Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Salarios

Mayo 10th, 2017 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

El consumo de los hogares debería ser el componente más importante del PIB, en el sentido de que su crecimiento continuo significa una mayor prosperidad para la población. Sin menospreciar su distribución, ya que no queremos que sean pocos los que mejoren sino la gran mayoría, debería ser el enfoque principal del crecimiento a largo plazo. Si el gobierno gasta más, debería ser para que la población tenga mejor nivel de vida. Si las empresas invierten más, debería ser para eventualmente mejorar los ingresos de los hogares. Si exportamos más, debería ser para crear más empleo. Al final de cuentas, en forma pareja, queremos que los consumidores tengan mejores ingresos para enfrentar los retos de la vida.

El consumo se explica fundamentalmente mediante los ingresos. Para la mayoría de los hogares, los ingresos provienen de la combinación de empleos y salarios. Primero necesitamos tener empleos y luego procurar que la remuneración de los mismos mejore con el tiempo. En otras palabras, necesitamos más empleos con mejores salarios para incrementar la masa laboral y así fomentar el consumo continuo. Si analizamos la tasa de desempleo de los últimos meses, vemos que se ubica a niveles mínimos de los últimos 15 años. Sin embargo, si examinamos los salarios, encontramos que la gran mayoría de los empleos son de remuneración muy baja. Peor aún, la tendencia es hacia la creación empleos mal remunerados, mientras que cada vez es menor la proporción de empleos de por lo menos 5 salarios mínimos.

El gobierno presume mucho de la generación de empleos formales mediante en número de trabajadores asegurados en el IMSS. No es una cifra del todo confiable, ya muchos de estos empleos ya existían; representan la formalización de ocupaciones informales. No obstante, lleva 7 años consecutivos creciendo entre 3.5 y 4.6 por ciento anual, lo cual no puede ser malo. El problema es que la mayoría de estos empleos son de 3 salarios mínimos o menos. Por ejemplo, cifras de la ENOE señalan que ha aumentado el número de personas con ocupación en 25.8 por ciento en los últimos 10 años. A principios de 2005, 27.7 por ciento de todos los empleos eran mayores de 3 salarios mínimos, mientras que para fines de 2016 la proporción disminuyó a 19.3 por ciento.

Si examinamos las cifras de trabajadores asegurados en el IMSS, encontramos que el empleo se estancó a principios del siglo, en 2001 a 2003, en la recesión que sufrimos en la primera mitad del sexenio de Fox. Sin embargo, a partir de 2004 ha experimentado una tendencia alcista importante, salvo 2009 cuando tuvimos de nuevo una recesión. Sin embargo, cuando comparamos los incrementos reales en los salarios medios reales de cotización, encontramos buenas tasas de crecimiento justo en los años 2001 a 2003, mientras que empiezan a desacelerarse a partir de 2004. Incluso, el crecimiento de los salarios reales entre 2008 y 2014 es muy cercano a cero. En los últimos dos años, cuando el empleo creció 4.3 y 3.8 por ciento en 2015 y 2016, encontramos que los salarios reales crecieron 1.4 y 0.9 por ciento, respectivamente. Estas tasas, aún muy bajas, son las mejores que se han observado desde 2007. Peor aún, estas cifras incorporan la inflación medida mediante el INPC, que subestima la pérdida del poder adquisitivo de la mayoría de la población. La consecuencia es que el consumo de los hogares ha crecido tan solo 2.2 por ciento en promedio anual en lo que va del sexenio, a pesar de la mejoría en el empleo.

Según la ENOE, la población total del país alcanzó 122.7 millones de personas en el último trimestre de 2016, de los cuales el 42.5 por ciento tenían una ocupación. Sin embargo, los asegurados del IMSS (18.6 millones al final de 2016) solo representaban el 35.7 por ciento de la población ocupada. Esto significa que el análisis anterior de las cifras del IMSS es parcial y no dibuja bien la situación de todo el país. Sin embargo, los asegurados por el IMSS representan una parte ciertamente privilegiada de la población ocupada, ya que las cifras del resto muestran remuneraciones todavía más bajas.

¿Qué podemos hacer para mejorar los salarios? La respuesta no puede ser tan trivial como esperar a que mejore la productividad. La búsqueda de un salario mínimo digno puede ser el principio, pero será apenas el primer paso de una muy larga caminata. Para mi queda muy claro, este es uno de los principales retos del país.

El Desempleo

Octubre 26th, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

El INEGI dio a conocer los resultados de la ENOE en su entrega mensual para septiembre de 2016. Estas cifras son los primeros datos duros sobre el desempeño económico del mes. Los resultados muestran deterioro en algunos de los indicadores y mejorías en otros, pero en conjunto es un buen reporte.

De entrada, la tasa nacional de desempleo aumenta de 3.7 por ciento en agosto a 3.9 por ciento en septiembre. Pero más importante, la tasa de desempleo urbano aumenta a 5.0 por ciento, la tasa más elevada en lo que va del año y muestra una tendencia al alza en los últimos cuatro meses. Esta tasa es mucho más relevante que la nacional, ya que excluye el desempleo rural, cuya problemática es distinta ya que representa un mercado laboral mucho menos organizado. La tasa urbana había disminuido en forma importante en 2015 a un promedio de 5.1 por ciento, después de varios años estancado alrededor de 5.8 por ciento. Esta tendencia se mantuvo a lo largo de la primera mitad de este año, pero aparentemente ya toco fondo y ahora empieza a aumentar.

Por otro lado, la tasa de subocupación, que representa la población ocupada que tiene la necesidad y disponibilidad de trabajar más tiempo de lo que su empleo actual le permite, bajó a 6.9 por ciento, no solo una disminución significativa de 8.2 por ciento en agosto, sino además es la tasa más baja que se ha observado desde octubre 2008. Al mismo tiempo, la tasa de condiciones críticas del trabajo, que busca captar el empleo precario, disminuye a 13.2 por ciento en septiembre y así el trimestre en su conjunto disminuye por primera vez desde principios de 2014. Esta tasa se construye mediante la combinación de la población ocupada que trabaja menos de 35 horas a la semana por razones de mercado, la que trabaja más de 35 horas semanales con ingresos mensuales inferiores al salario mínimo y la que labora más de 48 horas semanales ganando hasta dos salarios mínimos. Finalmente, la tasa de informalidad laboral registró 56.9 por ciento, un nuevo mínimo histórico desde que existe la serie a partir de 2005. Esta tasa es la proporción de la población ocupada que es laboralmente vulnerable por la naturaleza de la unidad económica para la que trabaja o cuyo vínculo o dependencia laboral no es reconocido por su fuente de trabajo. Básicamente es la parte de la fuerza laboral que no cuenta con la formalidad y seguridad laboral que marca la ley.

En esta combinación de indicadores laborales que mejoran y empeoran, ¿dónde queda el balance? En la mayoría de los países (especialmente en las economías desarrolladas), lo más importante es la tasa de desempleo, ya que uno de los objetivos nacionales es tener el desempleo más bajo posible. Por lo mismo, en muchos casos (como el de Estados Unidos), es posiblemente el indicador más transcendental de todos. En este renglón México no se puede quejar, ya que por lo regular se ubica por debajo de la mayoría de los países desarrollados e incluso, por debajo de muchos emergentes. Por ejemplo, la tasa nacional actual de 4.1 por ciento se ubica en un nivel envidiable para muchos.

Pero el problema laboral principal de México no es el desempleo, sino más bien la calidad del empleo, su baja remuneración, falta de prestaciones marcadas por ley y su carencia de una seguridad básica para la mayoría. La pobreza elevada obliga a muchos aceptar el trabajo que sea con la remuneración que sea. Tenemos uno de los salarios mínimos más bajos del mundo, siendo que 67.5 por ciento de la población ocupada gana hasta tres salarios mínimos o menos; casi seis de cada 10 personas con trabajo trabajan bajo condiciones de informalidad. Si vemos las tendencias de la mayoría de los indicadores laborales, encontramos que han mejorado; sin embargo, la tasa de condiciones críticas mostraba una tendencia al alza desde mediados de 2014. En otras palabras, casi todos los mexicanos tienen trabajo, pero es precario y mal remunerado. México no necesita crear más empleo, necesita crear mejores empleos.

El hecho de que mejoren los indicadores de empleo, como el subempleo, el de las condiciones críticas y la informalidad laboral, es muy buena noticia. También hemos observado mejorías en el salario real pagado por hora trabajada. El problema es que todas estas mejorías son marginales, casi imperceptibles, por lo que todavía queda mucho camino por recorrer.

La semana pasada, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami) organizó el “Encuentro de Especialistas sobre Salario Mínimo: Avances hacia una nueva política”. El objetivo fue presentar una serie de estudios encomendadas a la Comisión Consultiva para la Recuperación Gradual y Sostenida de los Salarios Mínimos, sobre la relación del Salario Mínimo (SM) con la productividad, la inflación, el empleo, la pobreza y las condiciones de vida.

En particular, llamó la atención el estudio realizado por el Banco de México sobre los efectos inflacionarios de un aumento en el SM. La conclusión principal es que el coeficiente de traspaso del SM a la inflación es mayor a la unidad (de hecho, lo estima en 1.37). ¿Eso qué significa en lenguaje normal? Que cualquier aumento en el salario mínimo causaría un impacto más que proporcional en la inflación. Por ejemplo, si se aumentara 146.6 por ciento (lo necesario para que alcance para comprar una canasta ampliada estimada por Coneval), la inflación subiría a 200.8 por ciento. Pero peor aún, ya que el Banco dice que estas estimaciones no incorporan mecanismos de ajuste de expectativas, lo que induciría aún mayores ajustes a los precios. Por lo mismo, estos resultados deben ser interpretados como cotas inferiores del efecto sobre la inflación.

En pocas palabras, Banxico nos está diciendo que no existe la posibilidad de incrementar el poder adquisitivo del SM. Si se otorga un incremento, la reacción en los precios va ser de tal magnitud que terminará reduciendo el poder de compra del SM. Peor aún, todas las personas que no obtuvieron aumentos significativos en sus salarios terminaran sufriendo todavía más. Estamos ante la posibilidad de tener mayor inflación que en el periodo de febrero de 1987 a febrero de 1988, cuando la tasa anual llegó a 179.7 por ciento. Pero las malas noticias no acaban, ya que terminaríamos con la estabilidad macroeconómica y seguramente las empresas calificadoras nos quitarían el estatus de “grado de inversión”. Al final, terminaríamos peor que la década perdida de los ochenta.

Afortunadamente, el estudio está lleno de supuestos fantasiosos, difíciles de creer. Por ejemplo, para estimar el efecto de largo plazo, el Banco considera que el incremento en el SM provocará un desequilibrio mayor en la balanza de pagos, que se ajustará mediante un incremento significativo en el tipo de cambio. Aquí se hace el supuesto de que habría un traspaso del 100 por ciento del tipo de cambio nominal a la inflación. Si fuera cierto, ahora deberíamos tener una inflación de 45 por ciento, ya que el tipo de cambio ha aumentado en esa magnitud en el último año y medio. Sin embargo, por otro lado, en otros estudios el Banco nos ha dicho que el traspaso actual es de tan solo 4.0 por ciento. Incluso, conozco un economista de Banxico que argumenta que el coeficiente de traspaso es en realidad cero.

Otro supuesto fundamental que hace el estudio es que cualquier aumento en el SM se traslada a los demás salarios (el efecto “faro”) en un 85 por ciento. En otras palabras, si se incrementa el SM en 146.6 por ciento, todos los salarios del país aumentarían 124.6 por ciento en promedio. ¿Por qué? Banxico dice que la práctica de utilizar el aumento anual en el SM como base de negociación para todos los salarios contractuales permanecerá. Muy difícil de creer.

El estudio presenta varios escenarios; el que comentamos aquí es solamente uno. Otro escenario contempla el efecto de un aumento de 21.7 por ciento en el SM, necesario para alcanzar la canasta alimentaria básica definida por Coneval. Los resultados no son tan aparatosos, pero la conclusión es la misma: todos terminaríamos perdiendo. La inflación aumentaría en 29.7 por ciento, reduciendo el poder adquisitivo del SM real y de mucho más. Aunque no se presentan los números que resultarían de una estrategia de incrementos multianuales, el estudio básicamente nos dice que los resultados serían todavía peores.

Normalmente Banxico hace excelentes estudios. A mi juicio, los economistas que trabajan allí simplemente son los mejores del país. Sin embargo, este trabajo tiene un solo fin: espantar a todos para que abandonen cualquier pretensión de aumentar el SM. Para cumplir con este propósito, hace supuestos irrealistas y termina por perder la brújula. Da la impresión de que primero se escribieron las conclusiones y después se buscó una evidencia empírica ad hoc. Ojalá que los integrantes de la Comisión Consultiva se dan cuenta de lo mismo y terminen por descartar el estudio. Yo ya lo hice.

Aunque los debates sobre el salario mínimo (SM) van y vienen, parecía olvidado en México. En los ochenta el SM se utilizó como mecanismo para ayudar a estabilizar la moneda y los precios, mediante una política deliberada de otorgar aumentos por debajo de la inflación. El resultado fue una pérdida en su poder adquisitivo de más de 70 por ciento. Ya entrado en los noventa, se adoptó una política casi automática de incrementos atados a los objetivos de inflación, para así mantener su poder adquisitivo estable, pero sin ninguna recuperación. Peor aún, se establecieron mecanismos de indexación atados al SM, que prácticamente imposibilitó que el SM fuera lo que debería ser. El resultado fue la sepultura de cualquier debate sobre el tema.

Hace ya casi dos años, Miguel Mancera declaró que debería existir en México un SM de 171 pesos, aproximadamente 154 por ciento mayor al vigente en el momento. Propuso abrir el tema a debate, viendo no solo su posible efecto sobre la inflación, sino también en términos de productividad, generación de empleo y crecimiento económico. En los siguientes meses, hubo mucha discusión y se organizaron varios foros al respecto. Lo primero que surgió es que el SM real en México era de los más bajos del mundo. Quedó claro que hubo un abuso en su uso como política antiinflacionaria y que su nivel contradecía lo establecido en la Constitución.

El resultado de esa primera ronda de debate fue la conclusión que era prácticamente imposible avanzar en cualquier política encaminada a la recuperación del SM sin desmantelar la indexación de facto al desvincular cualquier aumento del SM de precios, rentas y tarifas. El debate sí tuvo resonancia en la sociedad y aceptación de que había que hacer algo. Así, en septiembre de 2014 se creó la Comisión Consultiva para la Recuperación Gradual y Sostenida de los Salarios Mínimos, a fin de “estudiar los mecanismos viables y sostenidos para la recuperación de los ingresos de los mexicanos perceptores de un salario mínimo”.

En algún momento del año pasado se aprobó la reforma constitucional para desvincular el SM de todas las disposiciones legales y así, se creó la Unidad de Medida y Actualización (UMA) como referencia económica para determinar las obligaciones y supuestos previstos en las leyes, dejando al SM libre de dicha responsabilidad. El siguiente paso fue encomendar estudios sobre la relación del SM con productividad, inflación, empleo, pobreza y condiciones de vida, a diferentes entes e instituciones. No obstante, dichos estudios han tardado más de lo debido, por lo que se han aprobado prorrogas para su entrega, junto con opiniones y recomendaciones encaminado hacia una resolución final. El último plazo establecido vence el 23 de junio de este año.

En principio, los estudios ya están terminados y la CONASAMI, junto con la STPS, han convocado a un Encuentro de Especialistas sobre el Salario Mínimo, que se efectuará este jueves y viernes (10 y 11 de marzo), con el objetivo de presentar los estudios con comentaristas y discusiones. Los estudios serán presentados por sus autores (Banxico, Banco Mundial, la OIT, Coneval y el CEESP), mientras que los comentaristas serán principalmente académicos (de la UAM, CIDE, Colmex, ITAM e ITESM), junto con personajes del BID, Sedesol y Cofece. Esperemos que la discusión sea nutrida, pero que de allí emanen recomendaciones específicas, junto con calendarios y acciones a seguir.

Como es de esperar, la oposición principal a cualquier cambio en la política actual del SM proviene del Banco de México. Esta institución va presentar dos estudios cruciales, sobre el efecto “faro” (la contaminación de aumentos al SM hacia los demás salarios) y el efecto final sobre la inflación. Su argumento principal es que cualquier aumento tendría repercusiones negativas sobre el funcionamiento de la economía en general y sobre la inflación en particular, de tal forma que habría una perdida en términos reales en el SM. Sin embargo, habría que descalificar estos estudios, ya que al ser juez y parte, son sesgados y no se les puede considerar como imparciales.

De entrada, el Banco argumenta que empíricamente se ha encontrado que aumentos en el SM se trasladan en un 85 por ciento a los demás salarios. Sin embargo, esto era antes de establecer la UMA para desvincular el SM y en una época en que la mayoría de los aumentos salariales tenía al SM como referencia. Cualquier estudio econométrico debe tomar en cuenta que el cambio estructural que implica la UMA hace casi irrelevante las relaciones que existían en el pasado.

Habrá que estar atentos a los resultados.

Aunque falta más de un mes para empezar a tener las cifras oficiales para el 2015, estamos ya a una semana de cerrar lo que ha sido un año totalmente atípico. De entrada, crecimos un poco más que en los dos años anteriores, pero no se siente; la tasa de desempleo disminuyó a su nivel más bajo desde mediados de 2008, pero la gente se queja de la falta de empleos bien remunerados; la inflación registró su mínimo histórico, pero la mayoría se lamenta del deterioro en su poder adquisitivo; el consumo de los hogares crece a las mejores tasas observadas desde fines de 2012, pero las exportaciones no petroleras están prácticamente estancadas; el gobierno federal reporta inversión pública histórica, pero el INEGI dice que ésta será el sexto año al hilo con tasas negativas; y, se ha armado un buen debate sobre el salario mínimo en el cual el punto central es su nivel tan bajo, pero el aumento promedio anual resultó ser el más elevado desde 1976.

Si analizamos el comportamiento de la economía mexicana de los últimos 20 años, encontramos que el principal motor de crecimiento del país son las exportaciones no petroleras. Si éstas avanzan a una buena tasa, la economía interna responde con buen crecimiento. Sin embargo, si no crecen, o bien, aumentan a una tasa muy baja, el resto de la economía no logra desarrollar un dinamismo suficiente. Si extrapolamos el comportamiento de los primeros diez meses del año, podemos prever que las exportaciones no petroleras terminarán 2015 con un flujo de apenas uno por ciento por encima del año anterior. En principio, esto implicaría una economía estancada. No obstante, el consumo familiar crece a tasas cercanas al 4 por ciento, mientras que la inversión privada avanza a un ritmo superior al 7 por ciento.

En el pasado, cuando el peso mexicano sufría una depreciación significativa, a los pocos meses se observaba una mejoría notable en las exportaciones. El empuje al exterior reactivaba la economía y en los siguientes años crecíamos más. Sin embargo, a pesar de una depreciación que ya ronda alrededor de 30 por ciento, no hemos visto mejoría en las exportaciones. Incluso, si combinamos el estancamiento en las no petroleras con las petroleras (que cayeron más de 40 por ciento en el año), observamos un deterioro importante en la balanza comercial. No obstante, si analizamos las cifras en pesos reales (en vez de dólares nominales), encontramos que las exportaciones totales han crecido más de 10 por ciento en el año y terminará como el componente del PIB por el lado del gasto que más contribuyó al crecimiento en 2015.

Hoy (miércoles 23 de diciembre) conoceremos la inflación de la primera quincena de diciembre. Según la última Encuesta Quincenal de Expectativas de Banamex (que se levanta entre alrededor de 25 instituciones financieras), se anticipa una tasa de 0.31 por ciento para la quincena y 0.46 por ciento para el mes. En forma sistemática, la inflación ha sorprendido a la baja en comparación al consenso, pero si supongamos que en esta ocasión le atinan, la inflación general terminará este año por debajo de 2.2 por ciento, la mínima histórica para el INPC. Para la mayoría de la gente es difícil absorber la idea de una tasa tan baja cuando el peso sufre una depreciación significativa. Por ejemplo, la inflación en 2008 superó 6.5 por ciento después de haber sufrido una depreciación superior al 26 por ciento.

¿Qué pasó con el comportamiento de los precios en 2015? Primero, hubo un colapso en los precios de los commodities en los mercados internacionales. Esto significa que muchas importaciones resultaron más baratas en pesos reales a pesar del ajuste cambiario. Segundo, hubo ciertos precios claves (con ponderaciones significativas en el INPC) que bajaron de precio en 2015, como la gasolina (el promedio ponderado del país), las tarifas eléctricas industriales, el servicio telefónico nacional de larga distancia y el servicio de telefonía celular. Tercero, hubo algo de suerte con los precios agropecuarios (en especial los pecuarios), que no contribuyeron este año con aumentos significativos. Cuarto, se operó todo el año con una brecha negativa de producto, lo cual significa que no hubo presiones inflacionarias por el lado de la demanda agregada. Al final de cuentas, sí hubo un reacomodo en los precios relativos, pero no un aumento generalizado (y menos sostenido) en los precios. Por ejemplo, el rubro de mercancías no alimenticias (que contiene la mayoría de los bienes importados, en especial bienes duraderos) fue el que más aumentó en el año (después de las colegiaturas).

Definitivamente, un año atípico. ¿Y 2016?

El argumento contundente en contra de aumentar el salario mínimo real era el efecto cascada que tendría en los precios al estar ligado el aumento nominal a un sinnúmero de tarifas, multas, rentas, hipotecas y precios de quien sabe cuántas cosas. Ante la vergüenza de tener uno de los salarios mínimos más bajos del mundo, se promovió una reforma constitucional para crear una unidad de medida que sustituyera esa función. Aprobado prácticamente por unanimidad, fue el primer paso para establecer una política de recuperación del poder adquisitivo del salario mínimo y llevarla por lo menos a un nivel que fuera suficiente para ubicarse por encima del umbral de pobreza que establece el Coneval.

Ante este acontecimiento, esperábamos que la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) aprobara un aumento sustancial en el salario mínimo vigente, que lo llevara más cerca a los 86 pesos diarios. Sin embargo, cual fue la sorpresa, que vimos que se otorgó un incremento marginal de apenas 2.94 pesos, para ubicarlo en 73.04 pesos diarios. El aumento, de 4.2 por ciento respecto al vigente al final de 2015, representa el aumento real más elevado que se haya otorgado desde 1976. Sin embargo, queda exageradamente lejos de lo que debería ser.

En enero de 2015, el salario mínimo general (promedio de las dos zonas geográficas), aumentó 4.2 por ciento, de 65.58 a 68.34 pesos. En la Zona A estaba en 70.10, mientras que en la B se ubicaba en 66.45 pesos. En abril de este mismo año, se incrementó el mínimo de la Zona B en 2.75 por ciento adicional, para ubicarlo en 68.28 y así subir el promedio general a 69.26 pesos. Finalmente, en octubre la Conasami determinó homologar las dos zonas para tener un solo salario mínimo general para toda la República Mexicana en 70.10 pesos, lo que implicaba un aumento adicional de 1.2 por ciento. Con base a estos cambios, podemos calcular el promedio general del año en 69.24 pesos. El promedio de 2014 fue 65.58 pesos, por lo que el incremento nominal de 2015 fue 5.59 por ciento.

¿Cuánto fue en términos reales? Para este cálculo, tomamos el INPC de hasta un salario mínimo que publica el INEGI y calculamos la inflación promedio del año (y no el fin), que resultó ser 3.83 por ciento (suponiendo que la tasa de diciembre será 0.50 por ciento). Esto nos da que el salario mínimo general promedio de 2015 fue 2.90 por ciento superior al del año anterior. Resulta interesante observar que fue el aumento real más elevado para cualquier año desde 1976. Si suponemos que el salario se queda en 73.04 pesos a lo largo de 2016 y que la inflación promedio quede en 3.0 por ciento, el aumento real promedio en 2016 será 2.4 por ciento, es decir, un aumento real acumulado de casi 5.4 por ciento en dos años.

Posiblemente se puede admitir que es notable que por primera vez en 40 años hemos visto una mejoría real en el salario mínimo. Sin embargo, la recuperación no significa nada cuando lo comparamos con el terreno perdido a lo largo de las últimas cuatro décadas y en especial, cuando todavía queda lejos de lo que una familia necesita para una alimentación básica. Esto nos deja con muchas incógnitas respecto al papel de la Conasami y a la política pública salarial.

La Conasami tiene como objetivo fundamental fijar un salario mínimo general que asegure la congruencia entre lo que establece la Constitución con las condiciones económicas y sociales del país. También busca propiciar la equidad y la justicia entre los factores de la producción, en un contexto de respeto a la dignidad del trabajador y su familia. Queda claro que no cumple con su cometido. Sin embargo, su presidente Basilio González Núñez cobra más de 100 salarios mínimos y tiene más de 100 funcionarios trabajando con él. Es el mejor ejemplo del gasto público ineficiente e superfluo que pudiera existir. También es prueba irrefutable de que el ejercicio de un presupuesto base cero para 2016 nunca se llevó a cabo.

¿Qué nos queda hacer? Como sociedad tenemos que exigir al gobierno establecer un salario mínimo general digno y justo. No se trata de volver a debatir sus efectos económicos, pues ya lo hemos hecho. En el mejor de los casos, el efecto sobre el desempleo es refutable y sobre la inflación, mínimo, mientras que cierto segmento de la población ganará poder adquisitivo. Es tiempo de desaparecer a la Conasami para eliminar un gasto innecesario e implementar una política funcional respecto al salario mínimo general. Básicamente, esto significa decidir a qué paso se tiene que dar los aumentos reales y cómo lo debemos instrumentar para que sea funcional.

En los últimos meses hemos visto señales claras de cierto resurgimiento en el consumo de los hogares. La venta de automóviles nuevos en abril fue 23.3 por ciento superior al mismo mes del año anterior. Las tasas anuales de ventas reales de tiendas totales, reportadas por la ANTAD, han promediado 5.6 por ciento en los cuatro primeros meses del año, a diferencia del promedio de 1.1 por ciento en todo 2014. Aunque las cifras del INEGI están más rezagadas, los ingresos reales obtenidos por el suministro de bienes y servicios de las empresas comerciales al por menor (lo que antes le decíamos ventas al por menor), se ubicaron 5.5 por ciento por encima del nivel observado hace un año. El Indicador Global de Actividad Económica (IGAE) de las actividades terciarias no creció tanto (tasa anual de 2.6 por ciento en febrero), pero las actividades de comercio (SCIAN 43-46) reporta un avance de 3.6 por ciento respecto al año pasado.

Estos datos son interesantes, en especial a la luz que nuestro motor principal de crecimiento (las exportaciones no petroleras) presentó una desaceleración importante en el primer trimestre del año. Típicamente, necesitamos dinamismo en las actividades manufactureras para “jalar” a la economía interna. Sin embargo, ahora presenta signos de vida la economía interna sin correspondencia a la actividad exportadora. Resulta importante entender de dónde viene este empuje y en especial, si es un fenómeno temporal o permanente. De ser lo último, pudiéramos estar por iniciar una etapa de mayor crecimiento, que tanto falta hace.

Varios de las hipótesis que se ha manejado son el gasto electoral (que tiene un componente muy líquido), la economía informal (que también podría explicar el crecimiento elevado de la base monetaria), la renovada fiscalización de las autoridades (que fomenta el consumo en vez de depositar ingresos en los bancos), la tasa de interés tan baja (que desincentiva el ahorro), la depreciación cambiaria (que lleva a adelantar compras antes de un traspaso a los precios), la demanda reprimida (que empieza a satisfacerse) y la disminución en la tasa de desempleo (que explicaría un incremento en el ingreso promedio real de las familias).

La semana pasada, el INEGI divulgó la versión trimestral de la Encuesta Nacional de Empleo y Ocupación (ENOE) para los primeros tres meses del año, que presenta datos del promedio de horas trabajadas a la semana y el ingreso promedio por hora trabajada. La multiplicación de ambos (y deflactado por el INPC) nos permite obtener una medida del ingreso promedio real. Resulta que aumenta 2.7 por ciento respecto al trimestre anterior, que si bien pudiera ser simplemente un efecto estacional, interrumpe la tendencia decreciente que han mostrado los ingresos desde hace dos años. Si lo multiplicamos por el empleo remunerado para obtener un cálculo de la masa salarial real, vemos que ha aumentado 3.1 por ciento respecto al periodo anterior. Si combinamos este resultado con una disminución en la tasa de desempleo abierto, encontramos algo de evidencia que apunta a una mejoría (aunque marginal) en el poder de compra de los hogares.

Aun así, no queda del todo claro que está pasando. Si comparamos los niveles de ingreso de los ocupados del primer trimestre con el mismo periodo del año anterior, encontramos que hay un incremento significativo en empleos de dos salarios mínimos (SM) o menos, una disminución en empleos entre dos y tres SM y muy pocos empleos nuevos con salarios mayores a tres SM. Esto significa que aunque la creación de empleo ha avanzado, la mayoría son de ingresos muy bajos. Sin embargo, hay un aumento de más de 450 mil ocupados que no especifican sus ingresos y que pudieran ser empleos mucho mejor remunerados.

Pero si realizamos la misma comparación con el trimestre inmediato anterior, encontramos resultados muy diferentes. Resulta que en el primer trimestre hay más de 550 mil ocupados adicionales con salarios de tres SM o más. Hay mucha evidencia de una mejoría en el margen, pero que difícilmente podemos saber si es simplemente una mejora estacional (ya que los datos no están ajustadas por estacionalidad), o bien, el comienzo de una nueva tendencia ascendente. Lo que si podemos afirmar es que se interrumpe la tendencia a la baja que prevaleció por dos años. Ahora necesitamos esperar a los siguientes trimestres para ver cómo avanzamos.

Mañana, jueves 21, sabremos cuánto creció el PIB en el primer trimestre. A pesar de todo, no se esperan datos buenos y esto podría llevar a más revisiones a la baja en las expectativas.

El INEGI dio a conocer la inflación de 2014, que cerró el año en 4.08 por ciento. El resultado colocó a la inflación fin de periodo ligeramente arriba del límite superior del rango de inflación de 4.0 por ciento, después de que había terminado el año por debajo de este nivel por tres años consecutivos. No obstante, cabe la pena subrayar que el objetivo puntual de inflación es 3.0 por ciento (no 4.0 por ciento), lo que significa que debe promediar alrededor de 3.0 por ciento en el año dentro de un rango de 2.0 a 4.0 por ciento. En este sentido, el Banco de México nunca ha logrado reducir y mantener la inflación alrededor de 3.0 por ciento.
Como siempre, el componente que perjudicó el esfuerzo por conseguir el objetivo fue el no subyacente, que creció 6.70 por ciento en el año, en especial como consecuencia de los aumentos significativos en los precios de los energéticos y las tarifas autorizadas por el gobierno. También influyeron los precios agropecuarios, pero en esta ocasión fueron los pecuarios que subieron, mientras que los precios de frutas y verduras terminaron el año prácticamente en los mismos niveles que en diciembre del año anterior.
La inflación subyacente terminó el año en 3.24 por ciento, después de haber permanecido por debajo de 3.0 por ciento durante 2013. Los aumentos en los precios derivados de la reforma fiscal tuvieron un impacto sobre este componente, aunque menor a lo que originalmente se esperaba. Los precios que más aumentaron fueron los alimentos y bebidas (5.31 por ciento), cuyo impacto es mayor en el poder de compra de la mayoría de la población. En segundo lugar fueron los “otros” servicios, que incluyen los precios de las loncherías, fondas, taquerías y restaurantes, impactados por los incrementos en los precios de los alimentos, aunque este rubro fue compensado en parte por las disminuciones en los precios del servicio de telefonía móvil. De los precios que menos subieron estuvieron los de las mercancías no alimenticias, que están más asociados con la marcha de la economía y el tipo de cambio. Como sabemos, la actividad económica fue relativamente débil en el transcurso del año, mientras que la depreciación del peso, aunque significativo, fue al mero final del año.
Para 2015 el Banco de México señala que la inflación debería converger hacia su objetivo y terminar muy cerca de 3.0 por ciento para fin de año. Pero solo dos instituciones (Nomura y Banorte) comparten esta visión, mientras que el consenso de la última encuesta de Banamex es que la inflación terminará 2015 en 3.50 por ciento. Sin embargo, 22 (de 24) instituciones prevén que la tasa anual será menor a la de 2014 y por debajo del límite superior de 4.0 por ciento. Solo Scotia (4.22 por ciento) y Monex (4.14 por ciento) ven una tasa mayor a la del año pasado.
¿Cuáles son los factores que harán que la inflación disminuye? De entrada, los dos más importantes son los efectos de la reforma fiscal y los precios de los energéticos. En enero de 2014 hubo aumentos en muchos precios, incluyendo la unificación del IVA en 16 por ciento, por lo que la base de comparación en enero de este año hará que la tasa anual disminuye significativamente. Si agregamos a la lista los precios de la telefonía móvil y los de larga distancia, la tasa subyacente podría ser menor. Por el otro lado, los precios de la gasolina sólo subirán 1.9 por ciento este año, mientras que las tarifas eléctricas deberían disminuir marginalmente. Esto significa que el subíndice de energéticos, que aumentó 6.43 por ciento en 2014, deberá aumentar mucho menos este año.
Según estimaciones del Banco de México, la economía se sitúa actualmente en una brecha de producto negativa, lo que ayuda a contener la inflación. Las proyecciones de esta brecha señalan que deberíamos permanecer en terreno negativo todavía por más tiempo, posiblemente la mayor parte de 2015. De ser cierto, los factores antes mencionados deberían contribuir a una disminución en la inflación, que podría terminar el año mucho más cerca al 3.0 por ciento que al 4.0 por ciento.
¿Cuáles son los factores que harán que la inflación no disminuye? Aunque el efecto de traspaso (pass-through) del tipo de cambio hacia el nivel de precios es mucho menor a lo que fue en otros periodos, habrá que estar atento a la posibilidad de ver los precios de las mercancías subir un poco más. Antes de que tuviéramos el régimen de flotación, cualquier aumento en el tipo de cambio se reflejaba casi de inmediato y en forma contundente en los precios de los bienes comerciables. Sin embargo, en el régimen actual el tipo de cambio puede fortalecerse en los meses posteriores a una depreciación significativa, por lo que el traspaso ha disminuido significativamente. Aunque el tipo de cambio cerró el año en 14.74 pesos por dólar, el consenso es que habrá una apreciación del peso en 2015 para cerrar en 14.00 pesos. Incluso, algunas instituciones como BBVA Bancomer piensan que se va a revertir hasta terminar en 13.00 pesos al final de diciembre.
Aun así, queda por verse cuál será el desenlace de la política monetaria en Estados Unidos y los efectos posteriores en nuestro país. Si la Reserva Federal empieza a subir su tasa antes de lo previsto y/o en un monto superior, el tipo de cambio podría depreciarse todavía más. La disminución en el precio del petróleo no afecta directamente al mercado cambiario, ya que Pemex vende directamente sus divisas al banco central, sin pasar por el mercado. No obstante, la percepción de menos dólares y la mayor dificultad del Banco de México para acumular reservas, podría tener un impacto negativo. Al final de cuentas, lo que hace que el traspaso sea relativamente bajo es precisamente esta incertidumbre. No obstante, es uno de los riesgos que habrá que vigilar.
Finalmente, pudiéramos pensar en un poco de inflación reprimida como consecuencia de la baja demanda agregada. El consumo de los hogares permanece como uno de los elementos más débiles de la economía, lo que ha impedido que algunos comerciantes aumenten más sus precios. Sin embargo, si la economía empieza a crecer un poco más y la brecha de producto pasa a terreno positivo antes de lo previsto, es posible que los precios aumenten un poco más que lo anticipado. Queda pendiente el ajuste en los salarios mínimos que planteó el Gobierno de Distrito Federal y que ha respaldo el gobierno federal. Aunque en principio no debería tener un efecto significativo en los precios, la percepción de un mayor poder adquisitivo podría facilitar las decisiones de subir algunos precios en ciertos sectores.

Parecer ser que la propuesta formal de Miguel Ángel Mancera para el salario mínimo será elevarlo de una vez por todas a 80 pesos diarios, junto con cambios en la ley para eliminar toda indexación o referencia al mínimo para la fijación de cualquier otra cosa. Las preguntas que surgen de inmediato de los que se oponen al incremento son ¿cuál será el impacto inflacionario?, ¿qué relación guarda con la productividad?, ¿aumentará la informalidad y el desempleo? y posiblemente, ¿cuál será el impacto sobre los salarios medios? Las dudas que podrían tener los que están a favor son ¿qué tan positivo será el impacto neto sobre el bienestar de los mexicanos de los estratos de ingreso más bajos? y ¿cómo proseguir con el manejo del mínimo en el futuro?
Hace unas semanas escribí un artículo sobre el tema en el cual traté de establecer el consenso que había en el momento. Dije qué el mínimo era realmente una exageración, medido contra el parámetro que fuera y versus el país que fuera; el manejo del mínimo ha sido totalmente absurdo y abusivo, mientras que cualquier propuesta tendría que contemplar la eliminación de su indexación; su aumento no es la panacea para resolver problemas de pobreza y distribución inequitativa del ingreso; y que habría que cambiar o eliminar la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (CNSM). Aunque la propuesta de Mancera parece tomar en cuenta todos estos puntos (salvo el hacer algo con la CNSM), habría que reconocer que aun 80 pesos sigue situando a México por debajo de prácticamente todos los demás países. En este sentido, no parece un monto exagerado o que pudiera causar desequilibrios importantes.
¿Tendrá un impacto inflacionario? En la medida en que se introduce una nueva ley para efectivamente eliminar toda indexación y referencia al mínimo, el impacto sobre los precios tendría que ser mínimo, si no es que nulo. No debería traducirse en un aumento en los salarios medios, sino confinarse al mínimo, por lo que afectará en principio solo a los que ganan este salario en el sector formal. La mayoría de los que perciben hasta un salario mínimo trabajan en la informalidad, donde el mínimo no tiene injerencia legal (por algo es el sector informal), sino a lo mucho sirve tan solo de referencia. Posiblemente habrá algún impacto en los salarios informales, sin embargo, no tendría por qué permear demasiado. Por último, el momento de aplicar el incremento es ahora, cuando existe una brecha de producto negativa, que según cálculos del Banco de México deberá perdurar hasta fines de 2015.
¿Qué pasará con la productividad? Uno de los argumentos más utilizados para contener el salario mínimo ha sido que cualquier aumento debe ser resultado de una mejoría en la productividad. No hay duda que este debe ser el caso de los salarios medios, pero hay que tener cuidado en generalizar. En las últimas décadas no ha existido relación alguna entre los aumentos decretos al mínimo y la productividad. El establecimiento de un salario mínimo es una política social y debe estar relacionada con umbrales de pobreza. Si como empresario no podemos justificar pagar un mínimo digno, no merecemos ser empresario. Pagar un salario por debajo del umbral de pobreza no es muy diferente a las condiciones de esclavitud virtual que existían en la época del Porfiriato. El tema del salario mínimo no debe mezclarse con el de productividad, al no ser que fuera demasiado elevado (lo cual claramente no es el caso).
¿Aumentará la informalidad? Posiblemente. De entrada, nadie podrá argumentar que la medida disminuirá la informalidad, ya que representa una barrera de entrada y posiblemente un incentivo para salir de la formalidad. Por lo mismo, la pregunta debe enfocarse a ver si habría tan solo un impacto marginal en la informalidad, o si pudiera ser mucho más significativo. Intuitivamente, creo que sí podríamos ver un incremento marginal en la tasa de informalidad laboral, más por el lado de representar una barrera de entrada, que de una expulsión de la formalidad, siendo que el porcentaje de personas que ganan hasta un salario mínimo en el sector formal es sumamente bajo. Sin embargo, este tema tiene que ser el más preocupante y uno que valdría la pena observar de cerca.
¿Aumentará la tasa de desempleo? Para responder, debemos recordar la estructura del mercado laboral en México. Las tasas de desocupación más bajas son las de los segmentos más pobres y menos educados, que no tienen otra alternativa más que aceptar el empleo que sea y al salario que sea, mientras que las tasas más elevadas pertenecen a las clases medias o superiores con mejor nivel educativo y mayores aspiraciones. Si el sector empresarial formal decide reducir su fuerza laboral, las personas encontrarán una ocupación en el sector informal, posiblemente ganando menos. Significa que podríamos ver una reducción en los ingresos de este segmento de la población y un aumento en la tasa de informalidad laboral, pero no en la tasa de desempleo.
¿Cuál será el impacto neto sobre el bienestar de los mexicanos en los estratos de ingreso más bajos? Posiblemente la pregunta más difícil, ya que habrá ganadores y perdedores. Si los ganadores podrían compensar a los perdedores (teóricamente, claro) y todavía tener una ganancia, la política es deseable para la sociedad en su conjunto. Sin embargo, aunque el balance fuera positivo, queda claro que seguiremos discutiendo posibles políticas públicas para disminuir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso por muchas décadas en adelante. Ningún país ha resuelto estos problemas con la implementación de un salario mínimo, por más bajo o más alto que se quiera fijar.
¿Cuál debería ser la política del mínimo en el futuro? Queda claro que el manejo actual debe cambiar. No podemos permitir de nuevo una merma continua en su poder adquisitivo. Habría que estar atentos a los posibles efectos nocivos sobre la informalidad, pero los aumentos regulares de aquí en adelante deberán claramente compensar la inflación relevante para los hogares con ingresos menores (la cual no es la inflación general). Por último, insisto en que se debería desaparecer la CNSM.

Mañana jueves el INEGI dará a conocer el PIB del segundo trimestre. El consenso apunta hacia una tasa anual de 1.5 por ciento, pero no sorprendería que fuera todavía menor. Si utilizamos al IGAE como guía, encontramos que el crecimiento promedio de abril/mayo fue 0.95 por ciento. Esto significa que para que el PIB alcance una tasa de 1.5 por ciento para el trimestre, el IGAE de junio tendrá que haber crecido alrededor de 2.5 por ciento. Hace un par de semanas nos informó el INEGI que las actividades secundarias crecieron 2.0 por ciento en junio, por lo que necesitaríamos que las actividades terciarias (comercio y servicios) hubieran crecido significativamente por encima de 3.0 por ciento en el mismo mes.
Cuando veamos el dato debemos recordar que la tasa anual que se publicitará será sin corregir por efectos de calendario y que contendrá un sesgo significativo a la baja. Ahora vamos a ver el efecto contrario al primer trimestre cuando se reportó una tasa sin corregir de 1.8 por ciento y ya corregido de 0.6 por ciento. Si la tasa es cercana a la anticipada, también significa que la actividad económica tendrá que crecer por encima de 3.5 por ciento en la segunda mitad del año para llegar al consenso actual de crecimiento de 2.5-2.6 por ciento en 2014. Seguramente nos dará mucho de qué hablar.
Ante el crecimiento mediocre de los primeros dos años del sexenio y después de las declaraciones polémicas de Miguel Mancera, el debate sobre el salario mínimo ha avanzado bastante. Todavía estamos lejos de llegar a un consenso sobre cuánto y cuándo se debería aumentar e incluso, si debería de existir tal cual, pero creo que ya hay algunos puntos en que la mayoría podría estar de acuerdo. Primero, el salario mínimo mexicano es realmente un mínimo exagerado, sea como sea que lo queramos medir y contra cualquier parámetro pensable. Su poder adquisitivo se ubica por debajo de cualquier umbral de pobreza, es menor a cualquier otro país y no ha existido ningún esfuerzo por mantenerlo, ni siquiera en la última década. Existe una clara violación al Artículo 123 de la Constitución, que no solo establece que debe existir, sino que marca explícitamente cómo se debe fijar. En este sentido, existe una disyuntiva inobjetable: o cambiamos la Constitución o subimos significativamente el mínimo.
Segundo, el manejo del mínimo ha sido totalmente absurdo y abusivo, desde su utilización como ancla contra la inflación hasta la indexación para multas, tarifas y similares. Independientemente si se incrementa o no, deberíamos eliminar por completo su uso como referencia para fijar cualquier parámetro fuera del salario en sí. También debemos dar por concluido su uso como un instrumento complementario a la política monetaria. Es tan bajo, que existe gran margen para incrementarlo sin perjuicio alguno a la inflación.
Tercero, el mínimo no es la panacea para resolver nuestros problemas de pobreza y distribución inequitativa del ingreso. Independientemente si se incrementa o no, se debe buscar ampliar y mejorar las políticas que buscan fomentar la productividad, la educación y la formalidad. No queda claro si un aumento en el mínimo aumentaría la productividad, o si un aumento en la productividad permitiría incrementar el mínimo. Lo que sí queda claro, es que todo está relacionado. Esto significa que necesitamos una solución integral que busca fomentar todo en conjunto.
Cuarto, urge cambiar o eliminar la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, por ineficaz, inútil y contraproducente. No sé cuántas personas laboran allí o a cuánto asciende la nómina total, pero la remuneración total registrada del presidente es más de 86 veces el salario mínimo. La Comisión no ha funcionado ni siquiera para mantener el poder adquisitivo y no produce estudios relevantes al respecto. Es tan así, que en medio del debate que se ha presentado en los últimos meses, no se ha dado a conocer un estudio, un análisis o comentario relevante de su parte. Es uno de muchos ejemplos de cómo el gobierno federal desperdicia recursos a lo bruto.
No hay duda de que existe amplio margen para aumentar el mínimo sin prejuicio a la inflación o al desempleo. También queda claro que el debate actual es más político que económico: su amento no va resolver el problema de pobreza o incrementar mucho el poder adquisitivo. Lo que necesitamos es un estudio serio, de fondo, que incorpore muchos de los parámetros que se han manejado. No es trivial que 13 por ciento de la población ocupada gana el mínimo o menos, pero tampoco debemos ignorar el hecho de que 93 por ciento de este segmento laboran en la informalidad.