Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
Header

Hace once años escribí sobre el vino mexicano en esta misma columna. No solo reconocí la calidad de nuestros vinos, sino además el gran auge que tenía la industria, en especial los vinos de autor. En ese momento comenté que el gusto por el vino en México estaba en pañales, ya que nuestro consumo per cápita llegaba en el mejor de los casos a medio litro por año, comparado con Luxemburgo donde se toman alrededor de 70 o Francia cuyo consumo anda por 44 litros. Me dicen que ahora es el Vaticano que encabeza la lista con más de 80, mientras que en México hemos rebasado 0.7 litros.

De ser cierto estas cifras, significa que nuestro consumo por persona se ha casi duplicado en la última década. Aun así, habría que aclarar que en México el gusto se confina a un grupo relativamente pequeño de personas, que no rebasa medio millón de personas pero que representa más del 85 por ciento del consumo. Igual, de ser cierto, significa que 122.5 millones de mexicanos prácticamente desconocen el vino. Lo que sí es cierto es que hace veinte años, cualquier restaurante (por lo menos en la Ciudad de México) que presumía tener una carta de vinos no ofrecía mexicanos; ahora casi no existe uno que no tenga varios (si no es que muchos) en su carta. El gran auge sigue y cada vez son más y mejores.

Por todo lo anterior, da un enorme gusto que México mandó 18 vinos a la Competencia Mundial de Vino 2017 en Bruselas y obtuvo 18 medallas, de los cuales 6 fueron de oro y 12 de plata. El concurso examinó 9,080 vinos de 50 países, mediante un panel de 320 jueces que consistió en enólogos, sommeliers, compradores y periodistas especializados. Los países que obtuvieron el mayor número absoluto de medallas fueron (en orden) España, Francia, Italia, Portugal y Chile, aunque en términos relativos México obtuvo un 100 por ciento de medallas en relación a los vinos sometidos.

Entre los premiados vimos algunos vinos mexicanos que año tras año reciben el reconocimiento de oro, como los Casa Grande Chardonnay, Casa Madero Chardonnay y Duetto de Santo Tomás. En esta ocasión hubo dos vinos de autor que obtuvieron medalla de oro: Casta Tinta Syrah y Hilo Negro ZigZag, ambos de Valle de Guadalupe. No conozco a ninguno de estos dos, por lo que los estaré buscando. Entre los que obtuvieron medalla de plata también están varios que repiten cada rato como Casa Grande Shiraz (que creo que merece oro) y los de L.A. Cetto de la línea Reserva Privada (tanto el Cabernet Sauvignon como el Nebbiolo), el Petite Syrah y el Sauvignon Blanc. Alguien ofreció el comentario en Twitter que muchos de estos vinos son de diario, ni siquiera reservas. Sin embargo, pienso que esto les da todavía más mérito, ya que en especial L.A. Cetto ha buscado ofrece vinos menos caro que la mayoría. Por ejemplo, su Nebbiolo Reserva Privada ha de ser de los mejores en términos de precio/calidad en el mercado.

Da gusto ver que Cuna de Tierra de Dolores Hidalgo en Guanajuato obtuvo dos medallas de plata. Esta empresa joven produce buenos vinos, aunque me dio algo de tristeza no encontrar mi favorito de esta región, Laja 2013. Igual, ubique en la lista de los de plata a dos que no recuerdo haber probado, Casta Negra y Cardón, ambos de Valle de Guadalupe. También está el Blend de Tierra Adentro de Zacatecas, que probé hace poco.

Sorprende que ya tenemos 22 estados que producen vino. Los cuatro valles alrededor de Ensenada, en especial Valle de Guadalupe, produce más del 80 por ciento. Coahuila (Parras), Aguascalientes, Zacatecas, Querétaro y Guanajuato son otros cinco que ya conocía. A esta lista hay que agregar Baja California Sur, San Luis Potosí, Jalisco, Nuevo León, Campeche, Chihuahua, Durango, Puebla, Sonora, Guerrero, Michoacán, Hidalgo, Tlaxcala, Tamaulipas, Oaxaca y Chiapas, aunque confieso que nunca he visto y menos probado un vino de estos 16 estados.

En lo personal, ¿cuáles son mis favoritos?  Por mencionar algunos de autor que me encantan probar, pondría La Llave 05 y la línea de Cru Garage de Víctor Torres Alegre, Alborolo de Shimul, Mogor Badan, Amado IV de Viñas de Garza, Apogeo de Cava Maciel, Fauno de La Trinidad, Contraste de Vino de Piedra, Barón Balché Premium Cero, Las Nubes Syrah, L Selección 5 de Vino de Liceaga, Mariatinto, Laja y JC Bravo. De las casas grandes, Casa Grande Shiraz de Casa Madero, Gran Ricardo de Monte Xanic y Don Luis Terra de L.A. Cetto.

Desde hace más de una década las autoridades fiscales y monetarias, junto con la propia presidencia de la República, han argumentado que dentro de lo mejor que tiene el país es la estabilidad macroeconómica; lo que llaman buenos “fundamentos económicos”. Esto consistía de una inflación cercana al objetivo del Banco Central, una balanza de pagos sin problemas ni mayor vulnerabilidad, un sistema bancario capitalizado y sin cartera vencida, finanzas públicas sanas y una deuda pública baja como proporción del PIB. Esto debería traducirse en un tipo de cambio estable y tasas de interés relativamente bajas, que a su vez conduciría a un ambiente de confianza, propicio para inducir inversión y generar empleo. Lo único que faltó en esta descripción de un país de maravillas era mayor crecimiento económico. No obstante, nos dijeron que, con las reformas aprobadas, ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento anual.

De alguna forma u otra, las agencias calificadoras de riesgo-país estaban de acuerdo. Después de la crisis “tequilera” de 1995, Moody’s había mejorado la calificación soberana de México en 6 ocasiones, desde un Ba3 hasta A3, sin bajarla en ni una sola ocasión. S&P lo ha aumentado 5 veces (aunque sí lo bajó una vez en 2009), también para llevarla desde un BB- hasta BBB+. Salvo Chile, México ha sido el país mejor calificado de la región. Desde 2002, las 3 agencias, incluyendo a Fitch, nos han considerado como “grado de inversión”. La crisis de la “gran recesión” fue una prueba severa para México, que libramos muy bien. Incluso, en los 3 años siguientes, de 2010 a 2012, México logró crecer en promedio por arriba de 4 por ciento.

¿Qué fue lo que pasó para que ahora las 3 agencias nos hayan puesto en “perspectiva negativa”? Poco a poco, la estabilidad macroeconómica se ha demolido y ahora está en tela de juicio. No estamos tan mal como para perder el grado de inversión, pero sí para bajar uno o dos peldaños. Tenemos un déficit en la cuenta corriente que permanece por arriba de 3 por ciento del PIB, a pesar de un ajuste en el tipo de cambio que ya supera 50 por ciento. La nueva dirección de la política monetaria de Estados Unidos, hace que nuestra dependencia creciente en la inversión extranjera de cartera nos haga más vulnerables. Tenemos un déficit fiscal elevado, que no ha podido reducir el gobierno, y como consecuencia, una deuda pública creciente que ya cruzó el umbral del 50 por ciento del PIB. Por más promesas que hace la SHCP, sigue subiendo la deuda. No queda claro que los esfuerzos anunciados en el presupuesto para 2017 vayan hacer suficientes. A esta situación, tenemos que añadir el problema escandaloso de la deuda pública estatal.

Ambos desequilibrios han llevado a que las autoridades instrumenten una política económica restrictiva, con miras a reducir el poco crecimiento económico que tenemos. Al mismo tiempo, es casi un hecho de que la inflación seguirá en aumento, posiblemente terminando el año entrante por encima de techo del rango de variabilidad. También enfrentamos la posibilidad de que la SHCP tenga que anunciar más recortes al gasto, lo cual complica todavía más el escenario.

La situación ha derivado en una crisis de confianza, en la cual el consumidor ya ve con mayor pesimismo la situación económica actual y futura del país, a tal grado que nunca antes (desde que existe el indicador) hemos visto la economía con tanto pesimismo. La inversión se ha enfrenado, las exportaciones disminuyen, el gasto público se estrecha y el consumo de los hogares (lo único que crece) ya muestra signos de desaceleración. Pero no le podemos echar la culpa a Trump, porque todo esto era lo que teníamos antes de las elecciones del 8 de noviembre pasado. Con Trump en la mira, ahora tenemos más volatilidad cambiaria, menores flujos de capital de inversión extranjera, mayor traspaso del tipo de cambio hacia la inflación, mayores alzas en la tasa de política monetaria y menor inversión privada ante la incertidumbre creciente. Todo lo anterior se va derivar en menos crecimiento económico, menor generación de empleo, mayor informalidad y una brecha laboral creciente.

Si era cierto que nuestra fortaleza era la estabilidad económica, estamos viendo cómo se desmorona. En parte, ha sido resultado de un entorno externo desfavorable, pero también de una política económica equivocada.

El Indicador IMEF es de la familia de indicadores de “difusión”, instrumento creado para tener una idea de cómo se podría comportar la actividad económica en anticipación a los datos duros de las mediciones más acabadas de la misma, como el Producto Interno Bruto (PIB) o el Indicador Global de Actividad Económica (IGAE). Los medios y analistas siguen la publicación del Indicador IMEF regularmente y muchos lo consideran para sus decisiones económicas en los mercados y en la economía. Aquí la pregunta es si verdaderamente es un instrumento útil para anticipar la actividad económica o simplemente otro experimento fallido de los economistas para disipar la incertidumbre del futuro.

Ante una duda similar, el Banco de la Reserva Federal de San Luis en Estados Unidos realizó un estudio con indicadores similares para su país y para China. Estos indicadores, llamados índices de pedidos manufactureros, existen para la mayoría de los países desarrollados y muchos en desarrollo y se les conoce como PMI’s. El estudio calcula el grado de asociación (correlación) para medir la efectividad de anticipación del ISM Manufacturero (que es el PMI más conocido de Estados Unidos) y el PMI de la Federación China de logística y Compras, con las tasas de crecimiento del PIB de cada país. Los coeficientes de correlación son de 0.75 y 0.73 para Estados Unidos y China, respectivamente, con lo que llega a la conclusión de que los PMI’s son buenos indicadores (aunque no perfectos) para anticipar la dirección de la actividad económica de un país.

Aunque las correlaciones para ambos países son similares, se encontró que por lo general el valor de ISM es mayor al PMI de China, pero las tasas de crecimiento de China son siempre mayores y presentan mayor volatilidad a las de Estados Unidos. El estudio concluye que es porque ambos países se encuentran en diferentes etapas de desarrollo, aunque también subraya el hecho de que el valor del PMI marca la tendencia del crecimiento, más no su valor.

Realizamos un estudio similar para el caso de México, que pronto aparecerá publicada en la Revista Ejecutivos de Finanzas. Posteriormente se extendió el estudio para incluir otros PMI’s del país y algunos aspectos adicionales, que aparecerá en la revista digital del Observatorio Económico de la UAM Azcapotzalco. Lo más importante es que llegamos no solo a encontrar conclusiones similares, sino que incluso correlaciones mayores para el caso del Indicador IMEF.

Para dicho estudio se utilizó el nivel del Indicador IMEF Manufacturero de enero 2005 a marzo de 2016, para calcular las correlaciones con las tasas de crecimiento del IGAE total, el de las actividades secundarias y el manufacturero. Se encontró que, a mayor nivel de agregación, mayor es la correlación. Para hacer el estudio comparable con la de la Reserva Federal, se convirtieron todos los datos a una frecuencia trimestral. Se encontró que la correlación entre el Indicador IMEF y el IGAE total es 0.81, incluso mayor a los coeficientes obtenidos para los casos de Estados Unidos y China. Dado que los índices de difusión marcan tendencias y no tasas exactas, se repitieron los cálculos para las tendencias de todas las series. Aquí se encontró una correlación todavía mayor de 0.86.

En cada caso se aplicaron ejercicios de regresión lineal para obtener una idea de la relación entre ambas variables. En los casos con mejores resultados (la tasa de crecimiento del IGAE y el Indicador IMEF, mediante series ajustadas por estacionalidad y las de tendencia-ciclo), se obtuvieron coeficientes similares de 0.33. ¿Esto qué significa? Que, en términos generales, si el Indicador IMEF aumenta un punto, la tasa de crecimiento del IGAE aumentará alrededor de 0.33 por ciento. No obstante, hay que tener cuidado con esta regla de aproximación, ya que los indicadores de difusión no están diseñados para medir tasas de crecimiento, sino solo para marcar tendencias. En otras palabras, entre mayor sea el nivel del Indicador, aumenta la probabilidad de mayor crecimiento en la actividad del PIB, pero sin poder precisar cuánto más. Podemos pensar en la relación de 0.33 puntos porcentuales, pero se debe considerar una aproximación muy burda, lejos de establecer una relación formal.

La conclusión es muy importante para el Indicador y más todavía para sus usuarios: el Indicador IMEF Manufacturero es un buen indicador para anticipar el rumbo de la tendencia de la actividad económica, aunque no perfecto, mientras que su capacidad “predictiva” es un tanto mejor que indicadores similares que se utilizan para lo mismo en Estados Unidos y China.

El Fondo Monetario Internacional publica sus perspectivas de la economía mundial (World Economic Oultlook) en abril y octubre de cada año y una actualización cada tres meses. La institución acaba de divulgar la última edición en la cual revisa a la baja (otra vez) su perspectiva para el crecimiento mundial a 3.2 por ciento, apenas un punto decimal más del estimado para el año pasado. Salvo China y Europa emergente, revisa hacia la baja la expectativa para prácticamente todos los países del mundo: Señala que la probabilidad de que se materialice su escenario central ha disminuido, mientras que aumenta la posibilidad de mayor estancamiento con brechas de producto negativas en más países.

Como era de esperar, revisa a la baja el crecimiento esperado de México por -0.4 puntos porcentuales para 2016, respecto a lo que tenía en octubre, y -0.5 puntos para 2017. Por tanto, ahora la perspectiva es que vamos a crecer 2.4 por ciento este año y 2.6 por ciento en 2017, pero con un marcado riesgo a la baja. Para redondear el marco macroeconómico, ve la inflación en 2.9 y 3.0 por ciento al final de 2016 y 2017, respectivamente, el déficit de la cuenta corriente en 2.6 por ciento para ambos años y la tasa de desempleo en 4.0 y 3.9 por ciento para los dos años.

El crecimiento proyectado para nuestro país es una gran desilusión, en especial porque el gobierno prometió que a estas alturas del sexenio estaríamos creciendo alrededor de 5 por ciento en un escenario en el cual se aprobaran todas las reformas estructurales. No obstante, el crecimiento se ubica a la mitad de lo dicho y cada vez se ve más probable de que terminemos el sexenio sin conocer ni siquiera el 3 por ciento en el último año. Pero nadie esperaba un entorno externo tan complicado, estancamiento en muchos países y precios de los commodities por los suelos.

Ahora nos dicen que 2.5 por ciento resulta muy bueno, ya que estamos creciendo por arriba de casi toda América Latina. ¿Será cierto? Queda muy claro que estamos mucho mejor que los tres países más grandes de América del Sur: Argentina, Brasil y Venezuela. Los tres tienen proyectado una tasa negativa para 2016 y peor aún, con inflaciones elevadas (el FMI ahora estima la inflación de Venezuela en 1,642.8 por ciento para 2017 y 4,505 para 2021). No obstante, si nos comparamos con los 32 países de América Latina y el Caribe, resulta que hay igual número de países de la región que van a crecer por arriba de México que por debajo. Por ejemplo, se espera que Bolivia, Costa Rica, Dominica, la República Dominicana, Granada, Guatemala, Guyana, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y San Kitts y Nevis van a crecer todos 3.0 por ciento o más este año. Mientras que Argentina, Brasil, Ecuador, Surinam, Trinidad y Tobago y Venezuela esperan tasas negativas, Antigua y Barbuda, Bahamas, Chile, Santa Lucia y Uruguay tiene la expectativa de crecer 2.0 por ciento o menos. Los otros ocho países van a crecer a tasas similares a México. En otras palabras, si no ponderamos los países por el tamaño de su economía, estamos muy cerca de la media (y la mediana) para la región.

En materia de inflación, estamos mejor que la media, pero aun así hay 14 países cuya proyección para el promedio del año está por debajo del 2.9 por ciento que estima el FMI para 2016. Venezuela tiene proyectado la inflación más elevada del mundo en este momento. Argentina, Haití y Surinam son los únicos países con una tasa de dos dígitos, mientras que Brasil y Uruguay están muy cerca de unirse con ellos.

En términos del déficit de la cuenta corriente, México se ubica justo en la media (ponderada) de la región, pero muy por debajo de la mediana (no ponderada). Hay 22 países con déficit externo como proporción del PIB mayor a la de México. San Vicente tiene el mayor déficit (-21.3), seguido por San Kitts y Nevis (18.4), Dominica (16.6) y Granada (12.2), todos países caribeños muy pequeños. Bolivia (8.3), Colombia (6.0), Perú (3.9) y Uruguay (3.9) son de los países medianos con mayor déficit, mientras que Venezuela registra 6.6 por ciento del PIB. Guatemala tiene el déficit más pequeño de la región (0.7), mientras que Argentina (1.7), República Dominicana (1.7) y Paraguay (1.2) le siguen.

Es una lectura interesante para el iniciado, ya que el análisis del FMI siempre es profundo y meditado. Vale la pena entender como nos comparamos con los demás. En especial, se recomienda repasar los riesgos que enfrentamos todos. Sin embargo, para los no iniciados o simplemente no tan interesados, basta con leer el título: “demasiado lento por demasiado tiempo”.

En múltiples ocasiones, para bien o para mal, México ha marcado el paso. Por ejemplo, en 1982 fuimos el primer país en anunciar que ya no podíamos cubrir el servicio de nuestra deuda exterior, la primera ficha de domino que derrumbo a muchas en fila que culminó en la crisis financiera de los ochenta. Fuimos los primeros en negociar nuestra deuda externa bajo los planes Baker y Brady en esa misma década. Fuimos los primeros en emitir bonos Brady y los primeros en liquidarlos por completo. Tras la crisis de “Tequila” de 1995 fuimos el primer país en suscribir un préstamo jumbo con el FMI y la Tesorería de Estados Unidos. Fuimos el primer país en suscribir la nueva línea de crédito flexible que creó el FMI para países con marcos económicos sólidos. Finalmente, fuimos el país responsable de que el FMI haya establecido normas para la divulgación de datos económicos y financieros.

Después de que estalló la crisis tequilera en 1995, que tomó por sorpresa a la comunidad internacional, se acusó al Banco de México de no reportar abiertamente las reservas internacionales, al gobierno mexicano de manipular las cifras de finanzas públicas y al INEGI de utilizar metodologías cuestionables en algunos de sus datos. Para que algo similar no volviera a suceder, el FMI instituyó en 1996 las Normas Especiales para la Divulgación de Datos (NEDD) con la idea de establecer mejores prácticas internacionales en el manejo de indicadores económicos, que evitaran la información privilegiada y que no hubiera manejo discrecional de datos cruciales. Estas normas fueron dirigidas en un principio a países que tenían acceso a los mercados internacionales de capital.

Un año después (1997), se instrumentó el Sistema General de Divulgación de Datos (SGDD), orientado a países con sistemas estadísticos menos desarrollados, con la finalidad de tener un marco de referencia para mejorar la calidad de los datos y fijar prioridades al respecto. Finalmente, en 2012 se establecieron las NEDD Plus, un nivel “platinum” para los países más avanzados, con iniciativas superiores y más exigentes a las Normas originales. La idea de las NEDD-Plus era ayudar a subsanar las deficiencias de datos detectadas en la crisis financiera global de 2008-2009. A la fecha, el FMI reporta que la SGDD cuenta con 113 países participantes y las NEDD tienen 63 suscriptores (entre los cuales se encuentra México), mientras que en el “Club Elite” de las NEDD-Plus consiste en 8 países.

En general, las normas buscan contribuir a la elaboración de estadísticas más oportunas y completas, y que los países acogen las mejores prácticas de buena conducta estadística, para así contribuir a políticas macroeconómicas más sólidas. Entre los compromisos que se asumen están: divulgar los indicadores puntualmente y con una periodicidad prescrita; proporcionar al FMI (y al público en general) un “Calendario Anticipado de Divulgación” (CAD) con las fechas de publicación para el siguiente trimestre; proporcionar información detallada sobre sus prácticas estadísticas, que deben cumplir con el formato riguroso del “Marco de Evaluación de la Calidad de Datos” (MECAD); certificar anualmente la precisión de los metadatos; y, utilizar procedimientos normalizados de declaración de datos electrónicos para una supervisión más eficaz de las normas (más información específica se puede consultar en la página del FMI).

En el último reporte anual para México, obtuvimos una calificación “adecuada”, en el cual dice que el país cumplió con los requerimientos de puntualidad en la mayoría de los casos, mientras que acusa al gobierno central y general de utilizar “opciones de flexibilidad” ante el reporte de sus operaciones. Aunque en algunos rubros tuvimos excelentes observaciones, el reporte en general da la impresión que hay mucho lugar para mejorar.

El nivel más alto de normas (NEDD-Plus) hace hincapié en prácticas de divulgación de datos más rigurosos. Incluye nueve categorías adicionales con el compromiso de cumplimiento a partir de fines de 2019, que abarcan balances sectoriales, operaciones y deuda bruta del gobierno, encuestas de corporaciones financieras, inversión de cartera e inversión directa y mayor detalle de las reservas internacionales. Los países que se han comprometido con este nivel son Francia, Alemania, Suecia, Italia, Holanda, Portugal, España y Estados Unidos.

México no solo necesita mejorar su evaluación (sacar 10), sino suscribirse al NEDD-Plus. Esto es algo que debemos exigir de inmediato a la SHCP, Banxico y al INEGI. Sería una política excelente para mejorar la credibilidad en nuestros datos.

Llama la atención las declaraciones del titular del SAT, de que el INEGI calcula mal el PIB del país. Según la posición de la Administración Tributaria, el crecimiento económico no empata con los indicadores de recaudación, consumo y empleo. Lo que dice la dependencia de la SHCP es que dado que las cifras que produce el INEGI no reflejan lo que el gobierno quiere, habría que cambiar la metodología de las cuentas nacionales. Básicamente, lo que sugiere ahora la SHCP es que hagamos en México lo que hicieron en Argentina: manipular las cifras económicas para reflejar los deseos de los funcionarios. Otra alternativa podría ser lo que ha hecho Venezuela: simplemente dejar de publicar cifras oficiales.

Precisamente por eso es que se le otorgó la autonomía al INEGI. Sin embargo, esta posición de la SHCP es exageradamente peligroso en el momento en que faltan apenas dos meses para que una nueva persona toma posesión de la Presidencia del INEGI. ¿El nombramiento será para un allegado de SHCP u otro oriundo del gobierno del Estado de México para este puesto vital? ¿A qué se debe esta falta de respeto a la autonomía del INEGI?

La expectativa de crecimiento para el PIB de este año es alrededor de 2.2 por ciento. Dado que el INEGI revisó la tasa del PIB anual del año pasado a 2.2 por ciento (de 2.1), estamos en espera de ver si el crecimiento de este año logra superar o no el de 2014. Aunque esta cifra se ubica muy por debajo de lo que prometió el gobierno en un escenario de reformas estructurales y mucho menos de lo que contempló el presupuesto original de 2015, no está nada mal al observar el desempeño de la mayoría de los países emergentes. Por ejemplo, las tres economías más grandes de América del Sur (Brasil, Argentina y Venezuela) terminarán este año con tasas negativas. No hay duda que el entorno externo no ha favorecido la expansión de la actividad económica del país.

Si examinamos el crecimiento del PIB en lo que va este año, llegamos a la conclusión de que lo que está deteniendo el avance económico son las actividades secundarias. La producción industrial ha avanzado en promedio alrededor de uno por ciento en los primeros ocho meses del año, producto de una tasa de 3.0 por ciento en la manufactura y 3.6 por ciento en la construcción (a pesar de un estancamiento en la inversión pública), pero con un retroceso de -6.3 por ciento en la minería (principalmente por la caída de casi 7 por ciento en la extracción de petróleo). Incluso, si examinamos las cifras de comercio exterior, encontramos que las exportaciones totales han disminuido -2.8 por ciento en los primeros ocho meses del año respecto al mismo periodo del año anterior. Las exportaciones no petroleras, que representan el motor tradicional de crecimiento de la economía, han avanzado apenas por arriba de 2 por ciento. En otros años que hemos visto crecimientos tan bajos, hemos observado un desempeño del PIB todavía menor a la que tenemos este año.

¿Entonces que explica el crecimiento que llevamos a la fecha? Según el INEGI, ha sido el avance en el consumo de los hogares, que ha registrado un repunte sorprendente a partir del primer trimestre. Las cifras son consistentes con las ventas del ANTAD y del AMIA, que muestran que ciertos segmentos de la economía (los que tienen mayor poder adquisitivo) están gastando más. Esto es sorprendente, si tomamos en cuenta que la reforma recaudatoria del año pasado les restó recursos a las familias.

¿Qué explica el aumento más que proporcional de la recaudación del gobierno federal? Hubo aumentos de impuestos, reducciones en las deducciones y una fiscalización mayor. El IMSS registra un incremento significativo en el número de trabajadores registrados en el instituto, pero no producto de nuevos empleos, sino de la formalización de trabajos que antes no pagaban impuestos. Los esfuerzos de fiscalización han sido tan imponentes, que el propio Banco de México admite un incremento exorbitante en la demanda de efectivo (base monetaria) de más del 20 por ciento en lo que va este año. No es que ha aumentado la cantidad de transacciones en la economía en esa magnitud, sino que hemos visto cambios en las formas de pago hacia el uso de más efectivo y menos tarjetas y otros medios, para tratar de compensar los efectos nocivos que tuvo la reforma recaudatoria y la mayor fiscalización.

¿Cuál ha sido el factor limitante del crecimiento interno? La poca efectividad del gasto público. El gobierno gasta lo que nunca había gastado antes, sin ninguna repercusión en el crecimiento económico ni en el abatimiento de los niveles de pobreza.

Grexit

Junio 30th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (1 Comments)

Prácticamente el mundo entero está atento a la creciente probabilidad de que Grecia se declare en suspensión de pagos, al no liquidar los 180 millones de dólares que debe al Fondo Monetario Internacional (FMI) antes de la media noche del último día de junio. También está pendiente al referéndum que el electorado griego llevará a cabo este domingo (5 de julio) para ver si se acepta o no las exigencias de austeridad de las autoridades europeas y el FMI. El plebiscito trae implícito un voto de confianza al gobierno de Alexis Tsipras, quien dice que renunciará a su cargo si el pueblo voto “si” y una eventual salida de Grecia de la Unión Europea si el voto mayoritario es “no”. Sea lo que sea el resultado, queda claro que no habrá final feliz para Grecia: un programa draconiano de austeridad pero con recursos internacionales, o bien, un colapso económico de un país sin ningún apoyo de afuera.

La máxima preocupación de la comunidad internacional es sobre las afectaciones en los mercados mundiales y qué pasará a la economía mundial. El daño ocasionado por la quiebra de Lehman Brothers está todavía en la mente de muchos, por lo que el miedo de una nueva crisis financiera mundial no ha dejado dormir bien a muchos. Sin embargo, lo más probable es que el resto del mundo enfrentará problemas relativamente modestos. Muchos han señalado que Grecia es un país demasiado pequeño (11 millones de habitantes y una economía menor al dos por ciento de toda la zona Europea), por lo que su comercio exterior simplemente no pinta en ningún lado. También dicen que realmente no hay peligro de contagio, ya que a nadie le tomará por sorpresa, mientras que Europa y el FMI están mucho mejor preparados para lidiar con todos los problemas que pudieran surgir.

Sin embargo, las repercusiones internacionales son lo de menos. Son casi irrelevantes, comparado con el sufrimiento que enfrentará el pueblo griego en los próximos años. A la fecha, se estima que la actividad económica ya disminuyó más de una cuarta parte, mientras que el desempleo supera el 25 por ciento. Lo más seguro es que se pondrá mucho pero mucho peor en los siguientes años, sin importar cuál sea el resultado del referéndum. Es muy probable que enfrentará una quiebra sistémica de su sistema financiero, lo cual llevará a una pérdida de ahorros de un porcentaje significativo del país; habrá enseguida un desplome del consumo y de la inversión, junto con un gobierno sin recursos para reparar la situación.

Ante lo que está pasando, vale la pena recordar nuestras propias experiencias. Primero, tenemos a Argentina que en 2001 decidió declarar una moratoria, ante un caos económico y político no tan diferente a la que enfrenta Grecia ahora. En término de dólares, la economía argentina disminuyó más de 70 por ciento en el siguiente año, con daños severos en prácticamente todo el país. Nos acordamos de las historias de la gente formada en McDonald’s, pero no para entrar a comer en forma normal, sino en la salida de atrás para esperar que sacaran la basura y poder escavar para encontrar algo para comer.

Dentro de lo que cabe, Argentina tuvo suerte. En los siguientes años, llegó el boom de los commodities, que le permitió salir adelante. El boom permitió obtener recursos del exterior vía la exportación de soya, carne y otros bienes a precios elevados. La situación le permitió al gobierno imponer impuestos elevados a estas exportaciones para equilibrar sus finanzas. En poco tiempo, el gobierno de Kirchner operaba con superávit fiscal y externo, que coadyuvó su recuperación. Sin embargo, Grecia tiene pocas exportaciones y escasas posibilidades de enfrentar un boom similar.

Tenemos la experiencia mexicana de los ochenta, que enfrentó una deuda externa impagable. Las consecuencias fueron una década completa sin crecimiento y un incremento significativo en la pobreza. Finalmente, México encontró la salida, primero mediante una renegociación de su deuda con una quita (el Plan Brady) y después, con recursos para sanear la deuda obtenidos a través de las privatizaciones. Finalmente, pudimos crecer de nuevo, pero ya a una tasa muy disminuida y décadas después seguimos pagando las consecuencias. Pero Grecia no tiene activos para privatizar o posibilidades de obtener ingresos no recurrentes que pudieran llevar a una posible recuperación.

Grecia está en un callejón sin salida; todas sus opciones significan un deterioro difícil. Lo que queda es tomar nota y aprender. No podemos permitir gobiernos que prometen maravillas, sin pensar bien en las consecuencias.

Los dos últimos años han sido de una verdadera decepción en cuanto al crecimiento económico para México. Después de crecer en promedio 4.3 por ciento en los tres últimos años del sexenio anterior, el Pacto para México y las reformas estructurales prometían que nos iba ir todavía mejor. Sin embargo, con crecimientos de 1.4 y 2.1 por ciento para 2013 y 2014, respectivamente, el promedio de 1.8 por ciento para este sexenio se ubica por debajo del promedio sexenal de los últimos cinco sexenios.
Buscando algo alentador en estos números, podemos decir que, aunque lentamente, la economía parece estar mejorando. La SHCP propuso desde el año pasado que pudiéramos crecer 3.7 por ciento este año y así subir el promedio a 2.4 por ciento. Pero sin ser tan optimista, las últimas encuestas colocan al consenso en 2.9 por ciento para este año, que de materializarse subiría el promedio (de los tres años) a 2.2 por ciento.
El problema que tenemos es que los resultados del primer trimestre han sido malos, por lo que necesitaremos recuperar bastante terreno en los siguientes tres trimestres si queremos alcanzar el consenso actual. Los datos que dio a conocer el INEGI ayer (martes 12) de la producción industrial a marzo fueron decepcionantes. Las actividades secundarias disminuyeron -0.02 por ciento en marzo respecto al mes anterior y su tasa anual se coloca en apenas 1.4 por ciento, por debajo del avance de 1.8 por ciento alcanzado el año pasado). Pero lo que más inquieta es que la tendencia-ciclo ha permanecido estancada (cero por ciento de crecimiento) en los últimos cuatro meses. Más preocupante aún, fueron las cifras de la producción manufacturera (por representar nuestro principal motor de crecimiento), que cayeron -0.95 por ciento en marzo y cuya tasa anual de 2.4 por ciento es la más baja que se ha observado en los últimos 15 meses.
Dicen que es consuelo de tontos comparase con los demás, pero de vez en cuando debemos enfocarnos en el vaso medio lleno. Las mismas encuestas que señalan que México crecerá alrededor de 2.9 por ciento y experimentará una tasa de inflación fin de año de 3.1 por ciento en 2015, nos colocan por arriba de la media de América Latina. El consenso para el promedio de la región en cuanto a crecimiento económico es 0.5 por ciento, mientras que la inflación se ubica en 14.6 por ciento. El peor país es Venezuela, que presenta un derrumbe espectacular a raíz del desplome del precio del petróleo: su actividad económica va disminuir -6.0 por ciento y su inflación alcanzará 109.9 por ciento.
Sin embargo, debemos reconocer que el caso de Venezuela es una aberración (“oulier”) para la región, que distorsiona la media y hacer ver bien a todos los demás. Pero si eliminamos a Venezuela de los cálculos, la media para el crecimiento de la región sube tan solo a 1.0 por ciento, mientras que la inflación baja a 7.2 por ciento. En otras palabras, aun sin considerar a Venezuela, las perspectivas para México son muy superiores al promedio del resto de los países.
Hay algunos países de América Latina que les va ir mucho mejor a nosotros. Por ejemplo, Panamá vuelve ser la estrella con crecimiento esperado de 6.3 por ciento y una tasa de inflación de tan solo 2.2 por ciento. Nicaragua y la República Dominicana crecerán 4.7 por ciento, mientras que Bolivia avanzará 4.5 por ciento. Sin embargo, son países muy pequeños que no pintan mucho en el promedio. En cambio, los países más grandes son los que menos van a crecer. Brasil, el monstruo de la región verá una disminución de -1.1 por ciento, Argentina (tercer lugar en cuanto a tamaño) tendrá una caída de -0.5 por ciento y Chile (que por muchos años fue el campeón) avanzará 2.8 por ciento. De los siete países más grandes, solo Colombia (3.4 por ciento) y Perú (3.7 por ciento) crecerán más que México.
Algunas personas han señalado que la inflación de México (3.1 por ciento) es la más elevada de los países de la OCDE. Sin embargo, si nos comparamos con los 18 países más importantes de nuestra región, solo cuatro terminarán este año con una tasa inferior a México. Los dos países con inflación más bajas (El Salvador y Panamá) utilizan el dólar como su moneda (y tendrán inflaciones de 1.4 y 2.2 por ciento, respectivamente), mientras que Perú (2.8 por ciento) y la República Dominicana (2.6 por ciento) terminarán el año ligeramente por debajo de México. En cambio, Argentina (21.2 por ciento o más), Brasil (7.9 por ciento) y Uruguay (7.6 por ciento) experimentan tasas mayores.
Si tomamos en cuenta lo complicado que se encuentra el entorno económico mundial, no nos deberíamos quejar. Parece ser que sólo Asia-Pacífico crecerá en promedio más que nosotros (4.7 por ciento).

La Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA) anunció que la producción de vehículos ligeros en el país registró un máximo histórico al llegar a 266,424 unidades en enero de este año. Esta cifra ya coloca a México por encima de Brasil como el máximo productor de automóviles de América Latina. También reportó que la exportación de este tipo de vehículos llegó a 204,907 unidades en el mismo mes, lo cual significa un incremento de 15.2 por ciento respecto al mismo mes del año pasado. La AMIA dice que es el mejor nivel histórico de exportaciones para un mismo mes (enero), pero lo más importante es que el promedio de los últimos doce meses llegó a 222,489 unidades, que es un nuevo máximo histórico para un periodo similar.
Podemos apreciar la recuperación del mercado de exportaciones al observar que el nivel actual de los últimos doce meses representa un crecimiento de 123.6 por ciento respecto al nivel observado en noviembre de 2009, que fue el peor mes en lo que fue la gran depresión de hace seis años. El impulso de las exportaciones mexicanas de automóviles proviene fundamentalmente de más líneas de producción a partir de la reestructuración que hubo en la industria automotriz de Estados Unidos como resultado de la recesión. Ahora producimos muchos automóviles en México para exportar a Estados Unidos, que antes se producían en ese país. Sin embargo, el crecimiento actual ya no proviene exclusivamente de ese factor, sino de una recuperación en forma del mercado automotriz de nuestros vecinos: la venta de vehículos ligeros en Estados Unidos aumentó 13.7 por ciento en enero respecto al mismo mes del año anterior.
México ha aprovechado muy bien el crecimiento desorbitado en las ventas de vehículos en Estados Unidos. Sin embargo, nuestras exportaciones no han crecido tanto como las de Corea del Sur (18.8 por ciento) y las de “otros” países (19.9 por ciento). Incluso, las ventas de automóviles producidos en Canadá y Estados Unidos aumentaron 17.1 por ciento. Los países que han pedido mercado son principalmente Alemania con una disminución en ventas de -9.0 por ciento y Japón con una caída de -0.4 por ciento. No obstante, lo más importante es que el mercado estadounidense en sí está mostrando mucho dinamismo y lo estamos aprovechando.
Resulta interesante ver la descomposición por países de nuestras exportaciones. Mientras que aumentó 15.2 por ciento en el último año, exportamos 35.8 por ciento más a Canadá, 20.5 por ciento más a Chile y aumentos muy grandes (pero a partir de bases muy pequeñas) a Italia (1244.6 por ciento) y a Arabia Saudita (157.4 por ciento). En cambio, hemos visto disminuciones a Argentina (-61.3 por ciento), Brasil (-18.4 por ciento), Colombia (17.1 por ciento), Alemania (-10.1 por ciento) y China (-5.0 por ciento). Se debe considerar que estas cifras solo abarcan la exportación de vehículos terminados, por lo que faltan los vehículos pesados (como tractocamiones) y todo lo que representa la industria de autopartes (que representa alrededor de la mitad del mercado).
Las exportaciones de la industria automotriz son claves para México, ya que representa casi una tercera parte de las exportaciones no petroleras del país. Son uno de los motores de crecimiento más importantes del país, ya que inyecta dinamismo a la economía interna, que no ha mostrado un buen desempeño en los últimos dos años. Sin embargo, la mejor noticia que reporta la AMIA ahora no es de la producción total o de las exportaciones, sino de las ventas al mercado nacional. Después de alcanzar niveles máximos en 2006, el mercado interno sufrió un descalabro mayor en la recesión de 2008-2009, que mantuvo deprimido las ventas por muchos años. Entre que las autoridades permitieron la importación de coches chocolates y después autorizaron la importación de vehículos chatarra, en México la compra de automóviles nuevos per cápita llego a niveles muy por debajo de otros países como Argentina y Brasil.
Afortunadamente, la venta de automóviles ha crecido a dos dígitos en los últimos siete meses y ahora en enero alcanzó una tasa anual de 21.3 por ciento. Por primera vez en ocho años, el promedio móvil de doce meses registró un nuevo máximo histórico, es decir, la venta de los últimos doce meses rebasó en enero por primera vez la venta máxima que se había alcanzado en noviembre de 2006. Esta noticia es extraordinaria, ya que representa un dinamismo importante de la economía interna, que como todos saben, bien nos hace falta. Pudiera representar el comienzo del mayor crecimiento tan anhelado. ¿Será?

The Center for Hemispheric Policy received financial support for this publication from the Bureau of Educational and Cultural Affairs of the United States Department of State.

 “Unemployment in Mexico Revisited”

 by

Jonathan Heath

Visiting Professor

Universidad Autónoma Metropolitana

Mexico City, Mexico

March 26, 2014

__________________

 The unemployment rate has always been one of the more important macroeconomic indicators in most countries. For complex reasons, however, it has never gained much acceptance in Mexico. Even the Central Bank ignores it, as it is hardly mentioned in its quarterly reports, and is absent from its monetary-policy announcements. A general perception exists that the numbers are not very reliable, are constructed with doubtful methodologies and are even manipulated by the government in order to hide a much more painful reality.

Difficulties started with the first efforts to measure unemployment in 1972 with the Encuesta Nacional en Hogares (ENH), which was quickly replaced, together with different coverage and methodological changes, by the Encuesta Contínua de Mano de Obra (ECMO).This was followed by the Encuesta Continua sobre Ocupación (ECSO) and, in 1983, by the Encuesta Nacional de Empleo Urbano (ENEU). Finally, in 2005, the National Statistics Institute (INEGI) introduced still another survey, the Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). All of these surveys are incompatible with each other, therefore, no long-term data series exist. The end result is that after more than 40 years of trying to measure the unemployment rate, Mexico can only offer a comparable data series for the last nine years, but even this effort is mostly ignored.

The biggest problem, however, is that the average unemployment rate from these studies was one of the lowest in the world, something that intuitively does not correspond to the level of development nor with the very low rate of economic growth that Mexico has experienced over the past three decades. This fact received much attention outside of Mexico, causing multiple inquiries and studies aimed at finding out whether it was a result of structural peculiarities of the Mexican labor market, an inadequate use of international standards and recommendations, or measurement problems.

One of the more well-known studies was conducted by Susan Fleck and Constance Sorrentino of the Bureau of Labor Statistics in 1994. This study found a list of minor differences with U.S. surveys regarding the phrasing of questions and the analysis of certain circumstances. For example, workers’ temporary absences, as well as people about to start work, were classified as employed in Mexico and as unemployed in the United States. The study found, however, that if all the differences were corrected in the Mexican surveys, the country’s average unemployment rate would increase by almost 150 basis points or 1.5%, which would still place the Mexican unemployment rate far below that of most OECD countries and many emerging economies.

In general, Mexico has tried to follow international standards and recommendations, although not always with the desired speed. For example, when the ENOE was introduced in 2005, INEGI eliminated almost all of the differences pointed out by Fleck and Sorrentino and incorporated many recommendations made by the OECD and the International Labor Organization (ILO). As predicted, the urban unemployment rate increased on average by almost 1.5%.

Unfortunately, INEGI decided to include rural communities (which mostly are composed of self-sufficient families that do not really participate in labor markets) in the survey in order to have a “national” unemployment rate instead of just an urban one. The result was that the new national rate averaged about the same as the old urban rate and very few people were aware of the changes. In spite of all the concerted efforts to improve the survey and publish a much more believable unemployment rate, it continues to be ignored by most analysts.

The other disappointment was that although the new survey incorporated all pertinent questions in order to report the new “labor informality rate,” as was recommended by the 17th International Conference of Labor Statisticians in 2003, INEGI waited almost ten years before disclosing that rate to the public. In theory, INEGI was granted autonomy from the government in 2008 in order to avoid political manipulation and to gain more credibility and confidence in its statistics. However, it became obvious that the previous administration, (which left office on November 30, 2012) had been blocking the publication of this embarrassing statistic (which reveals that about 60% of all occupations in Mexico are considered informal). This figure was made public just days after the current administration took power on December 1, 2012.

Nevertheless, most serious studies actually show that the main reason why Mexico’s unemployment rate is so low is due more to structural characteristics of the labor market rather than to methodological differences or survey flaws. For example, while in the United States there is a clear negative correlation between education and unemployment (the higher the educational level, the lower the unemployment rate), in Mexico the correlation is actually positive. The population segment with the lowest unemployment rate is the one that has “no primary education” and is associated with the poorest sectors of the economy. The two main reasons for this phenomenon are: 1) a large part of this segment lives in rural communities and is self-sufficient and therefore is not considered unemployed; and, 2) the poorest part of the population cannot “afford” to be unemployed and therefore will accept any type of work, no matter how little it pays. The higher the level of education, the more aspirational a person becomes, meaning that he or she is willing to spend more time unemployed while looking for a job regarded as more fitting of his or her status in society. Also, higher educational levels are correlated with higher wealth levels, which provide better opportunities for a prolonged job search. This means that unemployment among Mexico’s more educated job seekers is determined more by the supply-side than the demand-side of the equation.

This same structural characteristic appears in other ways when looking at the data. For example, the lowest levels of unemployment are found in the poorer states that have larger rural communities, are far less industrialized and have much higher informality rates. The same goes for city size: the larger the city, the higher the unemployment rate. In general, states with larger cities, larger manufacturing bases and higher educational levels are associated with higher unemployment levels. In all cases, the correlation rates are very significant.

Two additional characteristics help us to understand the relatively lower unemployment levels in Mexico. There are no unemployment-insurance mechanisms or safety nets that provide income for those seeking a job. This implies a strong incentive to lower the search time and accept any type of job, even if it pays less than the person looking for a job expected. In general, studies show that insurance mechanisms provide a perverse incentive for lengthening unemployment since the money received while unemployed reduces the urgency of finding employment quickly.

While the previous factors explain differences between advanced and emerging economies, they do not provide much explanation of why unemployment in Mexico is lower than in other Latin American countries. Until recently, net migration flows to the United States have been very high, averaging somewhere around half-a-million people per year. This provides an important escape valve from unemployment within the country, transferring labor pressure from the inside to the outside of Mexico. Mexico’s proximity to the United States and its high out-migration flows, however, clearly differentiate Mexico from its southern neighbors.

The most important international forum for formulating definitions, recommendations and standards relating to labor is the International Conferences of Labor Statisticians (ICLS), organized by the International Labor Organization (ILO) and held every five years. Some of these conferences have been truly historic in establishing major definitions, setting important benchmarks and providing consensus guidelines. For example, in 1982, the thirteenth ICLS established the international standard definition of unemployment still used today, in terms of priority rules, such as the one-hour criterion for delimiting unemployment from employment and the criterion of active job searching. In 1993, the fifteenth ICLS formulated the definition of the informal sector, and in 2003, the seventeenth ICLS created the method for determining the labor-informality rate.

In 2008, the ICLS decided to revisit the relevance and conceptual basis of labor statistics. This led to the resolutions taken at the nineteenth ICLS, held in October 2013. These two meetings are now seen as the most relevant and historically-significant in terms of recommendations made over the past 30 years and the changes that were initiated. Some of the suggested changes are especially relevant for Mexico. If implemented, the Mexican open-unemployment rate will probably increase by an average of at least 100 or 120 (1 or 1.2%) basis points. The resolutions include clearer and more distinct subsets of labor activities, referred to as forms of work, related classifications of the population in terms of labor-force status and main forms of work, and measures of labor underutilization.

Specifically, the most important change will be to exclude subsistence production (own-use production work) from employment numbers. Therefore, individuals who work in their own economic units to produce goods intended solely to be consumed by their household or family will not be considered in employment statistics. This means that most of Mexico’s rural population will no longer be considered part of the labor force. This will bring significant upward revisions in unemployment rates in the poorer states (like Chiapas, Guerrero and Oaxaca), while producing very little change in more modern states (like Nuevo Leon and Baja California). The end result should be a much more accurate unemployment rate.

Another important change, which should affect most countries, is the introduction of the concept of the “potential work force.” This term will not only include unemployed people who are actively looking for work, but will also include discouraged people who have left the traditional work force, but are willing to work. In other words, persons who have given up searching for a job will be part of the “potential work force” group, unlike the current situation, where they are classified as having dropped out of the labor force and therefore are not counted as “unemployed.”  The expanded “potential work-force” category therefore opens the door to new and broader unemployment definitions, which should also help governments shape better public policies.

What remains to be done in Mexico to get an accurate view of the nature and size of the labor force? First, INEGI must act relatively quickly to introduce the newly-adopted recommendations without allowing political pressures to delay them. This would help improve confidence in INEGI’s capabilities and independence.  Second, the changes must not cause lack of continuity in existing labor-time series, which would make it impossible to compare data across different studies, a recurring problem that INEGI has not learned to deal with effectively. Third, the average traditional, open-unemployment rate must increase by a substantial amount (at least a full percentage point) in order to achieve the much-needed credibility in Mexico’s unemployment rate. Fourth, the media must learn quickly how to understand and report the new labor statistics correctly, something that has been seriously lacking until now. This requires an all-out effort by INEGI and other relevant institutions (including academia) to increase economic and statistical skills among the general population. Finally, institutions (especially the Central Bank) should start using the unemployment rate as a serious economic and social indicator, instead of concentrating on less-inclusive indicators (such as social security employment registration) in assessing Mexico’s economic health and state of development.

 

Jonathan Heath is an economist with 30 years experience analyzing the Mexican economy for  global financial institutions and think tanks.  He has taught at Universidad Panamericana, Tecnológico de Monterrey, Universidad Anáhuac, Universidad de las Américas and Universidad Iberoamericana. Mr. Heath has had more than one thousand articles published in over 60 newspapers and magazines in Mexico and abroad.  He is the author of five books,

 

The Center for Hemispheric Policy received financial support for this publication from the Bureau of Educational and Cultural Affairs of the United States Department of State.

All statements of fact or expression of opinion contained in this publication are the responsibility of the author.