Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Sorprendió el INEGI el pasado 31 de enero cuando reveló su estimado oportuno del PIB para 2016 de 2.3 por ciento. Por ejemplo, el consenso de la Encuesta Mensual de Expectativas del IMEF de 30 economistas estaba en 2.0 por ciento en enero y sólo cuatro (los más optimistas) anticipaban 2.2 por ciento. El más pesimista esperaba 1.7 por ciento. La Encuesta Quincenal de Expectativas de Citibanamex de 20 de enero mostraba un consenso de 2.1 por ciento, igual con cuatro instituciones financieras optimistas que anticipaban 2.2 por ciento y una que esperaba tan solo 1.7 por ciento. Bancomer, por ejemplo, pensaba que el crecimiento sería 1.8 por ciento. Incluso, en la última encuesta del 21 de febrero, todavía 9 de 22 instituciones financieras esperaban que la tasa sería menor al estimado de 2.3 por ciento (cinco anticipaban 2.1 por ciento).

Sin embargo, cuando el INEGI reportó ya el cálculo tradicional el pasado 22 de febrero confirmó que el crecimiento de 2016 fue 2.3 por ciento. No hubo revisiones significativas para los crecimientos reportados en los primeros tres trimestres (que suele suceder), sino simplemente fue porque el cuarto trimestre cerró mucho mejor que lo esperado. Aunque el crecimiento de 0.7 por ciento no fue tan bueno como el 1.1 por ciento del tercero, las cifras mensuales del IGAE sugieren que los tres últimos meses del año tuvieron mejor promedio. Aunque no tendremos el desglose del PIB por el lado del gasto para el último trimestre hasta el 21 de marzo, podemos aventurar que el consumo de los hogares se mantuvo, mientras que hubo una mejoría en el desempeño de las exportaciones.

La mejoría en las exportaciones en el cuarto trimestre fue fundamentalmente mediante las no petroleras. En los primeros tres trimestres del año, tuvimos un déficit acumulado en el balance de exportaciones no petroleras de 3,474 millones de dólares (md), un promedio de 1,158 por trimestre. Sin embargo, en el cuarto trimestre hubo un superávit de 3,162 md, resultado de una mejoría de 5,335 md en las exportaciones. Esta mejoría no esperada ayudó a que el déficit de la cuenta corriente cerrara el año en 27,858 md, casi 5 mmd por debajo del consenso. Si este resultado lo combinamos con el hecho de que el PIB nominal creció también mucho más que lo anticipado (8.7 por ciento), resulta que el déficit cerró el año en 2.7 por ciento del PIB, bastante mejor a lo esperado (entre 3.0 y 3.1 por ciento del PIB).

Esta mejoría de último momento es importante, ya que las exportaciones no petroleras han sido el motor principal de crecimiento del país de los últimos veinte años. El tipo de cambio se ajustó alrededor de 60 por ciento en cuestión de dos años, sin que las exportaciones pudieran crecer en forma importante. En otras épocas en que hemos visto un ajuste cambiario de tal magnitud (incluso hasta menos), hemos visto un auge en las exportaciones. Aparentemente estamos viendo el principio de la recuperación, que pudiera ser el factor que nos salve de una recesión. No obstante, habría que estar atentos al desenvolvimiento de la economía en este primer trimestre, ya que indicadores oportunos como el Indicador IMEF apuntan hacia una desaceleración significativa. Hoy, miércoles, sale los datos de febrero; en especial, hay que observar los subíndices de nuevos pedidos, que mostraron caídas tanto en el Manufacturero como el No Manufacturero en enero.

Hubo algo curioso en cuanto el 2.3 por ciento del PIB del año pasado. Dado que 2016 fue año bisiesto hubo un día adicional, que aportó valor agregado al PIB. La diferencia fue 0.248 por ciento, es decir, sin el día extra el PIB hubiera crecido tan solo 2.05 por ciento. Para muchos, fue una diferencia muy grande que no se explica. Sin embargo, uno entre 365 días del año equivale a 0.27 por ciento, o bien, uno entre 260 días hábiles es igual a 0.38 por ciento. Con esto podemos concluir que fue un día gratis que aportó al crecimiento en el año, pero no fue tan productivo, ya que estuvo por debajo del promedio diario. Queda claro que las autoridades no van hablar del crecimiento del PIB corregido por los efectos de calendario, ya que no conviene referirse a una tasa menor. Sin embargo, el año entrante el crecimiento del PIB será menor ya que estamos contemplando un día menos. Ya verán que entonces sí estarán hablando de la importancia de la tasa corregida.

La teoría cuantitativa del dinero parte de una identidad, que relaciona el valor de las transacciones en la economía con la cantidad de dinero que circula. Aunque la formulación original se le atribuye a Jean Bodin en el siglo dieciséis, muchos economistas como Hume, Fisher, Marshall, Pigou, Von Mises, Keynes y Friedman, contribuyeron a su elaboración, que básicamente establece la relación entre la oferta y la demanda de dinero. Su formulación es relativamente simple: MV=PQ, dónde M es la cantidad nominal de dinero en circulación, V es la velocidad de circulación, P es el nivel de precios y Q es el número de transacciones en la economía, o bien, el nivel de producción.
En un principio, V se consideraba constante, de tal forma que la cantidad de dinero en circulación tenía que crecer proporcionalmente al nivel de producción, ya que de lo contrario aumentaría el nivel de precios, es decir, se produciría inflación. Posteriormente, se interpretó a V como la inversa de la demanda de dinero, de tal forma que depende del ingreso, el nivel de riqueza y las tasas de interés. No obstante, se supone que esta función es estable a largo plazo, por lo que de todos modos cualquier incremento desproporcionado en la circulación de dinero produciría más inflación.
El nivel de producción (Q) es un concepto similar al PIB real que si lo multiplicamos por P, obtenemos el PIB nominal. Ante una demanda de dinero estable, esto significa que la tasa de crecimiento de los billetes y moneda en circulación debería ser similar al crecimiento del PIB nominal. El INEGI reportó hace poco que el PIB nominal creció 5.8 por ciento en 2014, por lo que esperaríamos que la oferta monetaria estaría creciendo a un ritmo más o menos similar. El problema es que el Banco de México nos dice que la base monetaria (billetes y monedas) creció a un ritmo anual de 19.0 por ciento, es decir, más de tres veces el crecimiento del PIB nominal.
Si la demanda de dinero fuera estable, estaríamos ante una bomba inflacionaria. Sin embargo, la tasa anual se ubica por ahora en 3.0 por ciento, que es exactamente el objetivo puntual del Banco de México, mientras que las expectativas de las autoridades monetarias son que termine el año ligeramente por debajo de ese nivel. Esto significa que no tenemos una demanda estable, sino más bien creciente. La gran pregunta es ¿por qué?
Hay varias hipótesis al respecto y como suele suceder, lo más seguro es que la respuesta es una combinación de todas ellas. La primera es la tasa de interés tan baja, lo que desincentiva el ahorro y aumenta la demanda por dinero. No obstante, si fuera así deberíamos observar mayor consumo, que realmente no es el caso. La segunda es un mayor crecimiento de la economía informal, que típicamente se maneja con dinero en efectivo. Sin embargo, los datos del INEGI y del IMSS sugieren más bien lo contrario. La tercera es que se haya expandido mucho más la economía ilegal (léase narcotráfico), pero no hay mucha evidencia que soporte un crecimiento tan elevado. La cuarta es que ya estamos viendo el gasto electoral, que típicamente maneja más efectivo. No obstante, el crecimiento de la base monetaria ha sido elevado desde el año pasado, por lo que no es fenómeno de los últimos meses.
Finalmente, hay una quinta hipótesis, que parece ser la más probable. Las reformas fiscal y financiera del año pasado, en combinación con otras medidas instrumentadas por las autoridades fiscales para reducir el lavado de dinero han llevado a una mayor fiscalización de todas las transacciones cotidianas que se realizan en la economía. Esto ha llevado a que mucha gente y empresas estén evitando utilizar el sistema bancario y demás formas que alertan a las autoridades de sus transacciones. Por ejemplo, se dice que el SAT ahora sabe cuándo viajó, a dónde, cuánto gasto y hasta qué compró. Para mucha gente, ésta intromisión de las autoridades en la vida privada no solamente es intimidante, sino incluso un abuso. La consecuencia es que la gente prefiere cada vez más manejarse en efectivo y así evitar el uso de las tarjetas de crédito, los pagos vía el sistema bancario y demás transacciones fiscalizables, lo que ha llevado a un incremento significativo en la demanda de dinero.
De ser cierto, significa que podemos agregar otro factor a la larga lista de puntos negativos de la reforma hacendaria. En sus intentos de reducir el lavado de dinero, de fiscalizar más a la gente y de reducir las oportunidades de evadir impuestos, la SHCP ha logrado exactamente lo contrario. En otras palabras, otra política fiscal que no ha funcionado bien.

El Banco de México anunció que en la semana que terminó el 30 de mayo, la base monetaria aumentó 14.1 por ciento respecto a la misma fecha del año pasado. Aunque el comunicado dice que se estima que su comportamiento sea congruente con el patrón estacional de la demanda por base monetaria, llama la atención que el crecimiento sea significativamente superior al crecimiento del PIB nominal, que en el primer trimestre creció 5.1 por ciento. En una economía sana, la velocidad de circulación del dinero es relativamente estable, lo que significa que el crecimiento de la base monetaria se ubica cerca del de la producción real total de la economía multiplicado por el nivel de precios (equivalente al PIB nominal). Sin embargo, como la base crece mucho más que el PIB, algo inadvertido sucede.

Suele suceder que aumenta la velocidad de circulación del dinero cuando la economía pasa por un proceso inflacionario. La velocidad está inversamente relacionada con la demanda de dinero. Si existe mucha inflación, preferimos mantener saldos monetarios menores, ya que aumenta su costo de oportunidad al mantener un activo financiero en forma líquido, que no percibe interés. Si graficáramos la relación de la base monetaria al PIB nominal en las últimas cinco décadas, encontramos primero cierta estabilidad en la década de los sesenta, que se ve interrumpida en 1976 y 1982, años de devaluaciones. A partir de la década de los 80, con la existencia de una inflación persistente, disminuye esta relación que refleja la demanda por saldos monetarios de forma significativa. A partir del comienzo de este siglo, ya con una inflación mucho más baja, vemos su recuperación.

Base Monetaria

Este comportamiento es lógico, pues el valor del dinero se pierde muy rápido cuando hay más inflación, por lo que la gente no está dispuesta a mantener saldos en efectivo. En cambio, en un escenario de estabilidad de precios, el costo deja de ser elevado, aumenta la demanda y disminuye la velocidad de circulación. Esto refleja una doble causalidad entre la base y la inflación: en el largo plazo, aumentos no deseados de la base monetaria repercuten en la inflación, mientras que un incremento en la inflación reduce la demanda por saldos monetarios. Esto sucede porque el dinero no es tan solo un medio de cambio para realizar transacciones, sino también funciona como reserva de valor.

Pero si regresamos a la gráfica, encontramos que en los últimos diez años, no solo se recuperó la demanda por dinero, sino que continúa creciendo, incluso mucho más allá de lo que sería normal para una economía estable. En el primer trimestre de 2014, la relación de la base monetaria al PIB nominal registró un máximo histórico de 5.3% y sigue creciendo. ¿Por qué? ¿Qué ocurre en la economía mexicana que la gente quiere y utiliza cada vez más y más dinero?

La primera y más obvia respuesta la encontramos en la economía informal. La cantidad de transacciones que se realizan a diario en nuestra economía es mucho mayor a lo registrado en las cuentas nacionales. Los incentivos para operar en la informalidad no solo han ido creciendo en forma constante en la última década, sino que las políticas del gobierno los han intensificado mediante medidas que cada vez hacen menos atractivo operar en la formalidad. Las últimas reformas han motivado a mucha gente a dejar de utilizar los bancos, las tarjetas y demás instrumentos que los fiscalizan, ya que no pueden sobrevivir con tantos impuestos, pagos, derechos, aprovechamientos y abusos burocráticos.

Estudios revelan que la economía informal es mucho menos productivo que la formal. En la medida en que el gobierno sigue apoyando la informalidad y combatiendo la formalidad mediante reformas fiscales y medidas como los subsidios de desempleo y el [seguro] popular, tendremos menos crecimiento económico. Peor aún, el gobierno está empeñado en fortalecer los segmentos de la economía corporativista y oligopólico, que menos funciona y más obstáculos representa para el resto de la sociedad. Aunado a todo esto, seguimos observando aumentos en la delincuencia y la inseguridad pública.