Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Hasta ahora, el consumo de los hogares ha sido el único componente del PIB por el lado del gasto que crece relativamente bien. En 2016 el PIB creció 2.1 por ciento (corregido por efectos de calendario), medio punto porcentual menos que el año anterior. Mientras que el consumo mejoró al crecer 2.5 por ciento (comparado con 2.2 por ciento en 2015), se desaceleró el consumo de gobierno (1.1 por ciento versus 2.4 por ciento en 2015), la inversión privada (2.2 por ciento comparado con 8.1 por ciento del año anterior) y las exportaciones (1.2 por ciento contra 10.4 por ciento hace un año). La inversión pública se desplomó -9.5 por ciento para hilar siete años consecutivos con tasas negativas. No tendremos las cifras para el primer trimestre de 2017 hasta el mes entrante, pero el comportamiento de consumo será clave para determinar el crecimiento este año.

En principio se anticipa cierta desaceleración ante la pérdida en el poder adquisitivo de las familias como consecuencia del incremento en la inflación. Algunos indicadores, como el ingreso real laboral y las ventas reportadas por ANTAD, ya señalan cambios en esa dirección. Sin embargo, las cifras duras que pudieran colaborar cambios en el consumo están rezagadas, por lo que todavía no podemos confirmar o rechazar esta hipótesis.

Una alternativa es examinar la encuesta que recopila la empresa Kantar WorldPanel sobre el consumo de bienes masivo. Cada semana Kantar visita 8,500 hogares para registrar sus compras y hábitos de consumo. Consideran 75 categorías de consumo masivo y los datos representan los hábitos de 19.2 millones de hogares urbanos en todo México. El panel está diseñado para representar la distribución geográfica y socioeconómica de la población urbana del país. La información es muy oportuna y útil para anticipar el consumo de los hogares, que INEGI reporta con un rezago de tres meses. Lo que Kantar dice es que el dinamismo del consumo se mantiene, aunque muestra una afectación negativa ante el aumento en la inflación. Incluso, Kantar dice que los aumentos en precios son mayores a lo que reporta el INEGI.

En años anteriores, la inflación oficial siempre había estado en línea con la recopilación de precios de Kantar. Sin embargo, desde el año pasado Kantar ha detectado diferencias importantes. Mientras que el INEGI reporta la inflación en 5.8 por ciento, Kantar dice que se ubica en 11.8 por ciento, prácticamente el doble. Peor aún, los más afectados son los niveles socioeconómicos más bajos. Los niveles AB, que tienen más recursos para sortear la escalada de precios, muestran aumentos en precios de 6.7 por ciento. Sin embargo, el nivel C sufre una inflación de 11.4 por ciento y el nivel D de 12.7 por ciento. Pero los de menos recursos, clasificados como D-/E, tienen aumentos de 13.5 por ciento en los precios de los bienes que consumen.

¿Cómo afrontan las familias el aumento en la inflación? Kantar ha encontrado que los hábitos de consumo cambian cuando se percibe una situación de crisis. Por ejemplo, en 2009 Kantar detectó un aumento en la frecuencia a tiendas, pero con tickets menores, es decir, en cada viaje hubo un menor desembolso. El consumidor empiezo a comprar paquetes y tamaños más pequeños, que al final del día costaban más por unidad. Visito menos los establecimientos como supermercados y realizó más compras en tiendas pequeñas, a pesar de que los precios suelen ser menores en las cadenas grandes. También compró más promociones y marcas más baratas y redujo el consumo de bienes prescindibles.

Aunque sí ha aumentado significativamente la inflación, no estamos en tiempos de crisis como en la recesión de 2009. Pero, aun así, 6 de cada 10 hogares admiten que han cambiado sus hábitos de compra en este último año; el 42 por ciento dicen que siguen comprando como siempre. Kantar encontró que 23 por ciento admiten comprar más promociones, 22 por ciento dicen que están comprando marcas más económicas y 13 por ciento realizan compras de menor desembolso. Los productos más prescindibles son los de belleza, ya que son los primeros que sacrifican; alrededor de 7 por ciento de los hogares dicen que están gastando menos en estos productos. No obstante, los supermercados y las tiendas de conveniencia no han perdido compradores. Todos los niveles socioeconómicos están incrementando su gasto en los canales modernos.

¿Recesión?

Febrero 15th, 2017 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Como alguna vez dijo Agustín Carstens que “México solo tiene un catarrito”, ahora el Presidente nos dice que no enfrentamos una crisis sino tan solo “un desafío Económico”. ¿Será? Todavía no tenemos datos duros sobre el comienzo del año, pero algunas cifras ya están disponibles.

Empezamos el año con el mayor aumento en el precio de la gasolina en la historia moderna de la “estabilización macroeconómica”. No solamente provocó que la tasa de inflación fuera la más elevada para un mes desde enero de 1999, sino que causó una furia en la población que culminó con manifestaciones, saqueos y disturbios en muchas entidades. De 3.4 por ciento en diciembre, la inflación del consumidor subió a 4.7 por ciento en enero; sin embargo, los precios productor de mercancías y servicios de uso intermedio alcanzó 13.1 por ciento anual, mientras que los de la industria manufacturera registró una tasa de 27.0 por ciento. Estos datos nos hacen anticipar un incremento mucho más pronunciado en la inflación en el año y una merma considerable en el poder adquisitivo de la población.

El tipo de cambio “fix” terminó 2016 en 20.52 pesos por dólar; pero en los primeros once días del año subió a 21.91 pesos. El nivel implica un aumento de 49.6 por ciento en dos años y 68.7 por ciento en tres. Aunque ha bajado un poco en las últimas dos semanas, aun así, el tipo de cambio real alcanzado en enero representa el nivel más deteriorado de la moneda desde que inició el régimen cambiario actual. En principio, esto debería llevar a un “boom” en las exportaciones, sin embargo, tuvieron una tasa negativa de crecimiento en 2016 al igual que en 2015. Sabemos que eventualmente habrá un mayor traspaso a la inflación, por lo que las perspectivas de nuestro poder adquisitivo se ven todavía más nublado.

En los primeros días de febrero salieron los indicadores de confianza empresarial y del consumidor, caracterizados por un desplome generalizado. En el caso de la del consumidor se registró el mayor nivel de pesimismo en toda la historia del indicador, muy por debajo de su peor momento en la Gran recesión de hace ocho años. Lo que más preocupa al consumidor (y al empresario) es la situación actual y futura de la economía del país, pero hubo caídas abruptas en todos los aspectos.

Banxico reaccionó con un incremento de 50 puntos base en su tasa de política monetaria, para llegar a 6.25 por ciento. Uno de los pocos aspectos de la economía que tuvo buen desempeño en los dos últimos años fue el consumo de los hogares, alimentado en buena medida por el crecimiento real del crédito. Sin embargo, con un incremento acumulado de 325 puntos base (más lo que nos espera en los siguientes meses), nos hace pensar que el consumo empezará a desacelerarse, ya que, entre el incremento en los precios y el encarecimiento del crédito, los hogares no podrán sostener su ritmo de compra de los bienes y servicios.

Uno de los primeros indicadores que ya reflejan esta desaceleración anticipada son las ventas reales reportadas por la ANTAD en enero. La tasa anual de ventas a tiendas totales creció apenas 2.1 por ciento, comparada con una tasa de 8.6 por ciento en enero del año pasado. Sin embargo, preocupa todavía más la expectativa de crecimiento de la ANTAD para todo el año de apenas 1.2 por ciento, comparado con el observado de 6.8 por ciento en 2016 y 7.3 por ciento de 2015.

Finalmente tenemos los Indicadores IMEF sobre el desempeño manufacturero y no manufacturero (comercio y servicios) de enero. Ambos indicadores se ubican por debajo del umbral de 50 puntos, que es consistente con una desaceleración económica. Pero en especial, llama la atención el No Manufacturero, ya que las actividades terciarias han sido de lo poco que ha producido crecimiento en el país. El nivel de este indicador se ubica en 47.1 puntos, su nivel más bajo observado fuera de los años de la Gran Recesión, mientras que su subíndice de nuevos pedidos registró un mínimo de 42.9 puntos, ya consistente con un entorno de recesión.

No hay muchos más datos que estos mencionados y no podemos aventurar un análisis completo a partir de una sola observación. Sin embargo, todos estos indicadores apuntan a una situación de crisis o de recesión y no simplemente de un pequeño desafío. Podemos tener todavía la ilusión de que enero tuvo un comportamiento aberrante y que empezaremos a mejorar a partir de febrero. ¿Ustedes lo creen?

El INEGI dio a conocer hace un par de días el consumo de los hogares (para agosto) y la confianza del consumidor (para octubre). Dos indicadores importantes y supuestamente relacionados entre sí. Uno pensaría si el consumidor no tiene confianza, adoptará una actitud cautelosa y no va consumir mucho; en cambio, si aumenta su confianza, empezará a gastar más. Aparentemente, no es tan sencillo.

Después de un par de años de muy lento crecimiento, a partir de 2015 empezamos a observar una mejoría significativa en el consumo de los hogares, mediante un crecimiento de 3.5 por ciento en promedio, que fue muy por encima del avance del PIB de ese año. Ahora seguimos viendo un buen despeño en el consumo, aunque con una ligera desaceleración. En agosto disminuyó -0.2 por ciento respecto a julio, pero solo después de alcanzar un máximo histórico en ese mes. En los primeros ocho meses del año ha crecido 3.2 por ciento respecto a los mismos ocho meses de 2015. De hecho, el consumo privado es prácticamente el único componente del PIB (por el lado del gasto) que muestra crecimiento positivo.

El mismo día, el INEGI dio a conocer que la confianza del consumidor había aumentado 0.15 puntos en octubre respecto al mes anterior, pero solo después de haber alcanzado su nivel más bajo desde abril 2010. De hecho, la tendencia-ciclo de la confianza muestra una pendiente negativa a lo largo de los últimos doce meses. Su nivel de octubre de 35.5 (de una escala de 0 a 100) es el más bajo observado en toda la historia del indicador salvo el periodo de la Gran Recesión en 2009.

En otras palabras, vemos a los hogares consumiendo relativamente bien, pero con un nivel de confianza que anda por los suelos. ¿Cómo podemos conciliar ambos indicadores? ¿Por qué siguen consumiendo los consumidores si su confianza se ha desplomado? Para entender lo que está pasando, primero hay que descomponer el indicador de confianza en sus componentes. Aunque resulta que los cinco han disminuido, la percepción del consumidor acerca de su situación actual no ha disminuido mucho y la de cómo considera el momento actual para efectuar compras mayores (bienes duraderos) se mantiene estable. En cambio, a pesar de que ve su situación actual relativamente estable, empieza a perder algo de confianza en torno a su situación futura. Pero lo que realmente explica el desplome es su percepción sobre la situación actual del país y todavía peor aún, es el pesimismo creciente en torno al futuro del país. En este último rubro, nunca ha manifestado tanto pesimismo como la actual, ni siquiera en el peor momento de la Gran Recesión de 2009.

¿Qué explica esta visión colectiva tan melancólica de los mexicanos de la situación económica? ¿Es simplemente un mal humor social? Creo que es algo mucho más hondo y más apegado a lo que muchos indicadores económicos reflejan. Primero, hemos visto una depreciación de la moneda de alrededor de 35 por ciento en los últimos dos años (y de 50 por ciento en los últimos ocho), cuando las devaluaciones pasadas de la moneda eran símbolos de crisis, recesión y gran pérdida de poder adquisitivo. Segundo, hemos visto que el crecimiento económico promedio del sexenio está por debajo de cada uno de los cuatro sexenios anteriores (a pesar de las famosas reformas estructurales). Tercero, todos hemos sentido una pérdida significativa en nuestro poder de compra a pesar de que el gobierno presume la inflación más baja en la historia. Cuarto, hemos visto como el crecimiento de la deuda pública federal y el deterioro de las finanzas públicas nos ha llevado a que las agencias calificadoras nos pongan en perspectiva negativa. Quinto, se va desvaneciendo la estabilidad macroeconómica, que era de lo poco que podíamos presumir, con los desequilibrios fiscal y externo. Sexto, vemos como los gobiernos locales han llevado a la quiebra a estado tras estado. Séptimo, hemos visto como la corrupción y la impunidad crecen y crecen sin mayor empeño del gobierno. Octavo, la violencia y la falta de seguridad pública han llegado a nuevos máximos históricos. Noveno, hace un año apareció de la nada un racista, fascista, misógino y anti-mexicano, que dice que somos de lo peor y amenaza con quitarnos nuestras remesas y quien sabe que más. Décimo, nos enfrentamos a una democracia disfuncional, que no nos ofrece un camino para deshacernos de los malos gobernantes y partidos políticos.

Hace 15 años escribí un libro titulado “La Maldición de las Crisis Sexenales”, que buscaba analizar una característica intrínseca de la economía mexicana: a partir de los setenta, México sufría una crisis (recesión) por sexenio. Todas tenían rasgos similares: errores de política económica, devaluaciones masivas, alta inflación, empobrecimiento de las masas e incremento en el desempleo. Peor aún, cada crisis parecía ser peor que la anterior y todas se vinculaban con el cambio de sexenio.
Uno de los objetivos del libro era el de estudiar la posibilidad de que hubiera una nueva crisis con el cambio del sexenio en 2000. Sin embargo, Ernesto Zedillo fue muy obsesivo en este sentido, ya que hizo todo a su alcance para dejar una economía estable, equilibrada y creciente a su sucesor. La actividad económica creció más de 5 por ciento en promedio en sus últimos 5 años y terminó su administración con una inflación de un solo dígito, con un superávit primario en las finanzas públicas, una tendencia de la deuda pública a la baja y un déficit pequeño en la cuenta corriente. El PAN llegó con la mesa puesta para lograr un buen desempeño en materia económica.
Sin embargo, la maldición continuó, aunque ahora caracterizada por desequilibrios externos. Tanto Fox como Calderón, tuvieron la mala suerte de que Estados Unidos experimentó recesiones en cada uno de sus sexenios, con desenlaces muy negativas para la economía mexicana. El crecimiento económico siguió con su tendencia a la baja, pues terminaron ambos sexenios con crecimientos promedios cercanos al 2 por ciento. Fueron gobiernos mediocres sin grandes alcances, pero por lo menos mantuvieron los equilibrios macroeconómicos.
Ahora arrancamos de nuevo con un sexenio de gobierno priista, que en sus dos primeros años ha producido un crecimiento todavía menor de 1.8 por ciento. Si bien hemos escapado a la recesión, hemos estado muy cerca de una, pero ya no producto de la mala suerte externa, sino de nuevo como resultado de errores de política económica. ¿Cuáles han sido los errores?
Uno de los méritos de los gobiernos de Salinas, Zedillo y Fox, fue que pusieron mucho énfasis en el saneamiento de las finanzas públicas. Sin embargo y a pesar de que se introdujo una Ley de Responsabilidad Hacendaria con Calderón, esta tendencia se revirtió a mediados del sexenio pasado a partir del momento en que dejamos de tener un superávit primario. En este sexenio, el gobierno no ha hecho un esfuerzo para corregir el rumbo, por lo que tenemos un déficit fiscal creciente, una deuda pública mayor y seguimos con déficit primario. Peor aún, el deterioro en las finanzas públicas se ha dado en el marco de una reforma recaudatoria, que restó recursos a los hogares y a las empresas, aumentando el gasto público sin repercusiones en el crecimiento económico. En otras palabras, terminamos con la peor combinación: los hogares enfrentaron mayores impuestos, las empresas tiene menos incentivos para invertir y el gobierno gasta mucho más pero sin repercusiones en el crecimiento y con un endeudamiento mayor.
Posiblemente el error más grande ha sido la ineficiencia del gasto público. A pesar de que la SHCP reporta que ha alcanzado máximos históricos, el INEGI no logra encontrar valor agregado al reportar una caída de 0.3 por ciento en términos reales en la suma del gasto corriente y la inversión pública en las cuentas nacionales. La inversión pública, que debería ser pilar del crecimiento ha registrado tasas negativas en los dos años del sexenio.
Otro error fue la crisis que dejó que se gestionara en la industria de la construcción. Al final del sexenio anterior, el gobierno congeló los subsidios para la vivienda de interés social, para que el nuevo gobierno pudiera modificar las reglas y así asegurar viviendas útiles. Sin embargo, la administración actual tardó mucho tiempo en establecer las nuevas reglas, dejando en el camino la quiebra de las grandes desarrolladoras de vivienda, con todo y su impacto sobre uno de las actividades secundarias de mayor generación de empleos.
Finalmente, el gobierno no ha logrado crear un ambiente de confianza empresarial conducente a más inversión. Entre el escalamiento de la guerra contra el narcotráfico, las desgracias producto de la infiltración del crimen organizado en los gobiernos locales, los conflictos de interés de funcionarios en sus inversiones personales, la depreciación del peso y los recortes al presupuesto han llevado a la confianza empresarial a su nivel más bajo desde la gran recesión de 2008-2009.
¿Podrá el gobierno corregir el rumbo?

El Banco de México acaba de informar que tuvimos un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos de 15.6 mil millones de dólares (mmd) en los primeros tres trimestres del año. Este monto ya supera el déficit de todo 2012, que fue de 14.6 mmd. Como proporción del PIB representa 1.7 por ciento, casi el triple de lo que fue en el mismo periodo del año pasado (0.6 por ciento). Dado que el cuarto trimestre suele ser de mayor déficit (aunque no siempre), podremos esperar terminar 2013 cerca de 2.0 por ciento, que lo situaría en el más elevado de los últimos diez años.

El balance de la cuenta corriente siempre ha sido foco de atención, ya que cuando registra un déficit elevado hemos caído en crisis.  Después de décadas de déficits relativamente bajos, se disparó por primera vez en 1973 a 3.8 por ciento del PIB y al año siguiente a 4.1 por ciento. El elevado déficit fiscal y el aumento en la inflación provocaron el desequilibrio y forzó la devaluación del peso en 1976, después de 22 años de una paridad fija con el dólar. De nuevo en 1981, el déficit creció a una proporción inmanejable (4.9 por ciento del PIB), por lo que al año siguiente tuvimos una serie de devaluaciones que dieron pie a la década perdida de los ochenta.

Esta dos primeras crisis fueron resultado de desequilibrios crónicos en las finanzas públicas y esquemas de políticas económicas poco flexibles. Para evitar futuros crisis similares, el gobierno mexicano realizó un esfuerzo mayor de saneamiento fiscal a principios de los noventa, sin embargo, sin corregir el desequilibrio externo. De hecho el promedio para el sexenio llegó a 4.0 por ciento anual, el más elevado para cualquier periodo presidencial en toda la historia. El Secretario de Hacienda de entonces pensó erróneamente que un superávit fiscal por si solo era suficiente para evitar cualquier descalabro, pero el déficit externo de 5.6 por ciento del PIB en 1994, combinado con una política económica rígida, llevó al país a una de las crisis más grandes que hemos tenido en nuestra historia.

¿Nos debe preocupar el déficit en la cuenta corriente? A partir de 1995, abandonamos una de las políticas económicas más ineficaces que teníamos, el del régimen cambiario de bandas preestablecidas con desliz controlado. Pocos años después se canceló el esquema de pactos concertados, que era la raíz de la falta de flexibilidad que enfrentaba el gobierno para corregir en tiempo y forma cualquier desequilibrio que se pudiera presentar. La introducción del régimen cambiario de flotación no solo permitió reducir en forma natural el déficit externo, sino también dio pie a una política monetaria enfocado principalmente a la estabilidad de precios. El resultado fue una estabilidad macroeconómica eficiente y sostenible.

La idea básica es que si el déficit en la cuenta corriente empieza a crecer, el tipo de cambio se ajustará gradualmente de tal forma que se evite la formación de un desequilibrio mayor. Sin embargo, este proceso no solo involucra la cuenta corriente, sino también la cuenta financiera de la balanza de pagos. Es más bien el balance de fuentes y usos de divisas en el mercado que determinará la dirección del tipo de cambio, lo cual no solamente involucra los ingresos y egresos de divisas procedentes de las exportaciones e importaciones de bienes y servicios, sino también los flujos financieros.

En principio, la acumulación de reservas internacionales es la expresión última del balance de divisas que entran y salen del país. No obstante, necesitamos separar los flujos que representan transacciones en el mercado de los que el Banco de México maneja paralelamente. Las exportaciones e importaciones que maneja Pemex, más las compras y ventas de divisas del gobierno federal con el Banco de México, no pasan por el mercado y su balance determina (con algunas excepciones) la acumulación de las reservas internaciones. Todas las demás transacciones se manejan en el mercado libre y su balance determina el tipo de cambio.

Para analizar mejor las cifras de la balanza de pagos, el Banco de México debería presentarnos dos balances por separado, cuyos sumas serían equivalentes al total: uno que maneje todas las operaciones que se realizan fuera del mercado (y así podemos entender mucho mejor la acumulación de reservas) y otro que contenga todas las demás transacciones, que al final del día determinan el tipo de cambio.

Aun así, el régimen cambiario actual es nuestra mejor protección contra la formación de un desequilibrio externo inmanejable.

Después de la recesión de 2009, la economía mexicana creció en promedio por arriba de 4 por ciento anual por doce trimestres consecutivos. Sin embargo, desde mediados del año pasado, el crecimiento promedio no ha alcanzado al 2 por ciento anual. Sin lugar a dudas, el factor principal ha sido el menor dinamismo de las exportaciones no petroleras, nuestro motor principal de crecimiento. Su falta de dinamismo se debe al débil comportamiento externo y a que el poco crecimiento de la producción manufacturera que ha experimentado Estados Unidos se ha llevado a cabo en sectores no vinculados con las exportaciones mexicanas.

Aun así, se han presentado otros factores que también han tenido un efecto inhibidor en la actividad económica. Ha existido menor dinamismo en el gasto público, reflejado en un subejercicio del gasto programado, pero también por un esfuerzo de consolidación fiscal, que contempla su reducción anual real. Se ha experimentado un freno en la inversión fija bruta del sector privado ante la incertidumbre de las acciones del nuevo gobierno, las discusiones de reformas estructurales y el débil entorno económico. El ingreso al país por remesas familiares ha disminuido y afectado el consumo de muchos hogares. Finalmente, el sector vivienda ha exacerbado la debilidad de la industria de la construcción, clave para la actividad económica.

Si analizamos la tendencia-ciclo de la construcción, encontramos un descenso continuo desde hace diez meses, algo que nunca había pasado en este sector, fuera de cuando la economía se encontrara en recesión. La construcción de obras de ingeniería civil u obra pesada, típicamente asociada con el gasto público, tiene una tendencia negativa desde julio del año pasado, justo al terminar la contienda electoral. Los trabajos especializados de la construcción (como remodelaciones y gasto en mantenimiento) empezaron a mostrar su tendencia negativa a partir de agosto. Pero el segmento que más ha disminuido en los últimos trimestres es la edificación, en especial la parte de vivienda dirigida a habitaciones de interés social.

Hubo mucho énfasis en la vivienda durante el sexenio pasado, impulsado por los grandes desarrolladores como Ara, Geo, Homex, Sare y Urbi y financiado por instituciones bancarias, incluidas las Sofoles y Sofomes. Dado la inmensidad de muchos de los proyectos, los desarrolladores compraban grandes terrenos que cada vez se ubicaban más y más lejos de las zonas urbanas, centros de trabajo y servicios de educación y esparcimiento. Esto provocó muchas dificultades a las familias que llegaban a vivir en estos lugares, a tal grado que terminaban por abandonan las viviendas.

Cuando la administración pasada se percató de esta situación, decidió retirar los subsidios que otorgaba, hasta no tener un diagnóstico adecuado y definir una nueva política de vivienda. Se decía que se quería favorecer la construcción vertical en vez de la horizontal, pero como ya se acercaba el fin de sexenio, simplemente se dejó todo en “standby”. El problema es que la propia indefinición del gobierno ha dejado prácticamente a todas las desarrolladoras (y muchos Sofoles) en quiebra. No sólo han parado la construcción, sino que se devaluaron sus activos más importantes, que eran sus reservas territoriales. En la última semana, hemos visto que varias de estas empresas no han presentado sus reportes trimestrales en los tiempos debidos y sus operaciones en Bolsa han quedado suspendidas.

Las empresas han estado en espera de que el gobierno anuncia las nuevas reglas de operación para la reactivación de sus proyectos de vivienda. Después de una larga espera, apenas hace unas semanas la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, publicó en el Diario Oficial el nuevo programa de esquemas de financiamiento y subsidios que se aplicarán a partir de 2014. Esto significa que serán ya dos años en que se deja parado a la construcción de vivienda, no solamente con graves secuelas para los grandes desarrolladores, sino además en detrimento de un sector clave para la generación de empleos y para la reactivación misma de la actividad económica.

La nueva política define los subsidios que se podrán otorgar mediante categorías de vivienda en función de ubicación y disponibilidad de servicios. En principio, se busca alinear los incentivos para evitar el abandono de viviendas y al mismo tiempo, estimular de nuevo la construcción de casa de interés social. El problema es que no veremos una reactivación de este sector clave este año.

Desde que México regresó a inflaciones de un solo dígito a partir de 2000, hemos observado una inflación promedio de 4.43%.  Aunque todavía no se ha logrado llegar al objetivo puntual de inflación de 3%, por lo menos en cinco de los últimos diez años hemos visto una tasa fin de año por debajo de 4%, que es el umbral superior del rango de variabilidad impuesto por las autoridades monetarias.  Por lo mismo, la actuación de la Junta de Gobernadores del Banco de México nos hace pensar que el objetivo real de la inflación de fin de año es 4% y no 3%.

El único año que realmente fue una excepción fue 2008 cuando la inflación terminó en 6.53%, producto de una crisis alimentaria internacional que vio alzas significativas en los precios de los alimentos y productos agropecuarios en los mercados mundiales.  En México los precios de las mercancías alimentarias aumentaron 9.46%, mientras que los precios de los productos agropecuarios sufrieron incrementos de 11.63% en promedio.  En buena parte, fue la gran recesión de 2009 que ayudó a disminuir las presiones del momento y regresar la inflación a tasas más moderadas.

El año pasado vimos la inflación promedio (3.41%) más baja en la historia del INPC (que existe desde 1969), a pesar de que hubo alzas importantes en los precios de las mercancías alimentarias.  Lo que contribuyó a que no hubo más inflación fue que los incrementos en los precios de los bienes agropecuarios fueron limitados.  Sin embargo, esta tendencia se revirtió en la primera mitad de este año y últimamente hemos visto que la inflación ha vuelto a tomar una tendencia alcista.

Queda muy claro que el alza de precios está concentrado en alimentos y energéticos.  Sin considerar los precios de las mercancías alimentarias y de los productos agropecuarios, la inflación anual (que se ubica en 4.42%) bajaría a 3.24%.  Si también eliminamos los precios de los energéticos, tendríamos una tasa de apenas 2.57%.

Los expertos opinan que la inflación anual seguirá al alza en septiembre, llegando a un pico de casi 4.8%, para después bajar en el último trimestre del año y ubicarse muy cerca de una tasa de 3.8%, similar a la observada a fines de 2011.  La razón principal es que se espera que se revierte el ciclo alcista en los precios agropecuarios, que bien sabemos son muy volátiles y se mueven en forma cíclica irregular.

Sin embargo, la pregunta obligada es ¿realmente bajarán los precios agropecuarios?  Un reporte reciente del Banco Mundial señala que los precios de los alimentos en los mercados mundiales han aumentado 7% entre abril y julio, mientras que algunos productos como maíz y soya han registrado máximos históricos.  Incluso, el Banco se pregunta si no estamos al borde de una nueva crisis alimentaria como la que se observó en 2008.

El Banco Mundial reporta condiciones climáticas adversas en muchas partes del mundo, aunado a inventarios reducidos, como las causas principales de los incrementos significativos en los precios.  Ahora está en espera de evaluar bien el patrón climatológico del fenómeno de El Niño, que dependiendo de cómo se desarrolla, podría causar inundaciones severas en algunas partes del mundo y sequias inexorables en otras.  También advierte que si algunos países productores deciden limitar exportaciones como respuesta al alza de precios, definitivamente nos enfrentaríamos a una crisis alimentaria parecida a la de 2008.

En México nos enfrentamos a la crisis del huevo, que en algunas partes de la República ha duplicado su precio en menos de un par de meses.  A pesar de las medidas tomadas, que incluyen importaciones sin aranceles y apoyos para reponer el stock de gallinas, los expertos estiman que el precio no se revertirá significativamente hasta fines de año.  Aunque vimos que los precios de las mercancías alimentarias habían disminuido su ritmo de incrementos a principios de año, en los últimos dos meses las alzas han empezado a acelerar de nuevo.

En principio, deberíamos esperar que la inflación revierta su tendencia alcista en el último trimestre del año.  Sin embargo, debemos advertir que el riesgo de más alzas en los precios de los alimentos procesados y los commodities ha aumentado significativamente.  La mayoría de los analistas no esperan que el Banco de México vaya a iniciar un ciclo de endurecimiento en su política monetaria en los siguientes trimestres.  No obstante, de desatarse una nueva crisis alimentaria mundial las autoridades monetarias tendrán que tomar las medidas pertinentes para mitigar el contagio de expectativas, que pudiera encadenar en mucho más inflación de lo que ahora se anticipa.

Aun en el caso de que se logre mantener la inflación general por debajo de 4%, las autoridades tendrán que medir el impacto de los incrementos de precios de los alimentos en los segmentos menos protegidos de la sociedad.  Una crisis alimentaria pega mucho más a las clases bajas y contribuye significativamente a incrementar la pobreza.  Ojalá que las autoridades no estén demasiado distraídos con el cambio de gobierno para tomar las acciones pertinentes y preventivas.

La Intensidad de las Crisis

Noviembre 30th, 2011 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (0 Comments)

La crisis mexicana que se desató en diciembre de 1994 tomó a la gran mayoría de los analistas, economistas y académicos por sorpresa, en especial por su intensidad.  México había negociado exitosamente la deuda externa bajo el Plan Brady en 1989 y en los siguientes cinco años el gobierno saneó las finanzas públicas, disminuyó la inflación a un dígito, se llevaron a cabo reformas estructurales importantes, se instrumentó el Tratado de Libre Comercio de Norte América y se redujo significativamente la carga de la deuda pública externa.  Nos veían de afuera con buenos ojos, ya que se había implementado un plan de estabilización importante.  Por lo mismo, el colapso de la economía mexicana en 1995 causó gran desconcierto.

A raíz de lo que sucedió, hubo muchas acusaciones en nuestra contra.  Al Banco de México se le inculpó de ser poco transparente y ocultar información valiosa.  Al gobierno se le acusó de mal manejo de información privilegiada.  Para negociar el préstamo jumbo que necesitábamos, el Fondo Monetario Internacional prácticamente obligó al gobierno a cambiar muchas de sus prácticas y se establecieron normas especiales para la divulgación de datos, que después se adoptaron a escala mundial.  Pero no sólo hubo una preocupación por la calidad, integridad y acceso a la información, sino también por la interpretación correcta de los datos.  En especial, hubo cuestionamientos sobre cómo podríamos utilizar la información estadística disponible para anticipar situaciones de crisis.

Estas controversias llevaron a muchos académicos a formular modelos que pudieran señalar con adelanto la formación de situaciones precarias que pudieran emanar en crisis.  La mayoría de las investigaciones buscaban variables independientes que pudieran explicar econométricamente a la dependiente, que era la crisis.  ¿Pero cómo medir una crisis?  De una forma u otra, aparecieron muchos artículos que examinaban formas distintas de medición y proponían la utilización del tipo de cambio, tasas de interés y otras variables de índole financiera.

Hace alrededor de 12 o 13 años, realizamos nuestra propia investigación con la idea de desarrollar un indicador que pudiera medir la intensidad de las crisis en México.  Después de consultar un sinnúmero de artículos sobre el tema, tomamos la variabilidad del tipo de cambio, de la tasa de interés a un mes y de la relación de las reservas internacionales al medio circulante, cada uno dividido entre su desviación estándar, para construir un índice compuesto.  Al final, el índice se normalizó para que su media fuera igual a cero y su desviación estándar igual a uno.  El resultado lo llamamos el “índice de severidad de crisis”.

Ya con el índice en la mano, desarrollamos ciertos parámetros para definir la existencia de una crisis y etiquetarlas como “moderada”, “aguda” o “severa” en función del número de desviaciones estándares que alcanzaba en un momento dado.  Cualquier valor que alcanzaba el índice por debajo de uno (dentro del rango de una desviación estándar) se definió como simple variabilidad normal.  Cuando el indicador rebasaba la unidad se clasificaba como una situación de crisis: por encima de uno era moderada; mayor a dos era aguda; y, por encima de tres era severa.  En el lapso de 1970 a fines de 1998, detectamos 15 periodos de crisis, de los cuales siete eran severas, cuatro agudas y cinco moderadas.  La última que se registró fue de solo un mes de duración (septiembre de 1998), clasificada como moderada y que se produjo a raíz de las crisis asiática y rusa de ese año.  El valor del índice en ese momento alcanzó 1.93, por lo que casi llegó a ser una situación aguda y rebasó el valor observado en abril de 1994 (después del asesinato de Colosio).

A partir de 2000 México alcanzó una tasa de inflación de un solo dígito y entramos de lleno a un periodo de estabilidad macroeconómico.  Por lo mismo, el índice lo metimos al cajón y pronto nos olvidamos de él.  Sin embargo, a raíz de la crisis que se desató en 2008 y el periodo prolongado de inestabilidad en los mercados financieros de los últimos meses, rescatamos el indicador y lo actualizamos.  ¿Qué encontramos?

De enero de 1999 a octubre de 2011 (154 meses, casi 13 años), encontramos un solo mes (octubre de 2008) que rebasó la unidad y por lo tanto, que se clasifica como crisis.  Sin embargo, el valor del índice registro 1.08, por lo que apenas logró clasificarse como tal y de las 16 crisis que se han producido entre 1970 y 2011 es por mucho la menos intensa de todos.

¿Cómo es posible?  La crisis de 2008 se le ha llamado la gran recesión y se dice que es la peor crisis mundial que se ha producido desde la gran depresión de la década de los 30.  En el caso de México, ocasionó una caída en el PIB de 6.1% en 2009 y una depreciación significativa del peso.  Sin embargo, el índice de severidad mide la intensidad financiera de una crisis, es decir, el efecto sobre la estabilidad de variables como el tipo de cambio, las tasas de interés y la composición monetaria de la economía.  La poca respuesta del índice a la situación actual es reflejo de la estabilidad macroeconómica que hemos logrado en la última década.  Aunque sí hay movimientos significativos en el tipo de cambio, no son de las magnitudes que existían en otras épocas.

Por ejemplo, en septiembre de 1976 se produjo la primera crisis cuando se dio una devaluación significativa de más de 60 por ciento.  De un valor de 12.50 (viejos pesos), el tipo de cambio se fue por encima de 20 pesos.  No hubo ajustes a las tasas de interés porque en esa época eran administradas por el gobierno.  Aun así, la crisis alcanzó una intensidad severa.

Desde que el régimen cambiario es de flotación, únicamente se ha producido dos crisis: en 1998, a raíz de la crisis asiática y en 2008, ambos etiquetadas como moderadas.  La máxima variación que ha sufrido el tipo de cambio en un mes desde 1996 a la fecha es de 18.7% en octubre de 2008.

La estabilidad macroeconómica que hemos alcanzado nos ha ayudado a contener el impacto de los choques externos, en especial sobre las variables financieras.  Si bien, todavía seguimos siendo vulnerable en términos de crecimiento económico, por lo menos no padecemos las grandes pérdidas en nuestro poder adquisitivo, que eran síntomas típicos de las crisis anteriores.

¿Déjà Vu?

Agosto 11th, 2011 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (2 Comments)

Hace tres años Lehman Brothers anunció que se declaraba en bancarrota, lo que provocó derrumbes de los mercados bursátiles en casi todo el mundo y ajustes significativos en los tipos de cambio.  Aunque Estados Unidos técnicamente ya estaba en recesión, ese evento marcó su intensificación y contagio hacia el resto del mundo.  Lo que siguió fue la peor recesión mundial vista desde la gran depresión de los años treinta del siglo pasado.

Aunque la recuperación empezó en junio de 2009 (por lo que llevamos un poco más de dos años en esta fase), realmente no han cerrado todas las cicatrices de esa crisis en Estados Unidos (ni en muchas partes del mundo).  La tasa de desempleo permanece muy elevada, el mercado de vivienda sigue estancada, la confianza del consumidor está muy errática y las familias norteamericanas todavía ahorran poco.  Peor aún, el gran estimulo fiscal que implementó el gobierno de Obama elevó el déficit fiscal y las relaciones de deuda a niveles ya peligrosos en términos de sostenibilidad, mientras que la política monetaria expansiva de Bernanke llegó a sus límites.

Si en su momento fue Lehman Brothers la gota que derramó el vaso, ahora fue Standard & Poor’s.  Su anuncio de denigrar la sagrada calificación de AAA del gobierno norteamericano ha provocado derrumbes similares y mayores probabilidades de una nueva recesión.  Todo lo que ha pasado esta semana nos deja una sensación como si ya hubiéramos estado allí antes, lo que en francés se conoce como déjà vu.

Obviamente hay similitudes con lo que vivimos hace tres años.  Pero también hay diferencias y posiblemente lo último puede ser lo que más nos debería preocupar.  El mes anterior al comienzo de la recesión de 2008-2009, la tasa de desempleo en Estados Unidos estaba en 4.7 por ciento, el gobierno podía instrumentar una política fiscal contracíclica y la Reserva Federal tenía margen para bajar su tasa de política monetaria y llevar a cabo una expansión sin precedentes.  En buena medida estas políticas evitaron que la recesión fuera más profunda y prolongada.

Ahora la tasa de desempleo se ubica en 9.1 por ciento y no hay margen para la implementación de políticas contracíclicas.  Peor aún, el bloque de congresistas republicanos extremistas acordó extender el límite de endeudamiento del gobierno bajo la condición de que se llevaran a cabo recortes significativos en el gasto.  Esto significa que si Estados Unidos entra en recesión, empezará en condiciones mucho peores que en la anterior y no podrá llevar a cabo políticas correctivas.  Incluso, los recortes actuarán como una política procíclica que agravara la crisis.

En medio de los desplomes de las bolsas en todo el mundo y los ajustes cambiarios en la semana, hubo varias cuestiones que llaman la atención.  De entrada, los reportes corporativos de empresas que cotizan en la bolsa en Estados Unidos fueron muy buenos y anticipan mejores resultados en la segunda mitad del año.  Con las tasas de interés en el piso, uno pensaría que es momento de comprar y no vender.  Sin embargo, la psicología colectiva de histeria fue más fuerte que el razonamiento financiero y se escasearon los compradores.  La historia nos ha enseñado que los grandes derrumbes ocurren cuando todos quieren vender y nadie comprar.

En una máxima expresión de ironía, casi todos los que salieron del mercado bursátil se fueron al mercado de bonos de la tesorería de Estados Unidos.  A pesar de la decisión de Standard & Poor’s, es obvio que el mercado considera al papel gubernamental norteamericano como lo más seguro que existe.  Standard & Poor’s puede decir AA+, pero todos los inversionistas nos están diciendo que sigue siendo AAA.  Ante un gran acumulo de demanda, las tasas de interés de estos bonos bajaron aún más.  Por ejemplo, el bono a 10 años está ahora casi en 2.0 por ciento.  La teoría dice que si un instrumento financiero reduce su calificación, debe pagar más y no menos interés para compensar un mayor riesgo.

¿Qué sigue?  No es eminente que Estados Unidos vaya a entrar en una recesión, pero definitivamente las probabilidades han aumentado bastante.  De ser así, no será una recesión de doble declive (double dip) que algunos vaticinaban, ya que si pasa un periodo mínimo de seis meses entre una y otra recesión, ya son recesiones separadas.  La recesión anterior terminó a mediados de 2009, ya hace más de dos años.  Por lo mismo, si Estados Unidos cae en recesión será una totalmente nueva.

Todavía está por verse si entraremos o no en recesión.  Pero sí podemos estar seguros de que habrá un periodo prolongado de estancamiento en lo que Estados Unidos lleva a cabo los ajustes estructurales necesarios para reducir su dependencia en cuanto a deuda y sanear sus finanzas públicas.  Por lo mismo, deberíamos anticipar una revisión a la baja en las proyecciones de crecimiento económico para los siguientes años.

¿Cómo queda México en todo esto?  Es sumamente conocida la dependencia que tenemos de Estados Unidos.  Por más que el gobierno quiere hablar de la fortaleza de la economía interna, en realidad sabemos que tenemos un solo motor de crecimiento que son las exportaciones no petroleras: si se apaga este motor, la economía interna de nuestro país se estanca.  Simplemente no tiene la fuerza suficiente como para crecer por sí sola.  Por algo, el ajuste en el tipo de cambio del peso fue de las más pronunciadas en el mundo.

La estabilidad macroeconómica, las reservas internacionales, una banca saneada, un balance externo muy baja, finanzas públicas no tan malas y todos los demás puntos positivos que dice el gobierno que tenemos, ayudarán para amortiguar el golpe pero no para evitarlo.  Si Estados Unidos entra en recesión, no hay duda alguna que nosotros también.  Si simplemente entra en una etapa de estancamiento prolongada, asimismo compartiremos esa suerte.

Hasta antes de agosto, la debilidad de la recuperación de la economía norteamericana había llevado a algunos analistas a pensar que Estados Unidos pudiera caer de nuevo en una recesión, aunque la mayoría le otorgaba bajas probabilidades de que ocurriera.  Aun así se reconocía que a pesar de un gran estímulo fiscal y una expansión monetaria sin precedentes, la tasa de desempleo permanecía muy elevada y el mercado de vivienda totalmente estancado.  Hasta la fecha, la confianza del consumidor sigue muy errática y las familias norteamericanas todavía ahorran muy poco.  Los desequilibrios fiscal y externo no se han saneado y el gobierno necesita llevar a cabo ajustes estructurales que bien pudieran ser detonadores de una nueva recesión.

Después de los eventos de agosto, ya no son simplemente algunos que piensan en este escenario sino muchos.  La prolongación de la negociación para incrementar el techo de endeudamiento y la subsecuente rebaja en la calificación soberana de Estados Unidos, fueron eventos que hicieron aumentar significativamente las probabilidades de una nueva crisis.  El desplome de los mercados bursátiles y los ajustes cambiarios que siguieron fueron señales claras de la fragilidad económica de nuestro vecino y de las posibilidades crecientes de un contagio mayor en el resto del mundo.

¿Fue tan grave la decisión de Standard & Poor’s para ameritar tales reacciones tan dramáticas?  Realmente, no.  Fue simplemente la gota que derramó el vaso.  Más bien, la preocupación central fue que aumentaron las probabilidades de una nueva recesión a raíz del acuerdo que hubo entre los congresistas republicanos extremistas y el ejecutivo, ya que implica un recorte de gasto mayor.  Si bien el gran estimulo fiscal ayudó a que Estados Unidos saliera de la recesión anterior, ahora con todavía una economía relativamente débil, un ajuste fiscal pudiera ser el detonador  de una nueva crisis.  Esta preocupación fue lo que al fin y al cabo llevó a los mercados a reaccionar con tanta violencia.

El debacle de agosto, que ocurrió justo a los tres años que el gobierno norteamericano decidió que no iba a rescatar a Lehman Brothers de la quiebra, merece varios comentarios.

Primero, es interesante ver que el mercado bursátil norteamericano cayera tanto a los pocos días después de que un gran número de empresas que cotizan en la bolsa reportaron números muy favorables y anticipaban buenos resultados para el resto del año.  Todo indicaba que era un buen momento para invertir en acciones y realmente no había un solo indicador que anticipara claramente lo contrario.  Sin embargo, el mercado se tornó completamente adverso al riesgo y tomó al mundo entero por sorpresa.  La psicología colectiva fue de histeria y los compradores escasearon.  Los grandes derrumbes ocurren cuando todos quieren vender y nadie comprar.

Segundo, en una máxima expresión de ironía, casi todos los que salieron del mercado bursátil se fueron al mercado de bonos de la tesorería de Estados Unidos.  A pesar de la decisión de Standard & Poor’s, se sigue considerando el papel gubernamental norteamericano como lo más seguro que existe.  Standard & Poor’s puede pensar que son AA+, pero todos los inversionistas piensan que sigue siendo AAA.  Ante un gran acumulo de demanda, los precios de los bonos registraron máximos históricos, lo que implica una reducción enorme en las tasas de interés.  Por ejemplo, el bono a 10 años llegó a estar casi en 2 por ciento (al momento de escribir este artículo).  La teoría dice que si un instrumento financiero reduce su calificación, debe pagar más y no menos interés para compensar un mayor riesgo.

Tercero, algunos analistas y medios hablan de una recesión de doble declive (double dip), lo que es simplemente imposible.  Si pasa un periodo mínimo de seis meses entre una y otra recesión, ya son recesiones separadas.  La recesión anterior terminó a mediado de 2009, ya hace más de dos años.  Por lo mismo, si Estados Unidos cae en recesión será una totalmente nueva.

Cuarto, de ser cierto que Estados Unidos entra en una nueva fase recesiva, lo empezaría con una tasa de desempleo de 9.1 por ciento, casi lo doble de la que existía al inicio de la recesión anterior (que fue 4.7 por ciento en noviembre de 2007).  Sin poder aplicar una política fiscal contracíclica y con la monetaria prácticamente agotada, es posible ver niveles de desempleo sin precedentes en la economía norteamericana desde la gran depresión de los años treinta.

La economía de Estados Unidos tuvo un desempeño decepcionante en la primera mitad del año.  El crecimiento del PIB del primer trimestre fue 0.4 por ciento, mientras que el estimado oficial para el segundo es de 1.3 por ciento.  A raíz de estos números, el consenso para todo 2011 disminuyó de 2.5 a 1.8 por ciento.  Sin embargo, ante los últimos acontecimientos, 1.8 por ciento parece ser una cifra muy optimista y no nos debe sorprender que vaya a bajar todavía más.  Pero a pesar del pobre desempeño económico reflejado en el PIB, los reportes corporativos de las empresas más importantes de la bolsa fueron en general muy positivos, por lo que no reflejan esta desaceleración y menos aún, el comienzo de una recesión.

Uno de los primeros indicadores que anticipa una desaceleración es el ISM manufacturero, que aunque todavía se mantiene por arriba del umbral de los 50 puntos, disminuyó significativamente en julio a 50.9 puntos desde los 55.3 de junio.  Este es posiblemente el mejor indicador con que contamos ahora, ya que es muy oportuna y tiene la característica de adelantar el comportamiento del ciclo económico.  Si empieza una recesión en agosto o septiembre, este indicador es el que nos lo dirá primero.

Escrito el 10 de agosto de 2011 para Ejecutivos de Finanzas de septiembre de 2011.