Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Existen muchos indicadores económicos para el seguimiento mensual de la coyuntura. En los primeros días de cada mes, contamos con la familia de indicadores de difusión, como las de confianza del consumidor y empresarial, el indicador IMEF y el IPM del INEGI. Estos son de percepción, que dan brochazos de dirección, más no cantidades, de ciertos aspectos de la economía. Enseguida, contamos con indicadores de dos asociaciones, la AMIA y la ANTAD, que dan cuentas rápidas de las ventas de sus agremiados. La AMIA nos dice cuántos vehículos se produjeron, cuántos se exportaron y cuántos se vendieron en el mercado local. Esta es una información valiosa, ya que, aunque no representa la totalidad de la industria, muestra claramente la dirección de una parte significativa del sector manufacturero más importante del País. La ANTAD reporta la tasa anual de crecimiento nominal de las tiendas afiliadas, que representa una muestra interesante del comercio formal al por menor.

No es hasta la cuarta semana del mes que empezamos a tener los primeros indicadores “duros” de la actividad económica nacional del mes anterior. Estos son las cifras oportunas de la balanza comercial y el reporte laboral, que consiste en la tasa de desempleo urbano y algunas cifras más complementarias del mercado laboral. Las primeras sirven para conocer la actividad exportadora del mes, un motor de crecimiento fundamental de la economía e indicador de la producción manufacturera y las importaciones, que reflejan la demanda agregada de la economía. Aun así, dada que la información se presenta en dólares nominales, en ocasiones no refleja fielmente el volumen que posteriormente se incorporará en el cálculo del PIB. Por ejemplo, en 2015 las exportaciones en dólares crecieron 0.8 por ciento, mientras que en pesos reales aumentaron 9.0 por ciento.

El INEGI informó que las exportaciones siguen a la baja en el quinto mes del año, ya que disminuyeron 2.3 por ciento respecto al mes anterior. A estas alturas del año, las exportaciones acumuladas muestran disminuciones respecto a los primeros cinco meses del año anterior: las petroleras 38.7 por ciento, las automotrices 2.8 por ciento y las manufactureras no automotrices 3.1 por ciento. Estas cifras apuntan a que las exportaciones este año van a contribuir mucho menos al crecimiento del PIB que en 2015 y que pudiera ser la fuente principal de una desaceleración económica. Por el otro lado, las importaciones acumuladas del año muestran tasas negativas en los bienes de consumo y de uso intermedio no petroleros y los de capital, reflejo en parte de una desaceleración en la demanda agregada, pero seguramente también como consecuencia directa del aumento en el tipo de cambio. El balance final del comercio exterior no es buena noticia para el desempeño económico del País; augura mal mes, por lo menos para la producción manufacturera.

También acaba de divulgar el INEGI las noticias sobre el desempeño del mercado laboral. La tasa de desempleo urbano es un excelente indicador de la coyuntura, ya que tiene una elevada correlación con el Índice Compuesto de Indicadores Coincidentes, que mapea el ciclo económico. Desde el año pasado, observamos una mejoría paulatina en esta tasa que, en conjunto con otros indicadores, explica el desempeño mejorado en el consumo de los hogares. La mala noticia es que aumenta por segundo mes consecutivo al registrar 4.91 por ciento (hace dos meses se ubicaba en 4.75 por ciento). La buena noticia es que la tendencia-ciclo de la tasa todavía muestra una tendencia (ligera) a la baja. Sin embargo, un mes más al alza y seguro que veremos de nuevo una tendencia también al alza. Si se interrumpe la mejoría observada desde el año pasado, es posible que empecemos a ver una desaceleración en el consumo de los hogares, que seguramente implicaría crecer menos este año.

Si utilizamos la información que proporciona el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA) del INEGI sobre los ciclos económicos de México (a partir de 1980), resulta que la fase de expansión actual (83 meses a marzo) es la más larga de los 36 años de datos que tenemos. En 2013, estuvimos muy cerca de entrar en una recesión, pero milagrosamente la libramos. Los datos actuales apuntan hacia una mayor desaceleración. ¿Estaremos cerca del final de este ciclo?

Los indicadores económicos que se han dado a conocer en las últimas semanas han sido en su gran mayoría negativos. Cada cifra no solo apunta hacia una mayor desaceleración, sino incluso, sugiere que la debilidad económica es mucho mayor de lo que habíamos previsto. Si le agregamos al escenario una política monetaria más restrictiva y una política fiscal menos laxa, pudiéramos estar acercándonos a una posible recesión.

En junio el Indicador IMEF Manufacturero se desplomó 3.9 puntos para ubicarse en un valor de 47.5 unidades. La magnitud de la caída es la segunda más pronunciada en la historia del indicador, solo superado por la de noviembre de 2008 (-5.4 puntos), mientras que el nivel es el más bajo observado desde junio de 2013. En Indicador IMEF No Manufacturero también registró una caída vertiginosa de 3.0 puntos, la mayor en toda la historia del Indicador, para ubicarse en 47.8 puntos. Las magnitudes de ambos indicadores apuntan hacia una desaceleración mucho mayor a lo previsto en meses pasados, señal de una creciente posibilidad de entrar en un periodo de estancamiento (como en 2013), o bien, de estar cerca del inicio de una recesión (como en 2008).

Los datos del consumo privado de abril señalan un muy mal comienzo para el segundo trimestre al disminuir -2.21 por ciento, la tasa más negativa en lo que va el sexenio, mientras que la tasa anual se ubica ahora a tan solo 1.15 por ciento del mismo mes del año anterior. La tendencia-ciclo del consumo de los hogares empieza a registrar pendiente negativa por primera vez desde mediados de 2013. Algunos indicadores complementarios al consumo, como las ventas de las tiendas afiliadas a la ANTAD, empiezan a sugerir una desaceleración significativa. Las ventas reales de tiendas totales en mayo fue 3.5 por ciento respecto al mismo mes del año anterior, la tasa más baja reportada desde diciembre de 2014.

La inversión fija bruta reportada ayer registró una caída de -1.6 por ciento en abril respecto a marzo para ubicarse -2.1 por ciento por debajo de su nivel de hace un año. La adquisición de maquinaria y equipo muestra una clara tendencia negativa a partir de septiembre del año pasado, al registrar tasas negativas en seis de los últimos siete meses. Sin embargo, la sorpresa está en el desplome de -5.3 por ciento en la construcción no residencial, segmento que había mostrado el mayor crecimiento en los cuatro meses anteriores.

Las exportaciones muestran una clara desaceleración en lo que va el año. A nivel de cuentas nacionales (pesos reales), habían crecido 9.0 por ciento en 2015. Sin embargo, en el primer trimestre la tasa anual se ubica en 3.1 por ciento. No obstante, en dólares nominales observamos tasas negativas no solo en las exportaciones petroleras, sino también en las no petroleras. Las exportaciones manufactureras no automotrices empezaron a registrar una tendencia negativa hacia fines de 2014 y en mayo de 2016 mostraron un nivel similar a los promedios anteriores a 2012. Las exportaciones automotrices que fueron la joya de la corona a partir de 2010, empezaron a mostrar una tendencia lateral hacia fines de 2014 y a partir de este año una decreciente.

El consumo de gobierno disminuyó 0.83 por ciento en el primer trimestre de 2016, la tasa más negativa desde el último trimestre de 2006. Esta disminución llevó la tasa anual a -0.29 por ciento, la primera tasa negativa observada desde el último trimestre de 2003. La inversión pública continuó mostrando una tendencia negativa en los primeros tres meses del año, iniciada desde hace siete años. Disminuyó 3.0 por ciento respecto al trimestre anterior y -13.6 por ciento respecto al mismo periodo de 2015. Esta última tasa es la más baja observada desde el primer trimestre de 2002.

En otras palabras, todos los componentes del PIB por el lado del gasto, sin excepción, muestran desaceleración significativa o tendencia negativa. El gobierno federal acaba de anunciar otro recorte al gasto público, mientras que las autoridades monetarias subieron de nuevo la tasa de fondeo interbancario en otros 50 puntos base. El propio Banco de México nos dice que esto tendrá efecto negativo en el consumo de las familias y será menos atractiva la inversión.

Todavía existe la esperanza que estos datos son aberrantes, es decir, no marcan una tendencia negativa clara, sino solo ruido que se disipara pronto. ¿Será?

El INEGI empezó a divulgar indicadores cíclicos en el año 2000, cuando introdujo el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA). Se basó en la metodología que hoy se conoce como la escuela clásica, desarrollada originalmente por Wesley Mitchell y Arthur Burns y después seguido por Geoffrey Moore. Como la mayor parte de sus investigaciones fueron llevados a cabo en el seno del Buró Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos, también se conoce como la metodología del NBER. En su página de internet (www.nber.org/cycles) se puede consultar las fechas de las recesiones de su país a partir de diciembre de 1854 a la fecha. En México, el INEGI presenta información similar, pero solo a partir de enero de 1980.

El SICCA consiste en un índice compuesto de varios indicadores coincidentes para marcar el ciclo económico y otro compuesto de indicadores adelantados para anticipar los puntos de giro, que marcan las fechas cuando empieza y termina una recesión. Ambos indicadores son útiles, no solo para señalar periodos de recesión, recuperación y expansión en nuestro país, sino también para realizar comparaciones con Estados Unidos, que en muchas instancias determina nuestro ciclo. Sin embargo, hacia fines de 2010, el INEGI decide cambiar de metodología, para adoptar la escuela de crecimiento desarrollada principalmente por la OCDE en Europa. Nombrada Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), consiste igualmente en dos indicadores compuestos, coincidente y adelantado, pero que visualiza los ciclos de forma diferente. Mientras que el SICCA utiliza las definiciones clásicas de recesión y expansión, el SIC concibe un patrón de ciclos aun en periodos de crecimiento. Una recesión clásica se define a partir de un periodo extendido (de por lo menos seis meses) de contracción en la actividad económica, pero la escuela de crecimiento define periodos “recesivos” (de crecimiento decreciente por debajo de la tendencia de largo plazo) aun en el caso de una economía con crecimiento positivo. Por ejemplo, China está en una “recesión de crecimiento” al crecer tan solo 7 por ciento, por debajo de su tendencia de largo plazo.

El INEGI cometió varios errores al sustituir el SICCA por el SIC. Primero, no explicó bien al público que se trataba de dos escuelas diferentes, con metodologías distintas, que podrían llegar a conclusiones contradictorias. Segundo, decidió utilizar las mismas etiquetas de recesión, recuperación y expansión para definir etapas que no son las recesiones, recuperaciones y expansiones clásicas. En su momento, advertimos que esto podría llevar a confusiones tremendas en el momento en que la economía estuviera cerca de una recesión. Podría darse el caso, por ejemplo, que el SIC anunciara que estamos en recesión y el SICCA que no. El tercer error fue que el INEGI utilizó indicadores compuestos distintos para el SICCA y el SIC, por lo que todavía era más difícil su comprensión.

En 2013 pasó justamente lo que se había advertido. La actividad económica entró en una etapa de estancamiento, que no llegó a clasificarse como recesión según la escuela clásica, pero sí bajo el esquema del SIC. En su momento hubo grandes confusiones y debates innecesarios, provocados por el mal uso de la etiqueta “recesión”. Primero tuvo que salir la SHCP a desmentir los datos del INEGI y después el propio INEGI tuvo que expandir su boletín de prensa como por diez páginas más para tratar de aclarar los dos enfoques. Finalmente, pasó lo que tuvo que pasar: el INEGI anunció que va a cambiar los nombres de las fases que describen las fluctuaciones del ciclo en torno a su tendencia a largo plazo.

De ahora en adelante, el INEGI no llamara “recesión” a la serie coincidente cuando éste se sitúa por debajo de la tendencia y decreciendo, sino simplemente dirá que “está debajo de la tendencia y decreciendo”, aunque conservará el color rojo para ilustrar su ubicación en el “reloj de los ciclos” en su portal. De la misma forma, dejará de utilizar las palabras “recuperación” y “expansión”. En su lugar, simplemente dirá que está por arriba o por debajo de la tendencia y si está creciendo o decreciendo.

El INEGI aprovechó la ocasión para actualiza los indicadores que utiliza para construir los índices compuestos del SIC. Por ejemplo, para el coincidente sustituye el indicador agregado mensual por el IGAE y en el adelantado utilizará ahora el tipo de cambio bilateral en vez del multilateral. Ahora lo único que hace falta es usar estos mismos indicadores para actualizar el SICCA y así asegurar compatibilidad con el SIC.

A todos nos queda claro que hasta ahora una de las principales promesas incumplidas de este gobierno es la del crecimiento económico. De llegar a crecer 2.7 por ciento este año (la proyección de la SHCP), la tasa promedio de los primeros dos años de gobierno será 1.9 por ciento, por debajo del promedio de los últimos cuatro sexenios e incluso, menos que el promedio de los últimos 32 años. Hace dos años, nos dijeron que si de aprobarse una serie de reformas estructurales, a estas alturas ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento. Sin embargo, a pesar de tenerlas ya todas publicadas en el Diario Oficial, nos cambiaron el discurso: resulta que los beneficios se darán en el mediano o largo plazo. Si bien nos va, será a partir de la segunda mitad del sexenio, pero si no por lo menos a partir del sexenio entrante.
En estos dos años muchas cosas han pasado. Quizás lo más importante es aceptar la realidad de que las reformas no son la panacea y que será muy difícil crecer si no fortalecemos las instituciones, el estado de derecho y los derechos de propiedad, junto con un combate frontal a la corrupción, la informalidad y a la disolución de los poderes fácticos que protegen los monopolios y el abuso del poder. ¿De qué sirve reformar la Constitución y cambiar las leyes si no existe el pleno respeto y cumplimiento de las mismas? En otras palabras, estructuralmente no estamos listos todavía para crecer a mayores tasas.
Fueron muchos factores que explican la desaceleración y estancamiento de la actividad económica a partir de este sexenio. De entrada, dependemos mucho de nuestras exportaciones y el entorno externo no ha sido del todo favorable. Sin embargo, si analizamos cada factor a fondo, encontramos que lo que más ha limitado el crecimiento es la política fiscal. Primero, fue el proceso de consolidación fiscal y un subejercicio del gasto que casi empuja la economía a una recesión el año pasado. Posteriormente, vino la reforma hacendaria que se limitó a ser un esfuerzo recaudatorio profundo con efectos negativos en el ingreso personal disponible de los hogares y un golpe irremediable a la confianza del consumidor y empresarial. Peor aún, el esfuerzo recaudatorio no solo se limitó a quitarle más ingresos a los hogares y empresas, sino también a incrementar significativamente el déficit fiscal y la deuda pública, desplazando recursos que pudieran haberse destinado a inversiones del sector privado. Finalmente, nos encontramos con la sorpresa de que a pesar del enorme incremento de recursos en el erario, el gasto público ha disminuido sustancialmente este año. El INEGI reportó que el gasto público del segundo trimestre es el más bajo de los últimos 17, mientras que la inversión pública mantiene una tendencia negativa desde el último trimestre de 2010 a la fecha. El gasto público real del primer semestre de este año resultó todavía 0.9 por ciento menos que el mismo semestre del año pasado (que fue el afectado por la consolidación fiscal y el subejercicio del gasto).
Empezamos el año sabiendo que el consumo de los hogares estaría sumamente débil como consecuencia de la política fiscal del gobierno, pero con la esperanza de que aumentara el gasto público, en especial en inversiones físicas esenciales. El gobierno anunció un plan de infraestructura impresionante, que en parte debería reponer parte del daño causado por la reforma fiscal. Sin embargo, las cuentas nacionales registraron una contribución negativa del gasto público en el primer trimestre. Ante esta incógnita, pensamos que simplemente era otro arranque lento y que a partir del segundo trimestre se registraría un aumento en el gasto. De nuevo nos sorprendimos cuando vimos que el gasto público real disminuyó en el segundo trimestre e ingenuamente dijimos que sería a partir del tercer trimestre que empezaría a repuntar. El problema es que ya estamos en octubre y todavía nos queda el gobierno a deber.
El INEGI divulgó la semana pasada las cifras de la actividad industrial de agosto. La construcción de obras de ingeniería civil, que refleja fundamentalmente la inversión pública, registró una disminución de 1.83 por ciento respecto a julio (que anualizado equivale a -24.3 por ciento) y un decremento de 5.46 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Con este desempeño, la construcción pública cumple 24 meses al hilo con una tendencia negativa. Si examinamos la serie histórica desde 1993, encontramos que esta racha es la más larga (y por mucho), ya que en 1995 observamos una tendencia negativa de tan solo 14 meses y en 2000 una de 12.

Nueva Fase

Julio 9th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (2 Comments)

Hace unos días, el INEGI dio a conocer los resultados de su Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC) para abril. La buena noticia es que el Indicador Coincidente entró a la fase de “recuperación”, después de haber permanecido en la de “recesión” por 22 meses. Esto significa que el componente cíclico del indicador empezó a crecer por primera vez en 23 meses, aunque todavía se ubica por debajo de su tendencia de largo plazo. Si añadimos la información proporcionada por el Indicador Adelantado, que está creciendo y se ubica por arriba de su tendencia de largo plazo, muy pronto deberíamos encontrarnos ya en una nueva fase de “expansión”.

El Indicador Coincidente es un índice compuesto de seis indicadores que “coinciden” con el ciclo económico, por lo que ayuda a determinar si la economía se ubica por encima o por debajo de su tendencia de largo plazo y a la vez, si la brecha se está ampliando o reduciendo. Resulta importante recalcar que esta metodología de la OCDE, conocida como “ciclo de crecimiento” y adoptada por el INEGI, no utiliza el término “recesión” en su sentido original o clásico  Si se ubica por debajo de su tendencia y la brecha se está ampliando, este enfoque dice que la economía se encuentra en fase de recesión, aun si la actividad económica crece. En cambio, la definición clásica de recesión implica que la actividad económica está disminuyendo en forma generalizada y sostenida. Así es cómo debemos interpretar estas fases del SIC, es decir, estábamos en una brecha negativa respecto a la tendencia de largo plazo, más no en una recesión “clásica”.

Independientemente de la controversia que se suscitó a raíz de las grandes confusiones que generó el INEGI al introducir el SIC, debemos tomar la nueva trayectoria del indicador como señal positiva del rumbo de la economía. De entrada, tres de los seis componentes del indicador cíclico se ubican en “recuperación”, mientras que los otros tres están ya en “expansión”. Esto significa que mientras todos señalan una mejoría, el comportamiento de la actividad industrial, los asegurados permanentes del IMSS y la desocupación urbana se ubican incluso por encima de su tendencia de largo plazo.

Pero posiblemente la mejor noticia de todas en torno al SIC, es el hecho de que los seis componentes y el total aumentaron todos en abril, algo que no se había visto desde febrero de 2012 y que sólo ha ocurrido tres veces desde abril de 2004. Incluso, si examinamos los últimos (casi) 33 años después del boom petrolero (un total de 391 meses), encontramos que esto solo ha ocurrido en 41 ocasiones, es decir, cerca del 10 por ciento del tiempo. En otras palabras, parece ser que la tan anhelada mejoría económica, que tanto han prometido los funcionarios públicos, empieza a asomarse.

Hasta allí se acaban las buenas noticias; ahora vamos a poner todo esto en contexto. En los 22 meses que duró la tendencia negativa del Indicador Coincidente, los primeros 14 fueron de “desaceleración” (es decir, disminuyendo pero todavía por encima de la tendencia de largo plazo) y los últimos 8 fueron de “recesión”. Sin embargo, el pico registrado en abril de 2012 fue significativamente inferior a cualquier otro registrado desde que existen los datos del SIC, mientras que la “expansión” que tuvimos después de la gran recesión de 2008-2009 fue de las más breves. Si bien es cierto que la “recesión” fue muy ligera (poca profundidad y duración), también es de esperar que nuestra nueva fase de recuperación y posterior expansión serán muy lentas. En otras palabras, iniciamos una nueva etapa de crecimiento pero todavía no promete ser muy vigorosa.

Por último cabe señalar que el SIC mapea la economía en relación a su tendencia de largo plazo y los datos señalan que hemos estado muy cerca de esta tendencia en los últimos cuatro años. Lo que no revela el SIC es la tasa de crecimiento tal cual de la tendencia, ya que la iguala a 100 a través del tiempo. Sin embargo, podemos intuir que después de décadas de casi no crecer, la tasa debe ser muy baja. En otras palabras, si en los siguientes meses logramos crecer ya por arriba de 100, no podemos presumir de mucho, ya que de todos modos estaremos al borde de la mediocridad.

Si buscamos pasar del SIC a lo que pudiera implicar para el crecimiento del PIB, podemos intuir que la tendencia de largo plazo no puede ser muy superior al 2 por ciento. Posiblemente este año alcancemos crecer ligeramente más que el doble que el año pasado, es decir un poco más de ese 2 por ciento y todavía lejos de lo que necesitamos.

Escrito el 17 de junio de 2014 para Newsweek en Español.

 

Entre 1933 y 1981, México logró crecer a una tasa promedio anual de 6.19 por ciento, lo que permitió multiplicar el PIB por un factor de 19 en lo que fue casi 50 años. El crecimiento llegó a registrar un promedio anual de 9.11 por ciento en los últimos cuatro años de ese periodo, impulsado por el boom petrolero de los setenta. Pero con el derrumbe económico de 1982, se perdió por completo la habilidad de crecer, ya que la tasa disminuyó a un promedio por año de tan solo 2.21 por ciento los últimos 32 años, una de las más bajas de todo América Latina. Muchas personas culparon al Partido de la Revolución Institucional (PRI), el partido que había monopolizado el poder por 71 años consecutivos (1929-2000), por lo que decidieron en las urnas en 2000 darle la oportunidad al Partido de Acción Nacional (PAN). Sin embargo, en los dos sexenios en que sostuvo el poder (2001-2012), los gobiernos del PAN no pudieron mejorar la pobre actuación económica: Vicente Fox logró que la economía avanzara a un ritmo de 2.18 por ciento anual, mientras que Felipe Calderón registró una tasa promedio de 2.09 por ciento.

Ante la frustración del desempeño mediocre del PAN, la población decidió darle de nuevo la oportunidad al PRI, con la presidencia de Enrique Peña Nieto. En su campaña prometió impulsar las reformas estructurales que hacían falta y a retomar el crecimiento sostenido. Convenció a la mayoría de que solamente el PRI tenía la capacidad política para negociar con la oposición y que con su retorno por fin despejaría la economía. Con su victoria se presumió que había llegado el “momento México”. Inició su mandato con el lema “moviendo a México”, apoyado en grande por la prensa extranjera que ayudó a promover al país. Las agencias calificadoras se sumaron a la ola de optimismo, mejorando la calificación de riesgo soberano con el argumento implícito de que ahora sí el gobierno sabía qué hacer.

Sin embargo, no llegó el famoso momento México. El crecimiento económico del país en el primer año del nuevo gobierno no llegó ni siquiera a la mitad del promedio histórico de los últimos 32 años, mientras que el arranque de 2014 ha mostrado que la tendencia de estancamiento permanece igual. Todas las instituciones, analistas y académicos han revisado continuamente sus proyecciones de crecimiento a la abaja, hasta que recientemente el gobierno y el banco central tuvieron que admitir lo mismo. Por lo pronto, las perspectivas para este año giran alrededor de 2.5 por ciento, pero no debe sorprender que antes de finalizar el año observamos más revisiones a la baja.

¿Qué pasó con el momento México? ¿Por qué nunca llegó?

México fue de los ganadores después de la Gran Recesión

El crecimiento del PIB mexicano de 2001 a 2009 fue 1.3 por ciento promedio anual, el peor de toda América Latina. El contraste con las demás economías de la región fue enorme, ya que la década pasada fue muy favorable para la mayoría de los países latinoamericanos. Volteábamos a ver a Brasil, Chile, Perú y Panamá con envidia, que crecían muy por encima de nosotros. Al mismo tiempo, surge China como nuevo centro manufacturero mundial y nos empezó a comer el mandado. Peor aún, viene la gran recesión en 2008 y el PIB de México se desploma 4.7 por ciento. A pesar de una supuesta fortaleza macroeconómica, un sistema financiero saneado, una política cambiaria adecuada y relaciones de deuda externa relativamente buenas, tuvo uno de los peores desempeños a escala mundial. Al desplomarse el comercio exterior, México pierde su motor de crecimiento más valioso y la economía interna no supo responder.

No toda la retracción de la actividad económica provino de afuera. La sobrerreacción de las autoridades al virus H1N1, que paralizó por completo a la economía por un espacio importante, posiblemente contribuyó cerca de dos puntos porcentuales de los que disminuyó el PIB ese año. Pero aun así, México parecía maldecido y condenado al crecimiento mediocre.

Sin embargo, el panorama empezó a cambiar a partir de 2010 con un repunte significativo en las exportaciones no petroleras, a pesar de la lenta recuperación mundial. El PIB de México logró crecer 5.2, 3.8 y 3.9 por ciento en 2010, 2011 y 2012, respectivamente, para alcanzar un promedio de 4.3 por ciento en los tres años y crecer por arriba del promedio mundial. En estos años, México recapturó una porción del mercado norteamericano que había cedido a China y se empezó a escuchar de nuevo de la competitividad mexicana. No sólo la industria automotriz despegó a gran velocidad, sino también las exportaciones manufactureras no automotrices. Pero todavía más sorprendente fue que la economía interna empezó a responder y parecía tener por primera vez su propio dinamismo.

¿Cuáles fueron los factores que explicaron el mejor desempeño vis-a-vis los demás países? En principio, fueron tres: un reacomodo de líneas de producción (en especial en la industria automotriz) dentro de América del Norte, mediante el cual se buscó reducir costos de producción e incrementar la eficiencia a raíz de los efectos de la recesión en Estados Unidos; una moneda más competitiva (depreciada) a raíz del ajuste significativo que sufrió el tipo de cambio en 2008; y un cambio fundamental en la política económica de China, que coadyuvó a cerrar la brecha de los costos laborales unitarios entre ambos países.

A raíz de la profunda recesión de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las empresas automotrices estuvieron a punto de quebrar. Recibieron incluso ayuda gubernamental y tuvieron que implementar cambios profundos para volver hacer competitivos y rentables. Muchos de estos cambios involucraron cambios en sus líneas de producción de Estados Unidos hacia México, que en parte fue un reconocimiento de que la productividad de la industria automotriz mexicana no solamente era buena, sino de las mejores a escala mundial. A raíz de entonces, no sólo se observó nuevas inversiones en las plantas de capital norteamericanas, sino también en las europeas y asiáticas. El resultado fue que apenas un par de años después de la crisis, México había ganado mucha participación en la producción automotriz mundial.

En los años anteriores a la crisis, el dólar se había depreciado respecto a las principales monedas del mundo. Dado que el peso mexicano está muy ligado al dólar, México aprovechó parte de esta depreciación para incrementar sus exportaciones a países distintos a Estados Unidos. Como consecuencia de la crisis, el peso sufrió una depreciación significativa respecto al dólar en un momento en que el dólar se recuperó respecto a los demás países. De nuevo, México ganó competitividad hacia el exterior y se posicionó muy bien cuando el comercio exterior empezó a recuperarse.

Finalmente, China empezó a poner más énfasis en su mercado interno, empezando por otorgar mejores salarios a sus obreros. Como consecuencia, la distancia abismal que había entre los costos laborales de los dos países acortó y las ventajas de seguir produciendo en China se empezaron a mermar. Después de casi una década en la cual China absorbió una buena parte de la actividad manufacturera global, muchas empresas se dieron cuenta que los costos de logística y de transporte eran igual o más importantes que los laborales. Al final de cuentas, la cercanía geográfica de México y las posibilidades de abastecer oportunamente al mercado de Estados Unidos, volvió a posicionar a México como creciente posibilidad de producción manufacturera.

La mejoría económica en los tres años previos al arribo de Enrique Peña Nieto a la presidencia, fortaleció la creencia de que el nuevo gobierno podría tomar e incluso mejorar esta inercia. Si la ausencia de reformas estructurales fue uno de los factores que limitó el crecimiento en la era del PRI, entonces Peña Nieto tenía todo que ganar con impulsarlas. Sin embargo, con el cambio del sexenio vino una desaceleración frustrante que dejó a México al borde de una recesión.

La tormenta perfecta

Después de buen crecimiento por tres años, la actividad económica mexicana se desaceleró significativamente en 2013 para alcanzar apenas una tasa de 1.1 por ciento. Fueron muchos los factores, tanto externos como internos, que contribuyeron al mal desempeño. Una menor demanda por nuestras exportaciones en el exterior, la cancelación de cuotas de exportación de automóviles a Brasil y Argentina, una disminución pronunciada en las remesas y la recesión de Europa fueron algunos de los elementos externos. Mientras tanto, la crisis de la construcción, el menor gasto público, un desabasto de gas, inundaciones, incertidumbre en torno a las reformas estructurales, dudas en torno al cambio de sexenio y un deterioro acumulado en el poder adquisitivo de los hogares, fueron las causas internas.

El impulso principal para la actividad económica que planteó el gobierno entrante era su agenda ambiciosa de reformas estructurales. Los gobiernos anteriores no los pudieron aprobar debido a la oposición que tenían en el Congreso y a la falta de habilidad política para negociar y conciliar intereses. Sin embargo, el gobierno de Peña Nieto logró establecer el “Pacto para México”, que fue un acuerdo entre los principales partidos políticos para perseguir una agenda común. De aprobarse el decálogo de reformas, el crecimiento habría que detonarse.

Sin embargo, esta perspectiva no se materializó. A pesar de que algunas de las reformas se aprobaron en la primera mitad de 2013, las más importantes enfrentaron problemas mayores. La reforma fiscal terminó como una propuesta simplemente recaudatorio, sin enfrentar los verdaderos retos fiscales, mientras que la de telecomunicaciones y la energética se pospusieron hacia fines de año. Muchas de las leyes secundarias que debían seguir la aprobación de las reformas se empantanaron y no fueron aprobados hasta mucho después. Como resultado, el empuje que debió representar estas reformas no se materializó en 2013 y quedó claro que si se llegaran a materializar factores positivos de ellas, no serían sino hasta la segunda mitad del sexenio.

Pero más allá de las fallas que pudieran llegar a representar estas reformas, la actividad económica sufrió una serie de reveses, que no solo detuvo su crecimiento, sino que empujó a la economía hacia el borde de una recesión ligera. Lo que pasó fue como una tormenta perfecta, es decir, se conjuntaron varios factores negativos tanto externos como internos, casi todos al mismo tiempo, que detuvo la marcha de la economía. ¿Cuáles fueron estos factores?

Primero, a mediados del año anterior (2012) la demanda por las exportaciones no petroleras mexicanas empezó a desacelerarse. Las exportaciones automotrices dejaron de crecer a los ritmos anteriores, mientras que las manufactureras no automotrices se estancaron. Dado que las exportaciones son el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, se experimentó mucho menos dinamismo en las actividades secundarias, que a su vez dejaron de estimular el crecimiento de las actividades terciarias. Hubo una visible desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos (de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013) y específicamente en su producción manufacturera, que creció 2.2 por ciento en 2013 después de haber logrado una tasa de 3.9 por ciento en el año anterior. Al final de cuentas, las exportaciones no petroleras solo crecieron 4.0 por ciento en 2013, menos de la mitad de la tasa de 8.5 por ciento de 2012.

Segundo, al mismo tiempo dejaron de crecer las remesas familiares provenientes de Estados Unidos. A partir de julio de 2012 la tasa anual fue consistentemente negativa, afectando un ingreso complementario de muchas familias, que a su vez tuvo un efecto negativo sobre el consumo de los hogares. Dado que una parte significativa de estos ingresos se dedican a obras de autoconstrucción y remodelación de casas, también se vio afectada la rama de “trabajos especializados” dentro de la construcción.

Tercero, el gobierno de Calderón había dado un gran impulso a la vivienda de interés social, en especial mediante la construcción de casas habitacionales horizontales. Sin embargo, la gran mayoría fueron desarrollos en zonas apartadas de los centros de trabajo, esparcimiento y escuelas. Muchos gobiernos locales fallaron en proveer la infraestructura necesaria, por lo que miles de casas fueron abandonadas. A mediados de 2012, el gobierno decidió parar este tipo de edificación, en espera de una nueva reglamentación que favoreciera la vivienda vertical. No obstante, ante el inminente cambio de sexenio, el gobierno saliente le dejó el paquete a la nueva administración, lo que dejó prácticamente paralizado un segmento importante de la construcción. Peor aún, el nuevo gobierno no resolvió el problema de inmediato, lo que profundizó la crisis de la construcción en 2013. La mayoría de los desarrolladores de vivienda quedaron al borde de la quiebra, sin los recursos para volver a levantar el sector.

Cuarto, el gobierno de Calderón propuso utilizar la mayor parte del gasto público programado para 2012 en la primera mitad del año en busca en un efecto favorable en la economía antes de las elecciones. Esto implicó una disminución en el gasto en la segunda mitad del año, en especial en obras civiles y de infraestructura. Al entrar el nuevo gobierno, se intensificó la disminución en el gasto, muy visible en la inversión fija bruta del gobierno. En sí, el presupuesto aprobado para 2013 buscaba un balance fiscal, lo que implicaba un proceso de consolidación mediante una disminución en el gasto público. Pero aunado a esta restricción, la nueva administración tuvo un subejercicio de su gasto, por lo que su impacto negativo fue todavía mayor. No fue hasta el último trimestre de 2013 que el gobierno de Peña Nieto logró activar en forma el gasto público. Sin embargo, fue demasiado poco y tarde para lograr algún impacto significativo en la actividad económica.

Quinto, ante la promesa de reformas estructurales que implicaban nuevas oportunidades de inversión, el sector privado decidió posponer muchos proyectos hasta no saber bien cuáles iban a ser las nuevas reglas del juego. Primero habría que esperar para ver cuáles reformas se aprobarían y después cuáles serían las leyes secundarias. Aunado a la espera de las reformas, había incertidumbre en torno al cambio sexenal, que siempre tiene un efecto negativo en el primer año de cualquier sexenio. Esto también implicó una disminución en la inversión fija bruta del sector privado.

Sexto, a pesar de que la inflación general se ha contenido en los últimos años, los precios de los alimentos, de la gasolina y otros bienes con alto impacto en los presupuesto familiares, subieron mucho más que los sueldos y salarios, provocando una pérdida en el poder adquisitivo de muchos hogares. Aunado a los factores anteriores, esto incitó a una disminución en el comercio y a una eventual desaceleración en las actividades terciarias en su conjunto.

El resultado fue primero una atonía a partir de mediados de 2012, que posteriormente se convirtió en un estancamiento de la actividad económica en 2013. El gobierno fue severamente criticado a lo largo del año, ya que cada tres meses se veía forzado a revisar su expectativa de crecimiento a la baja: empezó el año anticipando una tasa de 3.5 por ciento, que revisó a la baja cuatro veces antes de admitir la tasa final de 1.1 por ciento para el año. Sin embargo, no solo fue el gobierno que no anticipó adecuadamente el crecimiento del año, sino también prácticamente a todos los analistas, instituciones financieras y organismos internacionales. Parte del problema fue, que aunado a todos los factores mencionados, hubo modificaciones importantes en las cuentas nacionales (cambio de año base y adecuaciones metodológicos), que terminaron por arrojar cifras de crecimiento económico menores a los que originalmente se habían reportados. En un principio, el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) reportó en mayo de 2013 que el PIB del primer trimestre de 2013 había crecido de 1.8 por ciento anualizado respecto al trimestre anterior. La cifra ya revelaba una economía menos dinámica, lo que llevó a muchos analistas a revisar a la baja su expectativa de crecimiento para el año, pero aun todavía en un rango ligeramente por debajo de 3 por ciento. Sin embargo, cuando el INEGI dio a conocer los datos del segundo trimestre en agosto, aprovechó para introducir el cambio de base (de 2003 a 2008), que resultó en una revisión del primer trimestre a 0.1 por ciento de crecimiento y una tasa negativa de 2.9 por ciento para el segundo. Por lo mismo, después de conocer los datos revisados los analistas tuvieron que revisar de nuevo a la baja sus perspectivas de crecimiento, esta vez ya por debajo de 2 por ciento. A pesar de que hubo una pequeña mejoría en el desempeño de la economía en el tercer trimestre, el cuarto volvió a estancarse y la economía terminó creciendo apenas 1.1 por ciento en el año.

La promesa de recuperación

Si revisamos detenidamente la lista de los factores que contribuyeron al bajo desempeño de 2013, encontramos que prácticamente todos fueron de naturaleza temporal, es decir, que deberían perdurar por mucho tiempo. Esto llevó al gobierno a prometer una recuperación vigorosa en 2014, primero como consecuencia de una recuperación en la economía de Estados Unidos y Europa y posteriormente apuntalado en una política de gasto público muy agresivo. Consistente con el lema que está utilizando el gobierno para promover el país, “moviendo a México”, la SHCP ha sido muy reacio a reconocer y admitir primero, que la economía no va crecer lo que originalmente proyectaron y segundo, que se tiene que revisar a la baja de nuevo las expectativas de crecimiento a raíz de errores de política económica.

Después de prometer resultados casi inmediatos, ante lo sucedido en 2013, el gobierno se vio forzado a admitir que los supuestos efectos benéficos de las reformas se darían [en el mejor de los casos] en el mediano plazo. Por lo mismo, para remediar la situación y reactivar la economía, el gobierno decidió primero plantear una reforma fiscal que proveería de más recursos al erario y después impulsar una ampliación significativa del déficit fiscal para financiar un incremento sustantivo en el gasto. De esta manera, abandonó prácticamente todos los planteamientos originales de la reforma en busca de una propuesta esencialmente recaudatoria. Dejó a un lado las propuestas de unificar el IVA al eliminar las exenciones y excepciones, no presentó propuesta alguna para incentivar el empleo formal y combatir la informalidad, eliminó deducciones que incentivaban la inversión, no buscó ampliar la base recaudatoria y terminó aumentando la tasa impositiva a los cautivos, los que desde antes pagaban la mayor tajado de los impuestos. Adicionalmente, introdujo una serie de nuevos impuestos y aumentos al IEPS que gravaban alimentos de alto consumo en los hogares.

El resultado final de la reforma fue una reducción en el ingreso personal disponible de los hogares, que trajo consigo una disminución en la confianza del consumidor y al mismo tiempo, desincentivó la inversión de las empresas y redujo igual la confianza empresarial. En el momento en que el consumo y la inversión privada necesitaban apuntalar la recuperación, fueron severamente castigados. Peor aún, el gobierno introdujo nuevas medidas de fiscalización y leyes para tratar de limitar el lavado de dinero, pero que empujaron a muchos consumidores y empresarios a retirar su dinero de los bancos y dejar de usar tarjetas de crédito. Como consecuencia, aumentaron significativamente las transacciones informales y cayeron las ventas en los establecimientos formales. En el primer trimestre del año, aumentó la demanda de dinero (base monetaria) más de 14 por ciento, mientras que el PIB nominal solo avanzó 5.1 por ciento.

En principio la estrategia del gobierno es de quitarle dinero a los hogares y empresas para incrementar sus ingresos y pedir prestado algo más al mercado vía un incremento importante en la deuda pública (tanta externa como interna), para aumentar así en forma significativa el gasto público. El primer problema con esta estrategia, es que el gasto público es menos eficiente en términos de su impacto sobre el crecimiento económico que el gasto privado. El segundo problema es que redujo el ingreso personal disponible a los que desde antes pagaban más impuestos en vez de ampliar la base gravable y eliminar a los grupos privilegiados. El tercer problema es que al acudir a los mercados financieros para financiar la ampliación del déficit, desplazó al sector privado de recursos que hubiera utilizado para invertir. El resultado es que el primer trimestre quedó estancado y se abortó las posibilidades de iniciar una recuperación de fondo.

Al concluir el primer trimestre, la SHCP reportó un aumento en el gasto público de alrededor de 8 por ciento real y en especial. Un aumento en inversión física de más del 17 por ciento. Sin embargo, la inyección de recursos públicos no parecía tener efecto alguno en el crecimiento. Sin embargo, más de un mes después, el INEGI reportó que el consumo público disminuyó 0.33 por ciento respecto al trimestre anterior y en especial, hubo una caída de 8.5 por ciento en la inversión público respecto al mismo periodo del año anterior. La SHCP no ha querido aclarar esta divergencia tan marcada en las cifras y tampoco reconocido que su última revisión a la baja en el crecimiento tendrá que ser revisada de nuevo (algo que Banco de México ya admitió).

Aunado a los errores de política gubernamental, el entorno externo no presentó la mejoría anticipada a principios de año. La economía norteamericana arrancó mal el año debido a condiciones climatológicas adversas, que afectó negativamente a la inversión privada, el gasto público y los inventarios. El resultado fue que el PIB estadounidense disminuyó 1.0 por ciento en el primer trimestre de 2014, por lo que no aumentó mucho la demanda por nuestras exportaciones. Afortunadamente, el consumo de los hogares siguió creciendo en Estados Unidos, por lo que el revés se ha interpretado como un fenómeno temporal. De hecho, las exportaciones mexicanas han mostrado una mejoría en los últimos meses.

El Indicador IMEF Manufacturero de mayo muestra una tendencia modesta al alza, por lo que se anticipa una mejoría en el ritmo de producción ya en el segundo trimestre. Sin embargo, el Indicador IMEF No Manufacturero registra una clara tendencia a la baja en los primeros cinco meses del año, signo de que el comercio y los servicios se mantienen estancados. El hecho de que el Banco de México decidiera reducir 50 puntos base la tasa objetivo de fondeo interbancario a 3.0 por ciento, es muestra de que la actividad económica todavía permanece estancada. La misma Junta de Gobierno recalcó que la mayor debilidad es el consumo y la inversión. La decisión sorpresiva subraya el hecho de que el rango esperado de crecimiento por las autoridades monetarias es seguramente ahora todavía más baja que el de 2.3 a 3.3 por ciento dado a conocer apenas hacia fines de marzo.

 

Expectativas de Crecimiento del PIB para 2014:

Antes y Después de Conocer los Datos del Primer Trimestre

                                                                                                      Antes                 Después

Oficial SHCP                                                                               3.9%                      2.7%

Oficial Banxico                                                                          3.5%                      2.8%

FMI                                                                                               3.0%                        n.d.

Banco Mundial                                                                         3.0%                      2.3%

Encuesta IMEF                                                                          3.0%                      2.6%

Encuesta LatinFocus                                                               3.1%                      2.9%

Encuesta Consensus Economics                                        3.0%                      2.6%

Encuesta Banxico                                                                    3.0%                      2.8%

Encuesta Banamex                                                                 3.0%                      2.8%

Fuente: recopilación propia de fuentes originales de cada Encuesta o Institución.

 

En la medida en que se vayan conociendo más datos duros sobre el desempeño de la economía en el segundo trimestre, se podrán ir afinando las proyecciones de crecimiento para todo el año. No obstante, las acciones del Banco de México y los indicadores oportunos disponibles (como el Indicador IMEF) apuntan a que esta ronda de revisiones a la baja todavía no concluye. Es de esperar que el nuevo consenso se ubique mucho más cerca al 2 que al 3 por ciento. Sin embargo, resulta interesante observar que aun la proyección más pesimista de ahora (cerca del 2 por ciento) implica cierta recuperación en la segunda mitad del año.

¿Qué se necesita para que se active la recuperación? Primero, una mejoría en el entorno externo que culmina en un incremento en las exportaciones no petroleras, que desde hace tiempo ha sido el motor de crecimiento de la economía. Sin una mejoría sustancial, difícilmente podremos ver que se materialice una recuperación que perdure. Segundo, una reactivación en el consumo e inversión privada, que para que ocurre se necesita una pronta absorción de los efectos negativos de la reforma hacendaria, algo que no queda tan claro que pueda ocurrir en el muy corto plazo. Finalmente, se necesita la aprobación final y completa de todas las reformas y leyes secundarias para dejar atrás el ambiente de incertidumbre prevaleciente.

El aumento en el gasto público no será suficiente para reactivar la economía, primero por su ineficacia y segundo, por el poco impacto de segunda orden que tiene sobre la actividad económica. Una buena parte del gasto va dirigido a programas sociales, subsidios y transferencias, que prácticamente no tiene repercusión. La inversión pública podrá ayudar en el margen, sin embargo, la mayor parte simplemente desplazará la inversión privada. Por lo pronto, es casi un hecho que el crecimiento de este año será de nuevo decepcionante. Habrá que esperar a 2015. Por mientras, estaremos esperando las nuevas revisiones a la baja en el crecimiento por parte de SHCP.

 

 

Los datos oficiales del INEGI del Sistema de Indicadores Cíclicos sirven para determinar en qué fase del ciclo económico nos encontremos, ya sea expansión, desaceleración, recesión o recuperación. La nota metodológica que aparece cada mes en su boletín de prensa dice claramente que para determinar si estamos en recesión o no, es necesario primero contar con por lo menos 21 meses entre el pico actual y el pico anterior (para asegurar que estemos en un ciclo distinto al anterior) y que existe por lo menos 9 meses de desaceleración desde el último pico. En cuando a estos criterios, existe más de cuatro años entre el pico actual y el anterior, mientras que llevamos 21 meses de desaceleración. Por lo mismo, según los datos y definición oficial del INEGI, la economía mexicana se encuentra actualmente en una recesión.

Este hecho ha causado algo de controversia, ya que varios funcionarios de primer nivel han desconocido el hecho. Parte es que para muchos la definición de una recesión es que existan por lo menos dos trimestres consecutivos de caída en el PIB. Sin embargo, este no es realmente su definición sino solamente una regla de aproximación. Está documentado que lo de los dos trimestres fue una idea al vapor del economista Arthur Okun cuando éste estaba al frente del Consejo Económico del Presidente Lyndon Johnson de Estados Unidos en 1967. En plena campaña electoral, existía preocupación por la percepción del público de que existiera una recesión. Okun introdujo la idea como una fórmula sencilla para convencer a la gente de que no estaban técnicamente en recesión. Fue una decisión arbitraria, sin fundamento teórico, que nació como una idea interesante en una campaña política para ayudar a que Johnson ganara las elecciones.

La definición exacta de una recesión fue establecida en la década de los 20 del siglo pasado por los economistas Wesley Mitchell y Arthur Burns, en el seno del Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos. Esta institución es una organización académica privada no lucrativa y sin afiliación partidista, que se dedica a promover un mejor entendimiento sobre el funcionamiento de la economía. La definición original y correcta es de una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto y abarca también al estado del empleo (se puede consultar en www.nber.org/cycles/). No se usa directamente al PIB para su determinación (ya que es de frecuencia trimestral), sino específicamente al ingreso real, el empleo, la producción real y las ventas al menudeo (todos indicadores mensuales).

Investigaciones posteriores en el NBER, conducidas principalmente por el economista Geoffrey Moore (fundador del Instituto de Investigación de Ciclos Económicos, ECRI), encontraron que la mejor forma de reproducir los ciclos económicos y así aproximar las fechas de comienzo y fin de las recesiones era mediante la construcción de índices compuestos de indicadores coincidentes, que consistían justamente de los indicadores antes señalados. El NBER decidió establecer en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles de la actividad económica. Aunque el Comité ha señalado que no utiliza una fórmula específica para determinar los tiempos, el índice compuesto de indicadores coincidentes replica de manera fiel todas las fechas reportadas por el NBER.

En el año 2000 el INEGI desarrolló por primera vez el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA) con base en la metodología clásica del NBER. Con estos indicadores se pudo determinar de manera exacta el comienzo y fin de las seis recesiones que tuvimos hasta 2010. No obstante, en noviembre de 2010 el INEGI decidió cambiar de metodología y adoptar la escuela de los ciclos de crecimiento, empujado sobre todo por la OCDE. Así nació el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), que se utiliza de manera oficial para determinar los ciclos económicos y las fechas de comienzo y fin de las recesiones.

El índice compuesto coincidente que utiliza el INEGI en el SIC, consiste de seis indicadores, que tienen la propiedad esencial de replicar (coincidir) el ciclo económico. Estos son: la actividad económica (básicamente el IGAE), la actividad industrial, las ventas al por menor de establecimientos comerciales, el número de asegurados permanentes registrados en el IMSS, la tasa de desocupación (desempleo) abierto urbano y las importaciones totales.

La metodología de la OCDE consiste en desagregar el índice compuesto coincidente en sus componentes estadísticos, típicos de cualquier serie de tiempo: el patrón estacional, la tendencia-cíclico, la tendencia de largo plazo y el elemento aleatorio (conocido como ruido blanco). Lo primero que se hace es igual la tendencia de largo plazo a 100 a lo largo del tiempo y después ver el comportamiento de la tendencia-cíclico respecto a la tendencia de largo plazo. Si el indicador se ubica por encima de 100 y creciendo se dice que se ubica en su fase de “expansión”. Si se ubica por encima pero disminuyendo se encuentra en la etapa de “desaceleración”. Si el indicador cae por debajo de la línea de 100 y sigue disminuyendo, está en “recesión”, mientras que si empieza a crecer de nuevo entra en la fase de “recuperación” hasta que vuelva a cruzar la línea de 100. En otras palabras, las fases se determinan en función de que si el indicador crece o disminuye y su ubicación respecto a su tendencia de largo plazo.

Los últimos datos disponibles señalan a tres de los indicadores del índice compuesto en fase de recesión (ventas, asegurados y desempleo), mientras que los otros tres se sitúan en recuperación. Salvo los indicadores laborales, que todavía muestran mucha debilidad, los otros indicadores parecen mostrar señales de mejoría. Esto significa que esta recesión, que es poco profundo en comparación a cualquier otra recesión de la economía mexicana, está a punto de terminar y convertirse ya en recuperación.

Afortunadamente, el INEGI es hoy en día una institución autónoma, que se dedica a divulgar indicadores bien hechos y confiables aun cuando no señalan lo que quieren las autoridades. Queda claro que en otras épocas, las autoridades no hubieran permitido al INEGI publicar cifras que contradicen en forma tajante las declaraciones de los funcionarios. Ahora nos divertimos ver como los funcionarios tratan de desacreditar el trabajo del INEGI, negar públicamente lo que dicen las cifras y menospreciar su trabajo.

Hace unos días leí un artículo aquí en Arena Pública que argumentaba que la industria mexicana estaba en recesión exclusivamente por la transición política y que “la debilidad económica mexicana poco tiene que ver con la economía estadounidense”. Me sorprendió la ingenuidad del autor, ya que las exportaciones no petroleras son el motor principal de crecimiento del país, mientras que el gasto público siempre ha carecido de un efecto multiplicador importante. En otras palabras, cunado las exportaciones crecen poco, la economía interna pierde su dinamismo; en cambio, el crecimiento del gasto público tiene una muy baja correlación con el crecimiento del PIB. El mejor ejemplo lo vimos en 2009 cuando la economía se desplomó 4.7 por ciento como consecuencia de la caída en las exportaciones, a pesar del incremento en el gasto público.

El consenso sobre por qué se desaceleró la economía mexicana en 2013 es por un conjunto de factores, tanto externos como internos. Uno de estos es el ciclo político sexenal, pero está lejos de ser el único. Incluso, el gobierno terminó el año con un mayor gasto real respecto a 2012 y un déficit de 2.3 por ciento del PIB (comparado con el presupuesto original 2.0 por ciento). En cambio, las exportaciones, medidas en pesos reales, mostraron tasas negativas a partir del último trimestre de 2012.

El crecimiento del PIB de Estados Unidos se desaceleró de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013. Lo mismo sucedió con su producción manufacturera, que después de crecer 3.9 por ciento en 2012, solo avanzó 2.2 por ciento el año pasado. La menor demanda tuvo un impacto significativo en el crecimiento de nuestras exportaciones manufactureras, que en 2013 crecieron la mitad de lo que avanzaron en 2012. Sin lugar a dudas, la desaceleración de nuestro principal motor de crecimiento contribuyó significativamente al estancamiento de la economía mexicana. Decir lo contrario, es no entender el funcionamiento de la economía mexicana.

El INEGI dio a conocer los datos del PIB del segundo trimestre y las revisiones a todas sus series desde 1993 a la fecha por motivo de cambio de base a 2008. En pocas ocasiones se había visto tanta ansiedad previa a la divulgación de los datos de la actividad económica. Los más optimistas esperaban que el PIB creciera 2.5 por ciento (o más) a tasa anual, mientras que el consenso giraba alrededor de 2.2; en términos ajustados por estacionalidad (tasa marginal) la expectativa era de una tasa cercana a 0.4 por ciento. Los más pesimistas esperaban que el crecimiento no alcanzara 2.0 por ciento y que se reportara una tasa marginal negativa. No obstante, todos sabían que el elemento más enigmático sería el cambio de base, que implicaría modificaciones en todas las series históricas.

Finalmente, el INEGI anunció una tasa anual de 1.5 por ciento y una marginal negativa de 0.7 por ciento, claramente por debajo de todas expectativas. Pero también, el cambio de base implicó revisiones sustanciales a la baja para el primer trimestre, de tal forma que el crecimiento de la primera mitad del año resultó mucho más débil que anticipado. La SHCP había proyectado hace poco crecimiento de 1.8 por ciento en la primera mitad, mientras que ahora sabemos que fue solo 1.0 por ciento. Al final de cuentas, hasta los pesimistas resultaron muy optimistas en torno al reporte.

A todas estas cifras, podemos destacar diez puntos:

1)     El PIB creció 0.57 y 1.45 por ciento a tasa anual en los dos primeros trimestres, respectivamente, con un sesgo negativo en el primero y positivo en el segundo por efectos de calendario (año bisiesto, Semana Santa, días hábiles, etc.). Al corregir por estos efectos las tasas fueron 2.63 y 0.22 por ciento, respectivamente, por lo que podemos apreciar que tuvo una influencia importante.

2)     La tendencia-ciclo del PIB fue negativa en estos dos trimestres (-0.02 y -0.44 por ciento, respectivamente), lo que hace resaltar el estancamiento.

3)     La tasa anual de 1.0 por ciento de la primera mitad subraya los límites de crecimiento para el año: cualquier expectativa por encima de 1.0 por ciento para el año implica recuperación.

4)     La tasa marginal (desestacionalizada) de 0.74 por ciento del periodo es la primera negativa desde el segundo trimestre de 2009.

5)     La tasa anualizada (SAAR) del primer trimestre se revisó a la baja de 1.8 a 0.1 por ciento, mientras que la del segundo es -2.9 por ciento, ambas sustancialmente por debajo del PIB de Estados Unidos.

6)     El crecimiento promedio del sexenio de Calderón se revisa a 2.11 por ciento (de 1.93), el de Fox a 2.21 por ciento (de 2.15) y el de Zedillo a 3.29 por ciento (de 3.50), sin embargo, no cambia el orden de magnitud de los sexenios.

7)     Resulta curioso que a pesar de todas las revisiones, el crecimiento acumulado de 1993 a 2012 queda casi igual, a revisarse a 62.8 en vez de 62.3 por ciento.

8)     Resulta importante revisar todas las series para incorporar cambios a las bases históricas: PIB nominal, estatal, IGAE, cuentas satélites, etc., al igual que las relaciones al PIB como cuenta corriente, balance fiscal, deuda externa, etc.

9)     La tasa anual del IGAE de junio disminuye 0.4 por ciento, como resultado de caídas en todos los sectores: actividades primarias (-0.89), secundarias (-0.10) y terciarias (-0.03 por ciento), lo cual nos dice que el estancamiento es generalizado.

10)  No hay evidencia de una mejoría en los datos disponibles sobre la actividad económica de julio (índices de difusión, exportaciones automotrices, ventas del ANTAD, etc.), por lo que podemos anticipar un crecimiento todavía débil en el tercer trimestre.

Con estos nuevos datos del PIB, es muy probable que veamos ahora un nuevo consenso en el rango de 1 a 2 por ciento para 2013. Los que dudan de una recuperación en la segundo mitad del año esperarán una tasa más cercana a 1 por ciento, mientras que los optimistas ahora se situarán cerca del 2 (por debajo del pesimismo de apenas el mes pasado). Por lo pronto, la SHCP ya anunció ayer su nueva expectativa de 1.8 por ciento, lo cual implica una recuperación hacia 2.6 por ciento en la segunda mitad del año. Banxico revisó a fines del mes pasado su estimación a un rango de 2 a 3 por ciento, pero es casi un hecho que lo tendrá que afinar de nuevo. La encuesta quincenal de Banamex de ayer tiene una revisión a 2.3 por ciento, aunque es lógico pensar que la mayoría de los encuestados todavía no incorporan sus revisiones. Ya que todos terminan de digerir los números, aparecerá un nuevo censo claramente por debajo de 2 por ciento.

Veremos…

Desde que la agencia calificadora Standard & Poor’s (S&P) redujo la calificación de deuda soberana de los Estados Unidos el 5 de agosto pasado, los mercados financieros han vivido un periodo continuo de inestabilidad poco usual, reflejo de la incertidumbre que reina respecto a la evolución probable de la economía global.  En una primera instancia, hubo una disminución abrupta en los índices bursátiles parecida a episodios observados en el pasado.  Sin embargo, la alta volatilidad que caracterizó a los mercados en los meses siguientes ha sido totalmente inusual.

En una primera instancia, parecía que este periodo extendido de incertidumbre terminaría a fines de octubre cuando finalmente la Comunidad Europea llegó a un arreglo financiera para Grecia, que involucraba una quita de 50 por ciento de su deuda externa.  Sin embargo, el rechazo implícito por parte del Primer Ministro de Grecia al proponer un referéndum público, prácticamente garantizó la permanencia de la alta volatilidad por más tiempo.

Ésta volatilidad es reflejo de la gran incertidumbre que persiste en torno al rumbo económico.  No solamente se trata del riesgo de que Estados Unidos (y el resto del mundo) pudiera volver a entrar en recesión, sino además de las características específicas que lo pudieran acompañar: se empezaría con la tasa de desempleo más elevada al inicio que cualquier recesión anterior y una política económica totalmente agotada como instrumento contracíclico.  En otras palabras, mucha de la incertidumbre que se enfrenta ahora proviene del hecho de que entramos en terreno desconocido.  El ciclo económico actual se encuentra en una situación totalmente atípica y no sabemos qué implica.

Muchos analistas han subrayado el hecho de que los últimos indicadores disponibles no señalan una probable recesión, sino únicamente una desaceleración de la actividad económica de Estados Unidos.  No obstante, aunque no se llega a oficialmente reunir las especificaciones exactas para catalogar la siguiente fase del ciclo económico como recesión, queda claro que no habrá suficiente crecimiento económico por un buen rato para reducir la tasa de desempleo e iniciar una nueva expansión.  Esto significa un enrarecimiento de las perspectivas económicas y mayor dificultad para resolver los problemas estructurales actuales.

El patrón típico del ciclo económico que culmina en recesión empieza con una etapa de restricción monetaria que hace que las tasas de interés aumenten, en respuesta a una brecha del producto (output gap) muy elevada.  De entrada, estas alzas empiezan por inhibir al sector de la construcción, que siempre había sido de las más dinámicas.  Las empresas empiezan a reaccionar mediante una disminución en sus inversiones y en la producción misma con miras a reducir sus inventarios.  Los consumidores empiezan a ser más cautelosos y comienzan a disminuir sus compras.  Para aguantar la baja en ventas, las empresas buscan aumentar su productividad mediante una disminución en sus costos, en especial, en el laboral.  La tasa de desempleo empieza a subir y la economía entra de lleno en recesión.

Sin embargo, si ahora nos encontramos en una situación atípica, ¿cuáles son las diferencias?  Primero, no hemos padecido una etapa de restricción monetaria con tasas al alza; más bien, estamos observando una expansión monetaria sin precedentes con la tasa de política monetaria cerca de 0% y las tasas de mayores plazos en mínimos históricos.  El sector de construcción tiene ya prácticamente cuatro años en un estancamiento total, a partir del cual sería casi imposible que pudiera caer más.  Las empresas gozan actualmente de una productividad elevada, utilidades buenas y mucha liquidez, pero tienen un buen rato sin realizar inversiones.  Esto significa que posiblemente no realizarán más recortes, pero tampoco van a ampliar su capacidad instalada.  La política monetaria ha perdido efectividad, ya que las empresas no han dejado de invertir por falta de liquidez, sino por la percepción continua de incertidumbre y riesgo.  En la actualidad existe una gran oferta de fondos prestables, pero sin demanda.  Por lo mismo, el problema no se puede resolver aumentando aun más la oferta.

Si no existe la típica restricción monetaria, ¿qué pudiera encausar a la economía hacia una recesión?  Simplemente la gran incertidumbre prolongada, que inhibe la inversión, no alienta el consumo y por lo mismo, no invoca a algún motor de crecimiento.  En otras palabras, estamos al borde de entrar a la primera recesión provocada únicamente por expectativas negativas auto-realizables.

Por lo mismo, no debemos buscar señales de recesión mediante el uso de indicadores tradicionales, ya que no estamos anticipando una recesión tradicional.  Por ejemplo, hemos visto, sin excepción, que la curva de rendimientos en Estados Unidos se invierte justo antes de una recesión.  Sin embargo, por lo pronto es imposible observar dicho fenómeno, ya que las tasas de corto plazo se ubican cerca de 0%.  Para que se invirtiera la curva, las tasas de mayor plazo tendrían que ser negativas, lo cual no puede pasar.

Si pensamos que la recesión podría venir por la incertidumbre prolongada, entonces deberíamos concentrar nuestra atención en indicadores de confianza y de riesgo y no de condiciones monetarias.  Por ejemplo, los dos índices de confianza del consumidor de Estados Unidos (de la Universidad de Michigan y del Conference Board) se ubican actualmente cerca de los niveles mínimos observados en el peor momento de la gran recesión de 2008-2009, mientras que persiste la volatilidad de los índices bursátiles.  En la medida en que se mantienen estas condiciones estaremos más cerca de una nueva recesión o por lo menos, de un estancamiento prolongado.