Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El INEGI divulgó ayer martes el desglose del PIB por el lado del gasto para el cuarto trimestre de 2016, que consiste en consumo privado, consumo de gobierno, inversión fija bruta, exportaciones e importaciones. Con esta información ya tenemos todas las cifras del año. Ya sabíamos que el PIB creció 2.3 por ciento, impulsado por un día más (año bisiesto). Si corregimos por este efecto de calendario, el crecimiento fue 2.05 por ciento. Este día adicional impulsó principalmente al consumo de los hogares, ya que su tasa de 2.8 fue 2.5 por ciento ya corregido, mientras que los otros componentes del PIB no muestran mucha diferencia. Al final de cuentas, el consumo explica 1.9 puntos porcentuales del crecimiento del PIB, es decir, su expansión contribuyó el 83 por ciento del avance en la actividad económica del año. Con estos números, resulta que el consumo privado tiene su máxima expansión para un año en lo que va del sexenio, marginalmente mejor que 2013.

A pesar de la mejoría en el consumo, el PIB creció menos el año pasado que en 2015. Los dos factores que realmente explican la desaceleración son la inversión fija bruta y las exportaciones. La inversión total creció 0.4 por ciento en 2016 versus 4.3 por ciento el año anterior. Si la desglosamos entre pública y privada, primero encontramos que la pública disminuyó -9.4 por ciento en 2016, comparado con -11.7 por ciento en 2015. Con esta cifra vemos una tasa negativa en la inversión pública por séptimo año consecutivo. En 1995, la pública representaba 51.6 por ciento de la inversión total, mientras que en 2016 solo explica 14.5 por ciento. La inversión privada creció 2.2 por ciento el año pasado, una desaceleración significativa comparado con el avance de 8.1 por ciento del 2015.

La desaceleración en las exportaciones muestra una faceta interesante en cuanto a su contribución al crecimiento económico. En 2015 habían crecido 10.4 por ciento, mientras que en 2016 solo avanzaron 1.2 por ciento, es decir, después de haber sido el componente más dinámico de la actividad económica en 2015, el año pasado fue de los menos. Sin embargo, estas cifras contrastan enormemente con las de la balanza comercial, que cayeron -4.1 por ciento en 2015 y -1.8 por ciento en 2016. Entre ambas series hay dos diferencias básicas. Primero, la balanza comercial registra las exportaciones en dólares nominales, mientras que en las cuentas nacionales se expresan en pesos reales. Si el deflactor implícito de las exportaciones se calcula bien, lo último sería equivalente a volumen, mientras que lo primero es valor. Significa que exportamos más volumen en 2015 comparado con el año anterior, pero recibimos menos dólares. En cambio, en 2016 la diferencia no fue muy marcada. Esto fue especialmente significativo en las exportaciones petroleras, ya que disminuyeron -45.3 por ciento (dólares nominales) en 2015, mientras que las no petroleras aumentaron 0.8 por ciento. En 2016, las petroleras cayeron -19.1 por ciento y las no petroleras -0.6 por ciento. La segunda diferencia radica en que la balanza comercial incluye solo mercancías, mientras que en las cuentas nacionales incluye servicios no factoriales (esencialmente turismo, fletes y transporte).

Finalmente, vemos que el consumo de gobierno aumentó 1.1 por ciento en 2016, menos que el avance de 2.4 por ciento en el año anterior. Si sumamos el consumo de gobierno y la inversión pública para obtener una idea del gasto público, resulta que disminuyó -1.5 por ciento en 2016, muy parecido a la tasa de -1.4 por ciento del año anterior. Estas cifras también difieren de las que reporta la SHCP, básicamente por diferencias en cobertura y metodología. Mientras que la SHCP reporta el gasto federal, INEGI tiene que considerar todas las instancias de gobierno. La SHCP registra flujos de efectivo, mientras que el INEGI calcula el valor agregado del gasto. Esto significa que el gasto que registra SHCP en muchos de sus programas sociales, INEGI lo considera como transferencias y no valor agregado.

En resumen, crecimos un poco menos en 2016 que en el año anterior, a pesar de una mejoría en el consumo de los hogares. La razón es que la inversión privada y las exportaciones se desaceleraron bastante. ¿Qué se espera para este año? Menos crecimiento en el consumo y la inversión privada y más en las exportaciones.

El INEGI dio a conocer el crecimiento económico de febrero, mediante el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) y las cifras del comercio exterior de marzo. Con esta información empezamos a tener una mejor idea de lo que podría ser el crecimiento del primer trimestre de este año, en cara a la noticia de la estimación oportuna del PIB que dará a conocer el INEGI este viernes. No obstante, este trimestre resulta complicado por los efectos de calendario; en febrero hubo un día laboral adicional por el año bisiesto, mientras que en marzo hubo menos días por la Semana Santa. Esto significa que cualquier análisis de las tasas de crecimiento a partir de las series originales (sin corregir por efectos de calendario ni ajustar por estacionalidad) va resultar difícil de interpretar.

Por ejemplo, la tasa anual del IGAE de febrero fue 4.1 por ciento, un brinco significativo respecto a la de enero de 2.2 por ciento. Sin embargo, al corregir la serie por efectos de calendario e incorporar ajustes estacionales, la tasa anual de febrero fue 2.8 por ciento, ligeramente por debajo de la de enero de 2.9 por ciento. Lo que pasa es que al tener 20 días hábiles este año en vez de 19, aumenta el tiempo de trabajo en 5.3 por ciento. Sí aumentó la producción de febrero respecto al año pasado, pero solo porque hubo más días y no por mayor producción diaria.

La Semana Santa (jueves y viernes santos) fue 24 y 25 de marzo este año, mientras que el lunes 21 fue día de asueto por el natalicio de Benito Juárez. El año pasado, jueves y viernes santos fueron 2 y 3 de abril. Si comparamos marzo de este año con el mismo mes del año anterior, algunos establecimientos (por ejemplo, turismo) van a tener mayor crecimiento (por más días vacacionales), mientras que otros (fábricas, oficinas, etc.) tendrán menos. No obstante, en el agregado, estaremos comparando menos días hábiles este año con más del año anterior, por lo que es un hecho de que habrá una tasa anual negativa para el IGAE en marzo y una tasa menor a 2 por ciento para el trimestre. Por todas estas complicaciones se recomienda descartar el análisis del crecimiento mediante las series originales. En Estados Unidos se utiliza una sola serie (corregida y ajustada) para el cálculo de tasas mensuales, trimestrales y anuales.

Entonces, ¿qué podemos esperar para el trimestre haciendo a un lado todo el ruido de los efectos de calendario? Lo que ya sabemos es que enero fue un muy buen mes, con buenas tasas en minería y construcción, que permitieron un avance de 0.7 por ciento en las actividades secundarias (el mejor mes desde 2012), combinado con un desempeño regular de 0.3 por ciento en las terciarias. Al final, el IGAE avanzó 0.6 por ciento respecto al mes anterior. Febrero fue menos favorable en las secundarias, pero mejor en las terciarias, para un avance de 0.2 por ciento.

Los datos de comercio exterior para marzo no fueron buenos ni para las exportaciones (que se debe reflejar en la manufactura), ni para las importaciones (que marca el paso de la demanda agregada, que a su vez determina en parte las actividades terciarias). Por lo mismo, supongamos que el IGAE de marzo tenga un avance entre un intervalo de -0.2 y 0.3 por ciento. El escenario pesimista (-0.2 por ciento) nos da una tasa anual para el mes de 3.0 por ciento, la mejor que podemos observar desde noviembre 2012. Se traduce en un despeño de 0.8 por ciento para el trimestre y 2.9 por ciento a tasa anual. El escenario optimista (0.3 por ciento) significaría una tasa anual para marzo de 3.5 por ciento y 0.9 por ciento para el trimestre, que sería 3.1 por ciento respecto al primer trimestre de 2015.  En otras palabras, ya importa muy poco el desempeño de marzo en sí, ya que cualquier tasa del supuesto intervalo (y suponiendo que no hay revisiones de las tasas de meses anteriores) nos va decir que el primer trimestre de 2016 tuvo el mejor desempeño para la actividad económica desde el último trimestre de 2012.

Tomen nota de la diferencia en el análisis de la actividad económica a partir de series originales versus series corregidas y ajustadas debidamente. El que se va con la finta de usar series originales llegará a la conclusión de que el primer trimestre de 2016 fue el peor desde el segundo de 2014, mientras el que utiliza las series correctas verá que fue el mejor en lo que va el sexenio. Por lo mismo, he argumentado una y otra vez que el INEGI debería basar sus boletines de prensa solo en series corregidas y ajustadas y remitir las series originales al Banco de Información Económica (BIE).

Veremos el viernes.

La semana pasada, el INEGI dio a conocer el balance comercial de diciembre y, por tanto, de todo el año pasado. Resulta que el saldo del año fue un déficit de 14.5 mil millones de dólares (mmd), el balance más negativo que se ha registrado desde 2008. El déficit, que es aproximadamente 1.3 por ciento del PIB, es apenas la segunda vez en los últimos diez años que ha superado el uno por ciento del total de bienes y servicios finales producidos en el país en un año.

El déficit de 2015 fue 11.6 mmd más deficitario que el año anterior. Resulta muy poco común ver un cambio tan radical de un año a otro en el saldo comercial, ya que salvo 2009 (año de la gran recesión y desplome en el comercio exterior mundial) los cambios promedio son menores en promedio a los 2 mmd. La explicación principal radica en el desplome de las exportaciones petroleras, que disminuyeron -45.0 por ciento respecto a 2014, provocando un déficit en el balance petrolero por primera vez en cuatro décadas. El balance petrolero pasó de un superávit de 1.1 mmd en 2014 a un déficit de 9.9 en 2015, una diferencia de 11.0 mmd. Pero si tomamos 2013 como referencia cuando hubo un superávit de 8.6 mmd, tenemos una disminución acumulada de 18.5 mmd en tan solo dos años. Aunque hemos tenido años en que la baja del precio de exportación de petróleo ha sido igual o hasta más acentuada, en esta ocasión se juntó con una disminución significativa en la producción. El resultado final es que el valor de las exportaciones petroleras representa una disminución de 58.5 por ciento respecto al que teníamos en 2011.

Dado que México importa mucha gasolina y algunos otros productos petroleros, cuyos movimientos en precios están correlacionados con el del petróleo, la balanza petrolera tiene un elemento amortiguador implícito. Por ejemplo, las exportaciones petroleras disminuyeron 45.0 por ciento, mientras que las importaciones cayeron -19.8 por ciento; la caída en el precio de exportación de petróleo fue acompañada con un precio menor en el precio de la importación de gasolina. No obstante, en esta ocasión la menor producción de petróleo no fue acompañado por una disminución similar en el consumo de gasolina, lo que provocó que por fin México terminara con un saldo petrolero deficitario.

En el pasado, el saldo petrolero superavitario ayudaba a compensar el déficit comercial de los bienes y servicios no petroleros. Por ejemplo, en 2006 el déficit no petrolero de 25.5 mmd tuvo la contrapartida de un superávit petrolero de 19.4 mmd, para terminar con un déficit total de apenas 0.6 por ciento del PIB. Afortunadamente, el deterioro petrolero se ha producido después de haber experimentado un cambio estructural en el balance no petrolero: hemos visto una disminución paulatina del déficit no petrolero desde 2009 a la fecha. En 2008, el déficit superó los 32 mmd, casi 3.0 por ciento del PIB. Desde ese año a la fecha hemos visto una disminución año tras año hasta llegar a su nivel más bajo de 0.3 por ciento del PIB en 2014. El déficit petrolero de 2015 llegó en un momento en que el no petrolero apenas registró 0.4 por ciento del PIB. De no ser por el bajo déficit no petrolero, el déficit comercial total de 2015 hubiera podido llegar a superar 4.0 por ciento del PIB.

En principio, las exportaciones mexicanas tienen un alto contenido de insumos importados. Esto significa que existe una elevada correlación entre ambas. Si disminuyen las exportaciones, automáticamente caen las importaciones y no terminamos con un déficit mayor. Incluso, nuestras exportaciones son en buena medida insumos de las exportaciones de Estados Unidos. A raíz de la apreciación del dólar, disminuyeron las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo. Eso hizo que no crecieran tanto nuestras exportaciones a Estados Unidos y automáticamente casi no hubo crecimiento en las importaciones.

No obstante lo anterior, la regla de aproximación anterior era que nuestras importaciones crecían ligeramente más que las exportaciones. Sin embargo, de 2008 a la fecha se ha invertido esta regla: ahora nuestras exportaciones usualmente crecen ligeramente más que las importaciones. Esto ha hecho posible que el déficit no petrolero haya disminuido poco a poco en los últimos años. Por ejemplo, en promedio las exportaciones no petroleras han crecido 6.6 por ciento anual en los últimos siete años, mientras que las importaciones no petroleras crecieron tan solo 5.0 por ciento promedio en los mismos años. De esta forma, el déficit no petrolero de 32.2 mil millones de dólares de 2008 pudo disminuir a 4.6 mmd en 2015.

Los ajustes bruscos y significativos en el tipo de cambio siempre han sido motivo de consternación para los mexicanos, pues se asocian con inflación, pérdida de poder adquisitivo, recesión, desempleo y sufrimiento económico en general. Como no olvidar la devaluación de Luis Echeverría en 1976, dando fin a 22 años de un tipo de cambio fijo. Qué decir de las tres devaluaciones que hubo en 1982 después de que José López Portillo prometió defender el peso como perro, que dio pie a la década perdida de los ochenta. Todavía queda el recuerdo de cómo dejó la economía Pedro Aspe al pobre de Jaime Serra Puche en diciembre de 1994, cuando el país se desmoronó y aumentó la pobreza extrema en más de 16 millones de mexicanos.

Afortunadamente, México se sobrepuso al miedo de la flotación y adoptó un régimen flexible a partir de 1995. Con la autonomía del Banco de México y una política monetaria ya dedicada a abatir la inflación, se logró la estabilización de precios a partir de la década pasada. Esto ha sido el pilar de un equilibrio macroeconómico, que en buena medida nos ha ayudado a superar esos periodos de angustia increíble. Sin embargo, hace siete años vimos que el precio del dólar aumentó 54.1 por ciento en siete meses (de 9.918 el 7 de agosto de 2008 a 15.286 el 7 de marzo de 2009). Aunque no hubo gran afectación en la inflación, la economía se desplomó -4.7 por ciento en 2009.

Si bien dejamos atrás la época de devaluaciones traumáticas, ahora vivimos etapas de depreciaciones aceleradas. Sin embargo, la afectación psicológica parece ser igual. Pero, ¿debemos preocuparnos tanto? Hasta ahora, el tipo de cambio ha aumentado alrededor de 26 por ciento, casi la mitad de lo acontecido hacia fines de 2008. No obstante, no hemos visto evidencia de mayor inflación ni un desplome en la actividad económica. Por lo pronto, seguimos con una inflación que marca mínimos históricos y una economía que avanza por arriba del 2 por ciento. Entonces, ¿cuáles son los efectos nocivos que debemos temer de la depreciación?

El primero es el efecto que podrá tener eventualmente sobre la inflación. Al depreciarse la moneda, aumentan los precios de los bienes y servicios importados. Aunque hasta ahora no hemos visto un traspaso de estos incrementos a los precios del consumidor, es de esperarse que eventualmente habrá alguna afectación. Sin embargo, si el tipo de cambio se regresa parcialmente (como sucedió en 2009), se podría limitar el daño a un mínimo.

El segundo efecto es sobre los precios relativos, aun en el caso de evitar una reacción inflacionaria. En principio, nuestras exportaciones son más baratas, mientras que las importaciones son más caras. Aquí, los efectos varían de sector a sector y de empresa a empresa, ya que unos tienen más insumos importados, otros se compensan con disminuciones en otros precios, algunos tendrán que sacrificar utilidades y habrá quien no pueda aguantar los cambios, viéndose ante la posibilidad de cerrar su negocio.

El tercer efecto proviene de la incertidumbre, que afecta la inversión y el crecimiento económico. Para planear la construcción de una fábrica o la adquisición de una maquinaria, se necesita saber con cierta certeza los precios de los bienes y servicios relacionados. Sin embargo, la volatilidad del tipo de cambio elimina la certeza y provoca que muchos proyectos quedan en irresolución. Sin inversión, no habrá mucho crecimiento.

Finalmente, tenemos los efectos sobre los flujos de capital, en especial, sobre la inversión extranjera en portafolio. En principio, los movimientos de capital afectan al tipo de cambio, pero ante mucha volatilidad se acentúan los flujos que buscan una relación de riesgo/rendimiento adecuado. También es muy probable ver cierta afectación sobre las tasas de interés a diferentes plazos, que no solamente puede encarecer la inversión en general, sino también el costo del servicio de la deuda pública.

¿Qué debemos esperar ahora? Todo indica que la volatilidad cambiaria continuará por un rato, aunque posiblemente acotado por las acciones de la Comisión de Cambios y eventualmente del Banco de México. Es muy probable ver en algunos meses que el tipo de cambio regrese parcialmente, ya que se normalice la política monetaria de la Reserva Federal. Si bien, la inflación podrá terminar el año alrededor de 3 por ciento, podemos esperar un aumento, quizás hacia 4 por ciento el año entrante, pero no mucho más que eso. La actividad económica, que ahora crece ligeramente por arriba de 2 por ciento, quedará sin dinamismo en el corto plazo, pero no se desplomará.

El lunes pasado, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público reafirmó su estimación de crecimiento de 3.9 por ciento para este año, después de que el INEGI había divulgado que el PIB creció 1.06 por ciento en 2013. Esta es la primera vez en lo que va del sexenio que la SHCP no revise a la baja su estimado de crecimiento, a pesar de que muchos analistas e instituciones financieras lo están haciendo. Mientras que la SHCP dice que no existen elementos suficientes para prever que la economía mexicana no pueda registrar la tasa de 3.9 por ciento, los demás citan la mayor debilidad económica con que terminó 2013 y la falta de dinamismo con que arranca el año.

Por un lado tiene razón la SHCP, ya que todavía carecemos de datos concretos sobre la actividad económica del primer trimestre. Pudiéramos observar un lento desempeño en los primeros meses del año, pero mayor crecimiento en los siguientes trimestres para alcanzar la tasa que prevé. Dependerá de la demanda por nuestras exportaciones no petroleras de Estados Unidos, del desempeño de la construcción, de la aprobación oportuna de las leyes secundarias pendientes, del dinamismo de la inversión privada y de la recuperación en el gasto en los hogares. Dado la baja base de comparación, no se necesita mucho para crecer por arriba del tres por ciento.

Sin embargo, los pocos datos disponibles advierten que el año empieza mal. De entrada tenemos el Indicador IMEF, que logró captar perfectamente bien el periodo recesivo del año pasado (algo que no logró el IPM del INEGI). El Indicador Manufacturero presenta una tendencia lateral en los últimos cuatro meses (alrededor de 50.6 puntos), indicativo de una economía todavía estancada. El Indicador No Manufacturero disminuyó en enero y febrero, lo que señala que las actividades terciarias pierden fuerza al inicio del año.

Enseguida tenemos el Índice de Confianza del Consumidor que en enero se desplomó a raíz de las acciones de la SHCP, que desembocaron en una reducción significativa del ingreso disponible en los hogares e incrementos en precios que redujo el poder adquisitivo de los consumidores. Hoy miércoles publica el INEGI los resultados de febrero, que seguramente señalaran todavía una molestia generalizado entre la población.

En tercer lugar, contamos con los datos del IMSS que reflejan la creación de empleos formales en la economía. Los datos de enero revelan que se generaron 35.0 por ciento menos empleos en enero respecto al mismo mes del año anterior comparado con diciembre. Peor aún, los pocos empleos que se crearon fueron de carácter temporal, ya que hubo una disminución en la cantidad de empleos permanentes. En cuarto lugar están los datos de desempleo de enero, que señalan que la tasa de desempleo urbano de enero se ubica en 6.5 por ciento, apenas una décima por debajo de la tasa de Estados Unidos. Esta tasa, que es la mayor observada en los últimos 31 meses, aumentó 140 puntos base en el mes.

En quinto lugar, tenemos la información brindada por la balanza comercial, de la cual las exportaciones no petroleras reflejan el andar de la manufactura, mientras que las importaciones expresan el dinamismo de la economía interna. Las exportaciones en enero disminuyeron en todas las categorías, lo cual es posiblemente la peor noticia de todas, ya que representan el motor de crecimiento de la economía. Lo positivo fue que las importaciones de bienes intermedios no petroleras, que está ligada a la producción manufacturera, aumentaron significativamente en enero respecto a diciembre. Sin embargo, las importaciones de bienes de consumo no petroleros y los bienes de capital disminuyeron, lo que refleja escasa demanda interna en los hogares e inversiones de las empresas.

Por último, tenemos las ventas de tiendas departamentales y de autoservicio que reporta la ANTAD. Los últimos datos reportan tasas reales negativas respecto a los mismos meses del año anterior. Los hogares tienen menos ingresos, enfrentan mayores precios y no tienen la confianza de que vaya a mejorar.

La única salvación sería que los recursos que el gobierno le quita a los hogares y empresas privadas, los gastara de manera más eficiente y con mayor impacto sobre la actividad económica. Sin embargo, todos sabemos cómo se los gasta el gobierno; su especialidad es el gasto opaco, ineficiente, desperdiciado e ineficaz para estimular el crecimiento.

En estos días salen nuevas encuestas de expectativas de Banxico y de Banamex. Vamos a ver cuánto disminuye el consenso de crecimiento para este año.