Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Hay Pulso

Abril 4th, 2017 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Hacía fines del año pasado la economía marchaba a un paso lento, caracterizado por desequilibrios fiscal y externo crecientes. A pesar de un ajuste cambiario extraordinario a lo largo de dos años, nuestras exportaciones no crecían. A pesar de un gasto público sin precedente, la inversión pública seguía cayendo (por séptimo año consecutivo) y la deuda pública ya rebasaba 50 por ciento del PIB. Peor aún, tanto la política fiscal como la monetaria se tornaban más y más restrictiva, prometiendo un freno adicional a la actividad económica. La percepción de la situación económica del país reflejaba un pesimismo no visto en mucho tiempo. En ese momento, gana Trump la presidencia de Estados Unidos. En un par de meses vimos cómo se desplomaba el peso junto con la confianza empresarial y del consumidor.

Ya con el tipo de cambio tocando 22 pesos por dólar y la confianza del consumidor en mínimos históricos, los analistas que se dedican a tratar de anticipar el rumbo de la economía revisaban sus expectativas para el crecimiento a la baja. El consenso llegó a 1.5 por ciento, pero algunos esperaban todavía algo peor. Por ejemplo, las instituciones financieras más importantes como Banamex (1.2 por ciento), Bancomer (1.0 por ciento) y Banorte (1.1 por ciento) fueron de los más pesimistas. Incluso, una institución, BNP-Paribas, puso su expectativa en 0.0 por ciento para el año. No era para menos, ya que algunas de las primeras cifras, como el Indicador IMEF y las ventas de ANTAD, marcaban una clara tendencia a la baja.

Para tener una tasa de crecimiento más cercano a 1.0 por ciento, necesitaríamos anticipar una caída en el PIB en el primer trimestre del año. El escenario lo vea ante una inversión privada detenida por la incertidumbre que representaba Trump y ante un consumo privado más medido por la pérdida en el poder adquisitivo como consecuencia del incremento significativo en la inflación. Pero cuál ha sido la sorpresa que los primeros indicadores duros muestran que la actividad económica sigue creciendo. El INEGI reportó que el IGAE de enero creció 0.27 por ciento respecto a diciembre. Aunque no es una tasa tan robusta, sí implica un ritmo de crecimiento mayor a 3 por ciento y es la novena tasa positiva consecutivo para la actividad económica global. Fue producto de avances marginales en las actividades secundarias y terciarias y de una tasa muy significativa en las primarias. No todo va bien, pues la minería sigue a la baja y el comercio presentó una caída importante (¿saqueos?). Pero simplemente el hecho de que no hubo una tasa negativa en general para el mes fue excelente noticia.

Para febrero, ya tenemos dos indicadores adicionales con buen desempeño. Las exportaciones manufactureras avanzaron 3.6 por ciento en febrero y más aún, muestran una clara tendencia al alza. Las exportaciones no petroleras de enero-febrero se ubican 6.9 por ciento por encima del mismo bimestre del año anterior, mientras que las petroleras reflejan una recuperación muy importante. Dado que las exportaciones han sido el principal motor de crecimiento del país a lo largo de los últimos 24 años, su buen comportamiento es vital. También sigue a la baja el desempleo; la tasa urbano de 3.78 por ciento de febrero es la más baja desde que existe la ENOE desde enero de 2005. La mejoría observada a lo largo de los últimos 15 meses es de las más pronunciadas desde la que vimos después de la crisis “tequilera” de 1997 a 1999. Finalmente, la trayectoria del tipo de cambio en los últimos dos meses ha regresado el valor del peso a los niveles pre-Trump, claro reflejo de que se han revertido las preocupaciones extremas.

No todas las noticias son buenas. Más bien predominan señales mixtas. El desplome en las obras de ingeniería civil es impresionante, la edificación muestra una tendencia lateral desde hace buen tiempo y las ventas de ANTAD anticipan una desaceleración importante en el comercio. El incremento en la inflación en los primeros tres meses del año es sumamente preocupante, ya que anticipa una pérdida importante en el poder adquisitivo, fundamental para el consumo de los hogares. No obstante, la economía no se está colapsando como algunos anticipaban. Se mantiene cierto pulso, nada acelerado, pero lo suficiente como para relajarnos tantito. Con todo esto, es muy probable que veamos ahora revisiones al alza en las expectativas de crecimiento para el año.

El Desempleo

Octubre 26th, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

El INEGI dio a conocer los resultados de la ENOE en su entrega mensual para septiembre de 2016. Estas cifras son los primeros datos duros sobre el desempeño económico del mes. Los resultados muestran deterioro en algunos de los indicadores y mejorías en otros, pero en conjunto es un buen reporte.

De entrada, la tasa nacional de desempleo aumenta de 3.7 por ciento en agosto a 3.9 por ciento en septiembre. Pero más importante, la tasa de desempleo urbano aumenta a 5.0 por ciento, la tasa más elevada en lo que va del año y muestra una tendencia al alza en los últimos cuatro meses. Esta tasa es mucho más relevante que la nacional, ya que excluye el desempleo rural, cuya problemática es distinta ya que representa un mercado laboral mucho menos organizado. La tasa urbana había disminuido en forma importante en 2015 a un promedio de 5.1 por ciento, después de varios años estancado alrededor de 5.8 por ciento. Esta tendencia se mantuvo a lo largo de la primera mitad de este año, pero aparentemente ya toco fondo y ahora empieza a aumentar.

Por otro lado, la tasa de subocupación, que representa la población ocupada que tiene la necesidad y disponibilidad de trabajar más tiempo de lo que su empleo actual le permite, bajó a 6.9 por ciento, no solo una disminución significativa de 8.2 por ciento en agosto, sino además es la tasa más baja que se ha observado desde octubre 2008. Al mismo tiempo, la tasa de condiciones críticas del trabajo, que busca captar el empleo precario, disminuye a 13.2 por ciento en septiembre y así el trimestre en su conjunto disminuye por primera vez desde principios de 2014. Esta tasa se construye mediante la combinación de la población ocupada que trabaja menos de 35 horas a la semana por razones de mercado, la que trabaja más de 35 horas semanales con ingresos mensuales inferiores al salario mínimo y la que labora más de 48 horas semanales ganando hasta dos salarios mínimos. Finalmente, la tasa de informalidad laboral registró 56.9 por ciento, un nuevo mínimo histórico desde que existe la serie a partir de 2005. Esta tasa es la proporción de la población ocupada que es laboralmente vulnerable por la naturaleza de la unidad económica para la que trabaja o cuyo vínculo o dependencia laboral no es reconocido por su fuente de trabajo. Básicamente es la parte de la fuerza laboral que no cuenta con la formalidad y seguridad laboral que marca la ley.

En esta combinación de indicadores laborales que mejoran y empeoran, ¿dónde queda el balance? En la mayoría de los países (especialmente en las economías desarrolladas), lo más importante es la tasa de desempleo, ya que uno de los objetivos nacionales es tener el desempleo más bajo posible. Por lo mismo, en muchos casos (como el de Estados Unidos), es posiblemente el indicador más transcendental de todos. En este renglón México no se puede quejar, ya que por lo regular se ubica por debajo de la mayoría de los países desarrollados e incluso, por debajo de muchos emergentes. Por ejemplo, la tasa nacional actual de 4.1 por ciento se ubica en un nivel envidiable para muchos.

Pero el problema laboral principal de México no es el desempleo, sino más bien la calidad del empleo, su baja remuneración, falta de prestaciones marcadas por ley y su carencia de una seguridad básica para la mayoría. La pobreza elevada obliga a muchos aceptar el trabajo que sea con la remuneración que sea. Tenemos uno de los salarios mínimos más bajos del mundo, siendo que 67.5 por ciento de la población ocupada gana hasta tres salarios mínimos o menos; casi seis de cada 10 personas con trabajo trabajan bajo condiciones de informalidad. Si vemos las tendencias de la mayoría de los indicadores laborales, encontramos que han mejorado; sin embargo, la tasa de condiciones críticas mostraba una tendencia al alza desde mediados de 2014. En otras palabras, casi todos los mexicanos tienen trabajo, pero es precario y mal remunerado. México no necesita crear más empleo, necesita crear mejores empleos.

El hecho de que mejoren los indicadores de empleo, como el subempleo, el de las condiciones críticas y la informalidad laboral, es muy buena noticia. También hemos observado mejorías en el salario real pagado por hora trabajada. El problema es que todas estas mejorías son marginales, casi imperceptibles, por lo que todavía queda mucho camino por recorrer.

Cuatro Años

Septiembre 6th, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Mañana, 1 de septiembre, el Ejecutivo entregará su Cuarto Informe al Poder Legislativo. Al quien se toma la molestia de leerlo, seguramente encontrará puras maravillas. Sin embargo, sabemos que han sido cuatro años muy difíciles, de escasos logros y de muchos retrocesos. Por ejemplo, hace una semana el INEGI informó que había disminuido el PIB en el segundo trimestre respecto al primero, lo cual convirtió al periodo en el segundo peor del sexenio. Sin embargo, la SHCP presumió que el trimestre tuvo el mejor desempeño para un segundo trimestre desde 2012, claro mediante la trampa de incluir efectos de calendario y estacionalidad.

En el terreno político, tenemos una presidencia con la aprobación más baja en la historia, resultado de los múltiples escándalos de la Casa Blanca, Malinalco y el plagio de la tesis, en conjunto con eventos trágicos como Ayotzinapa y Apatzingán (y varias más), la fuga del Chapo, la vacilada de Virgilio Andrade y hasta la ratificación de Alfredo Castillo. Pero posiblemente ha pesado más la continua inseguridad y la impunidad rapante ante la corrupción extendida. Sin embargo, dejó el análisis de estos temas a mis colegas politólogos.

En el terreno económico, las noticias son peores. El crecimiento promedio anual de los cuatro años se ubica por debajo del promedio de los tres sexenios anteriores. Sin embargo, cada uno de los anteriores se enfrentó a una gran crisis: el “tequilazo” de 1995, la recesión de 2001-2002 y la gran recesión de 2008-2009. A pesar de no haber entrado en recesión este sexenio, el promedio no alcanza los anteriores que sí tuvieron. La herida se siente peor ante la promesa de crecer más del 5 por ciento con las reformas estructurales (o ya de perdida 3.5 por ciento sin reformas).

El gobierno ha presumido de la creación de empleo y la disminución en el desempleo. De hecho, la tasa de desempleo urbano de julio de 4.41 por ciento no solamente es la más baja del sexenio, sino la menor desde mayo de 2008. El problema es que el desempleo abierto nunca ha sido el problema laboral más apremiante del país; lo es el empleo precario y mal remunerado. Por ejemplo, la tasa de condiciones críticas de ocupación en mayo de este año registró su nivel más elevado desde mayo 2005, por arriba incluso del pico observado en la gran recesión de 2008-2009. La ENOE confirma que la gran mayoría de los empleos creados en los últimos años son de dos salarios mínimos para bajo. La misma encuesta muestra que el ingreso laboral real se ubica por debajo de los niveles observados a lo largo de los últimos ocho años (a pesar de una muy pequeña recuperación en 2015).

Una de los aspectos económicos que han presumido los últimos tres gobiernos es la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, la empresa calificadora Moody’s puso a México en “perspectiva negativa” en marzo, mientras que S&P hizo lo mismo en agosto, ambos cuestionando los desequilibrios macroeconómicos que se han ido formando en los últimos dos años y empeorando en 2016. Después de promediar 1.1 por ciento entre 2003 y 2013, el déficit en cuenta corriente superará 3.0 por ciento del PIB este año, a pesar de haber acumulado una depreciación significativa de la moneda. El incremento de aproximadamente 45 por ciento en los últimos dos años en el tipo de cambio es por mucho el ajuste más grande que se ha observado para un periodo similar desde que existe el régimen cambiario actual. Finalmente, el déficit fiscal tradicional como porcentaje del PIB de 2015 fue el más abultado desde 1990. Esto ha llevado a que la deuda pública como porcentaje del PIB se ubica más de 20 puntos porcentuales por encima del nivel observado en 2007.Los desequilibrios macroeconómicos se han acentuado a tal grado que las autoridades se han visto ante la necesidad de aplicar políticas fiscal y monetaria restrictivas a pesar de que la inflación se encuentra por debajo de su objetivo y que existe una brecha negativa del producto (estamos creciendo por debajo del potencial).

Por último, tenemos el logro de que la inflación registró su mínimo histórico a finales del año pasado y que liga 15 meses por debajo del objetivo puntual de 3.0 por ciento. Sin embargo, se empieza a cuestionar la medición de la inflación, ya que cada vez más no corresponde a lo que enfrentamos, tema que abordaremos la próxima semana.

El INEGI dio a conocer los resultados de la ENOE en su entrega trimestral para el segundo trimestre de 2016. A diferencia de la entrega mensual, ésta ofrece los resultados expresados en valores absolutos, es decir, en números de personas. El INEGI aplica las tasas de empleo y desempleo en sus diferentes modalidades a las proyecciones demográficas elaboradas por el Consejo Nacional de Población (CONAPO). Para el caso específico de este trimestre, la proyección de la población total del país es de 122,117,027 personas.

Expresar el desempleo en número de personas no es usual; la práctica es utilizar tasas para referenciarlo en términos relativos, es decir, respecto a la población económicamente activa o algún otro parámetro. No obstante, los datos presentados en esta versión de la ENOE nos sirven para el cálculo de ciertas tasas que el INEGI no reporta. Por ejemplo, a pesar de que las últimas recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo y de la Conferencia Internacional de Estadísticos de Trabajo (CIET) de 2013, establecen conceptos novedosos como la fuerza laboral potencial (FLP) y la brecha laboral, el INEGI no ha querido divulgarlos. El INEGI no reporta la FLP, pero proporciona la Población Económicamente Activa (PEA) y los disponibles para trabajar dentro de la Población No Económicamente Activa (DPNEA), que sumados da la FLP. La PEA como proporción de la población en edad de trabajar (15 años y más) es 59.6 por ciento, mientras que la FLP es 66.2 por ciento.

La brecha laboral es un concepto mucho más amplio y relevante que la tasa de desempleo abierto (DA), ya que suma al DA, el subempleo y el desempleo disfrazado, que como proporción de la FLP nos da una idea de las necesidades de trabajo en el mercado laboral. Esto es porque no solo tenemos que buscar empleo para los desempleados abiertos, sino también para los que trabajan apenas unas horas a la semana porque no encuentran un trabajo de tiempo completo y los que están desempleados, dispuestos a trabajar, pero no realizan una búsqueda activa. Para el segundo trimestre de 2016, la brecha disminuyó a 20.3 por ciento (de la FLP), para registrar su menor nivel desde el último trimestre de 2008. Esto fue porque el desempleo registró su tasa más baja desde el segundo trimestre de 2008, el subempleo su tasa más baja en lo que va el sexenio y el desempleo disfrazado su segunda tasa más bajo desde el tercer trimestre de 2008 (todas como proporción de la FLP).

Otro concepto que podemos derivar de los datos de la ENOE, pero que el INEGI tampoco lo reporta, es el del ingreso promedio real. Este indicador es de suma importancia, ya que el INEGI carece de indicadores de ingreso disponible por la forma de cálculo de las Cuentas Nacionales. Empezamos con una mala noticia, ya que los ingresos por hora trabajada disminuyen en el trimestre. Sin embargo, dado que aumenta el número de horas trabajadas por semana, hay un incremento en el ingreso promedio nominal. Al convertir el ingreso nominal a términos reales, encontramos que el INPC disminuyó respecto al trimestre anterior, lo que da un aumento en el ingreso promedio real de 0.8 por ciento respecto al primer trimestre del año y 1.9 por ciento respecto al mismo trimestre del año anterior.

Para completar el ejercicio, multiplicamos el ingreso promedio real por el empleo remunerado para tener una idea de la masa salarial real, que ayuda a explicar el consumo de los hogares. En esta ocasión encontramos un aumento en el trimestre en el empleo remunerado de 0.9 por ciento respecto al trimestre anterior (y 0.9 por ciento respecto al año anterior), después de una disminución de -0.7 por ciento en el trimestre anterior. El resultado es que el incremento en el ingreso se ve ampliado por el aumento en el empleo, por lo que la masa salarial real aumenta 1.7 por ciento respecto al trimestre anterior y 2.8 por ciento respecto al año anterior.

¿Qué nos dicen estas cifras? La disminución de la brecha laboral es definitivamente positiva, aunque el ingreso por hora trabajada haya disminuido. Lo último se compensa con más horas trabajadas y mayor empleo remunerado, por lo que aumenta la masa salarial. Esto significa que las familias tienen más ingresos para poder seguir consumiendo. Buenas noticias.

El pasado viernes 13 de mayo, el INEGI dio a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) en su entrega trimestral. Los datos que reporta para el primer trimestre son muy interesantes. Sin embargo, antes de comentar cifras, permítame mi queja tradicional sobre lo mal escrito que está el boletín de prensa. Todos sabemos que el indicador más significante de este informe es la tasa de desempleo. No hubo ni un solo medio que reportó alguna otra tasa primero, pues es obvio su importancia. Pero si leen ustedes el boletín, encontrarán que ni siquiera se menciona en la primera página. Habla primero de la población económicamente activa y de la población ocupada, cifras irrelevantes (en términos relativos) ante el interés del público. Nunca he entendido, no entiendo y no entenderé por qué el INEGI insiste en esta manipulación tan tonta. En fin…

De entrada, hay muy buenas noticias, pues la tasa de desempleo abierto nacional bajó a 4.21 por ciento, la más baja para un trimestre desde el tercero de 2008, es decir, desde la gran recesión de 2008-2009. También, la tasa de subempleo, que contabiliza las personas que no han logrado encontrar un trabajo de tiempo completo, bajó a 8.02 por ciento, que es una de las tasas más bajas observadas en los últimos seis años. Finalmente, la tasa de desempleo disfrazado, que contempla los desempleados inactivos (que forman parte de la población económicamente no activa, pero disponibles para trabajar), disminuyó a 16.49 por ciento de la PENA, también una de las tasas más bajas observadas en estos años. Lo que todavía no reporta el INEGI (aunque los datos allí están) es la brecha laboral, que es la suma de estas tres categorías como porcentaje de la fuerza laboral potencial.

En octubre de 2013, la Conferencia Internacional de Estadísticos de Trabajo adoptó formalmente las definiciones de fuerza laboral potencial (FLP) y brecha laboral. La primera es la suma a la fuerza laboral tradicional (la población económicamente activa) a los desempleados no activos (desempleo disfrazado), que se utiliza como denominador. Si expresamos el desempleo abierto, el subempleo y el desempleo disfrazado como porcentaje de la FLP, resulta que el desempleo tradicional es 3.6 por ciento (en vez de 4.0), el subempleo es 6.8 (en vez de 8.0) y el desempleo disfrazado es 10.2 (en vez de 16.5). Disminuyen las tres tasas ya que el denominador es más amplio, pero nos permite sumar las tres tasas para obtener la brecha laboral, que en el primer trimestre de 2016 disminuye a 20.7 por ciento, la más baja desde el último trimestre de 2008. Como quien dice, el panorama laboral regresa finalmente a niveles observados antes de iniciar la gran recesión.

La otra noticia interesante que sale de la ENOE, pero que tampoco lo reporte el INEGI explícitamente, es el ingreso promedio de los empleados y la masa salarial. Para construir estos indicadores tenemos que buscar en las partes más ocultas de la encuesta, ya que no se reporta en el Banco de Información Económica (BIE). Hay que buscar “encuestas en hogares” en el tabulador de “fuente/proyecto”, para buscar los “indicadores estratégicos” en la ENOE. Allí se tiene que descargar el archivo del primer trimestre de 2016 y ver los datos de “horas trabajadas a la semana” (renglón 252) y “ingresos por hora trabajada” (renglón 255) para obtener los ingresos por semana promedio del trimestre. Lo podemos deflactar por el INPC para obtener los datos en términos reales. Encontramos que el ingreso promedio real aumentó 0.7 por ciento respecto al trimestre anterior y 1.7 por ciento respecto al mismo trimestre del año anterior.

Si vemos ahora el empleo remunerado (renglón 46 menos renglón 52), encontramos que aumentó 0.9 por ciento respecto al trimestre anterior y 2.3 por ciento en un año. Ahora, si multiplicamos el empleo remunerado por el ingreso promedio real, obtenemos la masa salarial real, posiblemente el indicador más relevante que tiene el INEGI sobre ingresos. Resulta que creció 1.6 por ciento respecto al último trimestre de 2015 y 4.1 por ciento respecto al primero del mismo año. Hemos buscado explicaciones para entender porqué el consumo de las familias aumentó el año pasado después de varios años de estancamiento. En 2013 la masa salarial real solo creció 0.5 por ciento y en 2014 disminuyó 4.1 por ciento, mientras que en 2015 aumentó 4.1 por ciento. Aunque todavía estamos por debajo de los niveles alcanzados en 2007, hubo una recuperación importante el año pasado, que se mantiene en el primer trimestre de 2016.

Ante la racha de tantas malas noticias, por lo menos algo refrescante.

El Fondo Monetario Internacional publica sus perspectivas de la economía mundial (World Economic Oultlook) en abril y octubre de cada año y una actualización cada tres meses. La institución acaba de divulgar la última edición en la cual revisa a la baja (otra vez) su perspectiva para el crecimiento mundial a 3.2 por ciento, apenas un punto decimal más del estimado para el año pasado. Salvo China y Europa emergente, revisa hacia la baja la expectativa para prácticamente todos los países del mundo: Señala que la probabilidad de que se materialice su escenario central ha disminuido, mientras que aumenta la posibilidad de mayor estancamiento con brechas de producto negativas en más países.

Como era de esperar, revisa a la baja el crecimiento esperado de México por -0.4 puntos porcentuales para 2016, respecto a lo que tenía en octubre, y -0.5 puntos para 2017. Por tanto, ahora la perspectiva es que vamos a crecer 2.4 por ciento este año y 2.6 por ciento en 2017, pero con un marcado riesgo a la baja. Para redondear el marco macroeconómico, ve la inflación en 2.9 y 3.0 por ciento al final de 2016 y 2017, respectivamente, el déficit de la cuenta corriente en 2.6 por ciento para ambos años y la tasa de desempleo en 4.0 y 3.9 por ciento para los dos años.

El crecimiento proyectado para nuestro país es una gran desilusión, en especial porque el gobierno prometió que a estas alturas del sexenio estaríamos creciendo alrededor de 5 por ciento en un escenario en el cual se aprobaran todas las reformas estructurales. No obstante, el crecimiento se ubica a la mitad de lo dicho y cada vez se ve más probable de que terminemos el sexenio sin conocer ni siquiera el 3 por ciento en el último año. Pero nadie esperaba un entorno externo tan complicado, estancamiento en muchos países y precios de los commodities por los suelos.

Ahora nos dicen que 2.5 por ciento resulta muy bueno, ya que estamos creciendo por arriba de casi toda América Latina. ¿Será cierto? Queda muy claro que estamos mucho mejor que los tres países más grandes de América del Sur: Argentina, Brasil y Venezuela. Los tres tienen proyectado una tasa negativa para 2016 y peor aún, con inflaciones elevadas (el FMI ahora estima la inflación de Venezuela en 1,642.8 por ciento para 2017 y 4,505 para 2021). No obstante, si nos comparamos con los 32 países de América Latina y el Caribe, resulta que hay igual número de países de la región que van a crecer por arriba de México que por debajo. Por ejemplo, se espera que Bolivia, Costa Rica, Dominica, la República Dominicana, Granada, Guatemala, Guyana, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y San Kitts y Nevis van a crecer todos 3.0 por ciento o más este año. Mientras que Argentina, Brasil, Ecuador, Surinam, Trinidad y Tobago y Venezuela esperan tasas negativas, Antigua y Barbuda, Bahamas, Chile, Santa Lucia y Uruguay tiene la expectativa de crecer 2.0 por ciento o menos. Los otros ocho países van a crecer a tasas similares a México. En otras palabras, si no ponderamos los países por el tamaño de su economía, estamos muy cerca de la media (y la mediana) para la región.

En materia de inflación, estamos mejor que la media, pero aun así hay 14 países cuya proyección para el promedio del año está por debajo del 2.9 por ciento que estima el FMI para 2016. Venezuela tiene proyectado la inflación más elevada del mundo en este momento. Argentina, Haití y Surinam son los únicos países con una tasa de dos dígitos, mientras que Brasil y Uruguay están muy cerca de unirse con ellos.

En términos del déficit de la cuenta corriente, México se ubica justo en la media (ponderada) de la región, pero muy por debajo de la mediana (no ponderada). Hay 22 países con déficit externo como proporción del PIB mayor a la de México. San Vicente tiene el mayor déficit (-21.3), seguido por San Kitts y Nevis (18.4), Dominica (16.6) y Granada (12.2), todos países caribeños muy pequeños. Bolivia (8.3), Colombia (6.0), Perú (3.9) y Uruguay (3.9) son de los países medianos con mayor déficit, mientras que Venezuela registra 6.6 por ciento del PIB. Guatemala tiene el déficit más pequeño de la región (0.7), mientras que Argentina (1.7), República Dominicana (1.7) y Paraguay (1.2) le siguen.

Es una lectura interesante para el iniciado, ya que el análisis del FMI siempre es profundo y meditado. Vale la pena entender como nos comparamos con los demás. En especial, se recomienda repasar los riesgos que enfrentamos todos. Sin embargo, para los no iniciados o simplemente no tan interesados, basta con leer el título: “demasiado lento por demasiado tiempo”.

Aunque falta más de un mes para empezar a tener las cifras oficiales para el 2015, estamos ya a una semana de cerrar lo que ha sido un año totalmente atípico. De entrada, crecimos un poco más que en los dos años anteriores, pero no se siente; la tasa de desempleo disminuyó a su nivel más bajo desde mediados de 2008, pero la gente se queja de la falta de empleos bien remunerados; la inflación registró su mínimo histórico, pero la mayoría se lamenta del deterioro en su poder adquisitivo; el consumo de los hogares crece a las mejores tasas observadas desde fines de 2012, pero las exportaciones no petroleras están prácticamente estancadas; el gobierno federal reporta inversión pública histórica, pero el INEGI dice que ésta será el sexto año al hilo con tasas negativas; y, se ha armado un buen debate sobre el salario mínimo en el cual el punto central es su nivel tan bajo, pero el aumento promedio anual resultó ser el más elevado desde 1976.

Si analizamos el comportamiento de la economía mexicana de los últimos 20 años, encontramos que el principal motor de crecimiento del país son las exportaciones no petroleras. Si éstas avanzan a una buena tasa, la economía interna responde con buen crecimiento. Sin embargo, si no crecen, o bien, aumentan a una tasa muy baja, el resto de la economía no logra desarrollar un dinamismo suficiente. Si extrapolamos el comportamiento de los primeros diez meses del año, podemos prever que las exportaciones no petroleras terminarán 2015 con un flujo de apenas uno por ciento por encima del año anterior. En principio, esto implicaría una economía estancada. No obstante, el consumo familiar crece a tasas cercanas al 4 por ciento, mientras que la inversión privada avanza a un ritmo superior al 7 por ciento.

En el pasado, cuando el peso mexicano sufría una depreciación significativa, a los pocos meses se observaba una mejoría notable en las exportaciones. El empuje al exterior reactivaba la economía y en los siguientes años crecíamos más. Sin embargo, a pesar de una depreciación que ya ronda alrededor de 30 por ciento, no hemos visto mejoría en las exportaciones. Incluso, si combinamos el estancamiento en las no petroleras con las petroleras (que cayeron más de 40 por ciento en el año), observamos un deterioro importante en la balanza comercial. No obstante, si analizamos las cifras en pesos reales (en vez de dólares nominales), encontramos que las exportaciones totales han crecido más de 10 por ciento en el año y terminará como el componente del PIB por el lado del gasto que más contribuyó al crecimiento en 2015.

Hoy (miércoles 23 de diciembre) conoceremos la inflación de la primera quincena de diciembre. Según la última Encuesta Quincenal de Expectativas de Banamex (que se levanta entre alrededor de 25 instituciones financieras), se anticipa una tasa de 0.31 por ciento para la quincena y 0.46 por ciento para el mes. En forma sistemática, la inflación ha sorprendido a la baja en comparación al consenso, pero si supongamos que en esta ocasión le atinan, la inflación general terminará este año por debajo de 2.2 por ciento, la mínima histórica para el INPC. Para la mayoría de la gente es difícil absorber la idea de una tasa tan baja cuando el peso sufre una depreciación significativa. Por ejemplo, la inflación en 2008 superó 6.5 por ciento después de haber sufrido una depreciación superior al 26 por ciento.

¿Qué pasó con el comportamiento de los precios en 2015? Primero, hubo un colapso en los precios de los commodities en los mercados internacionales. Esto significa que muchas importaciones resultaron más baratas en pesos reales a pesar del ajuste cambiario. Segundo, hubo ciertos precios claves (con ponderaciones significativas en el INPC) que bajaron de precio en 2015, como la gasolina (el promedio ponderado del país), las tarifas eléctricas industriales, el servicio telefónico nacional de larga distancia y el servicio de telefonía celular. Tercero, hubo algo de suerte con los precios agropecuarios (en especial los pecuarios), que no contribuyeron este año con aumentos significativos. Cuarto, se operó todo el año con una brecha negativa de producto, lo cual significa que no hubo presiones inflacionarias por el lado de la demanda agregada. Al final de cuentas, sí hubo un reacomodo en los precios relativos, pero no un aumento generalizado (y menos sostenido) en los precios. Por ejemplo, el rubro de mercancías no alimenticias (que contiene la mayoría de los bienes importados, en especial bienes duraderos) fue el que más aumentó en el año (después de las colegiaturas).

Definitivamente, un año atípico. ¿Y 2016?

El argumento contundente en contra de aumentar el salario mínimo real era el efecto cascada que tendría en los precios al estar ligado el aumento nominal a un sinnúmero de tarifas, multas, rentas, hipotecas y precios de quien sabe cuántas cosas. Ante la vergüenza de tener uno de los salarios mínimos más bajos del mundo, se promovió una reforma constitucional para crear una unidad de medida que sustituyera esa función. Aprobado prácticamente por unanimidad, fue el primer paso para establecer una política de recuperación del poder adquisitivo del salario mínimo y llevarla por lo menos a un nivel que fuera suficiente para ubicarse por encima del umbral de pobreza que establece el Coneval.

Ante este acontecimiento, esperábamos que la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) aprobara un aumento sustancial en el salario mínimo vigente, que lo llevara más cerca a los 86 pesos diarios. Sin embargo, cual fue la sorpresa, que vimos que se otorgó un incremento marginal de apenas 2.94 pesos, para ubicarlo en 73.04 pesos diarios. El aumento, de 4.2 por ciento respecto al vigente al final de 2015, representa el aumento real más elevado que se haya otorgado desde 1976. Sin embargo, queda exageradamente lejos de lo que debería ser.

En enero de 2015, el salario mínimo general (promedio de las dos zonas geográficas), aumentó 4.2 por ciento, de 65.58 a 68.34 pesos. En la Zona A estaba en 70.10, mientras que en la B se ubicaba en 66.45 pesos. En abril de este mismo año, se incrementó el mínimo de la Zona B en 2.75 por ciento adicional, para ubicarlo en 68.28 y así subir el promedio general a 69.26 pesos. Finalmente, en octubre la Conasami determinó homologar las dos zonas para tener un solo salario mínimo general para toda la República Mexicana en 70.10 pesos, lo que implicaba un aumento adicional de 1.2 por ciento. Con base a estos cambios, podemos calcular el promedio general del año en 69.24 pesos. El promedio de 2014 fue 65.58 pesos, por lo que el incremento nominal de 2015 fue 5.59 por ciento.

¿Cuánto fue en términos reales? Para este cálculo, tomamos el INPC de hasta un salario mínimo que publica el INEGI y calculamos la inflación promedio del año (y no el fin), que resultó ser 3.83 por ciento (suponiendo que la tasa de diciembre será 0.50 por ciento). Esto nos da que el salario mínimo general promedio de 2015 fue 2.90 por ciento superior al del año anterior. Resulta interesante observar que fue el aumento real más elevado para cualquier año desde 1976. Si suponemos que el salario se queda en 73.04 pesos a lo largo de 2016 y que la inflación promedio quede en 3.0 por ciento, el aumento real promedio en 2016 será 2.4 por ciento, es decir, un aumento real acumulado de casi 5.4 por ciento en dos años.

Posiblemente se puede admitir que es notable que por primera vez en 40 años hemos visto una mejoría real en el salario mínimo. Sin embargo, la recuperación no significa nada cuando lo comparamos con el terreno perdido a lo largo de las últimas cuatro décadas y en especial, cuando todavía queda lejos de lo que una familia necesita para una alimentación básica. Esto nos deja con muchas incógnitas respecto al papel de la Conasami y a la política pública salarial.

La Conasami tiene como objetivo fundamental fijar un salario mínimo general que asegure la congruencia entre lo que establece la Constitución con las condiciones económicas y sociales del país. También busca propiciar la equidad y la justicia entre los factores de la producción, en un contexto de respeto a la dignidad del trabajador y su familia. Queda claro que no cumple con su cometido. Sin embargo, su presidente Basilio González Núñez cobra más de 100 salarios mínimos y tiene más de 100 funcionarios trabajando con él. Es el mejor ejemplo del gasto público ineficiente e superfluo que pudiera existir. También es prueba irrefutable de que el ejercicio de un presupuesto base cero para 2016 nunca se llevó a cabo.

¿Qué nos queda hacer? Como sociedad tenemos que exigir al gobierno establecer un salario mínimo general digno y justo. No se trata de volver a debatir sus efectos económicos, pues ya lo hemos hecho. En el mejor de los casos, el efecto sobre el desempleo es refutable y sobre la inflación, mínimo, mientras que cierto segmento de la población ganará poder adquisitivo. Es tiempo de desaparecer a la Conasami para eliminar un gasto innecesario e implementar una política funcional respecto al salario mínimo general. Básicamente, esto significa decidir a qué paso se tiene que dar los aumentos reales y cómo lo debemos instrumentar para que sea funcional.

Los ajustes bruscos y significativos en el tipo de cambio siempre han sido motivo de consternación para los mexicanos, pues se asocian con inflación, pérdida de poder adquisitivo, recesión, desempleo y sufrimiento económico en general. Como no olvidar la devaluación de Luis Echeverría en 1976, dando fin a 22 años de un tipo de cambio fijo. Qué decir de las tres devaluaciones que hubo en 1982 después de que José López Portillo prometió defender el peso como perro, que dio pie a la década perdida de los ochenta. Todavía queda el recuerdo de cómo dejó la economía Pedro Aspe al pobre de Jaime Serra Puche en diciembre de 1994, cuando el país se desmoronó y aumentó la pobreza extrema en más de 16 millones de mexicanos.

Afortunadamente, México se sobrepuso al miedo de la flotación y adoptó un régimen flexible a partir de 1995. Con la autonomía del Banco de México y una política monetaria ya dedicada a abatir la inflación, se logró la estabilización de precios a partir de la década pasada. Esto ha sido el pilar de un equilibrio macroeconómico, que en buena medida nos ha ayudado a superar esos periodos de angustia increíble. Sin embargo, hace siete años vimos que el precio del dólar aumentó 54.1 por ciento en siete meses (de 9.918 el 7 de agosto de 2008 a 15.286 el 7 de marzo de 2009). Aunque no hubo gran afectación en la inflación, la economía se desplomó -4.7 por ciento en 2009.

Si bien dejamos atrás la época de devaluaciones traumáticas, ahora vivimos etapas de depreciaciones aceleradas. Sin embargo, la afectación psicológica parece ser igual. Pero, ¿debemos preocuparnos tanto? Hasta ahora, el tipo de cambio ha aumentado alrededor de 26 por ciento, casi la mitad de lo acontecido hacia fines de 2008. No obstante, no hemos visto evidencia de mayor inflación ni un desplome en la actividad económica. Por lo pronto, seguimos con una inflación que marca mínimos históricos y una economía que avanza por arriba del 2 por ciento. Entonces, ¿cuáles son los efectos nocivos que debemos temer de la depreciación?

El primero es el efecto que podrá tener eventualmente sobre la inflación. Al depreciarse la moneda, aumentan los precios de los bienes y servicios importados. Aunque hasta ahora no hemos visto un traspaso de estos incrementos a los precios del consumidor, es de esperarse que eventualmente habrá alguna afectación. Sin embargo, si el tipo de cambio se regresa parcialmente (como sucedió en 2009), se podría limitar el daño a un mínimo.

El segundo efecto es sobre los precios relativos, aun en el caso de evitar una reacción inflacionaria. En principio, nuestras exportaciones son más baratas, mientras que las importaciones son más caras. Aquí, los efectos varían de sector a sector y de empresa a empresa, ya que unos tienen más insumos importados, otros se compensan con disminuciones en otros precios, algunos tendrán que sacrificar utilidades y habrá quien no pueda aguantar los cambios, viéndose ante la posibilidad de cerrar su negocio.

El tercer efecto proviene de la incertidumbre, que afecta la inversión y el crecimiento económico. Para planear la construcción de una fábrica o la adquisición de una maquinaria, se necesita saber con cierta certeza los precios de los bienes y servicios relacionados. Sin embargo, la volatilidad del tipo de cambio elimina la certeza y provoca que muchos proyectos quedan en irresolución. Sin inversión, no habrá mucho crecimiento.

Finalmente, tenemos los efectos sobre los flujos de capital, en especial, sobre la inversión extranjera en portafolio. En principio, los movimientos de capital afectan al tipo de cambio, pero ante mucha volatilidad se acentúan los flujos que buscan una relación de riesgo/rendimiento adecuado. También es muy probable ver cierta afectación sobre las tasas de interés a diferentes plazos, que no solamente puede encarecer la inversión en general, sino también el costo del servicio de la deuda pública.

¿Qué debemos esperar ahora? Todo indica que la volatilidad cambiaria continuará por un rato, aunque posiblemente acotado por las acciones de la Comisión de Cambios y eventualmente del Banco de México. Es muy probable ver en algunos meses que el tipo de cambio regrese parcialmente, ya que se normalice la política monetaria de la Reserva Federal. Si bien, la inflación podrá terminar el año alrededor de 3 por ciento, podemos esperar un aumento, quizás hacia 4 por ciento el año entrante, pero no mucho más que eso. La actividad económica, que ahora crece ligeramente por arriba de 2 por ciento, quedará sin dinamismo en el corto plazo, pero no se desplomará.

Hace 15 años escribí un libro titulado “La Maldición de las Crisis Sexenales”, que buscaba analizar una característica intrínseca de la economía mexicana: a partir de los setenta, México sufría una crisis (recesión) por sexenio. Todas tenían rasgos similares: errores de política económica, devaluaciones masivas, alta inflación, empobrecimiento de las masas e incremento en el desempleo. Peor aún, cada crisis parecía ser peor que la anterior y todas se vinculaban con el cambio de sexenio.
Uno de los objetivos del libro era el de estudiar la posibilidad de que hubiera una nueva crisis con el cambio del sexenio en 2000. Sin embargo, Ernesto Zedillo fue muy obsesivo en este sentido, ya que hizo todo a su alcance para dejar una economía estable, equilibrada y creciente a su sucesor. La actividad económica creció más de 5 por ciento en promedio en sus últimos 5 años y terminó su administración con una inflación de un solo dígito, con un superávit primario en las finanzas públicas, una tendencia de la deuda pública a la baja y un déficit pequeño en la cuenta corriente. El PAN llegó con la mesa puesta para lograr un buen desempeño en materia económica.
Sin embargo, la maldición continuó, aunque ahora caracterizada por desequilibrios externos. Tanto Fox como Calderón, tuvieron la mala suerte de que Estados Unidos experimentó recesiones en cada uno de sus sexenios, con desenlaces muy negativas para la economía mexicana. El crecimiento económico siguió con su tendencia a la baja, pues terminaron ambos sexenios con crecimientos promedios cercanos al 2 por ciento. Fueron gobiernos mediocres sin grandes alcances, pero por lo menos mantuvieron los equilibrios macroeconómicos.
Ahora arrancamos de nuevo con un sexenio de gobierno priista, que en sus dos primeros años ha producido un crecimiento todavía menor de 1.8 por ciento. Si bien hemos escapado a la recesión, hemos estado muy cerca de una, pero ya no producto de la mala suerte externa, sino de nuevo como resultado de errores de política económica. ¿Cuáles han sido los errores?
Uno de los méritos de los gobiernos de Salinas, Zedillo y Fox, fue que pusieron mucho énfasis en el saneamiento de las finanzas públicas. Sin embargo y a pesar de que se introdujo una Ley de Responsabilidad Hacendaria con Calderón, esta tendencia se revirtió a mediados del sexenio pasado a partir del momento en que dejamos de tener un superávit primario. En este sexenio, el gobierno no ha hecho un esfuerzo para corregir el rumbo, por lo que tenemos un déficit fiscal creciente, una deuda pública mayor y seguimos con déficit primario. Peor aún, el deterioro en las finanzas públicas se ha dado en el marco de una reforma recaudatoria, que restó recursos a los hogares y a las empresas, aumentando el gasto público sin repercusiones en el crecimiento económico. En otras palabras, terminamos con la peor combinación: los hogares enfrentaron mayores impuestos, las empresas tiene menos incentivos para invertir y el gobierno gasta mucho más pero sin repercusiones en el crecimiento y con un endeudamiento mayor.
Posiblemente el error más grande ha sido la ineficiencia del gasto público. A pesar de que la SHCP reporta que ha alcanzado máximos históricos, el INEGI no logra encontrar valor agregado al reportar una caída de 0.3 por ciento en términos reales en la suma del gasto corriente y la inversión pública en las cuentas nacionales. La inversión pública, que debería ser pilar del crecimiento ha registrado tasas negativas en los dos años del sexenio.
Otro error fue la crisis que dejó que se gestionara en la industria de la construcción. Al final del sexenio anterior, el gobierno congeló los subsidios para la vivienda de interés social, para que el nuevo gobierno pudiera modificar las reglas y así asegurar viviendas útiles. Sin embargo, la administración actual tardó mucho tiempo en establecer las nuevas reglas, dejando en el camino la quiebra de las grandes desarrolladoras de vivienda, con todo y su impacto sobre uno de las actividades secundarias de mayor generación de empleos.
Finalmente, el gobierno no ha logrado crear un ambiente de confianza empresarial conducente a más inversión. Entre el escalamiento de la guerra contra el narcotráfico, las desgracias producto de la infiltración del crimen organizado en los gobiernos locales, los conflictos de interés de funcionarios en sus inversiones personales, la depreciación del peso y los recortes al presupuesto han llevado a la confianza empresarial a su nivel más bajo desde la gran recesión de 2008-2009.
¿Podrá el gobierno corregir el rumbo?