Sin embargo, la tasa de la primera quincena de octubre (0.61 por ciento) fue la más elevada de todo el año y a primera vista sugiere un posible repunte.  Aunque la segunda quincena no fuera tan elevada, es muy seguro que observaremos una tasa para el mes de 0.7 por ciento.  ¿Existe indicios de que pudiéramos ver una nueva tendencia alcista?

En principio el dato no es para alarmarse.  Dado que la inflación de octubre del año anterior fue 0.62 por ciento, la anual únicamente aumentaría un punto decimal.  Si analizamos la incidencia quincenal de los diversos componentes, encontramos que la inflación de la primera quincena fue 13 puntos base mayor a la del año anterior, mientras que el aumento en los precios de los energéticos explica totalmente la diferencia.  Esto significa que si los energéticos hubieran subido igual ahora que hace un año, la tasa hubiera sido la misma.  El subíndice de los energéticos por si solo explica 0.43 del aumento total de 0.61 por ciento, es decir, más del 70 por ciento del aumento total en el periodo.  Incluso, parte de la diferencia se puede atribuir a una mayor ponderación de los precios de electricidad dentro del índice a partir de este año debido al cambio de base que se introdujo recientemente, que en sí no es inflación.

No obstante, sí hay algunas características de la inflación actual que llama la atención.  De entrada, existen grandes variaciones entre algunos de los subíndices del INPC.  Aunque la subyacente se ubica casi al mismo nivel que la general (3.24 versus 3.27 por ciento a tasa anual del índice quincenal), las mercancías de alimentos, bebidas y tabaco registran un incremento de 7.44 por ciento.  En cambio, los precios de mercancías no alimenticias aumentan a 1.98 por ciento y los servicios distintos a la vivienda a un ritmo de 0.27 por ciento.  En otras palabras, aunque el promedio se ubica muy cerca de la meta puntual del Banco de México, existen extremos que llaman la atención.

El problema fundamental es que los precios de los servicios y de las mercancías que casi no han aumentado no se perciben mucho.  En cambio, los precios de los alimentos son sumamente visibles, al igual que los de la gasolina que suben todos los meses.  Por lo mismo, la credibilidad en la medición de la inflación por parte del público en general no es muy buena.  Esto es especialmente crítico en este momento, justo cuando el INEGI acaba de tomar la estafeta para la medición.

En la exposición de motivos de la Reforma Constitucional (que se aprobó a fines de 1993), para otorgarle la autonomía al Banco de México, se dijo que la responsabilidad de elaborar los índices nacionales de precios no podría permanecer en el Banco Central porque no debería ser juez y parte en la determinación de la inflación.  Allí empezó un largo y sinuoso camino que duró 15 años antes de poder cuajarse.  No fue hasta abril de 2008 que se aprobó la Ley del Sistema Nacional de Información Estadística, donde se estableció que el INEGI tendría la facultad exclusiva de elaborar y publicar los índices de precios.  En el decreto de Ley se otorgó un periodo de tres años para la transición de dicho proceso y se puso la fecha del 15 de julio de 2011 para el día en que el INEGI asumiera esta responsabilidad. (más…)