Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El INEGI acaba de divulgar los datos pertenecientes al Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC) para enero, que señala que el Índice Compuesto de Indicadores Coincidentes subió y liga su tercer mes consecutivo por arriba de su tendencia de largo plazo, mientras que el Índice Adelantado disminuyó y lleva 29 meses por debajo de su tendencia de largo plazo. En otras palabras, el adelantado, que se supone anticipa la dirección del ciclo económico (el coincidente), lleva más de dos años diciendo que vamos a entrar en una recesión, lo cual no ha pasado. Mediante un examen rápido a la gráfica del boletín de prensa que compara las trayectorias de ambos, nunca hemos visto que el adelantado haya fallado tanto. Pero, ¿qué significa todo esto?

El SIC es un enfoque del “ciclo de crecimiento”, que identifica las desviaciones de la economía respecto a su tendencia de largo plazo, mediante una metodología desarrollada por la OCDE. Se limita a decirnos si la brecha de la economía respecto a su tendencia de largo plazo es negativa o positiva y si se está ampliando o reduciendo. Pero dado que no especifica si la tendencia ha aumentado o disminuido, realmente no nos dice mucho respecto al ciclo económico en sí. Incluso, es diferente a lo que el INEGI llama el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA), que utiliza la metodología clásica desarrollada por el NBER de Estados Unidos y que mapea fielmente el ciclo económico. El INEGI calcula y publica los resultados del SICCA desde 2000. Sin embargo, a partir de 2010 decidió desarrollar el SIC y favorecer su divulgación sobre el SICCA. Al principio, falló en explicar que eran dos enfoques diferentes e incluso le puso la etiqueta de “recesión” al periodo en que la brecha era negativa y se iba reduciendo. Sin embargo, hace unos años tuvo que admitir su error y evitar de utilizar las mismas etiquetas que pertenecen al SICCA. A partir de ese momento, el boletín de prensa del SIC es la más extensa (22 páginas), ya que (entre otras cosas) explica la diferencia entre los dos enfoques.

El SICCA, conocido como el ciclo económico clásico es más intuitivo y útil para entender y comparar nuestro ciclo con el de Estados Unidos. Define fechas exactas de recesiones, recuperaciones y expansiones, totalmente compatible con la tarea que realiza el Comité de Fechas de Ciclos Económicos del NBER de Estados Unidos (ver www.nber.org/cycles). Nos señala que desde 1980 a la fecha hemos tenido seis recesiones, siendo la última de enero 2008 a mayo 2009, con una duración de 17 meses. A partir de mayo de ese año inició el periodo actual de expansión, que lleva 93 meses hasta enero de 2017. Por ende, es el periodo de expansión más larga de toda la historia del indicador. El de mayor extensión anterior fue de noviembre de 1986 a octubre de 1992, de 72 meses.

La expansión actual tuvo un periodo de estancamiento en 2013, que casi se convierte en recesión. No obstante, no hubo un periodo definido y de suficiente duración para clasificar como recesión tal cual. Por lo mismo, este sexenio se apunta (hasta ahora) en ser el primero en no sufrir una recesión (desde que existen los datos a partir de enero de 1980). Este dato no parece encajar con la percepción de los consumidores cuyo nivel actual de pesimismo es más bajo que el que prevalecía en cualquier periodo de recesión. Parte de la explicación radica en el hecho de que el ritmo de expansión actual es el más bajo comparado con cualquier otro periodo. El más lento anterior fue el periodo de 54 meses entre agosto 2003 y enero 2008. Es decir, hemos padecido los dos periodos de expansión más lentas en nuestra historia en los últimos años, interrumpido solamente por una recesión de 17 meses, que resultó ser la segunda más profunda de todos. Esto significa que el ritmo de expansión que hemos tenido en los últimos 162 meses (casi 13 años y medio), desde agosto 2003 a la fecha, es equivalente apenas a 1.7 por ciento anual. Peor aún, si consideramos el periodo de octubre de 2000 a la fecha (196 meses, 16 años y 3 meses), el ritmo disminuye a tan solo 0.7 por ciento anual. Verdaderamente mediocre.

¿Qué entonces explica la mejoría en los últimos meses? Básicamente es el desempeño de la tasa de desocupación urbana, que se ubica actualmente casi un punto porcentual por debajo de su tendencia de largo plazo (su relación con el Indicador Coincidente es inversa).

El INEGI siempre presume que aplica las mejores prácticas internacionales, que sigue fielmente los manuales publicados por el FMI, la ONU, la OCDE y el Banco Mundial (sobre las metodologías de cuentas nacionales, balanza de pagos, índices de precios y otras estadísticas de primera relevancia), que cumple cabalmente con las reglas para la diseminación de datos establecidos por el FMI y que publica todas las metodologías. En términos generales, podemos estar de acuerdo. Busca siempre hacer un buen trabajo, responde a la crítica y realiza esfuerzos continuos para mejorar.

Sin embargo, su labor no es perfecto. Muchas veces responde a presiones políticas o tarda mucho en responder peticiones importantes. Por ejemplo, en 2003 se estableció a nivel internacional la definición ampliada de informalidad y se recomendó el uso de la tasa de informalidad laboral. A pesar de poder publicar todo, gracias a la nueva encuesta de empleo que se levanta desde 2005 (la ENOE), el INEGI no la empezó a divulgar sino hasta finales de 2012 (días después de haber concluido el sexenio). En los primeros años enfrentó las presiones políticas de la Secretaria de Trabajo, que estaba totalmente opuesto a su publicación. Sin embargo, se le concedió la autonomía al INEGI en 2008 justamente para lidiar con este tipo de situaciones. Pues con todo y autonomía, el INEGI tardó todavía cinco años más antes de su divulgación. Finalmente, aprovechó el cambio de sexenio para con una actitud de “más vale pedir perdón que permiso”, dar a conocer los nuevos datos. Fue un verdadero shock para las autoridades enfrentar las nuevas cifras que mostraban que la informalidad laboral abarcaba casi el 60 por ciento de toda la población ocupada y no menos de 30 por ciento, que abarca solo el sector informal.

El marco internacional más importante de las encuestas y cifras laborales son las Conferencias Internacionales de Estadísticas del Trabajo (CIET), que se llevan a cabo cada cinco años, constituido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En estas reuniones se establecen básicamente todas las recomendaciones, estándares, definiciones y conceptos en torno al estudio sistemático de los mercados laborales. Como suele suceder, algunas de esas conferencias destacan más que otras, por marcar pautas fundamentales en la manera en que medimos el trabajo. Por ejemplo, en la XV Conferencia de 1993 se estableció la definición internacional del sector informal. Fue precisamente en la XVII Conferencia de 2003 que se introdujo la tasa de informalidad laboral.

La última Conferencia, la XIX, se llevó a cabo en Ginebra, Suiza, con la participación de 106 países y 31 representantes de organismos internacionales. Las resoluciones adoptadas en esta ocasión se consideran de los más importantes de los últimos 30 años. Se revisó a fondo el marco conceptual de todas las definiciones de trabajo y desempleo para reconocer mejor las modalidades de trabajo como los quehaceres del hogar, el trabajo voluntario y la subsistencia agrícola y se introdujeron nuevos conceptos como la fuerza de trabajo potencial y la brecha laboral. Se aprobaron nuevas clasificaciones en función de la intención y orientación de las actividades.

Lo interesante es que en esta ocasión el INEGI se comprometió a incorporar todos los cambios y utilizar los nuevos conceptos y clasificaciones con una prontitud impecable. Sin embargo, hasta la fecha no ha hecho absolutamente nada. ¿Cuáles serán las presiones políticas en esta ocasión? ¿De dónde provendrán? ¿Qué pasó con su autonomía?

Hace más de dos años, el NBER publicó un artículo de Blanchflower y Levin sobre la atonía del mercado laboral, en el cual se desarrollan conceptos aprobados por la XIX CIET, como la fuerza de trabajo potencial y la brecha laboral. En ese momento, aplicamos su metodología aquí en México para construir los mismos indicadores mediante datos de la ENOE y divulgarlos regularmente. Subsecuentemente otros autores, como David Kaplan, han hecho lo mismo. Sin embargo, no es lo mismo un par de analistas aislados que la institución oficial encargado de hacerlo. Nuestras cifras utilizan una metodología relativamente simple, pero se tiene que adaptar algunos conceptos adicionales como los agricultores de autoconsumo que viven de la subsistencia agrícola y no forman parte de la fuerza laboral. ¿Pero cuándo?

El INEGI dio a conocer el viernes, 14 de agosto, los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) al segundo trimestre de 2015. La ENOE tiene entregas mensuales, donde se reportan las tasas de desempleo, participación laboral y algunas tasas laborales complementarias. También tiene entregas trimestrales, con mayor desglose e información. En la entrega trimestral, se traducen las tasas a número de personas mediante las proyecciones demográficas del CONAPO. Esto último permite calcular tasas adicionales que enriquecen el análisis del mercado laboral, como la brecha laboral. También incluye la publicación de datos estratégicos que permiten calcular el ingreso promedio de los trabajadores.

La Brecha Laboral

Recientemente, el Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) de Estados Unidos publicó un artículo escrito por David Blanchflower y Andrew Levin sobre la atonía del mercado laboral y sus implicaciones para la política monetaria. En el artículo, los autores desarrollan un concepto más amplio que la tasa de desempleo abierto para caracterizar lo que llaman la “brecha laboral”. El concepto proviene de la Conferencia Internacional de Estadísticos del Trabajo (CIET) que se efectuó en Suiza en octubre de 2013. Básicamente consiste en sumar el desempleo abierto, el subempleo (los que trabajan menos horas por razones de mercado) y el desempleo disfrazado (los no ocupados disponibles para trabajar pero que no buscan activamente empleo). Concluyen que es un concepto más robusto para medir la insuficiencia de trabajo en el mercado laboral, ya que no solamente incluye el desempleo abierto, sino los que se consideran desempleados desde otra perspectiva: el subempleo, que son las personas que no encuentran un empleo de tiempo completo, y; el desempleo disfrazado, que son las personas que están clasificados como parte de la Población No Económicamente Activo (PNEA) porque no buscan activamente un empleo, pero que quieren trabajar. Estos últimos también se les conoce como desempleados frustrados, que pudieron haber buscado trabajo en forma activa en un momento dado, pero al no conseguirlo, su búsqueda se volvió pasivo. Para muchos analistas, estos últimos son tan desempleados como los que activamente buscan trabajo.

La ENOE reporta 2.288 millones de desempleados en el segundo trimestre de 2015, 4.179 millones de subempleados y 5.884 millones de desempleados disfrazados. La tasa de desempleo abierto del segundo trimestre de 2015 fue 4.35 por ciento, la tasa de subempleo fue 8.30 por ciento y la tasa de desempleo disfrazado (o desempleo pasivo) fue 16.54 por ciento. Si sumáramos los tres porcentajes obtendríamos 29.19 por ciento, sin embargo, no son tasas que se puedan sumar ya que cada una tiene un denominador diferente. La tasa de desempleo es el porcentaje de la Población Económicamente Activa (PEA) que no tiene ocupación; la tasa de subempleo es la parte de la Población Ocupada (PO) que trabaja menos horas a la semana; mientras que la tasa de desempleo disfrazado es la parte proporcional de la Población No Económicamente Activa (PNEA) que está disponible para trabajar.

Para sumar los tres componentes tenemos que partir de un denominador común, que sería la Fuerza Laboral Potencial (FLP), que incluye no sólo la PEA sino también la PNEA Disponible (PNEAD). Mientras que la PEA representa 59.67 por ciento de la población en edad de trabajar (15 años y mayores), la FLP abarca 66.34 por ciento, es decir, la FLP es mayor a la PEA normal, ya que le agregamos 6.67 por ciento más de la población en edad de trabajar que es económicamente pasiva pero disponible para laborar. Las tres tasas, ahora todas expresadas como porcentaje de la FLP son 3.91 por ciento (desempleo activo), 7.14 por ciento (subempleo) y 10.06 por ciento (desempleo pasivo), lo que ahora sí da una tasa de 21.11 por ciento, lo que podemos llamar la brecha laboral. En términos muy generales, vemos que alrededor de 18.5 por ciento de la brecha laboral lo constituye el desempleo tradicional, 33.8 por ciento el subempleo (cerca de una tercera parte) y 47.6 por ciento el desempleo disfrazado (casi la mitad).

Si tomamos mediados de 2009 como el momento en que arranca la recuperación posterior a la gran recesión de 2008-2009, encontramos que la brecha laboral muestra una tendencia a la baja de 0.09 por ciento por trimestre (a partir de 23.3 por ciento en el tercer trimestre de 2009). Los componentes de desempleo, tanto activo como pasivo, disminuyen 0.03 por ciento por periodo (arrancando de 4.95 por ciento y 10.84 por ciento, respectivamente), mientras que el subempleo cae 0.02 puntos porcentuales por trimestre (desde 7.47 por ciento). Si nos concentramos nada más en el último trimestre, observamos que mientras aumenta el desempleo abierto y el subempleo, disminuye el desempleo disfrazado, pero dado que aumenta la fuerza laboral potencial, la brecha laboral registra una tasa de 21.11 por ciento, prácticamente igual al del trimestre anterior de 21.10 por ciento.

El concepto de la fuerza laboral potencial es interesante, ya que excluye la condición de que una persona sin trabajo tiene que estar activamente en búsqueda de un empleo para considerarla como “desempleado”. Aunque no todos, pero una buena parte de la PNEA disponible para trabajar son personas que quizás en un momento buscaron trabajo pero al no encontrarlo dejaron su búsqueda (desmotivados o frustrados), o bien, personas con discapacidad (o capacidades diferentes como ahora se estila decir) que no buscan en forma activa una oportunidad porque piensan que simplemente no existen posibilidades de encontrar algún empleo que se adapte a sus necesidades.

La brecha laboral también es una noción útil, aunque habría que ajustar el componente del subempleo para solo integrar las horas a la semana que no trabajan (por razones de mercado). No se le puede dar el mismo peso a un desempleado abierto (cero horas de trabajo a la semana) a una persona que labora 30 horas, o bien a otro que se ocupa por 10. También habría que considerar una distinción para las personas que viven del autoconsumo o subsistencia agrícola, ya que realmente no participan en el mercado laboral (ni como empleado ni como desempleado).

El Ingreso Promedio

La ENOE también permite construir un indicador del ingreso promedio real mediante los indicadores estratégicos que se publican en la entrega trimestral. La Encuesta nos da el promedio de horas trabajadas a la semana y el ingreso promedio por hora trabajada. Multiplicamos ambos y lo deflactamos por el INPC para obtener una medida del ingreso promedio real. Posteriormente, podemos multiplicar este indicador por la población ocupada remunerada (PO) para obtener una medida de la masa salarial, que puede ayudar a entender el avance del consumo de los hogares.

El ingreso promedio real llegó a su máximo a mediados de 2007, justo cuando la economía empezó a desacelerarse en anticipación a la gran recesión de 2008-2009. Como era de esperarse, disminuyó significativamente en los años de la recesión para estabilizarse en 2010. Sin embargo, no creció en 2011 y 2012, sino más bien presentó una tendencia lateral en estos años. En 2013 y 2014, cuando la actividad económica se desaceleró, el ingreso promedio real volvió a presentar una tendencia a la baja. Finalmente, tocó fondo en el último trimestre de 2014, en un nivel que representó una disminución de -20.1 por ciento respecto al segundo trimestre de 2007. Afortunadamente, se ha registrado una tendencia hacia la recuperación en los dos primeros trimestres de 2015, con crecimientos de 2.69 y 0.65 por ciento en cada periodo respectivamente.

El empleo remunerado ha registrado una tendencia alcista continua desde 2010, aunque con una pendiente mucho menos pronunciado en 2013 y 2014. No obstante, a partir del primer trimestre de 2015 vuelve a crecer a un ritmo mayor, con tasas de 0.45 y 0.63 por ciento en el primer y segundo trimestre, respectivamente. Si multiplicamos el empleo por el ingreso, encontramos que la masa salarial presenta una mejoría importante en los dos primeros trimestres de 2015, que en buena medida explica la mejoría observada en la mayoría de los indicadores relacionados con el consumo familiar.

Recientemente, el Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) de Estados Unidos publicó un artículo escrito por David Blanchflower y Andrew Levin sobre la atonía del mercado laboral y sus implicaciones para la política monetaria. En el artículo, los autores desarrollan un concepto más amplio que la tasa de desempleo abierto para caracterizar lo que llaman la brecha laboral. Básicamente consiste en sumar el desempleo abierto, el subempleo (los que trabajan menos horas por razones de mercado) y el desempleo disfrazado (los no ocupados disponibles para trabajar pero que no buscan activamente empleo). Concluyen que es un concepto más robusto para medir la insuficiencia de trabajo en el mercado laboral.

La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI contiene todos los datos necesarios para calcular la brecha laboral para el caso de México. Por ejemplo, la ENOE reporta 2.285 millones de desempleados en el último trimestre de 2014, 3.974 millones de subempleados y 5.835 millones de desempleados disfrazados. La tasa de desempleo abierto del último trimestre de 2014 fue 4.38 por ciento, la tasa de subempleo fue 7.98 por ciento y la tasa de desempleo disfrazado (o desempleo pasivo) fue 16.48 por ciento. Si sumáramos los tres porcentajes obtendríamos 28.84 por ciento, sin embargo, no son tasas que se puedan sumar ya que cada una tiene un denominador diferente. La tasa de desempleo es el porcentaje de la Población Económicamente Activa (PEA) que no tiene ocupación; la tasa de subempleo es la parte de la Población Ocupada (PO) que trabaja menos horas a la semana; mientras que la tasa de desempleo disfrazado es la parte proporcional de la Población No Económicamente Activa (PNEA) que está disponible para trabajar.

Para sumar los tres componentes tenemos que partir de un denominador común, que sería la Fuerza Laboral Potencial (FLP), que incluye no sólo la PEA sino también la PNEA Disponible (PNEAD). Mientras que la PEA representa 59.54 por ciento de la población en edad de trabajar (15 años y mayores), la FLP abarca 66.21 por ciento, es decir, la FLP es mayor a la PEA normal, ya que le agregamos 6.67 por ciento más de la población en edad de trabajar que es económicamente pasiva pero disponible para laborar. Las tres tasas, ahora todas expresadas como porcentaje de la FLP son 3.94 por ciento (desempleo activo), 6.86 por ciento (subempleo) y 10.07 por ciento (desempleo pasivo), lo que ahora sí da una tasa de 20.87 por ciento, lo que podemos llamar la brecha laboral. En términos muy generales, vemos que alrededor de 19 por ciento de la brecha laboral lo constituye el desempleo tradicional, 33 por ciento el subempleo (cerca de una tercera parte) y 48 por ciento el desempleo disfrazado (casi la mitad).

Si tomamos mediados de 2009 como el momento en que arranca la recuperación posterior a la gran recesión de 2008-2009, encontramos que la brecha laboral muestra una tendencia a la baja de 0.08 por ciento por trimestre (a partir de 23.3 por ciento en el tercer trimestre de 2009). Los componentes de desempleo, tanto activo como pasivo, disminuyen 0.03 por ciento por periodo (arrancando de 4.95 por ciento y 10.84 por ciento, respectivamente), mientras que el subempleo cae 0.02 puntos porcentuales por trimestre (desde 7.47 por ciento).

El concepto de la fuerza laboral potencial es interesante, ya que excluye la condición de que una persona sin trabajo tiene que esta activamente en búsqueda de un empleo para considerarla como “desempleado”. Aunque no todos, pero una buena parte de la PNEA disponible para trabajar son personas que quizás en un momento buscaron trabajo pero al no encontrarlo dejaron su búsqueda (desmotivados o frustrados), o bien, personas con discapacidad (o capacidades diferentes como ahora se estila decir) que no buscan en forma activa una oportunidad porque piensan que simplemente no existen posibilidades de encontrar algún empleo que se adapte a sus necesidades.

La brecha laboral también es una noción útil, aunque habría que ajustar el componente del subempleo para solo integrar las horas a la semana que no trabajan (por razones de mercado). No se le puede dar el mismo peso a un desempleado abierto (cero horas de trabajo a la semana) a una persona que labora 30 horas, o bien a otro que se ocupa por 10. También habría que considerar una distinción para las personas que viven del autoconsumo o subsistencia agrícola, ya que realmente no participan en el mercado laboral (no como empleado ni como desempleado). ¿Cuál será la opinión del INEGI?

El INEGI empezó a divulgar indicadores cíclicos en el año 2000, cuando introdujo el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA). Se basó en la metodología que hoy se conoce como la escuela clásica, desarrollada originalmente por Wesley Mitchell y Arthur Burns y después seguido por Geoffrey Moore. Como la mayor parte de sus investigaciones fueron llevados a cabo en el seno del Buró Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos, también se conoce como la metodología del NBER. En su página de internet (www.nber.org/cycles) se puede consultar las fechas de las recesiones de su país a partir de diciembre de 1854 a la fecha. En México, el INEGI presenta información similar, pero solo a partir de enero de 1980.

El SICCA consiste en un índice compuesto de varios indicadores coincidentes para marcar el ciclo económico y otro compuesto de indicadores adelantados para anticipar los puntos de giro, que marcan las fechas cuando empieza y termina una recesión. Ambos indicadores son útiles, no solo para señalar periodos de recesión, recuperación y expansión en nuestro país, sino también para realizar comparaciones con Estados Unidos, que en muchas instancias determina nuestro ciclo. Sin embargo, hacia fines de 2010, el INEGI decide cambiar de metodología, para adoptar la escuela de crecimiento desarrollada principalmente por la OCDE en Europa. Nombrada Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), consiste igualmente en dos indicadores compuestos, coincidente y adelantado, pero que visualiza los ciclos de forma diferente. Mientras que el SICCA utiliza las definiciones clásicas de recesión y expansión, el SIC concibe un patrón de ciclos aun en periodos de crecimiento. Una recesión clásica se define a partir de un periodo extendido (de por lo menos seis meses) de contracción en la actividad económica, pero la escuela de crecimiento define periodos “recesivos” (de crecimiento decreciente por debajo de la tendencia de largo plazo) aun en el caso de una economía con crecimiento positivo. Por ejemplo, China está en una “recesión de crecimiento” al crecer tan solo 7 por ciento, por debajo de su tendencia de largo plazo.

El INEGI cometió varios errores al sustituir el SICCA por el SIC. Primero, no explicó bien al público que se trataba de dos escuelas diferentes, con metodologías distintas, que podrían llegar a conclusiones contradictorias. Segundo, decidió utilizar las mismas etiquetas de recesión, recuperación y expansión para definir etapas que no son las recesiones, recuperaciones y expansiones clásicas. En su momento, advertimos que esto podría llevar a confusiones tremendas en el momento en que la economía estuviera cerca de una recesión. Podría darse el caso, por ejemplo, que el SIC anunciara que estamos en recesión y el SICCA que no. El tercer error fue que el INEGI utilizó indicadores compuestos distintos para el SICCA y el SIC, por lo que todavía era más difícil su comprensión.

En 2013 pasó justamente lo que se había advertido. La actividad económica entró en una etapa de estancamiento, que no llegó a clasificarse como recesión según la escuela clásica, pero sí bajo el esquema del SIC. En su momento hubo grandes confusiones y debates innecesarios, provocados por el mal uso de la etiqueta “recesión”. Primero tuvo que salir la SHCP a desmentir los datos del INEGI y después el propio INEGI tuvo que expandir su boletín de prensa como por diez páginas más para tratar de aclarar los dos enfoques. Finalmente, pasó lo que tuvo que pasar: el INEGI anunció que va a cambiar los nombres de las fases que describen las fluctuaciones del ciclo en torno a su tendencia a largo plazo.

De ahora en adelante, el INEGI no llamara “recesión” a la serie coincidente cuando éste se sitúa por debajo de la tendencia y decreciendo, sino simplemente dirá que “está debajo de la tendencia y decreciendo”, aunque conservará el color rojo para ilustrar su ubicación en el “reloj de los ciclos” en su portal. De la misma forma, dejará de utilizar las palabras “recuperación” y “expansión”. En su lugar, simplemente dirá que está por arriba o por debajo de la tendencia y si está creciendo o decreciendo.

El INEGI aprovechó la ocasión para actualiza los indicadores que utiliza para construir los índices compuestos del SIC. Por ejemplo, para el coincidente sustituye el indicador agregado mensual por el IGAE y en el adelantado utilizará ahora el tipo de cambio bilateral en vez del multilateral. Ahora lo único que hace falta es usar estos mismos indicadores para actualizar el SICCA y así asegurar compatibilidad con el SIC.

Los datos oficiales del INEGI del Sistema de Indicadores Cíclicos sirven para determinar en qué fase del ciclo económico nos encontremos, ya sea expansión, desaceleración, recesión o recuperación. La nota metodológica que aparece cada mes en su boletín de prensa dice claramente que para determinar si estamos en recesión o no, es necesario primero contar con por lo menos 21 meses entre el pico actual y el pico anterior (para asegurar que estemos en un ciclo distinto al anterior) y que existe por lo menos 9 meses de desaceleración desde el último pico. En cuando a estos criterios, existe más de cuatro años entre el pico actual y el anterior, mientras que llevamos 21 meses de desaceleración. Por lo mismo, según los datos y definición oficial del INEGI, la economía mexicana se encuentra actualmente en una recesión.

Este hecho ha causado algo de controversia, ya que varios funcionarios de primer nivel han desconocido el hecho. Parte es que para muchos la definición de una recesión es que existan por lo menos dos trimestres consecutivos de caída en el PIB. Sin embargo, este no es realmente su definición sino solamente una regla de aproximación. Está documentado que lo de los dos trimestres fue una idea al vapor del economista Arthur Okun cuando éste estaba al frente del Consejo Económico del Presidente Lyndon Johnson de Estados Unidos en 1967. En plena campaña electoral, existía preocupación por la percepción del público de que existiera una recesión. Okun introdujo la idea como una fórmula sencilla para convencer a la gente de que no estaban técnicamente en recesión. Fue una decisión arbitraria, sin fundamento teórico, que nació como una idea interesante en una campaña política para ayudar a que Johnson ganara las elecciones.

La definición exacta de una recesión fue establecida en la década de los 20 del siglo pasado por los economistas Wesley Mitchell y Arthur Burns, en el seno del Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos. Esta institución es una organización académica privada no lucrativa y sin afiliación partidista, que se dedica a promover un mejor entendimiento sobre el funcionamiento de la economía. La definición original y correcta es de una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto y abarca también al estado del empleo (se puede consultar en www.nber.org/cycles/). No se usa directamente al PIB para su determinación (ya que es de frecuencia trimestral), sino específicamente al ingreso real, el empleo, la producción real y las ventas al menudeo (todos indicadores mensuales).

Investigaciones posteriores en el NBER, conducidas principalmente por el economista Geoffrey Moore (fundador del Instituto de Investigación de Ciclos Económicos, ECRI), encontraron que la mejor forma de reproducir los ciclos económicos y así aproximar las fechas de comienzo y fin de las recesiones era mediante la construcción de índices compuestos de indicadores coincidentes, que consistían justamente de los indicadores antes señalados. El NBER decidió establecer en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles de la actividad económica. Aunque el Comité ha señalado que no utiliza una fórmula específica para determinar los tiempos, el índice compuesto de indicadores coincidentes replica de manera fiel todas las fechas reportadas por el NBER.

En el año 2000 el INEGI desarrolló por primera vez el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA) con base en la metodología clásica del NBER. Con estos indicadores se pudo determinar de manera exacta el comienzo y fin de las seis recesiones que tuvimos hasta 2010. No obstante, en noviembre de 2010 el INEGI decidió cambiar de metodología y adoptar la escuela de los ciclos de crecimiento, empujado sobre todo por la OCDE. Así nació el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), que se utiliza de manera oficial para determinar los ciclos económicos y las fechas de comienzo y fin de las recesiones.

El índice compuesto coincidente que utiliza el INEGI en el SIC, consiste de seis indicadores, que tienen la propiedad esencial de replicar (coincidir) el ciclo económico. Estos son: la actividad económica (básicamente el IGAE), la actividad industrial, las ventas al por menor de establecimientos comerciales, el número de asegurados permanentes registrados en el IMSS, la tasa de desocupación (desempleo) abierto urbano y las importaciones totales.

La metodología de la OCDE consiste en desagregar el índice compuesto coincidente en sus componentes estadísticos, típicos de cualquier serie de tiempo: el patrón estacional, la tendencia-cíclico, la tendencia de largo plazo y el elemento aleatorio (conocido como ruido blanco). Lo primero que se hace es igual la tendencia de largo plazo a 100 a lo largo del tiempo y después ver el comportamiento de la tendencia-cíclico respecto a la tendencia de largo plazo. Si el indicador se ubica por encima de 100 y creciendo se dice que se ubica en su fase de “expansión”. Si se ubica por encima pero disminuyendo se encuentra en la etapa de “desaceleración”. Si el indicador cae por debajo de la línea de 100 y sigue disminuyendo, está en “recesión”, mientras que si empieza a crecer de nuevo entra en la fase de “recuperación” hasta que vuelva a cruzar la línea de 100. En otras palabras, las fases se determinan en función de que si el indicador crece o disminuye y su ubicación respecto a su tendencia de largo plazo.

Los últimos datos disponibles señalan a tres de los indicadores del índice compuesto en fase de recesión (ventas, asegurados y desempleo), mientras que los otros tres se sitúan en recuperación. Salvo los indicadores laborales, que todavía muestran mucha debilidad, los otros indicadores parecen mostrar señales de mejoría. Esto significa que esta recesión, que es poco profundo en comparación a cualquier otra recesión de la economía mexicana, está a punto de terminar y convertirse ya en recuperación.

Afortunadamente, el INEGI es hoy en día una institución autónoma, que se dedica a divulgar indicadores bien hechos y confiables aun cuando no señalan lo que quieren las autoridades. Queda claro que en otras épocas, las autoridades no hubieran permitido al INEGI publicar cifras que contradicen en forma tajante las declaraciones de los funcionarios. Ahora nos divertimos ver como los funcionarios tratan de desacreditar el trabajo del INEGI, negar públicamente lo que dicen las cifras y menospreciar su trabajo.

Hace dos semanas, abordamos el tema de la recesión para explicar que no se determina mediante dos trimestres consecutivos de caída en el PIB (es más bien una regla de aproximación) y que existen dos escuelas al respecto: la clásica, desarrollada por el NBER en Estados Unidos hace como 90 años y la de crecimiento, impulsada principalmente por la OCDE. Originalmente, el INEGI utilizaba el enfoque clásico (que se encuentra bajo SICCA en su Banco de Datos, BIE). Sin embargo, en 2010 introdujo el SIC, cuyo enfoque son los ciclos de crecimiento. En principio ambos se complementan, ya que se enfocan en aspectos distintos; mientras que la clásica busca periodos extendidos de una caída generalizada y significativa de la actividad económica para decir que existe una recesión, la otra escuela define una “recesión de crecimiento” en función de las desviaciones respecto a la tendencia de largo plazo de la economía.

Si examinamos en forma detenida los datos del SIC y del SICCA del INEGI, queda claro que la economía está en una “recesión de crecimiento”, más no en una recesión clásica. El problema que yo vi desde que el INEGI introdujo el SIC, fue que se utilizan las mismas etiquetas de “recesión”, “recuperación” y “expansión” para ambos enfoques a pesar de que no son conceptos iguales. Me acuerdo muy bien argumentar en el INEGI en su momento que esto iba crear muchísima confusión cuando estuviéramos cerca de una recesión. Pues dicho y hecho.

La existencia de una recesión es algo no deseable y embarazoso para los funcionarios, por lo que existe o no, lo niegan. En Estados Unidos resolvieron la controversia recurrente al establecer en el pleno del NBER un Comité de Fechas de los Ciclos Económicos, que se encarga de determinar y anunciar los picos y valles de la actividad económica. El público en general y los académicos en particular reconocen a este Comité como el árbitro oficial (pueden visitar los resultados en www.nber.org). Dado que en México no existe algo similar, cada vez que nos aproximamos a una recesión se arma el debate y aumenta la confusión. Peor ahora desde que el INEGI introdujo el SIC.

A través de las últimas décadas se ha discutido la posibilidad de tener un Comité similar en México, sin que nadie se haya aventado a tratar de organizarlo. Pero, ¿qué pasaría si lo tuviéramos? Déjame imaginar que fuera miembro de dicho Comité y que tuviéramos que tomar una resolución. Lo primero sería enfocarnos en la escuela clásica, ya que no se trata de determinar si estamos en una “recesión de crecimiento”, sino en un periodo extendido y significativo de una caída generalizada de la actividad económica. Lo segundo, sería enfatizar que la decisión final no se puede tomar antes de que tengamos todas las cifras finales, es decir, ya sin posibilidad de revisar. Esto en Estados Unidos significa que anuncian las fechas, en promedio, alrededor de 12 a 15 meses después de haber concluido el ciclo. La determinación de las fechas no se hace en forma precipitada, ni en atención a las demandas del público. Es más bien un ejercicio académico.

En seguida vendría ya la examinación a fondo de las cifras. El índice compuesto de indicadores coincidentes (del SICCA y no del SIC) establece un pico en noviembre de 2012, pero realmente sin definir una caída significativa ni extendida. En los siguientes 15 meses, marca una disminución en solo seis ocasiones y solamente en una ocasión se presenta caídas en dos meses consecutivos. Al analizar los indicadores coincidentes por separado, prácticamente todos indican lo mismo: no hay caídas significativas, ni extendidas y menos generalizados. Algún que otro presenta síntomas más graves, pero no con la fortaleza necesaria para establecer la existencia de una recesión. Por lo mismo, mi voto tendrá que ser no hemos entrado en recesión en algún momento dado en los últimos dos años.

Aquí proceden unas recomendaciones al INEGI y a los funcionarios. En primer lugar, el INEGI necesita aclarar y explicar mucho (pero mucho) mejor la diferencia entre una recesión clásica y una recesión de crecimiento. El gobierno debe poner atención a la explicación y no descartar las conclusiones del INEGI simplemente porque no le conviene. Al enfrentar la pregunta de que si estamos en recesión o no, el funcionario debería admitir que estamos en una recesión de crecimiento, que significa que estamos en un bache por debajo de nuestro potencial (que sería la tendencia de largo plazo), pero que no hemos caído en lo que es una recesión clásica, es decir, una caída significativa, extendida y generalizada de la actividad económica.

En todos los países, los funcionarios niegan la existencia de una recesión a pesar de lo que dicen las cifras. Sin embargo, son los primeros en señalar los mismos indicadores cuando estos marcan una recuperación y más todavía si es una buena expansión. En principio, hablar bien de la economía y las perspectivas es parte de su trabajo. Si no lo hacen ellos, ¿quiénes?

Los medios y algunos analistas utilizan dos trimestres consecutivos de caída en el PIB como definición de una recesión. Sin embargo, no es su definición sino más bien una regla de aproximación. Está documentado que lo de los dos trimestres fue una idea al vapor del economista Arthur Okun cuando éste estaba al frente del Consejo Económico del Presidente Lyndon Johnson de Estados Unidos en 1967. En plena campaña electoral, existía preocupación por la percepción del público de que existía una recesión. Okun introdujo la idea como una fórmula sencilla para convencer a la gente de que no estaban técnicamente en recesión. Fue una decisión arbitraria, sin fundamento teórico, que nació como una idea interesante en una campaña política para ayudar a que Johnson ganara las elecciones.

La definición exacta de una recesión fue establecida en la década de los 20 del siglo pasado por los economistas Wesley Mitchell y Arthur Burns, en el seno del Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos. Esta institución es una organización académica privada no lucrativa y sin afiliación partidista que se dedica a promover un mejor entendimiento sobre el funcionamiento de la economía. La definición original y correcta es de una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto y abarca también al estado del empleo (se puede consultar en www.nber.org/cycles/). No se usa directamente al PIB para su determinación (ya que es de frecuencia trimestral), sino específicamente al ingreso real, el empleo, la producción real y las ventas al menudeo y al mayoreo (todos indicadores mensuales).

Investigaciones posteriores en el NBER, conducidas principalmente por el economista Geoffrey Moore (fundador del Instituto de Investigación de Ciclos Económicos, ECRI), encontraron que la mejor forma de reproducir los ciclos económicos y así aproximar las fechas de comienzo y fin de las recesiones era mediante la construcción de índices compuestos de indicadores coincidentes, que consistían justamente de los indicadores antes señalados. El NBER decidió establecer en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles de la actividad económica. Aunque el Comité ha señalado que no utiliza una fórmula específica para determinar los tiempos, el índice compuesto de indicadores coincidentes replica de manera fiel todas las fechas reportadas por el NBER.

En el año 2000 el INEGI desarrolló por primera vez el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA) con base en la metodología clásica del NBER. Con estos indicadores se pudo determinar de manera exacta el comienzo y fin de las seis recesiones que tuvimos hasta 2010. No obstante, en noviembre de 2010 el INEGI decidió cambiar de metodología y adoptar la escuela de los ciclos de crecimiento, empujado sobre todo por la OCDE. Así nació el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), que se utiliza de manera oficial para determinar los ciclos económicos y las fechas de comienzo y fin de las recesiones.

Afortunadamente, el INEGI es hoy en día una institución autónoma, que se dedica a divulgar indicadores bien hechos y confiables aun cuando no señalan lo que quieren las autoridades. Hasta cierto punto, no nos debemos de sorprender que los Secretarios de Hacienda y Economía niegan las conclusiones irrefutables de lo que indican los indicadores del INEGI. Sin embargo, deben de tener cuidado en descartar las cifras del INEGI y en menospreciar su trabajo. Si los funcionarios principales del país nos dicen que los datos oficiales no son buenos, ¿entonces con qué nos quedamos? Nos dicen que esperemos al número del PIB, que ese sí está bien hecho. Pero entonces, ¿significa que el INEGI realiza indicadores correctos e incorrectos y el gobierno se encargará de decirnos cuáles son los buenos y cuáles son los malos?

En vez de desacreditar al INEGI, los secretarios deberían admitir que aunque oficialmente seguimos en recesión, ésta es muy ligera, a punto de tocar fondo y convertirse ya en recuperación. Lo más importante debería ser que se han establecido las bases para una expansión sólida en los próximos años.

Recesión

Septiembre 10th, 2013 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (1 Comments)

A mediados del año pasado, la economía entró en un periodo de atonía, caracterizado por una actividad económica muy débil. Ya para principios de 2013, la economía prácticamente dejó de crecer y entramos a un estancamiento generalizado. Cuando el INEGI dio a conocer que la tasa de crecimiento del segundo trimestre fue negativa y se revisaba a casi cero la tasa del primero, se empezó a hablar de la posibilidad de que la economía mexicana estuviera en recesión.

Para muchos, una recesión se define a partir de dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo, a partir de la serie desestacionalizada del PIB. Sin embargo, esta no es la definición correcta de una recesión, sino más bien es una regla de aproximación. La terminología y definiciones de los ciclos económicos fueron desarrolladas originalmente por Wesley Mitchell y Arthur Burns en el Buró Nacional de Investigación Económica (NBER por sus siglas en inglés) en la década de los veinte del siglo pasado. Ellos definieron una recesión como “una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto, que dura más que unos pocos meses y que sea normalmente visible en el PIB real, el ingreso real, el empleo, la producción industrial y en las ventas al menudeo y mayoreo”.

Por lo mismo, el NBER no define una recesión en términos de dos trimestres consecutivos de caída en el PIB real, aunque sí considera que el periodo mínimo necesario para definirla es de por lo menos seis meses y toma en cuenta indicadores mensuales para tener una mayor precisión en cuanto a las fechas de inicio y terminación de las distintas fases del ciclo económico. Para hacer oficial su uso, el NBER estableció en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles en la actividad económica. El Comité analiza todas las variables a su disposición y determina el inicio y final de cada recesión. Se enfoca en los indicadores de frecuencia mensual y pone más atención en la producción industrial, el empleo, el ingreso real y las ventas al menudeo. No obstante, no utiliza una fórmula específica para determinar las fechas.

A pesar de que no utiliza una fórmula tal cual, investigaciones posteriores en el NBER (encabezado por Geoffrey Moore) desarrollaron un índice compuesto de indicadores coincidentes que prácticamente emula las decisiones del Comité. Dado que en México no contamos con una organización como el NBER y mucho menos de un Comité de Ciclos, pero sí contamos con índices compuestos, podemos utilizar los desarrollados por el INEGI para designar las fechas de inicio y de terminación de las recesiones. Sin embargo, se debe tener cuidado ya que hay dos escuelas distintas de ciclos económicos: la clásica desarrollada por el NBER y una de más recién desarrollo impulsado principalmente por la OCDE, conocida como ciclos de crecimiento. El INEGI tiene las dos, el del NBER que publica bajo “Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado” (SICCA) y el de crecimiento que se denomina como “Sistema de Indicadores Cíclicos” (SIC). Aunque son ideas similares, difieren en sus fechas.

Si analizamos primero el SICCA, encontramos que el índice coincidente llegó a su punto máximo en noviembre de 2012 y tiene siete meses disminuyendo (existe información a junio). Esto significa que la economía mexicana ya está en una “recesión clásica” a partir de noviembre del año pasado. Si partimos de lo que dice el SIC, el índice coincidente registró un pico en junio de 2012 para entrar en una fase de “desaceleración” y en abril de 2013 entró en su fase de “recesión”. En esta Escuela se necesita por lo menos nueve meses de caída para declarar formalmente una recesión; a junio ya llevamos doce. Esto significa que la economía mexicana también se encuentra ya en una “recesión de crecimiento”.

El INEGI da más publicidad a los ciclos de crecimiento (SIC), mediante su “reloj de los ciclos económicos en México”. Sin embargo, dado la sincronía que tenemos con Estados Unidos y que el enfoque clásico del NBER es el más utilizado en ese país, recomiendo más su uso para enmarcar los ciclos en México y las fechas de inicio y terminación de las recesiones. La definición de una recesión no es subjetiva; podemos afirmar mediante cifras oficiales que la economía mexicana está actualmente en una recesión que empezó en noviembre del año pasado. No obstante, en lo que va, se puede clasificar como una recesión de muy poca profundidad.

El Ciclo Económico

Junio 7th, 2012 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (0 Comments)

 

El INEGI dio a conocer los resultados del Sistema de Indicadores Cíclicos para marzo: el indicador coincidente aumentó 0.04 puntos respecto al mes anterior, mientras que el indicador adelantado registró 0.13 puntos más.  Dado que ambos se ubican por arriba de su tendencia de largo plazo y están en aumento, el INEGI reporta que la economía mexicana se ubica en una fase de expansión.  El coincidente refleja el estado general actual de la economía, mientras que el adelantado busca señalar anticipadamente la trayectoria del coincidente.  Incluso, el INEGI nos anticipa que el adelantado en abril es 0.08 puntos más que el de marzo.

Según el INEGI, el Sistema de Indicadores Cíclicos se genera con una metodología compatible con la utilizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por lo que permite realizar comparaciones con diversas economías a nivel mundial.  Pero lo que no señala es que la metodología es distinta a la empleada comúnmente en Estados Unidos, por lo que tenemos que tener mucho cuidado con las comparaciones.  Mientras que el INEGI utiliza ciclos de crecimiento, en Estados Unidos se utiliza los ciclos clásicos.  La NBER (www.nber.org) fue el organismo que definió hace como 80 años los términos y definiciones de los ciclos económicos y es diferente a la empleada por la OCDE.  Claro, podemos ver los cálculos de la OCDE para Estados Unidos para compáralos con México, pero en la mayoría de los casos no lo hacemos.

Aunque discretamente (no lo menciona en su boletín de prensa), el INEGI sigue publicando los cálculos combatibles con los ciclos clásicos.  El indicador coincidente clásico arrojó un valor de 113.5 en marzo, un incremento de 1.34% respecto a abril.  Pero lo más importante es que el dato está a un punto decimal de 113.6, el valor máximo registrado en enero de 2008.  Esto significa que estamos a punto de concluir la fase de recuperación para empezar una nueva expansión.

Aquí es justamente la diferencia entre estas dos escuelas.  Según el ciclo de crecimiento del INEGI, empezamos una fase de expansión en febrero de 2011, por lo que ya tenemos 14 meses creciendo por encima de la tendencia de largo plazo.  La economía llegó a su pico en mayo de 2008 (terminó la expansión anterior) e inició una fase de desaceleración de seis meses, para después entrar en recesión a partir de noviembre de 2011.  La recesión duró 8 meses y empezó la siguiente fase de recuperación a partir de julio de 2009.

Pero según la escuela clásica de los ciclos económicos, la recesión empezó en enero de 2008, duró 17 meses y empezó la de recuperación en mayo de 2009.  En marzo de 2012 cumple 35 meses y todavía no hemos iniciado una nueva fase de expansión.  Todo indica que esto va ocurrir a partir de abril, por lo que terminaremos con esta fase después de 36 meses, la de mayor duración desde que tenemos cifras comparables (de 1980 a la fecha).

¿Por qué arrojan resultados y fechas diferentes?  La escuela de ciclos de crecimiento define los ciclos a partir de las desviaciones de la tendencia de largo plazo de la economía.  El problema es que no nos dice que es la tendencia, sino simplemente nos lo igual a 100.  En principio, podríamos estar en una fase de expansión (de crecimiento) simplemente porque disminuyó la tendencia de largo plazo y no porque estamos creciendo más.  La tendencia de largo plazo es equivalente al concepto de PIB potencial que utilizan los economistas y se define como el máximo crecimiento que puede tener una economía sin generar presiones inflacionarias.

Debemos tener cuidado con las comparaciones, ya que cuando los economistas de Estados Unidos se refieren a que la recuperación de la crisis de 2008-2009 fue la más larga desde la Segunda Guerra Mundial, se refiere al ciclo clásico.  Por lo mismo, no debemos compararla con la recuperación de 19 meses que reporta el INEGI, sino con la de 36 meses según la escuela clásica.

Para los interesados en mayor detalle acerca de los dos enfoques, les recomiendo el capítulo tres del libro “Lo que Indican los Indicadores”, que se puede descargar gratuitamente de la página del INEGI.