Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El INEGI acaba de divulgar los datos pertenecientes al Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC) para enero, que señala que el Índice Compuesto de Indicadores Coincidentes subió y liga su tercer mes consecutivo por arriba de su tendencia de largo plazo, mientras que el Índice Adelantado disminuyó y lleva 29 meses por debajo de su tendencia de largo plazo. En otras palabras, el adelantado, que se supone anticipa la dirección del ciclo económico (el coincidente), lleva más de dos años diciendo que vamos a entrar en una recesión, lo cual no ha pasado. Mediante un examen rápido a la gráfica del boletín de prensa que compara las trayectorias de ambos, nunca hemos visto que el adelantado haya fallado tanto. Pero, ¿qué significa todo esto?

El SIC es un enfoque del “ciclo de crecimiento”, que identifica las desviaciones de la economía respecto a su tendencia de largo plazo, mediante una metodología desarrollada por la OCDE. Se limita a decirnos si la brecha de la economía respecto a su tendencia de largo plazo es negativa o positiva y si se está ampliando o reduciendo. Pero dado que no especifica si la tendencia ha aumentado o disminuido, realmente no nos dice mucho respecto al ciclo económico en sí. Incluso, es diferente a lo que el INEGI llama el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA), que utiliza la metodología clásica desarrollada por el NBER de Estados Unidos y que mapea fielmente el ciclo económico. El INEGI calcula y publica los resultados del SICCA desde 2000. Sin embargo, a partir de 2010 decidió desarrollar el SIC y favorecer su divulgación sobre el SICCA. Al principio, falló en explicar que eran dos enfoques diferentes e incluso le puso la etiqueta de “recesión” al periodo en que la brecha era negativa y se iba reduciendo. Sin embargo, hace unos años tuvo que admitir su error y evitar de utilizar las mismas etiquetas que pertenecen al SICCA. A partir de ese momento, el boletín de prensa del SIC es la más extensa (22 páginas), ya que (entre otras cosas) explica la diferencia entre los dos enfoques.

El SICCA, conocido como el ciclo económico clásico es más intuitivo y útil para entender y comparar nuestro ciclo con el de Estados Unidos. Define fechas exactas de recesiones, recuperaciones y expansiones, totalmente compatible con la tarea que realiza el Comité de Fechas de Ciclos Económicos del NBER de Estados Unidos (ver www.nber.org/cycles). Nos señala que desde 1980 a la fecha hemos tenido seis recesiones, siendo la última de enero 2008 a mayo 2009, con una duración de 17 meses. A partir de mayo de ese año inició el periodo actual de expansión, que lleva 93 meses hasta enero de 2017. Por ende, es el periodo de expansión más larga de toda la historia del indicador. El de mayor extensión anterior fue de noviembre de 1986 a octubre de 1992, de 72 meses.

La expansión actual tuvo un periodo de estancamiento en 2013, que casi se convierte en recesión. No obstante, no hubo un periodo definido y de suficiente duración para clasificar como recesión tal cual. Por lo mismo, este sexenio se apunta (hasta ahora) en ser el primero en no sufrir una recesión (desde que existen los datos a partir de enero de 1980). Este dato no parece encajar con la percepción de los consumidores cuyo nivel actual de pesimismo es más bajo que el que prevalecía en cualquier periodo de recesión. Parte de la explicación radica en el hecho de que el ritmo de expansión actual es el más bajo comparado con cualquier otro periodo. El más lento anterior fue el periodo de 54 meses entre agosto 2003 y enero 2008. Es decir, hemos padecido los dos periodos de expansión más lentas en nuestra historia en los últimos años, interrumpido solamente por una recesión de 17 meses, que resultó ser la segunda más profunda de todos. Esto significa que el ritmo de expansión que hemos tenido en los últimos 162 meses (casi 13 años y medio), desde agosto 2003 a la fecha, es equivalente apenas a 1.7 por ciento anual. Peor aún, si consideramos el periodo de octubre de 2000 a la fecha (196 meses, 16 años y 3 meses), el ritmo disminuye a tan solo 0.7 por ciento anual. Verdaderamente mediocre.

¿Qué entonces explica la mejoría en los últimos meses? Básicamente es el desempeño de la tasa de desocupación urbana, que se ubica actualmente casi un punto porcentual por debajo de su tendencia de largo plazo (su relación con el Indicador Coincidente es inversa).

El INEGI empezó a divulgar indicadores cíclicos en el año 2000, cuando introdujo el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA). Se basó en la metodología que hoy se conoce como la escuela clásica, desarrollada originalmente por Wesley Mitchell y Arthur Burns y después seguido por Geoffrey Moore. Como la mayor parte de sus investigaciones fueron llevados a cabo en el seno del Buró Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos, también se conoce como la metodología del NBER. En su página de internet (www.nber.org/cycles) se puede consultar las fechas de las recesiones de su país a partir de diciembre de 1854 a la fecha. En México, el INEGI presenta información similar, pero solo a partir de enero de 1980.

El SICCA consiste en un índice compuesto de varios indicadores coincidentes para marcar el ciclo económico y otro compuesto de indicadores adelantados para anticipar los puntos de giro, que marcan las fechas cuando empieza y termina una recesión. Ambos indicadores son útiles, no solo para señalar periodos de recesión, recuperación y expansión en nuestro país, sino también para realizar comparaciones con Estados Unidos, que en muchas instancias determina nuestro ciclo. Sin embargo, hacia fines de 2010, el INEGI decide cambiar de metodología, para adoptar la escuela de crecimiento desarrollada principalmente por la OCDE en Europa. Nombrada Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), consiste igualmente en dos indicadores compuestos, coincidente y adelantado, pero que visualiza los ciclos de forma diferente. Mientras que el SICCA utiliza las definiciones clásicas de recesión y expansión, el SIC concibe un patrón de ciclos aun en periodos de crecimiento. Una recesión clásica se define a partir de un periodo extendido (de por lo menos seis meses) de contracción en la actividad económica, pero la escuela de crecimiento define periodos “recesivos” (de crecimiento decreciente por debajo de la tendencia de largo plazo) aun en el caso de una economía con crecimiento positivo. Por ejemplo, China está en una “recesión de crecimiento” al crecer tan solo 7 por ciento, por debajo de su tendencia de largo plazo.

El INEGI cometió varios errores al sustituir el SICCA por el SIC. Primero, no explicó bien al público que se trataba de dos escuelas diferentes, con metodologías distintas, que podrían llegar a conclusiones contradictorias. Segundo, decidió utilizar las mismas etiquetas de recesión, recuperación y expansión para definir etapas que no son las recesiones, recuperaciones y expansiones clásicas. En su momento, advertimos que esto podría llevar a confusiones tremendas en el momento en que la economía estuviera cerca de una recesión. Podría darse el caso, por ejemplo, que el SIC anunciara que estamos en recesión y el SICCA que no. El tercer error fue que el INEGI utilizó indicadores compuestos distintos para el SICCA y el SIC, por lo que todavía era más difícil su comprensión.

En 2013 pasó justamente lo que se había advertido. La actividad económica entró en una etapa de estancamiento, que no llegó a clasificarse como recesión según la escuela clásica, pero sí bajo el esquema del SIC. En su momento hubo grandes confusiones y debates innecesarios, provocados por el mal uso de la etiqueta “recesión”. Primero tuvo que salir la SHCP a desmentir los datos del INEGI y después el propio INEGI tuvo que expandir su boletín de prensa como por diez páginas más para tratar de aclarar los dos enfoques. Finalmente, pasó lo que tuvo que pasar: el INEGI anunció que va a cambiar los nombres de las fases que describen las fluctuaciones del ciclo en torno a su tendencia a largo plazo.

De ahora en adelante, el INEGI no llamara “recesión” a la serie coincidente cuando éste se sitúa por debajo de la tendencia y decreciendo, sino simplemente dirá que “está debajo de la tendencia y decreciendo”, aunque conservará el color rojo para ilustrar su ubicación en el “reloj de los ciclos” en su portal. De la misma forma, dejará de utilizar las palabras “recuperación” y “expansión”. En su lugar, simplemente dirá que está por arriba o por debajo de la tendencia y si está creciendo o decreciendo.

El INEGI aprovechó la ocasión para actualiza los indicadores que utiliza para construir los índices compuestos del SIC. Por ejemplo, para el coincidente sustituye el indicador agregado mensual por el IGAE y en el adelantado utilizará ahora el tipo de cambio bilateral en vez del multilateral. Ahora lo único que hace falta es usar estos mismos indicadores para actualizar el SICCA y así asegurar compatibilidad con el SIC.

Después de casi dos años de estancamiento, parecía que la actividad económica estaba mostrando una mejoría. El Sistema de Indicadores Cíclicos del INEGI, que genera un índice compuesto de seis indicadores coincidentes, señala que para mayo ya prácticamente todos muestran una tendencia positiva. Los resultados de comercio exterior apuntan hacia una mejoría en las exportaciones no petroleras, resultado de una mayor demanda de Estados Unidos. Como consecuencia, la industria manufacturera mostró crecimientos en cada uno de los primeros cinco meses del año.
Lo único que parecía faltar era que empezara a crecer la inversión privada, a pintar la inversión pública y a mejorar el consumo de los hogares. Sin embargo, la aprobación final de las leyes secundarias abriría la puerta a la inversión privada, mientras que el gobierno federal ya repartió los fondos para las obras públicas. La última pieza en la ecuación, el consumo de los hogares, debería responder poco a poco en la segunda mitad del año y así podríamos alcanzar un crecimiento entre 2 y 3 por ciento; los optimistas piensan que más cerca del 3, mientras que los pesimistas alrededor del 2 por ciento.
Sin embargo, los últimos indicadores que se han dado a conocer no son muy halagadores. En los últimos días el INEGI dio a conocer el consumo privado de mayo y la actividad industrial de junio, mientras que la ANTAD divulgó las ventas de julio. El primer indicador disminuyó respecto al mes anterior y sigue mostrando debilidad. El segundo también cae en el mes y sugiere que el crecimiento del PIB del segundo trimestre será menor a lo estimado. El tercero señala que el consumo de los hogares no muestra señales de mejoría en el primer mes del tercer trimestre. Anteriormente, conocimos los indicadores de difusión de junio con resultados decepcionantes; el Indicador de Confianza del Consumidor interrumpió su tendencia alcista, mientras que el Indicador IMEF No Manufacturero sigue perdiendo terreno. El gobierno no ha logrado inspirar mayor confianza en los hogares ni en los empresarios. A este paso, ya tenemos que preguntarnos si la recuperación empezará en el tercer trimestre o si tendremos que esperar más hacia fin de año.
El consenso para el crecimiento anual del segundo trimestre se ubica alrededor de 1.8 por ciento. Sin embargo, si examinamos el IGAE de abril y mayo, encontramos que la actividad económica de junio tendría que haber crecido 3 por ciento o más para alcanzar esta cifra. Dado que ya sabemos que las actividades secundarias disminuyeron en junio, es muy difícil pensar que las terciarias podrían haber aumentado lo suficiente para compensar la falta de dinamismo manufacturera. Por lo mismo, debemos esperar una tasa todavía menor para el segundo trimestre cuando el INEGI anuncia los datos del PIB la semana entrante. Dependiendo de qué tan mal viene, es factible esperar aún otra ronda de revisiones a la baja en las proyecciones del PIB para 2014.
No todas las cifras fueron malas noticias. La construcción de junio avanzó 1.2 por ciento en junio y ligó así cinco meses consecutivos con crecimiento positivo. Este impulso ayudó a que la tasa anual llegara a 2.2 por ciento (y hasta 2.6 por ciento si corregimos por efectos de calendario), que es la primera tasa anual positivo para la construcción en los últimos 19 meses. Mejor aún, el segmento que mejor desempeño mostró fue la de obras civiles de infraestructura, ligada a la inversión pública, que mayor rezago mostraba. La serie de tendencia-ciclo de este indicador sugiere que por fin tocó fondo y empieza a revertirse.
La cifra negativa de la producción manufacturera de junio no representa un cambio de tendencia. Lo más seguro es que repuntará en julio y seguirá funcionando como nuestro [único] motor de crecimiento. Todavía deberíamos esperar la mejoría en la inversión privada, especialmente ahora que ya tenemos leyes secundarias para todas las reformas. No obstante, la gran incógnita sigue siendo el consumo de los hogares. La mayoría de los nuevos empleos han sido de menor remuneración y los precios de los alimentos siguen al alza. Los efectos nocivos de la reforma fiscal siguen dando de qué hablar, mientras que no se repone la confianza.
Hemos visto una mejoría en el entorno externo, indispensable para mover la manufactura. El gobierno ha aumentado su gasto, que eventualmente deberá sentirse en más obras públicas. Los legisladores finalmente aprobaron las leyes, que debería estimular la inversión. ¿Pero qué se ha hecho para apuntalar la situación de los hogares? Pues realmente muy poco, si es que algo.

Nueva Fase

Julio 9th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (2 Comments)

Hace unos días, el INEGI dio a conocer los resultados de su Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC) para abril. La buena noticia es que el Indicador Coincidente entró a la fase de “recuperación”, después de haber permanecido en la de “recesión” por 22 meses. Esto significa que el componente cíclico del indicador empezó a crecer por primera vez en 23 meses, aunque todavía se ubica por debajo de su tendencia de largo plazo. Si añadimos la información proporcionada por el Indicador Adelantado, que está creciendo y se ubica por arriba de su tendencia de largo plazo, muy pronto deberíamos encontrarnos ya en una nueva fase de “expansión”.

El Indicador Coincidente es un índice compuesto de seis indicadores que “coinciden” con el ciclo económico, por lo que ayuda a determinar si la economía se ubica por encima o por debajo de su tendencia de largo plazo y a la vez, si la brecha se está ampliando o reduciendo. Resulta importante recalcar que esta metodología de la OCDE, conocida como “ciclo de crecimiento” y adoptada por el INEGI, no utiliza el término “recesión” en su sentido original o clásico  Si se ubica por debajo de su tendencia y la brecha se está ampliando, este enfoque dice que la economía se encuentra en fase de recesión, aun si la actividad económica crece. En cambio, la definición clásica de recesión implica que la actividad económica está disminuyendo en forma generalizada y sostenida. Así es cómo debemos interpretar estas fases del SIC, es decir, estábamos en una brecha negativa respecto a la tendencia de largo plazo, más no en una recesión “clásica”.

Independientemente de la controversia que se suscitó a raíz de las grandes confusiones que generó el INEGI al introducir el SIC, debemos tomar la nueva trayectoria del indicador como señal positiva del rumbo de la economía. De entrada, tres de los seis componentes del indicador cíclico se ubican en “recuperación”, mientras que los otros tres están ya en “expansión”. Esto significa que mientras todos señalan una mejoría, el comportamiento de la actividad industrial, los asegurados permanentes del IMSS y la desocupación urbana se ubican incluso por encima de su tendencia de largo plazo.

Pero posiblemente la mejor noticia de todas en torno al SIC, es el hecho de que los seis componentes y el total aumentaron todos en abril, algo que no se había visto desde febrero de 2012 y que sólo ha ocurrido tres veces desde abril de 2004. Incluso, si examinamos los últimos (casi) 33 años después del boom petrolero (un total de 391 meses), encontramos que esto solo ha ocurrido en 41 ocasiones, es decir, cerca del 10 por ciento del tiempo. En otras palabras, parece ser que la tan anhelada mejoría económica, que tanto han prometido los funcionarios públicos, empieza a asomarse.

Hasta allí se acaban las buenas noticias; ahora vamos a poner todo esto en contexto. En los 22 meses que duró la tendencia negativa del Indicador Coincidente, los primeros 14 fueron de “desaceleración” (es decir, disminuyendo pero todavía por encima de la tendencia de largo plazo) y los últimos 8 fueron de “recesión”. Sin embargo, el pico registrado en abril de 2012 fue significativamente inferior a cualquier otro registrado desde que existen los datos del SIC, mientras que la “expansión” que tuvimos después de la gran recesión de 2008-2009 fue de las más breves. Si bien es cierto que la “recesión” fue muy ligera (poca profundidad y duración), también es de esperar que nuestra nueva fase de recuperación y posterior expansión serán muy lentas. En otras palabras, iniciamos una nueva etapa de crecimiento pero todavía no promete ser muy vigorosa.

Por último cabe señalar que el SIC mapea la economía en relación a su tendencia de largo plazo y los datos señalan que hemos estado muy cerca de esta tendencia en los últimos cuatro años. Lo que no revela el SIC es la tasa de crecimiento tal cual de la tendencia, ya que la iguala a 100 a través del tiempo. Sin embargo, podemos intuir que después de décadas de casi no crecer, la tasa debe ser muy baja. En otras palabras, si en los siguientes meses logramos crecer ya por arriba de 100, no podemos presumir de mucho, ya que de todos modos estaremos al borde de la mediocridad.

Si buscamos pasar del SIC a lo que pudiera implicar para el crecimiento del PIB, podemos intuir que la tendencia de largo plazo no puede ser muy superior al 2 por ciento. Posiblemente este año alcancemos crecer ligeramente más que el doble que el año pasado, es decir un poco más de ese 2 por ciento y todavía lejos de lo que necesitamos.

Los datos oficiales del INEGI del Sistema de Indicadores Cíclicos sirven para determinar en qué fase del ciclo económico nos encontremos, ya sea expansión, desaceleración, recesión o recuperación. La nota metodológica que aparece cada mes en su boletín de prensa dice claramente que para determinar si estamos en recesión o no, es necesario primero contar con por lo menos 21 meses entre el pico actual y el pico anterior (para asegurar que estemos en un ciclo distinto al anterior) y que existe por lo menos 9 meses de desaceleración desde el último pico. En cuando a estos criterios, existe más de cuatro años entre el pico actual y el anterior, mientras que llevamos 21 meses de desaceleración. Por lo mismo, según los datos y definición oficial del INEGI, la economía mexicana se encuentra actualmente en una recesión.

Este hecho ha causado algo de controversia, ya que varios funcionarios de primer nivel han desconocido el hecho. Parte es que para muchos la definición de una recesión es que existan por lo menos dos trimestres consecutivos de caída en el PIB. Sin embargo, este no es realmente su definición sino solamente una regla de aproximación. Está documentado que lo de los dos trimestres fue una idea al vapor del economista Arthur Okun cuando éste estaba al frente del Consejo Económico del Presidente Lyndon Johnson de Estados Unidos en 1967. En plena campaña electoral, existía preocupación por la percepción del público de que existiera una recesión. Okun introdujo la idea como una fórmula sencilla para convencer a la gente de que no estaban técnicamente en recesión. Fue una decisión arbitraria, sin fundamento teórico, que nació como una idea interesante en una campaña política para ayudar a que Johnson ganara las elecciones.

La definición exacta de una recesión fue establecida en la década de los 20 del siglo pasado por los economistas Wesley Mitchell y Arthur Burns, en el seno del Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos. Esta institución es una organización académica privada no lucrativa y sin afiliación partidista, que se dedica a promover un mejor entendimiento sobre el funcionamiento de la economía. La definición original y correcta es de una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto y abarca también al estado del empleo (se puede consultar en www.nber.org/cycles/). No se usa directamente al PIB para su determinación (ya que es de frecuencia trimestral), sino específicamente al ingreso real, el empleo, la producción real y las ventas al menudeo (todos indicadores mensuales).

Investigaciones posteriores en el NBER, conducidas principalmente por el economista Geoffrey Moore (fundador del Instituto de Investigación de Ciclos Económicos, ECRI), encontraron que la mejor forma de reproducir los ciclos económicos y así aproximar las fechas de comienzo y fin de las recesiones era mediante la construcción de índices compuestos de indicadores coincidentes, que consistían justamente de los indicadores antes señalados. El NBER decidió establecer en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles de la actividad económica. Aunque el Comité ha señalado que no utiliza una fórmula específica para determinar los tiempos, el índice compuesto de indicadores coincidentes replica de manera fiel todas las fechas reportadas por el NBER.

En el año 2000 el INEGI desarrolló por primera vez el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA) con base en la metodología clásica del NBER. Con estos indicadores se pudo determinar de manera exacta el comienzo y fin de las seis recesiones que tuvimos hasta 2010. No obstante, en noviembre de 2010 el INEGI decidió cambiar de metodología y adoptar la escuela de los ciclos de crecimiento, empujado sobre todo por la OCDE. Así nació el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), que se utiliza de manera oficial para determinar los ciclos económicos y las fechas de comienzo y fin de las recesiones.

El índice compuesto coincidente que utiliza el INEGI en el SIC, consiste de seis indicadores, que tienen la propiedad esencial de replicar (coincidir) el ciclo económico. Estos son: la actividad económica (básicamente el IGAE), la actividad industrial, las ventas al por menor de establecimientos comerciales, el número de asegurados permanentes registrados en el IMSS, la tasa de desocupación (desempleo) abierto urbano y las importaciones totales.

La metodología de la OCDE consiste en desagregar el índice compuesto coincidente en sus componentes estadísticos, típicos de cualquier serie de tiempo: el patrón estacional, la tendencia-cíclico, la tendencia de largo plazo y el elemento aleatorio (conocido como ruido blanco). Lo primero que se hace es igual la tendencia de largo plazo a 100 a lo largo del tiempo y después ver el comportamiento de la tendencia-cíclico respecto a la tendencia de largo plazo. Si el indicador se ubica por encima de 100 y creciendo se dice que se ubica en su fase de “expansión”. Si se ubica por encima pero disminuyendo se encuentra en la etapa de “desaceleración”. Si el indicador cae por debajo de la línea de 100 y sigue disminuyendo, está en “recesión”, mientras que si empieza a crecer de nuevo entra en la fase de “recuperación” hasta que vuelva a cruzar la línea de 100. En otras palabras, las fases se determinan en función de que si el indicador crece o disminuye y su ubicación respecto a su tendencia de largo plazo.

Los últimos datos disponibles señalan a tres de los indicadores del índice compuesto en fase de recesión (ventas, asegurados y desempleo), mientras que los otros tres se sitúan en recuperación. Salvo los indicadores laborales, que todavía muestran mucha debilidad, los otros indicadores parecen mostrar señales de mejoría. Esto significa que esta recesión, que es poco profundo en comparación a cualquier otra recesión de la economía mexicana, está a punto de terminar y convertirse ya en recuperación.

Afortunadamente, el INEGI es hoy en día una institución autónoma, que se dedica a divulgar indicadores bien hechos y confiables aun cuando no señalan lo que quieren las autoridades. Queda claro que en otras épocas, las autoridades no hubieran permitido al INEGI publicar cifras que contradicen en forma tajante las declaraciones de los funcionarios. Ahora nos divertimos ver como los funcionarios tratan de desacreditar el trabajo del INEGI, negar públicamente lo que dicen las cifras y menospreciar su trabajo.

Hace dos semanas, abordamos el tema de la recesión para explicar que no se determina mediante dos trimestres consecutivos de caída en el PIB (es más bien una regla de aproximación) y que existen dos escuelas al respecto: la clásica, desarrollada por el NBER en Estados Unidos hace como 90 años y la de crecimiento, impulsada principalmente por la OCDE. Originalmente, el INEGI utilizaba el enfoque clásico (que se encuentra bajo SICCA en su Banco de Datos, BIE). Sin embargo, en 2010 introdujo el SIC, cuyo enfoque son los ciclos de crecimiento. En principio ambos se complementan, ya que se enfocan en aspectos distintos; mientras que la clásica busca periodos extendidos de una caída generalizada y significativa de la actividad económica para decir que existe una recesión, la otra escuela define una “recesión de crecimiento” en función de las desviaciones respecto a la tendencia de largo plazo de la economía.

Si examinamos en forma detenida los datos del SIC y del SICCA del INEGI, queda claro que la economía está en una “recesión de crecimiento”, más no en una recesión clásica. El problema que yo vi desde que el INEGI introdujo el SIC, fue que se utilizan las mismas etiquetas de “recesión”, “recuperación” y “expansión” para ambos enfoques a pesar de que no son conceptos iguales. Me acuerdo muy bien argumentar en el INEGI en su momento que esto iba crear muchísima confusión cuando estuviéramos cerca de una recesión. Pues dicho y hecho.

La existencia de una recesión es algo no deseable y embarazoso para los funcionarios, por lo que existe o no, lo niegan. En Estados Unidos resolvieron la controversia recurrente al establecer en el pleno del NBER un Comité de Fechas de los Ciclos Económicos, que se encarga de determinar y anunciar los picos y valles de la actividad económica. El público en general y los académicos en particular reconocen a este Comité como el árbitro oficial (pueden visitar los resultados en www.nber.org). Dado que en México no existe algo similar, cada vez que nos aproximamos a una recesión se arma el debate y aumenta la confusión. Peor ahora desde que el INEGI introdujo el SIC.

A través de las últimas décadas se ha discutido la posibilidad de tener un Comité similar en México, sin que nadie se haya aventado a tratar de organizarlo. Pero, ¿qué pasaría si lo tuviéramos? Déjame imaginar que fuera miembro de dicho Comité y que tuviéramos que tomar una resolución. Lo primero sería enfocarnos en la escuela clásica, ya que no se trata de determinar si estamos en una “recesión de crecimiento”, sino en un periodo extendido y significativo de una caída generalizada de la actividad económica. Lo segundo, sería enfatizar que la decisión final no se puede tomar antes de que tengamos todas las cifras finales, es decir, ya sin posibilidad de revisar. Esto en Estados Unidos significa que anuncian las fechas, en promedio, alrededor de 12 a 15 meses después de haber concluido el ciclo. La determinación de las fechas no se hace en forma precipitada, ni en atención a las demandas del público. Es más bien un ejercicio académico.

En seguida vendría ya la examinación a fondo de las cifras. El índice compuesto de indicadores coincidentes (del SICCA y no del SIC) establece un pico en noviembre de 2012, pero realmente sin definir una caída significativa ni extendida. En los siguientes 15 meses, marca una disminución en solo seis ocasiones y solamente en una ocasión se presenta caídas en dos meses consecutivos. Al analizar los indicadores coincidentes por separado, prácticamente todos indican lo mismo: no hay caídas significativas, ni extendidas y menos generalizados. Algún que otro presenta síntomas más graves, pero no con la fortaleza necesaria para establecer la existencia de una recesión. Por lo mismo, mi voto tendrá que ser no hemos entrado en recesión en algún momento dado en los últimos dos años.

Aquí proceden unas recomendaciones al INEGI y a los funcionarios. En primer lugar, el INEGI necesita aclarar y explicar mucho (pero mucho) mejor la diferencia entre una recesión clásica y una recesión de crecimiento. El gobierno debe poner atención a la explicación y no descartar las conclusiones del INEGI simplemente porque no le conviene. Al enfrentar la pregunta de que si estamos en recesión o no, el funcionario debería admitir que estamos en una recesión de crecimiento, que significa que estamos en un bache por debajo de nuestro potencial (que sería la tendencia de largo plazo), pero que no hemos caído en lo que es una recesión clásica, es decir, una caída significativa, extendida y generalizada de la actividad económica.

En todos los países, los funcionarios niegan la existencia de una recesión a pesar de lo que dicen las cifras. Sin embargo, son los primeros en señalar los mismos indicadores cuando estos marcan una recuperación y más todavía si es una buena expansión. En principio, hablar bien de la economía y las perspectivas es parte de su trabajo. Si no lo hacen ellos, ¿quiénes?

Los medios y algunos analistas utilizan dos trimestres consecutivos de caída en el PIB como definición de una recesión. Sin embargo, no es su definición sino más bien una regla de aproximación. Está documentado que lo de los dos trimestres fue una idea al vapor del economista Arthur Okun cuando éste estaba al frente del Consejo Económico del Presidente Lyndon Johnson de Estados Unidos en 1967. En plena campaña electoral, existía preocupación por la percepción del público de que existía una recesión. Okun introdujo la idea como una fórmula sencilla para convencer a la gente de que no estaban técnicamente en recesión. Fue una decisión arbitraria, sin fundamento teórico, que nació como una idea interesante en una campaña política para ayudar a que Johnson ganara las elecciones.

La definición exacta de una recesión fue establecida en la década de los 20 del siglo pasado por los economistas Wesley Mitchell y Arthur Burns, en el seno del Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos. Esta institución es una organización académica privada no lucrativa y sin afiliación partidista que se dedica a promover un mejor entendimiento sobre el funcionamiento de la economía. La definición original y correcta es de una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto y abarca también al estado del empleo (se puede consultar en www.nber.org/cycles/). No se usa directamente al PIB para su determinación (ya que es de frecuencia trimestral), sino específicamente al ingreso real, el empleo, la producción real y las ventas al menudeo y al mayoreo (todos indicadores mensuales).

Investigaciones posteriores en el NBER, conducidas principalmente por el economista Geoffrey Moore (fundador del Instituto de Investigación de Ciclos Económicos, ECRI), encontraron que la mejor forma de reproducir los ciclos económicos y así aproximar las fechas de comienzo y fin de las recesiones era mediante la construcción de índices compuestos de indicadores coincidentes, que consistían justamente de los indicadores antes señalados. El NBER decidió establecer en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles de la actividad económica. Aunque el Comité ha señalado que no utiliza una fórmula específica para determinar los tiempos, el índice compuesto de indicadores coincidentes replica de manera fiel todas las fechas reportadas por el NBER.

En el año 2000 el INEGI desarrolló por primera vez el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA) con base en la metodología clásica del NBER. Con estos indicadores se pudo determinar de manera exacta el comienzo y fin de las seis recesiones que tuvimos hasta 2010. No obstante, en noviembre de 2010 el INEGI decidió cambiar de metodología y adoptar la escuela de los ciclos de crecimiento, empujado sobre todo por la OCDE. Así nació el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), que se utiliza de manera oficial para determinar los ciclos económicos y las fechas de comienzo y fin de las recesiones.

Afortunadamente, el INEGI es hoy en día una institución autónoma, que se dedica a divulgar indicadores bien hechos y confiables aun cuando no señalan lo que quieren las autoridades. Hasta cierto punto, no nos debemos de sorprender que los Secretarios de Hacienda y Economía niegan las conclusiones irrefutables de lo que indican los indicadores del INEGI. Sin embargo, deben de tener cuidado en descartar las cifras del INEGI y en menospreciar su trabajo. Si los funcionarios principales del país nos dicen que los datos oficiales no son buenos, ¿entonces con qué nos quedamos? Nos dicen que esperemos al número del PIB, que ese sí está bien hecho. Pero entonces, ¿significa que el INEGI realiza indicadores correctos e incorrectos y el gobierno se encargará de decirnos cuáles son los buenos y cuáles son los malos?

En vez de desacreditar al INEGI, los secretarios deberían admitir que aunque oficialmente seguimos en recesión, ésta es muy ligera, a punto de tocar fondo y convertirse ya en recuperación. Lo más importante debería ser que se han establecido las bases para una expansión sólida en los próximos años.

Estamos todos muy conscientes del estancamiento de la actividad económica del año pasado. Las cifras oficiales del INEGI del Sistema de Indicadores Cíclicos clasifican el comportamiento de la economía como “recesión”. A pesar de que empezó el sexenio con muchas expectativas y promesas de más crecimiento a raíz de unas maravillosas reformas, numerosos factores tanto internos como externos se conjuntaron para apagar la marcha de la economía. El crecimiento del PIB de 2013 fue menos de la mitad del promedio anual del sexenio anterior, que a su vez fue el menor de los últimos cuatro sexenios.

Ya arrancamos abril, por lo que el primer trimestre de 2014 ya terminó. En principio, ya se aprobaron todas las reformas, la economía de Estados Unidos ha mejorado y el gobierno está gastando lo que nunca se había visto. Pero la economía sigue estancado. Prácticamente todos los indicadores económicos disponibles a la fecha apuntan a que el crecimiento de este trimestre no será mayor al anterior y posiblemente hasta menor. Si la actividad económica no empieza a responder en estos siguientes meses, no solamente vamos a ver serias revisiones a la baja en las proyecciones de crecimiento para el año, sino que nos vamos a acercar a las elecciones de mitad del sexenio con una población decepcionada, frustrada y muy desilusionada. La promesa implícita del gobierno de que las reformas era la panacea para todos nuestros malos simplemente quedará en el incumplimiento.

Ayer se reportó el Indicador IMEF de marzo con resultados mixtos en el mejor de los casos. Por un lado, el Indicador Manufacturero registró 52.7 puntos, el mejor nivel que se ha observado desde agosto de 2012. Después de cinco meses de una tendencia lateral y cercana al umbral de los 50 puntos, por fin parece ser que comenzó una tendencia al alza. Pudiéramos pensar que la mejora en la actividad económica de Estados Unidos empieza a impulsar una mayor demanda por nuestros productos, por lo que la actividad manufacturera mexicana está respondiendo. Sin embargo, debemos tener cuidado con esta interpretación, ya que es una recuperación incipiente y todavía muy frágil. No obstante, la buena noticia es que pudiera estar por reactivarse nuestro principal (¿y único?) motor de crecimiento.

Sin embargo, el Indicador IMEF No Manufacturero cayó un punto en marzo y registra el tercer mes al hilo con disminución. Las actividades terciarias (comercio y servicios) muestran una debilidad creciente, signo de que la economía interna sigue estancado. Confirman el hecho las importaciones de febrero, que registraron caídas significativas, en especial en los bienes de consumo (reflejo del gasto de los hogares) y de los bienes intermedios (reflejo de la producción de las empresas). El Banco de México reporta una disminución en la tasa de inflación, pero reconoce que la falta de presiones inflacionarias (a pesar de los efectos nocivos de la reforma fiscal) se debe a la presencia de una brecha de producción negativa, que significa una actividad económica débil que crece muy por debajo de su potencial. Otros indicadores, aunque todavía de enero (como construcción y ventas al menudeo) confirman básicamente el mismo mensaje.

Pero, ¿por qué no arranca la economía? La respuesta es relativamente sencilla: la reforma fiscal del gobierno es recesiva. Los hogares tienen un ingreso personal disponible menor y enfrentan precios mayores, mientras que las empresas tienen ahora menos incentivo para invertir, ya que no pueden deducir la totalidad de su gasto como antes. En vez de combatir la informalidad, el gobierno introdujo medidas que lo incentiva, ya que le hizo la vida más difícil al sector formal.

¿Cómo funciona la política fiscal anticíclica en otros países como Estados Unidos? Cuando enfrentan una recesión, el gobierno disminuye los impuestos para incrementar el ingreso de los hogares y así incentivar el consumo. ¿Qué hizo el gobierno mexicano? Justo lo contrario. Le quitó recursos a los hogares para financiar un mayor gasto público. Sin embargo, es un gasto menos productivo y menos generador de empleo. Al mismo tiempo, aumentó el déficit fiscal que implica buscar financiamiento en el mercado, compitiendo por recursos con el sector privado. Cada peso más que agarra el gobierno del mercado, es un peso menos disponible para la inversión de las empresas y de los hogares. No es un aumento del gasto total, sino un desplazamiento de una parte por otra.

El año pasado, la economía no creció por culpa de factores internos y externos. Parece ser que este año serán solo los internos.

México pareció ser uno de los países ganadores después de la gran recesión de 2008-2009. En los tres años siguientes (2010-2012), disfrutamos de un crecimiento promedio de 4.3 por ciento, por encima de la media latinoamericana. A pesar de que Estados Unidos experimentaba una recuperación lenta y sinuosa, México pudo exportar más de lo debido y así lograr despejarse un poco de la elevada correlación con nuestro vecino que siempre nos ha caracterizado.

En ese momento, fueron tres factores que apuntalaron el buen desempeño: un reacomodo de líneas de producción (en especial en la industria automotriz) dentro de América del Norte, mediante el cual se buscó reducir costos de producción e incrementar la eficiencia; una moneda más competitiva (depreciada) a raíz del ajuste significativo que sufrió el tipo de cambio en 2008 (y posteriormente en 2011); y un cambio fundamental en la política económica de China, que llevó a que se elevara el costo laboral unitario y perdiera competitividad vis-a-vis nuestro país.

No obstante, a mediados de 2012 se anticipaba que Estados Unidos crecería menos en 2013 que en el año anterior.  Aun así, la dinámica que se veía en México hacía pesar que solo pudiéramos sufrir una pequeña desaceleración al respecto y que estaríamos bien posicionado para retomar un crecimiento mayor hacia la segunda mitad de 2013, o bien, a principios de 2014. Existía una buena percepción de las posibilidades mexicanas mediante la llegada de un nuevo gobierno con empuje y una agenda de reformas que detonaría la inversión. Cuando Enrique Peña Nieto logró que se firmara un pacto entre todos los partidos políticos para perseguir su agenda, muchos voltearon hacia nuestro país y dijeron ya llegó el momento para México.

Sin embargo, esta perspectiva realmente no se materializó. A pesar de que algunas de las reformas se aprobaron en la primera mitad del año, las dos más importantes enfrentaron problemas mayores. La reforma fiscal terminó como una propuesta simplemente recaudatorio, sin enfrentar los verdaderos retos fiscales, mientras que la energética se pospuso hacia fines de año (si bien nos va). Como resultado, el empuje que debió representar estas reformas no se materializó en 2013 y no queda tan claro cuáles serán los impactos en 2014.

Pero más allá del detonador que debía representar estas reformas, la actividad económica sufrió una serie de reveses, que no solo detuvo su crecimiento, sino que empujó a la economía hacia una recesión ligera. Lo que pasó fue como una tormenta perfecta, es decir, se conjuntaron varios factores negativos tanto externos como internos, casi todos al mismo tiempo, que detuvo la marcha de la economía.

Primero, a mediados del año pasado la demanda por nuestras exportaciones no petroleras empezaron a desacelerar. Las exportaciones automotrices dejaron de crecer a los ritmos anteriores, mientras que las manufactureras no automotrices se estancaron. Dado que las exportaciones son el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, se experimentó mucho menos dinamismo en las actividades secundarias.

Segundo, al mismo tiempo dejaron de crecer las remesas familiares provenientes de Estados Unidos. A partir de julio de 2012 la tasa anual fue consistentemente negativa, afectando un ingreso complementario de muchas familias, que a su vez tuvo un efecto negativo sobre el gasto de los hogares. Dado que una parte significativa de estos ingresos se dedican a obras de autoconstrucción y remodelación de casas, también se vio afectada la rama de “trabajos especializados” dentro de la construcción.

Tercero, el gobierno de Calderón había dado un gran impulso a la vivienda de interés social, en especial mediante la construcción de casas habitacionales horizontales. Sin embargo, la gran mayoría fueron desarrollos en zonas apartadas de los centros de trabajo, esparcimiento y escuelas. Muchos gobiernos locales fallaron en proveer la infraestructura necesaria, por lo que miles de casas fueron abandonadas. A mediados de 2012, el gobierno decidió parar este tipo de edificación, en espera de una nueva reglamentación que favoreciera la vivienda vertical. No obstante, ante el inminente cambio de sexenio, el gobierno saliente le dejó el paquete a la nueva administración, lo que dejó prácticamente paralizado un segmento importante de la construcción.

Cuarto, el gobierno de Calderón propuso utilizar la mayor parte del gasto público programado para 2012 en la primera mitad del año en busca en un efecto favorable en la economía antes de las elecciones. Esto implicó una disminución en el gasto en la segunda mitad del año, en especial en obras civiles y de infraestructura. Al entrar el nuevo gobierno, se intensificó la disminución en el gasto, muy visible en la inversión fija bruta del gobierno. En sí, el presupuesto aprobado para 2013 buscaba un balance fiscal, lo que implicaba un proceso de consolidación mediante una disminución en el gasto público. Pero aunado a esta restricción, la nueva administración tuvo un subejercicio de su gasto, por lo que su impacto negativo fue todavía mayor.

Quinto, ante la promesa de reformas estructurales que implicaban nuevas oportunidades de inversión, el sector privado decidió posponer muchos proyectos hasta no saber bien cuáles iban a ser las nuevas reglas del juego. Primero habría que esperar para ver cuáles reformas se aprobarían y después cuáles serían las leyes secundarias. Esto también implicó una disminución en la inversión fija bruta del sector privado.

Sexto, a pesar de que la inflación general se ha contenido en los últimos años, los precios de los alimentos, de la gasolina y otros bienes con alto impacto en los presupuesto familiares, subieron mucho más que los sueldos y salarios, provocando una pérdida en el poder adquisitivo de muchos hogares. Aunado a los factores anteriores, esto incitó a una disminución en el comercio y a una eventual desaceleración en las actividades terciarias en su conjunto.

El resultado fue primero una atonía a partir de mediados del año pasado, que posteriormente se convirtió en un estancamiento de la actividad económica y eventualmente a una recesión ligera. Originalmente, el INEGI reportó en mayo que el PIB del primer trimestre de 2013 había crecido de 1.8 por ciento anualizado respecto al trimestre anterior. Esto obligó a muchos analistas a revisar a la baja su expectativa de crecimiento para el año, pero aun todavía en un rango ligeramente por debajo de 3 por ciento. Sin embargo, cuando dio a conocer los datos del segundo trimestre en agosto, el INEGI aprovechó para introducir un cambio de base (de 2003 a 2008), que resultó en una revisión del primer trimestre a 0.1 por ciento de crecimiento y una tasa negativa de 2.9 por ciento para el segundo.

Al momento de escribir este artículo, no contamos con la información completa del tercer trimestre. Sabemos que la producción industrial siguió débil en julio y agosto, mientras que las actividades terciarias sostuvieron tasas negativas en agosto. Indicadores diversos como los del IMEF, la AMIA y la ANTAD sugieren que la actividad económica de septiembre permaneció todavía muy débil, por lo que no queda claro si la recesión termina ya o queda en pie por lo menos un trimestre más. Esto ha llevado a otra ronda de revisiones a la baja para el crecimiento del PIB de 2013, que ahora ronda ligeramente por arriba de 1.0 por ciento para todo el año.

El INEGI publica dos diferentes indicadores cíclicos, que se utilizan para conocer en que periodos o etapas nos encontramos dentro del ciclo económico. El primero y original es el que se denomina el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA), que pertenece a la escuela clásica que predomina en Estados unidos. El segundo, de más recién creación, es el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), conocido como ciclos de crecimiento y utilizado predominantemente por la OCDE. En ambos casos, los indicadores coincidentes nos dicen que la economía está en una fase recesiva: en el caso del SICCA, la recesión empezó en noviembre de 2012, mientras que el SIC indica que inició en julio del año pasado. Ambos casos confirman la existencia de una recesión muy ligera, algo distinto a las recesiones anteriores que fueron en su mayoría profundas y prolongadas.

Los últimos indicadores disponibles reflejan una mejoría en la actividad económica de Estados Unidos, por lo que deberíamos anticipar un repunte en nuestras exportaciones. El último dato de las remesas (agosto) fue una tasa anual positiva, que rompe la tendencia negativa de 13 meses. Hace algunos meses, el gobierno publicó las nuevas reglas para los subsidios de la vivienda de interés social, por lo que anticipamos que la construcción pronto volverá a presentar tasas de crecimiento positivas. En los últimos meses el gobierno no solamente ha buscado eliminar el subejercicio, sino además ha solicitado al Poder Legislativo una ampliación del déficit fiscal de 0.4 por ciento del PIB para lo que queda de 2013. En conjunto, todo esto significa que la recesión puede estar por terminar en el cuarto trimestre de 2013, para iniciar una nueva fase de recuperación. Si las reformas pendientes se aprueben y se despeja la incertidumbre respecto a las nuevas reglas del juego, podríamos ver un nuevo dinamismo en la actividad económica para 2014.

El problema es que todavía enfrentamos muchos riesgos, en especial en un momento en que nos encontramos con una recuperación incipiente, frágil e incierta. En la última década, la gran mayoría de los riesgos han sido externos, en especial, enfocado en la economía de Estados Unidos. Sin embargo, ahora prevalecen además riesgos internos que fácilmente pudieran frenar la recuperación y posiblemente prolongar la recesión.

El riesgo más importante está en los impactos negativos de la reforma hacendaria, que disminuye el ingreso personal disponible de los hogares, resta poder adquisitivo a los consumidores, contiene aspectos adversos para las empresas y desalienta la inversión. Por lo pronto, hemos revisado el crecimiento para 2014 a la baja, de 4.2 por ciento antes de conocer las medidas fiscales, a 3.0 por ciento aun con la esperanza de que la recuperación en Estados Unidos tenga un efecto positivo sobre nuestras exportaciones.

 

 

Recesión

Septiembre 10th, 2013 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (1 Comments)

A mediados del año pasado, la economía entró en un periodo de atonía, caracterizado por una actividad económica muy débil. Ya para principios de 2013, la economía prácticamente dejó de crecer y entramos a un estancamiento generalizado. Cuando el INEGI dio a conocer que la tasa de crecimiento del segundo trimestre fue negativa y se revisaba a casi cero la tasa del primero, se empezó a hablar de la posibilidad de que la economía mexicana estuviera en recesión.

Para muchos, una recesión se define a partir de dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo, a partir de la serie desestacionalizada del PIB. Sin embargo, esta no es la definición correcta de una recesión, sino más bien es una regla de aproximación. La terminología y definiciones de los ciclos económicos fueron desarrolladas originalmente por Wesley Mitchell y Arthur Burns en el Buró Nacional de Investigación Económica (NBER por sus siglas en inglés) en la década de los veinte del siglo pasado. Ellos definieron una recesión como “una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto, que dura más que unos pocos meses y que sea normalmente visible en el PIB real, el ingreso real, el empleo, la producción industrial y en las ventas al menudeo y mayoreo”.

Por lo mismo, el NBER no define una recesión en términos de dos trimestres consecutivos de caída en el PIB real, aunque sí considera que el periodo mínimo necesario para definirla es de por lo menos seis meses y toma en cuenta indicadores mensuales para tener una mayor precisión en cuanto a las fechas de inicio y terminación de las distintas fases del ciclo económico. Para hacer oficial su uso, el NBER estableció en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles en la actividad económica. El Comité analiza todas las variables a su disposición y determina el inicio y final de cada recesión. Se enfoca en los indicadores de frecuencia mensual y pone más atención en la producción industrial, el empleo, el ingreso real y las ventas al menudeo. No obstante, no utiliza una fórmula específica para determinar las fechas.

A pesar de que no utiliza una fórmula tal cual, investigaciones posteriores en el NBER (encabezado por Geoffrey Moore) desarrollaron un índice compuesto de indicadores coincidentes que prácticamente emula las decisiones del Comité. Dado que en México no contamos con una organización como el NBER y mucho menos de un Comité de Ciclos, pero sí contamos con índices compuestos, podemos utilizar los desarrollados por el INEGI para designar las fechas de inicio y de terminación de las recesiones. Sin embargo, se debe tener cuidado ya que hay dos escuelas distintas de ciclos económicos: la clásica desarrollada por el NBER y una de más recién desarrollo impulsado principalmente por la OCDE, conocida como ciclos de crecimiento. El INEGI tiene las dos, el del NBER que publica bajo “Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado” (SICCA) y el de crecimiento que se denomina como “Sistema de Indicadores Cíclicos” (SIC). Aunque son ideas similares, difieren en sus fechas.

Si analizamos primero el SICCA, encontramos que el índice coincidente llegó a su punto máximo en noviembre de 2012 y tiene siete meses disminuyendo (existe información a junio). Esto significa que la economía mexicana ya está en una “recesión clásica” a partir de noviembre del año pasado. Si partimos de lo que dice el SIC, el índice coincidente registró un pico en junio de 2012 para entrar en una fase de “desaceleración” y en abril de 2013 entró en su fase de “recesión”. En esta Escuela se necesita por lo menos nueve meses de caída para declarar formalmente una recesión; a junio ya llevamos doce. Esto significa que la economía mexicana también se encuentra ya en una “recesión de crecimiento”.

El INEGI da más publicidad a los ciclos de crecimiento (SIC), mediante su “reloj de los ciclos económicos en México”. Sin embargo, dado la sincronía que tenemos con Estados Unidos y que el enfoque clásico del NBER es el más utilizado en ese país, recomiendo más su uso para enmarcar los ciclos en México y las fechas de inicio y terminación de las recesiones. La definición de una recesión no es subjetiva; podemos afirmar mediante cifras oficiales que la economía mexicana está actualmente en una recesión que empezó en noviembre del año pasado. No obstante, en lo que va, se puede clasificar como una recesión de muy poca profundidad.