Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Queda claro que empezamos el año muy mal: el gasolinazo y los subsecuentes saqueos y manifestaciones generalizadas, junto con el arribo de Trump a la presidencia de Estados Unidos, nos pusieron a todos de mal humor. El pesimismo se vio primero en el peso mexicano cuando el tipo de cambio “fix” alcanzó 21.9076 el 11 de enero. Posteriormente vimos un desplome sin precedente en las confianzas del consumidor y empresarial. Las percepciones sobre la situación actual y futura de la economía del país registraron niveles de pesimismo abismales, incluso muy por debajo de los peores momentos de la Gran Recesión de 2008-2009. Todos revisaron sus expectativas de crecimiento a la baja y veían un aumento significativo en las probabilidades de una recesión.

Tres meses después el tipo de cambio se ubica en 18.4863, ya por debajo del promedio de 18.6943 del año pasado e incluso en niveles que prevalecían antes de las elecciones de Estados Unidos. La confianza del consumidor rebotó en febrero y marzo, casi reponiendo la caída de enero, mientras que la empresarial mostró una mejoría todavía mayor. Todavía existe cierto escepticismo, pero esa percepción negativa extrema de enero se está desvaneciendo. Las probabilidades de una recesión han disminuido significativamente, mientras que por primera vez (en 16 meses) vimos una revisión hacia arriba en las expectativas de crecimiento para 2017, de 1.4 por ciento en marzo a 1.55 por ciento en abril, en la Encuesta Mensual de Expectativas del IMEF. Claramente, hubo una sobrerreacción del mercado ante los acontecimientos de principio de año.

El gasolinazo en enero quedará como uno de los errores más grandes de este sexenio. Sin embargo, el impacto ha se asimiló y el enojo ha bajado. La incertidumbre que representaba Trump para el futuro del TLCAN también ha disminuido, al ver primero que no sería tan catastrófica una posible salida de Estados Unidos y segundo, que las opciones que se presentaron a principios de año no son tan amplias. Ahora vemos que México no tiene tanto que perder ante una eventual renegociación y que es altamente probable que subsista la relación comercial entre vecinos.

De hecho, hemos observado una recuperación en la producción manufacturera de Estados Unidos en los últimos meses, después de casi dos años de estancamiento. La disminución de 0.4 por ciento de marzo fue la primera tasa negativa en seis meses y aun así el promedio de los primeros tres meses del año se ubica 1.0 por ciento por encima del promedio de 2016. Sin embargo, todavía más importante, ya vemos una clara tendencia alcista en las exportaciones de Estados Unidos a pesar de la fortaleza de su moneda. Esto implica una mayor demanda por insumos mexicanos. De hecho, ya vemos una tendencia alcista de la producción manufacturera mexicana y finalmente, crecimiento en nuestras exportaciones. Esto es vital, ya que han sido nuestro principal motor de crecimiento de las últimas dos décadas. Lo que parecía que iba ser fatal a principios de año, no se materializó.

No obstante, no todo marcha bien. La inversión privada todavía muestra estancamiento y cierto escepticismo. La construcción no residencial se desplomó a mediados del año pasado y no da señales de recuperación. Las obras de ingeniería civil, cuyo ímpetu es la inversión pública, sigue (y seguirá) a la baja ante los problemas de consolidación fiscal que enfrenta el gobierno.

Pero posiblemente la clave para el crecimiento económico de este año será el consumo de los hogares, que ya enfrenta cierta desaceleración. Aunque los últimos datos confirman que es el consumo de bienes y servicios de origen nacional lo que crece, mientras que los bienes de consumo importados se ha estancado desde hace más de un año, la parte endeble de la ecuación es el ingreso disponible de las familias. Si bien ha aumentado el empleo, es en su mayoría de muy baja remuneración, mientras que el aumento en la inflación en los primeros tres meses del año ha sido sumamente perjudicial. No hemos visto los cambios de hábito que muestran los consumidores ante una crisis, pero sí una adaptación a una pérdida en su poder adquisitivo. Estimaciones independientes al INEGI, realizadas por Kantar Worldpanel México, señalan que los precios de los productos que más adquieren los hogares han aumentado en promedio cerca de 10 por ciento. Por lo mismo, la inflación es la principal preocupación de los consumidores.

En estos meses, la SHCP tiene la tarea de preparar el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (PPEF), la Iniciativa de la Ley de Ingresos (ILI) y los Criterios Generales de Política Económica (CGPE) para 2015, que se enviarán al Congreso para su aprobación antes del 8 de septiembre. Este ejercicio ha despertado mucho interés, en especial por el anunció de la intención de trabajar en una reingeniería del gasto público con una perspectiva de Presupuesto Base Cero. Lo que la SHCP busca es contener el crecimiento inercial de los egresos, pues en los últimos dos sexenios el gasto corriente aumentó de 10.9 a 15.2 por ciento del PIB. Sin la abundancia de recursos petroleros, si quiere SHCP cumplir con la trayectoria prometida de un déficit fiscal decreciente, simplemente tiene que buscar cómo gastar menos y mejor.

Que tan efectivo podrá ser este ejercicio de reingeniería ha sido tema de numerosos debates. Existe mucho escepticismo al respecto y las expectativas no son muy buenas. La mayoría piensa que, efectivamente, habrá recortes en el gasto, pero realmente no mejorará la calidad y eficiencia del mismo. En otras palabras, el gasto público seguirá aportando muy poco (si es que algo) al crecimiento económico, mientras que el gobierno hostigará a los hogares y a las empresas para quitarles el máximo de recursos posibles.

Sin embargo, los recortes no son el único tema de discusión en esta ocasión. También se cuestionan los parámetros que se utilizarán en el marco macroeconómico para elaborar el ejercicio financiero. La SHCP anunció a principios de abril (en un documento conocido como pre-criterios) que elaborará el presupuesto con estimados de 3.7 por ciento para el crecimiento económico, de 14.50 pesos por dólar para el tipo de cambio promedio y 4.5 por ciento para la tasa de política monetaria. Si consultamos las últimas encuestas de expectativas, encontramos que se anticipa un crecimiento mucho menor de 3.2 por ciento, un tipo de cambio más cercano a 16 pesos y una tasa de interés ligeramente menor. Esto ha llevado a varios a preguntar que si no sería recomendable que los CGPE fueran formulados por una entidad autónoma y validados por expertos independientes.

Ha sido muy criticada la SHCP por sus proyecciones económicas en este sexenio. Para el presupuesto de 2013 se utilizó una tasa de crecimiento para el PIB de 3.9 por ciento, cuando tan solo crecimos 1.4 por ciento. Para 2014 se utilizó de nuevo una tasa de 3.9 por ciento y el crecimiento se quedó en 2.1 por ciento. Para este año, la SHCP estimó que el crecimiento sería 3.7 por ciento, mientras que el consenso actual es de 2.5 por ciento (y seguimos revisando a la baja). Peor aún, cada trimestre tiene que salir la SHCP a admitir que el crecimiento será menor a lo que estimaban apenas hace tres meses.

Pero a pesar de que el gobierno se ha equivocado constantemente en sus proyecciones económicas, no creo que se necesita una entidad autónoma para elaborar los parámetros ni una valuación de expertos independientes. El estancamiento de 2013 y el desempeño mediocre de los siguientes dos años fue sorpresa para todos. Si vemos cuanto eran las estimaciones de consenso en los momentos en que la SHCP preparó sus presupuestos, observamos que todos nos equivocamos, tanto el sector privado como los organismos internacionales. Nadie tiene una bola de cristal y no por ser el gobierno debe tener una mejor habilidad de proyectar el futuro que los demás. Más bien, lo que tiene que hacer es tomar los últimos datos correspondientes, basados en la información disponible al momento. Si sus proyecciones difieren mucho de los consensos de las encuestas disponibles (como la de Especialistas en Economía del Sector Privado que realiza Banxico, la de Expectativas quincenales de Instituciones Financieras que levanta Banamex, o la Encuesta Mensual de Expectativas del Comité de Estudios Económicos del IMEF), entonces el Congreso tendrá la responsabilidad de cuestionar a la SHCP.

Lo que sí debería de dejar de hacer la SHCP es participar en el “juego” de tener proyecciones actualizadas cada trimestre. A diferencia del Banco de México donde es parte del análisis de la economía, que se necesita para respaldar sus decisiones de política monetaria, la SHCP solo necesita realizar un marco macroeconómico en septiembre de cada año para la programación financiera de su presupuesto. No es necesario tener proyecciones al día, que sólo alimentan una travesura mediática en la cual no gana absolutamente nada. Salir cada tres meses para este propósito es un invento innecesario de este sexenio.

El Unico Motor

Noviembre 5th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

La semana pasada, comentábamos que en los últimos meses hemos visto muchos indicadores que señalan que la economía ha mejorado, después de un largo periodo (22 meses) de un estancamiento inusual. Lo que más ha destacado y busca empujar al resto de la economía son las exportaciones no petroleras, en especial las del sector automotriz. La inversión privada empieza a reaccionar un poco, mientras que el consumo de los hogares avance a pasos muy lentos. Finalmente, el gran ausente ha sido el gasto público, que a pesar de que la SHCP presume gran despendio, todavía no ha logrado pisar terreno positivo. Con la información con que contamos a la fecha, es casi un hecho de que el crecimiento del tercer trimestre va a desilusionar un poco, por lo que tan solo quedan los últimos tres meses del año para registrar una tasa que implica el comienzo de una recuperación a fondo.
Si bien puede empezar a crecer un poco más el consumo privado, debemos reconocer que parte de una debilidad intrínseca a raíz de un ingreso personal disponible mermado. La incertidumbre mundial limitará la inversión privada, mientras que el gasto público permanece como la gran incógnita. Esto significa que nos quedamos (como siempre) con un solo motor de crecimiento para reactivar a la economía: las exportaciones no petroleras. En septiembre crecieron 11.6 por ciento, la tasa más elevada desde octubre 2010. Todo apunta a que el tropiezo que registró la manufactura en agosto fue más bien una excepción y no un cambio de tendencia. En este sentido, apuntamos la semana pasada, que si las exportaciones no petroleras muestran crecimiento sostenido de dos dígitos en los siguientes meses, será posible ver una mejoría notable en el desempeño general de la economía en un futuro ya no muy lejano.
El lunes tuvimos excelentes noticias al respecto. El Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) dio a conocer los resultados del Indicador IMEF Manufacturero para octubre. Resulta que registró 54.8 puntos, su nivel más elevado desde mayo 2012. Si consideramos el mismo indicador pero ajustado por tamaño de empresa, el nivel se ubicó en 55.2 puntos, el más alto desde julio 2010. Si analizamos los subíndices del Indicador, sobresale que los “nuevos pedidos” llegaron a 57.6 puntos, que sólo se ha alcanzado en cinco ocasiones en los últimos siete años, mientras que “producción” se quedó en un sólido 56.6. Más aún, el subíndice de “empleo”, uno de los más débiles, también registró una mejoría importante.
El Indicador IMEF es un índice de difusión, que abarca niveles en un rango de cero a cien con un punto medio de 50. En principio, el umbral de 50 puntos divide a la actividad económica manufacturera en una zona de contracción (por debajo de 50) y una de expansión (por encima), aunque en la práctica se ha visto que niveles entre 47 y 50 son consistentes con un crecimiento positivo, aunque sumamente débil. El Indicador se construye mediante cinco preguntas cualitativas sobre los nuevos pedidos, producción, empleo, entrega de productos e inventarios en relación al mes anterior. Es un indicador muy oportuno, ya que los resultados del mes se reportan el primer día hábil del mes siguiente. Históricamente, hemos visto que niveles por debajo de 45 puntos son consistentes con una recesión, mientras que un registro mayor a 55 puntos implica una economía en franca expansión. Los resultados de octubre nos dicen que la industria manufacturera, liderada por las exportaciones no manufactureras, empiezan a entrar en una fase de mayor expansión, que aunque con cierto rezago, debe reactivar a la economía interna.
El Indicador IMEF No Manufacturero, que abarca comercio y servicios, aumentó 0.4 puntos en octubre para llegar a 52.2 puntos. Es apenas el segundo mes de los últimos ocho, que ha superado los 52 puntos. Significa que las actividades terciarias crecen, pero todavía a un ritmo relativamente lento. Los subíndices de nuevos pedidos (54.2) y producción (53.2) alcanzaron niveles aceptables, sin embargo, el del empleo (49.2) permanece estancado.
Ya tenemos nuestro único motor encendido. Si el gobierno pudiera encontrar el camino para que el gasto público crezca ya en acorde a los recursos registrados y la inversión pública a crecer como debería de ser, la actividad económica pudiera empezar a responder. Sin embargo, el INEGI reporta que en el segundo trimestre, el gasto público real fue el más bajo de los últimos 17 trimestres, mientras que la inversión pública muestra una tendencia negativa en los últimos cuatro años. ¿Qué podemos esperar?

Escrito el 17 de junio de 2014 para Newsweek en Español.

 

Entre 1933 y 1981, México logró crecer a una tasa promedio anual de 6.19 por ciento, lo que permitió multiplicar el PIB por un factor de 19 en lo que fue casi 50 años. El crecimiento llegó a registrar un promedio anual de 9.11 por ciento en los últimos cuatro años de ese periodo, impulsado por el boom petrolero de los setenta. Pero con el derrumbe económico de 1982, se perdió por completo la habilidad de crecer, ya que la tasa disminuyó a un promedio por año de tan solo 2.21 por ciento los últimos 32 años, una de las más bajas de todo América Latina. Muchas personas culparon al Partido de la Revolución Institucional (PRI), el partido que había monopolizado el poder por 71 años consecutivos (1929-2000), por lo que decidieron en las urnas en 2000 darle la oportunidad al Partido de Acción Nacional (PAN). Sin embargo, en los dos sexenios en que sostuvo el poder (2001-2012), los gobiernos del PAN no pudieron mejorar la pobre actuación económica: Vicente Fox logró que la economía avanzara a un ritmo de 2.18 por ciento anual, mientras que Felipe Calderón registró una tasa promedio de 2.09 por ciento.

Ante la frustración del desempeño mediocre del PAN, la población decidió darle de nuevo la oportunidad al PRI, con la presidencia de Enrique Peña Nieto. En su campaña prometió impulsar las reformas estructurales que hacían falta y a retomar el crecimiento sostenido. Convenció a la mayoría de que solamente el PRI tenía la capacidad política para negociar con la oposición y que con su retorno por fin despejaría la economía. Con su victoria se presumió que había llegado el “momento México”. Inició su mandato con el lema “moviendo a México”, apoyado en grande por la prensa extranjera que ayudó a promover al país. Las agencias calificadoras se sumaron a la ola de optimismo, mejorando la calificación de riesgo soberano con el argumento implícito de que ahora sí el gobierno sabía qué hacer.

Sin embargo, no llegó el famoso momento México. El crecimiento económico del país en el primer año del nuevo gobierno no llegó ni siquiera a la mitad del promedio histórico de los últimos 32 años, mientras que el arranque de 2014 ha mostrado que la tendencia de estancamiento permanece igual. Todas las instituciones, analistas y académicos han revisado continuamente sus proyecciones de crecimiento a la abaja, hasta que recientemente el gobierno y el banco central tuvieron que admitir lo mismo. Por lo pronto, las perspectivas para este año giran alrededor de 2.5 por ciento, pero no debe sorprender que antes de finalizar el año observamos más revisiones a la baja.

¿Qué pasó con el momento México? ¿Por qué nunca llegó?

México fue de los ganadores después de la Gran Recesión

El crecimiento del PIB mexicano de 2001 a 2009 fue 1.3 por ciento promedio anual, el peor de toda América Latina. El contraste con las demás economías de la región fue enorme, ya que la década pasada fue muy favorable para la mayoría de los países latinoamericanos. Volteábamos a ver a Brasil, Chile, Perú y Panamá con envidia, que crecían muy por encima de nosotros. Al mismo tiempo, surge China como nuevo centro manufacturero mundial y nos empezó a comer el mandado. Peor aún, viene la gran recesión en 2008 y el PIB de México se desploma 4.7 por ciento. A pesar de una supuesta fortaleza macroeconómica, un sistema financiero saneado, una política cambiaria adecuada y relaciones de deuda externa relativamente buenas, tuvo uno de los peores desempeños a escala mundial. Al desplomarse el comercio exterior, México pierde su motor de crecimiento más valioso y la economía interna no supo responder.

No toda la retracción de la actividad económica provino de afuera. La sobrerreacción de las autoridades al virus H1N1, que paralizó por completo a la economía por un espacio importante, posiblemente contribuyó cerca de dos puntos porcentuales de los que disminuyó el PIB ese año. Pero aun así, México parecía maldecido y condenado al crecimiento mediocre.

Sin embargo, el panorama empezó a cambiar a partir de 2010 con un repunte significativo en las exportaciones no petroleras, a pesar de la lenta recuperación mundial. El PIB de México logró crecer 5.2, 3.8 y 3.9 por ciento en 2010, 2011 y 2012, respectivamente, para alcanzar un promedio de 4.3 por ciento en los tres años y crecer por arriba del promedio mundial. En estos años, México recapturó una porción del mercado norteamericano que había cedido a China y se empezó a escuchar de nuevo de la competitividad mexicana. No sólo la industria automotriz despegó a gran velocidad, sino también las exportaciones manufactureras no automotrices. Pero todavía más sorprendente fue que la economía interna empezó a responder y parecía tener por primera vez su propio dinamismo.

¿Cuáles fueron los factores que explicaron el mejor desempeño vis-a-vis los demás países? En principio, fueron tres: un reacomodo de líneas de producción (en especial en la industria automotriz) dentro de América del Norte, mediante el cual se buscó reducir costos de producción e incrementar la eficiencia a raíz de los efectos de la recesión en Estados Unidos; una moneda más competitiva (depreciada) a raíz del ajuste significativo que sufrió el tipo de cambio en 2008; y un cambio fundamental en la política económica de China, que coadyuvó a cerrar la brecha de los costos laborales unitarios entre ambos países.

A raíz de la profunda recesión de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las empresas automotrices estuvieron a punto de quebrar. Recibieron incluso ayuda gubernamental y tuvieron que implementar cambios profundos para volver hacer competitivos y rentables. Muchos de estos cambios involucraron cambios en sus líneas de producción de Estados Unidos hacia México, que en parte fue un reconocimiento de que la productividad de la industria automotriz mexicana no solamente era buena, sino de las mejores a escala mundial. A raíz de entonces, no sólo se observó nuevas inversiones en las plantas de capital norteamericanas, sino también en las europeas y asiáticas. El resultado fue que apenas un par de años después de la crisis, México había ganado mucha participación en la producción automotriz mundial.

En los años anteriores a la crisis, el dólar se había depreciado respecto a las principales monedas del mundo. Dado que el peso mexicano está muy ligado al dólar, México aprovechó parte de esta depreciación para incrementar sus exportaciones a países distintos a Estados Unidos. Como consecuencia de la crisis, el peso sufrió una depreciación significativa respecto al dólar en un momento en que el dólar se recuperó respecto a los demás países. De nuevo, México ganó competitividad hacia el exterior y se posicionó muy bien cuando el comercio exterior empezó a recuperarse.

Finalmente, China empezó a poner más énfasis en su mercado interno, empezando por otorgar mejores salarios a sus obreros. Como consecuencia, la distancia abismal que había entre los costos laborales de los dos países acortó y las ventajas de seguir produciendo en China se empezaron a mermar. Después de casi una década en la cual China absorbió una buena parte de la actividad manufacturera global, muchas empresas se dieron cuenta que los costos de logística y de transporte eran igual o más importantes que los laborales. Al final de cuentas, la cercanía geográfica de México y las posibilidades de abastecer oportunamente al mercado de Estados Unidos, volvió a posicionar a México como creciente posibilidad de producción manufacturera.

La mejoría económica en los tres años previos al arribo de Enrique Peña Nieto a la presidencia, fortaleció la creencia de que el nuevo gobierno podría tomar e incluso mejorar esta inercia. Si la ausencia de reformas estructurales fue uno de los factores que limitó el crecimiento en la era del PRI, entonces Peña Nieto tenía todo que ganar con impulsarlas. Sin embargo, con el cambio del sexenio vino una desaceleración frustrante que dejó a México al borde de una recesión.

La tormenta perfecta

Después de buen crecimiento por tres años, la actividad económica mexicana se desaceleró significativamente en 2013 para alcanzar apenas una tasa de 1.1 por ciento. Fueron muchos los factores, tanto externos como internos, que contribuyeron al mal desempeño. Una menor demanda por nuestras exportaciones en el exterior, la cancelación de cuotas de exportación de automóviles a Brasil y Argentina, una disminución pronunciada en las remesas y la recesión de Europa fueron algunos de los elementos externos. Mientras tanto, la crisis de la construcción, el menor gasto público, un desabasto de gas, inundaciones, incertidumbre en torno a las reformas estructurales, dudas en torno al cambio de sexenio y un deterioro acumulado en el poder adquisitivo de los hogares, fueron las causas internas.

El impulso principal para la actividad económica que planteó el gobierno entrante era su agenda ambiciosa de reformas estructurales. Los gobiernos anteriores no los pudieron aprobar debido a la oposición que tenían en el Congreso y a la falta de habilidad política para negociar y conciliar intereses. Sin embargo, el gobierno de Peña Nieto logró establecer el “Pacto para México”, que fue un acuerdo entre los principales partidos políticos para perseguir una agenda común. De aprobarse el decálogo de reformas, el crecimiento habría que detonarse.

Sin embargo, esta perspectiva no se materializó. A pesar de que algunas de las reformas se aprobaron en la primera mitad de 2013, las más importantes enfrentaron problemas mayores. La reforma fiscal terminó como una propuesta simplemente recaudatorio, sin enfrentar los verdaderos retos fiscales, mientras que la de telecomunicaciones y la energética se pospusieron hacia fines de año. Muchas de las leyes secundarias que debían seguir la aprobación de las reformas se empantanaron y no fueron aprobados hasta mucho después. Como resultado, el empuje que debió representar estas reformas no se materializó en 2013 y quedó claro que si se llegaran a materializar factores positivos de ellas, no serían sino hasta la segunda mitad del sexenio.

Pero más allá de las fallas que pudieran llegar a representar estas reformas, la actividad económica sufrió una serie de reveses, que no solo detuvo su crecimiento, sino que empujó a la economía hacia el borde de una recesión ligera. Lo que pasó fue como una tormenta perfecta, es decir, se conjuntaron varios factores negativos tanto externos como internos, casi todos al mismo tiempo, que detuvo la marcha de la economía. ¿Cuáles fueron estos factores?

Primero, a mediados del año anterior (2012) la demanda por las exportaciones no petroleras mexicanas empezó a desacelerarse. Las exportaciones automotrices dejaron de crecer a los ritmos anteriores, mientras que las manufactureras no automotrices se estancaron. Dado que las exportaciones son el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, se experimentó mucho menos dinamismo en las actividades secundarias, que a su vez dejaron de estimular el crecimiento de las actividades terciarias. Hubo una visible desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos (de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013) y específicamente en su producción manufacturera, que creció 2.2 por ciento en 2013 después de haber logrado una tasa de 3.9 por ciento en el año anterior. Al final de cuentas, las exportaciones no petroleras solo crecieron 4.0 por ciento en 2013, menos de la mitad de la tasa de 8.5 por ciento de 2012.

Segundo, al mismo tiempo dejaron de crecer las remesas familiares provenientes de Estados Unidos. A partir de julio de 2012 la tasa anual fue consistentemente negativa, afectando un ingreso complementario de muchas familias, que a su vez tuvo un efecto negativo sobre el consumo de los hogares. Dado que una parte significativa de estos ingresos se dedican a obras de autoconstrucción y remodelación de casas, también se vio afectada la rama de “trabajos especializados” dentro de la construcción.

Tercero, el gobierno de Calderón había dado un gran impulso a la vivienda de interés social, en especial mediante la construcción de casas habitacionales horizontales. Sin embargo, la gran mayoría fueron desarrollos en zonas apartadas de los centros de trabajo, esparcimiento y escuelas. Muchos gobiernos locales fallaron en proveer la infraestructura necesaria, por lo que miles de casas fueron abandonadas. A mediados de 2012, el gobierno decidió parar este tipo de edificación, en espera de una nueva reglamentación que favoreciera la vivienda vertical. No obstante, ante el inminente cambio de sexenio, el gobierno saliente le dejó el paquete a la nueva administración, lo que dejó prácticamente paralizado un segmento importante de la construcción. Peor aún, el nuevo gobierno no resolvió el problema de inmediato, lo que profundizó la crisis de la construcción en 2013. La mayoría de los desarrolladores de vivienda quedaron al borde de la quiebra, sin los recursos para volver a levantar el sector.

Cuarto, el gobierno de Calderón propuso utilizar la mayor parte del gasto público programado para 2012 en la primera mitad del año en busca en un efecto favorable en la economía antes de las elecciones. Esto implicó una disminución en el gasto en la segunda mitad del año, en especial en obras civiles y de infraestructura. Al entrar el nuevo gobierno, se intensificó la disminución en el gasto, muy visible en la inversión fija bruta del gobierno. En sí, el presupuesto aprobado para 2013 buscaba un balance fiscal, lo que implicaba un proceso de consolidación mediante una disminución en el gasto público. Pero aunado a esta restricción, la nueva administración tuvo un subejercicio de su gasto, por lo que su impacto negativo fue todavía mayor. No fue hasta el último trimestre de 2013 que el gobierno de Peña Nieto logró activar en forma el gasto público. Sin embargo, fue demasiado poco y tarde para lograr algún impacto significativo en la actividad económica.

Quinto, ante la promesa de reformas estructurales que implicaban nuevas oportunidades de inversión, el sector privado decidió posponer muchos proyectos hasta no saber bien cuáles iban a ser las nuevas reglas del juego. Primero habría que esperar para ver cuáles reformas se aprobarían y después cuáles serían las leyes secundarias. Aunado a la espera de las reformas, había incertidumbre en torno al cambio sexenal, que siempre tiene un efecto negativo en el primer año de cualquier sexenio. Esto también implicó una disminución en la inversión fija bruta del sector privado.

Sexto, a pesar de que la inflación general se ha contenido en los últimos años, los precios de los alimentos, de la gasolina y otros bienes con alto impacto en los presupuesto familiares, subieron mucho más que los sueldos y salarios, provocando una pérdida en el poder adquisitivo de muchos hogares. Aunado a los factores anteriores, esto incitó a una disminución en el comercio y a una eventual desaceleración en las actividades terciarias en su conjunto.

El resultado fue primero una atonía a partir de mediados de 2012, que posteriormente se convirtió en un estancamiento de la actividad económica en 2013. El gobierno fue severamente criticado a lo largo del año, ya que cada tres meses se veía forzado a revisar su expectativa de crecimiento a la baja: empezó el año anticipando una tasa de 3.5 por ciento, que revisó a la baja cuatro veces antes de admitir la tasa final de 1.1 por ciento para el año. Sin embargo, no solo fue el gobierno que no anticipó adecuadamente el crecimiento del año, sino también prácticamente a todos los analistas, instituciones financieras y organismos internacionales. Parte del problema fue, que aunado a todos los factores mencionados, hubo modificaciones importantes en las cuentas nacionales (cambio de año base y adecuaciones metodológicos), que terminaron por arrojar cifras de crecimiento económico menores a los que originalmente se habían reportados. En un principio, el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) reportó en mayo de 2013 que el PIB del primer trimestre de 2013 había crecido de 1.8 por ciento anualizado respecto al trimestre anterior. La cifra ya revelaba una economía menos dinámica, lo que llevó a muchos analistas a revisar a la baja su expectativa de crecimiento para el año, pero aun todavía en un rango ligeramente por debajo de 3 por ciento. Sin embargo, cuando el INEGI dio a conocer los datos del segundo trimestre en agosto, aprovechó para introducir el cambio de base (de 2003 a 2008), que resultó en una revisión del primer trimestre a 0.1 por ciento de crecimiento y una tasa negativa de 2.9 por ciento para el segundo. Por lo mismo, después de conocer los datos revisados los analistas tuvieron que revisar de nuevo a la baja sus perspectivas de crecimiento, esta vez ya por debajo de 2 por ciento. A pesar de que hubo una pequeña mejoría en el desempeño de la economía en el tercer trimestre, el cuarto volvió a estancarse y la economía terminó creciendo apenas 1.1 por ciento en el año.

La promesa de recuperación

Si revisamos detenidamente la lista de los factores que contribuyeron al bajo desempeño de 2013, encontramos que prácticamente todos fueron de naturaleza temporal, es decir, que deberían perdurar por mucho tiempo. Esto llevó al gobierno a prometer una recuperación vigorosa en 2014, primero como consecuencia de una recuperación en la economía de Estados Unidos y Europa y posteriormente apuntalado en una política de gasto público muy agresivo. Consistente con el lema que está utilizando el gobierno para promover el país, “moviendo a México”, la SHCP ha sido muy reacio a reconocer y admitir primero, que la economía no va crecer lo que originalmente proyectaron y segundo, que se tiene que revisar a la baja de nuevo las expectativas de crecimiento a raíz de errores de política económica.

Después de prometer resultados casi inmediatos, ante lo sucedido en 2013, el gobierno se vio forzado a admitir que los supuestos efectos benéficos de las reformas se darían [en el mejor de los casos] en el mediano plazo. Por lo mismo, para remediar la situación y reactivar la economía, el gobierno decidió primero plantear una reforma fiscal que proveería de más recursos al erario y después impulsar una ampliación significativa del déficit fiscal para financiar un incremento sustantivo en el gasto. De esta manera, abandonó prácticamente todos los planteamientos originales de la reforma en busca de una propuesta esencialmente recaudatoria. Dejó a un lado las propuestas de unificar el IVA al eliminar las exenciones y excepciones, no presentó propuesta alguna para incentivar el empleo formal y combatir la informalidad, eliminó deducciones que incentivaban la inversión, no buscó ampliar la base recaudatoria y terminó aumentando la tasa impositiva a los cautivos, los que desde antes pagaban la mayor tajado de los impuestos. Adicionalmente, introdujo una serie de nuevos impuestos y aumentos al IEPS que gravaban alimentos de alto consumo en los hogares.

El resultado final de la reforma fue una reducción en el ingreso personal disponible de los hogares, que trajo consigo una disminución en la confianza del consumidor y al mismo tiempo, desincentivó la inversión de las empresas y redujo igual la confianza empresarial. En el momento en que el consumo y la inversión privada necesitaban apuntalar la recuperación, fueron severamente castigados. Peor aún, el gobierno introdujo nuevas medidas de fiscalización y leyes para tratar de limitar el lavado de dinero, pero que empujaron a muchos consumidores y empresarios a retirar su dinero de los bancos y dejar de usar tarjetas de crédito. Como consecuencia, aumentaron significativamente las transacciones informales y cayeron las ventas en los establecimientos formales. En el primer trimestre del año, aumentó la demanda de dinero (base monetaria) más de 14 por ciento, mientras que el PIB nominal solo avanzó 5.1 por ciento.

En principio la estrategia del gobierno es de quitarle dinero a los hogares y empresas para incrementar sus ingresos y pedir prestado algo más al mercado vía un incremento importante en la deuda pública (tanta externa como interna), para aumentar así en forma significativa el gasto público. El primer problema con esta estrategia, es que el gasto público es menos eficiente en términos de su impacto sobre el crecimiento económico que el gasto privado. El segundo problema es que redujo el ingreso personal disponible a los que desde antes pagaban más impuestos en vez de ampliar la base gravable y eliminar a los grupos privilegiados. El tercer problema es que al acudir a los mercados financieros para financiar la ampliación del déficit, desplazó al sector privado de recursos que hubiera utilizado para invertir. El resultado es que el primer trimestre quedó estancado y se abortó las posibilidades de iniciar una recuperación de fondo.

Al concluir el primer trimestre, la SHCP reportó un aumento en el gasto público de alrededor de 8 por ciento real y en especial. Un aumento en inversión física de más del 17 por ciento. Sin embargo, la inyección de recursos públicos no parecía tener efecto alguno en el crecimiento. Sin embargo, más de un mes después, el INEGI reportó que el consumo público disminuyó 0.33 por ciento respecto al trimestre anterior y en especial, hubo una caída de 8.5 por ciento en la inversión público respecto al mismo periodo del año anterior. La SHCP no ha querido aclarar esta divergencia tan marcada en las cifras y tampoco reconocido que su última revisión a la baja en el crecimiento tendrá que ser revisada de nuevo (algo que Banco de México ya admitió).

Aunado a los errores de política gubernamental, el entorno externo no presentó la mejoría anticipada a principios de año. La economía norteamericana arrancó mal el año debido a condiciones climatológicas adversas, que afectó negativamente a la inversión privada, el gasto público y los inventarios. El resultado fue que el PIB estadounidense disminuyó 1.0 por ciento en el primer trimestre de 2014, por lo que no aumentó mucho la demanda por nuestras exportaciones. Afortunadamente, el consumo de los hogares siguió creciendo en Estados Unidos, por lo que el revés se ha interpretado como un fenómeno temporal. De hecho, las exportaciones mexicanas han mostrado una mejoría en los últimos meses.

El Indicador IMEF Manufacturero de mayo muestra una tendencia modesta al alza, por lo que se anticipa una mejoría en el ritmo de producción ya en el segundo trimestre. Sin embargo, el Indicador IMEF No Manufacturero registra una clara tendencia a la baja en los primeros cinco meses del año, signo de que el comercio y los servicios se mantienen estancados. El hecho de que el Banco de México decidiera reducir 50 puntos base la tasa objetivo de fondeo interbancario a 3.0 por ciento, es muestra de que la actividad económica todavía permanece estancada. La misma Junta de Gobierno recalcó que la mayor debilidad es el consumo y la inversión. La decisión sorpresiva subraya el hecho de que el rango esperado de crecimiento por las autoridades monetarias es seguramente ahora todavía más baja que el de 2.3 a 3.3 por ciento dado a conocer apenas hacia fines de marzo.

 

Expectativas de Crecimiento del PIB para 2014:

Antes y Después de Conocer los Datos del Primer Trimestre

                                                                                                      Antes                 Después

Oficial SHCP                                                                               3.9%                      2.7%

Oficial Banxico                                                                          3.5%                      2.8%

FMI                                                                                               3.0%                        n.d.

Banco Mundial                                                                         3.0%                      2.3%

Encuesta IMEF                                                                          3.0%                      2.6%

Encuesta LatinFocus                                                               3.1%                      2.9%

Encuesta Consensus Economics                                        3.0%                      2.6%

Encuesta Banxico                                                                    3.0%                      2.8%

Encuesta Banamex                                                                 3.0%                      2.8%

Fuente: recopilación propia de fuentes originales de cada Encuesta o Institución.

 

En la medida en que se vayan conociendo más datos duros sobre el desempeño de la economía en el segundo trimestre, se podrán ir afinando las proyecciones de crecimiento para todo el año. No obstante, las acciones del Banco de México y los indicadores oportunos disponibles (como el Indicador IMEF) apuntan a que esta ronda de revisiones a la baja todavía no concluye. Es de esperar que el nuevo consenso se ubique mucho más cerca al 2 que al 3 por ciento. Sin embargo, resulta interesante observar que aun la proyección más pesimista de ahora (cerca del 2 por ciento) implica cierta recuperación en la segunda mitad del año.

¿Qué se necesita para que se active la recuperación? Primero, una mejoría en el entorno externo que culmina en un incremento en las exportaciones no petroleras, que desde hace tiempo ha sido el motor de crecimiento de la economía. Sin una mejoría sustancial, difícilmente podremos ver que se materialice una recuperación que perdure. Segundo, una reactivación en el consumo e inversión privada, que para que ocurre se necesita una pronta absorción de los efectos negativos de la reforma hacendaria, algo que no queda tan claro que pueda ocurrir en el muy corto plazo. Finalmente, se necesita la aprobación final y completa de todas las reformas y leyes secundarias para dejar atrás el ambiente de incertidumbre prevaleciente.

El aumento en el gasto público no será suficiente para reactivar la economía, primero por su ineficacia y segundo, por el poco impacto de segunda orden que tiene sobre la actividad económica. Una buena parte del gasto va dirigido a programas sociales, subsidios y transferencias, que prácticamente no tiene repercusión. La inversión pública podrá ayudar en el margen, sin embargo, la mayor parte simplemente desplazará la inversión privada. Por lo pronto, es casi un hecho que el crecimiento de este año será de nuevo decepcionante. Habrá que esperar a 2015. Por mientras, estaremos esperando las nuevas revisiones a la baja en el crecimiento por parte de SHCP.

 

 

Hace unos días leí un artículo aquí en Arena Pública que argumentaba que la industria mexicana estaba en recesión exclusivamente por la transición política y que “la debilidad económica mexicana poco tiene que ver con la economía estadounidense”. Me sorprendió la ingenuidad del autor, ya que las exportaciones no petroleras son el motor principal de crecimiento del país, mientras que el gasto público siempre ha carecido de un efecto multiplicador importante. En otras palabras, cunado las exportaciones crecen poco, la economía interna pierde su dinamismo; en cambio, el crecimiento del gasto público tiene una muy baja correlación con el crecimiento del PIB. El mejor ejemplo lo vimos en 2009 cuando la economía se desplomó 4.7 por ciento como consecuencia de la caída en las exportaciones, a pesar del incremento en el gasto público.

El consenso sobre por qué se desaceleró la economía mexicana en 2013 es por un conjunto de factores, tanto externos como internos. Uno de estos es el ciclo político sexenal, pero está lejos de ser el único. Incluso, el gobierno terminó el año con un mayor gasto real respecto a 2012 y un déficit de 2.3 por ciento del PIB (comparado con el presupuesto original 2.0 por ciento). En cambio, las exportaciones, medidas en pesos reales, mostraron tasas negativas a partir del último trimestre de 2012.

El crecimiento del PIB de Estados Unidos se desaceleró de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013. Lo mismo sucedió con su producción manufacturera, que después de crecer 3.9 por ciento en 2012, solo avanzó 2.2 por ciento el año pasado. La menor demanda tuvo un impacto significativo en el crecimiento de nuestras exportaciones manufactureras, que en 2013 crecieron la mitad de lo que avanzaron en 2012. Sin lugar a dudas, la desaceleración de nuestro principal motor de crecimiento contribuyó significativamente al estancamiento de la economía mexicana. Decir lo contrario, es no entender el funcionamiento de la economía mexicana.

Al acercarse el final del año, hay cada vez más consenso (si no es resignación) que la actividad económica apenas crecerá alrededor de 1.2 por ciento en 2013. Ya nadie piensa que podremos crecer más que la última proyección oficial de 1.7 por ciento, mientras que muchos estiman una tasa más cerca al 1.0 por ciento. Los últimos datos que tenemos sugieren que si todavía habrá revisiones, estas serán a la baja.

El INEGI informó el martes que se mantiene la tendencia a la baja el indicador coincidente en agosto. Las cifras que tenemos para septiembre y octubre, como los datos de comercio exterior, los números de la ANTAD y de la AMIA y la familia de índices de difusión, subrayan la debilidad de la economía. En el mejor de los casos, pudiéramos observar una recuperación incipiente y frágil a partir de noviembre o diciembre, pero realmente no queda claro.

El gobierno preparó el presupuesto con la expectativa de que la economía crecerá 3.9 por ciento en 2014. Los legisladores modificaron ciertas provisiones que implican menos ingresos, pero que compensaron con supuestos más optimistas en el marco macroeconómico que acompaña la Ley de Ingresos. Sin embargo, los analistas de mercados financieros que participan en la encuesta de Banamex revisaron a la baja su expectativa de crecimiento para el año entrante a 3.6 por ciento (de 3.8 por ciento), mientras que los especialistas en economía del sector privado que colaboran en la encuesta de Banxico fueron todavía más pesimistas al anticipar crecimiento de 3.4 por ciento. Finalmente, el Fondo Monetario Internacional (FMI) opina que México alcanzará una tasa de tan solo 3.0 por ciento.

Habría que advertir que esta ronda de revisiones a la baja todavía no concluye. Pero sí queda claro que la mayoría de los analistas ven ahora menos crecimiento a raíz de la reforma fiscal. Los hogares tendrán menos ingresos disponibles al pagar más impuestos y realizar menos deducciones, mientras que su poder adquisitivo se verá mermado por alzas en precios en consecuencia de los nuevos impuestos especiales (incluyendo el aumento en el IVA en la zona fronteriza). Al mismo tiempo, las empresas tendrán menos incentivos para invertir y en muchos casos, mayor carga impositiva. El gobierno planea instrumentar una política de mayor gasto deficitario, pero la mayoría de los analistas opinan que no será lo suficiente para alcanzar el crecimiento deseado.

¿De qué dependerá el crecimiento económico en 2014? Son varios los factores que tendremos que vigilar. Primero, está el entorno externo que determinará la dinámica de nuestras exportaciones no petroleras, el motor principal de crecimiento de nuestra economía. Aún con una economía interna estática, podría ser factible una tasa mayor a 3 por ciento si nuestras exportaciones logran crecer a dos dígitos. Si fuera el caso, es muy probable que poco a poco empiecen a responder las actividades terciarias. Afortunadamente, los indicadores de la economía norteamericana apuntan hacia una mejoría en 2014 y lo único que quedar por verse es si alcanzará para lograr la dinámica que requerimos.

En segundo lugar, está de por medio la recuperación del sector de la construcción. Para su revitalización necesitaremos mayor inversión pública, crecimiento de las remesas y condiciones propicias para que los desarrolladores de vivienda reinicien edificaciones, en especial, de interés social. En principio, todo apunta a que la industria de la construcción debe estar por tocar fondo y que inicie una fase de recuperación a principios de 2014.

En tercer lugar, necesitamos que empiece a crecer la inversión privada. Entre los factores más importantes está la concretización de la reforma energética, que potencialmente tiene mayores posibilidades de estimular nuevos proyectos que generarían más empleo y crecimiento económico. Si el PAN busca vengarse de la reforma fiscal mediante un bloqueo a la energética, podríamos ver un desenlace muy negativo.

Finalmente, tendremos que ver cómo se absorben los efectos negativos de la reforma hacendaria. Muchas de sus medidas afectarán la creación de empleo y fomentarán la contratación informal. En un principio, enfrentaremos una disminución en la productividad general y una disminución en nuestra competitividad, que buscará compensar el gobierno mediante más gasto. El problema central es que el gasto público es ineficiente y burocrático, con una proporción pequeña en inversión productiva.

Ya nada más nos queda esperar el comienzo del año para ver cuáles serán los factores que más imperan.

Después de crecer 4.3 por ciento por tres años consecutivos (de 2010 a 2012), en lo que va 2013 la actividad económica se ha quedado inmóvil. El PIB de la primera mitad del año se ubica apenas 1.0 por ciento por encima del nivel que tenía en el mismo periodo del año anterior. Pero peor aún, si tomamos las cifras desestacionalizadas, encontramos que el PIB es prácticamente igual al que se observó en la segunda mitad de 2012 (0.02 por ciento mayor).

Ya se anticipaba que el segundo trimestre registraría una tasa negativa respecto al primero, pero lo que sorprendió a la mayoría fue la drástica revisión a la baja del primero. Originalmente, el INEGI había informado en mayo que los primeros tres meses del año crecieron 1.8 por ciento (anualizado) respecto al trimestre anterior. Sin embargo, en agosto cuando dio a conocer los datos del segundo trimestre, también presentó revisiones a todas sus series desde 1993 a la fecha (por motivo de cambio de base a 2008 de las cuentas nacionales). De esta revisión surgió que en vez de 1.8 por ciento, el crecimiento del primer trimestre del año solo fue 0.1 por ciento.

En pocas ocasiones se había visto tanta ansiedad previa a la divulgación de los datos de la actividad económica. Los más optimistas esperaban que el PIB pudiera crecer arriba de 3 por ciento en el año. Incluso, la SHCP todavía mantenía su expectativa de 3.1 por ciento. Los más pesimistas pensaban que el crecimiento no sería mucho mayor a 2 por ciento. Sin embargo, la noticia de que el segundo trimestre disminuyó 2.9 por ciento respecto al primero, combinado con la revisión a la baja del primero respecto al cuarto del año anterior, hizo ver al más pesimista como optimista.

Desde principios de año hemos visto una revisión sistemática a la baja de la expectativa de crecimiento del PIB para el año. A principios de año el consenso estaba en 3.5 por ciento, que si bien ahora parece exageradamente optimista, resultaba menor al crecimiento registrado en 2012. Las cifras de los últimos dos trimestres del año pasado ya señalaban cierta desaceleración y la pregunta del momento fue que sí la economía podría empezar a recuperarse desde principios de año o hasta el segundo trimestre. No obstante, el “secuestro” del gasto público en Estados Unidos impulso cierto debilitamiento en su economía y nuestras exportaciones no petroleras siguieron desacelerándose, por lo que con el paso de varios meses la mayoría de los analistas empezaron a revisar a la baja sus proyecciones.

Cuando se dieron a conocer las cifras del primer trimestre (a mediados de mayo), el consenso ya se ubicaba alrededor de 3.0 por ciento. A raíz de la debilidad de las cifras, la SHCP decidió revisar a la baja su proyección original de 3.5 por ciento a 3.1 por ciento, que implica una recuperación en los siguientes trimestres.  Sin embargo, los datos de abril fueron bastante débiles, sugiriendo que el segundo trimestre podría ser todavía peor que el primero, lo que llevó de nuevo a revisiones a la baja.  Para cuando se reportó la actividad industrial de junio ya era evidente que la tasa de crecimiento del segundo trimestre no solo sería menor al del primero, sino posiblemente negativa, lo que llevó a revisiones en el consenso para el año a 2.6 por ciento, pero ya con varios analistas argumentando que el crecimiento sería mucho más cerca de 2.0 por ciento. Finalmente, cuando INEGI reveló el crecimiento del segundo trimestre y la revisión a la baja del primero, no había otra alternativa que seguir revisando a la baja. Sin embargo, en esta ocasión las revisiones fueron mucho más agresivas. En el momento de escribir este artículo, todo parece ser que el consenso empieza a situarse alrededor de 1.5 por ciento, pero con algunos analistas pensando que pudiera ser todavía menos.

Dado que la tasa anual de la primera mitad del año fue 1.0 por ciento, cualquier expectativa para el año superior a 1.0 por ciento implica algo de recuperación en la segunda mitad del año. Por ejemplo, para cumplir con la proyección del gobierno de 1.8 por ciento, la economía tendría que crecer 2.6 por ciento (tasa anual) en la segunda mitad del año, mientras que el consenso de 1.5 por ciento del mercado implica crecimiento de 2.0 por ciento. Por lo mismo, la pregunta que ahora nos hacemos es si podremos ver una mejoría, aunque marginal, en la segunda mitad del año, o bien, tendremos que esperar a 2014.

Los tiempos para escribir sobre la coyuntura para una revista no son favorables, ya que los editores siempre piden el artículo con mucha anticipación. Esto significa que no tengo a mi disposición en este momento toda la información que estará disponible cuando ustedes los lectores empiecen a leer esto. Pero tengo el Indicador IMEF, las exportaciones de automóviles de la AMIA y las ventas de establecimientos comerciales de la ANTAD para julio; todos indican que no solo se mantiene la debilidad de los meses anteriores, sino que pudiera seguir el deterioro. Esto sugiere que no veremos la recuperación a partir del tercer trimestre, por lo que la pregunta que nos debemos formular es exactamente qué estamos viendo ahora: ¿atonía, estancamiento o recesión?

Atonía refleja todavía algo de crecimiento pero con debilidad, estancamiento sería más una detención o suspensión en el crecimiento mismo, mientras que recesión ya implica un periodo (mínimo de seis meses) en que la actividad económica disminuye.  No hay duda de que hemos observado cuatro trimestres de una debilidad creciente, caracterizada por una desaceleración de la tasa de crecimiento del PIB. Esto significa que por lo menos podemos caracterizar los últimos cuatro trimestres como un período de atonía.

Dado que el tamaño del PIB (a partir de cifras ajustadas por estacionalidad) del primer semestre del año es apenas 0.02 por ciento mayor al semestre anterior, definitivamente podemos decir que la economía está estancada en los últimos dos trimestres. Ahora, para calificar como recesión, necesitaríamos mínimo una tasa negativa en el PIB del tercer trimestre respecto al anterior. En otras palabras, hemos pasado de una etapa de expansión a una atonía, para posteriormente entrar en estancamiento y si la economía sigue en picada corremos el riesgo de entrar en recesión.

Hay varios factores internos que han contribuido al estancamiento, como el proceso de consolidación fiscal del gobierno, la crisis de la construcción y la incertidumbre en torno a las reformas estructurales. Difícilmente veremos un aumento en el gasto, ya que el gobierno deberá acoplarse al presupuesto aprobado y cumplir con los lineamientos de la Ley de Responsabilidad Fiscal. Dado que los nuevos lineamientos para los subsidios a la vivienda de interés social entrarán en vigor a partir de 2014, tampoco vemos mucha posibilidad de que la edificación podría revertirse antes.  Aun bajo un escenario optimista de que aprobarán las reformas necesarias en la siguiente sesión del Congreso, los primeros efectos se empezarán a sentir hasta el próximo año.

Esto significa que nuestra suerte se focaliza mucho más en lo que pasa en el exterior, en especial en Estados Unidos, en términos de nuestras exportaciones, que siempre ha sido nuestro motor principal de crecimiento. Aunque algunos vaticinan una mejoría en la economía de nuestro vecino en el corto plazo, no queda claro. Hasta ahora los sectores manufactureros de Estados Unidos que han tenido mejor desempeño han sido los que no están vinculados a nuestras exportaciones. Habrá que estar atentos.

El INEGI dio a conocer los datos del PIB del segundo trimestre y las revisiones a todas sus series desde 1993 a la fecha por motivo de cambio de base a 2008. En pocas ocasiones se había visto tanta ansiedad previa a la divulgación de los datos de la actividad económica. Los más optimistas esperaban que el PIB creciera 2.5 por ciento (o más) a tasa anual, mientras que el consenso giraba alrededor de 2.2; en términos ajustados por estacionalidad (tasa marginal) la expectativa era de una tasa cercana a 0.4 por ciento. Los más pesimistas esperaban que el crecimiento no alcanzara 2.0 por ciento y que se reportara una tasa marginal negativa. No obstante, todos sabían que el elemento más enigmático sería el cambio de base, que implicaría modificaciones en todas las series históricas.

Finalmente, el INEGI anunció una tasa anual de 1.5 por ciento y una marginal negativa de 0.7 por ciento, claramente por debajo de todas expectativas. Pero también, el cambio de base implicó revisiones sustanciales a la baja para el primer trimestre, de tal forma que el crecimiento de la primera mitad del año resultó mucho más débil que anticipado. La SHCP había proyectado hace poco crecimiento de 1.8 por ciento en la primera mitad, mientras que ahora sabemos que fue solo 1.0 por ciento. Al final de cuentas, hasta los pesimistas resultaron muy optimistas en torno al reporte.

A todas estas cifras, podemos destacar diez puntos:

1)     El PIB creció 0.57 y 1.45 por ciento a tasa anual en los dos primeros trimestres, respectivamente, con un sesgo negativo en el primero y positivo en el segundo por efectos de calendario (año bisiesto, Semana Santa, días hábiles, etc.). Al corregir por estos efectos las tasas fueron 2.63 y 0.22 por ciento, respectivamente, por lo que podemos apreciar que tuvo una influencia importante.

2)     La tendencia-ciclo del PIB fue negativa en estos dos trimestres (-0.02 y -0.44 por ciento, respectivamente), lo que hace resaltar el estancamiento.

3)     La tasa anual de 1.0 por ciento de la primera mitad subraya los límites de crecimiento para el año: cualquier expectativa por encima de 1.0 por ciento para el año implica recuperación.

4)     La tasa marginal (desestacionalizada) de 0.74 por ciento del periodo es la primera negativa desde el segundo trimestre de 2009.

5)     La tasa anualizada (SAAR) del primer trimestre se revisó a la baja de 1.8 a 0.1 por ciento, mientras que la del segundo es -2.9 por ciento, ambas sustancialmente por debajo del PIB de Estados Unidos.

6)     El crecimiento promedio del sexenio de Calderón se revisa a 2.11 por ciento (de 1.93), el de Fox a 2.21 por ciento (de 2.15) y el de Zedillo a 3.29 por ciento (de 3.50), sin embargo, no cambia el orden de magnitud de los sexenios.

7)     Resulta curioso que a pesar de todas las revisiones, el crecimiento acumulado de 1993 a 2012 queda casi igual, a revisarse a 62.8 en vez de 62.3 por ciento.

8)     Resulta importante revisar todas las series para incorporar cambios a las bases históricas: PIB nominal, estatal, IGAE, cuentas satélites, etc., al igual que las relaciones al PIB como cuenta corriente, balance fiscal, deuda externa, etc.

9)     La tasa anual del IGAE de junio disminuye 0.4 por ciento, como resultado de caídas en todos los sectores: actividades primarias (-0.89), secundarias (-0.10) y terciarias (-0.03 por ciento), lo cual nos dice que el estancamiento es generalizado.

10)  No hay evidencia de una mejoría en los datos disponibles sobre la actividad económica de julio (índices de difusión, exportaciones automotrices, ventas del ANTAD, etc.), por lo que podemos anticipar un crecimiento todavía débil en el tercer trimestre.

Con estos nuevos datos del PIB, es muy probable que veamos ahora un nuevo consenso en el rango de 1 a 2 por ciento para 2013. Los que dudan de una recuperación en la segundo mitad del año esperarán una tasa más cercana a 1 por ciento, mientras que los optimistas ahora se situarán cerca del 2 (por debajo del pesimismo de apenas el mes pasado). Por lo pronto, la SHCP ya anunció ayer su nueva expectativa de 1.8 por ciento, lo cual implica una recuperación hacia 2.6 por ciento en la segunda mitad del año. Banxico revisó a fines del mes pasado su estimación a un rango de 2 a 3 por ciento, pero es casi un hecho que lo tendrá que afinar de nuevo. La encuesta quincenal de Banamex de ayer tiene una revisión a 2.3 por ciento, aunque es lógico pensar que la mayoría de los encuestados todavía no incorporan sus revisiones. Ya que todos terminan de digerir los números, aparecerá un nuevo censo claramente por debajo de 2 por ciento.

Veremos…

Poco tiempo después de las elecciones del año pasado, empezaron a aparecer notas con sesgo favorable en los medios extranjeros sobre México. La aprobación de la reforma laboral y la firma del Pacto por México, ayudó a enfocar la vista sobre las posibilidades de crecimiento del país mediante reformas estructurales en vez de los temas del sexenio pasado de violencia, falta de gobernabilidad y una democracia disfuncional. Al iniciar el sexenio aparecieron más y más, que fueron colocando a México por encima de Brasil y los BRICs como uno de los países con más futuro. Publicaciones de mucho prestigio como “The Financial Times”, “The Economist”, “The New York Times” y varios más, no sólo escribieron artículos favorables, sino que en varias ocasiones hasta exageradas.

La economía mexicana tuvo una recuperación sólida de la gran recesión de 2008-2009. En los tres años subsecuentes crecimos a una tasa promedio de 4.3%, motivado por el crecimiento acelerado de las exportaciones no petroleras. En primera instancia, nos vimos favorecido por los cambios estructurales en la industria automotriz en la región que hizo que las exportaciones automotrices duplicaran el nivel que tenían hace diez años. Al mismo tiempo, empezamos a recuperar terreno que habíamos perdido con anterioridad ante China, ya que la brecha de los costos laborales unitarios entre ambos países se fue reduciendo. Finalmente, la depreciación del peso mexicano en 2008 y 2011 nos dio una ventaja competitiva significativa.

De una forma u otra, todo iba muy bien hasta mediados del año pasado. No obstante, a partir del tercer trimestre la actividad económica empezó a desacelerarse. Después de crecer 4.7% en la primera mitad del año, el PIB aumentó sólo 3.2% en la segunda mitad. La pregunta que nos hacíamos al inicio del sexenio era si el fenómeno era simplemente pasajero o si nos enfrentábamos a algo más serio y duradero. Desde que empezamos a recibir noticias de los primeros meses del año, nos fuimos dando cuenta que la desaceleración continuaba pero realmente sin percatar qué tan serio era.

Ahora este viernes el INEGI nos informará cuánto fue el crecimiento del PIB del primer trimestre y se anticipan números muy malos. La expectativa de crecimiento para este periodo es de una tasa anual menor a 1% con la posibilidad de que sea más cercana a cero que al 1%. Pero ya sabemos que la interpretación de la tasa anual de este trimestre se complica mucho por los efectos de calendario, por lo que se recomienda concentrarse en la tasa del trimestre respecto al inmediato anterior a partir de la serie desestacionalizada y corregida por los efectos de calendario. Sin embargo, aun con estas consideraciones anticipamos la tasa más baja desde la primera mitad de 2009, es decir, el peor desempeño de los últimos 15 o 16 trimestres.

La expectativa es de una tasa muy cercana a cero, con ligera posibilidad de que pudiera ser hasta negativa. ¿De qué dependerá? Ya sabemos que las actividades secundarias tuvieron un desempeño negativo, mientras que se estima las terciarias crecieron a una tasa muy baja. La clave va estar en las actividades primarias (influido por las sequías) y la intermediación financiera imputada (que es el equivalente a errores y omisiones).

Inmediatamente surge la pregunta ¿por qué se ha estancado la actividad económica? En principio son tres factores claves que han influido en la marcha de la economía: el agotamiento de factores transitorios positivos, el débil entorno externo y el cambio sexenal. Tuvimos impulsos significativos en las exportaciones en los últimos años a pesar de la recesión europea y el poco crecimiento en Estados Unidos, gracias a cambios estructurales en la industria automotriz y a modificaciones en las ventajas comparativas de China. Sin embargo, fueron de una vez por todas por lo que difícilmente pueden soportar un crecimiento acelerado por un tiempo sostenido. Ahora el ritmo de las exportaciones está en función del crecimiento de la demanda externa, sin el impulso anterior. A esto último, debemos considerar que las exportaciones automotrices a Argentina y Brasil se cayeron ante las restricciones impuestas por ambos países.

El cambio sexenal ha tenido efectos de freno sobre la actividad económica al ver una disminución significativa en la obra pública y en la construcción de vivienda. Ante la desaceleración de las exportaciones, también estamos viendo menos dinamismo en las actividades terciarias. Los primeros indicadores que tenemos de abril es que sigue la misma tendencia. ¿Cuándo tocaremos fondo?

Desde que la agencia calificadora Standard & Poor’s (S&P) redujo la calificación de deuda soberana de los Estados Unidos el 5 de agosto pasado, los mercados financieros han vivido un periodo continuo de inestabilidad poco usual, reflejo de la incertidumbre que reina respecto a la evolución probable de la economía global.  En una primera instancia, hubo una disminución abrupta en los índices bursátiles parecida a episodios observados en el pasado.  Sin embargo, la alta volatilidad que caracterizó a los mercados en los meses siguientes ha sido totalmente inusual.

En una primera instancia, parecía que este periodo extendido de incertidumbre terminaría a fines de octubre cuando finalmente la Comunidad Europea llegó a un arreglo financiera para Grecia, que involucraba una quita de 50 por ciento de su deuda externa.  Sin embargo, el rechazo implícito por parte del Primer Ministro de Grecia al proponer un referéndum público, prácticamente garantizó la permanencia de la alta volatilidad por más tiempo.

Ésta volatilidad es reflejo de la gran incertidumbre que persiste en torno al rumbo económico.  No solamente se trata del riesgo de que Estados Unidos (y el resto del mundo) pudiera volver a entrar en recesión, sino además de las características específicas que lo pudieran acompañar: se empezaría con la tasa de desempleo más elevada al inicio que cualquier recesión anterior y una política económica totalmente agotada como instrumento contracíclico.  En otras palabras, mucha de la incertidumbre que se enfrenta ahora proviene del hecho de que entramos en terreno desconocido.  El ciclo económico actual se encuentra en una situación totalmente atípica y no sabemos qué implica.

Muchos analistas han subrayado el hecho de que los últimos indicadores disponibles no señalan una probable recesión, sino únicamente una desaceleración de la actividad económica de Estados Unidos.  No obstante, aunque no se llega a oficialmente reunir las especificaciones exactas para catalogar la siguiente fase del ciclo económico como recesión, queda claro que no habrá suficiente crecimiento económico por un buen rato para reducir la tasa de desempleo e iniciar una nueva expansión.  Esto significa un enrarecimiento de las perspectivas económicas y mayor dificultad para resolver los problemas estructurales actuales.

El patrón típico del ciclo económico que culmina en recesión empieza con una etapa de restricción monetaria que hace que las tasas de interés aumenten, en respuesta a una brecha del producto (output gap) muy elevada.  De entrada, estas alzas empiezan por inhibir al sector de la construcción, que siempre había sido de las más dinámicas.  Las empresas empiezan a reaccionar mediante una disminución en sus inversiones y en la producción misma con miras a reducir sus inventarios.  Los consumidores empiezan a ser más cautelosos y comienzan a disminuir sus compras.  Para aguantar la baja en ventas, las empresas buscan aumentar su productividad mediante una disminución en sus costos, en especial, en el laboral.  La tasa de desempleo empieza a subir y la economía entra de lleno en recesión.

Sin embargo, si ahora nos encontramos en una situación atípica, ¿cuáles son las diferencias?  Primero, no hemos padecido una etapa de restricción monetaria con tasas al alza; más bien, estamos observando una expansión monetaria sin precedentes con la tasa de política monetaria cerca de 0% y las tasas de mayores plazos en mínimos históricos.  El sector de construcción tiene ya prácticamente cuatro años en un estancamiento total, a partir del cual sería casi imposible que pudiera caer más.  Las empresas gozan actualmente de una productividad elevada, utilidades buenas y mucha liquidez, pero tienen un buen rato sin realizar inversiones.  Esto significa que posiblemente no realizarán más recortes, pero tampoco van a ampliar su capacidad instalada.  La política monetaria ha perdido efectividad, ya que las empresas no han dejado de invertir por falta de liquidez, sino por la percepción continua de incertidumbre y riesgo.  En la actualidad existe una gran oferta de fondos prestables, pero sin demanda.  Por lo mismo, el problema no se puede resolver aumentando aun más la oferta.

Si no existe la típica restricción monetaria, ¿qué pudiera encausar a la economía hacia una recesión?  Simplemente la gran incertidumbre prolongada, que inhibe la inversión, no alienta el consumo y por lo mismo, no invoca a algún motor de crecimiento.  En otras palabras, estamos al borde de entrar a la primera recesión provocada únicamente por expectativas negativas auto-realizables.

Por lo mismo, no debemos buscar señales de recesión mediante el uso de indicadores tradicionales, ya que no estamos anticipando una recesión tradicional.  Por ejemplo, hemos visto, sin excepción, que la curva de rendimientos en Estados Unidos se invierte justo antes de una recesión.  Sin embargo, por lo pronto es imposible observar dicho fenómeno, ya que las tasas de corto plazo se ubican cerca de 0%.  Para que se invirtiera la curva, las tasas de mayor plazo tendrían que ser negativas, lo cual no puede pasar.

Si pensamos que la recesión podría venir por la incertidumbre prolongada, entonces deberíamos concentrar nuestra atención en indicadores de confianza y de riesgo y no de condiciones monetarias.  Por ejemplo, los dos índices de confianza del consumidor de Estados Unidos (de la Universidad de Michigan y del Conference Board) se ubican actualmente cerca de los niveles mínimos observados en el peor momento de la gran recesión de 2008-2009, mientras que persiste la volatilidad de los índices bursátiles.  En la medida en que se mantienen estas condiciones estaremos más cerca de una nueva recesión o por lo menos, de un estancamiento prolongado.