Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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La Junta de Gobierno del INEGI comprende cinco personas, un presidente (Julio Santaella que asumió funciones el 1 de enero de 2016) y cuatro vicepresidentes con periodos de ocho años escalonados: Enrique de Alba, quien hace poco fue ratificado para un periodo adicional de ocho años; Rolando Ocampo, quien inició en 2013; y Mario Palma, quien termina en 2018. El cuarto era Félix Vélez, quien entró en 2013 a sustituir a Roció Ruiz ante su renuncia. Por lo mismo, solo desempeño el cargo menos de cuatro años, cuyo periodo concluyó a fines del año pasado. El puesto quedó vacío, primero en espera de una designación y ahora, en espera de la ratificación del Senado de Paloma Merodio, quien fue propuesta por el Presidente.

Todas estas personas, incluyendo a Eduardo Sojo, el presidente anterior y José Antonio Mejía, vicepresidente hasta 2012, fueron personas de muy amplia experiencia y de credenciales impecables para sus puestos. Sin embargo, Paloma Merodio no tiene el mismo perfil, en especial la experiencia relevante acumulada, ya que tiene apenas 31 años de edad. Su designación ha armado gran controversia, a tal grado que el CEEY encabezó una petición al Senado para que la rechazaran, firmado por más de 30 organizaciones no gubernamentales. También la Sociedad Mexicana de Demografía, encabezado por Carlos Echarri, mandó una petición similar, firmado por todos sus expresidentes. El argumento principal en su contra es que no cumple con los requisitos marcados por la ley.

La ley dice que debe “ser profesional distinguido en materias relacionadas con la estadística, la geografía o la economía, así como haber ocupado, por lo menos durante cinco años, algún cargo de alto nivel en los sectores público o privado, o ser un académico de reconocido prestigio en las materias mencionadas”. Si revisamos el CV de Paloma, es de interpretación difícil y ambiguo decir que realmente tiene por lo menos cinco años de experiencia en puestos de alto nivel. De entrada, sí tiene estudios relevantes de Licenciatura en Economía del ITAM (con honores) y una Maestría de la Universidad de Harvard. Su experiencia de trabajo en Sedesol y el IMSS es relevante, ya que fue en puestos de toma de decisiones, planeación estratégica y evaluación de políticas públicas, coordinando equipos multidisciplinarios. Pero ¿fueron de alto nivel? Posiblemente su último puesto de Directora General en Sedesol puede calificar, pero no fue de cinco años. Se tendría que considerar el puesto de Coordinadora de Investigación Estratégica en el IMSS y así, con una interpretación laxa, pudiera calificar, pero rayando llanta.

¿Ha sido profesional distinguido? Yo no había oído de ella antes y es difícil pensar que alcanza esa distinción a los 31 años. ¿Es académica reconocida? Da clases en el ITAM desde 2014, pero por asignatura, por lo que tampoco podemos pensar que ya alcanzó ser distinguida. Tuve la oportunidad de conocerla personalmente y puedo atestiguar que es una persona inteligente, capaz, motivada, independiente y articulada. El hecho de que sea mujer es muy bien visto por todos. Sin embargo, ante su corta edad, queda claro la controversia en torno a su designación.

Más allá de la discusión de que si califica o no para el puesto, la indignación de los quienes han protestado tiene que ver con el hecho de que se debe propugnar por los mejores nombramientos posibles en los organismos autónomos y evitar las designaciones de amistades o cuotas. Por ejemplo, la lista de mujeres profesionales, capaces y con la experiencia necesaria es vasta. Sin pensar mucho, se me ocurre Lorenza Martínez, Ana María Aguilar, Evelyn Rodríguez, Delia Paredes, Sara Castellanos, Irene Espinosa, Nelly Aguilera, María Luisa Ruvalcaba, María de la Paz, Edith Pacheco y Graciela Teruel. Incluso, hacia dentro del INEGI hay muchas mujeres muy capaces, por ejemplo, con el perfil de Marcela Eternod, quien fue Directora General de Estadísticas.

Escribo sobre el tema porque muchos me han preguntado por mi opinión. Al final de cuentas, creo que el Senado no va gastar su poco capital político para bloquear la designación; Paloma Merodio será miembro de la Junta de Gobierno del INEGI hasta fines de 2024. Seguro que en este tiempo acumulará la experiencia necesaria y terminará por realizar un buen trabajo. Será reto de ella demostrar su independencia, apartidismo y dones de liderazgo. Bienvenida, felicidades y mucha suerte.

El INEGI dio a conocer el viernes pasado, el indicador de confianza del consumidor para enero. No solamente se registró un nuevo mínimo histórico (28.9), muy por debajo del anterior (33.1 de octubre 2009), sino que se llegó a tal nivel mediante la caída más pronunciada para un mes a otro desde que existe del indicador. De hecho, los cinco componentes experimentaron caídas escandalosas, nunca visto antes. Las caídas de cuatro de los componentes fueron las mayores en toda la historia, mientras que tan solo una (sobre el momento adecuado para adquirir bienes duraderos) no logró establecer una máxima, pero por una sola décima. Los niveles de tres de los cinco componentes tocaron nuevos mínimos, que son la percepción del consumidor sobre la situación económica del país del presente y del futuro y sobre la situación económica del hogar en el futuro. Fue tan estrepitosa la noticia, que REFORMA decidió darla a conocer a ocho columnas el sábado pasado (aunque desafortunadamente habló del “índice” y no del “indicador”).

Unos días antes, el INEGI había dado a conocer el indicador de confianza empresarial, que también registró una caída exagerada, mientras que uno de sus componentes (sobre la situación económica futura del país) estableció un nuevo mínimo histórico. ¿Qué es lo que explica el pesimismo tan exagerado tanto del consumidor como del empresario? Entre los factores mencionados por algunos analistas están la llegada de Trump y la depreciación del peso. Si bien es cierto que estos dos factores han pesado en el ánimo de la gente, explican la trayectoria descendente que tiene ambos indicadores desde hace un año (algo que ya hemos comentado aquí en octubre y noviembre del año pasado), pero no la caída tan pronunciada de enero respecto al mes anterior. Más bien fue el gasolinazo que incendió a la población a tal grado que hubo manifestaciones en todo el país y saqueos en muchas partes. Esto último fue la gota que derramó el vaso, que ya se estaba llenando desde tiempo atrás.

El nivel del indicador de confianza del consumidor (28.9) se ubica ahora por debajo del umbral “Leyva” de 34.5 puntos, que estableció el INEGI como el umbral estadístico consistente con una caída en el consumo de los hogares (con un 95 por ciento de probabilidad). En principio, esto significa que deberíamos de observar una tasa negativa en el consumo privado, prácticamente el único factor por el lado del gasto del PIB que ha estado creciendo. De ser cierto, es casi un hecho que estaríamos entrando ya en una recesión. ¿Será?

No necesariamente. Si analizamos detenidamente cada uno de los cinco componentes de indicador, encontramos caídas acentuadas en todos, a tal grado que tres se ubican en mínimos históricos. Sin embargo, los otros dos que no registraron mínimos históricos son la apreciación sobre la situación actual del hogar y sobre el momento actual para efectuar compras de bienes duraderos. Si analizamos las preguntas de la encuesta que no están incluidas en el indicador, en especial aquellas enfocadas a decisiones de compra, encontramos que ninguna registró un mínimo histórico.

Esto significa que el consumidor todavía no ve tan fatal su situación económica personal en la actualidad, sino que su pesimismo está mucho más enfocado en la situación económica del país (tanto el actual como el futuro) y el posible efecto que podrá tener más adelante sobre su hogar. Está muy preocupado por el incremento de precios en general (no solamente de la gasolina), ya que podrá ver mermado su poder adquisitivo. Por lo pronto, podemos esperar un poco más de cautela, que se va manifestar en una desaceleración en el consumo, pero no necesariamente una caída tal cual. Desafortunadamente, los indicadores de consumo son los más atrasados de todos. No obstante, habrá que estar atento.

La noticia hace resaltar aún más la inconsistencia del INEGI en mantener dos resultados distintos (un “índice” y un “indicador”) de una sola encuesta. Por ejemplo, en enero el “índice” disminuyó 17.9 puntos porcentuales, mientras que el “indicador” cayó 6.1 puntos. He platicado mucho sobre esto, tanto con Eduardo Sojo, el presidente anterior, como con Julio Santaella, el presidente actual. Ambos coinciden en que el problema radica en la testarudez del Banco de México (que paga la encuesta), que no ha querido autorizar la desaparición del “índice”, a pesar de que solo sirve para confundir.

Dado que Eduardo Sojo termina su gestión al frente del INEGI a fines de este año y la autonomía del Instituto todavía no termina de consolidarse, había mucha preocupación en torno a la designación de su próximo presidente. Algunos esperaban que la SHCP impusiera un títere como ocurrió en la Función Pública, o bien, alguien muy allegado a la administración federal actual. El miedo extremo era que el INEGI se convirtiera en una especie de INDEC de Argentina, que inventa sus datos para acomodar los gustos del gobierno, o en un INE de Venezuela que simplemente dejó de publicar información incómoda.

La semana pasada, la Presidencia anunció la designación de Julio Santaella para integrarse a la Junta de Gobierno del INEGI y se espera que será escogido por el Presidente para ocupar su presidencia. ¿Es Santaella el candidato ideal? Creo que no existe tal persona. ¿Es un buen candidato? ¿Hará buen papel? ¿Ayudará a consolidar la tan necesitada autonomía? Son buenas preguntas cuyas respuestas realmente no sabemos pero sí podemos especular.

Hasta la semana pasada, Santaella era un funcionario de bajo perfil, cuyo nombre no salía en la lista de las primeras diez sugerencias mediante una búsqueda en Google. Ahora su biografía se ha dado a conocer en prácticamente todos los medios. Tiene un doctorado en Economía de UCLA, ha trabajado en la SHCP, el FMI, el ITAM y el Banco de México. Su mayor experiencia lo obtuvo tras once años en el Banco de México desempeñado la Gerencia de Información y Análisis de la Dirección General de Operaciones de Banca Central. Ha publicado artículos sobre inflación, programas de estabilización, tipos de cambio, política fiscal, la estructura temporal de las tasas de interés, crecimiento económico, salarios, movilidad laboral, flujos de capital, balanza de pagos, crisis financieras, desarrollo de mercados de deuda y otros temas afines (pero nada en torno a la importancia, construcción o metodología de indicadores económicos y mucho menos de temas geográficas). Se habla de su experiencia al frente del Fondo Mexicano de Petróleo para la Estabilización y el Desarrollo, un órgano dependiente del propio Banco de México, que arrancó apenas en enero de este año. Pero esto último no parece ser gran cosa, pues tiene poco tiempo funcionando y no es un organismo independiente o autónomo.

Con esta información podemos pensar que tiene los grados académicos necesarios y algo de experiencia relacionada a algunas funciones propias del INEGI, pero tendrá que enfrentar una curva de aprendizaje importante para la mayoría de las ocupaciones de su nuevo puesto. Posiblemente lo que más preocupa (o desconocemos) es su experiencia y habilidad política para las negociaciones, decisiones importantes y situaciones propias de la autonomía.

Posiblemente la primera buena noticia es que no surge de las filas de SHCP, de los allegados de la Presidencia o del Secretario de Hacienda. Todo apunta a que la SHCP acudió al Gobernador de Banxico para una recomendación. En principio, parece proceder del servicio profesional de carrera y no pupilo del Gobernador, sin embargo, no debemos ser tan ingenuos como para pensar que su designación fue totalmente gratuita. Sabemos que ha existido mucho recelo y critica entre las dos instituciones desde tiempo atrás. ¿Llega Santaella con agenda preestablecida y posiblemente cargada? Realmente no sabemos. Pero sí hay quienes ya expresaron su temor de que sea muy leal al Gobernador y con esto Banxico expande sus tentáculos e influencia. Lo que menos necesitamos es que la persona que tiene la autoridad monetaria máxima se convierte en un zar omnipotente.

La segunda buena noticia es que aparentemente es buena persona, de buen trato y de mente abierta. No sabemos si tiene el entusiasmo y ganas de hacer del INEGI uno de los mejores institutos de estadística del mundo (que era la actitud de Eduardo Sojo), pero algunas personas que lo conocen mejor dicen que sí. Ojalá que sea abierto a la crítica, dispuesto a escuchar y dispuesto a empujar los proyectos necesarios. Sería un verdadero plus si ve la crítica como asesoría gratis, como era la filosofía de su antecesor en el INEGI.

Por lo pronto, aceptamos la designación, ya que tiene los credenciales necesarios. Estaremos atentos, ya que no sabemos a bien si tiene los suficientes. Le damos el beneficio de la duda y esperemos que resulte un excelente presidente. En vías de mientras, seguiremos con las críticas constructivas, observaciones pertinentes y vigilancia permanente de los indicadores económicos del país.

Hace como cinco años, el INEGI invitó a Víctor Guerrero, un profesor destacado de estadísticas del ITAM, a realizar un proyecto de investigación sobre una estimación más oportuna del PIB. Presentó una metodología, elaborada junto con Esperanza Sainz, que utilizaba la información preliminar de los dos primeros meses del trimestre (a partir del IGAE) e incorporaba estimaciones econométricas para calcular el mes faltante. A partir de este trabajo, el INEGI empezó a probarlo y a refinar la metodología. Finalmente, se optó por un cálculo que incorporaba más información concreta, un máximo de los procedimientos estándar de las cuentas nacionales y un mínimo de modelado econométrico. Gracias a estos esfuerzos, ahora el INEGI nos presenta un “estimado oportuno” del PIB a los 30 días de haber concluido el trimestre. Es importante recalcar que no viene a reemplazar al cálculo tradicional, que se dará a conocer este viernes, sino simplemente es un anticipo aproximado de lo que conoceremos en unos días.

La recomendación internacional es que los países deberían presentar el cálculo del PIB a los dos meses (o menos) de haber terminado el trimestre. El INEGI cumple cabalmente con el lineamiento, ya que produce la cifra a los 50 días. No obstante, Estados Unidos divulga una primera estimación a los 30 días, mientras que algunos países como Singapur, China y el Reino Unido hasta en menos. Aun así, este nuevo esfuerzo del INEGI coloca a México entre los ocho países del mundo que brinda un primer estimado en un mes o menos.

Eduardo Sojo, el actual presidente del INEGI, realizó sus estudios de posgrado en la Universidad de Pennsylvania. Su tesis doctoral lo realizó bajo la supervisión de Lawrence Klein (premio Nobel de Economía 1980) a mediados de la década de los 80. Su trabajo era como obtener un estimado rápido del PIB trimestral mediante indicadores de mayor frecuencia. Esta misma metodología fue trabajada en la misma universidad años más tarde por alumnos posteriores de Klein, pero siempre con un enfoque econométrico. Cuando Sojo se reincorporó al INEGI a mediados del sexenio pasado, tenía la idea de que se pudiera utilizar esta técnica para adelantar la estimación del PIB. Por lo mismo, buscó a Víctor Guerrero y empezaron a trabajar en lo mismo. Sin embargo, los investigadores de planta de Estadísticas Económicas del INEGI desarrollaron una metodología distinta, que busca maximizar la incorporación de información concreta, ya que el INEGI tiene más del 80 por ciento de la información directa en el momento de realizar el cálculo oportuno, por lo que solo necesita estimar una tercera parte del último mes del trimestre. Otra de las bondades de la metodología es que sigue la agregación tradicional del PIB contenida en las cuentas nacionales, por lo que en pruebas anteriores se ha obtenido una estimación oportuna que discrepa muy poco con el cálculo tradicional que se obtiene 20 días después.

El INEGI estima que el crecimiento del PIB del tercer trimestre respecto al mismo trimestre del año anterior es 2.4 por ciento. Al incorporar ajustes por la estacionalidad, la tasa anual sería 2.3 por ciento (por efectos de calendario) y la tasa respecto al trimestre inmediato anterior 0.6 por ciento. De resultar acertado, es un resultado ligeramente mejor a lo que se había anticipado anteriormente. El viernes veremos.

Existe otro aspecto del cálculo que necesitamos entender mejor. El INEGI primero calcula el PIB por el lado de la oferta mediante la diferencia entre el valor bruto de la producción y el consumo intermedio. Así obtiene el desglose de las actividades económicas entre primarias, secundarias y terciarias. Un mes después (18 de diciembre), obtiene un segundo desglose por el lado de la demanda mediante los cálculos de los componentes del gasto (consumo privado, consumo de gobierno, inversión fija bruta, variación de existencias, exportaciones e importaciones). Como son cálculos estadísticos, siempre existe una discrepancia estadística entre los dos. El problema que hemos visto este año es que esta discrepancia es la más elevada de los últimos 14 años, lo cual ha desconcertado a más de uno.

Si tomáramos el cálculo por el lado de la demanda e ignorando la discrepancia, el crecimiento anual del PIB para el primer y segundo trimestre de este año sería 5.1 y 4.7 por ciento, respectivamente, comparado con las tasas de 2.6 y 2.2 por ciento por el lado de la oferta. ¿Cuál de las dos estimaciones es más robusta? ¿En función de qué está la discrepancia? ¿Será que realmente estamos creciendo más?

Confianza del Consumidor

Abril 16th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Arena Publica - (0 Comments)

Eduardo Sojo, Presidente del INEGI, nos dijo hace un par de meses que el Indicador de Confianza del Consumidor está por cambiar su forma de presentación. En breve (aunque no sabemos exactamente cuándo), se empezará a divulgar en su forma original, es decir en una escala de 0 a 100, similar a cómo se presentan los indicadores de confianza empresarial. Esto significa que le quitarán la conversión de enero de 2003 igual a 100, para dejar el nivel del indicador en ese mes en 40.885. Significa que el valor reportado de marzo de 2015 (el último dato con que contamos) de 93.1, será realmente 38.5. Encontraremos que el nivel máximo de agosto 2001 será 47.69 y el mínimo registrado en octubre 2009 será 32.61 puntos. En otras palabras, veremos que el Indicador ha variado entre 32.61 y 47.69 en toda su historia (abril 2001 a la fecha), sin haberse situado nunca por arriba de los 50 puntos. De hecho, el Indicador solo ha rebasado un nivel de 45 puntos en siete ocasiones, cuatro meses en 2001 y tres meses en 2006.
La razón principal de haber impuesto base 100 desde su origen fue que al percatarse la Institución de que nunca había superado el umbral de los 50 puntos (referencia que separa un relativo optimismo del pesimismo), no convenía tener la posibilidad de “cuantificar” el pesimismo permanente de los consumidores mexicanos. Para esto, es importante entender que el umbral de 50 realmente no es una referencia para ver si la confianza es consistente con mayor o menor consumo. Más bien, es cuestión empírica encontrar un nivel en el Indicador que señale cuál pudiera ser ese verdadero umbral. Parece ser que el INEGI ha estimado econométricamente ese punto y en breve lo anunciaran. Nuestra especulación es que ande alrededor de los 38 puntos. Esto significa que si el Indicador registre más de 38 puntos, el consumo de los hogares estará más propenso a crecer, mientras que si se ubica por debajo el consumo podría estancarse o incluso, retroceder.
A diferencia del Indicador de Confianza del Consumidor, el Indicador de Confianza Empresarial se presenta en escala de 0 a 100, sin la imposición de una base 100. En la nota metodológica del boletín de prensa mensual, el INEGI señala que:
“Los indicadores están diseñados para que sus valores fluctúen entre 0 y 100. De esa manera, a medida que el optimismo se generaliza entre los informantes, el valor del indicador se hace mayor. Por otra parte, a medida que el porcentaje de informantes con opiniones pesimistas se incrementa, el valor del indicador disminuirá. Es frecuente que en este tipo de indicadores se utilice el valor de 50 como el umbral para separar el optimismo y el pesimismo; sin embargo, es importante reconocer que la interpretación resulta complicada cuando el porcentaje de respuestas entre el optimismo y pesimismo tiende al equilibrio. En ese caso, considerar el valor de 50 como el umbral ya no resulta lo más correcto, por lo que es frecuente que en los casos en que se tienen series suficientemente largas, la identificación de este umbral se haga de manera econométrica a partir de series desestacionalizadas, mediante la asociación del indicador con cifras duras de la economía.”
Los dos indicadores, tanto del consumidor como el empresarial, realizan las mismas preguntas, tienen las mismas posibles respuestas y se construyen mediante la misma metodología de índices de difusión. Entonces, ¿por qué el INEGI se ha empeñado en poner base 100 a uno y no al otro? Es una inconsistencia difícil de entender, pero parece ser que mientras que el INEGI se preocupó con el bajo nivel del Indicador del Consumidor, no lo estaba con el Empresarial ya que su nivel promedio siempre ya sido mayor. Mientras que el Empresarial ha fluctuado dentro de un rango de 32.6 a 58.4 con un promedio de 52.0 puntos, el del Consumidor se ha movido entre 32.6 y 47.7 con un promedio de 39.8. Otra explicación más simple puede ser que el Empresarial pertenece a la Dirección General de Estadísticas en Establecimientos, mientras que el del Consumidor se construye en otra dirección general, la de Estadísticas en Hogares; diferentes direciiones generales, diferentes criterios a aplicar.
¿Qué ventajas presenta el Indicador con una base 100? Realmente una sola, la de no permitir al usuario utilizar el umbral de 50 puntos como referencia del relativo optimismo o pesimismo. Sin embargo, esta es una razón muy débil por varias razones. Primero, matemáticamente sí es el umbral entre el balance de respuestas optimistas versus pesimistas. Que no lo sea para indicar si el consumo de los hogares (u otro indicador) debería expandirse o retraerse es otra cuestión. Segundo, lo único que tiene que hacer el INEGI es advertir que el uso de los 50 puntos como referencia pudiera tener una “interpretación complicada”, tal como lo hace en el caso del Indicador Empresarial. Finalmente, si al INEGI no le gusta el umbral natural de los 50 puntos, entonces que nos diga cuál sería la referencia econométrica.
Pero, ¿cuáles son las desventajas de dejar al Indicador con su base 100? Aquí sí son muchas. La primera es que es matemáticamente inconsistente. El INEGI convierte a cada una de los cinco subíndices a base 100 y después saca el promedio para presentar el Indicador. Sin embargo, el crecimiento del Indicador con base 100 resulta diferente al Indicador en su versión original. Hace algunos años realicé un ejercicio de comparación y encontré 13 ocasiones en que el INEGI decía que bajaba la confianza cuando realmente había subido y viceversa. Los que no les gustan las matemáticas podrán obviar los siguiente. Pero para los más versados en algebra lineal, sabrán que se puede multiplicar o dividir un vector por un escalar sin modificar el cambio porcentual entre sus componentes; sin embargo, si se divide cinco vectores por escalares diferentes y después se calcula un nuevo vector como promedio de los cinco anteriores, no tendrá las mismas características que si calculamos el sexto vector como promedio de los cinco antes de dividir por sus respectivos escalares.
La segunda desventaja es que al convertir cada subíndice a base 100, ya no se pueden comparar entre sí. Por ejemplo, si comparamos lo que piensan los consumidores de la situación económica del país ahora con lo que perciben en el futuro (con base 100) en marzo, vemos que se percibe la situación actual (89.8) ligeramente mejor a la futura (89.7). Sin embargo, no es cierto ya que estos subíndices en su versión original señalan que la situación actual (33.8) se ubica en un nivel mucho más pesimista que la percepción del futuro (40.1).
La tercera desventaja es que no se puede comparar la confianza del consumidor con el empresarial, a pesar de que ambos indicadores se construyen mediante las mismas cinco preguntas. Por ejemplo, el empresarial indica que en marzo la situación económica actual del país se ubica en 44.11 puntos, mientras que el INEGI nos dice que en el mismo mes, el consumidor lo ubicaba en 89.81 puntos. ¿Quién ve mejor la situación económica actual del país? ¿El consumidor o el empresario? En principio, parece ser que el consumidor tiene lo doble de confianza que el empresario, pero no es cierto; es imposible saber con la imposición de la base 100. Sin embargo, el mismo subíndice del consumidor antes de convertirlo a base 100 señala un nivel de 33.75 puntos, por lo que el empresario tiene una visión más optimista que el consumidor.
La cuarta desventaja es que estos indicadores reflejan ciertos hechos estilizados (stylized facts), que no podemos saber ni apreciar con la base 100. Por ejemplo, el consumidor siempre ve mejor la situación de su hogar y la del país en el futuro que en la actualidad, el consumidor siempre ve mejor a la situación de su hogar que la del país; el consumidor siempre ve con más pesimismo la posibilidad de comprar bienes duraderos que cualquier otra pregunta. También existe un hecho estilizado al comparar la confianza del consumidor con el empresarial: el consumidor siempre es más pesimista que el empresario. Sin embargo, si el INEGI aplica base 100 al indicador, los usuarios no los pueden saber.
La quinta desventaja y posiblemente la más importante, es que en general el indicador con base 100 deja atrás mucha de su utilidad analítica y se presta a comparaciones inválidas que se derivan en conclusiones falsas. En los últimos años he visto un sinnúmero de gráficas de analistas comparando los subíndices entre sí o comparando el indicador del consumidor con el empresarial. Por ejemplo, la semana pasada escuché a un economista resaltar el “hecho” de que el consumidor ve ahora mejor sus posibilidades de comprar bienes duraderos, pero el empresario ve peor el momento actual para invertir. Sin embargo, el empresario sitúa el subíndice en 38.2 puntos, muy por arriba del consumidor que lo ve en 21.0 (ya sin la base 100). Aquí el problema no sólo es el hecho de que disminuye la utilidad analítica, sino que la gran mayoría de los analistas ni siquiera saben que no saben.
El debate sobre el uso de base 100 para este indicador lo llevo personalmente con el INEGI desde hace más de diez años, por lo que a mí me da un enorme gusto que finalmente se presentará al indicador en su versión original. Mi reconocimiento al Instituto por el valor de corregir la presentación de este valioso indicador, aunque sea a los catorce años de su existencia. Creo que es un cambio muy positivo, que solamente va mejorar el valor analítico del Indicador de Confianza del Consumidor. Enhorabuena. Ahora solo falta esperar el anuncio oficial.