Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Cuatro Años

Septiembre 6th, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Mañana, 1 de septiembre, el Ejecutivo entregará su Cuarto Informe al Poder Legislativo. Al quien se toma la molestia de leerlo, seguramente encontrará puras maravillas. Sin embargo, sabemos que han sido cuatro años muy difíciles, de escasos logros y de muchos retrocesos. Por ejemplo, hace una semana el INEGI informó que había disminuido el PIB en el segundo trimestre respecto al primero, lo cual convirtió al periodo en el segundo peor del sexenio. Sin embargo, la SHCP presumió que el trimestre tuvo el mejor desempeño para un segundo trimestre desde 2012, claro mediante la trampa de incluir efectos de calendario y estacionalidad.

En el terreno político, tenemos una presidencia con la aprobación más baja en la historia, resultado de los múltiples escándalos de la Casa Blanca, Malinalco y el plagio de la tesis, en conjunto con eventos trágicos como Ayotzinapa y Apatzingán (y varias más), la fuga del Chapo, la vacilada de Virgilio Andrade y hasta la ratificación de Alfredo Castillo. Pero posiblemente ha pesado más la continua inseguridad y la impunidad rapante ante la corrupción extendida. Sin embargo, dejó el análisis de estos temas a mis colegas politólogos.

En el terreno económico, las noticias son peores. El crecimiento promedio anual de los cuatro años se ubica por debajo del promedio de los tres sexenios anteriores. Sin embargo, cada uno de los anteriores se enfrentó a una gran crisis: el “tequilazo” de 1995, la recesión de 2001-2002 y la gran recesión de 2008-2009. A pesar de no haber entrado en recesión este sexenio, el promedio no alcanza los anteriores que sí tuvieron. La herida se siente peor ante la promesa de crecer más del 5 por ciento con las reformas estructurales (o ya de perdida 3.5 por ciento sin reformas).

El gobierno ha presumido de la creación de empleo y la disminución en el desempleo. De hecho, la tasa de desempleo urbano de julio de 4.41 por ciento no solamente es la más baja del sexenio, sino la menor desde mayo de 2008. El problema es que el desempleo abierto nunca ha sido el problema laboral más apremiante del país; lo es el empleo precario y mal remunerado. Por ejemplo, la tasa de condiciones críticas de ocupación en mayo de este año registró su nivel más elevado desde mayo 2005, por arriba incluso del pico observado en la gran recesión de 2008-2009. La ENOE confirma que la gran mayoría de los empleos creados en los últimos años son de dos salarios mínimos para bajo. La misma encuesta muestra que el ingreso laboral real se ubica por debajo de los niveles observados a lo largo de los últimos ocho años (a pesar de una muy pequeña recuperación en 2015).

Una de los aspectos económicos que han presumido los últimos tres gobiernos es la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, la empresa calificadora Moody’s puso a México en “perspectiva negativa” en marzo, mientras que S&P hizo lo mismo en agosto, ambos cuestionando los desequilibrios macroeconómicos que se han ido formando en los últimos dos años y empeorando en 2016. Después de promediar 1.1 por ciento entre 2003 y 2013, el déficit en cuenta corriente superará 3.0 por ciento del PIB este año, a pesar de haber acumulado una depreciación significativa de la moneda. El incremento de aproximadamente 45 por ciento en los últimos dos años en el tipo de cambio es por mucho el ajuste más grande que se ha observado para un periodo similar desde que existe el régimen cambiario actual. Finalmente, el déficit fiscal tradicional como porcentaje del PIB de 2015 fue el más abultado desde 1990. Esto ha llevado a que la deuda pública como porcentaje del PIB se ubica más de 20 puntos porcentuales por encima del nivel observado en 2007.Los desequilibrios macroeconómicos se han acentuado a tal grado que las autoridades se han visto ante la necesidad de aplicar políticas fiscal y monetaria restrictivas a pesar de que la inflación se encuentra por debajo de su objetivo y que existe una brecha negativa del producto (estamos creciendo por debajo del potencial).

Por último, tenemos el logro de que la inflación registró su mínimo histórico a finales del año pasado y que liga 15 meses por debajo del objetivo puntual de 3.0 por ciento. Sin embargo, se empieza a cuestionar la medición de la inflación, ya que cada vez más no corresponde a lo que enfrentamos, tema que abordaremos la próxima semana.

Sin duda, 2015 fue un año atípico. Sufrimos una depreciación marcada del peso respecto al dólar, pero una inflación mínima histórica, mientras que nuestras exportaciones no petroleras prácticamente no crecieron, pero la economía interna (en especial el consumo privado) tuvo un desempeño positivo. Todo apunta a que el crecimiento final será alrededor de 2.5 por ciento. Si analizamos los componentes del PIB por el lado del gasto, encontramos que la mayor expansión viene por el lado de las exportaciones y el único negativo será la inversión pública. La pregunta que debemos hacer es ¿veremos algo similar en 2016 o habrá aspectos que cambien?

Posiblemente lo más importante serán las exportaciones no petroleras, ya que casi siempre han sido el motor principal de crecimiento. En 2015 bajó mucho la demanda externa a pesar de tener la ventaja del aumento en el tipo de cambio. En términos de dólares nuestras exportaciones se estancaron, pero en pesos reales tuvieron un desempeño positivo, efecto combinado de la depreciación y de la inflación baja. Dado que no debemos esperar que el peso se deprecie en 2016 en la misma forma que el año pasado, no podemos esperar un fenómeno similar. Esto significa que el desempeño en dólares este año marcará el impacto sobre el PIB, por lo que será clave la demanda externa, en especial la de Estados Unidos. ¿Podrá mejorar la economía de nuestro vecino?

El dólar fuerte perjudicó las exportaciones de Estados Unidos en 2015, lo que explica en buena medida su pobre desempeño manufacturero. El último dato del ISM Manufacturero (diciembre) no fue bueno (disminuyó a 48.2), por lo que no se ve una recuperación en el corto plazo. Las expectativas del PIB norteamericano para este año son de tan sola una mejoría marginal. Aún bajo el supuesto de un mayor crecimiento de nuestras exportaciones en dólares, difícilmente podemos esperar que el impacto en pesos reales (en el PIB) sea tan bueno como del año pasado. En otras palabras, no debemos esperar mucho en este rubro.

Ante la dificultad que representa el entorno externo, lo único que nos queda es voltear hacia dentro. ¿Habrá más inversión privada? ¿Se mantendrá el consumo de los hogares? ¿Tendrá impacto el gasto público?

De entrada, vemos dos sectores claves que podrán marcar una diferencia importante: petrolero y construcción. En 2015 hubo una disminución en la extracción de petróleo y gas, que le restó alrededor de 0.6 puntos porcentuales al crecimiento económico. Todo indica que ya no bajará más en 2016 e incluso, podría presentarse una recuperación marginal. De ser cierto, el efecto base tendrá un efecto positivo en el PIB. Después de presentarse una recuperación significativa en la construcción en 2014, se presentó un estancamiento en el 2015. Aparentemente, los desarrolladores de vivienda ya absorbieron los efectos negativos de la crisis de 2012-2013 y deberán mejorar este año. De ser cierto, deberíamos ver algo similar que con el sector petrolero, es decir, cierto impulso por un efecto de base positivo.

Dado que el consumo privado representa más de dos terceras partes del PIB, será esencial que continúe su buen desempeño en 2016. Sin embargo, mucho del crecimiento que vimos el año pasado fue de una recuperación contra los dos años anteriores. Por lo mismo, aquí el efecto base no será tan favorable. Es posible ver todavía una expansión positiva de las comparas de los hogares, pero con una contribución menos favorable en el PIB.

En términos de la inversión privada, debemos recordar que la construcción explica más de dos terceras partes. El resto, la compra de maquinaria y equipo, deberá tener un desenvolvimiento positivo en respuesta a las reformas estructurales. Aquí sí esperamos una mayor contribución al crecimiento del PIB en 2016 comparado con el año pasado. Sin embargo, la inversión pública enfrentará todavía mayores problemas este año debido a los necesarios esfuerzos de consolidación fiscal, por lo que debemos anticipar otra vez una contribución negativa al PIB.

En síntesis, no esperamos que 2016 sea de nuevo un año atípico, sino más bien de un regreso a condiciones más normales. Habrá factores que podrán resultar benéficos este año y contribuir a un mayor crecimiento comparado con los tres años pasados, pero igual hay factores que no pintan tan bien. ¿Dónde quedará la bolita? Por lo pronto, el consenso se ha consolidado en una tasa de 2.7 a 2.8 por ciento, que significa una mejoría marginal, pero todavía muy muy lejos de una tasa superior al 5 por ciento, que nos prometieron si se aprobaran todas las reformas estructurales.

A principios de año teníamos la expectativa de que la economía mexicana podría crecer alrededor de 3.5 por ciento, mediante la recuperación en la demanda externa (principalmente Estados Unidos), una mejoría en la inversión privada (alentada por las reformas estructurales) y sin nuevos retrocesos fiscales (como la reforma recaudatoria de 2014). Sin embargo, Estados Unidos empezó mal el año con condiciones climatológicas adversas y huelgas en varios puertos, por lo que empezamos a revisar a la baja la proyección para el crecimiento del año. Con el paso del tiempo, vimos que la producción industrial de nuestro vecino permaneció estancado, mientras que industrias mexicanas claves para la inversión (como la construcción) dejaron de crecer. El resultado fue una revisión sistemática a la baja, como de una décima promedio por mes, hasta llegar a una expectativa de 2.2 por ciento en octubre pasado.

No obstante, a lo largo del año hemos visto una mejoría notable en el consumo privado. La ANTAD y la AMIA han reportado crecimientos significativos, muy por encima del crecimiento promedio de la economía. Típicamente, la economía mexicana ha necesitado del motor de las exportaciones no petroleras para “jalar” a la economía interna. Pero este año ha sido totalmente atípico; crece el consumo de las familias sin mayor estimulo de las actividades secundarias. Incluso, si sumamos los componentes del gasto del PIB, llegamos a una cifra mucho mayor para el crecimiento, a tal grado que muchos han expresado dudas acerca de una discrepancia estadística demasiada elevada.

Al final de octubre, el INEGI dio a conocer su estimado oportuno de la tasa del PIB del tercer trimestre de 0.6 por ciento respecto al trimestre anterior. La cifra fue muy bien recibida, ya que era mayor al esperado y esto llevó a una pequeña revisión al alza en la proyección para el año. Veinte días después, el INEGI publicó el cálculo tradicional del PIB con una tasa todavía mayor, de 0.8 por ciento de crecimiento, junto con una revisión al alza en las tasas del primer y segundo trimestres: en vez de 0.43 por ciento en el primero, se revisó a 0.51 por ciento, mientras que el segundo se revisó a 0.63 por ciento de 0.50 por ciento. Esto significa que el nivel del PIB ajustado del tercer trimestre se ubica 1.9 por ciento por arriba del cuarto trimestre del año anterior, cuando nuestra estimación anterior era de 1.5 por ciento. Con estos números revisados, si el cuarto trimestre crece en forma similar al tercero, es factible que el crecimiento de 2015 alcance 2.6 por ciento.

Pero aun con esta revisión al alza, el cálculo del PIB por el método de la producción va quedar muy por debajo de la suma de los componentes del gasto, que pudiera incluso rebasar 4 por ciento. Sin embargo, el INEGI aclara que esta suma se hace sin considerar la discrepancia estadística, que tiene una relación muy cercana al cambio en existencias (variación en inventarios), que simplemente no se puede descartar. En otras palabras, la discrepancia es parte integra de las cuentas que nos dan la igualdad entre la oferta y la demanda. Si la discrepancia es elevada, nos está diciendo que la variación de existencias no está bien medida (pues es la parte más difícil, en especial las existencias de origen importado). Lo más seguro es que al obtener más información, esta discrepancia disminuirá.

El INEGI nos dice que el cálculo del PIB por el lado de la producción es muy robusta, ya que se elabora con encuestas mensuales de bienes y servicios y registros administrativos con información de cerca de 30,000 empresas, que representan alrededor de 110,000 unidades económicas, que a su vez contempla cerca del 80 por ciento de las principales actividades de la economía nacional. En cambio, el computo por el lado de la demanda es menos comprensivo, en especial el cálculo de las existencias. Por lo mismo, la discrepancia estadística concentra las diferencias de las fuentes estadísticas, los métodos de cálculo, momentos de registros y tipos de valoración que se presentan en la medición de los distintos componentes.

Por ejemplo, el PIB trimestral por el lado de la producción considera entre sus componentes más importantes a la extracción de petróleo, que ha mostrado en los últimos trimestres, una aportación negativa a la actividad económica. Si restamos su valor al cálculo del PIB, la tasa de 2015 aumentaría en 0.6 puntos porcentuales. No obstante, el cálculo por el lado de demanda no contempla la diferencia con la información recabada en el corto plazo y seguramente se integra en la discrepancia estadística.

 

El Largo Plazo

Septiembre 3rd, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Difícil olvidar las proyecciones económicas acerca del crecimiento económico que la SHCP elaboró para el Programa Nacional de Financiamiento del Desarrollo 2013-2018 (Pronafide). Establecía que el PIB sólo crecería 3.8 por ciento en 2015, con una tendencia a disminuir en los años subsecuentes, en un escenario “inercial” en el cual no se aprobaran las reformas estructurales. En cambio, con las reformas el crecimiento alcanzaría 4.7 por ciento este año y superaría el 5.0 por ciento en los dos últimos años del sexenio. La triste realidad es que con todo y reformas, la tasa de crecimiento este año quedará cerca a la mitad del escenario inercial.

Al observar el logro del “Pacto para México” y la promoción oficial del “Momento México” a principios del sexenio, hubo quien se entusiasmó con estas cifras. La Organización No Gubernamental “México, ¿Cómo Vamos?” estableció una meta para el país de seis por ciento de crecimiento promedio anual y elaboró toda una serie de objetivos alrededor de esta gran meta para poder alcanzarla. Claro que se vale soñar, pero sabemos todos muy bien que ese seis por ciento está muy cerca de lo imposible.

Ayer el Banco de México divulgó su Encuesta Mensual de Expectativas de los “Especialistas” en Economía del Sector Privado. El consenso (mediana) de la encuesta señala crecimiento de 2015 en 2.3 por ciento y para 2016 en 3.0 por ciento. Para 2017, cuando el Pronafide dice que deberíamos estar ya creciendo por arriba del cinco por ciento, la encuesta anticipa 3.4 por ciento. Sin embargo, lo más preocupante es que el crecimiento esperado para el largo plazo (promedio para los próximos diez años) es apenas 3.47 por ciento, no muy por arriba de la mitad de la gran meta de México, ¿Cómo Vamos? Peor aún, esta expectativa excluye otra crisis mundial que pudiera tumbar mucho más las posibilidades de crecimiento.

En los dos sexenios anteriores los gobiernos trataron, sin éxito, de impulsar las reformas estructurales, ya que había un consenso de que serían la clave para alcanzar mayor crecimiento. Este gobierno aprovechó el consenso para aprobarlas, pero ahora queda claro que no era la panacea que necesitaba el país. Pero entonces, ¿qué necesitamos para crecer más?

En primer lugar y en lo cual casi todos están de acuerdo está el fortalecimiento del estado de derecho y una reducción significativa de la corrupción endémica del país. Aquí el problema de fondo es que no se puede fortalecer el estado de derecho mediante nuevas leyes o reformas, sino que requiere un cambio de actitud de toda la sociedad. Habría que ser bastante ingenuos para pensar que el recién creado Sistema Nacional Anticorrupción lograra crear alguna diferencia.

En segundo lugar, está el entorno externo. México es un país muy abierto en el contexto de una economía cada vez más globalizada. Las exportaciones son el motor principal de crecimiento, de las cuales depende la demanda externa. Sin embargo, los expertos internacionales vaticinan cada vez menos crecimiento mundial. No se visualiza en el horizonte qué país pudiera ocupar el lugar de China o de Estados Unidos como los grandes demandantes del futuro. Por lo mismo, necesitamos fortalecer nuestra economía interna para que pueda crecer por si sola.

En tercer lugar, está la calidad y cantidad de empleos en el país. No se trata de simplemente crear más empleos, si estos van a tener una remuneración real tan baja como la que hemos visto en la última década. Tenemos que buscar cómo mejorar la remuneración promedio de las familias para incrementar el poder adquisitivo y fomentar el consumo en general. Para éste propósito tenemos que pensar afuera de la caja y no limitarnos al viejo debate que primero debemos impulsar la productividad.

Finalmente, necesitamos encontrar la fórmula para abatir la pobreza, empezando primero con la extrema y después extendiendo los esfuerzos a la patrimonial. Aquí está involucrado una cantidad de factores, desde una mejoría notable en la educación, una mejora en la eficiencia del gasto público y la aplicación de programas sociales que funcionen. Si volteamos a ver los esfuerzos mundiales, encontramos que muchos países han registrado progresos muy sólidos en el cumplimiento de las metas del milenio. ¿Por qué México no logra avanzar?

Para contestar esta pregunta, regresamos al primer punto. México tiene un estado de derecho muy endeble y una corrupción rampante. Si no logramos en primer término abatir la corrupción, todo lo demás seguirá siendo inalcanzable. El gobierno no ha encontrado cómo y cada vez parece más lejos de hacerlo. ¿Ideas?

Según las últimas encuestas, el rango de proyecciones para el crecimiento del PIB en 2015 va de 3.0 a 4.3 por ciento. En este espacio caben los rangos establecido de Banxico (3.0 a 4.0 por ciento) y de SHCP (3.2 a 4.2 por ciento). La institución más pesimista (Bank of America Merrill Lynch) prevé 3.0 por ciento, mientas que el más optimista (Banorte) anticipa 4.3 por ciento. Aunque Banorte es la única institución en todo el país que muestra más optimismo que el propio gobierno, habría que mencionar que acaba de revisar a la baja su proyección desde 5,0 por ciento. En principio, podríamos pensar que el punto medio del rango (3.65 por ciento) representa el consenso. Sin embargo, la distribución de las proyecciones es asimétrica, ya que la mediana es apenas 3.4 por ciento.
Estamos lejos todavía de tener ni siquiera los primeros datos de este año, pero el sentimiento generalizado de la población es que no habrá mucha mejoría con respecto al año pasado. Habrá que recordar que las proyecciones de principios de año para 2013 y 2014 fallaron miserablemente, por lo que el consenso actual de 3.4 por ciento es visto como muy optimista por la mayoría. Aun suponiendo que llegamos a crecer a esta tasa, el promedio anual para la primera mitad del sexenio será de apenas 2.3 por ciento. Esta cifra es bastante mediocre, especialmente si tomamos en cuenta que se aprobaron todas las famosas reformas estructurales que prometían detonar el crecimiento.
Uno de los retos más importantes para el gobierno este año es inducir la recuperación del ingreso disponible de los hogares, ya que el consumo familiar es el lastre más notorio de la actividad económica. Por lo pronto, el presidente de la República anunció siete medidas para impulsar la economía familiar, por lo cual estaremos pendientes para ver si estas nuevas políticas impactarán el consenso para el crecimiento de 2015. En lo particular, no pienso modificar mi propia proyección, ya que las medidas son pocas y de poco impacto. De entrada, cuatro de las siete no son nuevas, dado que ya estaban contempladas dentro de las reformas estructurales previamente aprobadas.
Al iniciar el año, hubo una reducción de dos por ciento en las tarifas eléctricas para los hogares y los negocios; un incremento de una sola vez de 1.9 por ciento (en vez de 3.0) en los precios de las gasolinas; y, la eliminación del cobro diferenciado en las llamadas telefónicas de larga distancia. En adición, se realizará la distribución de 10 millones de televisiones digitales; habrá un programa de impulso a emprendedores; un conjunto de medidas para impulsar la construcción de vivienda; y ciertos apoyos fiscales a los estados de Chiapas, Guerrero y Oaxaca.
Si tomamos en cuenta que el subíndice de precios de los energéticos y tarifas autorizadas por el gobierno ha sido el de mayor incremento en los últimos años, la reducción en las tarifas eléctricas y la eliminación de “gasolinazo” mensual son medidas bienvenidas que sí debería disminuir la merma del poder adquisitivo del ingreso familiar. El hecho de que el precio de la gasolina en México es ahora sustancialmente mayor al de Estados Unidos, convierte un gran subsidio de gobierno de años anteriores en una fuente de ingresos adicionales, por lo que era muy difícil que el gobierno siguiera aumentando su precio cada mes. De todas, estas dos medidas son los de mayor impacto.
Sin embargo, no queda muy claro a quienes y en cuanto va beneficiar la eliminación de larga distancia, aunque seguramente habrá algunas familias beneficiadas. La distribución de televisiones digitales parece ser mucho más una medida electoral que de apoyo familiar, ya que no tendrá impacto en el ingreso personal de los hogares. No se conoce detalle alguno del programa de impulso a emprendedores, pero no suena como algo que pudiera tener mayor impacto en el corto plazo. Las medidas para la vivienda son muy necesarias, aunque habría que estudiar de fondo su eficacia, especialmente ante el hecho de que las políticas anteriores llevaron a casi todos los desarrolladores a la quiebra. Finalmente, qué bueno que habrá más apoyos los tres estados más pobres de la República, pero el impacto sobre el crecimiento nacional será marginal en el mejor de los casos.
Dado que algunas medidas ya estaban contempladas y otras prácticamente no tendrán impacto, es casi un hecho de que no veremos revisiones en las proyecciones de crecimiento. Para esto, estaremos pendientes de las primeras cifras de la actividad económica del año, para ver si empieza a reactivarse el consumo.

Al igual que 2013, este año fue una gran decepción. Después de arrancar el año con una expectativa de 3.5 por ciento, el crecimiento económico de 2013 terminó en 1.39 por ciento, como resultado de múltiples factores tanto externos como internos. Terminamos un año sumamente complicado con expectativas de una mejoría en 2014, gracias a que esperábamos mayor dinamismo en Estados Unidos, una recuperación en el sector de la construcción, la finalización de las reformas estructurales (y su consecuente impacto positivo en la inversión privada) y un aumento en el gasto público, especialmente en la inversión pública. Las incógnitas giraban alrededor de la Reforma Hacendaria, que claramente estuvo diseñada para restarle dinamismo a la economía al perjudicar el ingreso disponible de los hogares y limitar los incentivos de inversión de las empresas. Aun así, empezamos el año pensando que podíamos crecer cerca de 3 por ciento, mientras que el gobierno proyectaba mayor optimismo con su expectativa de 3.9 por ciento.
Desgraciadamente, empezó mal el año. Estados Unidos sufrió condiciones climatológicas adversas en los primeros meses, que limitaron la demanda por nuestras exportaciones y ocasionaron una caída de 2.1 por ciento en el PIB de su país. Sin la reactivación de nuestro principal motor de crecimiento, muchos analistas empezaron a revisar a la baja las estimaciones de crecimiento del año, ya por debajo de 3 por ciento. Pero aun así, México logró casi replicar el crecimiento del trimestre anterior (1.5 por ciento anualizado) en el primer trimestre de 2014, al crecer 1.4 por ciento (anualizado, para comparar las tasas con las de Estados Unidos).
El lado positivo fue que la adversidad que afrentó Estados Unidos fue temporal, ya que en los dos trimestres siguientes mostró crecimientos vigorosos de 4.6 y 3.9 por ciento, respectivamente. Las exportaciones no petroleras crecieron durante el resto del año y se proyecta que terminaran el año con una tasa de dos dígitos. El sector automotriz mostró mucho dinamismo y se estima que podrá haber crecido en el año más de 20 por ciento. Las exportaciones no automotrices lograron reactivarse a lo largo del año, por lo que parece que tendrá un avance mayor al 10 por ciento al concluir 2014. Aunque la mayor parte de las exportaciones fueron a Estados Unidos, las dirigidas al resto del mundo pasaron a tasas positivas ya en la segunda mitad del año.
Internamente, la industria de la construcción tocó fondo a finales de 2013 y empezó su recuperación al iniciar 2014. La edificación privada empezó a crecer, aunque no a tasas aceleradas, mientras que los trabajos especializados de la construcción avanzaron en línea con la recuperación en las remesas. Sin embargo, las obras civiles de ingeniería, identificadas con la inversión pública, mantuvieron su tendencia negativa a lo largo del año. Al final de cuentas, el impulso de la construcción privada ayudó a que la inversión privada creciera en el año, mientras que la inversión pública terminó con cifras negativas.
El comportamiento sólido de las exportaciones, la reactivación de la construcción y el inicio de una tendencia positiva de la inversión privada contribuyeron a una mejoría en 2014 respecto a 2013. El gasto público y en especial la inversión pública fueron los lastres del año, ya que ambos terminaron el año con tasas negativas, a pesar de los esfuerzos del gobierno federal por canalizar mucho más recursos que antes. Mientras que la SHCP reportaba a lo largo del año crecimientos reales importantes, el INEGI registró disminuciones en el gasto público, tanto corriente como de capital. A pesar de varias hipótesis al respecto, la dicotomía entre las finanzas públicas de la SHCP y las cuentas nacionales del INEGI terminó siendo la gran incógnita del año.
El último factor que sobresale y es el más importante por su peso en la economía es el consumo de los hogares, que quedó prácticamente estancada en el año. Los efectos adversos de la Reforma Hacendaria fueron mucho mayores a los estimados, incluso por el propio sector privado. Provocó una disminución significativa en el ingreso personal real y una merma importante en la confianza de los consumidores. Para los analistas, quedó muy difícil diagnosticar bien el desempeño del ingreso a lo largo del año, por la falta de un indicador relevante del INEGI. Sin embargo, recomiendo que vean la Gráfica 22d (página 29) del último Informe Sobre la Inflación de Banxico; la caída en el ingreso promedio real es verdaderamente impresionante.
Así estamos por concluir el año con un crecimiento estimado de 2.1 por ciento.

A todos nos queda claro que hasta ahora una de las principales promesas incumplidas de este gobierno es la del crecimiento económico. De llegar a crecer 2.7 por ciento este año (la proyección de la SHCP), la tasa promedio de los primeros dos años de gobierno será 1.9 por ciento, por debajo del promedio de los últimos cuatro sexenios e incluso, menos que el promedio de los últimos 32 años. Hace dos años, nos dijeron que si de aprobarse una serie de reformas estructurales, a estas alturas ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento. Sin embargo, a pesar de tenerlas ya todas publicadas en el Diario Oficial, nos cambiaron el discurso: resulta que los beneficios se darán en el mediano o largo plazo. Si bien nos va, será a partir de la segunda mitad del sexenio, pero si no por lo menos a partir del sexenio entrante.
En estos dos años muchas cosas han pasado. Quizás lo más importante es aceptar la realidad de que las reformas no son la panacea y que será muy difícil crecer si no fortalecemos las instituciones, el estado de derecho y los derechos de propiedad, junto con un combate frontal a la corrupción, la informalidad y a la disolución de los poderes fácticos que protegen los monopolios y el abuso del poder. ¿De qué sirve reformar la Constitución y cambiar las leyes si no existe el pleno respeto y cumplimiento de las mismas? En otras palabras, estructuralmente no estamos listos todavía para crecer a mayores tasas.
Fueron muchos factores que explican la desaceleración y estancamiento de la actividad económica a partir de este sexenio. De entrada, dependemos mucho de nuestras exportaciones y el entorno externo no ha sido del todo favorable. Sin embargo, si analizamos cada factor a fondo, encontramos que lo que más ha limitado el crecimiento es la política fiscal. Primero, fue el proceso de consolidación fiscal y un subejercicio del gasto que casi empuja la economía a una recesión el año pasado. Posteriormente, vino la reforma hacendaria que se limitó a ser un esfuerzo recaudatorio profundo con efectos negativos en el ingreso personal disponible de los hogares y un golpe irremediable a la confianza del consumidor y empresarial. Peor aún, el esfuerzo recaudatorio no solo se limitó a quitarle más ingresos a los hogares y empresas, sino también a incrementar significativamente el déficit fiscal y la deuda pública, desplazando recursos que pudieran haberse destinado a inversiones del sector privado. Finalmente, nos encontramos con la sorpresa de que a pesar del enorme incremento de recursos en el erario, el gasto público ha disminuido sustancialmente este año. El INEGI reportó que el gasto público del segundo trimestre es el más bajo de los últimos 17, mientras que la inversión pública mantiene una tendencia negativa desde el último trimestre de 2010 a la fecha. El gasto público real del primer semestre de este año resultó todavía 0.9 por ciento menos que el mismo semestre del año pasado (que fue el afectado por la consolidación fiscal y el subejercicio del gasto).
Empezamos el año sabiendo que el consumo de los hogares estaría sumamente débil como consecuencia de la política fiscal del gobierno, pero con la esperanza de que aumentara el gasto público, en especial en inversiones físicas esenciales. El gobierno anunció un plan de infraestructura impresionante, que en parte debería reponer parte del daño causado por la reforma fiscal. Sin embargo, las cuentas nacionales registraron una contribución negativa del gasto público en el primer trimestre. Ante esta incógnita, pensamos que simplemente era otro arranque lento y que a partir del segundo trimestre se registraría un aumento en el gasto. De nuevo nos sorprendimos cuando vimos que el gasto público real disminuyó en el segundo trimestre e ingenuamente dijimos que sería a partir del tercer trimestre que empezaría a repuntar. El problema es que ya estamos en octubre y todavía nos queda el gobierno a deber.
El INEGI divulgó la semana pasada las cifras de la actividad industrial de agosto. La construcción de obras de ingeniería civil, que refleja fundamentalmente la inversión pública, registró una disminución de 1.83 por ciento respecto a julio (que anualizado equivale a -24.3 por ciento) y un decremento de 5.46 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Con este desempeño, la construcción pública cumple 24 meses al hilo con una tendencia negativa. Si examinamos la serie histórica desde 1993, encontramos que esta racha es la más larga (y por mucho), ya que en 1995 observamos una tendencia negativa de tan solo 14 meses y en 2000 una de 12.

Los últimos tres gobiernos iniciaron el sexenio prometiendo encauzar reformas estructurales que nos ayudarán a crecer más. Pero a diferencia de Fox y Calderón que no cumplieron, Peña Nieto construyó el Pacto para México, que produjo alrededor de una decena de reformas. Ahora sí, México debe crecer mucho más, ¿o no?
Claramente, no queda claro. Al iniciar la administración actual, la Secretaría de Hacienda dijo que el crecimiento “inercial” (sin reformas pero con un entorno externo favorable) era alrededor de 4.0 por ciento. En cambio, si se aprobaran todas las reformas estructurales que iba a proponer el Poder Ejecutivo, el crecimiento sería superior a 5.0 por ciento anual. En su momento, se dijo que en 2013 creceríamos 3.5 por ciento; en 2014 cerca de 4.0 por ciento; en 2015 ya con las reformas en marcha, 4.7 por ciento; y a partir de 2016 más de 5.0 por ciento promedio anual. En ese momento, el crecimiento promedio anual del sexenio (con reformas) estaba proyectado en 4.6 por ciento, lo doble del observado en los 30 años anteriores.
Dos años después, el gobierno puede presumir el logro de todas las reformas, incluyendo las leyes secundarias correspondientes y un entorno externo favorable, por lo que podemos descartar el escenario inercial. Sin embargo, ahora el gobierno nos dice que el crecimiento de 2015 será 2.7 por ciento, muy por debajo de su proyección original. Aun en el caso de que se logré crecer 5.2 por ciento en promedio en los últimos tres años del sexenio, el promedio no alcanzará la tasa prometido de 4.6 por ciento, sino apenas 3.7 por ciento. En otras palabras, el promedio del sexenio terminará por debajo del crecimiento inercial de 4.0 por ciento con todo y reformas.
Sin embargo, debemos considerar las proyecciones del gobierno como el escenario optimista, el cual no queda claro que se vaya materializar. Prácticamente todas las proyecciones de las instituciones financieras, analistas privados y organismos internacionales apuntan hacia un crecimiento mucho menor. Hasta ahora, no me acuerdo de una sola institución (fuera del gobierno) que anticipa un escenario similar al oficial.
Por ejemplo, tomemos el caso de Moody’s Investor Service, la empresa calificadora internacional de mayor prestigio mundial. Sin lugar a dudas, ve las reformas estructurales como algo positivo, que va a mejorar las posibilidades de crecimiento económico en el futuro. Las ve como un quiebre histórico que aumenta la habilidad y capacidad del país para crecer. Implican un cambio de reglas que remueve o por lo menos reduce las barreras de entrada a muchos mercados. Existe ahora una expectativa de mayor inversión y fortaleza económica que incrementa el crecimiento potencial en alrededor de un punto porcentual completo. Entonces, ¿cuál es el problema?
La estimación de Moody’s del crecimiento potencial antes de las reformas era de 2 a 3 por ciento. Gracias a la aprobación de las mismas, ahora se eleva a un rango de 3 a 4 por ciento. En otras palabras, la estimación inercial original del gobierno mexicano era demasiado optimista, casi dos puntos porcentuales por encima de la proyección de Moody’s. El Fondo Monetario Internacional (FMI) opina igual, al decir que las reformas estructurales de México suben su crecimiento potencial de 2.5 por ciento a 3.5 por ciento. En otras palabras, necesitamos mucho más que reformas para crecer en forma sostenida por encima de 5 por ciento.
Otra promesa modificada del gobierno gira en torno a los plazos en que se podrá apreciar el mayor potencial de las reformas. Hace un par de años, nos dijeron que ya a partir de 2015 (sino es que antes) íbamos a experimentar mayor crecimiento. Ahora nos dicen que no será hasta 2016. Sin embargo, el consenso apunta hacia un horizonte de mucho mayor largo plazo. De nuevo, Moody’s habla de tres etapas en un escenario “post-reformas”: la primera es de la aprobación, tanto de reformas como de leyes secundarias de 2013 a 2014. Aquí hubo un grado mayor de pesimismo y escepticismo, combinado con la resaca del cambio de sexenio y la reforma fiscal, cuyo resultado fue crecimiento por debajo del potencial inercial. La segunda etapa, de 2015 a 2017 es de un cierto regreso a la normalidad, cuyas características principales son de absorción, entendimiento y de aprovechamiento inicial, por lo que podemos describir a esta etapa como de transición. En estos años, el crecimiento promedio andará entre 3 y 4 por ciento. Finalmente, tenemos la etapa final de consolidación, a partir de 2018, que debería traducirse en mayor inversión y crecimiento continuo. Si todo marcha bien, alcanzaremos la parte superior del nuevo rango al crecer alrededor 4 por ciento a partir de 2018.
Pensemos en un escenario un poco más optimista que el de Moody’s, pero sin ir al extremo del gobierno. Creo muy factible crecer alrededor de 4 por ciento promedio en la segunda mitad del sexenio, con algún que otro año incluso por encima de 5 por ciento. ¿Por qué no? Ya lo hemos logrado en muchas ocasiones: en los últimos 20 años hemos crecido por lo menos 5.0 por ciento en cinco ocasiones (1996, 1997, 2000, 2006 y 2010). Sin embargo, el verdadero reto no es crecer por encima de 4 o 5 por ciento en un año dado, sino mantener un promedio superior a 4 sin nunca crecer menos de 3 por ciento. Para esto, necesitamos construir la habilidad de que la economía interna pueda crecer sanamente independientemente del entorno externo.

Escrito el 17 de junio de 2014 para Newsweek en Español.

 

Entre 1933 y 1981, México logró crecer a una tasa promedio anual de 6.19 por ciento, lo que permitió multiplicar el PIB por un factor de 19 en lo que fue casi 50 años. El crecimiento llegó a registrar un promedio anual de 9.11 por ciento en los últimos cuatro años de ese periodo, impulsado por el boom petrolero de los setenta. Pero con el derrumbe económico de 1982, se perdió por completo la habilidad de crecer, ya que la tasa disminuyó a un promedio por año de tan solo 2.21 por ciento los últimos 32 años, una de las más bajas de todo América Latina. Muchas personas culparon al Partido de la Revolución Institucional (PRI), el partido que había monopolizado el poder por 71 años consecutivos (1929-2000), por lo que decidieron en las urnas en 2000 darle la oportunidad al Partido de Acción Nacional (PAN). Sin embargo, en los dos sexenios en que sostuvo el poder (2001-2012), los gobiernos del PAN no pudieron mejorar la pobre actuación económica: Vicente Fox logró que la economía avanzara a un ritmo de 2.18 por ciento anual, mientras que Felipe Calderón registró una tasa promedio de 2.09 por ciento.

Ante la frustración del desempeño mediocre del PAN, la población decidió darle de nuevo la oportunidad al PRI, con la presidencia de Enrique Peña Nieto. En su campaña prometió impulsar las reformas estructurales que hacían falta y a retomar el crecimiento sostenido. Convenció a la mayoría de que solamente el PRI tenía la capacidad política para negociar con la oposición y que con su retorno por fin despejaría la economía. Con su victoria se presumió que había llegado el “momento México”. Inició su mandato con el lema “moviendo a México”, apoyado en grande por la prensa extranjera que ayudó a promover al país. Las agencias calificadoras se sumaron a la ola de optimismo, mejorando la calificación de riesgo soberano con el argumento implícito de que ahora sí el gobierno sabía qué hacer.

Sin embargo, no llegó el famoso momento México. El crecimiento económico del país en el primer año del nuevo gobierno no llegó ni siquiera a la mitad del promedio histórico de los últimos 32 años, mientras que el arranque de 2014 ha mostrado que la tendencia de estancamiento permanece igual. Todas las instituciones, analistas y académicos han revisado continuamente sus proyecciones de crecimiento a la abaja, hasta que recientemente el gobierno y el banco central tuvieron que admitir lo mismo. Por lo pronto, las perspectivas para este año giran alrededor de 2.5 por ciento, pero no debe sorprender que antes de finalizar el año observamos más revisiones a la baja.

¿Qué pasó con el momento México? ¿Por qué nunca llegó?

México fue de los ganadores después de la Gran Recesión

El crecimiento del PIB mexicano de 2001 a 2009 fue 1.3 por ciento promedio anual, el peor de toda América Latina. El contraste con las demás economías de la región fue enorme, ya que la década pasada fue muy favorable para la mayoría de los países latinoamericanos. Volteábamos a ver a Brasil, Chile, Perú y Panamá con envidia, que crecían muy por encima de nosotros. Al mismo tiempo, surge China como nuevo centro manufacturero mundial y nos empezó a comer el mandado. Peor aún, viene la gran recesión en 2008 y el PIB de México se desploma 4.7 por ciento. A pesar de una supuesta fortaleza macroeconómica, un sistema financiero saneado, una política cambiaria adecuada y relaciones de deuda externa relativamente buenas, tuvo uno de los peores desempeños a escala mundial. Al desplomarse el comercio exterior, México pierde su motor de crecimiento más valioso y la economía interna no supo responder.

No toda la retracción de la actividad económica provino de afuera. La sobrerreacción de las autoridades al virus H1N1, que paralizó por completo a la economía por un espacio importante, posiblemente contribuyó cerca de dos puntos porcentuales de los que disminuyó el PIB ese año. Pero aun así, México parecía maldecido y condenado al crecimiento mediocre.

Sin embargo, el panorama empezó a cambiar a partir de 2010 con un repunte significativo en las exportaciones no petroleras, a pesar de la lenta recuperación mundial. El PIB de México logró crecer 5.2, 3.8 y 3.9 por ciento en 2010, 2011 y 2012, respectivamente, para alcanzar un promedio de 4.3 por ciento en los tres años y crecer por arriba del promedio mundial. En estos años, México recapturó una porción del mercado norteamericano que había cedido a China y se empezó a escuchar de nuevo de la competitividad mexicana. No sólo la industria automotriz despegó a gran velocidad, sino también las exportaciones manufactureras no automotrices. Pero todavía más sorprendente fue que la economía interna empezó a responder y parecía tener por primera vez su propio dinamismo.

¿Cuáles fueron los factores que explicaron el mejor desempeño vis-a-vis los demás países? En principio, fueron tres: un reacomodo de líneas de producción (en especial en la industria automotriz) dentro de América del Norte, mediante el cual se buscó reducir costos de producción e incrementar la eficiencia a raíz de los efectos de la recesión en Estados Unidos; una moneda más competitiva (depreciada) a raíz del ajuste significativo que sufrió el tipo de cambio en 2008; y un cambio fundamental en la política económica de China, que coadyuvó a cerrar la brecha de los costos laborales unitarios entre ambos países.

A raíz de la profunda recesión de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las empresas automotrices estuvieron a punto de quebrar. Recibieron incluso ayuda gubernamental y tuvieron que implementar cambios profundos para volver hacer competitivos y rentables. Muchos de estos cambios involucraron cambios en sus líneas de producción de Estados Unidos hacia México, que en parte fue un reconocimiento de que la productividad de la industria automotriz mexicana no solamente era buena, sino de las mejores a escala mundial. A raíz de entonces, no sólo se observó nuevas inversiones en las plantas de capital norteamericanas, sino también en las europeas y asiáticas. El resultado fue que apenas un par de años después de la crisis, México había ganado mucha participación en la producción automotriz mundial.

En los años anteriores a la crisis, el dólar se había depreciado respecto a las principales monedas del mundo. Dado que el peso mexicano está muy ligado al dólar, México aprovechó parte de esta depreciación para incrementar sus exportaciones a países distintos a Estados Unidos. Como consecuencia de la crisis, el peso sufrió una depreciación significativa respecto al dólar en un momento en que el dólar se recuperó respecto a los demás países. De nuevo, México ganó competitividad hacia el exterior y se posicionó muy bien cuando el comercio exterior empezó a recuperarse.

Finalmente, China empezó a poner más énfasis en su mercado interno, empezando por otorgar mejores salarios a sus obreros. Como consecuencia, la distancia abismal que había entre los costos laborales de los dos países acortó y las ventajas de seguir produciendo en China se empezaron a mermar. Después de casi una década en la cual China absorbió una buena parte de la actividad manufacturera global, muchas empresas se dieron cuenta que los costos de logística y de transporte eran igual o más importantes que los laborales. Al final de cuentas, la cercanía geográfica de México y las posibilidades de abastecer oportunamente al mercado de Estados Unidos, volvió a posicionar a México como creciente posibilidad de producción manufacturera.

La mejoría económica en los tres años previos al arribo de Enrique Peña Nieto a la presidencia, fortaleció la creencia de que el nuevo gobierno podría tomar e incluso mejorar esta inercia. Si la ausencia de reformas estructurales fue uno de los factores que limitó el crecimiento en la era del PRI, entonces Peña Nieto tenía todo que ganar con impulsarlas. Sin embargo, con el cambio del sexenio vino una desaceleración frustrante que dejó a México al borde de una recesión.

La tormenta perfecta

Después de buen crecimiento por tres años, la actividad económica mexicana se desaceleró significativamente en 2013 para alcanzar apenas una tasa de 1.1 por ciento. Fueron muchos los factores, tanto externos como internos, que contribuyeron al mal desempeño. Una menor demanda por nuestras exportaciones en el exterior, la cancelación de cuotas de exportación de automóviles a Brasil y Argentina, una disminución pronunciada en las remesas y la recesión de Europa fueron algunos de los elementos externos. Mientras tanto, la crisis de la construcción, el menor gasto público, un desabasto de gas, inundaciones, incertidumbre en torno a las reformas estructurales, dudas en torno al cambio de sexenio y un deterioro acumulado en el poder adquisitivo de los hogares, fueron las causas internas.

El impulso principal para la actividad económica que planteó el gobierno entrante era su agenda ambiciosa de reformas estructurales. Los gobiernos anteriores no los pudieron aprobar debido a la oposición que tenían en el Congreso y a la falta de habilidad política para negociar y conciliar intereses. Sin embargo, el gobierno de Peña Nieto logró establecer el “Pacto para México”, que fue un acuerdo entre los principales partidos políticos para perseguir una agenda común. De aprobarse el decálogo de reformas, el crecimiento habría que detonarse.

Sin embargo, esta perspectiva no se materializó. A pesar de que algunas de las reformas se aprobaron en la primera mitad de 2013, las más importantes enfrentaron problemas mayores. La reforma fiscal terminó como una propuesta simplemente recaudatorio, sin enfrentar los verdaderos retos fiscales, mientras que la de telecomunicaciones y la energética se pospusieron hacia fines de año. Muchas de las leyes secundarias que debían seguir la aprobación de las reformas se empantanaron y no fueron aprobados hasta mucho después. Como resultado, el empuje que debió representar estas reformas no se materializó en 2013 y quedó claro que si se llegaran a materializar factores positivos de ellas, no serían sino hasta la segunda mitad del sexenio.

Pero más allá de las fallas que pudieran llegar a representar estas reformas, la actividad económica sufrió una serie de reveses, que no solo detuvo su crecimiento, sino que empujó a la economía hacia el borde de una recesión ligera. Lo que pasó fue como una tormenta perfecta, es decir, se conjuntaron varios factores negativos tanto externos como internos, casi todos al mismo tiempo, que detuvo la marcha de la economía. ¿Cuáles fueron estos factores?

Primero, a mediados del año anterior (2012) la demanda por las exportaciones no petroleras mexicanas empezó a desacelerarse. Las exportaciones automotrices dejaron de crecer a los ritmos anteriores, mientras que las manufactureras no automotrices se estancaron. Dado que las exportaciones son el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, se experimentó mucho menos dinamismo en las actividades secundarias, que a su vez dejaron de estimular el crecimiento de las actividades terciarias. Hubo una visible desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos (de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013) y específicamente en su producción manufacturera, que creció 2.2 por ciento en 2013 después de haber logrado una tasa de 3.9 por ciento en el año anterior. Al final de cuentas, las exportaciones no petroleras solo crecieron 4.0 por ciento en 2013, menos de la mitad de la tasa de 8.5 por ciento de 2012.

Segundo, al mismo tiempo dejaron de crecer las remesas familiares provenientes de Estados Unidos. A partir de julio de 2012 la tasa anual fue consistentemente negativa, afectando un ingreso complementario de muchas familias, que a su vez tuvo un efecto negativo sobre el consumo de los hogares. Dado que una parte significativa de estos ingresos se dedican a obras de autoconstrucción y remodelación de casas, también se vio afectada la rama de “trabajos especializados” dentro de la construcción.

Tercero, el gobierno de Calderón había dado un gran impulso a la vivienda de interés social, en especial mediante la construcción de casas habitacionales horizontales. Sin embargo, la gran mayoría fueron desarrollos en zonas apartadas de los centros de trabajo, esparcimiento y escuelas. Muchos gobiernos locales fallaron en proveer la infraestructura necesaria, por lo que miles de casas fueron abandonadas. A mediados de 2012, el gobierno decidió parar este tipo de edificación, en espera de una nueva reglamentación que favoreciera la vivienda vertical. No obstante, ante el inminente cambio de sexenio, el gobierno saliente le dejó el paquete a la nueva administración, lo que dejó prácticamente paralizado un segmento importante de la construcción. Peor aún, el nuevo gobierno no resolvió el problema de inmediato, lo que profundizó la crisis de la construcción en 2013. La mayoría de los desarrolladores de vivienda quedaron al borde de la quiebra, sin los recursos para volver a levantar el sector.

Cuarto, el gobierno de Calderón propuso utilizar la mayor parte del gasto público programado para 2012 en la primera mitad del año en busca en un efecto favorable en la economía antes de las elecciones. Esto implicó una disminución en el gasto en la segunda mitad del año, en especial en obras civiles y de infraestructura. Al entrar el nuevo gobierno, se intensificó la disminución en el gasto, muy visible en la inversión fija bruta del gobierno. En sí, el presupuesto aprobado para 2013 buscaba un balance fiscal, lo que implicaba un proceso de consolidación mediante una disminución en el gasto público. Pero aunado a esta restricción, la nueva administración tuvo un subejercicio de su gasto, por lo que su impacto negativo fue todavía mayor. No fue hasta el último trimestre de 2013 que el gobierno de Peña Nieto logró activar en forma el gasto público. Sin embargo, fue demasiado poco y tarde para lograr algún impacto significativo en la actividad económica.

Quinto, ante la promesa de reformas estructurales que implicaban nuevas oportunidades de inversión, el sector privado decidió posponer muchos proyectos hasta no saber bien cuáles iban a ser las nuevas reglas del juego. Primero habría que esperar para ver cuáles reformas se aprobarían y después cuáles serían las leyes secundarias. Aunado a la espera de las reformas, había incertidumbre en torno al cambio sexenal, que siempre tiene un efecto negativo en el primer año de cualquier sexenio. Esto también implicó una disminución en la inversión fija bruta del sector privado.

Sexto, a pesar de que la inflación general se ha contenido en los últimos años, los precios de los alimentos, de la gasolina y otros bienes con alto impacto en los presupuesto familiares, subieron mucho más que los sueldos y salarios, provocando una pérdida en el poder adquisitivo de muchos hogares. Aunado a los factores anteriores, esto incitó a una disminución en el comercio y a una eventual desaceleración en las actividades terciarias en su conjunto.

El resultado fue primero una atonía a partir de mediados de 2012, que posteriormente se convirtió en un estancamiento de la actividad económica en 2013. El gobierno fue severamente criticado a lo largo del año, ya que cada tres meses se veía forzado a revisar su expectativa de crecimiento a la baja: empezó el año anticipando una tasa de 3.5 por ciento, que revisó a la baja cuatro veces antes de admitir la tasa final de 1.1 por ciento para el año. Sin embargo, no solo fue el gobierno que no anticipó adecuadamente el crecimiento del año, sino también prácticamente a todos los analistas, instituciones financieras y organismos internacionales. Parte del problema fue, que aunado a todos los factores mencionados, hubo modificaciones importantes en las cuentas nacionales (cambio de año base y adecuaciones metodológicos), que terminaron por arrojar cifras de crecimiento económico menores a los que originalmente se habían reportados. En un principio, el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) reportó en mayo de 2013 que el PIB del primer trimestre de 2013 había crecido de 1.8 por ciento anualizado respecto al trimestre anterior. La cifra ya revelaba una economía menos dinámica, lo que llevó a muchos analistas a revisar a la baja su expectativa de crecimiento para el año, pero aun todavía en un rango ligeramente por debajo de 3 por ciento. Sin embargo, cuando el INEGI dio a conocer los datos del segundo trimestre en agosto, aprovechó para introducir el cambio de base (de 2003 a 2008), que resultó en una revisión del primer trimestre a 0.1 por ciento de crecimiento y una tasa negativa de 2.9 por ciento para el segundo. Por lo mismo, después de conocer los datos revisados los analistas tuvieron que revisar de nuevo a la baja sus perspectivas de crecimiento, esta vez ya por debajo de 2 por ciento. A pesar de que hubo una pequeña mejoría en el desempeño de la economía en el tercer trimestre, el cuarto volvió a estancarse y la economía terminó creciendo apenas 1.1 por ciento en el año.

La promesa de recuperación

Si revisamos detenidamente la lista de los factores que contribuyeron al bajo desempeño de 2013, encontramos que prácticamente todos fueron de naturaleza temporal, es decir, que deberían perdurar por mucho tiempo. Esto llevó al gobierno a prometer una recuperación vigorosa en 2014, primero como consecuencia de una recuperación en la economía de Estados Unidos y Europa y posteriormente apuntalado en una política de gasto público muy agresivo. Consistente con el lema que está utilizando el gobierno para promover el país, “moviendo a México”, la SHCP ha sido muy reacio a reconocer y admitir primero, que la economía no va crecer lo que originalmente proyectaron y segundo, que se tiene que revisar a la baja de nuevo las expectativas de crecimiento a raíz de errores de política económica.

Después de prometer resultados casi inmediatos, ante lo sucedido en 2013, el gobierno se vio forzado a admitir que los supuestos efectos benéficos de las reformas se darían [en el mejor de los casos] en el mediano plazo. Por lo mismo, para remediar la situación y reactivar la economía, el gobierno decidió primero plantear una reforma fiscal que proveería de más recursos al erario y después impulsar una ampliación significativa del déficit fiscal para financiar un incremento sustantivo en el gasto. De esta manera, abandonó prácticamente todos los planteamientos originales de la reforma en busca de una propuesta esencialmente recaudatoria. Dejó a un lado las propuestas de unificar el IVA al eliminar las exenciones y excepciones, no presentó propuesta alguna para incentivar el empleo formal y combatir la informalidad, eliminó deducciones que incentivaban la inversión, no buscó ampliar la base recaudatoria y terminó aumentando la tasa impositiva a los cautivos, los que desde antes pagaban la mayor tajado de los impuestos. Adicionalmente, introdujo una serie de nuevos impuestos y aumentos al IEPS que gravaban alimentos de alto consumo en los hogares.

El resultado final de la reforma fue una reducción en el ingreso personal disponible de los hogares, que trajo consigo una disminución en la confianza del consumidor y al mismo tiempo, desincentivó la inversión de las empresas y redujo igual la confianza empresarial. En el momento en que el consumo y la inversión privada necesitaban apuntalar la recuperación, fueron severamente castigados. Peor aún, el gobierno introdujo nuevas medidas de fiscalización y leyes para tratar de limitar el lavado de dinero, pero que empujaron a muchos consumidores y empresarios a retirar su dinero de los bancos y dejar de usar tarjetas de crédito. Como consecuencia, aumentaron significativamente las transacciones informales y cayeron las ventas en los establecimientos formales. En el primer trimestre del año, aumentó la demanda de dinero (base monetaria) más de 14 por ciento, mientras que el PIB nominal solo avanzó 5.1 por ciento.

En principio la estrategia del gobierno es de quitarle dinero a los hogares y empresas para incrementar sus ingresos y pedir prestado algo más al mercado vía un incremento importante en la deuda pública (tanta externa como interna), para aumentar así en forma significativa el gasto público. El primer problema con esta estrategia, es que el gasto público es menos eficiente en términos de su impacto sobre el crecimiento económico que el gasto privado. El segundo problema es que redujo el ingreso personal disponible a los que desde antes pagaban más impuestos en vez de ampliar la base gravable y eliminar a los grupos privilegiados. El tercer problema es que al acudir a los mercados financieros para financiar la ampliación del déficit, desplazó al sector privado de recursos que hubiera utilizado para invertir. El resultado es que el primer trimestre quedó estancado y se abortó las posibilidades de iniciar una recuperación de fondo.

Al concluir el primer trimestre, la SHCP reportó un aumento en el gasto público de alrededor de 8 por ciento real y en especial. Un aumento en inversión física de más del 17 por ciento. Sin embargo, la inyección de recursos públicos no parecía tener efecto alguno en el crecimiento. Sin embargo, más de un mes después, el INEGI reportó que el consumo público disminuyó 0.33 por ciento respecto al trimestre anterior y en especial, hubo una caída de 8.5 por ciento en la inversión público respecto al mismo periodo del año anterior. La SHCP no ha querido aclarar esta divergencia tan marcada en las cifras y tampoco reconocido que su última revisión a la baja en el crecimiento tendrá que ser revisada de nuevo (algo que Banco de México ya admitió).

Aunado a los errores de política gubernamental, el entorno externo no presentó la mejoría anticipada a principios de año. La economía norteamericana arrancó mal el año debido a condiciones climatológicas adversas, que afectó negativamente a la inversión privada, el gasto público y los inventarios. El resultado fue que el PIB estadounidense disminuyó 1.0 por ciento en el primer trimestre de 2014, por lo que no aumentó mucho la demanda por nuestras exportaciones. Afortunadamente, el consumo de los hogares siguió creciendo en Estados Unidos, por lo que el revés se ha interpretado como un fenómeno temporal. De hecho, las exportaciones mexicanas han mostrado una mejoría en los últimos meses.

El Indicador IMEF Manufacturero de mayo muestra una tendencia modesta al alza, por lo que se anticipa una mejoría en el ritmo de producción ya en el segundo trimestre. Sin embargo, el Indicador IMEF No Manufacturero registra una clara tendencia a la baja en los primeros cinco meses del año, signo de que el comercio y los servicios se mantienen estancados. El hecho de que el Banco de México decidiera reducir 50 puntos base la tasa objetivo de fondeo interbancario a 3.0 por ciento, es muestra de que la actividad económica todavía permanece estancada. La misma Junta de Gobierno recalcó que la mayor debilidad es el consumo y la inversión. La decisión sorpresiva subraya el hecho de que el rango esperado de crecimiento por las autoridades monetarias es seguramente ahora todavía más baja que el de 2.3 a 3.3 por ciento dado a conocer apenas hacia fines de marzo.

 

Expectativas de Crecimiento del PIB para 2014:

Antes y Después de Conocer los Datos del Primer Trimestre

                                                                                                      Antes                 Después

Oficial SHCP                                                                               3.9%                      2.7%

Oficial Banxico                                                                          3.5%                      2.8%

FMI                                                                                               3.0%                        n.d.

Banco Mundial                                                                         3.0%                      2.3%

Encuesta IMEF                                                                          3.0%                      2.6%

Encuesta LatinFocus                                                               3.1%                      2.9%

Encuesta Consensus Economics                                        3.0%                      2.6%

Encuesta Banxico                                                                    3.0%                      2.8%

Encuesta Banamex                                                                 3.0%                      2.8%

Fuente: recopilación propia de fuentes originales de cada Encuesta o Institución.

 

En la medida en que se vayan conociendo más datos duros sobre el desempeño de la economía en el segundo trimestre, se podrán ir afinando las proyecciones de crecimiento para todo el año. No obstante, las acciones del Banco de México y los indicadores oportunos disponibles (como el Indicador IMEF) apuntan a que esta ronda de revisiones a la baja todavía no concluye. Es de esperar que el nuevo consenso se ubique mucho más cerca al 2 que al 3 por ciento. Sin embargo, resulta interesante observar que aun la proyección más pesimista de ahora (cerca del 2 por ciento) implica cierta recuperación en la segunda mitad del año.

¿Qué se necesita para que se active la recuperación? Primero, una mejoría en el entorno externo que culmina en un incremento en las exportaciones no petroleras, que desde hace tiempo ha sido el motor de crecimiento de la economía. Sin una mejoría sustancial, difícilmente podremos ver que se materialice una recuperación que perdure. Segundo, una reactivación en el consumo e inversión privada, que para que ocurre se necesita una pronta absorción de los efectos negativos de la reforma hacendaria, algo que no queda tan claro que pueda ocurrir en el muy corto plazo. Finalmente, se necesita la aprobación final y completa de todas las reformas y leyes secundarias para dejar atrás el ambiente de incertidumbre prevaleciente.

El aumento en el gasto público no será suficiente para reactivar la economía, primero por su ineficacia y segundo, por el poco impacto de segunda orden que tiene sobre la actividad económica. Una buena parte del gasto va dirigido a programas sociales, subsidios y transferencias, que prácticamente no tiene repercusión. La inversión pública podrá ayudar en el margen, sin embargo, la mayor parte simplemente desplazará la inversión privada. Por lo pronto, es casi un hecho que el crecimiento de este año será de nuevo decepcionante. Habrá que esperar a 2015. Por mientras, estaremos esperando las nuevas revisiones a la baja en el crecimiento por parte de SHCP.

 

 

Después de crecer 4.3 por ciento anual por tres años, la actividad económica mexicana se desaceleró significativamente en 2013 para alcanzar apenas una tasa de 1.1 por ciento. Fueron muchos los factores, tanto externos como internos, que contribuyeron al mal desempeño. Una menor demanda por nuestras exportaciones en el exterior, la cancelación de cuotas de exportación de automóviles a Brasil y Argentina, una disminución pronunciada en las remesas y la recesión de Europa fueron algunos de los elementos externos. Mientras tanto, la crisis de la construcción, el menor gasto público, un desabasto de gas, inundaciones, incertidumbre en torno a las reformas estructurales y un deterioro acumulado en el poder adquisitivo de los hogares, fueron las causas internas.

A estas alturas, algunos analistas han querido concentrar la culpa en factores internos y más concretamente, en acciones del gobierno. Sin embargo, sí hubo una visible desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos (de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013) y específicamente en su producción manufacturera, que creció 2.2 por ciento en 2013 después de haber logrado una tasa de 3.9 por ciento en el año anterior. Esto contribuyó a que nuestras exportaciones no petroleras, que representan el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, crecieran 4.0 por ciento el año pasado, menos de la mitad de la tasa de 8.5 por ciento de 2012.

Dado que prácticamente todos los economistas que siguen de cerca la economía de Estados Unidos vaticinan una mejoría para este año, es de esperarse que nuestras exportaciones podrán recuperar su dinamismo. Europa parece salir de su recesión, mientras que la OCDE y el FMI ven mayor crecimiento mundial en 2014. Este mejor escenario implica de entrada que deberíamos tener más crecimiento este año. ¿Pero qué tanto es tanto?

Cuando una economía se desacelera visiblemente o entra en recesión, es muy factible que el siguiente año se presenta más crecimiento por la base reprimida de comparación, algo así como un efecto rebote. Esto significa que podemos esperar una mejoría en el desempeño de la actividad económica este año simplemente por inercia. La mejoría del entorno externo y un pequeño efecto rebote nos debería marcar un piso en el crecimiento para este año alrededor de 3.0 por ciento, que podemos llamar el “crecimiento inercial”. Para poder crecer más del 3 por ciento, necesitaremos de ciertos impulsos, principalmente internos.

Los primeros impulsos podrán venir de una recuperación en el sector de la construcción, que se divide principalmente en tres segmentos: edificación, obras civiles y de infraestructura y trabajos especializados. La edificación fue afectada adversamente desde mediados de 2012 cuando el gobierno decidió suspender los subsidios que otorgaba a la vivienda de interés social. El problema central radicaba en que se apoyó la construcción de casas habitación horizontal en zonas alejadas de centros de trabajo, sin la infraestructura necesaria y con escasos servicios de esparcimiento. El resultado fue un abandono masivo de estos hogares y un fracaso en el impulso del sexenio pasado a este tipo de vivienda. A mediados de 2013, el nuevo gobierno modificó la ley (que entra en vigor a principios de 2014) para ahora impulsar la vivienda vertical, ubicada en lugares con mayor demanda laboral. Esto significa que pronto se debería observar una reanudación en la edificación de viviendas, aunque a un paso más moderado que el que hubo en años anteriores.

El segundo segmento de la construcción, el de obras civiles y de infraestructura, está íntimamente ligado a la inversión pública. Desde mediados de 2012, el gobierno saliente disminuyó el gasto, mientras que en 2013 el gobierno entrante no lo supo activar a tiempo. El resultado fue una subejercicio del gasto público en la primera parte del año y una disminución en la inversión pública en todo 2013. No obstante para 2014 el gobierno plantea aumentar significativamente su gasto vía un déficit fiscal visiblemente mayor a otros años, por lo que es de esperarse un incremento en la inversión destinada a obras civiles y de infraestructura.

El tercer segmento, trabajos especializados de construcción, representa esfuerzos de autoconstrucción y remodelación, que se encuentran correlacionados a la entrada de remesas. Muchos hogares no solo utilizan las remesas como complemento de sus ingresos para consumir más, sino también para invertir en sus casas. Las remesas empezaron a disminuir a mediados de 2012 a la par con una disminución en este tipo de trabajos. Sin embargo, parecen haber tocado fondo hacia fines del tercer trimestre y ahora se prevé una recuperación. Esto significa que deberíamos esperar un desempeño positivo en 2014, aunque no necesariamente muy dinámico, en el sector de la construcción en su conjunto, después de un año excepcionalmente malo.

La verdadera incógnita radica en el efecto de las diez reformas estructurales que se emitieron en 2013 y que deberíamos ver aprobado las leyes secundarias faltantes a mediados de 2014. El gobierno estima que estas deberían empezar a impulsar el crecimiento este año hacia una tasa cercana a 4 por ciento y llegar acerca a 5 por ciento en 2015. No obstante, esta visión no es compartida por la mayoría de los analistas, que ven mucho menos crecimiento en el corto plazo y un impulso mucho más moderado en los siguientes años.

Parte del problema es la reforma fiscal, que en vez de ser un factor positivo para la actividad económica, ya sido un verdadero dolor de cabeza para el sector privado empresarial y para los hogares. La reforma fue básicamente recaudatoria, no creo incentivos importantes para combatir la informalidad, quitó incentivos a la inversión y no fue equitativo al buscar que pagaran más los que más pagaban antes. Restó poder adquisitivo a muchos segmentos de la población al incrementar impuestos a ciertos productos y subir el IVA cinco puntos porcentuales en las zonas fronterizas del país. Redujo el ingreso personal disponible de muchos hogares al incrementar el impuesto sobre la renta y disminuir las deducciones. Eliminó la deducibilidad inmediata a las inversiones, impuso impuestos temporales a las empresas maquiladoras y complicó aún más el pago de impuestos para los contribuyentes menores.

Todos estos efectos recesivos deberán restarle dinamismo a la actividad económica, en especial al comienzo del año. Los primeros datos disponibles de enero señalan un desplome en la confianza del consumidor, casi nula creación de empleo permanente y un aumento significativo en la inflación. Es de esperarse que la actividad económica permanezca estancada en los primeros meses, para posteriormente iniciar una recuperación lenta. Sin embargo, dado que las repercusiones fiscales son distintos dependiendo del tamaño de la empresa y del giro del negocio, se recomienda que cada negocio busque una asesoría fiscal especializada para entender bien sus opciones. La incertidumbre sobre la economía a corto plazo prevalece, por lo que se dificulta la toma de decisiones en materia de inversiones. Esto significa que deben permanecer sumamente cautelosos y todavía cuidar los niveles de inventarios.

Aunque los riesgos externos prevalecen, el balance ha mejorado. Hace seis meses, preocupaba el posible cambio en la política monetaria de Estados Unidos, ya que México había recibido enormes recursos del exterior (capital de portafolio), que en un momento dado podrían revertirse, con un efecto mayor en el tipo de cambio y alzas en las tasas de interés. En este lapso de tiempo, la Reserva Federal ya anunció cómo irá modificando poco a poco su esquema de inyección de liquidez a los mercados. La buena noticia es que México parece ser de los países emergentes menos afectados, ya que mientras casi todos los demás han sufrido una depreciación significativa en sus monedas, el peso mexicano se mantenido relativamente estable. La empresa clasificadora de riesgos, Moody’s, anunció hace poco que mejoraba la calificación de México, reconociendo una mejoría notable en la relación riesgo/rendimiento del país. Sin que sea una garantía, esta acción disminuye el riesgo que México enfrenta al revertir las políticas monetarias de expansión.