Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
Header

La semana pasada el INEGI dio a conocer las cuentas de bienes y servicios anuales para 2015, que contiene entre otras cosas el cálculo del PIB anual para el año. Hace como siete meses la institución había informado que el PIB creció 2.46 por ciento el año pasado, estimación que provino de las cuentas trimestrales. Para su cálculo, se tomó la tasa de crecimiento del promedio de los cuatro trimestres de 2015 respecto a los mismos cuatro del año anterior. Sin embargo, el computo de las cifras anuales posee la ventaja de incluir información más completa y un mayor número de datos. También existen algunas pequeñas diferencias metodológicas que terminan por arrojar una tasa distinta. Por lo mismo, el INEGI ahora nos dice que el crecimiento del PIB de 2015 fue 2.61 por ciento.

La diferencia principal entre el cálculo anual y el trimestral es el tratamiento del año agrícola. El INEGI dice que la estimación trimestral es distinta al anual, ya que si se reportara la medición real de la producción y de los insumos agrícolas de la misma manera, en aquellos trimestres en que se procede a sembrar, el valor agregado sería muy pequeño o incluso negativo, mientras que sería excesivamente elevado en los trimestres de cosecha, ya que es donde se concentra la mayor parte de los pagos a los factores de producción (salarios). Por ende, el PIB anual de la agricultura se calcula con base en datos que provee SAGARPA sobre un “año agrícola”, que abarca parte de tres años calendarios consecutivos, que comprenden los ciclos de “otoño-invierno” y “primavera-verano” y que se extienden más de un año calendario. Este método no es aplicable a nivel trimestral, porque la información básica estadística no lo permite. Por lo tanto, el cálculo trimestral se basa en cuantificar el valor agregado en las diferentes etapas de los tres años agrícolas para conocer su nivel en un periodo determinado (trimestre) del año calendario. ¿Qué significa todo esto? Que el PIB agrícola anual es distinto al cálculo de los cuatro trimestres.

También hay un problema en el cálculo trimestral al querer aplicar los métodos de “doble deflación” que se utilizan en los cálculos anuales para medir el producto generado por la actividad agropecuaria, de silvicultura, caza y pesca, construcción, electricidad y los servicios. La razón es que no hay disponibilidad de información necesaria que se requiere para realizar estos cálculos y aun en el caso de que se pudiera, habría dificultades en la interpretación de los resultados.

Al final de cuentas, todo lo anterior implica que tenemos dos series distintas del PIB para el país. Parte de la discrepancia entre las dos series se resuelve mediante la aplicación de una técnica llamada “Denton” que funciona para alinear las estimaciones de corto plazo a nivel de clase de actividad económica. Dice el INEGI que esta modalidad de ajuste también establece una mecánica recurrente y sistemática para la incorporación de la última información estadística básica. Sin embargo, no se logra conciliar por completo las diferencias por lo que ambas series mantienen diferencias en sus tasas de crecimiento de cada año que van de -0.13 hasta 0.14 puntos porcentuales en las series reales y de -0.63 a 0.17 puntos porcentuales en las series corrientes. La diferencia absoluta ha llegado a ser hasta de 67.6 mil millones de pesos.

¿Qué implicaciones tiene? La más importante es la falta de confianza que se genera al tener dos números distintos para un mismo fenómeno. Otra es que también puede generar diferencias en razones o relaciones que utilizan el PIB como denominador. Por ejemplo, una serie de los requerimientos financieros del sector público como porcentaje del PIB puede ser distinta dependiendo cuál de las dos series tomamos como referencia.

Expectativas. Llamó mucho la atención cuando en julio el FMI revisó al alza el crecimiento esperado para el PIB de 2016 de 2.4 a 2.5 por ciento, primero porque al mismo tiempo revisó el crecimiento esperado para Estados Unidos a la baja en 0.2 puntos porcentuales a 2.2 por ciento y segundo, toda la información disponible indicaba que se debió revisar el PIB de México a la baja. Pero ahora en su publicación de octubre rectifica sus expectativas al revisar el PIB de México a la baja a 2.1 por ciento y el de Estados Unidos a 1.6 por ciento. También revisa el PIB de 2017 para México a la baja a 2.3 por ciento.

La semana pasada, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami) organizó el “Encuentro de Especialistas sobre Salario Mínimo: Avances hacia una nueva política”. El objetivo fue presentar una serie de estudios encomendadas a la Comisión Consultiva para la Recuperación Gradual y Sostenida de los Salarios Mínimos, sobre la relación del Salario Mínimo (SM) con la productividad, la inflación, el empleo, la pobreza y las condiciones de vida.

En particular, llamó la atención el estudio realizado por el Banco de México sobre los efectos inflacionarios de un aumento en el SM. La conclusión principal es que el coeficiente de traspaso del SM a la inflación es mayor a la unidad (de hecho, lo estima en 1.37). ¿Eso qué significa en lenguaje normal? Que cualquier aumento en el salario mínimo causaría un impacto más que proporcional en la inflación. Por ejemplo, si se aumentara 146.6 por ciento (lo necesario para que alcance para comprar una canasta ampliada estimada por Coneval), la inflación subiría a 200.8 por ciento. Pero peor aún, ya que el Banco dice que estas estimaciones no incorporan mecanismos de ajuste de expectativas, lo que induciría aún mayores ajustes a los precios. Por lo mismo, estos resultados deben ser interpretados como cotas inferiores del efecto sobre la inflación.

En pocas palabras, Banxico nos está diciendo que no existe la posibilidad de incrementar el poder adquisitivo del SM. Si se otorga un incremento, la reacción en los precios va ser de tal magnitud que terminará reduciendo el poder de compra del SM. Peor aún, todas las personas que no obtuvieron aumentos significativos en sus salarios terminaran sufriendo todavía más. Estamos ante la posibilidad de tener mayor inflación que en el periodo de febrero de 1987 a febrero de 1988, cuando la tasa anual llegó a 179.7 por ciento. Pero las malas noticias no acaban, ya que terminaríamos con la estabilidad macroeconómica y seguramente las empresas calificadoras nos quitarían el estatus de “grado de inversión”. Al final, terminaríamos peor que la década perdida de los ochenta.

Afortunadamente, el estudio está lleno de supuestos fantasiosos, difíciles de creer. Por ejemplo, para estimar el efecto de largo plazo, el Banco considera que el incremento en el SM provocará un desequilibrio mayor en la balanza de pagos, que se ajustará mediante un incremento significativo en el tipo de cambio. Aquí se hace el supuesto de que habría un traspaso del 100 por ciento del tipo de cambio nominal a la inflación. Si fuera cierto, ahora deberíamos tener una inflación de 45 por ciento, ya que el tipo de cambio ha aumentado en esa magnitud en el último año y medio. Sin embargo, por otro lado, en otros estudios el Banco nos ha dicho que el traspaso actual es de tan solo 4.0 por ciento. Incluso, conozco un economista de Banxico que argumenta que el coeficiente de traspaso es en realidad cero.

Otro supuesto fundamental que hace el estudio es que cualquier aumento en el SM se traslada a los demás salarios (el efecto “faro”) en un 85 por ciento. En otras palabras, si se incrementa el SM en 146.6 por ciento, todos los salarios del país aumentarían 124.6 por ciento en promedio. ¿Por qué? Banxico dice que la práctica de utilizar el aumento anual en el SM como base de negociación para todos los salarios contractuales permanecerá. Muy difícil de creer.

El estudio presenta varios escenarios; el que comentamos aquí es solamente uno. Otro escenario contempla el efecto de un aumento de 21.7 por ciento en el SM, necesario para alcanzar la canasta alimentaria básica definida por Coneval. Los resultados no son tan aparatosos, pero la conclusión es la misma: todos terminaríamos perdiendo. La inflación aumentaría en 29.7 por ciento, reduciendo el poder adquisitivo del SM real y de mucho más. Aunque no se presentan los números que resultarían de una estrategia de incrementos multianuales, el estudio básicamente nos dice que los resultados serían todavía peores.

Normalmente Banxico hace excelentes estudios. A mi juicio, los economistas que trabajan allí simplemente son los mejores del país. Sin embargo, este trabajo tiene un solo fin: espantar a todos para que abandonen cualquier pretensión de aumentar el SM. Para cumplir con este propósito, hace supuestos irrealistas y termina por perder la brújula. Da la impresión de que primero se escribieron las conclusiones y después se buscó una evidencia empírica ad hoc. Ojalá que los integrantes de la Comisión Consultiva se dan cuenta de lo mismo y terminen por descartar el estudio. Yo ya lo hice.

Después de un año de inflación a la baja, todos anticipan que 2016 se caracterizará por una tendencia alcista. La pregunta no es si va a subir la inflación, sino cuánto. ¿Será un incremento moderado limitado para quedar cerca del objetivo de Banxico? O bien, ¿empezaremos a sentir los efectos de un mayor traspaso de la depreciación del peso y una disminución en la brecha negativa del producto (output gap), a tal grado que sorprenderá la inflación al alza?

Por lo pronto, ya tenemos los datos de la inflación de enero, un mes importante, ya que marca la pauta para el año. El gobierno casi siempre aprovecha para ajustar sus tarifas y precios bajo su control, mientras que empresas aumentan sus precios a principios de año. De entrada, el INEGI informó una tasa de 0.38 por ciento para el mes, por arriba de lo que esperaban todas las instituciones financieras que participan en la Encuesta Quincenal de Banamex. La inflación de los últimos doce meses aumentó a 2.61 por ciento, mientras que la de las últimas 24 quincenas llegó a 2.75 por ciento, la más elevada desde la primera quincena de julio del año pasado.

De entrada, sorprendió la tasa de 0.35 por ciento de la segunda quincena del mes, ya que la primera quincena aumentó tan solo 0.03 por ciento. Había instituciones como CIBanco, que esperaban -0.11 por ciento para la segunda mitad de enero. Sin embargo, la tasa subyacente fue 0.19 por ciento para el mes, ligeramente por debajo del consenso de 0.21 por ciento. Por lo mismo, lo que realmente sorprendió fue el componente no subyacente, que aumentó 1.0 por ciento en la quincena (después de una disminución de -0.13 por ciento en la quincena anterior), para registrar un incremento de 0.96 por ciento en el mes. ¿Qué explica este aumento y deberíamos estar preocupados?

De entrada, las alzas en los precios de frutas y verduras (como cebolla, calabacitas y jitomate) explican dos terceras partes del aumento en el componente no subyacente. Estos precios aumentan y bajan mucho, en forma casi aleatoria. También aumentaron las tarifas autorizadas por el gobierno 1.13 por ciento en el mes (derechos por el suministro de agua). Estos incrementos típicamente se presentan en este mes y después no aumentan tanto. En general, podemos pensar que el incremento pronunciado en este componente no obedece a una presión inflacionaria per se, sino simplemente un ajuste estacional que no se debe repetir mucho en el año, salvo el comportamiento en los precios de frutas y verduras que es totalmente impredecible.

Lo que siempre debe preocupar más es el componente subyacente, ya que, si hay un mayor traspaso de la depreciación del peso o si empieza a sentirse presiones por una demanda agregada creciente, es aquí donde lo vamos a notar. De entrada, no hay evidencia (todavía) de un mayor traspaso. El componente de mercancías no alimenticias (el más susceptible a un traspaso) registró un incremento de 0.16 por ciento y su variación anual llegó a 3.1 por ciento. Si tomamos en cuenta que el tipo de cambio ha aumentado alrededor de 40 por ciento en el último año y medio, queda claro que estos números reflejan una ausencia de efectos indirectos o secundarios sobre los precios. No descarta ajustes futuros, pero por lo pronto no hay evidencia de alguna contaminación.

El Banco de México ha reportado la presencia de una brecha de producto negativo desde hace tiempo, es decir, que el crecimiento de la economía se ubica por debajo del PIB potencial, que es lo máximo que podemos crecer sin ejercer presiones inflacionarias por el lado de la demanda. El componente de “otros servicios” (el más susceptible a estas presiones), registró una disminución de -0.07 por ciento en el mes, lo que sugiere que la brecha permanece negativa y que por lo pronto no hay evidencia de que se estuviera cerrando.

Por último, observamos que la inflación al productor en enero fue 0.87 por ciento, alcanzando una tasa anual de 3.9 por ciento. Esta cifra sugiere que los productores han experimentado mayores aumentos de precios, pero que no los han reflejado en sus precios al consumidor, todavía mayor evidencia de que permanece la brecha negativa de producto. Por ejemplo, la fabricación de equipo de cómputo refleja un incremento anual de 15.9 por ciento en los precios al productor, mientras que al consumidor refleja una tasa anual de -0.2 por ciento. En general, los bienes durables al consumidor han aumentado 2.7 por ciento anual, prácticamente la mitad del incremento al productor.

Conclusión, la inflación anual ha empezado su esperada trayectoria ascendiente, pero todavía sin mayor preocupación.

Llama la atención un artículo escrito por Bank of América Merrill Lynch (BofAML), titulado “¿Cuál es el problema del dólar a 17? ¡Ninguno!”, que apareció hace una semana en una revista de circulación nacional. Sin duda, el tipo de cambio es uno de los precios más importantes de la economía mexicana. El hecho de que haber aumentado prácticamente 30 por ciento en un poco más de un año y afirmar que no provoca problema alguno, parece algo ingenuo.

De entrada, ante la pregunta de por qué se ha depreciado tanto el peso, el artículo afirma que la razón principal es que han entrado menos dólares a México a raíz de la disminución de la venta de petróleo, debido a la caída en la producción y a que los precios internacionales del petróleo se desplomaron. Pero si esto fuera la causa, entonces ¿por qué se depreciaron muchas monedas en igual o mayor magnitud ante el dólar, aun cuando muchos de estos países ni siguieran son exportadores de petróleo? Además, las divisas que entran a nuestro país por este concepto ni siguieran pasan por el mercado cambiario, ya que Pemex tiene la obligación de venderlos directamente al Banco de México. En el mejor de los casos, hubo una afectación psicológica que provocó un aumento en la demanda, pero no disminuyó la oferta de dólares por este concepto.

Según esto, la segunda razón es que han salido muchos dólares de México para irse a Estados Unidos. No obstante, Banamex reporta que en septiembre los flujos mensuales de extranjeros en Bonos M aumentaron por tercer mes consecutivo y que en general los flujos de capital a bonos a tasa fija acumularon una entrada positiva en el tercer trimestre. Dice la institución que los flujos totales de extranjeros a bonos locales aumentaron 1.4 por ciento en lo que va el año. Más que salidas masivas de capital, lo que parece que ha pasado es que más bien entran menos dólares que antes. Obviamente, ha cambiado la composición de oferta y demanda de dólares, pero parece ser que es algo mucho más complicado que lo que apunta BofAML.

Independientemente de las razones de porqué se ha dado la depreciación, lo que más llama la atención es la afirmación que no ha causado problema alguno. Si bien es cierto que hasta ahora no hemos visto una reacción inflacionaria (incremento generalizado y sostenido en los precios), el reacomodo en los precios relativos ha creado un sinnúmero de problemas en muchos mercados. Hay una gran cantidad de empresas que están pasando aceite por los incrementos en los precios de sus insumos y otros que han suspendido inversiones ya que no saben a qué atenerse. El impacto sobre la incertidumbre se ve muy claro en las encuestas de expectativas empresariales.

Sin embargo, el mensaje neurálgico del artículo es que este proceso de corrección en el tipo de cambio no tiene nada que ver con las devaluaciones traumáticas de antaño. El régimen cambiario de flotación funciona de maravilla al no permitir que se acumule un desequilibrio, que después requiere un ajuste verdaderamente dañino, no solamente en términos de inflación, sino también sobre la actividad económica.

Entre muchas de las ventajas, tenemos que no hay un efecto importante en el nivel general de precios. Entre otras cosas, debemos agradecer la baja en los precios de muchos commodities que han ayudado a neutralizar el impacto. El Banco de México estima que por cada punto porcentual (100 puntos base) que aumenta el precio del dólar, hay una incidencia de 4 puntos base en el INPC. Esto significa que la depreciación de 30 por ciento podría dejar un incremento de 1.2 puntos porcentuales en la inflación, que seguramente impactará en forma gradual a lo largo de los siguientes años.

Finalmente llama la atención que tampoco hemos visto una mejoría en las exportaciones, típicamente asociado con una depreciación importante. La razón principal es que ha sido más importante el efecto ingreso que el efecto precio, es decir, que por más barato que sean nuestras exportaciones en el exterior, no ha mejorado el ingreso externo lo suficiente como para demandar más nuestros productos. También tenemos que tomar en cuenta que en esta ocasión, el peso mexicano no es la única moneda que ha perdido valor contra el dólar, por lo que muchos otros países tienen igual o mayor ventaja en poder ofrecer productos más baratos a los Estados Unidos.

Al final de cuentas, no podemos decir que el dólar a 17 pesos no ha acarreado problemas ni angustias sustanciales. Pero sí podemos afirmar que son menores en proporción y diferentes en cuanto a sus impactos en la vida empresarial y cotidiana que en ocasiones pasadas.

En estos meses, la SHCP tiene la tarea de preparar el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (PPEF), la Iniciativa de la Ley de Ingresos (ILI) y los Criterios Generales de Política Económica (CGPE) para 2015, que se enviarán al Congreso para su aprobación antes del 8 de septiembre. Este ejercicio ha despertado mucho interés, en especial por el anunció de la intención de trabajar en una reingeniería del gasto público con una perspectiva de Presupuesto Base Cero. Lo que la SHCP busca es contener el crecimiento inercial de los egresos, pues en los últimos dos sexenios el gasto corriente aumentó de 10.9 a 15.2 por ciento del PIB. Sin la abundancia de recursos petroleros, si quiere SHCP cumplir con la trayectoria prometida de un déficit fiscal decreciente, simplemente tiene que buscar cómo gastar menos y mejor.

Que tan efectivo podrá ser este ejercicio de reingeniería ha sido tema de numerosos debates. Existe mucho escepticismo al respecto y las expectativas no son muy buenas. La mayoría piensa que, efectivamente, habrá recortes en el gasto, pero realmente no mejorará la calidad y eficiencia del mismo. En otras palabras, el gasto público seguirá aportando muy poco (si es que algo) al crecimiento económico, mientras que el gobierno hostigará a los hogares y a las empresas para quitarles el máximo de recursos posibles.

Sin embargo, los recortes no son el único tema de discusión en esta ocasión. También se cuestionan los parámetros que se utilizarán en el marco macroeconómico para elaborar el ejercicio financiero. La SHCP anunció a principios de abril (en un documento conocido como pre-criterios) que elaborará el presupuesto con estimados de 3.7 por ciento para el crecimiento económico, de 14.50 pesos por dólar para el tipo de cambio promedio y 4.5 por ciento para la tasa de política monetaria. Si consultamos las últimas encuestas de expectativas, encontramos que se anticipa un crecimiento mucho menor de 3.2 por ciento, un tipo de cambio más cercano a 16 pesos y una tasa de interés ligeramente menor. Esto ha llevado a varios a preguntar que si no sería recomendable que los CGPE fueran formulados por una entidad autónoma y validados por expertos independientes.

Ha sido muy criticada la SHCP por sus proyecciones económicas en este sexenio. Para el presupuesto de 2013 se utilizó una tasa de crecimiento para el PIB de 3.9 por ciento, cuando tan solo crecimos 1.4 por ciento. Para 2014 se utilizó de nuevo una tasa de 3.9 por ciento y el crecimiento se quedó en 2.1 por ciento. Para este año, la SHCP estimó que el crecimiento sería 3.7 por ciento, mientras que el consenso actual es de 2.5 por ciento (y seguimos revisando a la baja). Peor aún, cada trimestre tiene que salir la SHCP a admitir que el crecimiento será menor a lo que estimaban apenas hace tres meses.

Pero a pesar de que el gobierno se ha equivocado constantemente en sus proyecciones económicas, no creo que se necesita una entidad autónoma para elaborar los parámetros ni una valuación de expertos independientes. El estancamiento de 2013 y el desempeño mediocre de los siguientes dos años fue sorpresa para todos. Si vemos cuanto eran las estimaciones de consenso en los momentos en que la SHCP preparó sus presupuestos, observamos que todos nos equivocamos, tanto el sector privado como los organismos internacionales. Nadie tiene una bola de cristal y no por ser el gobierno debe tener una mejor habilidad de proyectar el futuro que los demás. Más bien, lo que tiene que hacer es tomar los últimos datos correspondientes, basados en la información disponible al momento. Si sus proyecciones difieren mucho de los consensos de las encuestas disponibles (como la de Especialistas en Economía del Sector Privado que realiza Banxico, la de Expectativas quincenales de Instituciones Financieras que levanta Banamex, o la Encuesta Mensual de Expectativas del Comité de Estudios Económicos del IMEF), entonces el Congreso tendrá la responsabilidad de cuestionar a la SHCP.

Lo que sí debería de dejar de hacer la SHCP es participar en el “juego” de tener proyecciones actualizadas cada trimestre. A diferencia del Banco de México donde es parte del análisis de la economía, que se necesita para respaldar sus decisiones de política monetaria, la SHCP solo necesita realizar un marco macroeconómico en septiembre de cada año para la programación financiera de su presupuesto. No es necesario tener proyecciones al día, que sólo alimentan una travesura mediática en la cual no gana absolutamente nada. Salir cada tres meses para este propósito es un invento innecesario de este sexenio.

 

La semana pasada, informó el INEGI que el PIB creció 0.4 por ciento en el primer trimestre del año respecto al trimestre anterior. Si anualizamos la tasa para compararla con el avance (estimado) de 0.2 por ciento de Estados Unidos, fue 1.6 por ciento, por mucho un desempeño mejor que nuestros vecinos. La tasa anual (respecto al mismo trimestre del 2014) fue 2.5 por ciento, que se compara favorablemente con la tasa anual inicial del año pasado.

No obstante, el avance mostró cierta desaceleración respecto a la tendencia que observamos a lo largo de 2014, ya que la tasa trimestral de 0.4 por ciento fue la más baja desde el último trimestre de 2013. El menor desempeño proviene principalmente de las actividades secundarias, ya que fueron afectadas por el estancamiento de la economía norteamericana. La economía de Estados Unidos enfrentó condiciones climatológicas adversas y el cierre temporal en varios puertos ante problemas de huelga, lo que significó un avance mucho menor de nuestras exportaciones.

Dos días antes del anuncio y ante la expectativa de un menor crecimiento, el Banco de México revisó su expectativa para 2015 a la baja a 2.5 por ciento (punto medio de su intervalo), medio punto porcentual por debajo de su proyección anterior. Al conocer las cifras del INEGI, la SHCP también modificó su estimado a la baja a 2.7 por ciento (punto medio), lo que representó un punto porcentual completo de menos crecimiento.

Como nos pudiéramos imaginar, los datos del INEGI combinado con las nuevas expectativas de Banxico y SHCP, tuvieron un impacto importante en el mercado. La primera encuesta de expectativas que salió un día después del anuncio de Banxico (pero un día antes del anuncio de INEGI y de la SHCP) fue la quincenal de Banamex, que movió a la baja el consenso a 2.7 por ciento (de 2.8 por ciento). Bancomer anunció al día siguiente que revisaba su estimado de 3.5 por ciento (de los más elevados del mercado) a 2.5 por ciento. Es prácticamente un hecho de que veamos revisiones parecidas en las siguientes encuestas de Banxico (2 de junio), Banamex (5 de junio), IMEF (14 de junio), LatinFocus (16 de junio) y Consensus Economics (20 de junio). Los consensos de estas encuestas seguramente se moverán a un intervalo de 2.4 a 2.6 por ciento, del actual que todavía se mueve entre 2.7 y 2.9 por ciento.

¿Qué implica estas tasas para los últimos tres trimestres de 2015? Crecer 2.9 por ciento en el año, significa registrar tasas anuales de alrededor de 3.0 por ciento promedio, que implica crecer cerca de 1.0 por ciento cada trimestre respecto al anterior. Para llegar a 2.9 por ciento, necesitaríamos ver una recuperación en forma, que aunque muchos no lo ven, creo que todavía no lo podemos descartar. Debemos recordar que el consumo avanza a buen ritmo y se espera que el estancamiento de Estados Unidos fue temporal. Si el escenario no se ve entorpecido por la volatilidad internacional, todavía es factible. Pensemos que esta tasa pasa ahora a ser el techo, muy cerca del que mantiene Banxico.

Para obtener un avance de 2.6 por ciento para 2015, necesitamos tasas anuales promedio del mismo monto en los siguientes tres trimestres, que implica tasas trimestrales promedio ligeramente superiores al observado en 2014. Este escenario se antoja como el punto medio y se ve muy factible ante los avances registrados al momento. ¿Pero cuál sería el nuevo piso? Supongamos que la actividad económica se estanca y registra avances trimestrales no tan diferentes al decepcionante desempeño de los últimos tres trimestres del año pasado. Este escenario nos daría un crecimiento cercano a 2.2 por ciento, el nuevo piso de la SHCP.

Ambas instituciones (Banxico y SHCP) mantienen todavía intervalos de un punto porcentual. Sin embargo, ante lo que ya conocemos del primer trimestre y rangos de crecimiento probables, parece ser que podemos empezar a cerrar el intervalo un poco, de 2.2 a 2.9 por ciento, con un punto medio de 2.6 por ciento. Todavía faltan tres trimestres del año, mucho tiempo para que se materialicen improvistos de toda índole. También estamos ante señales mixtas, tanto internas como externas, por lo que la actividad económica se podría mover en cualquier dirección.

Mi estimación particular era 3.0 por ciento, que no lo quería revisar hasta conocer el desempeño del primer trimestre. Queda claro que alcanzarla se antoja ya difícil. Sin embargo, los datos del consumo, el desempleo y el ingreso personal me motivan a ser todavía optimista, por lo que ahora tengo una expectativa de 2.8 por ciento. Ojalá que no tenga que volver a revisarla a la baja.

Mejor o Peor

Agosto 26th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

La semana pasada el INEGI dio a conocer el PIB del segundo trimestre, que como se sabe fue 1.04 por ciento respecto al trimestre anterior (tasa marginal ajustada por estacionalidad) y 1.56 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior (tasa anual). Comentábamos que dado que la tasa anual que anuncia el INEGI en su comunicado de prensa es sin corregir por efectos de calendario, contendría un sesgo significativo a la baja; la tasa anual ya corregida fue 2.74 por ciento, visiblemente mayor al del trimestre anterior de 0.71 por ciento. En general, el resultado fue ligeramente superior a lo que se esperaba y refleja cierta recuperación de la actividad económica.
Siempre resulta interesante leer las notas de prensa y las columnas de opinión sobre el tema, ya que a mucha gente se les dificulta comprender la diferencia entre tantas tasas y cómo interpretar los resultados. Por ejemplo, un economista reconocido comparó las tasa anual de 1.56 por ciento con la de 1.88 por ciento del trimestre anterior y concluyó que íbamos de mal en peor. De entrada, no tomó en cuenta el sesgo por los efectos de calendario, algo que el INEGI solo menciona en una nota de pie de página y sin mencionar la cifra corregida. Tampoco tomó en cuenta que la tasa anual abarca cuatro trimestres, por lo que no se puede realmente decir que estamos mejor o peor mediante esta tasa.
Pero creo que el artículo que más me llamó la atención fue una columna escrito por un muy reconocido periodista financiero-económico. Dice que el dato del PIB refleja que sencillamente la recuperación no existe, sin embargo, se hace bolas con los números. De entrada saca el promedio de los dos primeros trimestres del año sin tomar en cuenta que la tasa de 0.28 por ciento del primer trimestre fue revisado al alza a 0.44 por ciento. Su resultado de 0.66 por ciento (que realmente es 0.74 por ciento) lo compara con el crecimiento del año pasado de 1.1 por ciento para concluir que estamos creciendo casi a la mitad de la actividad económica del año pasado.
En esta comparación de cifras, no se da cuenta que el crecimiento del año pasado de 1.1 por ciento fue el de todo un año, es decir, el acumulado de cuatro trimestres, mientras que el promedio de 0.66 por ciento que utiliza es de un solo trimestre. Si quiere hacer la comparación, tendría que concluir que crecimos más o menos lo mismo en un solo trimestre este año que en todo el año pasado. Difícilmente puede decir que crecimos menos.
Pero no lo deja allí, todavía se confunde más y hasta se burla de la SHCP porque menciona el sesgo que produce la Semana Santa por los efectos de calendario. El afirma que la SHCP dijo que la diferencia entre la tasa (marginal) de 1.04 por ciento y la tasa anual de 1.56 por ciento es lo que resulta de eliminar de las cifras del segundo trimestre el efecto de la Semana Santa, dado que ahora cayó en abril y el año pasado se produjo en marzo. Dice que eso no es lo que dice el INEGI y que además sería ilógico que quitando el efecto de siete días el PIB pase de crecer 1.04% a crecer 1.6 por ciento. Sin embargo, la comparación que apunta SHCP no es entre estas dos tasas, sino entre las tasas anuales de 1.56 por ciento sin corregir y la de 2.74 por ciento ya corregido. Parte del problema es que el INEGI no menciona la tasa corregida, por lo que hay que buscarla en el Banco de Información Económica (BIE) en su página.
Al final de cuentas, la confusión la crea el propio INEGI, primero al insistir en publicar la tasa anual y segundo, en presentarla sin corregir. En Estados Unidos se anuncia una sola cifra: la tasa marginal ajustada (que en este caso sería 1.04 por ciento), aunque a diferencia de nosotros la anualiza (que sería equivalente a 4.2 por ciento). Pero anualizada o no, la tasa de 1.04 por ciento es visiblemente mayor a las de los dos trimestres anteriores y es la segunda más elevada de los últimos ocho trimestres.
Algunas personas utilizan las tasas anuales de los trimestres para tratar de calcular el crecimiento del año y llegan a la conclusión de que es casi imposible que la economía termine creciendo 2.7 por ciento, como insiste SHCP. Sin embargo, si hacemos el análisis correctamente mediante las tasas marginales, encontramos que si la actividad económica crezca un poco más del 1.04 por ciento en estos dos trimestres, si se pudiera alcanzar. Si la economía crece igual, es posible llegar a 2.5 por ciento. Para crecer 2.4 por ciento o menos, necesitaremos una ligera desaceleración.
Por lo pronto, los datos hacen ver bien al rango de Banxico (entre 2.0 y 2.8 por ciento).

La economía mexicana creció 1.1 por ciento en 2013, sustancialmente por debajo de lo que originalmente se esperaba. Según la mayoría de las encuestas de expectativas se anticipaba una tasa de crecimiento de 3.5 por ciento a principios del año pasado. Sin embargo, las proyecciones se fuera revisando a la baja paulatinamente en el transcurso del año, hasta registrar una expectativa de apenas 1.2 por ciento un par de meses antes de concluir el año.

Fueron muchos factores que contribuyeron al deterioro continuo de la tasa esperada. Desde mediados de 2012, Europa entró de nuevo en recesión, mientras que Estados Unidos sufrió una desaceleración importante de su producción manufacturera. Originalmente se esperaba que la actividad económica externa se recuperara, algo que no fructiferó hasta fines de 2013. En adición a esta baja demanda externa, Argentina y Brasil decidieron imponer un techo mucho más bajo a las importaciones de automóviles procedentes de México. El resultado fue una expansión mínima en las exportaciones no petroleras mexicanas, que limitó severamente a la producción manufacturera mexicana. Aunado a esta desaceleración, las remesas familiares disminuyeron a lo largo del año, contribuyendo a caída en los ingresos de los hogares en ciertas regiones y estratos.

Desde antes del fin del sexenio, la actividad mexicana interna empezó a resentir una disminución en la inversión pública y privada, mientras que el consumo de los hogares dejó de crecer. A principios de 2013 el gasto público disminuyó significativamente, primero ante un proceso de consolidación fiscal propuesto en el presupuesto de 2013 y después, por un subejercicio del gasto, especialmente evidente en la primera mitad del año. La industria de la construcción se desplomó en sus tres vertientes por cambios drásticos en la política pública de vivienda y por la disminución en la inversión pública en obras civiles y de infraestructura. El sector privado mantuvo a lo largo del año una actitud cautelosa, primero ante el cambio de gobierno y después ante la multitud de reformas y cambios en las reglas del juego, que resultó en una disminución importante en la inversión. En adición a todo lo anterior, en agosto el INEGI introdujo un cambio de base en las cuentas nacionales, que resultó en una revisión significativa a la baja en las cifras de crecimiento de la primera mitad del año.

Aunque el conjunto de factores se fueron conociendo con antelación, su magnitud y continuo deterioro fue algo que no se anticipó adecuadamente, ni por el gobierno, ni por las instituciones internacionales, ni por los analistas del sector privado que se dedican a estudiar las perspectivas económicas del país. El resultado fue un proceso alargado y penoso de revisiones continuas a la baja en las proyecciones económicas, hasta terminar el año con una tasa que representaba menos de una tercera parte de la expectativa original.

En principio, todos los factores mencionados son de carácter temporal, es decir, su efecto negativo debería disiparse con el tiempo, dándole a la economía la oportunidad de crecer de nuevo cerca del 4.0 por ciento. De esta forma, cuando el gobierno empezaba a preparar el presupuesto para 2014 con una estimación de crecimiento de 3.9 por ciento para el año, la mayoría de las encuestas de expectativas coincidían. Sin embargo, al conocer el contenido de la reforma hacendaria, muchos analistas empezaron a revisar a la baja sus proyecciones, de tal forma que la expectativa de consenso ya se ubicaba mucho más cerca de 3.0 que de 4.0 por ciento antes de finalizar el primer trimestre del año.

 

Expectativas de Crecimiento del PIB para 2014:

Antes y Después de Conocer los Datos del Primer Trimestre

                                                                            Antes           Después

Oficial SHCP                                                       3.9%                2.7%

Oficial Banxico                                                     3.5%                2.8%

FMI                                                                       3.0%                n.d.

Banco Mundial                                                     3.0%                2.3%

OCDE                                                                  3.4%                n.d.

Encuesta IMEF                                                    3.0%                2.6%

Encuesta LatinFocus                                           3.1%                n.d.

Encuesta Consensus Economics                        2.9%                n.d.

Encuesta EMED                                                  3.1%                n.d.

Encuesta Banxico                                                3.0%                2.8%

Encuesta Banamex                                             3.0%                2.8%

Fuente: recopilación propia de fuentes originales de cada Encuesta o Institución.

 

No obstante ante esta revisión, tanto la SHCP como Banxico mantuvieron sus estimaciones sin cambio. Banxico ha mantenido la práctica desde hace tiempo de revisar sus proyecciones económicas sólo cada tres meses, en la presentación de su Informe Trimestral sobre la Inflación. Pero a partir del año pasado, Banxico decidió tomar más tiempo en preparar su Informe, por lo que pospusieron la fecha de entrega por tres semanas. Sin embargo, no queda claro que si las autoridades monetarias se dieron cuenta o no, pero al cambiar su calendario la presentación se estableció para apenas unos días antes de conocer los datos del PIB. De esta manera, Banxico tuvo que estimar el crecimiento de marzo para realizar su proyección del PIB del primer trimestre y del año en su conjunto. Al final, resultó que la actividad económica de marzo se desplomó (disminuyó 0.81 por ciento respecto al mes anterior), por lo que su nueva estimación de 2.8 por ciento quedó todavía elevada. Esto quedó evidente cuando anunció una semana después que se reducía en 50 puntos base la tasa de política monetaria ante la debilidad observada en el consumo y la inversión.

A partir del año pasado, la SHCP adoptó una práctica similar (aunque no oficial), de revisar sus números sólo cuando se presentaran nuevas cifras sobre el crecimiento del PIB trimestral. Las autoridades hacendarias decidieron hacer esta práctica oficial a partir de este año, pero desafortunadamente fue evidente mucho antes de conocer las cifras finales del trimestre que el crecimiento sería mucho menor. Aun así, la SHCP decidió revisar a la baja su proyección para el año a 2.7 por ciento, una tasa que implica una recuperación significativa en la segunda mitad del año.

Aunque a los pocos días de conocer las cifras del PIB del primer trimestre, se levantaron varias de las encuestas de expectativas, parece que todavía no se ha asimilado el pobre desempeño de los primeros meses del año y la debilidad que todavía muestran el consumo de los hogares y la inversión privada. Aunque las exportaciones no petroleras muestran ya una recuperación interesante, todavía no queda claro que si será suficiente o no para apuntalar una recuperación generalizada.

Por lo pronto, las primeras encuestas que se han dado a conocer señalan que el crecimiento de 2014 se ubicará en un rango de 2.3 a 2.8 por ciento. Pero aun así, estos números implican una recuperación importante, es decir, la actividad económica tendrá que mostrar tasas relativamente elevadas en los dos últimos trimestres del año simplemente para evitar que la tasa del año se ubique por debajo de 2.0 por ciento. Por lo mismo, no debe de sorprender que veamos todavía más revisiones a la baja en los siguientes meses.

Prácticamente desde el principio de 2013, todos los analistas (sin excepción) estuvieron revisando a la baja su estimado de crecimiento económico para el año. De un consenso que llegó a estar en 3.6 por ciento a mediados de 2012, terminamos el año en 1.1 por ciento. Algo muy parecido sucede ahora con las expectativas del crecimiento para 2014; a principios de 2013 el consenso indicaba que el PIB pudiera crecer cerca de 3.9 por ciento en 2014. Igual que con la expectativa del año anterior, se ha venido revisando continuamente a la baja y ahora en abril el consenso señala crecimiento de 3.0 por ciento.

El problema para 2014 es que se esperaba una mejor reforma fiscal, inversión privada al alza en anticipación a todas las demás reformas, la recuperación de la industria de la construcción y un mejor desempeño de la economía estadounidense. Pero la reforma fiscal resultó significativamente recesiva, la mayoría de las demás reformas siguen atoradas con sus leyes secundarias, la construcción sigue estancada y Estados Unidos empezó el año con condiciones climatológicas adversas. A estas alturas queda claro que el primer trimestre fue muy débil y cada vez más dudamos de una recuperación en forma.

Prácticamente todas las encuestas de expectativas tienen medianas de 3.0 por ciento, incluyendo las estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. La última encuesta quincenal que levanta Banamex entre alrededor de 25 instituciones financieras (22 de abril) muestra una distribución muy cercana a una normal (con el promedio casi igual a la mediana), con 10 instituciones que esperan crecimiento menor a 3 por ciento, 12 que anticipan una tasa superior al 3 y tres con expectativas puntuales de 3 por ciento. La institución más pesimista es Vector (2.4 por ciento) y la más optimista es HSBC (3.7 por ciento).

La pregunta que todos nos hacemos es que si este proceso de revisión a la baja seguirá y si es el caso, hasta dónde. Por lo pronto, la evidencia confirma crecimiento muy bajo para el primer trimestre, con mucha debilidad en ciertos segmentos, pero indicios de que pudiera mejorar (aunque sea marginalmente) a partir del segundo trimestre. Como suele suceder, hay algunos analistas que ven posibilidades de mejoría, mientras que hay otros que simplemente no ven cómo la economía pudiera alcanzar el tres por ciento. Al respecto, hace algunas semanas, Leo Zuckerman (ForoTV) y Gerardo Esquivel (Colmex) cruzaron una apuesta con Raul Feliz (CIDE) y Luis de la Calle (CMM), en la cual los dos primeros apostaron que el crecimiento quedará por debajo de 3 por ciento, mientras que los últimos dos por arriba.

De entrada, la apuesta esta raro, ya que en vez de utilizar el crecimiento anual del PIB en 2014 como parámetro, tomarán el crecimiento de fin de año, es decir, el último trimestre de 2014 entre el PIB del último de 2013. Esto hace que parten de una base diferente, ya que en vez de tomar la tasa oficial del PIB de 2013 de 1.06 por ciento, utilizarán el último trimestre de ese año que creció 0.67 por ciento. Incluso, Zuckerman menciona el crecimiento de diciembre, en cuyo caso tendrá que ser el IGAE, que creció tan solo 0.60 por ciento en diciembre respecto al año anterior.

Lo curioso es que Zuckerman escribe ahora en un informe sobre la marcha de la apuesta, que el IGAE de febrero avanzó tan solo 0.54 por ciento en febrero, lo cual dice que es signo de debilidad. Pero le gana la aritmética, ya que si todos los meses crecieran 0.54 por ciento, el IGAE crecería 6.6 por ciento en el año. Dado que enero solo creció 0.24 por ciento, supongamos que el resto del año creciera igual al promedio de enero y febrero (0.39 por ciento). En este caso el crecimiento terminaría en 4.75 por ciento.

¿Cuál es la diferencia de haber apostado el crecimiento fin de año en vez del promedio? Zuckerman tendría mucho más posibilidades de ganar, ya que una tasa mensual de 0.39 por ciento daría una tasa promedio de tan solo 3.08 por ciento, contra 4.75 por ciento de fin de año. Pero lo interesante es que la apuesta no arranca de un primer trimestre estancado, que después no puede recuperarse lo suficiente para alcanzar un crecimiento de 3 por ciento, sino más bien de que la desaceleración o estancamiento tendrá que ser aún más que lo observado a principios de año. En otras palabras, con que la economía siga igual o incluso ligeramente peor, Zuckerman va perder la apuesta. Para ganar, la economía tendrá que deteriorarse mucho pero mucho más en lo que resta del año. ¿Será?

En los últimos días se ha dado a conocer un conjunto de indicadores y reportes sobre la economía que básicamente confirman la continuación del estancamiento general de la actividad económica en el tercer trimestre. Primero se publicó el reporte de Finanzas Públicas para julio, que admite entre líneas un subejercicio del gasto público, en especial en ramos donde hay una importante concentración de gasto en inversión. Enseguida se divulgaron las remesas familiares de julio, cuyo acumulado en el año resultó 8.6 por ciento menor al mismo periodo de 2012. Finalmente, se dio a conocer el Indicador IMEF para agosto, que señala que el Manufacturero se ubicó por debajo del umbral de 50 puntos por cuarto mes consecutivo, mientras que el No Manufacturero cayó por debajo de 50 por primera vez desde julio de 2009, cuando estábamos saliendo de la Gran Recesión.

Ya sabíamos que julio terminó mal mediante las ventas del ANTAD y los resultados de la balanza comercial. Sin embargo, los datos del IMEF son los primeros indicadores de agosto, por lo que el hecho de que tanto el Manufacturero como el No Manufacturero registran niveles por debajo de 50 (consistente con estancamiento generalizado) es realmente una mala noticia. En el margen, el Indicador Manufacturero subió ligeramente por segundo mes consecutivo, por lo que se aproxima al umbral que separa una economía en expansión a una estancada. De continuarse la tendencia, es posible pensar que la economía podría estar a punto de recuperar su paso en septiembre u octubre, que aunque sea buena noticia, será muy tarde para que pinte lo suficiente este año.

El reporte de Finanzas Públicas fue algo decepcionante, ya que el gobierno había informado que prácticamente ya había desaparecido el subejercicio del gasto. Sin embargo, el Dr. Juan Moreno Pérez señala que hubo subejercicios en varios rubros como Provisiones Salariales y Económicas (-24.5 por ciento); Comunicaciones y transportes (-23.8 por ciento); Medio Ambiente y Recursos Naturales (-15.8 por ciento); y Agricultura (-10.7 por ciento), respecto a lo programado. Después de observar el mal desempeño en la economía en los últimos trimestres, uno pensaría que la SHCP intentaría aplicar una política contracíclica de mayor gasto, en especial en los rubros de que representan mayor inversión pública. Sin embargo, el gasto público en los primeros siete meses del año representa una disminución real de 4.6 por ciento.

El crecimiento sostenido de las remesas familiares de 1996 a 2006 no solamente contribuyó a la disminución del déficit en la cuenta corriente, sino también representó un ingreso complementario para muchas familias de ingresos medios y bajos, que ayudó a sostener el consumo y ciertas inversiones de los hogares. En 2006 llegó a su punto máximo de 2.65 por ciento del PIB, para después disminuir paulatinamente hasta llegar a 1.57 por ciento del PIB en el primer trimestre de este año. Después de tres años de caídas (2008 a 2010), volvió a crecer en 2011 (7.0 por ciento). Sin embargo, a partir de mediados del año pasado, volvió a tomar una tendencia a la baja y en julio de este año cumplió 13 meses consecutivos de tasas negativas.

La inmigración neta a Estados Unidos llegó a representar un flujo anual continuo de alrededor de 500 mil mexicanos entre 1996 y 2006. Sin embargo, en los últimos años ha disminuido radicalmente al punto que apenas representa ahora 5 por ciento de los flujos anteriores. Pero lo más marcado ha sido el cambio en los flujos por género; mientras que el flujo neto de hombres es negativo (están regresando alrededor de 280 mil mexicanos al año), el flujo de mexicanas es positivo. Mientras que los hombres han regresado como resultado de la crisis en la construcción y el bajo crecimiento en la manufactura de Estados Unidos, las mujeres han ido al norte para buscar trabajos en los hogares y otros sectores distintos a los hombres. El resultado es una disminución marcada en las remesas que envían al país.

Varios estudios señalan que una parte importante de las remesas se dedican a la inversión en el hogar, es decir, al autoconstrucción y a remodelaciones, ramo conocido como “otros trabajos de construcción”.  Si desagregamos la construcción en sus tres ramas (edificación, obras civiles de ingeniería y otros trabajos) encontramos tasas negativas en todas. La disminución en la edificación es resultado de la crisis de los desarrolladores de vivienda de interés social (ver mi artículo del 31 de julio); la caída en las obras civiles es consecuencia del menor gasto público, en especial el dirigido a la inversión; y la baja en otros trabajos de construcción proviene del descenso en el envío de las remesas.

La última encuesta de expectativas del Banco de México señala una revisión a la baja a 1.70 por ciento (mediana) para el crecimiento del PIB de 2013. De seguir las noticias como las que aquí comentamos, veremos todavía más revisiones a la baja.