Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
Header

El INEGI acaba de divulgar los datos pertenecientes al Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC) para enero, que señala que el Índice Compuesto de Indicadores Coincidentes subió y liga su tercer mes consecutivo por arriba de su tendencia de largo plazo, mientras que el Índice Adelantado disminuyó y lleva 29 meses por debajo de su tendencia de largo plazo. En otras palabras, el adelantado, que se supone anticipa la dirección del ciclo económico (el coincidente), lleva más de dos años diciendo que vamos a entrar en una recesión, lo cual no ha pasado. Mediante un examen rápido a la gráfica del boletín de prensa que compara las trayectorias de ambos, nunca hemos visto que el adelantado haya fallado tanto. Pero, ¿qué significa todo esto?

El SIC es un enfoque del “ciclo de crecimiento”, que identifica las desviaciones de la economía respecto a su tendencia de largo plazo, mediante una metodología desarrollada por la OCDE. Se limita a decirnos si la brecha de la economía respecto a su tendencia de largo plazo es negativa o positiva y si se está ampliando o reduciendo. Pero dado que no especifica si la tendencia ha aumentado o disminuido, realmente no nos dice mucho respecto al ciclo económico en sí. Incluso, es diferente a lo que el INEGI llama el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA), que utiliza la metodología clásica desarrollada por el NBER de Estados Unidos y que mapea fielmente el ciclo económico. El INEGI calcula y publica los resultados del SICCA desde 2000. Sin embargo, a partir de 2010 decidió desarrollar el SIC y favorecer su divulgación sobre el SICCA. Al principio, falló en explicar que eran dos enfoques diferentes e incluso le puso la etiqueta de “recesión” al periodo en que la brecha era negativa y se iba reduciendo. Sin embargo, hace unos años tuvo que admitir su error y evitar de utilizar las mismas etiquetas que pertenecen al SICCA. A partir de ese momento, el boletín de prensa del SIC es la más extensa (22 páginas), ya que (entre otras cosas) explica la diferencia entre los dos enfoques.

El SICCA, conocido como el ciclo económico clásico es más intuitivo y útil para entender y comparar nuestro ciclo con el de Estados Unidos. Define fechas exactas de recesiones, recuperaciones y expansiones, totalmente compatible con la tarea que realiza el Comité de Fechas de Ciclos Económicos del NBER de Estados Unidos (ver www.nber.org/cycles). Nos señala que desde 1980 a la fecha hemos tenido seis recesiones, siendo la última de enero 2008 a mayo 2009, con una duración de 17 meses. A partir de mayo de ese año inició el periodo actual de expansión, que lleva 93 meses hasta enero de 2017. Por ende, es el periodo de expansión más larga de toda la historia del indicador. El de mayor extensión anterior fue de noviembre de 1986 a octubre de 1992, de 72 meses.

La expansión actual tuvo un periodo de estancamiento en 2013, que casi se convierte en recesión. No obstante, no hubo un periodo definido y de suficiente duración para clasificar como recesión tal cual. Por lo mismo, este sexenio se apunta (hasta ahora) en ser el primero en no sufrir una recesión (desde que existen los datos a partir de enero de 1980). Este dato no parece encajar con la percepción de los consumidores cuyo nivel actual de pesimismo es más bajo que el que prevalecía en cualquier periodo de recesión. Parte de la explicación radica en el hecho de que el ritmo de expansión actual es el más bajo comparado con cualquier otro periodo. El más lento anterior fue el periodo de 54 meses entre agosto 2003 y enero 2008. Es decir, hemos padecido los dos periodos de expansión más lentas en nuestra historia en los últimos años, interrumpido solamente por una recesión de 17 meses, que resultó ser la segunda más profunda de todos. Esto significa que el ritmo de expansión que hemos tenido en los últimos 162 meses (casi 13 años y medio), desde agosto 2003 a la fecha, es equivalente apenas a 1.7 por ciento anual. Peor aún, si consideramos el periodo de octubre de 2000 a la fecha (196 meses, 16 años y 3 meses), el ritmo disminuye a tan solo 0.7 por ciento anual. Verdaderamente mediocre.

¿Qué entonces explica la mejoría en los últimos meses? Básicamente es el desempeño de la tasa de desocupación urbana, que se ubica actualmente casi un punto porcentual por debajo de su tendencia de largo plazo (su relación con el Indicador Coincidente es inversa).

El INEGI siempre presume que aplica las mejores prácticas internacionales, que sigue fielmente los manuales publicados por el FMI, la ONU, la OCDE y el Banco Mundial (sobre las metodologías de cuentas nacionales, balanza de pagos, índices de precios y otras estadísticas de primera relevancia), que cumple cabalmente con las reglas para la diseminación de datos establecidos por el FMI y que publica todas las metodologías. En términos generales, podemos estar de acuerdo. Busca siempre hacer un buen trabajo, responde a la crítica y realiza esfuerzos continuos para mejorar.

Sin embargo, su labor no es perfecto. Muchas veces responde a presiones políticas o tarda mucho en responder peticiones importantes. Por ejemplo, en 2003 se estableció a nivel internacional la definición ampliada de informalidad y se recomendó el uso de la tasa de informalidad laboral. A pesar de poder publicar todo, gracias a la nueva encuesta de empleo que se levanta desde 2005 (la ENOE), el INEGI no la empezó a divulgar sino hasta finales de 2012 (días después de haber concluido el sexenio). En los primeros años enfrentó las presiones políticas de la Secretaria de Trabajo, que estaba totalmente opuesto a su publicación. Sin embargo, se le concedió la autonomía al INEGI en 2008 justamente para lidiar con este tipo de situaciones. Pues con todo y autonomía, el INEGI tardó todavía cinco años más antes de su divulgación. Finalmente, aprovechó el cambio de sexenio para con una actitud de “más vale pedir perdón que permiso”, dar a conocer los nuevos datos. Fue un verdadero shock para las autoridades enfrentar las nuevas cifras que mostraban que la informalidad laboral abarcaba casi el 60 por ciento de toda la población ocupada y no menos de 30 por ciento, que abarca solo el sector informal.

El marco internacional más importante de las encuestas y cifras laborales son las Conferencias Internacionales de Estadísticas del Trabajo (CIET), que se llevan a cabo cada cinco años, constituido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En estas reuniones se establecen básicamente todas las recomendaciones, estándares, definiciones y conceptos en torno al estudio sistemático de los mercados laborales. Como suele suceder, algunas de esas conferencias destacan más que otras, por marcar pautas fundamentales en la manera en que medimos el trabajo. Por ejemplo, en la XV Conferencia de 1993 se estableció la definición internacional del sector informal. Fue precisamente en la XVII Conferencia de 2003 que se introdujo la tasa de informalidad laboral.

La última Conferencia, la XIX, se llevó a cabo en Ginebra, Suiza, con la participación de 106 países y 31 representantes de organismos internacionales. Las resoluciones adoptadas en esta ocasión se consideran de los más importantes de los últimos 30 años. Se revisó a fondo el marco conceptual de todas las definiciones de trabajo y desempleo para reconocer mejor las modalidades de trabajo como los quehaceres del hogar, el trabajo voluntario y la subsistencia agrícola y se introdujeron nuevos conceptos como la fuerza de trabajo potencial y la brecha laboral. Se aprobaron nuevas clasificaciones en función de la intención y orientación de las actividades.

Lo interesante es que en esta ocasión el INEGI se comprometió a incorporar todos los cambios y utilizar los nuevos conceptos y clasificaciones con una prontitud impecable. Sin embargo, hasta la fecha no ha hecho absolutamente nada. ¿Cuáles serán las presiones políticas en esta ocasión? ¿De dónde provendrán? ¿Qué pasó con su autonomía?

Hace más de dos años, el NBER publicó un artículo de Blanchflower y Levin sobre la atonía del mercado laboral, en el cual se desarrollan conceptos aprobados por la XIX CIET, como la fuerza de trabajo potencial y la brecha laboral. En ese momento, aplicamos su metodología aquí en México para construir los mismos indicadores mediante datos de la ENOE y divulgarlos regularmente. Subsecuentemente otros autores, como David Kaplan, han hecho lo mismo. Sin embargo, no es lo mismo un par de analistas aislados que la institución oficial encargado de hacerlo. Nuestras cifras utilizan una metodología relativamente simple, pero se tiene que adaptar algunos conceptos adicionales como los agricultores de autoconsumo que viven de la subsistencia agrícola y no forman parte de la fuerza laboral. ¿Pero cuándo?

Los dos últimos años han sido de una verdadera decepción en cuanto al crecimiento económico para México. Después de crecer en promedio 4.3 por ciento en los tres últimos años del sexenio anterior, el Pacto para México y las reformas estructurales prometían que nos iba ir todavía mejor. Sin embargo, con crecimientos de 1.4 y 2.1 por ciento para 2013 y 2014, respectivamente, el promedio de 1.8 por ciento para este sexenio se ubica por debajo del promedio sexenal de los últimos cinco sexenios.
Buscando algo alentador en estos números, podemos decir que, aunque lentamente, la economía parece estar mejorando. La SHCP propuso desde el año pasado que pudiéramos crecer 3.7 por ciento este año y así subir el promedio a 2.4 por ciento. Pero sin ser tan optimista, las últimas encuestas colocan al consenso en 2.9 por ciento para este año, que de materializarse subiría el promedio (de los tres años) a 2.2 por ciento.
El problema que tenemos es que los resultados del primer trimestre han sido malos, por lo que necesitaremos recuperar bastante terreno en los siguientes tres trimestres si queremos alcanzar el consenso actual. Los datos que dio a conocer el INEGI ayer (martes 12) de la producción industrial a marzo fueron decepcionantes. Las actividades secundarias disminuyeron -0.02 por ciento en marzo respecto al mes anterior y su tasa anual se coloca en apenas 1.4 por ciento, por debajo del avance de 1.8 por ciento alcanzado el año pasado). Pero lo que más inquieta es que la tendencia-ciclo ha permanecido estancada (cero por ciento de crecimiento) en los últimos cuatro meses. Más preocupante aún, fueron las cifras de la producción manufacturera (por representar nuestro principal motor de crecimiento), que cayeron -0.95 por ciento en marzo y cuya tasa anual de 2.4 por ciento es la más baja que se ha observado en los últimos 15 meses.
Dicen que es consuelo de tontos comparase con los demás, pero de vez en cuando debemos enfocarnos en el vaso medio lleno. Las mismas encuestas que señalan que México crecerá alrededor de 2.9 por ciento y experimentará una tasa de inflación fin de año de 3.1 por ciento en 2015, nos colocan por arriba de la media de América Latina. El consenso para el promedio de la región en cuanto a crecimiento económico es 0.5 por ciento, mientras que la inflación se ubica en 14.6 por ciento. El peor país es Venezuela, que presenta un derrumbe espectacular a raíz del desplome del precio del petróleo: su actividad económica va disminuir -6.0 por ciento y su inflación alcanzará 109.9 por ciento.
Sin embargo, debemos reconocer que el caso de Venezuela es una aberración (“oulier”) para la región, que distorsiona la media y hacer ver bien a todos los demás. Pero si eliminamos a Venezuela de los cálculos, la media para el crecimiento de la región sube tan solo a 1.0 por ciento, mientras que la inflación baja a 7.2 por ciento. En otras palabras, aun sin considerar a Venezuela, las perspectivas para México son muy superiores al promedio del resto de los países.
Hay algunos países de América Latina que les va ir mucho mejor a nosotros. Por ejemplo, Panamá vuelve ser la estrella con crecimiento esperado de 6.3 por ciento y una tasa de inflación de tan solo 2.2 por ciento. Nicaragua y la República Dominicana crecerán 4.7 por ciento, mientras que Bolivia avanzará 4.5 por ciento. Sin embargo, son países muy pequeños que no pintan mucho en el promedio. En cambio, los países más grandes son los que menos van a crecer. Brasil, el monstruo de la región verá una disminución de -1.1 por ciento, Argentina (tercer lugar en cuanto a tamaño) tendrá una caída de -0.5 por ciento y Chile (que por muchos años fue el campeón) avanzará 2.8 por ciento. De los siete países más grandes, solo Colombia (3.4 por ciento) y Perú (3.7 por ciento) crecerán más que México.
Algunas personas han señalado que la inflación de México (3.1 por ciento) es la más elevada de los países de la OCDE. Sin embargo, si nos comparamos con los 18 países más importantes de nuestra región, solo cuatro terminarán este año con una tasa inferior a México. Los dos países con inflación más bajas (El Salvador y Panamá) utilizan el dólar como su moneda (y tendrán inflaciones de 1.4 y 2.2 por ciento, respectivamente), mientras que Perú (2.8 por ciento) y la República Dominicana (2.6 por ciento) terminarán el año ligeramente por debajo de México. En cambio, Argentina (21.2 por ciento o más), Brasil (7.9 por ciento) y Uruguay (7.6 por ciento) experimentan tasas mayores.
Si tomamos en cuenta lo complicado que se encuentra el entorno económico mundial, no nos deberíamos quejar. Parece ser que sólo Asia-Pacífico crecerá en promedio más que nosotros (4.7 por ciento).

Revisiones PIB

Cada mes se levantan encuestas entre los economistas que se dedican a proyectar el crecimiento económico (y otras variables) para medir lo que se llama el “consenso”. Una de las más conocidas es la que levanta el Banco de México entre los “especialistas” en economía del sector privado. Participan alrededor de 38 personas, de las cuales la gran mayoría trabajan en instituciones financieras y consultorías que se dedican profesionalmente a analizar la economía y sus perspectivas. Es la única encuesta con carácter de oficial, ya que lo levanta el banco central, pero también es la única que no divulga las proyecciones individuales de cada participante. Banamex levanta una encuesta quincenal entre alrededor de 26 instituciones financieras, mientras que Consensus Economics (Londres) y Latin Focus (Barcelona) mantienen encuestas mensuales con alrededor de 20 y 30 participantes, respectivamente, entre instituciones y consultorías. El IMEF levanta una encuesta similar con alrededor de 30 participantes, con la distinción de que las respuestas son a título personal. También podemos obtener proyecciones sistemáticas de organismos internacionales (como el FMI, la OCDE, CEPAL y el Banco Mundial) y de instituciones oficiales (como la SHCP y el propio Banxico), pero no se consideran como parte del consenso del mercado.

En todas las encuestas encontramos muchas similitudes. Parte de la razón es que la mayoría de los economistas participan en muchas de las encuestas (por ejemplo, yo participo en todas salvo la de Banamex, ya que es exclusiva para instituciones financieras). Sin embargo, en general no son tantos los analistas que se dedican profesionalmente al “arte” de las proyecciones, por lo que difícilmente pudiera existir una divergencia significativa entre las diversas encuestas. En la actualidad, casi todas las encuestas señalan un consenso alrededor de 3.0 por ciento para el crecimiento de 2015.

La gráfica que se presenta muestra los resultados de la Encuestas Mensual de Expectativas del IMEF. Sin embargo, les puedo asegurar que sería casi igual si hubiera utilizados los números de cualquiera de las encuestas mencionadas. Lo que podemos ver son las proyecciones de cada año de 2010 a la fecha desde 16 meses antes de conocer el dato oficial (preliminar) del crecimiento del PIB por parte del INEGI. Por lo tanto, podemos apreciar cómo se fue revisando el consenso a través del tiempo. De inmediato resalta las continuas revisiones a la baja para 2013 y 2014, junto con 2015 (aunque solo con 7 observaciones ya que faltan 9 antes de conocer el dato final). También podemos apreciar cómo en 2010 las revisiones siempre fueron al alza, mientras que en 2011 y 2012 no hubo revisiones tan drásticas.

Pero lo más importante que muestra la gráfica es que los puntos de partida para cualquiera de los seis años son muy similares, alrededor de 3.5 por ciento. Como nadie sabe cómo va evolucionar la economía en un año dado, siempre se empieza con un estimado de lo que sería el PIB potencial (o su tendencia de largo plazo). En la medida en que vamos obteniendo información dura, se va incorporando y vemos una convergencia hacia el dato final. Finalmente, podemos apreciar que a los tres o cuatro meses antes de que INEGI divulga la tasa final, ya tenemos una buena idea de qué va ser.

En otras palabras, no somos magos o adivinos. Empezamos con una aproximación a lo que la economía podría crecer en un año normal y vamos aproximando poco a poco a la tasa final en la medida que tenemos información de su propia evolución.

Todos sabemos que el desplome del precio del petróleo implica una merma importante en los ingresos del Sector Público. Para 2015 el problema no es tan grave, ya que existe una cobertura que compensará parte de la pérdida, más la toma de utilidades del Banco de México (que dicen que puede era alrededor de 80 mil millones de pesos) y una recaudación extraordinaria en el IEPS a la gasolina. Aun así y quizás más por razones precautorias, el gobierno federal anunció un recorte al gasto en el año. Sin embargo, al no ser que se recupere el precio el año entrante (algo no esperado), las finanzas públicas necesitarán un ajuste mayor para 2016. No habrá cobertura, mientras que ingresos extraordinarios de 2015 no serán recurrentes.

Esto significa que el gobierno tendrá que utilizar tijeras muy grandes para recortar el presupuesto de gastos de 2016. De proceder en forma “inercial”, como típicamente se elabora el presupuesto, el gobierno tendrá que anunciar un recortar generalizado y cada dependencia tendrá que ajustarse lo mejor que pueda. Al final, se podrá acomodar más gasto en algunos rubros a expensas de menos en otros, pero el ajuste podría ser traumático para muchos proyectos y dependencias. Ante esta problemática, el gobierno ha anunciado que elaborará un presupuesto de “base cero”, es decir, de estudiar a fondo cada rubro y cuestionar la importancia que cada peso gastado. Ya no se tratará de agregar o quitar aquí y allá, sino empezar de cero para construir un presupuesto más eficiente.

No es la primera vez que un gobierno ha anunciado la intención de elaborar el presupuesto desde cero. Sin embargo, no queda muy claro que tan exitoso ha sido en el pasado. La idea es excelente, sin embargo, la logística es sumamente complicado. Ante la dificultad, el gobierno ha solicitado la asesoría de la OCDE, pero tampoco queda claro que tenga la experiencia y conocimiento suficiente. El problema principal es que el presupuesto se tiene que elaborar en aproximadamente seis meses, que se antoja muy poco tiempo para cuestionar absolutamente todos los aspectos del gasto público.

Todos sabemos que el gasto público es sumamente ineficiente y que ante menos cantidad, la solución es mayor calidad. Podemos apreciar el tamaño del problema al contrastar las cifras de gasto que reporta la SHCP con las cuentas nacionales que elabora el INEGI. Mientras que la SHCP simplemente contabiliza su flujo de efectivo, el INEGI tiene que medir el “valor agregado” del gasto para ver que tanto va contribuir al PIB. Por ejemplo, la SHCP reporta como gasto los recursos destinados a programas como Prospera, mientras que el INEGI lo considera una trasferencia de un lugar a otro sin valor agregado. Si el gobierno le quita recursos a un hogar para dárselos a otro, no hay una generación de valor.

La ineficiencia del gasto público quedó claro en las cifras reportadas para 2014. La SHCP reportó que ejercicio 8.4 por ciento más en su gasto programable el año pasado respecto al anterior. Sin embargo, si sumamos el consumo de gobierno más la inversión pública de las cuentas nacionales, resulta que es -0.3 por ciento menor. En principio, sabemos que el consumo de gobierno (gasto corriente) no aporta mucho al crecimiento económico, mientras que la inversión pública debe ser mucho más productivo. Aquí la SHCP estuvo reportando todo el año que su gasto de capital físico (inversión) estaba aumentando todos los meses a tasas anuales superiores 20 por ciento y en ocasiones hasta de más de 30 por ciento. Sin embargo, al examinar las cuentas nacionales de 2014, encontramos que la inversión pública fue el único componente del PIB por el lado del gasto que terminó el año con una contribución negativa; sufrió una caída real de -7.5 por ciento. Pero no es solamente este año; la inversión pública ha disminuido cinco años consecutivos.

¿Qué nos dicen estas cifras? El gasto público es mucho más ineficiente de lo que creíamos y no necesitábamos un desplome en los precios del petróleo para justificar la elaboración de un presupuesto de base cero. Este ejercicio era necesario desde antes. Peor aún, si consideramos que el único propósito de la Reforma Hacendaria era recaudar más, quitando recursos escasos a los hogares y a las empresas, para ejercer un gasto de nulo impacto en el PIB.

El INEGI empezó a divulgar indicadores cíclicos en el año 2000, cuando introdujo el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA). Se basó en la metodología que hoy se conoce como la escuela clásica, desarrollada originalmente por Wesley Mitchell y Arthur Burns y después seguido por Geoffrey Moore. Como la mayor parte de sus investigaciones fueron llevados a cabo en el seno del Buró Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos, también se conoce como la metodología del NBER. En su página de internet (www.nber.org/cycles) se puede consultar las fechas de las recesiones de su país a partir de diciembre de 1854 a la fecha. En México, el INEGI presenta información similar, pero solo a partir de enero de 1980.

El SICCA consiste en un índice compuesto de varios indicadores coincidentes para marcar el ciclo económico y otro compuesto de indicadores adelantados para anticipar los puntos de giro, que marcan las fechas cuando empieza y termina una recesión. Ambos indicadores son útiles, no solo para señalar periodos de recesión, recuperación y expansión en nuestro país, sino también para realizar comparaciones con Estados Unidos, que en muchas instancias determina nuestro ciclo. Sin embargo, hacia fines de 2010, el INEGI decide cambiar de metodología, para adoptar la escuela de crecimiento desarrollada principalmente por la OCDE en Europa. Nombrada Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), consiste igualmente en dos indicadores compuestos, coincidente y adelantado, pero que visualiza los ciclos de forma diferente. Mientras que el SICCA utiliza las definiciones clásicas de recesión y expansión, el SIC concibe un patrón de ciclos aun en periodos de crecimiento. Una recesión clásica se define a partir de un periodo extendido (de por lo menos seis meses) de contracción en la actividad económica, pero la escuela de crecimiento define periodos “recesivos” (de crecimiento decreciente por debajo de la tendencia de largo plazo) aun en el caso de una economía con crecimiento positivo. Por ejemplo, China está en una “recesión de crecimiento” al crecer tan solo 7 por ciento, por debajo de su tendencia de largo plazo.

El INEGI cometió varios errores al sustituir el SICCA por el SIC. Primero, no explicó bien al público que se trataba de dos escuelas diferentes, con metodologías distintas, que podrían llegar a conclusiones contradictorias. Segundo, decidió utilizar las mismas etiquetas de recesión, recuperación y expansión para definir etapas que no son las recesiones, recuperaciones y expansiones clásicas. En su momento, advertimos que esto podría llevar a confusiones tremendas en el momento en que la economía estuviera cerca de una recesión. Podría darse el caso, por ejemplo, que el SIC anunciara que estamos en recesión y el SICCA que no. El tercer error fue que el INEGI utilizó indicadores compuestos distintos para el SICCA y el SIC, por lo que todavía era más difícil su comprensión.

En 2013 pasó justamente lo que se había advertido. La actividad económica entró en una etapa de estancamiento, que no llegó a clasificarse como recesión según la escuela clásica, pero sí bajo el esquema del SIC. En su momento hubo grandes confusiones y debates innecesarios, provocados por el mal uso de la etiqueta “recesión”. Primero tuvo que salir la SHCP a desmentir los datos del INEGI y después el propio INEGI tuvo que expandir su boletín de prensa como por diez páginas más para tratar de aclarar los dos enfoques. Finalmente, pasó lo que tuvo que pasar: el INEGI anunció que va a cambiar los nombres de las fases que describen las fluctuaciones del ciclo en torno a su tendencia a largo plazo.

De ahora en adelante, el INEGI no llamara “recesión” a la serie coincidente cuando éste se sitúa por debajo de la tendencia y decreciendo, sino simplemente dirá que “está debajo de la tendencia y decreciendo”, aunque conservará el color rojo para ilustrar su ubicación en el “reloj de los ciclos” en su portal. De la misma forma, dejará de utilizar las palabras “recuperación” y “expansión”. En su lugar, simplemente dirá que está por arriba o por debajo de la tendencia y si está creciendo o decreciendo.

El INEGI aprovechó la ocasión para actualiza los indicadores que utiliza para construir los índices compuestos del SIC. Por ejemplo, para el coincidente sustituye el indicador agregado mensual por el IGAE y en el adelantado utilizará ahora el tipo de cambio bilateral en vez del multilateral. Ahora lo único que hace falta es usar estos mismos indicadores para actualizar el SICCA y así asegurar compatibilidad con el SIC.

El Crecimiento de 2014

Febrero 24th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Arena Publica - (0 Comments)

El INEGI anunció que el crecimiento económico de 2014 fue 2.1 por ciento, el número esperado por todos. En esta ocasión ya no hubo sorpresas, pues era muy difícil que el mes que faltara para completar el año fuera lo suficientemente malo para que las matemáticas dieran una tasa menor, o bien, que sorprendiera mucho al alza para alcanzar 2.2 por ciento. Lo único que hubiera podido haber sucedido es que el INEGI incorporara información nueva en los periodos anteriores (previamente reportados), de tal manera en que las tasas de los primeros tres trimestres resultaran diferentes. Sin embargo, no fue el caso ya que las cifras anteriores sufrieron solo modificaciones marginales.

Así terminamos el año creciendo 0.3, 1.0, 0.5 y 0.7 por ciento, respectivamente, para cada uno de los cuatro trimestres del año. Crecimos más que Estados Unidos en el primer y último trimestre del año y menos en el segundo y tercero, pero en el año en su conjunto nuestras vecinos terminaron con una tasa (2.4 por ciento) mejor que nosotros. Estados Unidos empezó el año muy mal con una caída de -2.1 por ciento en el primer trimestre, a raíz de condiciones climatológicas adversas. Sin embargo, se repuso su economía y terminaron relativamente bien. Su desempeño favorable ayudo a impulsar nuestras exportaciones no petroleras, que de nuevo terminaron el año como nuestro principal motor de crecimiento.

De nuevo, fue un año mediocre que no solo desilusionó a la población en general, sino que puso en evidencia la dificultad de anticipar el rumbo de la economía. Ya nos pasó en 2013, cuando el consenso para el crecimiento a principios de año era alrededor de 3.5 por ciento y solo logramos crecer 1.4 por ciento. Para 2014 habíamos pensado que el crecimiento podría estar cerca de cuatro por ciento, cuando la realidad nos dijo que no, solamente 2.1 por ciento. Por segundo año consecutivo, la tasa de crecimiento resultó ser alrededor de dos puntos porcentuales menores a lo previsto, un margen demasiado amplio.

A la institución que más le ha llovido es la SHCP. Pero para ser justo, le fallamos todos. Si consultamos la Encuestas de Expectativas de Banamex de hace exactamente un año, el consenso (la mediana de 24 instituciones financieras) señalaba 3.4 por ciento de crecimiento para 2014. La expectativa más optimista era de HSBC (4.1 por ciento), mientras que la más pesimista fue Vector (2.3 por ciento). Pero aunque Vector se veo muy pesimista en ese momento, aun así quedó por arriba. Peor aún, solo dos instituciones más (Invex y Signum) anticipaban crecimiento menor a 3.0 por ciento (2.9 y 2.8 por ciento, respectivamente). Podemos consultar otras encuestas y encontramos resultados similares. Incluso, las instituciones internacionales como la OCDE, Banco Mundial y FMI fallaron igual.

Si nadie le atinó, ¿por qué le reclamamos más a la SHCP? La respuesta es simple: es juez y parte. No solo participa en este juego de los pronósticos, sino que mediante su política económica influye en el resultado. Es el ente encargado de promover una política contra cíclica, es decir, bajar los impuestos cuando la economía está estancada e incrementar la inversión pública. Sin embargo, impulsó una reforma fiscal con aumentos de impuestos y su gasto público tuvo muy poco impacto en el PIB. En adición a las decisiones de finanzas públicas, fue la SHCP quien impulsó las famosas reformas estructurales y prometió al país que ahora si era el momento de México.

¿Por qué pensábamos que íbamos a crecer más? Anticipábamos que muchos de los factores que contribuyeron a la desaceleración del 2013 se iban a revertir. Aunque así pasó con la industria de la construcción y a las exportaciones no petroleras, algo pasó con el gasto público. La SHCP nos iba informando que estaba gastando cada vez más y más, pero las cuentas nacionales indicaban lo contrario. Aunque fue mucho más notorio con la inversión pública, el gasto corriente que realizaba la SHCP no tuvo impacto en el PIB en 2014. No conoceremos los componentes por el lado de la demanda (consumo privado, inversión y gasto público) hasta dentro de un mes, pero todo parece señalar que la inversión pública y el gasto público (gasto corriente) serán los únicos con tasa negativa, o si no, con las tasas más bajas.

También esperábamos una recuperación más robusta en la inversión privada. El gobierno vendió muy bien la idea de que las famosas reformas estructurales atraerían mucha inversión, tanto extranjera como interna. Sin embargo, no fue así. La confianza que pudieron haber generado fue nulificada por los escándalos políticos, por la continua violencia y la rampante corrupción. Al final, la inversión privada creció, pero no lo suficiente como para considerarse motor de crecimiento.

El otro factor fue el consumo de los hogares. Aunque sabíamos que la reforma fiscal tendría un impacto negativo en el consumo privado, no estábamos tan al tanto del desgaste del ingreso familiar que se venía gestando desde 2010. ¿Por qué? Principalmente por falta de datos. El INEGI no calcula el PIB por el lado de los ingresos, por lo que no produce indicadores relevantes de ingresos familiares. Sin embargo, viendo los salarios promedio de cotización del IMSS y los microdatos de la ENOE del INEGI empezamos a intuir (aunque ya muy tarde) que las familias no tenían el poder adquisitivo necesario para contribuir más al crecimiento económico.

Todas las proyecciones para 2015 anticipan una mejoría en relación al 2014. La expectativa más pesimista (de nuevo de Vector) es de 2.3 por ciento, superior al crecimiento del año pasado. Aunque hemos visto una revisión a la baja, el consenso de ahora es 3.1 por ciento, que representa un punto porcentual completo por encima del 2.1 por ciento de 2014. El Banco de México estableció un rango de 2.5 a 3.5 por ciento, mientras que la SHCP sostiene su rango (que ahora se ve exageradamente optimista) de 3.2 a 4.2 por ciento. Pero después de dos años de mucha desilusión, ¿por qué insistimos que sí vamos a crecer más? En especial, ante un entorno muy complicado caracterizado por la baja en el precio del petróleo, recortes en el presupuesto público y tensiones geopolíticos en todo el mundo.

No olvidemos las elecciones de medio sexenio. Es casi un hecho de que ahora vamos a empezar a sentir ese gasto público. Pero sabemos que será temporal. ¿Qué pasará en la segunda mitad del año? ¿Será suficiente el impulso inicial para motivar al resto de la economía, o se apagara de nuevo? El impacto del gasto público y en especial de la inversión pública serán claves para estimular la economía. El problema es que los recortes vienen más por el lado de la inversión, por lo que el balance final no queda claro.

Pero la incógnita más grande radica en el consumo de los hogares. En el corto plazo, no parece que pudiera cambiar la tendencia, más que mediante creación de empleos derivados de la inversión privada. Pero las últimas estadísticas señalan que los nuevos empleos son de baja remuneración, con poco impacto macroeconómico. La confianza del consumidor no cambia. La tasa de desempleo urbano no disminuye. Obviamente vamos estar muy atentos a los primeros indicadores de este trimestre, pero si no empieza a levantar más la actividad económica, podemos desde ahora pronosticar revisiones continuas a la baja en las expectativas de crecimiento para el año.

El Ajuste al Gasto

Febrero 11th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Arena Publica - (0 Comments)

En general, el anuncio del recorte al gasto público fue bienvenido. Fue una medida precautoria ante mucha incertidumbre en torno al presupuesto de 2015, que refleja madurez y visión. Fue una opción mucho mejor a la de acudir a un mayor endeudamiento o simplemente hacer nada. Sin embargo, aun así recibió críticas, quizás porque así es la naturaleza humana. Algunos lo vieron muy tibio, mientras que otros demasiado severo. Hubo quienes cuestionaron los recortes en la inversión pública, en vez de concentrar mucho más el esfuerzo en el gasto corriente que tiene fama de ser ineficiente e improductivo. Hay quién piensa que tendrá un efecto negativo inmenso en el crecimiento económico, mientras que los analistas más experimentados anticipan un impacto más acotado.
Mucho del debate se concentra en las finanzas públicas, tal como lo reporta la SHCP, versus la contabilidad implícita en las Cuentas Nacionales. La correlación entre ambas medidas del gasto público siempre ha sido relativamente baja, pero en los últimos dos años ha disminuido aún más hasta el grado de aparecer cerca de cero o incluso hasta ligeramente negativa. Esto significa que un aumento (o disminución) en el gasto público presupuestal no se traduce necesariamente en un incremento (o caída) proporcional en el gasto público que comprende el PIB y que forma parte de las cuentas nacionales.
Son muchas razones las que explican esta aparente disociación, siendo la mayoría cuestiones relacionadas a la contabilidad de ambas cuentas. De entrada, las finanzas públicas de la SHCP comprende el gobierno federal y las entidades públicas bajo control presupuestal (directa o indirectamente), mientras que las cuentas nacionales abarcan todas las instancias de gobierno, tanto federal como estatal y local. Esto significa que los ingresos propios de los estados y municipios, que en muchas instancias van a financiar gasto local, no están en el radar contable de la SHCP. También implica que si la SHCP transfiere recursos a una entidad federativa, que a su vez los utiliza para liquidar una deuda, se registra como gasto desde la óptica federal, pero no para el gobierno local.
La siguiente radica en la forma en que la SHCP contabiliza su gasto, que es básicamente mediante un esquema de flujos, sin importar sus implicaciones. La SHCP reporta como “gasto” una transferencia de recursos de su tesorería de una cuenta a otra, mientras que el INEGI lo maneja simplemente como transferencia. Por ejemplo, si la SHCP transfiere recursos de su propia cuenta al Ramo 33 (recursos de libre uso por parte de los estados), anota un incremento en su gasto. En cambio, en las cuentas nacionales no se registra operación alguna, ya que es dinero que todavía no se ha gastado. El INEGI lo registrará como gasto primero en el momento en que realmente se gasta y segundo, dependiendo del uso final del “gasto”.
Las cuentas nacionales miden el PIB mediante un concepto que conocemos como “valor agregado”. Para tales efectos, miden la producción total y el consumo intermedio; el valor agregado resulta de la diferencia entre ambas medidas. El tratamiento de transferencias en las cuentas nacionales es ajeno a un gasto que genere valor agregado, ya que es simplemente el cambio de una bolsa a otra. Por ejemplo, un limpiavidrios de la esquina no se considera empleado o desempleado, sino parte de la población económicamente inactiva, es decir, una persona que no tiene empleo y que no le interesa tenerlo. Vive de realizar un acto no requerido en cambio por una limosna, por lo que no genera valor agregado ni contribuye al PIB.
En principio, una cantidad importante del “gasto” público (medido por las finanzas públicas de la SHCP) son transferencias. Si el gobierno federal transfiere recursos a las familias en un programa social como Progresa u Oportunidades, no genera valor agregado, es decir, no realiza un “gasto” sino simplemente transfiere recursos de un lado a otro. La reforma fiscal recién implementada fue un esfuerzo por incrementar la recaudación para financiar más programas sociales de nulo impacto en el valor agregado, por lo que se registró un incremento significativo en el “gasto” público de la SHCP, pero no en el gasto público de las cuentas nacionales.
Las diferencias se hacen todavía más aparentes al considerar la inversión pública. Las definiciones de “inversión” que maneja el INEGI provienen de precisiones establecidas en el Manual del Sistema de Cuentas Nacionales del FMI, avaladas por instituciones internacionales como la Organización de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, la OCDE y demás. En cambio, la SHCP clasifica bajo su propio catálogo de cuentas lo que considera inversión, gasto corriente y transferencias. La SHCP podrá clasificar como inversión un anteproyecto para la construcción de un aeropuerto, mientras que el INEGI esperará a contar la cantidad de ladrillos, cemento y varilla.
El pensar que un recorte de 0.7 por ciento del PIB del gasto público presupuestal equivale a un recorte de la misma magnitud en el gasto público de las cuentas nacionales no solo es ingenuo, sino muestra de no entender los principios básicos de contabilidad nacional.

Los datos oficiales del INEGI del Sistema de Indicadores Cíclicos sirven para determinar en qué fase del ciclo económico nos encontremos, ya sea expansión, desaceleración, recesión o recuperación. La nota metodológica que aparece cada mes en su boletín de prensa dice claramente que para determinar si estamos en recesión o no, es necesario primero contar con por lo menos 21 meses entre el pico actual y el pico anterior (para asegurar que estemos en un ciclo distinto al anterior) y que existe por lo menos 9 meses de desaceleración desde el último pico. En cuando a estos criterios, existe más de cuatro años entre el pico actual y el anterior, mientras que llevamos 21 meses de desaceleración. Por lo mismo, según los datos y definición oficial del INEGI, la economía mexicana se encuentra actualmente en una recesión.

Este hecho ha causado algo de controversia, ya que varios funcionarios de primer nivel han desconocido el hecho. Parte es que para muchos la definición de una recesión es que existan por lo menos dos trimestres consecutivos de caída en el PIB. Sin embargo, este no es realmente su definición sino solamente una regla de aproximación. Está documentado que lo de los dos trimestres fue una idea al vapor del economista Arthur Okun cuando éste estaba al frente del Consejo Económico del Presidente Lyndon Johnson de Estados Unidos en 1967. En plena campaña electoral, existía preocupación por la percepción del público de que existiera una recesión. Okun introdujo la idea como una fórmula sencilla para convencer a la gente de que no estaban técnicamente en recesión. Fue una decisión arbitraria, sin fundamento teórico, que nació como una idea interesante en una campaña política para ayudar a que Johnson ganara las elecciones.

La definición exacta de una recesión fue establecida en la década de los 20 del siglo pasado por los economistas Wesley Mitchell y Arthur Burns, en el seno del Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos. Esta institución es una organización académica privada no lucrativa y sin afiliación partidista, que se dedica a promover un mejor entendimiento sobre el funcionamiento de la economía. La definición original y correcta es de una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto y abarca también al estado del empleo (se puede consultar en www.nber.org/cycles/). No se usa directamente al PIB para su determinación (ya que es de frecuencia trimestral), sino específicamente al ingreso real, el empleo, la producción real y las ventas al menudeo (todos indicadores mensuales).

Investigaciones posteriores en el NBER, conducidas principalmente por el economista Geoffrey Moore (fundador del Instituto de Investigación de Ciclos Económicos, ECRI), encontraron que la mejor forma de reproducir los ciclos económicos y así aproximar las fechas de comienzo y fin de las recesiones era mediante la construcción de índices compuestos de indicadores coincidentes, que consistían justamente de los indicadores antes señalados. El NBER decidió establecer en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles de la actividad económica. Aunque el Comité ha señalado que no utiliza una fórmula específica para determinar los tiempos, el índice compuesto de indicadores coincidentes replica de manera fiel todas las fechas reportadas por el NBER.

En el año 2000 el INEGI desarrolló por primera vez el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA) con base en la metodología clásica del NBER. Con estos indicadores se pudo determinar de manera exacta el comienzo y fin de las seis recesiones que tuvimos hasta 2010. No obstante, en noviembre de 2010 el INEGI decidió cambiar de metodología y adoptar la escuela de los ciclos de crecimiento, empujado sobre todo por la OCDE. Así nació el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), que se utiliza de manera oficial para determinar los ciclos económicos y las fechas de comienzo y fin de las recesiones.

El índice compuesto coincidente que utiliza el INEGI en el SIC, consiste de seis indicadores, que tienen la propiedad esencial de replicar (coincidir) el ciclo económico. Estos son: la actividad económica (básicamente el IGAE), la actividad industrial, las ventas al por menor de establecimientos comerciales, el número de asegurados permanentes registrados en el IMSS, la tasa de desocupación (desempleo) abierto urbano y las importaciones totales.

La metodología de la OCDE consiste en desagregar el índice compuesto coincidente en sus componentes estadísticos, típicos de cualquier serie de tiempo: el patrón estacional, la tendencia-cíclico, la tendencia de largo plazo y el elemento aleatorio (conocido como ruido blanco). Lo primero que se hace es igual la tendencia de largo plazo a 100 a lo largo del tiempo y después ver el comportamiento de la tendencia-cíclico respecto a la tendencia de largo plazo. Si el indicador se ubica por encima de 100 y creciendo se dice que se ubica en su fase de “expansión”. Si se ubica por encima pero disminuyendo se encuentra en la etapa de “desaceleración”. Si el indicador cae por debajo de la línea de 100 y sigue disminuyendo, está en “recesión”, mientras que si empieza a crecer de nuevo entra en la fase de “recuperación” hasta que vuelva a cruzar la línea de 100. En otras palabras, las fases se determinan en función de que si el indicador crece o disminuye y su ubicación respecto a su tendencia de largo plazo.

Los últimos datos disponibles señalan a tres de los indicadores del índice compuesto en fase de recesión (ventas, asegurados y desempleo), mientras que los otros tres se sitúan en recuperación. Salvo los indicadores laborales, que todavía muestran mucha debilidad, los otros indicadores parecen mostrar señales de mejoría. Esto significa que esta recesión, que es poco profundo en comparación a cualquier otra recesión de la economía mexicana, está a punto de terminar y convertirse ya en recuperación.

Afortunadamente, el INEGI es hoy en día una institución autónoma, que se dedica a divulgar indicadores bien hechos y confiables aun cuando no señalan lo que quieren las autoridades. Queda claro que en otras épocas, las autoridades no hubieran permitido al INEGI publicar cifras que contradicen en forma tajante las declaraciones de los funcionarios. Ahora nos divertimos ver como los funcionarios tratan de desacreditar el trabajo del INEGI, negar públicamente lo que dicen las cifras y menospreciar su trabajo.

Hace dos semanas, abordamos el tema de la recesión para explicar que no se determina mediante dos trimestres consecutivos de caída en el PIB (es más bien una regla de aproximación) y que existen dos escuelas al respecto: la clásica, desarrollada por el NBER en Estados Unidos hace como 90 años y la de crecimiento, impulsada principalmente por la OCDE. Originalmente, el INEGI utilizaba el enfoque clásico (que se encuentra bajo SICCA en su Banco de Datos, BIE). Sin embargo, en 2010 introdujo el SIC, cuyo enfoque son los ciclos de crecimiento. En principio ambos se complementan, ya que se enfocan en aspectos distintos; mientras que la clásica busca periodos extendidos de una caída generalizada y significativa de la actividad económica para decir que existe una recesión, la otra escuela define una “recesión de crecimiento” en función de las desviaciones respecto a la tendencia de largo plazo de la economía.

Si examinamos en forma detenida los datos del SIC y del SICCA del INEGI, queda claro que la economía está en una “recesión de crecimiento”, más no en una recesión clásica. El problema que yo vi desde que el INEGI introdujo el SIC, fue que se utilizan las mismas etiquetas de “recesión”, “recuperación” y “expansión” para ambos enfoques a pesar de que no son conceptos iguales. Me acuerdo muy bien argumentar en el INEGI en su momento que esto iba crear muchísima confusión cuando estuviéramos cerca de una recesión. Pues dicho y hecho.

La existencia de una recesión es algo no deseable y embarazoso para los funcionarios, por lo que existe o no, lo niegan. En Estados Unidos resolvieron la controversia recurrente al establecer en el pleno del NBER un Comité de Fechas de los Ciclos Económicos, que se encarga de determinar y anunciar los picos y valles de la actividad económica. El público en general y los académicos en particular reconocen a este Comité como el árbitro oficial (pueden visitar los resultados en www.nber.org). Dado que en México no existe algo similar, cada vez que nos aproximamos a una recesión se arma el debate y aumenta la confusión. Peor ahora desde que el INEGI introdujo el SIC.

A través de las últimas décadas se ha discutido la posibilidad de tener un Comité similar en México, sin que nadie se haya aventado a tratar de organizarlo. Pero, ¿qué pasaría si lo tuviéramos? Déjame imaginar que fuera miembro de dicho Comité y que tuviéramos que tomar una resolución. Lo primero sería enfocarnos en la escuela clásica, ya que no se trata de determinar si estamos en una “recesión de crecimiento”, sino en un periodo extendido y significativo de una caída generalizada de la actividad económica. Lo segundo, sería enfatizar que la decisión final no se puede tomar antes de que tengamos todas las cifras finales, es decir, ya sin posibilidad de revisar. Esto en Estados Unidos significa que anuncian las fechas, en promedio, alrededor de 12 a 15 meses después de haber concluido el ciclo. La determinación de las fechas no se hace en forma precipitada, ni en atención a las demandas del público. Es más bien un ejercicio académico.

En seguida vendría ya la examinación a fondo de las cifras. El índice compuesto de indicadores coincidentes (del SICCA y no del SIC) establece un pico en noviembre de 2012, pero realmente sin definir una caída significativa ni extendida. En los siguientes 15 meses, marca una disminución en solo seis ocasiones y solamente en una ocasión se presenta caídas en dos meses consecutivos. Al analizar los indicadores coincidentes por separado, prácticamente todos indican lo mismo: no hay caídas significativas, ni extendidas y menos generalizados. Algún que otro presenta síntomas más graves, pero no con la fortaleza necesaria para establecer la existencia de una recesión. Por lo mismo, mi voto tendrá que ser no hemos entrado en recesión en algún momento dado en los últimos dos años.

Aquí proceden unas recomendaciones al INEGI y a los funcionarios. En primer lugar, el INEGI necesita aclarar y explicar mucho (pero mucho) mejor la diferencia entre una recesión clásica y una recesión de crecimiento. El gobierno debe poner atención a la explicación y no descartar las conclusiones del INEGI simplemente porque no le conviene. Al enfrentar la pregunta de que si estamos en recesión o no, el funcionario debería admitir que estamos en una recesión de crecimiento, que significa que estamos en un bache por debajo de nuestro potencial (que sería la tendencia de largo plazo), pero que no hemos caído en lo que es una recesión clásica, es decir, una caída significativa, extendida y generalizada de la actividad económica.