Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Desde hace más de una década las autoridades fiscales y monetarias, junto con la propia presidencia de la República, han argumentado que dentro de lo mejor que tiene el país es la estabilidad macroeconómica; lo que llaman buenos “fundamentos económicos”. Esto consistía de una inflación cercana al objetivo del Banco Central, una balanza de pagos sin problemas ni mayor vulnerabilidad, un sistema bancario capitalizado y sin cartera vencida, finanzas públicas sanas y una deuda pública baja como proporción del PIB. Esto debería traducirse en un tipo de cambio estable y tasas de interés relativamente bajas, que a su vez conduciría a un ambiente de confianza, propicio para inducir inversión y generar empleo. Lo único que faltó en esta descripción de un país de maravillas era mayor crecimiento económico. No obstante, nos dijeron que, con las reformas aprobadas, ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento anual.

De alguna forma u otra, las agencias calificadoras de riesgo-país estaban de acuerdo. Después de la crisis “tequilera” de 1995, Moody’s había mejorado la calificación soberana de México en 6 ocasiones, desde un Ba3 hasta A3, sin bajarla en ni una sola ocasión. S&P lo ha aumentado 5 veces (aunque sí lo bajó una vez en 2009), también para llevarla desde un BB- hasta BBB+. Salvo Chile, México ha sido el país mejor calificado de la región. Desde 2002, las 3 agencias, incluyendo a Fitch, nos han considerado como “grado de inversión”. La crisis de la “gran recesión” fue una prueba severa para México, que libramos muy bien. Incluso, en los 3 años siguientes, de 2010 a 2012, México logró crecer en promedio por arriba de 4 por ciento.

¿Qué fue lo que pasó para que ahora las 3 agencias nos hayan puesto en “perspectiva negativa”? Poco a poco, la estabilidad macroeconómica se ha demolido y ahora está en tela de juicio. No estamos tan mal como para perder el grado de inversión, pero sí para bajar uno o dos peldaños. Tenemos un déficit en la cuenta corriente que permanece por arriba de 3 por ciento del PIB, a pesar de un ajuste en el tipo de cambio que ya supera 50 por ciento. La nueva dirección de la política monetaria de Estados Unidos, hace que nuestra dependencia creciente en la inversión extranjera de cartera nos haga más vulnerables. Tenemos un déficit fiscal elevado, que no ha podido reducir el gobierno, y como consecuencia, una deuda pública creciente que ya cruzó el umbral del 50 por ciento del PIB. Por más promesas que hace la SHCP, sigue subiendo la deuda. No queda claro que los esfuerzos anunciados en el presupuesto para 2017 vayan hacer suficientes. A esta situación, tenemos que añadir el problema escandaloso de la deuda pública estatal.

Ambos desequilibrios han llevado a que las autoridades instrumenten una política económica restrictiva, con miras a reducir el poco crecimiento económico que tenemos. Al mismo tiempo, es casi un hecho de que la inflación seguirá en aumento, posiblemente terminando el año entrante por encima de techo del rango de variabilidad. También enfrentamos la posibilidad de que la SHCP tenga que anunciar más recortes al gasto, lo cual complica todavía más el escenario.

La situación ha derivado en una crisis de confianza, en la cual el consumidor ya ve con mayor pesimismo la situación económica actual y futura del país, a tal grado que nunca antes (desde que existe el indicador) hemos visto la economía con tanto pesimismo. La inversión se ha enfrenado, las exportaciones disminuyen, el gasto público se estrecha y el consumo de los hogares (lo único que crece) ya muestra signos de desaceleración. Pero no le podemos echar la culpa a Trump, porque todo esto era lo que teníamos antes de las elecciones del 8 de noviembre pasado. Con Trump en la mira, ahora tenemos más volatilidad cambiaria, menores flujos de capital de inversión extranjera, mayor traspaso del tipo de cambio hacia la inflación, mayores alzas en la tasa de política monetaria y menor inversión privada ante la incertidumbre creciente. Todo lo anterior se va derivar en menos crecimiento económico, menor generación de empleo, mayor informalidad y una brecha laboral creciente.

Si era cierto que nuestra fortaleza era la estabilidad económica, estamos viendo cómo se desmorona. En parte, ha sido resultado de un entorno externo desfavorable, pero también de una política económica equivocada.

Hace 15 años escribí un libro titulado “La Maldición de las Crisis Sexenales”, que buscaba analizar una característica intrínseca de la economía mexicana: a partir de los setenta, México sufría una crisis (recesión) por sexenio. Todas tenían rasgos similares: errores de política económica, devaluaciones masivas, alta inflación, empobrecimiento de las masas e incremento en el desempleo. Peor aún, cada crisis parecía ser peor que la anterior y todas se vinculaban con el cambio de sexenio.
Uno de los objetivos del libro era el de estudiar la posibilidad de que hubiera una nueva crisis con el cambio del sexenio en 2000. Sin embargo, Ernesto Zedillo fue muy obsesivo en este sentido, ya que hizo todo a su alcance para dejar una economía estable, equilibrada y creciente a su sucesor. La actividad económica creció más de 5 por ciento en promedio en sus últimos 5 años y terminó su administración con una inflación de un solo dígito, con un superávit primario en las finanzas públicas, una tendencia de la deuda pública a la baja y un déficit pequeño en la cuenta corriente. El PAN llegó con la mesa puesta para lograr un buen desempeño en materia económica.
Sin embargo, la maldición continuó, aunque ahora caracterizada por desequilibrios externos. Tanto Fox como Calderón, tuvieron la mala suerte de que Estados Unidos experimentó recesiones en cada uno de sus sexenios, con desenlaces muy negativas para la economía mexicana. El crecimiento económico siguió con su tendencia a la baja, pues terminaron ambos sexenios con crecimientos promedios cercanos al 2 por ciento. Fueron gobiernos mediocres sin grandes alcances, pero por lo menos mantuvieron los equilibrios macroeconómicos.
Ahora arrancamos de nuevo con un sexenio de gobierno priista, que en sus dos primeros años ha producido un crecimiento todavía menor de 1.8 por ciento. Si bien hemos escapado a la recesión, hemos estado muy cerca de una, pero ya no producto de la mala suerte externa, sino de nuevo como resultado de errores de política económica. ¿Cuáles han sido los errores?
Uno de los méritos de los gobiernos de Salinas, Zedillo y Fox, fue que pusieron mucho énfasis en el saneamiento de las finanzas públicas. Sin embargo y a pesar de que se introdujo una Ley de Responsabilidad Hacendaria con Calderón, esta tendencia se revirtió a mediados del sexenio pasado a partir del momento en que dejamos de tener un superávit primario. En este sexenio, el gobierno no ha hecho un esfuerzo para corregir el rumbo, por lo que tenemos un déficit fiscal creciente, una deuda pública mayor y seguimos con déficit primario. Peor aún, el deterioro en las finanzas públicas se ha dado en el marco de una reforma recaudatoria, que restó recursos a los hogares y a las empresas, aumentando el gasto público sin repercusiones en el crecimiento económico. En otras palabras, terminamos con la peor combinación: los hogares enfrentaron mayores impuestos, las empresas tiene menos incentivos para invertir y el gobierno gasta mucho más pero sin repercusiones en el crecimiento y con un endeudamiento mayor.
Posiblemente el error más grande ha sido la ineficiencia del gasto público. A pesar de que la SHCP reporta que ha alcanzado máximos históricos, el INEGI no logra encontrar valor agregado al reportar una caída de 0.3 por ciento en términos reales en la suma del gasto corriente y la inversión pública en las cuentas nacionales. La inversión pública, que debería ser pilar del crecimiento ha registrado tasas negativas en los dos años del sexenio.
Otro error fue la crisis que dejó que se gestionara en la industria de la construcción. Al final del sexenio anterior, el gobierno congeló los subsidios para la vivienda de interés social, para que el nuevo gobierno pudiera modificar las reglas y así asegurar viviendas útiles. Sin embargo, la administración actual tardó mucho tiempo en establecer las nuevas reglas, dejando en el camino la quiebra de las grandes desarrolladoras de vivienda, con todo y su impacto sobre uno de las actividades secundarias de mayor generación de empleos.
Finalmente, el gobierno no ha logrado crear un ambiente de confianza empresarial conducente a más inversión. Entre el escalamiento de la guerra contra el narcotráfico, las desgracias producto de la infiltración del crimen organizado en los gobiernos locales, los conflictos de interés de funcionarios en sus inversiones personales, la depreciación del peso y los recortes al presupuesto han llevado a la confianza empresarial a su nivel más bajo desde la gran recesión de 2008-2009.
¿Podrá el gobierno corregir el rumbo?

La Copa Mundial empieza mañana y Brasil está en la mira de todo el mundo. Su equipo es por mucho el favorito, pues no solamente tiene a Neymar da Silva Santos y un muy buen equipo, sino la indiscutible ventaja de jugar en casa. En cambio, México tiene prácticamente nulas posibilidades de ganar el campeonato y una batalla cuesta arriba simplemente para llegar al cuarto partido. Sin embargo, en medio de esta gran fiesta de futbol, llama la atención el caos que parece reinar en el país ante la multitud de protestas, huelgas y manifestaciones. De no resolverse rápidamente, estamos enfrentando la posibilidad de observar una Copa muy accidentada.

El problema central es que una buena parte de la población no estuvo de acuerdo con el gasto exorbitante que realizó el gobierno de Dilma Rousseff en los preparativos, especialmente cuando la economía está estancada y existen muchas carencias por otros lados. También los sindicatos han aprovechado la situación política para chantajear al gobierno ante la posibilidad de que se paralice el transporte durante el Mundial. Pero no solo enfrenta Dilma la urgencia de resolver el problema inmediato, sino que también ha disminuido sustancialmente su popularidad faltando ya menos de cuatro meses para las elecciones presidenciales. Aunque todavía lleva la delantera sobre el Senador Aécio Neves y el ex gobernador Eduardo Campos, ha perdido más de diez puntos porcentuales en las encuestas desde febrero.

El pobre desempeño del PIB en el primer trimestre prácticamente eliminó el poco optimismo que quedaba para el crecimiento de 2014. Las últimas encuestas señalan que Brasil no llegará ni siquiera al 2 por ciento este año. Por el lado de la oferta no hay indicios de una posible mejora en la producción industrial, mientras que por el lado de la demanda permanecen estancados el consumo de los hogares y las inversiones. En adición al anémico comportamiento de la economía, el Banco Central sostiene una tasa de interés real elevada para tratar de cumplir con su objetivo de inflación.

Ante esta coyuntura, llama la atención las declaraciones del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que descalificó a los que han criticado a Brasil y dicho que México ha lo desbancado como la promesa futura de América Latina. Lula dijo que después de revisar los fundamentos económicos mexicanos, encontró que todo es peor que en Brasil. Para ejemplificar la lentitud de México, dijo que la reforma energética mexicana fue algo que se hizo con Petrobras hace 20 años y que no hay ningún indicador comparable a los brasileños.

Al ser por mucho los dos países más grandes de América Latina, siempre se están comparado. Por un lado, las dos economías se han caracterizado por tener una tasa promedio de crecimiento muy bajo en los últimos treinta años, mientras que por otro lado, han ofrecido promesas similares de que en algún momento podrán despegar. En principio, Brasil aparentemente ha registrado una tasa de crecimiento económico ligeramente superior al que ha presentado México. Sin embargo, en materia de estabilidad económica, México ha mostrado mejores calificaciones que Brasil. Brasil gana en recepción de inversión extranjera directa, mientras que México sale adelante en materia de finanzas y deuda pública.

Es aquí donde resulta interesante la tesis que acaba de presentar Juan Mendoza en el ITAM sobre una evaluación diferente de la trayectoria de crecimiento económico de México y Brasil. Se utilizó una metodología desarrollada por Vernon Henderson para medir el crecimiento mediante el empleo de imágenes satelitales para ver la intensidad de las luces de los distintos países en el tiempo. La hipótesis central es que hay una relación constante entre la intensidad de las luces visto desde el espacio y el crecimiento económico. Sin entrar en detalle en cómo se desarrolló el estudio, las conclusiones principales fueron que mientras existe una probable subestimación en el crecimiento económico de México entre 1992 y 2008 de 0.43 por ciento promedio anual, existe una supuesta sobreestimación para Brasil en el mismo periodo de 0.99 por ciento. El estudio encontró que el crecimiento reportado de 2.69 por ciento por el INEGI para México debería haber sido 3.12 por ciento y en Brasil, en vez de 3.26 por ciento de crecimiento oficial, realmente se registró 2.27 por ciento. De ser cierto, la escasa ventaja que nos llevaba Brasil en el desempeño económico en las últimas décadas se convierte en una pequeña desventaja.

Al final de cuentas, lo más seguro es que Brasil nos ganará el partido el próximo martes 17 de junio. Bien por ellos.

El Segundo Debate

Junio 11th, 2012 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (1 Comments)

No me desilusionó el segundo debate ya que no tenía muchas expectativas.  Fue medio aburrido, totalmente predecible y sin contundencia por parte de todos los candidatos.  EPN y AMLO decidieron no atacar, sino simplemente exponer sus propuestas y plantear sus diferencias.  En principio, ambos se ven en la delantera por lo que su tarea en el debate era limitarse a defenderse.  Quadri quiso repetir su fórmula de ustedes los políticos, yo el ciudadano y en fin, pero ya no fue la novedad.  Atacó sin contundencia y su única novedad fue plantear preguntas a los demás, que no tuvo mucha consecuencia ya que la mayoría fueron ignoradas.  JVM se dedicó a señalar, criticar y golpear y dejó a un lado la oportunidad de resaltar las propuestas que realmente lo harían diferente a los dos últimos gobiernos panistas.

Para mí los ganadores fueron EPN y AMLO, ya que creo que consolidaron sus posiciones en las preferencias del público y mostraron que la contienda se ha convertido en una decisión entre dos.  Los perdedores fueron JVM y Quadri, ya que no me convencieron en lo absoluto y me quitaron cualquier duda acerca de sus posibilidades.  En lo particular, no me gustan los golpes bajos entre los candidatos, ya que no se ve muy presidencial, sino más bien corriente.

Gabriel Quadri es una persona inteligente con buenas propuestas, pero como lo señaló claramente Josefina, un voto para él es un voto para Elba Esther y su familia.  El PANAL representa mucho de lo que no queremos los mexicanos y difícilmente me gustaría otorgarle el registro mediante mi voto.  Además no tiene experiencia política y menos material para ser presidente.  Aunque admito que me cautivo cuando lo conocí y escuché sus propuestas, nunca, ni por un segundo, pensé que podría votar por él.

En un principio, cuando apenas estaba por empezar la campaña oficial, pensé que Josefina podría ser la menos mala.  Sin embargo, cuando la escuché por primera vez me asombre de su habilidad de hablar y no decir nada.  Después me dio la impresión de que sus ataques constantes eran para encubrir el hecho de que no tenía propuestas que realmente la diferenciaran de los dos presidentes panistas anteriores.  Más bien, un voto por ella representaba la continuidad y no el cambio.

En el debate, aprovechó el espacio sobre los temas de México y el exterior para decir que estaba muy orgullosa de los taxistas y los oftalmólogos.  Después dijo que quería compartir con los candidatos que en los años “2010, 2011 y 2012 hemos tenido los mayores crecimientos económicos entre estos 2010 y 2012 contra los últimos cuatro años del PRI”.  Yo me acordaba que el crecimiento promedio de cada uno de los últimos cuatro sexenios iban en descenso, es decir, fueron 4.0%, 3.5%, 2.1% y 1.9%, respectivamente para los sexenios de Salinas, Zedillo, Fox y Calderón, suponiendo para 2012 una tasa de 3.5% (el último consenso).  Para que Calderón pudiera superar a Fox en materia de crecimiento, 2012 tendría que experimentar una tasa de 5.0% o más (lo cual se ve sumamente difícil).  Por lo mismo, presumir de materia de crecimiento como un logro de este sexenio se me hacia medio descabellado.  Fui inmediatamente a revisar las cifras y encontré que Josefina está equivocada.  Suponiendo una tasa de 4.0% para 2012 (para darle el beneficio de la duda), el promedio de los tres años (5.5 y 3.9% para 2010 y 2011, respectivamente), nos da un promedio de 4.5%.  Sin embargo el promedio de los últimos cuatro años del PRI (7.3%, 5.0%, 3.6% y 6.0%, respectivamente para 1997 a 2000) nos da un promedio de 4.8%.

También Josefina presumió que “la estabilidad económica que tenemos ni se puede despreciar ni mucho menos se puede echar por la borda”.  Pero el PAN no puede arrebatar el crédito de la estabilidad a un ente autónomo del gobierno federal, que es el Banco de México.  Tampoco puede olvidar que fue Carlos Salinas él quien le otorgó esa autonomía y fue Ernesto Zedillo que puso las bases actuales para la estabilidad económica que tenemos.  Tuvimos dos sexenios del PRI en las que se construyeron las bases para la inestabilidad (Echeverría y López Portillo), pero después el propio PRI elaboró las políticas que dieron pie a que retornara la estabilidad.  El mérito del PAN fue continuar con las políticas del PRI.  Debemos recordar que una de las características del PRI gobierno anterior a Echeverría fue justamente la estabilidad.  Por lo menos no dijo Josefina que una familia puede vivir muy bien con seis mil pesos al mes, que México es un país de altos ingresos o que ha aumentado el salario mínimo en la última década.

Déjame pensar por un momento que AMLO es totalmente creíble, honesto y bien intencionado.  Pero construir cinco refinerías, bajar el precio de los combustibles, evitar la participación privada en el sector energético y construir un tren bala entre la Ciudad de México y la frontera, se me hacen propuestas equivocadas.  También parece muy difícil obtener 300 mil millones de pesos combatiendo la corrupción y otro tanto igual mediante la austeridad republicana.  No dudo de la aritmética de AMLO como lo hace Quadri (ya que 3 + 3 +2 si es igual a 8), sino más bien de la efectividad de las medidas para obtener sus ahorros.  Si gana AMLO será con un Congreso hostil, que difícilmente le soltará los recursos para estas inversiones si no se obtienen los ingresos primero.  Por lo mismo, no queda muy claro qué tan efectivo podrá ser AMLO y qué tantos cambios realmente podrá surtir.  Después de razonar todo esto, queda todavía la duda de que si AMLO representa la república amorosa y que si sus cambios realmente serán “tranquilos, con orden, sin conflicto, convenciendo y persuadiendo para que México mejore, para que el pueblo viva mejor”.

¿Qué nos queda?  ¿EPN y el PRI?  Hagamos el ejercicio de escucharlo y sus propuestas sin la etiqueta del PRI, es decir, pensando que viene de cualquier otro partido.  Casi todo lo que ha dicho está bien.  Promete más ingresos para las familias, impulsar reformas, instrumentar un verdadero cambio, fortalecer la democracia, ser tolerante y gobernar para todos.  También nos ha dicho que combatirá la corrupción y eliminará la pobreza alimentaria.  Pero, ¿le podemos creer?  ¿Queremos darle tan pronto una segunda oportunidad al PRI?  La única oportunidad que he tenido para escuchar a EPN en viva voz fue hace algunos años cuando lo invité como orador especial a un Foro del IMEF que me tocó organizar en 2007.  Su llegada, su comportamiento, su estilo, fue todo reminiscente del autoritarismo del PRI anterior.  Literalmente nos hizo a un lado y nos dijo su gente que se ocuparían de toda la organización mientras que él estuviera allí.

Aunque los últimos años de Zedillo fueron de crecimiento y el inicio de la estabilidad económica, quedó claro que la mayoría de la población quería cambios.  Después de doce años del PAN todavía estamos esperando la mayoría de los cambios, en especial más crecimiento, empleos y seguridad y menos corrupción, violencia y despilfarro.  Dado que todos prometen cambio, al final de cuentas el raciocinio del voto queda entre la credibilidad de EPN y AMLO.  ¿El PRI ha cambiado lo suficiente como para realmente hacer lo que propone?  ¿No tenemos por qué tenerle medio a AMLO?

Al final de cuentas, el segundo debate no logró despejar mis dudas o cambiar mi percepción de credibilidad de los candidatos.  Faltan tres semanas de campaña…