Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Criterios Generales

Septiembre 19th, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

A los escasos 24 horas después de haber asumido el puesto, el nuevo Secretario de SHCP entregó al Poder Legislativo los Criterios Generales de Política Económica (CGPE) para 2017, junto con el resto del paquete que comprende el presupuesto para el año entrante. No sabemos si está de acuerdo o no con la propuesta, pues queda claro que no tuvo nada que ver en su elaboración. De entrada, no parece ser suficiente para contrarrestar el aumento anual en el saldo histórico de los requerimientos financieros del sector público (SHRFSP) y así evitar que Moody’s y S&P disminuyen la calificación de riesgo soberano. Debemos recordar que, en cada año de este sexenio, el gobierno federal no ha cumplido con las metas de reducción del SHRFSP como proporción del PIB. De hecho, la última estimación para 2016 es de 50.5 por ciento del PIB, 14.2 puntos porcentuales por arriba de lo que el gobierno se comprometió originalmente en los CGPE de 2013 para este año.

El proceso de saneamiento de las finanzas públicas plantea una reducción en el gasto programable de 1.5 puntos porcentuales del PIB, principalmente mediante una reducción en el gasto de capital. Básicamente no hay recortes estructurales ni sacrificios en los renglones importantes. Una buena parte de la reducción se verá neutralizada por un aumento en el gasto no programable (0.6 puntos porcentuales) y una disminución en los ingresos presupuestarios (0.5 puntos). Finalmente, al considerar que no se contará con un remanente de operación del Banco de México, la reducción en los RFSP para 2017 será de tan solo 0.1 por ciento del PIB. Los CGPE mantiene que será suficiente para reducir el SHRFSP como proporción del PIB en 0.3 puntos porcentuales, que de entrada se antoja como muy poco. Sin embargo, estimaciones del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) señalan que más bien el SHRFSP aumentará casi tres puntos porcentuales. Más bien, su análisis encuentra que para que no se incremente la deuda como proporción del PIB se necesita una reducción adicional en programas no prioritarios de alrededor de 220 mil millones de pesos, necesarios para obtener un superávit primario de 1.5 puntos porcentuales del PIB.

Hay un problema adicional en la programación financiera de los CGPE para 2017. Parte del supuesto de que la economía terminará creciendo este año 2.4 por ciento. Sin embargo, para llegar a esta cifra, necesitaremos una recuperación sustancial en la actividad económica en la segunda mitad del año, algo que no se ve inminente. Se ve mucho más realista el intervalo del Banco de México de 1.7 a 2.5 por ciento (punto medio 2.1 por ciento), ya que las perspectivas actuales apuntan a una alta probabilidad de no llegar a 2.0 por ciento. Incluso si comparamos los números de ahora con la propuesta de pre-criterios de apenas hace cinco meses, no parece hacer sentido. El gobierno revisa a la baja el crecimiento del PIB para 2016 en tan solo 0.2 puntos porcentuales, como resultado de una reducción en las exportaciones de 2.0 puntos, menor consumo de 0.5 puntos y menos inversión de 1.7 puntos. Como que no cuadran estos números. ¿Cuál es el problema? Resulta que 2016 es la base de comparación para 2017. Si crecemos menos este año, necesitaremos crecer mucho más el año entrante para llegar al estimado del PIB que propone la programación financiera para obtener los ingresos presupuestarios estimados.

Tal como está planteado el presupuesto apunta a que no será suficiente como revertir la tendencia de deuda pública. De ser cierto, es casi un hecho de que tanto Moody’s como S&P bajaran la calificación de riesgo soberano del país. Mayor deuda con una calificación más baja implicaría que aumentaría el costo financiero de la deuda aún más de lo que se tiene programado; de por sí, los CGPE para 2017 prevé un incremento de 2.4 a 2.8 por ciento del PIB en este rubro. De aprobarse el presupuesto tal como está planteada corre el riesgo de que el gobierno tendrá de implementar recortes adicionales al gasto en el transcurso del año.

Probablemente lo más decepcionante de los CGPE es la admisión de que el crecimiento económico será de tan solo 2.5 y 3.0 por ciento para 2017 y 2018, respectivamente. De ser cierto, el crecimiento promedio anual del sexenio terminará en 2.2 por ciento, no muy diferente a los doce años anteriores (con todo y reformas estructurales).

Hace un mes, el INEGI divulgó que el PIB creció 0.8 por ciento en el primer trimestre respecto al cuarto de 2015 y 2.8 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Al mismo tiempo, informó el desempeño de las actividades productivas, desagregado por 20 sectores, dentro de los cuales destacaron las actividades primarias y el sector de la construcción. La noticia fue muy buena, ya que el crecimiento no solo fue mejor que lo esperado, sino también mucho mayor al de Estados Unidos: la tasa anualizada (de 0.8 por ciento) es 3.3, comparada con la de nuestros vecinos de 0.8. Hace unos días, el INEGI complementa la información anterior con el desglose del PIB por el lado del gasto. Con esta nueva información, podemos entender todavía mejor el comportamiento económico del país.

Resulta que el consumo de los hogares creció 0.5 por ciento, ligeramente por debajo de los cuatro trimestres anteriores. Aun así, fue el componente de mayor aportación al crecimiento, ya que el consumo representa 67.9 por ciento del PIB; explicó 37 puntos base, casi el 45 por ciento de la tasa. No obstante, su crecimiento fue menor al del PIB, por lo que la proporción del consumo en el total cayó a 67.7 por ciento. El componente de mayor crecimiento fue la inversión privada, que aumentó 1.8 por ciento respecto al trimestre anterior y 5.0 por ciento respecto al mismo periodo de 2015. A pesar de ponderar alrededor de una cuarta parte de lo que representa el consumo en el PIB, contribuyó con 32 puntos base al crecimiento, es decir, casi 40 por ciento de la tasa trimestral. Con este avance, la inversión privada ya representa 18.4 por ciento del PIB, un nuevo máximo histórico.

El tercer componente en orden de importancia fueron las exportaciones, que crecieron 0.4 por ciento respecto al trimestre anterior y 3.1 por ciento anual. Aunque el avance es muy modesto, su ponderación de 35 por ciento del PIB, permitió que contribuyera con 14 puntos base a la tasa del trimestre del PIB. Sin embargo, es muy notorio su desaceleración, ya que la tasa anual del primer trimestre del año pasado fue 12.6 por ciento. En 2015, las exportaciones medidas en pesos reales crecieron 9.0 por ciento.

El gasto público, tanto como el consumo de gobierno como la inversión pública, tuvieron contribuciones negativas con tasas de -0.8 y -3.0 por ciento respectivamente en el trimestre. Entre ambos componentes, le restaron 19 puntos base a la tasa del PIB. La tasa anual del consumo público fue -0.3 por ciento, siendo la primera vez en los últimos 49 trimestres en que se registra una tasa negativa. La inversión pública alcanzó -13.6 por ciento, la más baja de los últimos 57 trimestres. Registra una tasa negativa en 19 de los últimos 20 y en 23 de los últimos 27 trimestres. Creo que queda claro que la inversión pública registrará en 2016 su séptimo año consecutivo a la baja. Pero es muy posible que en esta ocasión sea con una tasa más negativa que en los seis años anteriores. Por lo pronto, ya solo representa 3.4 por ciento del PIB, un nuevo mínimo histórico.

¿Qué nos dicen todas estas cifras? Primero, aunque sí avanza el consumo privado, no es el fenómeno que muchos creen. Como proporción del PIB, el máximo histórico fue el segundo trimestre de 2013, mientras que su desempeño anualizado da apenas 2.0 por ciento de crecimiento. Si queremos crecer más cerca de 3 este año que de 2 por ciento, necesitamos un consumo mucho más dinámico. La fortaleza de la economía ahora es la inversión privada, pero no en forma generalizada, sino específicamente la edificación no residencial. Las obras de ingeniería civil, los trabajos especializados de la construcción y la adquisición de maquinaria y equipo van a la baja, mientras que la edificación residencial muestra un desempeño lateral. Si queremos que la inversión privada se mantenga como el motor principal de crecimiento, tendremos que ver un desempeño mucho más generalizada.

Preocupa la desaceleración de las exportaciones. Si bien crecieron 3.1 por ciento en pesos reales en el primer trimestre, cayeron 5.9 por ciento en dólares. Las exportaciones manufactureras no automotrices llevan año y medio con una tendencia negativa, mientras que las automotrices también empiezan a registrar tasas negativas. Por último, es casi un hecho que el gasto público seguirá con tasas negativas. El balance final no es tan positivo.

El INEGI dio a conocer el crecimiento del PIB de 2015 el mes pasado, por el lado de la oferta. Las cifras incluyeron el PIB total y el desglose a nivel de dos dígitos del SCIAN, que significa el crecimiento de los 20 sectores de la economía (aunque realmente son 19 al no separar el comercio al por mayor del comercio al por menor). Resultó que el PIB creció 2.5 por ciento, pero a un pellizco de registrar 2.6 (ya que fue 2.5496 por ciento). No nos debería de sorprender que la próxima revisión sea al alza, ya que a semana pasada se divulgó el desglose por el lado del gasto (también denominado de la demanda agregada), que revela algunos aspectos interesantes del acontecer económico del año pasado.

Primero, el supuesto crecimiento “sorpresivo” del consumo privado, siempre no fue para tanto. En 2015 creció 3.1 por ciento (3.148 para ser más exacto), que fue 1.23 veces lo que creció el PIB. Si examinamos la relación histórica entre consumo y PIB, encontramos que fue un año normal, ya que el promedio de los diez años anteriores fue 1.22 veces. Más bien, el año anormal fue 2014, ya que la relación apenas fue 0.79 veces y se explica por la reforma fiscal. En 2015, simplemente observamos el regreso a la normalidad.

Segundo, habíamos visto que las exportaciones cayeron -4.1 por ciento en 2015, producto del desplome de las petroleras, pero también de un pobre desempeño de las exportaciones no petroleras. Sin embargo, estas cifras de la balanza comercial son en dólares nominales, por lo que no reflejan el volumen exportado. Si examinamos las cuentas nacionales, que mide el crecimiento en términos de pesos reales, resulta que las exportaciones crecieron 9.1 por ciento. Esto significa que sí hubo un incremento importante en el volumen de exportación, impulsado por la depreciación de la moneda, pero como fue a precios más baratos, no obtuvimos más dólares en el año. Otra paradoja es que, aunque tuvimos el déficit comercial más elevada desde 2008 (medidos en dólares), resulta ser el superávit más elevada de hace por lo menos los últimos diez años medidos en pesos reales.

Tercero, la SHCP nos había reportado un aumento en el gasto del sector público total de 5.8 por ciento real en 2015, para registrar el nivel de gasto público (nominal y real) más elevada en la historia. No solamente fue un crecimiento real elevado (el promedio anual de los últimos 34 años es 2.5 por ciento), sino resulta que la tasa es superior a 24 de los 34 años de historia consultada. Pero al consultar las cifras del INEGI para ver su impacto en el valor agregado del país, nos topamos con un gran misterio. Sumamos el consumo público y la inversión pública para tener una idea del gasto público total; encontramos que la tasa real de 2015 respecto al año anterior es -0.01 por ciento. Salvo 2012, es la tasa más baja que encontramos.

La explicación principal es una caída de -6.5 por ciento en la inversión pública real, contra un avance de 2.4 por ciento que presume la SHCP y el sexto año consecutivo con tasa negativa. Peor aún, mientras que la SHCP reporta un crecimiento acumulado de gasto público de capital de 48.4% en 2015 respecto a 2009 (seis años), INEGI nos dice que la inversión pública ha disminuido -23.7 por ciento en el mismo periodo.

No sé ustedes, pero para mí esto es un escándalo mayúsculo. Tenemos el mayor gasto público real en la historia, pero sin que aporte al crecimiento económico. La tasa de crecimiento promedio de 2010 a 2015 es de 3.2 por ciento, mientras que el PIB sin inversión pública ha avanzado a una tasa promedio real de 3.6 por ciento. ¿Cuál es el propósito de la inversión pública? ¿Crecer menos? ¿Para esto nos quitan impuestos?

Por último, el INEGI mide el PIB primero por el lado del valor agregado (valor bruto de la producción menos el consumo intermedio) y después por el lado del gasto. Aunque en teoría deben dar el mismo resultado, siempre hay una discrepancia estadística entre los dos cálculos. El problema es que la contabilidad nacional no es lo mismo que la de una empresa, ya que los cálculos son por inferencia estadística (encuestas) y no por asientos contables exactos. En 2015 se registró la discrepancia estadística más elevada en la historia entre los dos cálculos; resulta que la suma de los componentes es 2.4 por ciento mayor que el PIB. Si el cálculo del PIB hubiera sido por el lado del gasto, el crecimiento en 2015 hubiera sido 4.4 por ciento. En principio, el primer cálculo es más robusto, por lo que la discrepancia se le resta al cálculo por el lado del gasto. ¿Será?

Llama la atención las declaraciones del titular del SAT, de que el INEGI calcula mal el PIB del país. Según la posición de la Administración Tributaria, el crecimiento económico no empata con los indicadores de recaudación, consumo y empleo. Lo que dice la dependencia de la SHCP es que dado que las cifras que produce el INEGI no reflejan lo que el gobierno quiere, habría que cambiar la metodología de las cuentas nacionales. Básicamente, lo que sugiere ahora la SHCP es que hagamos en México lo que hicieron en Argentina: manipular las cifras económicas para reflejar los deseos de los funcionarios. Otra alternativa podría ser lo que ha hecho Venezuela: simplemente dejar de publicar cifras oficiales.

Precisamente por eso es que se le otorgó la autonomía al INEGI. Sin embargo, esta posición de la SHCP es exageradamente peligroso en el momento en que faltan apenas dos meses para que una nueva persona toma posesión de la Presidencia del INEGI. ¿El nombramiento será para un allegado de SHCP u otro oriundo del gobierno del Estado de México para este puesto vital? ¿A qué se debe esta falta de respeto a la autonomía del INEGI?

La expectativa de crecimiento para el PIB de este año es alrededor de 2.2 por ciento. Dado que el INEGI revisó la tasa del PIB anual del año pasado a 2.2 por ciento (de 2.1), estamos en espera de ver si el crecimiento de este año logra superar o no el de 2014. Aunque esta cifra se ubica muy por debajo de lo que prometió el gobierno en un escenario de reformas estructurales y mucho menos de lo que contempló el presupuesto original de 2015, no está nada mal al observar el desempeño de la mayoría de los países emergentes. Por ejemplo, las tres economías más grandes de América del Sur (Brasil, Argentina y Venezuela) terminarán este año con tasas negativas. No hay duda que el entorno externo no ha favorecido la expansión de la actividad económica del país.

Si examinamos el crecimiento del PIB en lo que va este año, llegamos a la conclusión de que lo que está deteniendo el avance económico son las actividades secundarias. La producción industrial ha avanzado en promedio alrededor de uno por ciento en los primeros ocho meses del año, producto de una tasa de 3.0 por ciento en la manufactura y 3.6 por ciento en la construcción (a pesar de un estancamiento en la inversión pública), pero con un retroceso de -6.3 por ciento en la minería (principalmente por la caída de casi 7 por ciento en la extracción de petróleo). Incluso, si examinamos las cifras de comercio exterior, encontramos que las exportaciones totales han disminuido -2.8 por ciento en los primeros ocho meses del año respecto al mismo periodo del año anterior. Las exportaciones no petroleras, que representan el motor tradicional de crecimiento de la economía, han avanzado apenas por arriba de 2 por ciento. En otros años que hemos visto crecimientos tan bajos, hemos observado un desempeño del PIB todavía menor a la que tenemos este año.

¿Entonces que explica el crecimiento que llevamos a la fecha? Según el INEGI, ha sido el avance en el consumo de los hogares, que ha registrado un repunte sorprendente a partir del primer trimestre. Las cifras son consistentes con las ventas del ANTAD y del AMIA, que muestran que ciertos segmentos de la economía (los que tienen mayor poder adquisitivo) están gastando más. Esto es sorprendente, si tomamos en cuenta que la reforma recaudatoria del año pasado les restó recursos a las familias.

¿Qué explica el aumento más que proporcional de la recaudación del gobierno federal? Hubo aumentos de impuestos, reducciones en las deducciones y una fiscalización mayor. El IMSS registra un incremento significativo en el número de trabajadores registrados en el instituto, pero no producto de nuevos empleos, sino de la formalización de trabajos que antes no pagaban impuestos. Los esfuerzos de fiscalización han sido tan imponentes, que el propio Banco de México admite un incremento exorbitante en la demanda de efectivo (base monetaria) de más del 20 por ciento en lo que va este año. No es que ha aumentado la cantidad de transacciones en la economía en esa magnitud, sino que hemos visto cambios en las formas de pago hacia el uso de más efectivo y menos tarjetas y otros medios, para tratar de compensar los efectos nocivos que tuvo la reforma recaudatoria y la mayor fiscalización.

¿Cuál ha sido el factor limitante del crecimiento interno? La poca efectividad del gasto público. El gobierno gasta lo que nunca había gastado antes, sin ninguna repercusión en el crecimiento económico ni en el abatimiento de los niveles de pobreza.

En estos meses, la SHCP tiene la tarea de preparar el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación (PPEF), la Iniciativa de la Ley de Ingresos (ILI) y los Criterios Generales de Política Económica (CGPE) para 2015, que se enviarán al Congreso para su aprobación antes del 8 de septiembre. Este ejercicio ha despertado mucho interés, en especial por el anunció de la intención de trabajar en una reingeniería del gasto público con una perspectiva de Presupuesto Base Cero. Lo que la SHCP busca es contener el crecimiento inercial de los egresos, pues en los últimos dos sexenios el gasto corriente aumentó de 10.9 a 15.2 por ciento del PIB. Sin la abundancia de recursos petroleros, si quiere SHCP cumplir con la trayectoria prometida de un déficit fiscal decreciente, simplemente tiene que buscar cómo gastar menos y mejor.

Que tan efectivo podrá ser este ejercicio de reingeniería ha sido tema de numerosos debates. Existe mucho escepticismo al respecto y las expectativas no son muy buenas. La mayoría piensa que, efectivamente, habrá recortes en el gasto, pero realmente no mejorará la calidad y eficiencia del mismo. En otras palabras, el gasto público seguirá aportando muy poco (si es que algo) al crecimiento económico, mientras que el gobierno hostigará a los hogares y a las empresas para quitarles el máximo de recursos posibles.

Sin embargo, los recortes no son el único tema de discusión en esta ocasión. También se cuestionan los parámetros que se utilizarán en el marco macroeconómico para elaborar el ejercicio financiero. La SHCP anunció a principios de abril (en un documento conocido como pre-criterios) que elaborará el presupuesto con estimados de 3.7 por ciento para el crecimiento económico, de 14.50 pesos por dólar para el tipo de cambio promedio y 4.5 por ciento para la tasa de política monetaria. Si consultamos las últimas encuestas de expectativas, encontramos que se anticipa un crecimiento mucho menor de 3.2 por ciento, un tipo de cambio más cercano a 16 pesos y una tasa de interés ligeramente menor. Esto ha llevado a varios a preguntar que si no sería recomendable que los CGPE fueran formulados por una entidad autónoma y validados por expertos independientes.

Ha sido muy criticada la SHCP por sus proyecciones económicas en este sexenio. Para el presupuesto de 2013 se utilizó una tasa de crecimiento para el PIB de 3.9 por ciento, cuando tan solo crecimos 1.4 por ciento. Para 2014 se utilizó de nuevo una tasa de 3.9 por ciento y el crecimiento se quedó en 2.1 por ciento. Para este año, la SHCP estimó que el crecimiento sería 3.7 por ciento, mientras que el consenso actual es de 2.5 por ciento (y seguimos revisando a la baja). Peor aún, cada trimestre tiene que salir la SHCP a admitir que el crecimiento será menor a lo que estimaban apenas hace tres meses.

Pero a pesar de que el gobierno se ha equivocado constantemente en sus proyecciones económicas, no creo que se necesita una entidad autónoma para elaborar los parámetros ni una valuación de expertos independientes. El estancamiento de 2013 y el desempeño mediocre de los siguientes dos años fue sorpresa para todos. Si vemos cuanto eran las estimaciones de consenso en los momentos en que la SHCP preparó sus presupuestos, observamos que todos nos equivocamos, tanto el sector privado como los organismos internacionales. Nadie tiene una bola de cristal y no por ser el gobierno debe tener una mejor habilidad de proyectar el futuro que los demás. Más bien, lo que tiene que hacer es tomar los últimos datos correspondientes, basados en la información disponible al momento. Si sus proyecciones difieren mucho de los consensos de las encuestas disponibles (como la de Especialistas en Economía del Sector Privado que realiza Banxico, la de Expectativas quincenales de Instituciones Financieras que levanta Banamex, o la Encuesta Mensual de Expectativas del Comité de Estudios Económicos del IMEF), entonces el Congreso tendrá la responsabilidad de cuestionar a la SHCP.

Lo que sí debería de dejar de hacer la SHCP es participar en el “juego” de tener proyecciones actualizadas cada trimestre. A diferencia del Banco de México donde es parte del análisis de la economía, que se necesita para respaldar sus decisiones de política monetaria, la SHCP solo necesita realizar un marco macroeconómico en septiembre de cada año para la programación financiera de su presupuesto. No es necesario tener proyecciones al día, que sólo alimentan una travesura mediática en la cual no gana absolutamente nada. Salir cada tres meses para este propósito es un invento innecesario de este sexenio.

Sin duda, la primera mitad de este sexenio ha sido una desilusión mayúscula. Hace tres años ganó el PRI bajo la promesa de que era el único partido que sabía cómo aprobar las reformas y que así íbamos a crecer por lo menos al 5 por ciento anual. Dado que uno de los principales problemas del país es su dificultad para crecer, el ofrecimiento era muy atractivo. Sin embargo, si suponemos que el crecimiento económico de este año termine en el punto medio del intervalo de la proyección del Banco de México (2.5 por ciento), el crecimiento promedio anual del sexenio alcanzará 2.0 por ciento, por debajo del promedio de los cuatro sexenios anteriores.

No obstante, tenemos la esperanza de que mejoré el promedio en la segunda mitad del sexenio. De hecho, el patrón de crecimiento observado a lo largo de los últimos sexenios ha sido así. Tanto Zedillo y Fox, como Calderón, enfrentaron una recesión en la primera mitad de su sexenio, por lo que arrancaron muy mal. Aunque no hubo una recesión en estos tres años, Peña Nieto tuvo un entorno externo difícil y su administración cometió muchos errores de política económica. Sin embargo, con todo lo negativo que hemos visto la primera mitad del sexenio, el promedio anual de crecimiento de 2.0 por ciento resulta superior a los promedios de los primeros tres años de Fox (0.3 por ciento) y de Calderón (-0.1 por ciento), y cerca del de Zedillo (2.2 por ciento). En cambio, el promedio anual de la segunda mitad de sexenio de cada uno de los tres sexenios anteriores ha sido superior al 4.0 por ciento: Zedillo (4.2 por ciento), Fox (4.1 por ciento y Calderón (4.4 por ciento).

Las matemáticas están a favor de Peña Nieto, aunque no para producir cifras impresionantes ni cerca de lo prometido. Pero si suponemos que el crecimiento pueda llegar al promedio observado en las segundas mitades de los tres sexenios anteriores (4.2 por ciento), terminaremos con una tasa promedio de 3.1 por ciento, muy cerca de Zedillo (3.2 por ciento) y muy superior al dúo panista de 2.2 y 2.1 por ciento, respectivamente. Por lo mismo, la pregunta es ¿habrá posibilidades de más crecimiento en los siguientes tres años?

De entrada, hubo un factor favorable para los tres presidentes anteriores, que no se vislumbra para este gobierno. Después de sus peores años, cada uno se benefició de un efecto rebote debido a la base de comparación. Después de caer -5.8 por ciento de 1995, Zedillo se benefició de un rebote de 5.9 por ciento al año siguiente. Fox enfrento tres años malos entre 2001 y 2003 para después crecer 4.2 por ciento en 2004. Finalmente, Calderón tuvo una tasa de 5.2 por ciento en 2010 después de haber disminuido -4.7 por ciento el año anterior. Sin embargo, la proyección del Banco de México para 2016 es de tan sólo 3.0 por ciento (el punto medio de su intervalo). Si suponemos que sea acertada la expectativa de Banxico, entonces necesitaremos un promedio cerca de 5.0 por ciento en los dos últimos años para que Peña Nieto alcance una tasa superior al 3.0 por ciento.

Uno de los factores cruciales será el entorno externo, en especial, el desempeño de la economía de Estados Unidos. Sin embargo, el crecimiento esperado para 2016-2018 de nuestro vecino es, en el mejor de los casos, alrededor de 3.0 por ciento. De materializarse, podremos ver un buen crecimiento de nuestras exportaciones no petroleras, pero no lo suficiente para “jalar” la actividad económica por si solo cerca al 5 por ciento. Significa que la clave será el comportamiento de la economía interna.

En principio, no podremos contar con un empuje significativo en el gasto público. En los primeros tres años del sexenio vimos más gasto, pero muy ineficiente y sin contribución al crecimiento económico. La inversión pública fue el único componente del PIB con una aportación negativa. En los siguientes tres años, habrá más presión sobre las finanzas públicas, sin esperanza genuina de que empezara a aportar algo.

Aunque hasta ahora no hemos visto la mejoría prometida de las reformas estructurales, es posible que empiecen a transformarse en más inversión privada en estos años. Lo que necesitaremos es que estas inversiones produzcan más empleos bien remunerados. De materializarse, podríamos ver una mejoría en el ingreso personal promedio, lo que apuntalaría a un mayor consumo en los hogares. De todos los posibles caminos hacia el mayor crecimiento, aparentemente, este parece ser el más viable.

Por lo pronto, creo que la tasa promedio anual de este sexenio superará a la de los dos sexenios anteriores, pero sin llegar a 3.0 por ciento.

Hace 15 años escribí un libro titulado “La Maldición de las Crisis Sexenales”, que buscaba analizar una característica intrínseca de la economía mexicana: a partir de los setenta, México sufría una crisis (recesión) por sexenio. Todas tenían rasgos similares: errores de política económica, devaluaciones masivas, alta inflación, empobrecimiento de las masas e incremento en el desempleo. Peor aún, cada crisis parecía ser peor que la anterior y todas se vinculaban con el cambio de sexenio.
Uno de los objetivos del libro era el de estudiar la posibilidad de que hubiera una nueva crisis con el cambio del sexenio en 2000. Sin embargo, Ernesto Zedillo fue muy obsesivo en este sentido, ya que hizo todo a su alcance para dejar una economía estable, equilibrada y creciente a su sucesor. La actividad económica creció más de 5 por ciento en promedio en sus últimos 5 años y terminó su administración con una inflación de un solo dígito, con un superávit primario en las finanzas públicas, una tendencia de la deuda pública a la baja y un déficit pequeño en la cuenta corriente. El PAN llegó con la mesa puesta para lograr un buen desempeño en materia económica.
Sin embargo, la maldición continuó, aunque ahora caracterizada por desequilibrios externos. Tanto Fox como Calderón, tuvieron la mala suerte de que Estados Unidos experimentó recesiones en cada uno de sus sexenios, con desenlaces muy negativas para la economía mexicana. El crecimiento económico siguió con su tendencia a la baja, pues terminaron ambos sexenios con crecimientos promedios cercanos al 2 por ciento. Fueron gobiernos mediocres sin grandes alcances, pero por lo menos mantuvieron los equilibrios macroeconómicos.
Ahora arrancamos de nuevo con un sexenio de gobierno priista, que en sus dos primeros años ha producido un crecimiento todavía menor de 1.8 por ciento. Si bien hemos escapado a la recesión, hemos estado muy cerca de una, pero ya no producto de la mala suerte externa, sino de nuevo como resultado de errores de política económica. ¿Cuáles han sido los errores?
Uno de los méritos de los gobiernos de Salinas, Zedillo y Fox, fue que pusieron mucho énfasis en el saneamiento de las finanzas públicas. Sin embargo y a pesar de que se introdujo una Ley de Responsabilidad Hacendaria con Calderón, esta tendencia se revirtió a mediados del sexenio pasado a partir del momento en que dejamos de tener un superávit primario. En este sexenio, el gobierno no ha hecho un esfuerzo para corregir el rumbo, por lo que tenemos un déficit fiscal creciente, una deuda pública mayor y seguimos con déficit primario. Peor aún, el deterioro en las finanzas públicas se ha dado en el marco de una reforma recaudatoria, que restó recursos a los hogares y a las empresas, aumentando el gasto público sin repercusiones en el crecimiento económico. En otras palabras, terminamos con la peor combinación: los hogares enfrentaron mayores impuestos, las empresas tiene menos incentivos para invertir y el gobierno gasta mucho más pero sin repercusiones en el crecimiento y con un endeudamiento mayor.
Posiblemente el error más grande ha sido la ineficiencia del gasto público. A pesar de que la SHCP reporta que ha alcanzado máximos históricos, el INEGI no logra encontrar valor agregado al reportar una caída de 0.3 por ciento en términos reales en la suma del gasto corriente y la inversión pública en las cuentas nacionales. La inversión pública, que debería ser pilar del crecimiento ha registrado tasas negativas en los dos años del sexenio.
Otro error fue la crisis que dejó que se gestionara en la industria de la construcción. Al final del sexenio anterior, el gobierno congeló los subsidios para la vivienda de interés social, para que el nuevo gobierno pudiera modificar las reglas y así asegurar viviendas útiles. Sin embargo, la administración actual tardó mucho tiempo en establecer las nuevas reglas, dejando en el camino la quiebra de las grandes desarrolladoras de vivienda, con todo y su impacto sobre uno de las actividades secundarias de mayor generación de empleos.
Finalmente, el gobierno no ha logrado crear un ambiente de confianza empresarial conducente a más inversión. Entre el escalamiento de la guerra contra el narcotráfico, las desgracias producto de la infiltración del crimen organizado en los gobiernos locales, los conflictos de interés de funcionarios en sus inversiones personales, la depreciación del peso y los recortes al presupuesto han llevado a la confianza empresarial a su nivel más bajo desde la gran recesión de 2008-2009.
¿Podrá el gobierno corregir el rumbo?

Arranque Lento

Marzo 30th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Arena Publica - (0 Comments)

Hace seis meses, el consenso para el crecimiento económico de este año era alrededor de 3.7 por ciento. Sin embargo, se ha revisado sistemáticamente a la baja hasta llegar a la expectativa actual que gira alrededor de 3.0 por ciento. Habrá varias razones para pensar que el crecimiento será menor a lo que originalmente se esperaba, pero la caída en el precio y en la producción petrolera, que provocó un primer recorte en el gasto público, definitivamente es una de las principales. No obstante, hasta ahora las revisiones no estaban fundamentadas en el desempeño actual de la economía, simplemente porque todavía no teníamos datos duros. Pero el INEGI ya reportó el crecimiento económico del primer mes y las cifras de la balanza comercial y el desempleo de febrero. Además, ya conocemos las ventas que reporta el ANTAD y la AMIA para el segundo mes del año. Esta primera lectura confirma un lento arranque para el año, que aparentemente desembocará en una baja tasa de crecimiento para el primer trimestre.
La primera desilusión proviene del exterior. La producción manufactura de Estados Unidos ha crecido muy poco en los últimos meses, lo que ha llevado a un menor demanda de nuestras exportaciones. Después de un muy buen enero, las exportaciones automotrices crecieron muy poco en febrero, debido en parte a condiciones climatológicas adversas, pero también a que la compra de automóviles nuevos en Estados Unidos empieza a mostrar signos de desaceleración. Por unos cuantos años, la demanda reprimida que prevaleció en la gran recesión de 2008-2009 provocó un aumento significativo en las ventas de automóviles. Sin embargo, aparentemente el mercado ya regresa a una cierta normalidad, que significa que la demanda regresa a un patrón de crecimiento más moderado. La baja en el precio de la gasolina no ha mostrado fuerza suficiente para provocar mayores ventas, por lo que podemos esperar una tasa de crecimiento en las exportaciones automotrices más moderado este año.
Aun así, existe la esperanza de que la actividad económica de Estados Unidos se recuperará a partir de segundo trimestre, ya que el mercado laboral muestra condiciones más robustas, que a su vez sugieren un mejor desempeño del consumo de los hogares más adelante. Si esta lectura es correcta, podríamos ver una mejoría en nuestras exportaciones no petroleras en los siguientes trimestres. Debemos recordar que las exportaciones son el principal motor de crecimiento, cuyo crecimiento es necesario para que la economía interna muestra mayor dinamismo.
El INEGI reportó hace unas semanas que la producción industrial disminuyó 0.4 por ciento en enero, después de haber caído 0.3 por ciento en diciembre. Vimos una disminución en las manufacturas, la construcción y (obviamente) la minería (ante la caída en la plataforma de producción del petróleo). Por lo mismo, ya anticipábamos una tasa cercana a cero o incluso negativa para el IGAE de enero. Sin embargo, la tasa del IGAE sorprendió un poco al alza como resultado de un salto importante en las actividades primarias (6.7 por ciento) y un buen avance en las terciarias de 0.4 por ciento. Estos datos, juntos con buenas noticias de parte del ANTAD y la AMIA, nos dicen que el comercio y los servicios muestran un buen arranque al inicio del año, a pesar del pobre desempeño de las actividades secundarias.
La ANTAD venía reportando tasas relativamente bajas durante todo 2014, que giran en promedio alrededor de 1.0 por ciento anual cada mes. Sin embargo, en enero y febrero sus ventas totales reales aumentaron 6.2 y 5.7 por ciento anual, respectivamente, algo no visto desde 2012. Evidencia anecdotaria de algunas cadenas autodepartamentales señalan ventas de hasta 20 por ciento real respecto al mismo periodo del año anterior. Las ventas internas de automóviles reportadas por la AMIA registraron tasas anuales superiores a 20 por ciento en los dos primeros meses del año, algo no visto desde 2004. A pesar de que no tenemos mucha evidencia de una mejoría en los ingresos de los hogares, aparentemente el consumo privado empieza a mostrar cierto dinamismo no visto en mucho tiempo.
¿Cómo explicar esta recuperación? ¿Es temporal o algo más permanente? Las hipótesis que empiezan a surgir señalan al gasto público electoral y una posible demanda reprimida como posibles factores, que a su vez indicarían solo un empuje temporal. Sabemos que el gasto público tiene un impacto en el consumo en los meses anteriores a las elecciones, pero ante los recortes en el presupuesto, podrían disminuir significativamente después de junio. Si el consumo empieza a responder a una demanda reprimida que se fue acumulando en los dos años anteriores, también podríamos ver una mejoría temporal, pero con una duración más difícil de anticipar.
Sin embargo, surge una tercera hipótesis que pudiera ser más promisorio. La inversión privada empieza a mostrar signos de mayor crecimiento, posiblemente derivado de las expectativas que emanan de las reformas estructurales. De ser cierto, deberíamos empezar a ver más empleo, que a su vez podría estimular el ingreso de los hogares y el consumo. La tasa de desempleo urbano disminuyó notoriamente en diciembre, mientras que su repunte en enero y febrero fue estacionalmente muy baja. No obstante, esas hipótesis necesitan más datos duros para que sean explicaciones creíbles. Pudiera ser que estos dos meses fueran simplemente observaciones aberrantes, sin mayor explicación.
Por lo pronto, tenemos un mal arranque en las actividades secundarias, que de no reponerse podrán desincentivar a la economía interna, pero un buen arranque de las terciarias, que pudiera ser un fenómeno temporal, o bien, el empiezo de una recuperación más de fondo. Habrá que estar atentos.

Todos sabemos que el desplome del precio del petróleo implica una merma importante en los ingresos del Sector Público. Para 2015 el problema no es tan grave, ya que existe una cobertura que compensará parte de la pérdida, más la toma de utilidades del Banco de México (que dicen que puede era alrededor de 80 mil millones de pesos) y una recaudación extraordinaria en el IEPS a la gasolina. Aun así y quizás más por razones precautorias, el gobierno federal anunció un recorte al gasto en el año. Sin embargo, al no ser que se recupere el precio el año entrante (algo no esperado), las finanzas públicas necesitarán un ajuste mayor para 2016. No habrá cobertura, mientras que ingresos extraordinarios de 2015 no serán recurrentes.

Esto significa que el gobierno tendrá que utilizar tijeras muy grandes para recortar el presupuesto de gastos de 2016. De proceder en forma “inercial”, como típicamente se elabora el presupuesto, el gobierno tendrá que anunciar un recortar generalizado y cada dependencia tendrá que ajustarse lo mejor que pueda. Al final, se podrá acomodar más gasto en algunos rubros a expensas de menos en otros, pero el ajuste podría ser traumático para muchos proyectos y dependencias. Ante esta problemática, el gobierno ha anunciado que elaborará un presupuesto de “base cero”, es decir, de estudiar a fondo cada rubro y cuestionar la importancia que cada peso gastado. Ya no se tratará de agregar o quitar aquí y allá, sino empezar de cero para construir un presupuesto más eficiente.

No es la primera vez que un gobierno ha anunciado la intención de elaborar el presupuesto desde cero. Sin embargo, no queda muy claro que tan exitoso ha sido en el pasado. La idea es excelente, sin embargo, la logística es sumamente complicado. Ante la dificultad, el gobierno ha solicitado la asesoría de la OCDE, pero tampoco queda claro que tenga la experiencia y conocimiento suficiente. El problema principal es que el presupuesto se tiene que elaborar en aproximadamente seis meses, que se antoja muy poco tiempo para cuestionar absolutamente todos los aspectos del gasto público.

Todos sabemos que el gasto público es sumamente ineficiente y que ante menos cantidad, la solución es mayor calidad. Podemos apreciar el tamaño del problema al contrastar las cifras de gasto que reporta la SHCP con las cuentas nacionales que elabora el INEGI. Mientras que la SHCP simplemente contabiliza su flujo de efectivo, el INEGI tiene que medir el “valor agregado” del gasto para ver que tanto va contribuir al PIB. Por ejemplo, la SHCP reporta como gasto los recursos destinados a programas como Prospera, mientras que el INEGI lo considera una trasferencia de un lugar a otro sin valor agregado. Si el gobierno le quita recursos a un hogar para dárselos a otro, no hay una generación de valor.

La ineficiencia del gasto público quedó claro en las cifras reportadas para 2014. La SHCP reportó que ejercicio 8.4 por ciento más en su gasto programable el año pasado respecto al anterior. Sin embargo, si sumamos el consumo de gobierno más la inversión pública de las cuentas nacionales, resulta que es -0.3 por ciento menor. En principio, sabemos que el consumo de gobierno (gasto corriente) no aporta mucho al crecimiento económico, mientras que la inversión pública debe ser mucho más productivo. Aquí la SHCP estuvo reportando todo el año que su gasto de capital físico (inversión) estaba aumentando todos los meses a tasas anuales superiores 20 por ciento y en ocasiones hasta de más de 30 por ciento. Sin embargo, al examinar las cuentas nacionales de 2014, encontramos que la inversión pública fue el único componente del PIB por el lado del gasto que terminó el año con una contribución negativa; sufrió una caída real de -7.5 por ciento. Pero no es solamente este año; la inversión pública ha disminuido cinco años consecutivos.

¿Qué nos dicen estas cifras? El gasto público es mucho más ineficiente de lo que creíamos y no necesitábamos un desplome en los precios del petróleo para justificar la elaboración de un presupuesto de base cero. Este ejercicio era necesario desde antes. Peor aún, si consideramos que el único propósito de la Reforma Hacendaria era recaudar más, quitando recursos escasos a los hogares y a las empresas, para ejercer un gasto de nulo impacto en el PIB.

De las diez u once reformas estructurales que se han aprobado, la más criticada ha sido la Reforma Hacendaria. Quitó ingresos a los hogares en vez de reducir impuestos, justo cuando la economía se encontraba en una situación precaria. Eliminó incentivos para las empresas en el momento en que habría que fomentar más la inversión. En vez de aplicar una política fiscal contra cíclica, se instrumentó una pro cíclica, que frenó la actividad económica y perjudicó a la mayoría de los mexicanos. Peor aún, la SHCP presumió un aumento significante en el gasto público y en especial en la inversión pública, que terminó siendo sumamente ineficiente, a tal grado que no tuvo repercusión alguna en el PIB. Para muchos, la reforma es la causa principal del crecimiento económico mediocre que tuvimos el año pasado.

Aun así, mucha de la evidencia en contra de la reforma había sido anecdotario, o bien, formulado mediante la opinión reiterativa de muchos analistas y empresarios. Sin embargo, ahora aparece un estudio de fondo realizado por Kantar Worldpanel México, que es una agencia de investigación de mercados, que aporta evidencia dura de los efectos sobre los hogares. Esta empresa monitorea cuidadosamente los patrones de consumo de 8,500 hogares mexicanos, escogidos de tal forma que representan al 97 por ciento de la población urbana del país. Registra cada semana las compras de los hogares de más de 70 categorías de productos, por lo que se puede considerar, sin duda, como una autoridad calificada para emitir juicios sobre los efectos de los impuestos a alimentos y bebidas a raíz de la reforma hacendaria.

De entrada, Kantar encontró que el comportamiento del consumo en las familias en 2014 fue similar a cuando el país se ha encontrado en crisis, es decir, similar a lo ocurrido en la gran recesión de 2008-2009. Dado que el 30 por ciento del presupuesto de los hogares se gasta en productos gravados con los nuevos impuestos a alimentos y bebidas saborizantes, se dio una redistribución del presupuesto con el resultado de que se redujo el gasto en bienes de cuidado personal y del hogar. En otras palabras, se pagó en promedio 13 por ciento más por los bienes gravadas con la idea de no consumir menos, mientras que se sacrificó el consumo de otro tipo de bienes para que les alcanzara. En vez de consumir menos de los alimentos de alto contenido calorífico, los hogares redistribuyeron su gasto de tal manera que pudieron consumir lo mismo de este tipo de productos y menos de otros bienes no gravados. Los bienes sacrificados fueron fundamentalmente en las categorías de cuidado del hogar y cuidado personal.

Al final de cuentas, el resultado fue que los hogares gastaron más en productos gravados por los nuevos impuestos, pero se llevaron menos volumen, mientras que gastaron menos en otras categorías. El efecto final fue que todos perdieron: unas categorías perdieron gasto mientras que otras perdieron volumen. Los consumidores cambiaron a marcas más económicas y compraron tamaños más pequeños, mientras que repartieron su gasto entre un mayor número de establecimientos, tanto formales como informales. Este resultado es compatible con los datos que fue reportando la ANTAD a través del año.

En el proceso, Kantar encontró que los niveles socioeconómicos más bajos fueron los más afectados. También encontró que las tienditas de la esquina fueron severamente afectadas, ya que 52 por ciento de sus ventas son de productos que pagan los nuevos impuestos. En general, se encontró que estas tienditas vendieron menos volumen en 2014 comparado con el año anterior. Dado que más de 600 mil familias dependen de estos negocios para subsistir y la mayoría provienen de niveles socioeconómicos medios y bajos, hubo una afectación negativa para un segmento importante de la población. Kantar concluyó que no hay evidencia de que la medida ayudó en parte a resolver el problema de obesidad en el país, pero definitivamente afectó de manera importante la economía de los hogares mexicanos.

El estudio de Kantar Worldpanel México, las cifras de ventas de ANTAD y los cálculos del ingreso personal disponible de los hogares mediante datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), apuntan hacia una afectación severa del consumo de los hogares el año pasado, con un impacto todavía mayor en los niveles socioeconómicos más bajos. El gobierno prometió hace un par de años que si se aprobaran todas las reformas estructurales, a estas alturas del sexenio ya estaríamos creciendo al 5 por ciento anual. En cambio, el crecimiento observado en estos últimos dos años se ubica por debajo del escenario inercial (sin reformas) y a menos de la mitad del promedio observado en los últimos tres años del sexenio anterior.

El gobierno justificó el diseño recaudatorio de la reforma como un instrumento para incrementar el gasto social en apoyo a las familias más necesitadas y reducir la dependencia de los ingresos petroleros, mientras que impuso mayores impuestos a los alimentos más consumidos para combatir la obesidad. Sin embargo, encontramos que los efectos nocivos se concentraron en los hogares socioeconómicos más bajos, no ayudó en reducir la obesidad y todavía existe gran dependencia en los ingresos petroleros como podemos atestiguar con los recortes anunciados en el presupuesto. Así, ¿cómo puede defender el gobierno esta reforma?