Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Desde 1994, el motor principal de crecimiento (si no es el único) han sido las exportaciones no petroleras. Cuando crecen a buen ritmo, “jalan” a la economía interna. En cambio, cuando disminuyen o muestran crecimiento lento, la economía interna se apaga. Las exportaciones nos ayudaron a salir de las recesiones de 1995, 2001-2003 y 2008-2009. Los momentos de mayor crecimiento (1996 a 2000 y 2010 a 2012), fueron productos de su buen avance. En cambio, las dos recesiones de la década pasada fueron provocados por una disminución en nuestro comercio exterior, resultado de recesiones en Estados Unidos.

En 2013 tuvimos muy poco crecimiento (casi caímos en recesión), como consecuencia de la política fiscal del gobierno actual, pero también ante cierta atonía de la economía de Estados Unidos y recesiones en muchas partes de Europa. En los siguientes dos años, hubo una mejora marginal, pero no lo suficiente como para que pudiéramos crecer al ritmo deseado. También hubo mucha desilusión en las reformas estructurales, que quedaron cortas sin cumplir con lo prometido. Al final de cuentas, Estados Unidos es el destino de más del 80 por ciento de nuestras exportaciones, por lo que dependemos mucho de su economía.

Ayer martes, Estados Unidos anunció que su crecimiento del tercer trimestre fue 3.2 por ciento, una tasa relativamente buena. También hemos visto que el tipo de cambio ha aumentado más de 50 por ciento en los últimos dos años, para situar al peso mexicano en su mayor nivel competitivo en más de 20 años. En principio, la combinación de ambos factores debería provocar gran auge en nuestras exportaciones, que a su vez estaría “jalando” la economía interna. Sin embargo, no es así.

El viernes pasado, INEGI divulgó las cifras de comercio exterior para octubre. Las exportaciones totales mostraron una baja de -4.4 por ciento con respecto al mismo mes del año pasado, resultado de una caída de -4.9 por ciento en las no petroleras y una recuperación de 4.4 por ciento en las petroleras. Resalta que las no petroleras dirigidas a Estados Unidos se ubican -5.9 por ciento por debajo del año anterior, mientras que al resto del mundo crecieron 0.2 por ciento. En otras palabras, dónde el tipo de cambio debería explicar el mayor avance, es justo dónde tenemos la mayor disminución. Sin dudas, octubre fue mal mes, pues las no petroleras cayeron 5.7 por ciento respecto al mes anterior. No obstante, el año en su conjunto va terminar mal, pues el acumulado de enero a octubre se ubica -2.4 por ciento por debajo del mismo periodo del año pasado.

Si la economía de Estados Unidos va bien y el tipo de cambio real está en niveles históricos desde que tenemos el régimen cambiario actual, ¿por qué nuestras exportaciones no logran despegar? La explicación radica en la mayor integración que hemos visto de México en la economía de Estados Unidos, en especial a partir de 2010. Cada vez más las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo llevan insumos importados desde México. Ante el dólar fuerte, las exportaciones de Estados Unidos han perdido competitividad y su producción manufacturera ha quedado estancado. No obstante, como su motor principal de crecimiento es el consumo de los hogares (y no las exportaciones), la economía ha logrado crecer. Al final de cuentas, el efecto ingreso (sus exportaciones) ha superado al efecto precio (el tipo de cambio), es decir, por más barato que le podemos ofrecer los insumos, no nos están comprando nuestras exportaciones.

Lo que estamos viendo es un cambio estructural, mediante el cual la variable de ajuste tradicional (el tipo de cambio) ha dejado de jugar un papel preponderante en el comercio entre los dos países. Nuestras exportaciones tienen un alto grado de insumos importados de Estados Unidos, mientras que las exportaciones de Estados Unidos tienen un grado creciente de insumos importados de México. Esto impide que el tipo de cambio actué como en el pasado como incentivo para que podemos exportar más.

¿Qué implicaciones tiene? Primero, es casi un hecho que el tipo de cambio seguirá al alza en un intento de equilibrar la oferta y demanda de dólares en el país. Segundo, nuestro país es ahora mucho más vulnerable que antes ante los flujos de comercio exterior y de inversión extranjera. Tercero, como consecuencia Trump representa todavía mayor peligro para el país.

Desde hace dos décadas, el motor principal de crecimiento de la economía mexicana han sido las exportaciones no petroleras. Cuando crecen a una tasa relativamente elevada, jala al resto de la economía, en especial al consumo interno del país. Al final de cuentas, no es el componente que más contribuye al PIB, ya que contienen un porcentaje elevado de insumos importados, de tal forma que las exportaciones netas representan una proporción del PIB bastante pequeña. Pero su crecimiento desata cierto dinamismo en el resto de la economía que hace que los demás componentes crezcan más.
Sin embargo, en los últimos años parece ser que esta relación se ha debilitado. En 2014 vimos un muy buen año en términos de las exportaciones no petroleras. El sector automotriz, que representa ya casi una tercera parte de las totales, tuvo un año excepcional. No obstante, el consumo familiar pareció estancarse, sin contagiarse del dinamismo externo como en otros años. La razón es que el ingreso personal disponible de los hogares ha sufrido un deterioro importante en los últimos años a consecuencia de la creación de empleos menos remunerados, de alzas constantes en los precios de los alimentos (que pega mucho en el presupuesto familiar), de incrementos en impuestos y de reducciones en las deducciones fiscales.
Al mismo tiempo, hemos perdido la válvula de escape en el mercado laboral que representaba la inmigración neta hacia Estados Unidos. Después de más de una década de un flujo neto de casi medio millón de mexicanos al año, en los últimos cinco años se ha reducido a alrededor de 25 mil, es decir, como el cinco por ciento de lo que fue. Esto ha repercutido en una tasa de desempleo urbano mucho mayor que antes y niveles de subempleo y de informalidad laboral elevados.
Las exportaciones crecen bien, la industria de la construcción (salvo el componente público) se recupera, la inversión privada empieza a despegar y las famosas reformas ya se aprobaron. ¿Qué falta para que la economía pueda crecer a tasas mucho más elevadas? Lo que necesitamos son medidas que fortalezcan al ingreso familiar y que inspiren más confianza de los hogares. Dado que el INEGI no produce indicadores de ingreso disponible, de lo poco que nos queda es monitorear al Indicador de Confianza del Consumidor que se construye a partir de la Encuesta Nacional sobre Confianza del Consumidor (ENCO).
La ENCO empezó a levantarse en abril de 2001, por lo que ya lleva 13 años con nueve meses de existencia. En toda su historia nunca ha registrado un nivel relativamente elevada. El INEGI igualó el nivel de enero de 2003 (que fue 40.884979 puntos) a 100.0 para evitar la comparación relativa de optimismo o pesimismo en una escala de 0 a 100. Sin embargo, si vemos los datos originales encontramos que el Indicador lleva 165 meses consecutivos por debajo del umbral de 50, que separa la ponderación de respuestas entre un nivel relativamente optimista con un pesimista. El nivel más elevado se alcanzó en agosto de 2001 (47.69 puntos), mientras que su nivel más bajo fue en octubre de 2009 (32.61). En todo este tiempo ha promediado 39.78 puntos, mostrando un comportamiento relativamente simétrico entre las respuestas por arriba y por abajo del promedio.
Como se sabe, el Indicador consiste en cinco preguntas. Es interesante observar que el consumidor siempre ve con mejores ojos al futuro en comparación al presente, mientras que siempre percibe más optimismo para su hogar en relación al país. Por ejemplo en diciembre, la situación actual registró 45.9 y 33.7 puntos para el hogar y el país, respectivamente, mientras que el futuro llegó a 52.5 y 40.0 para ambos. Igual, el hogar ahora y en el futuro se ubicó en 45.9 y 52.5 puntos, respectivamente, mientras que el país llegó a 33.7 y 40.0 puntos.
¿Cuáles serían los niveles adecuados para reactivar el consumo en forma significativa? En principio, la pregunta no tiene una respuesta fácil. Queda claro que no necesariamente necesitamos rebasar el umbral de los 50 puntos y menos para cada uno de las cinco preguntas. Pero creo que quedaríamos conformes si las percepciones actuales alcanzaran los niveles que ahora se tienen para el futuro, es decir, que la situación del hogar llegara a registrar más de 52 puntos, mientras que la percepción actual de la situación económica del país llegara a rebasar 40 puntos. Nunca lo hemos logrado para el hogar, aunque estuvimos cerca en 2001. En cambio, lo hemos visto en 18 ocasiones para el país, básicamente en 2001 y 2006. ¿Será posible alcanzar estos niveles en los próximos años?

El Unico Motor

Noviembre 5th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

La semana pasada, comentábamos que en los últimos meses hemos visto muchos indicadores que señalan que la economía ha mejorado, después de un largo periodo (22 meses) de un estancamiento inusual. Lo que más ha destacado y busca empujar al resto de la economía son las exportaciones no petroleras, en especial las del sector automotriz. La inversión privada empieza a reaccionar un poco, mientras que el consumo de los hogares avance a pasos muy lentos. Finalmente, el gran ausente ha sido el gasto público, que a pesar de que la SHCP presume gran despendio, todavía no ha logrado pisar terreno positivo. Con la información con que contamos a la fecha, es casi un hecho de que el crecimiento del tercer trimestre va a desilusionar un poco, por lo que tan solo quedan los últimos tres meses del año para registrar una tasa que implica el comienzo de una recuperación a fondo.
Si bien puede empezar a crecer un poco más el consumo privado, debemos reconocer que parte de una debilidad intrínseca a raíz de un ingreso personal disponible mermado. La incertidumbre mundial limitará la inversión privada, mientras que el gasto público permanece como la gran incógnita. Esto significa que nos quedamos (como siempre) con un solo motor de crecimiento para reactivar a la economía: las exportaciones no petroleras. En septiembre crecieron 11.6 por ciento, la tasa más elevada desde octubre 2010. Todo apunta a que el tropiezo que registró la manufactura en agosto fue más bien una excepción y no un cambio de tendencia. En este sentido, apuntamos la semana pasada, que si las exportaciones no petroleras muestran crecimiento sostenido de dos dígitos en los siguientes meses, será posible ver una mejoría notable en el desempeño general de la economía en un futuro ya no muy lejano.
El lunes tuvimos excelentes noticias al respecto. El Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) dio a conocer los resultados del Indicador IMEF Manufacturero para octubre. Resulta que registró 54.8 puntos, su nivel más elevado desde mayo 2012. Si consideramos el mismo indicador pero ajustado por tamaño de empresa, el nivel se ubicó en 55.2 puntos, el más alto desde julio 2010. Si analizamos los subíndices del Indicador, sobresale que los “nuevos pedidos” llegaron a 57.6 puntos, que sólo se ha alcanzado en cinco ocasiones en los últimos siete años, mientras que “producción” se quedó en un sólido 56.6. Más aún, el subíndice de “empleo”, uno de los más débiles, también registró una mejoría importante.
El Indicador IMEF es un índice de difusión, que abarca niveles en un rango de cero a cien con un punto medio de 50. En principio, el umbral de 50 puntos divide a la actividad económica manufacturera en una zona de contracción (por debajo de 50) y una de expansión (por encima), aunque en la práctica se ha visto que niveles entre 47 y 50 son consistentes con un crecimiento positivo, aunque sumamente débil. El Indicador se construye mediante cinco preguntas cualitativas sobre los nuevos pedidos, producción, empleo, entrega de productos e inventarios en relación al mes anterior. Es un indicador muy oportuno, ya que los resultados del mes se reportan el primer día hábil del mes siguiente. Históricamente, hemos visto que niveles por debajo de 45 puntos son consistentes con una recesión, mientras que un registro mayor a 55 puntos implica una economía en franca expansión. Los resultados de octubre nos dicen que la industria manufacturera, liderada por las exportaciones no manufactureras, empiezan a entrar en una fase de mayor expansión, que aunque con cierto rezago, debe reactivar a la economía interna.
El Indicador IMEF No Manufacturero, que abarca comercio y servicios, aumentó 0.4 puntos en octubre para llegar a 52.2 puntos. Es apenas el segundo mes de los últimos ocho, que ha superado los 52 puntos. Significa que las actividades terciarias crecen, pero todavía a un ritmo relativamente lento. Los subíndices de nuevos pedidos (54.2) y producción (53.2) alcanzaron niveles aceptables, sin embargo, el del empleo (49.2) permanece estancado.
Ya tenemos nuestro único motor encendido. Si el gobierno pudiera encontrar el camino para que el gasto público crezca ya en acorde a los recursos registrados y la inversión pública a crecer como debería de ser, la actividad económica pudiera empezar a responder. Sin embargo, el INEGI reporta que en el segundo trimestre, el gasto público real fue el más bajo de los últimos 17 trimestres, mientras que la inversión pública muestra una tendencia negativa en los últimos cuatro años. ¿Qué podemos esperar?

El INEGI reportó ayer (martes) las cifras de la actividad industrial de abril, los primeros datos duros para ir armando el rompecabezas de la actividad económica del segundo trimestre del año. No se anticipaban buenas noticias, pero fueron francamente desalentadoras. La producción total (desestacionalizada) disminuyó 1.67% respecto al mes anterior. Si anualizamos esta tasa para saber cuándo sería la disminución en un año si el comportamiento fuera igual en un periodo de 12 meses, resulta en un desplome de 18.3%. Sorprendió totalmente al mercado, ya que el consenso de los analistas era de una tasa positiva de 0.5%.

Como era de esperarse, vimos el otro lado de la moneda de los efectos de calendario que afectaron negativamente a marzo, es decir, ahora hubo más días laborales en abril comparado con el año pasado, por lo que se anticipaba una tasa anual relativamente elevada. Aunque la expectativa del mercado era de 5.7%, INEGI reportó un avance de 3.3%. Al ajustar las cifras sólo por las diferencias de calendario, la tasa anual presentó una disminución de 2.2%, una diferencia apreciable.

La actividad industrial representa alrededor de 33% del PIB, mientras que las actividades terciarias (comercio y servicios) cuentan cerca de 65%. Todavía no tenemos cifras del INEGI para abril, pero el ANTAD ya nos adelantó que fue uno de los peores meses de los últimos 10 años para las ventas en establecimientos comerciales. Se anticipan malas cifras para mayo y una tendencia a la baja de 10 meses. Esto significa que enfrentamos un estancamiento difícil, cuya inercia tenemos que superar pronto.

Vimos una tasa anual raquítica del PIB en el primer trimestre (0.8%), que en principio debería quedar compensada con una mayor en el segundo trimestre. De hecho, una forma de analizar esta tasa es juntar los dos trimestres ya que así quedan neutralizados los efectos de calendario. Para este trimestre, prácticamente toda la compensación se reflejará en abril, ya que tiene el efecto de la Semana Santa, mientras que los dos siguientes meses no tienen por qué reflejar gran diferencia. Esto significa que ya debemos anticipar una tasa anual del trimestre relativamente baja. De entrada podemos aplicar el ejercicio a los dos meses de marzo y abril, que crecieron -4.8% y 3.3% respectivamente, para obtener un promedio de -0.75%.

Hay que tomar en cuenta que se puede aproximar la tasa de crecimiento del año a partir del promedio de las tasas anuales de los cuatro trimestres. Con la información que contamos, podemos esperar una tasa alrededor de 2.5% (siendo relativamente optimista) para el segundo trimestre, lo que da un promedio de 1.6% para la primera mitad del año. Para alcanzar la tasa de 3.1% que espera SHCP, tendremos que crecer 4.6% en la segunda mitad del año. En principio no suena imposible si anticipamos mayor dinamismo de la economía de Estados Unidos, reactivación del gasto público y expectativas renovadas por la aprobación de más reformas. Pero el problema es que para alcanzar este ritmo en la segunda mitad del año, tendríamos que observar crecimientos muy elevados en las tasas trimestrales (desestacionalizadas), similares a los que tuvimos mediante un efecto rebote en 2010.  Posible pero improbable.

Independientemente del número, ¿qué tendría que pasar en la segunda mitad del año para realmente impulsar la economía? Lo primero y más importante sería la reactivación de las exportaciones no petroleras, tradicionalmente nuestro principal motor de crecimiento. El problema aquí es que aunque viéramos mayor dinamismo en Estados Unidos, no podemos esperar un retorno a tasas de dos dígitos en nuestras exportaciones como las que observamos en los tres años anteriores. El empuje significativo que tuvimos en el sector automotriz fue resultado de cambios estructurales y geográficos en la producción, fenómeno que ya se agotó y que difícilmente se podrá repetir. Posiblemente podemos observar tasas cercanas al 8% (anual), que no serán suficientes para generar un crecimiento mayor a 4% en el PIB.

Lo segundo es la reactivación del gasto público, que experimentó retrocesos en los primeros cuatro meses del año. Pensemos que lo que no se gastó en estos meses se puede utilizar en la segunda mitad del año. Aunque en el margen ayudará, dudo que sea suficiente para “jalar” al resto de la economía. El gasto público no es muy eficiente y no está cargado hacia la inversión. Existen proyectos interesantes para apoyar a los PyMES y para impulsar el crédito bancario, pero su alcance no es de corto plazo.

¿Qué queda?

¿Y la Correlación?

Julio 24th, 2012 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (0 Comments)

Hacia fines del tercer trimestre del año pasado reinaba el pesimismo en cuanto a las posibilidades de crecimiento económico para 2012 en Estados Unidos.  No sólo existía un consenso menor a 2% para el PIB, sino que incluso varios analistas argumentaban que había altas posibilidades de que Estados Unidos podría entrar de nuevo en recesión.  Sin embargo, hacia el final del año el desempeño de la mayoría de los indicadores mejoraron y para principios de este año ya nadie hablaba de recesión.  Entre noviembre 2011 y abril 2012, el consenso de crecimiento fue mejorando lenta aunque contantemente hasta llegar a 2.3% en mayo.  Aun siendo una tasa mucho menor al promedio de crecimiento que ha experimentado Estados Unidos a lo largo de los últimos siete décadas, se consideraba relativamente buena ante la debilidad europea y las posibilidades de una crisis de deuda soberana en varios países.

Sin embargo, en los últimos dos meses no sólo ha dejado de mejorar las perspectivas, sino que de nuevo el consenso se está revisando hacia abajo.  Incluso, el FMI redujo sus proyecciones de crecimiento para el mundo en general y para Estados Unidos en particular.  El desempeño mixto de los indicadores ha demostrado un balance más negativo que positivo y ahora se ve más difícil lograr una tasa de 2% o mayor para este año.

En principio, esto debería ser una mala noticia para México.  Existe una correlación muy elevada entre ambos países, siendo la causalidad de allá para acá.  Nuestro motor de crecimiento principal son las exportaciones no petroleras, de las cuales alrededor de 78% van hacia Estados Unidos.  Dado casi 80% de lo exportamos son bienes manufactureros, dependemos mucho de la demanda norteamericana que proviene fundamentalmente de su producción industrial.  Por lo mismo, una revisión a la baja en el crecimiento de nuestros vecinos debería significar menos posibilidades de crecimiento para México.

Lo sorprendente es no es el caso.  A partir de la crisis de 2008-2009, la correlación entre ambas economías se redujo al observar que nuestra producción industrial (y nuestras exportaciones) no disminuyeron tanto como en Estados Unidos y que nuestra recuperación ha sido mucho más robusta.  Por ejemplo, mientras que la producción industrial de Estados Unidos no ha regresado todavía a los niveles máximos observados antes de su recesión, nosotros sí hemos superado nuestros máximos anteriores a partir de mayo del año pasado.

¿Cómo explicamos nuestro crecimiento casi a contrapelo de Estados Unidos?  En principio hay tres factores, uno particular y dos generales en nuestra economía.  El primero es particular a nuestra industria automotriz, que representa alrededor del 27% de la producción manufacturera y más de una cuarta parte de nuestras exportaciones no petroleras.  Como resultado de la crisis de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las ensambladoras más grandes estuvieron a punto de quiebra y tuvieron que ser recatados por el gobierno.  Lo que siguió fue un proceso de reducción de costos y reorganización de la industria en toda Norteamérica.  Una de las medidas principales fue la reubicación de líneas de producción de Estados Unidos y Canadá hacia México.  Por lo tanto, México obtuvo una tajada mucho más grande de un pastel ligeramente disminuido.

El resultado no sólo fue un aumento en la producción de automóviles para exportación de las tres grandes empresas hacia Estados Unidos, sino también cierto reconocimiento de la productividad de la industria en México, de tal forma que aumentamos nuestras exportaciones hacia otros países y muchas empresas automotrices incrementaron sus inversiones en México.  De esta manera, este año estaremos exportando casi 60% más con respecto al pico anterior a la crisis (2007).

El segundo factor, más general, es que la depreciación del tipo de cambio de más de 20% respecto al dólar y más respecto a otras monedas, le ha sumado atractivo a nuestras exportaciones.  Desde hace más de 15 años México ha venido negociando tratados de libre comercio con muchos países, que en un principio no se vio reflejado en una mayor diversificación de nuestras exportaciones.  Sin embargo, en los últimos cinco años ya hemos visto crecimientos mayores hacia otros países.  La combinación de un tipo de cambio más competitivo y negociaciones de mayor acceso a otras economías, ha redituado en mayores crecimientos en las exportaciones de bienes manufactureros no automotrices.

Finalmente, un tercer factor ha sido el cambio de enfoque de China de buscar crecer vía exportaciones hacia un mayor crecimiento interno.  En busca de un mayor poder adquisitivo de los consumidores chinos, los salarios han aumentado y sus costos laborales unitarios ya no son abismalmente menores a los que existen en otros países.  Muchas empresas han visto que los mayores costos de logística y de transporte ya no se compensan con menores costos laborales, por lo que han dejado de producir en China y vuelto a buscar ventajas geográficas.  Después de una década de ir perdiendo poco a poco el mercado a China, hemos ahora empezado a recuperar terreno.

Todo lo anterior se ha combinado para que nuestras exportaciones sigan creciendo a dos dígitos a pesar del estancamiento económico mundial.  Gracias al empuje externo, la economía interna también ha crecido.  Ahora nos falta buscar fórmulas para mantener el impulso interno sin la dependencia del exterior.