Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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La semana pasada comentamos que la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) tiene dos fallas estructurales que resultan en subestimaciones de la pobreza por ingresos y de la desigualdad. Un estudio reciente realizado por dos investigadores del INEGI (Gerardo Leyva y Alfredo Bustos) desarrolla un método de ajuste estadístico que utiliza información fiscal y de cuentas nacionales para mejorar la estimación del ingreso proveniente de la ENIGH. Concluye que la incidencia de pobreza monetaria es de 30 por ciento de los hogares, comparada con el 44 por ciento que resulta de las cifras originales de la ENIGH y que el coeficiente de Gini tiene un valor de 0.63, en contraste de 0.44 de la ENIGH. En otras palabras, confirma las hipótesis de que no somos tan pobres pero nuestra distribución del ingreso es mucho más inequitativa.

En principio, los resultados están intuitivamente correctos y hace sentido todo lo que hacen. Pero bien sabemos que es muy difícil separar el interés académico del político en un tema tan sensible. De entrada, se desató una gran polémica el año pasado cuando Coneval rehusó medir la pobreza para 2015 ante los cambios que introdujo el INEGI en los criterios para la captación y verificación de los datos en la Encuesta. Después el gobierno impuso ilegalmente una Directora General de Sedesol a la Junta de Gobierno del INEGI, que muchos interpretaron que llegaba con agenda preestablecida para adecuar los resultados de la Encuesta a los intereses oscuros de ciertos políticos. Finalmente, estamos en la antesala de las elecciones presidenciales en las cuales el gobierno actual ha mostrado ser capaz de hacer lo que sea para mantenerse en el poder.

El PRI anunció su regreso con bombo y platillos. Nos dijeron que era el “Momento México”. El crecimiento económico estaría arriba de 5 por ciento en forma sostenida. Tendríamos estabilidad macroeconómica plena sin problemas fiscales. Disminuiría la pobreza y mejoraría la distribución del ingreso. Terminaría la violencia, asesinatos e inseguridad pública. Sin embargo, casi cinco años después el crecimiento promedio apenas supera 2 por ciento, la pobreza no ha disminuido, la inflación se ubica más del doble que el objetivo, la deuda pública rebasa 50 por ciento del PIB, la inseguridad ha aumentado notablemente, hay más asesinatos y los niveles de confianza, tanto empresarial como del consumidor, están en mínimos históricos. Peor aún, nunca hemos enfrentado tanta corrupción e impunidad. El gobierno no sabe qué hacer ni cómo proceder, pero quiere mantener el poder. El sospechismo está en su máximo, por lo que éste estudio contribuye a la controversia.

No obstante, sí necesitamos una mejor medida de la pobreza por ingresos. No puede ser que la pobreza en México es casi 2.6 veces mayor a Brasil e incluso peor que en países como Bolivia. En un sentido perverso, al gobierno le conviene tener un patrón inflado de pobreza para comprar más votos y perpetuarse en el poder. Pero por el otro lado, necesitamos una medida de pobreza consistente a través del tiempo. La única forma de poder evaluar los programas sociales y las políticas públicas es con una barra de medición homogénea. En aras de mejorar la medición de la pobreza, si vamos cambiando la metodología y los criterios de aplicación de la ENIGH cada rato, nunca vamos a poder calificar adecuadamente los esfuerzos para reducirla.

Al final de cuentas ¿qué es mejor? ¿Tener cada vez más una medición más precisa de la pobreza, pero sin poder calificar los esfuerzos para abatirla?, o bien, ¿tener una medición no tan precisa pero consistente a través del tiempo, que nos permite evaluar los programas sociales, pero sin realmente conocer la dimensión correcta de la pobreza? La verdad es queremos y necesitamos ambas, es decir, tener una medición precisa y homogénea a través del tiempo. Pero ¿cómo lo podemos lograr?

La responsabilidad de la medición de la pobreza es de Coneval. La responsabilidad de la ENIGH es del INEGI. Esta acordado por ambas instituciones divulgar los resultados tanto de la ENIGH como de la pobreza el 28 de agosto. En teoría, están trabajando juntos, pero ¿cómo van a conciliar ambos objetivos? Es casi un hecho, de que, si el INEGI mejora la aplicación de la ENIGH, la medición de la pobreza no podrá comparase con años anteriores. Pero si no lo mejora, seguiremos sobreestimando la pobreza.

Paloma

Marzo 19th, 2017 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

La controversia sobre la designación de Paloma Merodio a la Junta de Gobierno del INEGI va creciendo. El eje central es que realmente no cumple los requisitos legales. Peor aún, ni siquiera cerca. Me habían dicho que era cuestión de interpretación jurídica, pues con consideraciones laxas, pudiera calificar, aunque fuera apenas. Sin embargo, ya con una investigación más exhaustiva, está lejos pero muy lejos de calificar.

Como comentamos la semana pasada, la ley dice que debe “ser profesional distinguido en materias relacionadas con la estadística, la geografía o la economía, así como haber ocupado, por lo menos durante cinco años, algún cargo de alto nivel en los sectores público o privado, o ser un académico de reconocido prestigio en las materias mencionadas”. El único puesto relevante, es decir, que califica de “alto nivel”, es su aproximadamente un año en el puesto de Director General en Sedesol. El puesto que ocupó en el IMSS está marcada como categoría “L”, que la propia ley lo pone en el tabulador de “mando medio”.

Sin embargo, con estos dos puestos no llega ni cerca a los cinco años. Habría que sumar su estancia en la prestigiosa consultoría GEA, de Mauricio González y Jesús Reyes Heroles. Resulta que trabajó allí dos años cinco meses, pero en un puesto de apoyo a los socios, que se caracteriza por ser de pasantes, que después van a estudiar un posgrado. La referencia que dan de ella es que fue una excelente colaboradora, pero definitivamente no fue en un puesto de nivel jerárquico que se pudiera interpretar de “alto nivel”. En otras palabras, tiene alrededor de uno de los “por lo menos” cinco años necesarios para el puesto. Ya la semana pasada en esta misma columna, vimos que tampoco califica como “profesional distinguido” o de “académico de reconocido prestigio”. Al final de cuentas, no cumple con ni uno solo de los requisitos.

Me han dicho que la designación de Merodio tiene que ser aprobada por dos comisiones del Senado para que procede al pleno para su votación. En la de Gobernación me dicen que aparentemente domina el PRI, que siempre aprueba en automático las designaciones de la Presidencia, sin mayor consideración. No me queda claro, pero habría que preguntar a Cristina Díaz Salazar del PRI, con quien no he tenido la oportunidad de platicar. La otra, de Población y Desarrollo, es presidida por Armando Ríos Piter del PRD, e integrada por Esteban Albarrán Mendoza del PRI y Juan Carlos Romero Hicks del PAN. Según me han dicho Romero Hicks ya se pronunció en contra, mientras que Albarrán votará al estilo PRI. Por tanto, el voto decisivo queda en manos de Ríos Piter. Sin embargo, nadie sabe cuál será su decisión. Algo fuera de lo común, se ha caracterizado por un silencio total en estas últimas semanas. Me han señalado que “el silencio de @RiosPiterJaguar sobre la nominación de Merodio para INEGI es preocupante. Espero valore gravedad”.

Romero Hicks protestó formalmente ante el “microexpediente” que recibieron ambas comisiones en torno a su curriculum, ya que no contiene la información necesaria para sustentar la experiencia académica y profesional que presume. Obvio. La presidencia mandó documentación insuficiente ante el temor de que más información la descalificaría para el puesto.

En adición a la falta de experiencia, otros han señalado conflictos de interés que pudieran incluso dañar el proceder del INEGI y su reputación. Resaltan dos artículos a su favor, uno escrito por Humberto Musacchio y otro por Yuriria Sierra. El primero pone como argumento que es una mujer muy guapa, comentario exageradamente sexista. El segundo dice que su designación es importante porque sería la primera mujer en la Junta de Gobierno. Aparentemente, no ha oído de Rocío Ruiz, quien ocupó una silla en la Junta hace apenas cuatro años. Pero lo que más llama la atención es la larga lista de mujeres muy capaces para el puesto, que también ya discutimos la semana pasada. Incluso, en estos días me han llegado muchos más nombres que debería haber incluido.

Estaremos muy atentos en estos días a las decisiones de estas Comisiones de vital importancia. No queremos más daño a la reputación del INEGI, que entró en controversia con Coneval sobre la medición de pobreza y ha suscitado sospechas en torno a la medición de la inflación. Lo que más necesita ahora es una Junta de Gobierno sólida, más allá de cualquier sospecha.

Sin duda, la primera mitad de este sexenio ha sido una desilusión mayúscula. Hace tres años ganó el PRI bajo la promesa de que era el único partido que sabía cómo aprobar las reformas y que así íbamos a crecer por lo menos al 5 por ciento anual. Dado que uno de los principales problemas del país es su dificultad para crecer, el ofrecimiento era muy atractivo. Sin embargo, si suponemos que el crecimiento económico de este año termine en el punto medio del intervalo de la proyección del Banco de México (2.5 por ciento), el crecimiento promedio anual del sexenio alcanzará 2.0 por ciento, por debajo del promedio de los cuatro sexenios anteriores.

No obstante, tenemos la esperanza de que mejoré el promedio en la segunda mitad del sexenio. De hecho, el patrón de crecimiento observado a lo largo de los últimos sexenios ha sido así. Tanto Zedillo y Fox, como Calderón, enfrentaron una recesión en la primera mitad de su sexenio, por lo que arrancaron muy mal. Aunque no hubo una recesión en estos tres años, Peña Nieto tuvo un entorno externo difícil y su administración cometió muchos errores de política económica. Sin embargo, con todo lo negativo que hemos visto la primera mitad del sexenio, el promedio anual de crecimiento de 2.0 por ciento resulta superior a los promedios de los primeros tres años de Fox (0.3 por ciento) y de Calderón (-0.1 por ciento), y cerca del de Zedillo (2.2 por ciento). En cambio, el promedio anual de la segunda mitad de sexenio de cada uno de los tres sexenios anteriores ha sido superior al 4.0 por ciento: Zedillo (4.2 por ciento), Fox (4.1 por ciento y Calderón (4.4 por ciento).

Las matemáticas están a favor de Peña Nieto, aunque no para producir cifras impresionantes ni cerca de lo prometido. Pero si suponemos que el crecimiento pueda llegar al promedio observado en las segundas mitades de los tres sexenios anteriores (4.2 por ciento), terminaremos con una tasa promedio de 3.1 por ciento, muy cerca de Zedillo (3.2 por ciento) y muy superior al dúo panista de 2.2 y 2.1 por ciento, respectivamente. Por lo mismo, la pregunta es ¿habrá posibilidades de más crecimiento en los siguientes tres años?

De entrada, hubo un factor favorable para los tres presidentes anteriores, que no se vislumbra para este gobierno. Después de sus peores años, cada uno se benefició de un efecto rebote debido a la base de comparación. Después de caer -5.8 por ciento de 1995, Zedillo se benefició de un rebote de 5.9 por ciento al año siguiente. Fox enfrento tres años malos entre 2001 y 2003 para después crecer 4.2 por ciento en 2004. Finalmente, Calderón tuvo una tasa de 5.2 por ciento en 2010 después de haber disminuido -4.7 por ciento el año anterior. Sin embargo, la proyección del Banco de México para 2016 es de tan sólo 3.0 por ciento (el punto medio de su intervalo). Si suponemos que sea acertada la expectativa de Banxico, entonces necesitaremos un promedio cerca de 5.0 por ciento en los dos últimos años para que Peña Nieto alcance una tasa superior al 3.0 por ciento.

Uno de los factores cruciales será el entorno externo, en especial, el desempeño de la economía de Estados Unidos. Sin embargo, el crecimiento esperado para 2016-2018 de nuestro vecino es, en el mejor de los casos, alrededor de 3.0 por ciento. De materializarse, podremos ver un buen crecimiento de nuestras exportaciones no petroleras, pero no lo suficiente para “jalar” la actividad económica por si solo cerca al 5 por ciento. Significa que la clave será el comportamiento de la economía interna.

En principio, no podremos contar con un empuje significativo en el gasto público. En los primeros tres años del sexenio vimos más gasto, pero muy ineficiente y sin contribución al crecimiento económico. La inversión pública fue el único componente del PIB con una aportación negativa. En los siguientes tres años, habrá más presión sobre las finanzas públicas, sin esperanza genuina de que empezara a aportar algo.

Aunque hasta ahora no hemos visto la mejoría prometida de las reformas estructurales, es posible que empiecen a transformarse en más inversión privada en estos años. Lo que necesitaremos es que estas inversiones produzcan más empleos bien remunerados. De materializarse, podríamos ver una mejoría en el ingreso personal promedio, lo que apuntalaría a un mayor consumo en los hogares. De todos los posibles caminos hacia el mayor crecimiento, aparentemente, este parece ser el más viable.

Por lo pronto, creo que la tasa promedio anual de este sexenio superará a la de los dos sexenios anteriores, pero sin llegar a 3.0 por ciento.

La Familia A

Febrero 11th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (1 Comments)

La semana pasada, la empresa calificadora Moody’s Investors Services otorgó a México la calificación de “A3” para su riesgo soberano de largo plazo, conocido también como “riesgo-país”. La mayoría de los analistas independientes (no asociados al gobierno) mostraron sorpresa y asomo, ya que la inclusión de nuestro país al primer peldaño de la categoría más elevada viene justo al concluir un año bastante malo para la economía. El crecimiento económico fue cerca de una cuarta parte de los años anteriores, se generó mucho menos empleo, aumentó la inflación y no hubo mejora más que marginal en las finanzas públicas. Además, el anuncio de Moody’s se dio a conocer a la misma hora y fecha en que el INEGI daba a conocer un desplome brutal en la confianza de los consumidores.

La justificación de Moody’s fue la aprobación de las diez reformas estructurales, que abrirá el camino a más crecimiento y recaudación, lo que le da ahora al país una “capacidad fuerte” para cumplir todas nuestras obligaciones financieras. Las dudas surgen de inmediato, ya que todavía faltan muchas leyes secundarias, existe gran oposición de las izquierdas (que no se van resignar) y varias de las reformas fueron incompletas, o de plano malas. Por ejemplo, la reforma laboral no logró ni el diez por ciento de lo que se necesita, la reforma fiscal fue una regresión total y faltan esfuerzos para fortalecer nuestra principal debilidad, el estado de derecho.

Más que un análisis serio de la situación económica del país, Moody’s le está apostando al impulso de las reformas y a la estrategia del gobierno. No es la primera vez que Moody’s arriesga su reputación con una calificación adelantada, ya que hizo algo similar en el 2000 cuando le dio al país su primera calificación de “grado de inversión” varios meses antes de las elecciones. Fue un verdadero albur, ya que prevalecía mucha incertidumbre en torno a los posibles resultados, el futuro del PRI y la fragilidad del estado de derecho ante el primer cambio de régimen. Al final de cuentas fue un acierto, ya que a pesar del pobre desempeño del sexenio de Fox, hubo un manejo responsable de las finanzas públicas y énfasis en la estabilidad macroeconómica, dos factores fundamentales para una calificación que no fuera “especulativa”.

Llama la atención las dos visiones tan diametralmente opuestas que hay sobre México en el exterior y en el interior del país. Afuera ven el “momento México”, el esfuerzo sin precedente de aprobar tantas reformas a la vez, una reforma fiscal que generará más recursos para el estado y un gobierno más enfocado y capaz de obtener los resultados necesarios para crecer y crear empleos. En cambio, al interior vemos un gobierno que nos quita y nos quita nuestros ingresos para mal gastarlos, una falta total de seguridad pública, un estado de derecho casi inoperante, cambios políticos innecesarios para el pueblo y cada vez más incredulidad en cuanto al rumbo económico. Importaciones de coches chatarra, más extorsiones y secuestros, productividad estancada, educación de mala calidad y manifestaciones permanentes.

¿Realmente merecemos pertenecer a la prestigiosa familia “A”, junto con países como Aruba, Bahamas, Bermuda y Chile? Primero, hay que aclarar que todavía nos debemos considerar como “BBB+”, ya que sólo una calificadora nos da la distinción de ser “A3”, mientras que los otros dos nos siguen considerando un peldaño abajo. Si las dos grandes (Moody’s y Standard & Poor’s) no concuerdan, se toma la calificación de Fitch para desempatar. En este caso, Fitch le otorga la razón a S&P, por lo que todavía no nos podemos colgar la medalla.

Segundo, lo que está calificando Moody’s no es nuestro estado de derecho, nuestra capacidad de crecer o la calidad de las reformas per se. Aunque son factores que influyen, lo que realmente está examinando es nuestra capacidad de cumplir cabalmente con nuestros compromisos crediticios, no solamente en buenos tiempos sino ante cambios coyunturales y condiciones económicas adversas. Lo que está reconociendo la agencia es nuestra entrega a la estabilidad macroeconómica y a un manejo relativamente bueno de las finanzas públicas, después de varias décadas de irresponsabilidad en los setentas y ochentas.

Finalmente, vale la pena recordar que Moody’s es la institución que nunca ha disminuido nuestra calificación. S&P nos la ha reducido dos veces (1995 y 2009), mientras que Fitch lo hizo en 2009. En cambio, esta es la sexta vez que Moody’s cambia nuestra calificación y siempre en dirección al alza.

Una parte central de las plataformas electorales de los últimos tres presidentes han sido las reformas. Fox los prometió en materia energética, laboral, fiscal y financiera, argumentando que serían el pilar del crecimiento económico sostenido. Sin embargo, nunca tuvo mayoría en el Congreso, ni supo cómo negociar con la oposición. Calderón buscó la aprobación de lo que se podía, más no lo que se necesitaba. Terminó proponiendo reformas tan “light” que a la luz quedó claro que de poco sirvieron. A pesar de proponer lo que querían las mayorías, los dos presidentes panistas nunca lograron las alianzas necesarias y cayeron víctimas de faltas de consensos y pleitos políticos.

Finalmente, llegó Peña Nieto con un poco más de respaldo en el Congreso, aparentemente más oficio de político y mejor habilidad para negociar. De nuevo, ofreció perseguir una serie de reformas que motivarían el crecimiento económico, generarían empleos y combatirían la informalidad. Logró un pacto con la oposición con el fin de aprobar una agenda común y se puso a trabajar. Los primeros cien días de su administración fueron sorprendentes, llamando la atención del mundo. El “Momento México” despejó y pronto estábamos por arriba de los BRIC’s como uno de los países que más prometía.

Pero poco después terminó la luna de miel. Primero, nos encontramos de nuevo con la mala suerte de un entorno externo adverso, que provocó una desaceleración significativa en las exportaciones. Segundo, salió a cuenta la novatez del gobierno, que no supo resolver los problemas profundos que aquejaban al sector de la construcción, gastar lo aprobado por el Legislativo, ni instaurar la confianza en el sector privado para empezar a invertir. De pronto, vimos como la economía pasó de una atonía, a un estancamiento y de allí a una ligera recesión.

Pero no todo quedó en lo económico. Después de un breve periodo en que la mayoría de los políticos parecían poner primero los intereses comunes de la nación, les empezó a ganar el carácter. Primero saltó al escenario Cordero, fragmentando al PAN y buscando poner todas las piedras posibles en el camino para que Peña Nieto no pudiera tener éxito en lo que la administración pasada fracasó. Después llegó de nuevo López Obrador para tratar de dividir a la izquierda y evitar su colaboración en el Pacto para México. En una primera aproximación, ninguno logró su objetivo y parecía que la aprobación de las reformas seguiría su curso. Pero ya no queda tan claro y parece que el camino por adelante será muy tortuoso.

El problema de fondo es la democracia disfuncional que tenemos. El principio básico de una democracia es que mandan las mayorías. Acude toda la población en edad a votar para elegir nuestros representantes, a los que conferimos la responsabilidad de proponer, discutir y en su caso aprobar nuestras leyes. En algunos casos estaremos a favor y en otros en contra, sin embargo, debemos aceptar las decisiones mayoritarias aún en los casos en que no concuerda con nuestra visión e ideología.

Nuestra democracia se convierte en disfuncional en el momento en que las minorías no respetan las decisiones de las mayorías. Empecemos con la Reforma educativa. La CNTE, una clara minoría dentro del Sindicato de los maestros (que tampoco representan una mayoría), no acepta la Reforma y busca sabotear a como dé lugar las resoluciones de la Reforma. No importa si significa que no haya clases, que no mejoré la calidad de la educación o que se atenta contra los derechos de los demás (decisiones que aprueban las mayorías).

Pronto tendremos resoluciones de materia Hacendaria y Energética. El PAN ya manifestó que no está de acuerdo y que llevará a cabo manifestaciones (pacíficas) en contra de las modificaciones fiscales. No importa si son aprobados o no por una mayoría en el Congreso, elegido democráticamente para representar a la población. El PAN, que representa una minoría no está dispuesto que impere la decisión de la mayoría. AMLO ya prometió llevar a cabo toda una serie de actos de desobediencia civil, incluyendo bloquear el acceso de los legisladores a sus recintos. Aunque representa una minoría, no está dispuesto a aceptar la decisión mayoritaria de un Congreso elegido democráticamente. Terminamos con Miguel Mancera. No está dispuesto a poner orden en una ciudad para proteger a las mayorías ante los actos de minorías que claramente violan los derechos de los demás.

Nuestra democracia no será funcional hasta que todos aceptemos el principio básico de la democracia. ¿Cuándo será?

El Sexenio de EPN

Septiembre 13th, 2012 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (1 Comments)

Tuve la oportunidad de asistir esta semana a varias reuniones de economistas que hacemos cada mes.  Primero, a la comida de economistas que patrocina Banamex (desde principios de los 70), donde expuso Nydia Iglesias, la politóloga de casa, la situación política actual y las perspectivas del cambio de sexenio.  Después al desayuno del Consejo Asesor Técnico del CEESP, donde invitaron a Jesús Silva Herzog Márquez para hablar sobre las perspectivas políticas de México.  Finalmente, al Comité de Estudios Económicos del IMEF, con la asistencia de José Carreño, corresponsal en Estados Unidos de El Universal, para platicar sobre las elecciones de Estados Unidos y las perspectivas políticas de aquel país.  Muchas ideas, muchas reflexiones, mucha perspicacia.  Trataré de resumir en mis palabras lo más relevante, con un poco de añadido personal.  Aunque muchas de las ideas que aquí presentó no son mías, la interpretación sí lo es.

Las expectativas del sexenio de EPN son interesantes, ya que reaparece la promesa de que algunas de las famosas reformas se puedan aprobar y que México podrá crecer mucho más que el promedio decepcionante de los dos sexenios anteriores.  Sin embargo, están más atenuadas que las que existían al inicio del sexenio de Fox, donde existía una gran esperanza por el cambio y la llegada de la democracia.  Fox también prometió reformas, pero sufrió la disfuncionalidad de un nuevo sistema político y la llegada de la recesión norteamericana al inicio de su sexenio, para registrar un sexenio de bajo crecimiento y casi nula reformas.

Las expectativas al inicio de la administración de Calderón fueron más complicadas por el cerrazón de las elecciones.  Tampoco logró reformas relevantes, sufrió una recesión norteamericana todavía peor y se entabló en una gran guerra contra los carteles de droga que generó una violencia en el país que será siempre el primer recuerdo de su sexenio.  Al final de cuentas, terminó con un crecimiento promedio todavía por debajo de su antecesor.

Tanto Calderón como EPN empiezan sus sexenios con mucho ruido político, semejante al de Salinas después de las elecciones de 1988.  Salinas resolvió esos primeros problemas con firmeza, acciones contundentes y promesas de mejoría.  Calderón simplemente dejó que AMLO mismo se autodestruyera y buscó arrancar con la inercia de un sistema político sin mayor definición.  La renuncia de AMLO al PRD y una aparente división de la izquierda ahora promete despejar el camino a EPN.

La oposición y los medios han subrayado las debilidades de EPN; es mal orador, no lee mucho, no tiene un nivel cultural muy amplio y no es de grandes ideas.  Sin embargo, así empezó Ronald Reagan como presidente de Estados Unidos y muchos (yo no) lo consideran como uno de los mejores lideres que ha tenido ese país.  Pero prácticamente nadie ha buscado anticipar lo que pueden ser las cualidades de EPN y lo que deberíamos esperar de él como presidente.

Lejos de un afán de defender a EPN, Silva Herzog buscó describir a EPN como líder y así tratar de vislumbrar cómo será el próximo sexenio.  De entrada, la característica número uno de EPN es que es una persona sumamente disciplinado.  Ha resistido múltiples ataques y agresiones, tanto de adentro de su partido como por fuera.  Esto lo ha convertido en un sobreviviente; hay que recordar que empezó a ser considerado como el máximo contendiente del PRI para la presidencia prácticamente desde el inicio de su periodo como gobernador.  Como consecuencia, enfrentó más críticas, emboscadas y embestidas que cualquier otro.  A lo largo del camino, no cometió el error de responder o de entablarse en una discusión sin salida.

Siempre trató de ser pragmático y flexible, nunca un dogmático.  Está acostumbrado a tomar los ataques de la oposición como críticas constructivas y convertirlas en políticas propias.  Por ejemplo, los tres pilares de su visión actual provienen de temas que los demás partidos usaban en su contra: corrupción, transparencia y la relación con medios.  EPN siempre ha mostrado ser adaptable y político de consenso, incluso a tal grado de parecer a veces algo gelatinoso (que también pudiera ser un rasgo negativo).

Se ha manejado con mucha frialdad político.  Si algo o alguien no funciona, o lo ve como posible amenaza, no duda en accionar, en reemplazar o cambiar de política.  Busca no defender lo indefendible, aunque a veces sí ha cometido el error (como en el caso Montiel) de hacerlo.  Esto nos lleva a pensar que buscará armar un gabinete funcional, opuesto al estilo Montessori de Fox y alejado del de Calderón de permitir acceso sólo a sus muy allegados.  Seguramente, persona que no entiende o que no funciona será removida rápidamente.

En resumen, EPN busca ser un político prudente, moderno y responsable.  La gran duda es que operará dentro del PRI, que es conocido como una gran confederación de intereses, por lo que habría que preguntar qué entenderá como responsable.  ¿Buscará consensos dentro de su partido o más a nivel nacional?  ¿Protegerá intereses o accederá a los reclamos unánimes de combatir monopolios?

EPN enfrenta grandes retos en su sexenio pero también grandes oportunidades.  El regreso del PRI es un trauma para un segmento importante del país.  Nos han dicho que regresa un nuevo PRI, moderno, innovador, que ha aprendido del pasado.  EPN tiene no sólo el reto de probar que su partido ha cambiado y está comprometido con la nación, sino también una gran oportunidad para definir la nueva democracia mexicana y hacer que funciona.  Sabe bien que si no demuestra que el PRI dejó atrás el autoritarismo y que puede operar dentro de las nuevas reglas de la democracia, cimentará las bases para una segura derrota de su partido en 2018.  Sabe bien que uno de sus mayores retos es terminar su sexenio con mayor crecimiento, más empleos y bienestar para la mayoría.

Todavía no conocemos al verdadero EPN, pero por lo menos vemos que los incentivos están bien alineados como para tener buenas expectativas.  Por lo pronto, no nos queda otra más que esperar a ver.

Durante cuarenta años (de 1942 a 1981), la economía mexicana creció a una tasa promedio anual de 6.3%.  En cambio, en los 30 años posteriores (de 1982 a 2011), el crecimiento disminuyó a 2.2%.  Aunque fueron los desequilibrios observados en los sexenios de Echeverría y López Portillo los que terminaron con la larga racha de crecimiento, los gobiernos subsecuentes no han vuelto a encontrar una fórmula que nos regrese a la senda del crecimiento sostenido.  Al contrario, las últimas tres décadas se han caracterizado por crisis recurrentes y crecimientos muy bajos.

Cuando la economía crecía a tasas elevadas, la mayoría de la población estaba contenta con el partido en el poder.  Sin embargo, tres sexenios de crecimientos pobres bastaron votar por otro partido.  Después de un lento arranque con el PAN en el poder, se le concedió una segunda oportunidad.  Pero ahora a un año de concluir este sexenio, vemos que los números simplemente no han mejorado; mientras que el crecimiento promedio de 1982 a 2000 fue 2.4%, el de 2001 a 2011 disminuyó a 1.9%.

Sin lugar a dudas, el peor sexenio fue el de De la Madrid.  No sólo se caracterizó por una muy alta inflación, sino por un crecimiento promedio anual casi nulo de 0.3%.  Carlos Salinas alcanzó una tasa promedio de 4.0%, que aunque fue por debajo de los promedios de antaño, ya sido mejor que los resultados posteriores.  De hecho, a partir de entonces hemos visto que el promedio sexenal ha disminuido en forma consistente.  Ernesto Zedillo vio una tasa de 3.5%, a pesar de la crisis de 1995 (la peor desde la Gran Depresión de los años 30).  Vicente Fox experimentó una desaceleración hacia una tasa de 2.1%, prácticamente la mitad de la que se registró con Salinas.

Con el crecimiento de 3.9% para 2011 que acaba de dar a conocer el INEGI, Felipe Calderón ha producido una tasa promedio de 1.5% en cinco años.  De cumplirse el consenso de crecimiento para 2012 de 3.3%, observaremos de nuevo una disminución en el promedio sexenal a 1.9%.  Pero aun bajo un escenario más optimista, es casi imposible que Calderón logre un promedio mejor que su antecesor.  Tendríamos que crecer 5.2% en el 2012 para que sus números pudieran superar (por centésimas) al desempeño de Fox.

El PRI presume del milagro mexicano de crecimiento sostenido que obtuvo de 1942 a 1981 de 6.3%.  Sin embargo, el promedio anual de crecimiento a lo largo de los 71 años en el poder fue de 4.6%, ya que entre 1929 y 1940 el crecimiento fue de 2.0% (afectado por la Gran Depresión) y entre 1982 y 2000 fue de 2.4%.  Pero aun así, los números del PRI son mejores que los del PAN en sus once años, de 1.9%.

Donde Calderón produce mejores números es en la consolidación de la estabilidad macroeconómica, que se refleja en tasas de inflación bajas, equilibrios externos y fiscales, mayor acumulación de reservas internacionales y un tipo de cambio flexible que ya funcionado muy bien para contrarrestar los embates externos.  Por ejemplo, aun considerando un ligero repunte en la inflación en 2012, la tasa promedio de este sexenio se ubicará alrededor de 4.4%, por debajo del promedio de 4.7% de Fox y la más baja desde que existe esta versión del Índice Nacional de Precios al Consumidor (1969).

Sin embargo, la baja inflación no es mérito de Poder Ejecutivo sino de un banco central autónomo desde mucho antes de que llegara Calderón a la presidencia.  Los equilibrios externos son méritos del régimen cambiario flexible que se introdució en 1995.  El equilibrio fiscal, que sí es atribución directa del gobierno federal, ha experimentado un deterioro notable desde 2007, cuando volvieron a aparecer los déficits crónicos (medido mediante el balance económico tradicional y los requerimientos financieros totales del sector público) y el balance primario se volvió negativo por primera vez después de sostener un superávit por 20 años consecutivos.  Incluso, de mantener el rumbo actual en la finanzas públicas, pudierámos anticipar problemas crecientes dentro de unos años.