Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Desde hace más de una década las autoridades fiscales y monetarias, junto con la propia presidencia de la República, han argumentado que dentro de lo mejor que tiene el país es la estabilidad macroeconómica; lo que llaman buenos “fundamentos económicos”. Esto consistía de una inflación cercana al objetivo del Banco Central, una balanza de pagos sin problemas ni mayor vulnerabilidad, un sistema bancario capitalizado y sin cartera vencida, finanzas públicas sanas y una deuda pública baja como proporción del PIB. Esto debería traducirse en un tipo de cambio estable y tasas de interés relativamente bajas, que a su vez conduciría a un ambiente de confianza, propicio para inducir inversión y generar empleo. Lo único que faltó en esta descripción de un país de maravillas era mayor crecimiento económico. No obstante, nos dijeron que, con las reformas aprobadas, ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento anual.

De alguna forma u otra, las agencias calificadoras de riesgo-país estaban de acuerdo. Después de la crisis “tequilera” de 1995, Moody’s había mejorado la calificación soberana de México en 6 ocasiones, desde un Ba3 hasta A3, sin bajarla en ni una sola ocasión. S&P lo ha aumentado 5 veces (aunque sí lo bajó una vez en 2009), también para llevarla desde un BB- hasta BBB+. Salvo Chile, México ha sido el país mejor calificado de la región. Desde 2002, las 3 agencias, incluyendo a Fitch, nos han considerado como “grado de inversión”. La crisis de la “gran recesión” fue una prueba severa para México, que libramos muy bien. Incluso, en los 3 años siguientes, de 2010 a 2012, México logró crecer en promedio por arriba de 4 por ciento.

¿Qué fue lo que pasó para que ahora las 3 agencias nos hayan puesto en “perspectiva negativa”? Poco a poco, la estabilidad macroeconómica se ha demolido y ahora está en tela de juicio. No estamos tan mal como para perder el grado de inversión, pero sí para bajar uno o dos peldaños. Tenemos un déficit en la cuenta corriente que permanece por arriba de 3 por ciento del PIB, a pesar de un ajuste en el tipo de cambio que ya supera 50 por ciento. La nueva dirección de la política monetaria de Estados Unidos, hace que nuestra dependencia creciente en la inversión extranjera de cartera nos haga más vulnerables. Tenemos un déficit fiscal elevado, que no ha podido reducir el gobierno, y como consecuencia, una deuda pública creciente que ya cruzó el umbral del 50 por ciento del PIB. Por más promesas que hace la SHCP, sigue subiendo la deuda. No queda claro que los esfuerzos anunciados en el presupuesto para 2017 vayan hacer suficientes. A esta situación, tenemos que añadir el problema escandaloso de la deuda pública estatal.

Ambos desequilibrios han llevado a que las autoridades instrumenten una política económica restrictiva, con miras a reducir el poco crecimiento económico que tenemos. Al mismo tiempo, es casi un hecho de que la inflación seguirá en aumento, posiblemente terminando el año entrante por encima de techo del rango de variabilidad. También enfrentamos la posibilidad de que la SHCP tenga que anunciar más recortes al gasto, lo cual complica todavía más el escenario.

La situación ha derivado en una crisis de confianza, en la cual el consumidor ya ve con mayor pesimismo la situación económica actual y futura del país, a tal grado que nunca antes (desde que existe el indicador) hemos visto la economía con tanto pesimismo. La inversión se ha enfrenado, las exportaciones disminuyen, el gasto público se estrecha y el consumo de los hogares (lo único que crece) ya muestra signos de desaceleración. Pero no le podemos echar la culpa a Trump, porque todo esto era lo que teníamos antes de las elecciones del 8 de noviembre pasado. Con Trump en la mira, ahora tenemos más volatilidad cambiaria, menores flujos de capital de inversión extranjera, mayor traspaso del tipo de cambio hacia la inflación, mayores alzas en la tasa de política monetaria y menor inversión privada ante la incertidumbre creciente. Todo lo anterior se va derivar en menos crecimiento económico, menor generación de empleo, mayor informalidad y una brecha laboral creciente.

Si era cierto que nuestra fortaleza era la estabilidad económica, estamos viendo cómo se desmorona. En parte, ha sido resultado de un entorno externo desfavorable, pero también de una política económica equivocada.

Cuatro Años

Septiembre 6th, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Mañana, 1 de septiembre, el Ejecutivo entregará su Cuarto Informe al Poder Legislativo. Al quien se toma la molestia de leerlo, seguramente encontrará puras maravillas. Sin embargo, sabemos que han sido cuatro años muy difíciles, de escasos logros y de muchos retrocesos. Por ejemplo, hace una semana el INEGI informó que había disminuido el PIB en el segundo trimestre respecto al primero, lo cual convirtió al periodo en el segundo peor del sexenio. Sin embargo, la SHCP presumió que el trimestre tuvo el mejor desempeño para un segundo trimestre desde 2012, claro mediante la trampa de incluir efectos de calendario y estacionalidad.

En el terreno político, tenemos una presidencia con la aprobación más baja en la historia, resultado de los múltiples escándalos de la Casa Blanca, Malinalco y el plagio de la tesis, en conjunto con eventos trágicos como Ayotzinapa y Apatzingán (y varias más), la fuga del Chapo, la vacilada de Virgilio Andrade y hasta la ratificación de Alfredo Castillo. Pero posiblemente ha pesado más la continua inseguridad y la impunidad rapante ante la corrupción extendida. Sin embargo, dejó el análisis de estos temas a mis colegas politólogos.

En el terreno económico, las noticias son peores. El crecimiento promedio anual de los cuatro años se ubica por debajo del promedio de los tres sexenios anteriores. Sin embargo, cada uno de los anteriores se enfrentó a una gran crisis: el “tequilazo” de 1995, la recesión de 2001-2002 y la gran recesión de 2008-2009. A pesar de no haber entrado en recesión este sexenio, el promedio no alcanza los anteriores que sí tuvieron. La herida se siente peor ante la promesa de crecer más del 5 por ciento con las reformas estructurales (o ya de perdida 3.5 por ciento sin reformas).

El gobierno ha presumido de la creación de empleo y la disminución en el desempleo. De hecho, la tasa de desempleo urbano de julio de 4.41 por ciento no solamente es la más baja del sexenio, sino la menor desde mayo de 2008. El problema es que el desempleo abierto nunca ha sido el problema laboral más apremiante del país; lo es el empleo precario y mal remunerado. Por ejemplo, la tasa de condiciones críticas de ocupación en mayo de este año registró su nivel más elevado desde mayo 2005, por arriba incluso del pico observado en la gran recesión de 2008-2009. La ENOE confirma que la gran mayoría de los empleos creados en los últimos años son de dos salarios mínimos para bajo. La misma encuesta muestra que el ingreso laboral real se ubica por debajo de los niveles observados a lo largo de los últimos ocho años (a pesar de una muy pequeña recuperación en 2015).

Una de los aspectos económicos que han presumido los últimos tres gobiernos es la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, la empresa calificadora Moody’s puso a México en “perspectiva negativa” en marzo, mientras que S&P hizo lo mismo en agosto, ambos cuestionando los desequilibrios macroeconómicos que se han ido formando en los últimos dos años y empeorando en 2016. Después de promediar 1.1 por ciento entre 2003 y 2013, el déficit en cuenta corriente superará 3.0 por ciento del PIB este año, a pesar de haber acumulado una depreciación significativa de la moneda. El incremento de aproximadamente 45 por ciento en los últimos dos años en el tipo de cambio es por mucho el ajuste más grande que se ha observado para un periodo similar desde que existe el régimen cambiario actual. Finalmente, el déficit fiscal tradicional como porcentaje del PIB de 2015 fue el más abultado desde 1990. Esto ha llevado a que la deuda pública como porcentaje del PIB se ubica más de 20 puntos porcentuales por encima del nivel observado en 2007.Los desequilibrios macroeconómicos se han acentuado a tal grado que las autoridades se han visto ante la necesidad de aplicar políticas fiscal y monetaria restrictivas a pesar de que la inflación se encuentra por debajo de su objetivo y que existe una brecha negativa del producto (estamos creciendo por debajo del potencial).

Por último, tenemos el logro de que la inflación registró su mínimo histórico a finales del año pasado y que liga 15 meses por debajo del objetivo puntual de 3.0 por ciento. Sin embargo, se empieza a cuestionar la medición de la inflación, ya que cada vez más no corresponde a lo que enfrentamos, tema que abordaremos la próxima semana.

A todos nos queda claro que hasta ahora una de las principales promesas incumplidas de este gobierno es la del crecimiento económico. De llegar a crecer 2.7 por ciento este año (la proyección de la SHCP), la tasa promedio de los primeros dos años de gobierno será 1.9 por ciento, por debajo del promedio de los últimos cuatro sexenios e incluso, menos que el promedio de los últimos 32 años. Hace dos años, nos dijeron que si de aprobarse una serie de reformas estructurales, a estas alturas ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento. Sin embargo, a pesar de tenerlas ya todas publicadas en el Diario Oficial, nos cambiaron el discurso: resulta que los beneficios se darán en el mediano o largo plazo. Si bien nos va, será a partir de la segunda mitad del sexenio, pero si no por lo menos a partir del sexenio entrante.
En estos dos años muchas cosas han pasado. Quizás lo más importante es aceptar la realidad de que las reformas no son la panacea y que será muy difícil crecer si no fortalecemos las instituciones, el estado de derecho y los derechos de propiedad, junto con un combate frontal a la corrupción, la informalidad y a la disolución de los poderes fácticos que protegen los monopolios y el abuso del poder. ¿De qué sirve reformar la Constitución y cambiar las leyes si no existe el pleno respeto y cumplimiento de las mismas? En otras palabras, estructuralmente no estamos listos todavía para crecer a mayores tasas.
Fueron muchos factores que explican la desaceleración y estancamiento de la actividad económica a partir de este sexenio. De entrada, dependemos mucho de nuestras exportaciones y el entorno externo no ha sido del todo favorable. Sin embargo, si analizamos cada factor a fondo, encontramos que lo que más ha limitado el crecimiento es la política fiscal. Primero, fue el proceso de consolidación fiscal y un subejercicio del gasto que casi empuja la economía a una recesión el año pasado. Posteriormente, vino la reforma hacendaria que se limitó a ser un esfuerzo recaudatorio profundo con efectos negativos en el ingreso personal disponible de los hogares y un golpe irremediable a la confianza del consumidor y empresarial. Peor aún, el esfuerzo recaudatorio no solo se limitó a quitarle más ingresos a los hogares y empresas, sino también a incrementar significativamente el déficit fiscal y la deuda pública, desplazando recursos que pudieran haberse destinado a inversiones del sector privado. Finalmente, nos encontramos con la sorpresa de que a pesar del enorme incremento de recursos en el erario, el gasto público ha disminuido sustancialmente este año. El INEGI reportó que el gasto público del segundo trimestre es el más bajo de los últimos 17, mientras que la inversión pública mantiene una tendencia negativa desde el último trimestre de 2010 a la fecha. El gasto público real del primer semestre de este año resultó todavía 0.9 por ciento menos que el mismo semestre del año pasado (que fue el afectado por la consolidación fiscal y el subejercicio del gasto).
Empezamos el año sabiendo que el consumo de los hogares estaría sumamente débil como consecuencia de la política fiscal del gobierno, pero con la esperanza de que aumentara el gasto público, en especial en inversiones físicas esenciales. El gobierno anunció un plan de infraestructura impresionante, que en parte debería reponer parte del daño causado por la reforma fiscal. Sin embargo, las cuentas nacionales registraron una contribución negativa del gasto público en el primer trimestre. Ante esta incógnita, pensamos que simplemente era otro arranque lento y que a partir del segundo trimestre se registraría un aumento en el gasto. De nuevo nos sorprendimos cuando vimos que el gasto público real disminuyó en el segundo trimestre e ingenuamente dijimos que sería a partir del tercer trimestre que empezaría a repuntar. El problema es que ya estamos en octubre y todavía nos queda el gobierno a deber.
El INEGI divulgó la semana pasada las cifras de la actividad industrial de agosto. La construcción de obras de ingeniería civil, que refleja fundamentalmente la inversión pública, registró una disminución de 1.83 por ciento respecto a julio (que anualizado equivale a -24.3 por ciento) y un decremento de 5.46 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Con este desempeño, la construcción pública cumple 24 meses al hilo con una tendencia negativa. Si examinamos la serie histórica desde 1993, encontramos que esta racha es la más larga (y por mucho), ya que en 1995 observamos una tendencia negativa de tan solo 14 meses y en 2000 una de 12.

Criterios Generales

Septiembre 10th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (1 Comments)

La semana pasada, la SHCP entregó al Poder Legislativo el Paquete Económico para 2015, que incluye los Criterios Generales de Política Económica (CGPE). Este documento es el sustento de la iniciativa de Ley de Ingresos y el Proyecto de Presupuesto de Egresos para el próximo año. Después de una lectura rápida (perdón, pero son como 200 páginas de mucho rollo), me llamó la atención dos aspectos: la revisión hacia bajo de la estimación de crecimiento para el PIB en 2015 y el déficit público que propone el Ejecutivo.
Cuando empezó la administración actual hace un par de años, la SHCP nos dijo que el crecimiento “inercial” con buena perspectiva externa era alrededor de 4.0 por ciento. Sin embargo, si es que se aprobara una serie de reformas estructurales pudiéramos crecer por arriba de 5.0 por ciento anual. En 2013 se estimaba que pudiéramos crecer 3.5 por ciento y ya para 2014 estaríamos cerca del 4.0. Ya con reformas, el gobierno nos dijo que a partir de 2015 creceríamos 4.7 por ciento y en los subsecuentes años todavía más.
No obstante que ya se veía que el Pacto para México permitiría aprobar las reformas, prácticamente todas las encuestas señalaban expectativas de mucho menor crecimiento en los siguientes años. La razón que se daba era que era muy difícil a priori estimar el impacto de las reformas en el crecimiento. Habría que esperar para ver el contenido de las mismas y de las leyes secundarias antes de cualquier revisión hacia arriba. Solo Banorte se atrevió a decir que creceríamos 5.0 por ciento en 2015 gracias a las reformas. Incluso, ni siquiera el Banco de México tenía una mayor estimación a raíz de las reformas.
Pues finalmente se aprobaron todas las reformas y conocemos todas las leyes secundarias, por lo que ahora ya todos pueden mejorar sus expectativas. La primera noticia es que la SHCP decide revisar un punto porcentual completo su expectativa, pero ¡a la baja! Ya con once reformas estructurales, nos dice SHCP que vamos a crecer 3.7 por ciento en 2015, por debajo de la tasa inercial y por debajo del promedio de los tres últimos años del sexenio anterior.
Lo segundo que llama la atención es que en CGPE de 2013 el gobierno nos dijo que el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) llegaría a 37.0 por ciento del PIB ese año y posteriormente bajaría a 35.4 por ciento en 2018. Ahora nos dice que fue 40.4 por ciento en 2013 y llegará a 42.3 por ciento en 2018, ¡6.9 puntos porcentuales mayores al compromiso de hace dos años!
Peor aún, para cumplir con la Ley de Responsabilidad Hacendaria, en vez de reducir el déficit hasta llegar a un presupuesto balanceado, el gobierno simplemente propone cambiar la definición de balance fiscal. Hace unos años, el gobierno dijo que dejaba de incluir parte del gasto (la inversión de Pemex) en la definición para llegar al “balance”. Muy fácil, si no puede cumplir, mejor cambiar la definición. Ahora vuelve a lo mismo, dejará de incluir en el gasto en 2015 la inversión en CFE y otras entidades para dizque cumplir con la reducción en el déficit y cambia la definición de los RFSP para llamar ahora “financiamiento” a lo que se consideraba gasto (adquisición y venta de activos financieros no liquidas). De esta manera, nos presenta una “reducción” en los RFSP de 0.2 puntos porcentuales del PIB (de 4.2 a 4.0 por ciento), a pesar que el Saldo Histórico de la deuda aumentará 1.1 puntos (de 42.2 a 43.3 por ciento del PIB).
México ha tenido problemas estructurales serios de endeudamiento excesivo a lo largo de su historia. Desde que nacimos como República en 1823 ya teníamos una deuda externa que no podíamos pagar. El problema era tan serio que prácticamente no se pudo resolver hasta 1942 mediante el Acuerdo Suárez-Lamont, que logró una quita de la deuda de alrededor de 90 por ciento con 30 años para pagar, siendo los primeros 20 de gracia. Sin embargo, empezamos de casi cero en la década de los sesenta hasta llegar de nuevo a una proporción explosiva a principios de los ochenta. De nuevo, tardamos más de una década en resolver el problema (también mediante quitas de la deuda), hasta volver a tener niveles controlables. Sin embargo, a partir de 2007 empezamos de nuevo a viajar por el largo camino sinuoso del sobreendeudamiento. De seguir esta trayectoria, enfrentaremos otra crisis en algunos años más.
Nada más en México se puede tener un déficit fiscal de 4.0 por ciento del PIB y cumplir con una ley que dice que debe ser cero. Nada más aquí se pueden aprobar reformas estructurales para promover el crecimiento y crecer menos.

Estamos todos muy conscientes del estancamiento de la actividad económica del año pasado. Las cifras oficiales del INEGI del Sistema de Indicadores Cíclicos clasifican el comportamiento de la economía como “recesión”. A pesar de que empezó el sexenio con muchas expectativas y promesas de más crecimiento a raíz de unas maravillosas reformas, numerosos factores tanto internos como externos se conjuntaron para apagar la marcha de la economía. El crecimiento del PIB de 2013 fue menos de la mitad del promedio anual del sexenio anterior, que a su vez fue el menor de los últimos cuatro sexenios.

Ya arrancamos abril, por lo que el primer trimestre de 2014 ya terminó. En principio, ya se aprobaron todas las reformas, la economía de Estados Unidos ha mejorado y el gobierno está gastando lo que nunca se había visto. Pero la economía sigue estancado. Prácticamente todos los indicadores económicos disponibles a la fecha apuntan a que el crecimiento de este trimestre no será mayor al anterior y posiblemente hasta menor. Si la actividad económica no empieza a responder en estos siguientes meses, no solamente vamos a ver serias revisiones a la baja en las proyecciones de crecimiento para el año, sino que nos vamos a acercar a las elecciones de mitad del sexenio con una población decepcionada, frustrada y muy desilusionada. La promesa implícita del gobierno de que las reformas era la panacea para todos nuestros malos simplemente quedará en el incumplimiento.

Ayer se reportó el Indicador IMEF de marzo con resultados mixtos en el mejor de los casos. Por un lado, el Indicador Manufacturero registró 52.7 puntos, el mejor nivel que se ha observado desde agosto de 2012. Después de cinco meses de una tendencia lateral y cercana al umbral de los 50 puntos, por fin parece ser que comenzó una tendencia al alza. Pudiéramos pensar que la mejora en la actividad económica de Estados Unidos empieza a impulsar una mayor demanda por nuestros productos, por lo que la actividad manufacturera mexicana está respondiendo. Sin embargo, debemos tener cuidado con esta interpretación, ya que es una recuperación incipiente y todavía muy frágil. No obstante, la buena noticia es que pudiera estar por reactivarse nuestro principal (¿y único?) motor de crecimiento.

Sin embargo, el Indicador IMEF No Manufacturero cayó un punto en marzo y registra el tercer mes al hilo con disminución. Las actividades terciarias (comercio y servicios) muestran una debilidad creciente, signo de que la economía interna sigue estancado. Confirman el hecho las importaciones de febrero, que registraron caídas significativas, en especial en los bienes de consumo (reflejo del gasto de los hogares) y de los bienes intermedios (reflejo de la producción de las empresas). El Banco de México reporta una disminución en la tasa de inflación, pero reconoce que la falta de presiones inflacionarias (a pesar de los efectos nocivos de la reforma fiscal) se debe a la presencia de una brecha de producción negativa, que significa una actividad económica débil que crece muy por debajo de su potencial. Otros indicadores, aunque todavía de enero (como construcción y ventas al menudeo) confirman básicamente el mismo mensaje.

Pero, ¿por qué no arranca la economía? La respuesta es relativamente sencilla: la reforma fiscal del gobierno es recesiva. Los hogares tienen un ingreso personal disponible menor y enfrentan precios mayores, mientras que las empresas tienen ahora menos incentivo para invertir, ya que no pueden deducir la totalidad de su gasto como antes. En vez de combatir la informalidad, el gobierno introdujo medidas que lo incentiva, ya que le hizo la vida más difícil al sector formal.

¿Cómo funciona la política fiscal anticíclica en otros países como Estados Unidos? Cuando enfrentan una recesión, el gobierno disminuye los impuestos para incrementar el ingreso de los hogares y así incentivar el consumo. ¿Qué hizo el gobierno mexicano? Justo lo contrario. Le quitó recursos a los hogares para financiar un mayor gasto público. Sin embargo, es un gasto menos productivo y menos generador de empleo. Al mismo tiempo, aumentó el déficit fiscal que implica buscar financiamiento en el mercado, compitiendo por recursos con el sector privado. Cada peso más que agarra el gobierno del mercado, es un peso menos disponible para la inversión de las empresas y de los hogares. No es un aumento del gasto total, sino un desplazamiento de una parte por otra.

El año pasado, la economía no creció por culpa de factores internos y externos. Parece ser que este año serán solo los internos.

Publicado en el Periódico Reforma

 El Presidente Vicente Fox declaró el martes pasado que su política económica es de un “desarrollo estabilizador”, aludiendo a que ha buscado crecer sin inflación.  Sin embargo, esta no es una etiqueta que pueda utilizar libremente, ya que está reservada para describir el modelo de desarrollo de los años sesenta.

De hecho, los derechos de autor corresponden a Antonio Ortiz Mena, quien fue Secretario de Hacienda del primero de diciembre de 1958 al 16 de agosto de 1970.  Ortiz Mena utilizó la frase “desarrollo estabilizador” para describir la política económica que él, junto con Don Rodrigo Gómez (Director General del Banco de México), llevaron a cabo en los sexenios de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.  Esta resultó en un crecimiento económico elevado y sostenido, en un ambiente de estabilidad de precios.

Seguramente, lo que Fox quiso decir es que su política ha impulsado el crecimiento económico sin generar presiones inflacionarias.  Sin embargo, no quiso aludir a que su sexenio sea similar al desarrollo estabilizador de Ortiz Mena.  Lo más probable es que Fox no sepa bien las características de la política económica de aquella época y posiblemente ni siquiera sabe que es una frase reservada para referirse al modelo económico que se utilizó hace ya cuarenta años.

La verdad es que no le conviene la comparación.  De entrada, el crecimiento promedio anual del desarrollo estabilizador fue 6.3 por ciento, mientras que el de los cuatro años que llevamos de la administración actual, es de 1.6 por ciento.  La inflación promedio de esa época fue 2.2 por ciento y la de Fox es de 4.8 por ciento.  Esto significa que Fox ha logrado una cuarta parte del crecimiento económico, en un ambiente de más del doble de inflación.  De entrada, esto parece indicar que Fox no está ni siquiera cerca de obtener los resultados que obtuvo el desarrollo estabilizador de Ortiz Mena.

Pero la comparación es realmente peor de lo que suena, ya que el desarrollo estabilizador se caracterizó por muchos aspectos que Fox ha buscado evitar.  El presidente presume que su política económica ha logrado reducir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso.  La crítica más grande del desarrollo estabilizador fue que empeoró la distribución del ingreso y nunca logró que los beneficios de un mayor crecimiento económico llegaran a las clases más necesitadas.  Luis Echeverría, el presidente que terminó con el modelo de Ortiz Mena a partir de 1971, lo reemplazó con el modelo de “desarrollo compartido”, que precisamente buscaba enmendar estos defectos.  Por lo mismo, presumir de un “desarrollo estabilizador” que mejora la distribución del ingreso y reduce la pobreza, es una contradicción total de términos.

El desarrollo estabilizador termina trágicamente con la muerte de Don Rodrigo Gómez el 14 de agosto de 1970 y con la renuncia, dos días después, de Antonio Ortiz Mena como Secretario de Hacienda.  Al poco tiempo, Ortiz Mena es nombrado Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) donde realizó una gestión de 17 años.  A pesar de los buenos resultados en materia de crecimiento económico y estabilidad de precios, Ortiz Mena fue severamente criticado por la izquierda mexicana.  Por ejemplo, podemos leer el libro de Carlos Tello, escrito en 1979, “La Política Económica en México 1970-76” (Siglo Veintiuno Editores), en el cual justifica la dirección tomada a partir del sexenio de Echeverría con base en los malos resultados del desarrollo estabilizador de Ortiz Mena.  Tello alega que el crecimiento económico únicamente benefició a la élite empresarial y provocó una distribución del ingreso todavía más inequitativa.

Obviamente, Ortiz Mena siempre defendió su modelo.  Por ejemplo, podemos leer el libro que escribió en 1998, “El Desarrollo Estabilizador: Reflexiones sobre una Época” (Fideicomiso Historia de las Américas, Serie Hacienda, El Colegio de México y Fondo de Cultura Económica).  Ortiz Mena y algunos economistas posteriores (como Leopoldo Solís), tradicionalmente caracterizaron los años entre 1940 y 1970 por dos periodos principales: el de crecimiento sostenido con inflación de 1940 a 1958 y el del desarrollo estabilizador de 1958 a 1970.  Ortiz Mena defendió su época principalmente como una de disciplina fiscal y monetaria, que condujo a la estabilidad aludida y provocó las condiciones propicias para el crecimiento sostenido.

Sin embargo, esta visión tan halagadora del desarrollo estabilizador fue cuestionada por Enrique Cárdenas, posiblemente el historiador económico contemporáneo más influyente de nuestro país.  Cárdenas, quien es de los pocos economistas serios que se dedican de lleno a estudiar la historia económica de México, fue hasta hace algunos años rector de la Universidad de las Américas.  Él prefiere dividir las décadas de los cincuenta y sesenta en dos periodos distintos: el del crecimiento económico sano de 1950 a 1962 (también se refiere a este periodo como de crecimiento sostenido con choques externos) y el de alto crecimiento con debilidad estructural de 1963 a 1971.  Esta diferenciación excluye la inflación como característica endógena de la economía y se concentra más en la capacidad de la economía para mantener un ritmo sostenido de crecimiento económico.

Para Cárdenas, la mayor inflación de los cincuenta se debe a la existencia de choques externos y no a una menor disciplina fiscal y monetaria.  De hecho, él argumenta que hubo mayor disciplina en los cincuenta que en los sesenta.  La ausencia de inflación en los sesenta se debió más bien a la ausencia de choques externos.  Por ejemplo, el déficit fiscal acumulado de la década de los cincuenta apenas alcanzó 0.3 por ciento del PIB, un promedio de 0.03 por ciento.  En cambio, en los años sesenta, la cuenta pública se volvió crónicamente deficitaria y el déficit fiscal fue creciendo ligeramente año con año.  Inclusive, esta década fue criticada por la ausencia de una reforma fiscal.

Pero lo más severo de la década del “desarrollo estabilizador” fue la debilidad estructural que provocó a través del proteccionismo desmedido, los subsidios crecientes y una estructura oligopólica de los mercados.  Las características de la industria eran de ineficiencias escondidas, altas tasas de ganancia y un debilitamiento gradual de las finanzas públicas.  Por lo mismo, hubo la creación de muchas empresas y sectores que subsistían en condiciones antieconómicas y un deterioro de las cuentas externas que condujeron a un endeudamiento externo severo.

¿Esta es la política económica que presume Fox?