Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Sin lugar a duda, 2016 fue otro año complicado, pero no será hasta el próximo martes 31 de enero que tengamos la estimación oportuna del crecimiento económico del cuarto trimestre en particular y del año en general. Aunque se espera que el año habrá crecido alrededor de 2.0 por ciento, todavía no queda claro. En la última encuesta de expectativas a instituciones financieras de Citibanamex del viernes pasado, sale a relucir que hay instituciones que estiman 2.2 por ciento (como Santander, Scotiabank y JP Morgan), mientras que Valmex (la Casa de Bolsa del Grupo Bailléres, dueño del prestigiado ITAM) anticipa 1.7 por ciento. Es muy inusual que existe una discrepancia tan amplia a estas alturas, faltando menos de un par de semanas para conocer el dato. Pero lo que sí sabemos es que mejoró algo el consumo de los hogares, mientras que hubo una desaceleración significativa en las exportaciones y en la inversión privada. El gasto de gobierno, como siempre no pintó ni para bien ni para mal.

A pesar de haber sido un año mediocre en cuanto al crecimiento económico (otra vez), existen amplias señales de que hubo mejoras en el mercado laboral. La primera son los 732,591 empleos adicionales registrados en el IMSS, que el gobierno ha presumido como la máxima creación de empleos formales en la historia para un año. Sin embargo, si tomamos en cuenta el crecimiento de la población, podemos ver que es fundamentalmente un fenómeno demográfico. Si lo comparamos con el crecimiento del PIB, vemos que fue un buen esfuerzo, solo superado por 2013. Pero de nuevo, fue más mérito del poco crecimiento; en los años que la generación de empleo del IMSS ha superado por mucho el crecimiento del PIB, siempre han sido años de bajo crecimiento. De hecho, dado que el crecimiento económico es un promedio y no valor fin de año, deberíamos comprar el cambio promedio del empleo con el PIB. En este caso los mejores años fueron 2001 y 2002, años de nulo crecimiento. Al final de cuentas, el mérito del incremento en el empleo formal fue resultado de una gran fiscalización de las empresas por parte del IMSS. No es que hubo “creación” de empleos formales, sino más bien se inscribieron en el IMSS muchos empleos ya existentes. En el mejor de los casos hubo un proceso de formalización, pero no de creación.

Otro dato sobresaliente fue que la tasa de desempleo urbano de fin de año sin ajustar por estacionalidad (4.05 por ciento), fue la más baja desde diciembre de 2006, es decir, de los últimos diez años. Igual, la tasa promedio anual (4.66 por ciento) fue la más baja desde el mismo año. La tasa de desempleo nacional promedio de 2016, que incluye zonas rurales sin mercados laborales, fue la más baja (3.882 por ciento) desde 2008 (3.884 por ciento). La tasa de subempleo promedio de 2016, que considera aquellos que trabajan menos horas a la semana por razones de mercado, fue 7.64 por ciento, la más baja desde 2008. Por último, la brecha laboral, que combina el desempleo, el subempleo y el desempleo disfrazado, también mostró una mejoría notable.

Si bien es cierto que hubo una mejoría en los indicadores de desempleo, queda claro que la desocupación no es uno de los problemas más importantes del mercado laboral mexicano. La gran mayoría de los mexicanos tienen trabajo, mientras que los que no pudieran tenerlo fácilmente. El problema es que la gran mayoría de los empleos son de muy baja remuneración, es decir, no de la calidad y productividad que nos gustaría que tuvieran. De hecho, los empleos creados en los últimos años son de menor remuneración que las que se creaban antes. Por ejemplo, la tendencia de la tasa de condiciones críticas de ocupación, una tasa complementaria que calcula el INEGI para tratar de medir el porcentaje de personas que laboran bajo condiciones críticas, muestra una tendencia al alza desde finales de 2014, justo cuando la tasa de desempleo abierto empieza a mejorar. Pero el mejor ejemplo de todo lo observamos en las tasas de desocupación por entidad federativa: Oaxaca y Guerrero muestran tasas de fin de año de 1.8 por ciento, las más bajas de toda la República. La razón es que la pobreza y falta de educación en esos estados obligan a aceptar el trabajo que sea al salario que sea, además de que la mayoría vive en zonas rurales donde no mercados de trabajo y viven del autoconsumo o agricultura de subsistencia. Pero eso sí, ¡no hay desempleo!

Existen muchos indicadores económicos para el seguimiento mensual de la coyuntura. En los primeros días de cada mes, contamos con la familia de indicadores de difusión, como las de confianza del consumidor y empresarial, el indicador IMEF y el IPM del INEGI. Estos son de percepción, que dan brochazos de dirección, más no cantidades, de ciertos aspectos de la economía. Enseguida, contamos con indicadores de dos asociaciones, la AMIA y la ANTAD, que dan cuentas rápidas de las ventas de sus agremiados. La AMIA nos dice cuántos vehículos se produjeron, cuántos se exportaron y cuántos se vendieron en el mercado local. Esta es una información valiosa, ya que, aunque no representa la totalidad de la industria, muestra claramente la dirección de una parte significativa del sector manufacturero más importante del País. La ANTAD reporta la tasa anual de crecimiento nominal de las tiendas afiliadas, que representa una muestra interesante del comercio formal al por menor.

No es hasta la cuarta semana del mes que empezamos a tener los primeros indicadores “duros” de la actividad económica nacional del mes anterior. Estos son las cifras oportunas de la balanza comercial y el reporte laboral, que consiste en la tasa de desempleo urbano y algunas cifras más complementarias del mercado laboral. Las primeras sirven para conocer la actividad exportadora del mes, un motor de crecimiento fundamental de la economía e indicador de la producción manufacturera y las importaciones, que reflejan la demanda agregada de la economía. Aun así, dada que la información se presenta en dólares nominales, en ocasiones no refleja fielmente el volumen que posteriormente se incorporará en el cálculo del PIB. Por ejemplo, en 2015 las exportaciones en dólares crecieron 0.8 por ciento, mientras que en pesos reales aumentaron 9.0 por ciento.

El INEGI informó que las exportaciones siguen a la baja en el quinto mes del año, ya que disminuyeron 2.3 por ciento respecto al mes anterior. A estas alturas del año, las exportaciones acumuladas muestran disminuciones respecto a los primeros cinco meses del año anterior: las petroleras 38.7 por ciento, las automotrices 2.8 por ciento y las manufactureras no automotrices 3.1 por ciento. Estas cifras apuntan a que las exportaciones este año van a contribuir mucho menos al crecimiento del PIB que en 2015 y que pudiera ser la fuente principal de una desaceleración económica. Por el otro lado, las importaciones acumuladas del año muestran tasas negativas en los bienes de consumo y de uso intermedio no petroleros y los de capital, reflejo en parte de una desaceleración en la demanda agregada, pero seguramente también como consecuencia directa del aumento en el tipo de cambio. El balance final del comercio exterior no es buena noticia para el desempeño económico del País; augura mal mes, por lo menos para la producción manufacturera.

También acaba de divulgar el INEGI las noticias sobre el desempeño del mercado laboral. La tasa de desempleo urbano es un excelente indicador de la coyuntura, ya que tiene una elevada correlación con el Índice Compuesto de Indicadores Coincidentes, que mapea el ciclo económico. Desde el año pasado, observamos una mejoría paulatina en esta tasa que, en conjunto con otros indicadores, explica el desempeño mejorado en el consumo de los hogares. La mala noticia es que aumenta por segundo mes consecutivo al registrar 4.91 por ciento (hace dos meses se ubicaba en 4.75 por ciento). La buena noticia es que la tendencia-ciclo de la tasa todavía muestra una tendencia (ligera) a la baja. Sin embargo, un mes más al alza y seguro que veremos de nuevo una tendencia también al alza. Si se interrumpe la mejoría observada desde el año pasado, es posible que empecemos a ver una desaceleración en el consumo de los hogares, que seguramente implicaría crecer menos este año.

Si utilizamos la información que proporciona el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA) del INEGI sobre los ciclos económicos de México (a partir de 1980), resulta que la fase de expansión actual (83 meses a marzo) es la más larga de los 36 años de datos que tenemos. En 2013, estuvimos muy cerca de entrar en una recesión, pero milagrosamente la libramos. Los datos actuales apuntan hacia una mayor desaceleración. ¿Estaremos cerca del final de este ciclo?

El pasado viernes 13 de mayo, el INEGI dio a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) en su entrega trimestral. Los datos que reporta para el primer trimestre son muy interesantes. Sin embargo, antes de comentar cifras, permítame mi queja tradicional sobre lo mal escrito que está el boletín de prensa. Todos sabemos que el indicador más significante de este informe es la tasa de desempleo. No hubo ni un solo medio que reportó alguna otra tasa primero, pues es obvio su importancia. Pero si leen ustedes el boletín, encontrarán que ni siquiera se menciona en la primera página. Habla primero de la población económicamente activa y de la población ocupada, cifras irrelevantes (en términos relativos) ante el interés del público. Nunca he entendido, no entiendo y no entenderé por qué el INEGI insiste en esta manipulación tan tonta. En fin…

De entrada, hay muy buenas noticias, pues la tasa de desempleo abierto nacional bajó a 4.21 por ciento, la más baja para un trimestre desde el tercero de 2008, es decir, desde la gran recesión de 2008-2009. También, la tasa de subempleo, que contabiliza las personas que no han logrado encontrar un trabajo de tiempo completo, bajó a 8.02 por ciento, que es una de las tasas más bajas observadas en los últimos seis años. Finalmente, la tasa de desempleo disfrazado, que contempla los desempleados inactivos (que forman parte de la población económicamente no activa, pero disponibles para trabajar), disminuyó a 16.49 por ciento de la PENA, también una de las tasas más bajas observadas en estos años. Lo que todavía no reporta el INEGI (aunque los datos allí están) es la brecha laboral, que es la suma de estas tres categorías como porcentaje de la fuerza laboral potencial.

En octubre de 2013, la Conferencia Internacional de Estadísticos de Trabajo adoptó formalmente las definiciones de fuerza laboral potencial (FLP) y brecha laboral. La primera es la suma a la fuerza laboral tradicional (la población económicamente activa) a los desempleados no activos (desempleo disfrazado), que se utiliza como denominador. Si expresamos el desempleo abierto, el subempleo y el desempleo disfrazado como porcentaje de la FLP, resulta que el desempleo tradicional es 3.6 por ciento (en vez de 4.0), el subempleo es 6.8 (en vez de 8.0) y el desempleo disfrazado es 10.2 (en vez de 16.5). Disminuyen las tres tasas ya que el denominador es más amplio, pero nos permite sumar las tres tasas para obtener la brecha laboral, que en el primer trimestre de 2016 disminuye a 20.7 por ciento, la más baja desde el último trimestre de 2008. Como quien dice, el panorama laboral regresa finalmente a niveles observados antes de iniciar la gran recesión.

La otra noticia interesante que sale de la ENOE, pero que tampoco lo reporte el INEGI explícitamente, es el ingreso promedio de los empleados y la masa salarial. Para construir estos indicadores tenemos que buscar en las partes más ocultas de la encuesta, ya que no se reporta en el Banco de Información Económica (BIE). Hay que buscar “encuestas en hogares” en el tabulador de “fuente/proyecto”, para buscar los “indicadores estratégicos” en la ENOE. Allí se tiene que descargar el archivo del primer trimestre de 2016 y ver los datos de “horas trabajadas a la semana” (renglón 252) y “ingresos por hora trabajada” (renglón 255) para obtener los ingresos por semana promedio del trimestre. Lo podemos deflactar por el INPC para obtener los datos en términos reales. Encontramos que el ingreso promedio real aumentó 0.7 por ciento respecto al trimestre anterior y 1.7 por ciento respecto al mismo trimestre del año anterior.

Si vemos ahora el empleo remunerado (renglón 46 menos renglón 52), encontramos que aumentó 0.9 por ciento respecto al trimestre anterior y 2.3 por ciento en un año. Ahora, si multiplicamos el empleo remunerado por el ingreso promedio real, obtenemos la masa salarial real, posiblemente el indicador más relevante que tiene el INEGI sobre ingresos. Resulta que creció 1.6 por ciento respecto al último trimestre de 2015 y 4.1 por ciento respecto al primero del mismo año. Hemos buscado explicaciones para entender porqué el consumo de las familias aumentó el año pasado después de varios años de estancamiento. En 2013 la masa salarial real solo creció 0.5 por ciento y en 2014 disminuyó 4.1 por ciento, mientras que en 2015 aumentó 4.1 por ciento. Aunque todavía estamos por debajo de los niveles alcanzados en 2007, hubo una recuperación importante el año pasado, que se mantiene en el primer trimestre de 2016.

Ante la racha de tantas malas noticias, por lo menos algo refrescante.

Inquietudes

Septiembre 24th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Por primera vez desde que empezó el sexenio, se han estabilizado las proyecciones de crecimiento. Prácticamente todas las encuestas ubican el consenso entre 2.5 y 2.6 por ciento y las pocas revisiones que hemos visto recientemente han sido de los extremos hacia el punto medio (es decir, se ha reducido el rango). Todavía hay quienes ven factible alcanzar la proyección de 2.7 por ciento que tiene la SHCP, mientras que igual número de analistas permanecen más pesimistas que la media. Implícitamente casi todos anticipan cierta recuperación en la segunda mitad del año, mientras que con un poco de suerte, pudiéramos alcanzar la previsión optimista de la SHCP.
Sin lugar a duda, la actividad económica mejoró en el segundo trimestre del año y se mantiene la tendencia. El mayor empuje viene por una mejoría en las exportaciones, mientras que la economía interna todavía permanece débil. En principio, esperamos que mejore, ya que las exportaciones siempre han funcionado como motor de crecimiento. Muchas de las incógnitas que frenaban la inversión privada se han resulto y la SHCP presume de un incremento en la inversión pública sin precedente.
No obstante, tengo varias inquietudes. El primero es la merma en el ingreso personal disponible de los hogares, que se refleja en muchas instancias. Por ejemplo, se ha comentado mucho que la mayoría de los empleos registrados en el IMSS en los últimos años son de salarios mucho más bajos que los perdidos en años anteriores. Pero hay otro indicador que no se ha analizado suficiente: la tasa de desempleo urbano. Si vemos la tendencia-ciclo que publica el INEGI, encontramos que ha registrado 13 meses al hilo al alza. Hace un año la tasa se ubicaba en 5.6 por ciento, mientras que la de Estados Unidos registraba 7.3 por ciento. En el último año, la tasa de nuestros vecinos ha disminuido constantemente hasta llegar a 6.1 por ciento, al mismo tiempo que la de nosotros ha aumentado y ahora están prácticamente iguales. No es usual que la tasa de desempleo en nuestro país sea igual o mayor a la de Estados Unidos.
Me sigue inquietando que el INEGI da más importancia a la tasa de desempleo nacional, que incluye la población de subsistencia agrícola (rural) que no tiene la misma relevancia. El INEGI publica la tasa urbana pero no da a conocer la rural. Si suponemos que la rural representa 19 por ciento del total, la tasa nacional está en 4.9 y la urbana en 6.0 por ciento, implícitamente significa que la tasa rural ronda alrededor de 0.0 por ciento.
Otra inquietud que tengo es que mientras la SHCP nos dice que el gasto público en general y la inversión pública en particular han crecido enormemente este año, las cuentas nacionales del INEGI reflejan exactamente lo contrario. Si sumamos el consumo de gobierno más la inversión pública de las cuentas de oferta y demanda global de bienes y servicios, encontramos que el nivel del gasto público es el más bajo de los últimos 17 trimestres. Incluso, el nivel del primer semestre de 2014 se ubica -0.9 por ciento por debajo del mismo periodo del año pasado, cuando había un proceso de consolidación fiscal combinado con un subejercicio del gasto. ¿Cómo puede ser que la SHCP dice que gasta mucho, pero no se registra en ningún lado? Peor aún, la SHCP ha solicitado un endeudamiento mayor para 2015 para incrementar todavía más el gasto, mientras que revisa a la baja el crecimiento esperado ahora que ya tenemos las reformas aprobadas. Según esto, ahora el crecimiento esperado con reformas es menor al escenario “inercial” sin reformas que presentó al inicio del sexenio.
Por último, me inquieta que el INEGI publica dos tasas “oficiales” distintas del PIB. El 21 de septiembre ratifica la tasa del PIB de 2013 de 1.07 por ciento. El 11 de septiembre divulga los datos del PIB dentro del marco de las cuentas nacionales y avisa que se revisa al alza a 1.44 por ciento. El 19 de septiembre publica la oferta y demanda global para el segundo trimestre y vuelve a decir que el crecimiento del PIB en 2013 fue 1.07 por ciento. Ambas tasas son oficiales, por lo que México ha de ser el único país del mundo que reporta dos tasas distintas para el crecimiento económico. Esto genera confusión y crea desconfianza en las cifras.
El desempleo va en aumento y el empleo tiene menos poder adquisitivo. El gobierno nos quita ingresos y se endeuda alegremente, pero no se registra el gasto en ningún lado. El INEGI publica distintas tasas oficiales de crecimiento y promedia el desempleo rural con el urbano para aparentar tasas de desempleo menores a lo que realmente tenemos. ¿Son válidas mis inquietudes?

Parecer ser que la propuesta formal de Miguel Ángel Mancera para el salario mínimo será elevarlo de una vez por todas a 80 pesos diarios, junto con cambios en la ley para eliminar toda indexación o referencia al mínimo para la fijación de cualquier otra cosa. Las preguntas que surgen de inmediato de los que se oponen al incremento son ¿cuál será el impacto inflacionario?, ¿qué relación guarda con la productividad?, ¿aumentará la informalidad y el desempleo? y posiblemente, ¿cuál será el impacto sobre los salarios medios? Las dudas que podrían tener los que están a favor son ¿qué tan positivo será el impacto neto sobre el bienestar de los mexicanos de los estratos de ingreso más bajos? y ¿cómo proseguir con el manejo del mínimo en el futuro?
Hace unas semanas escribí un artículo sobre el tema en el cual traté de establecer el consenso que había en el momento. Dije qué el mínimo era realmente una exageración, medido contra el parámetro que fuera y versus el país que fuera; el manejo del mínimo ha sido totalmente absurdo y abusivo, mientras que cualquier propuesta tendría que contemplar la eliminación de su indexación; su aumento no es la panacea para resolver problemas de pobreza y distribución inequitativa del ingreso; y que habría que cambiar o eliminar la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (CNSM). Aunque la propuesta de Mancera parece tomar en cuenta todos estos puntos (salvo el hacer algo con la CNSM), habría que reconocer que aun 80 pesos sigue situando a México por debajo de prácticamente todos los demás países. En este sentido, no parece un monto exagerado o que pudiera causar desequilibrios importantes.
¿Tendrá un impacto inflacionario? En la medida en que se introduce una nueva ley para efectivamente eliminar toda indexación y referencia al mínimo, el impacto sobre los precios tendría que ser mínimo, si no es que nulo. No debería traducirse en un aumento en los salarios medios, sino confinarse al mínimo, por lo que afectará en principio solo a los que ganan este salario en el sector formal. La mayoría de los que perciben hasta un salario mínimo trabajan en la informalidad, donde el mínimo no tiene injerencia legal (por algo es el sector informal), sino a lo mucho sirve tan solo de referencia. Posiblemente habrá algún impacto en los salarios informales, sin embargo, no tendría por qué permear demasiado. Por último, el momento de aplicar el incremento es ahora, cuando existe una brecha de producto negativa, que según cálculos del Banco de México deberá perdurar hasta fines de 2015.
¿Qué pasará con la productividad? Uno de los argumentos más utilizados para contener el salario mínimo ha sido que cualquier aumento debe ser resultado de una mejoría en la productividad. No hay duda que este debe ser el caso de los salarios medios, pero hay que tener cuidado en generalizar. En las últimas décadas no ha existido relación alguna entre los aumentos decretos al mínimo y la productividad. El establecimiento de un salario mínimo es una política social y debe estar relacionada con umbrales de pobreza. Si como empresario no podemos justificar pagar un mínimo digno, no merecemos ser empresario. Pagar un salario por debajo del umbral de pobreza no es muy diferente a las condiciones de esclavitud virtual que existían en la época del Porfiriato. El tema del salario mínimo no debe mezclarse con el de productividad, al no ser que fuera demasiado elevado (lo cual claramente no es el caso).
¿Aumentará la informalidad? Posiblemente. De entrada, nadie podrá argumentar que la medida disminuirá la informalidad, ya que representa una barrera de entrada y posiblemente un incentivo para salir de la formalidad. Por lo mismo, la pregunta debe enfocarse a ver si habría tan solo un impacto marginal en la informalidad, o si pudiera ser mucho más significativo. Intuitivamente, creo que sí podríamos ver un incremento marginal en la tasa de informalidad laboral, más por el lado de representar una barrera de entrada, que de una expulsión de la formalidad, siendo que el porcentaje de personas que ganan hasta un salario mínimo en el sector formal es sumamente bajo. Sin embargo, este tema tiene que ser el más preocupante y uno que valdría la pena observar de cerca.
¿Aumentará la tasa de desempleo? Para responder, debemos recordar la estructura del mercado laboral en México. Las tasas de desocupación más bajas son las de los segmentos más pobres y menos educados, que no tienen otra alternativa más que aceptar el empleo que sea y al salario que sea, mientras que las tasas más elevadas pertenecen a las clases medias o superiores con mejor nivel educativo y mayores aspiraciones. Si el sector empresarial formal decide reducir su fuerza laboral, las personas encontrarán una ocupación en el sector informal, posiblemente ganando menos. Significa que podríamos ver una reducción en los ingresos de este segmento de la población y un aumento en la tasa de informalidad laboral, pero no en la tasa de desempleo.
¿Cuál será el impacto neto sobre el bienestar de los mexicanos en los estratos de ingreso más bajos? Posiblemente la pregunta más difícil, ya que habrá ganadores y perdedores. Si los ganadores podrían compensar a los perdedores (teóricamente, claro) y todavía tener una ganancia, la política es deseable para la sociedad en su conjunto. Sin embargo, aunque el balance fuera positivo, queda claro que seguiremos discutiendo posibles políticas públicas para disminuir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso por muchas décadas en adelante. Ningún país ha resuelto estos problemas con la implementación de un salario mínimo, por más bajo o más alto que se quiera fijar.
¿Cuál debería ser la política del mínimo en el futuro? Queda claro que el manejo actual debe cambiar. No podemos permitir de nuevo una merma continua en su poder adquisitivo. Habría que estar atentos a los posibles efectos nocivos sobre la informalidad, pero los aumentos regulares de aquí en adelante deberán claramente compensar la inflación relevante para los hogares con ingresos menores (la cual no es la inflación general). Por último, insisto en que se debería desaparecer la CNSM.

Parece ser que el Periódico Excélsior publicó una noticia alarmante ayer a partir del reporte mensual de INEGI acerca de la desocupación en México. La nota dice que 40 por ciento del total de desempleados tiene educación media superior o superior, lo que implica algo más de un millón de mexicanos educados no tienen trabajo. Si excluimos de la cifra, la población rural económicamente activa, el porcentaje es mayor, ya que 46 por ciento de los desempleados urbanos tienen un nivel elevado de educación. Leí aquí en Arena Pública, que este porcentaje ha aumentado en los últimos siete años en México, por lo que pudiera ser “uno de los datos más ilustrativos del fracaso de las políticas de crecimiento económico aplicadas en los últimos años”.
Al leer los resultados mensuales de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), hay que tener en mente la estructura del mercado laboral. Desde que se levantaron las primeras encuestas en la década de los setenta, se encontró que la tasa de desempleo más bajo lo tiene el segmento de la población con menos educación, que como es lógico también se identifica como el estrato de menos ingresos. La explicación es sencilla. Cuando una persona carece de educación y no tiene ingresos, va estar dispuesto a aceptar el trabajo que sea y al salario que sea. Simplemente es cuestión de supervivencia.
En la medida en que obtiene más educación, empieza a tener aspiraciones mayores. Una persona con educación media superior o superior ya no va a aceptar cualquier trabajo, sino que va extender su periodo de búsqueda hasta encontrar lo que quiere y lo que identifica en acorde a su nivel educativo. Una persona con este nivel de educación se identifica con una familia de mayores ingresos, por lo que se puede dar el “lujo” de buscar mejor trabajo y no aceptar lo que aparezca. Esta persona sabe que siempre podrá encontrar un trabajo de menor ingresos y de menos calificaciones, sin embargo, voluntariamente decide quedarse desempleado hasta encontrar algo que le parece más digno. En este sentido, no debe sorprender que la tasa de desempleo es más elevado en los segmentos con mayor educación.
Algo parecido pasa entre la población rural y la urbana: identificamos la población rural como más pobre y menos educada que la urbana. Al mismo tiempo, encontramos que la población rural tiene la característica de tener la tasa de desempleo más bajo de todo el país. La razón principal es que casi no existe un mercado laboral en las zonas rurales, que son comunidades menores a 2,500 personas. La mayoría de las personas que viven en estas comunidades se dedican a la agricultura de subsistencia o al autoconsumo. Esto significa que no tiene ocupación, pero tampoco se encuentran desocupados, ya que no buscan ni les interesa trabajar. La complejidad del mercado laboral señala que entre más grande es la población de una ciudad, mayor será la tasa de desempleo. En las poblaciones urbanas más grandes, existen más personas educadas en busca de oportunidades y con mayores aspiraciones. Por ejemplo, un doctor en economía buscará empleo en la Ciudad de México o en Monterrey antes de decidir mudarse a Tepatitlán o Huatabampo.
De esta forma encontramos las tasas de desempleo más elevadas en las grandes ciudades, entre la población más educada y donde existen mayores aspiraciones. De igual forma, encontramos las tasas de desempleo más bajas en las zonas rurales, las comunidades más pobres y entre la población menos educada. Por ejemplo, Chiapas, Guerrero y Oaxaca tienen las tasas de desempleo más bajas del país, pero también las tasas de informalidad laboral más elevadas, mayor pobreza y menor educación. No es reflejo de un fracaso de políticas públicas, sino un simple retrato de la realidad estructural de la población mexicana.

El Observatorio Económico de México

Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco

La Tasa de Desempleo en México

                                                                                                              Por Jonathan Heath

La tasa de desempleo siempre ha sido uno de los indicadores macroeconómicos más importantes en la mayoría de los países. Sin embargo, por razones complejas nunca ha gozado de una aceptación generalizada en México. Por ejemplo, el Banco de México prácticamente lo ignora, dado que casi nunca lo menciona en sus reportes trimestrales y es ausente en sus anuncios de política monetaria. Existe la percepción de que los números no son muy confiables, se construyen mediante metodologías dudosas y que son manipulados por el gobierno para esconder una realidad difícil.

La Tasa de Desempleo Urbano de México

 

Las dificultades empezaron con los primeros esfuerzos para medir el desempleo en 1972 con la Encuesta Nacional en Hogares (ENH), que fue reemplazada rápidamente por la Encuesta Continua de Mano de Obra (ECMO) con modificaciones metodológicas y cobertura distinta. Esta a su vez fue sustituida por la Encuesta Continua sobre Ocupación (ECSO) y en 1983, por la Encuesta Nacional de Empleo Urbano (ENEU).  Finalmente, en 2005 el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) introdujo de nuevo otra, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). Todos estos esfuerzos son incompatibles unos con los otros, por lo que no contamos con una serie de tiempo larga. Al final, después de más de 40 años tratando de medir el desempleo, solo tenemos series comparables para los últimos nueve años (y reconstruida desde noviembre 1996) y aun así, es un esfuerzo ignorado por muchos.

El problema más grande es que la tasa promedio de todos los estudios resulta ser una de las más bajas del mundo, algo que intuitivamente no corresponde con nuestro estado de desarrollo o con la tasa tan baja de crecimiento económico que ha tenido el país a lo largo de las últimas tres décadas. Este hecho ha llamado la atención fuera de México, motivando muchos cuestionamientos y estudios que han buscado averiguar si obedece a peculiaridades estructurales del mercado laboral mexicano, el uso inadecuado de las recomendaciones y estándares internacionales o de problemas de medición.

Tasas de Desempleo de México y Estados Unidos

 

 

En un principio se pensaba que la definición que utiliza el INEGI era muy estrecha, ya que considera a una persona empleada con una hora de trabajo a la semana.  Sin embargo, esta definición no es del INEGI, sino la recomendada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las Naciones Unidas (ONU), el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), según la XIII Conferencia Internacional de Estadísticos de Trabajo (CIET) de 1982. De hecho, el INEGI cumple con todas las recomendaciones y estándares generales internacionales de estadísticas laborales. Por lo mismo, las diferencias tienen que involucrar cuestiones más sutiles.

Uno de los estudios más conocidos fue elaborado por Susan Fleck y Constance Sorrentino, del Buró de Estadísticas Laborales (Bureau of Labor Statistics) de Estados Unidos en 1994. Esta investigación encontró una lista de diferencias menores con las encuestas de nuestro país vecino en torno a las maneras de plantear ciertas preguntas y el tratamiento de ciertas circunstancias. Por ejemplo, los trabajadores ausentes y las personas que estaban por iniciar un trabajo, se clasificaban como empleados en México pero no así en Estados Unidos. El estudio encontró que si todas las diferencias se corrigieran en las encuestas mexicanas, la tasa de desempleo promedio aumentaría por casi un punto y medio porcentual. No obstante, aun así México registraría una tasa de desempleo más baja que la mayoría de los países de la OCDE y de muchas economías emergentes.

En general, México ha tratado de seguir los estándares y recomendaciones internacionales, aunque no siempre los han adoptado con rapidez. Por ejemplo, el diseño de la ENOE, que arrancó en 2005, eliminó casi todas las diferencias señaladas por Fleck y Sorrentino nueve años antes e incorporó muchas recomendaciones realizadas por la OCDE y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Tal como se anticipaba, la tasa de desempleo urbano aumentó en promedio cerca de 1.5 puntos porcentuales. Sin embargo, el INEGI decidió incorporar a las comunidades rurales (que consiste principalmente de familias que se dedican al autoconsumo y que realmente no participan en el mercado laboral) para construir una tasa “nacional” que reemplazara la tasa urbana. El resultado fue que la nueva tasa nacional promediaba más o menos lo mismo que la tasa urbana anterior, por lo que la mayoría de los analistas no se percataron de las mejorías. A pesar de todos los esfuerzos por mejorar la encuesta y publicar una tasa de desempleo más creíble, a la fecha sigue ignorado por muchos analistas.

Otra desilusión fue que a pesar de que la ENOE incorporó en 2005 todas las preguntas pertinentes para reportar la nueva tasa de informalidad laboral que fue recomendado en la decimoséptima Conferencia Internacional de Estadísticos Laborales en 2003, el INEGI tardó casi diez años para darla a conocer en México. En teoría, el INEGI obtuvo su autonomía del gobierno en 2008 para evitar manipulaciones políticas y ganar más confianza y credibilidad en sus estadísticas. Sin embargo, fue notorio que la administración anterior había impedido la publicación de esta tasa embarazosa (que señala que cerca del 60 por ciento de todos los trabajos a nivel nacional son informales), cuando el INEGI la dio a conocer a los pocos días de haber concluido el sexenio.

Tasa de Desempleo Nacional versus Urbano

 

 

A pesar de todo, la mayoría de los estudios serios señalan que la razón principal por la cual la tasa de desempleo en México es tan baja es por las características estructurales del mercado laboral, más que por diferencias metodológicas o fallas en las encuestas. Por ejemplo, mientras que en Estados Unidos hay una clara correlación negativa entre el nivel educativo y la tasa de desempleo (entre mayor es el nivel educativo, más bajo es la tasa de desempleo), en México esta correlación es positiva. El segmento de la población mexicana con la tasa de desempleo más baja es la que no tiene terminada la educación primaria y que se asocia con los sectores más pobres de la economía. Las razones principales son dos: 1) una parte importante de la población sin educación primaria completa radica en comunidades rurales, viven del autoconsumo y no se consideran desempleados; 2) el segmento más pobre de la población no pueden darse el “lujo” de estar sin empleo, por lo que están dispuestos a aceptar cualquier tipo de trabajo, sin importar el pago. Entre mayor sea el nivel educativo, la gente tiene mayores aspiraciones, lo que los lleva a durar más tiempo buscando un trabajo adecuado a su “estatus” en la sociedad. También, los niveles educativos más altos están correlacionados con niveles de riqueza más elevados, lo que permite gastar más tiempo en la búsqueda de trabajo. Al final de cuentas, el desempleo se determina más por el lado de la oferta que por el lado de la demanda.

La misma característica estructural aparece en otras formas de ver los datos. Por ejemplo, los niveles de desempleo más bajos se ubican en los estados más pobres, con más comunidades rurales, menos industrializados y mayores niveles de informalidad.  Lo mismo se puede observar por tamaño de ciudad: entre más grande la ciudad, más elevado es la tasa de desempleo. En general, se observa que los estados con más ciudades grandes, mayor ponderación manufacturera y mayores niveles de educación, son los que están asociados con mayores tasas de desempleo. En todos los casos, las correlaciones son significativas.

Dos características adicionales ayudan a explicar las tasas de desempleo relativamente bajas en México. No existen mecanismos de seguros de desempleo o redes de seguridad que proveen ingresos a los buscadores de empleo. Esto implica un mayor incentivo para recortar el tiempo de búsqueda y aceptar cualquier tipo de trabajo, aunque pague menos de lo que la persona que buscaba esperaba. En general, estudios laborales muestran que los mecanismos de pago al desempleo crean incentivos perversos para incrementar el desempleo, dado que al percibir dinero en lo que una persona busca trabajo, reduce la urgencia de encontrarlo rápidamente.

Hasta aquí hemos visto varios factores estructurales que explican las diferencias entre economías desarrolladas y emergentes, pero aun no queda claro por qué es más baja la tasa de desempleo en México en comparación a la mayoría de los demás países latinoamericanos. Hasta hace pocos años, los flujos de inmigración netos entre México y Estados Unidos han sido muy elevados, promediando más de medio millón de personas al año. Esto provee a México una válvula de escape muy importante del desempleo en el país, al transferir la presión laboral de México hacia el exterior. La proximidad a los Estados Unidos y los flujos elevados de inmigración, diferencian a México de sus vecinos al sur.

El fórum internacional más importante para formular definiciones, recomendaciones y estándares en materia de indicadores laborales son las Conferencias Internacionales de Estadísticos de Trabajo (CIET), organizado por la OIT y llevado a cabo cada cinco años. Algunos de estas conferencias han sido verdaderamente históricos al establecer definiciones esenciales, proponer referencias y proveer guías consensuadas. Por ejemplo, en 1982, la XIII CIET estableció la definición estándar internacional de desempleo que se utiliza al día de hoy, que incluye el criterio de trabajar una hora a la semana para delimitar el empleo del desempleo y la condición de tener que estar buscando “activamente” un trabajo. En 1993, la XV CIET formuló la definición del sector informal, mientras que en 2003 la XVII CIET acordó la metodología para calcular la tasa de informalidad laboral.

En 2008 la CIET decidió examinar a fondo la relevancia y bases conceptuales de las estadísticas laborales. Estos esfuerzos culminaron en la XIX CIET, en octubre de 2013 en Ginebra, Suiza. De estas dos conferencias salieron las recomendaciones más relevantes e históricamente significativas de los últimos 30 años. Se trabajó en definir mejor las diferentes formas de trabajo y la relación con el Sistema de Cuentas Nacionales. En especial, algunos de los cambios sugeridos son en especial muy relevantes para México. De implementarse, la tasa de desempleo de México podría aumentar entre uno y uno y medio punto porcentual. Las resoluciones incluyen subconjuntos más claras y definidas de actividades laborales, conocidos como formas de trabajo, clasificaciones novedosas de la población en términos del estatus de la fuerza laboral y formas principales de trabajo y medidas de subutilización laboral.

Específicamente, el cambio más importante será el de excluir la producción de subsistencia (autoconsumo) del empleo, es decir, individuos que trabajan en sus propias unidades económicas para producir bienes para el consumo exclusivo de sus hogares o familias, no se considerarán parte de las estadísticas laborales. Esto significa que la mayor parte de la población rural dejará de contabilizarse como parte de la fuerza laboral. El resultado será que los estados más pobres (como Chiapas, Guerrero y Oaxaca) verán una revisión significativa al alza en sus tasas de desempleo, mientras que los estados más desarrollados (como Nuevo León y Baja California) verán cambios apenas marginales. Al final de cuentas, deberemos ver una tasa de desempleo más creíble y realista.

Otro cambio importante, que afectará a la mayoría de los países, es la introducción del concepto de “fuerza de trabajo potencial”. Esta categoría no solo incluye a los desempleados que activamente buscan trabajo, sino también a los desalentados, que han dejado de buscar trabajo en forma activa, pero están dispuestos a trabajar. En otras palabras, las personas que dejan de buscar trabajo ante la frustración de no encontrar una oportunidad, dejan de forma parte de la fuerza laboral para convertirse en parte de la población económicamente inactiva, pero ahora con la nueva definición seguirán formando parte de la fuerza laboral potencial. Esta nueva categoría abre la puerta a nuevas y más amplias definiciones de desempleo, que a su vez deberán apoyar a gobiernos en su formulación de políticas públicas.

¿Qué falta hacer en México para obtener mejores estadísticas de la naturaleza y tamaño de la fuerza laboral? Primero, el INEGI debe incorporar relativamente rápido las nuevas recomendaciones sin permitir la interferencia política que pudieran aplazar las modificaciones. Esto ayudará a mejorar la confianza y credibilidad en las capacidades e independencia del INEGI. Segundo, los cambios no deberán introducir de nuevo alguna discontinuidad en las series existentes, que terminan por entorpecer las comparaciones de datos en los diferentes estudios. Este ha sido uno de los problemas mayores del INEGI, a lo cual no ha encontrado una solución eficaz. Tercero, la tasa de desempleo deberá aumentar por lo menos un punto porcentual en promedio para ganar la muy necesitada credibilidad en sus estadísticas. Cuarto, los medios deberán aprender rápidamente cómo entender y reportar los nuevos indicadores laborales correctamente, algo que ha siempre ha faltado. Esto requiere un esfuerzo mayor del INEGI y otras instituciones relevantes (incluyendo la academia) para extender y mejorar la cultura económica y estadística entre la población. Finalmente, instituciones (en especial el Banco Central) debe empezar a utilizar la tasa de desempleo como un indicador económico y social serio, en vez de concentrar su atención en indicadores menos incluyentes (como los registros del Seguro Social).

De toda la familia de indicadores macroeconómicos de coyuntura, en la mayoría de los países la tasa de desempleo es de los más importantes. Pero por un conjunto de factores medio complejos, los datos de desempleo no han logrado una aceptación generalizada entre los analistas en México. Existe la percepción de que no son muy confiables y de que se construyen con metodologías dudosas y manipuladas por el gobierno para encubrir un problema mucho más severo.

Parte del problema es que desde que se realizaron los primeros esfuerzos para medir el desempleo en el país en 1972 mediante la Encuesta Nacional en Hogares (ENH), se han introducido nuevas encuestas con metodologías diferentes como la Encuesta Continua de Mano de Obra (ECMO), la Encuesta Continua sobre Ocupación (ECSO), la Encuesta Nacional de Empleo Urbano (ENEU) y la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). El resultado ha sido que 40 años después, contamos con una historia muy corta de estadísticas homogéneas (desde 2005).

La incógnita principal es que la tasa de desempleo de México resulta una de las más bajas del mundo, algo que intuitivamente no corresponde a nuestro grado de desarrollo y con el poco crecimiento económico que hemos tenido en las últimas décadas. Esta duda central ha despertado interés fuera de México, donde se han realizado múltiples estudios para tratar de determinar si son razones estructurales del propio mercado laboral, si no se aplica adecuadamente las recomendaciones metodológicas internacionales o si existen fallas de medición.

Uno de los estudios más conocidos fue elaborado hace 20 años por el Bureau of Labor Statistics (BLS) de Estados Unidos, que encontró una lista de diferencias pequeñas en la manera de realizar algunas de las preguntas y en cómo se consideraban ciertas situaciones. Por ejemplo, se empleaban criterios distintos para clasificar a los iniciadores de trabajo y a los ausentes temporales. Sin embargo, la investigación concluye que si se aplicaran los mismos criterios que en Estados Unidos, la tasa de desempleo en México aumentaría alrededor de 1.5 puntos porcentuales, lo cual lo seguiría ubicando muy por debajo de casi todos los países de la OCDE y de otros países emergentes.

México siempre ha tratado de incorporar todas las recomendaciones internacionales, aunque no siempre con la rapidez deseada. Por ejemplo, con la introducción de la ENOE en 2005, el INEGI incorporó casi todas las recomendaciones pendientes de la OCDE y la OIT, junto con las críticas vertidas en el estudio del BLS diez años antes. No obstante, se ha encontrado que la razón principal por la cual tenemos una tasa de desempleo relativamente baja radica en las características estructurales del mercado laboral, más que en diferencias metodológicas.

El marco internacional más importante de las encuestas y cifras laborales son las Conferencias Internacionales de Estadísticas del Trabajo, que se llevan a cabo cada cinco años, constituido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En estas reuniones se establecen básicamente todas las recomendaciones, estándares, definiciones y conceptos en torno al estudio sistemático de los mercados laborales. Como suele suceder, algunas de esas conferencias destacan más que otras, por marcar pautas fundamentales en la manera en que medimos el trabajo. Por ejemplo, en la XV Conferencia de 1993 se estableció la definición internacional del sector informal, mientras que en la XVII Conferencia de 2003 se introdujo la tasa de informalidad laboral (que el INEGI finalmente adoptó a finales de 2012).

En octubre de 2013 se llevó a cabo la XIX Conferencia en Ginebra, Suiza, con la participación de 106 países y 31 representantes de organizaciones internacionales. Las resoluciones adoptadas en esta ocasión pudieran resultar ser los más importantes de los últimos 30 años. La motivación principal para revisar el marco conceptual es el tratar de evitar los malentendidos que se han presentado, no sólo en México, sino también en muchos países en desarrollo.

De entrada, el concepto de trabajo se va ampliar para reconocer modalidades de trabajo como los quehaceres del hogar y el trabajo voluntario, con clasificaciones nuevas en función de la intención y orientación de las actividades. Se va introducir el concepto de fuerza de trabajo ampliada, que suma la fuerza potencial a la población en la fuerza de trabajo. Hay que estar pendiente de cómo y cuándo responde el INEGI a estas nuevas modalidades, pues no solo son importantes sino cruciales para entender el ámbito laboral.

El análisis de la coyuntura es como armar un rompecabezas con piezas que nos dan poco a poco. Al principio, contamos con expectativas del mes en cuestión contra las cuales comparamos la información que vamos obteniendo. Empezamos con los indicadores de difusión, que son índices oportunos que se construyen en base a preguntas y respuestas cualitativas que son fáciles de recabar. Éstas nos dan un primero sentido de dirección, más no magnitudes.

Por ejemplo, el Indicador IMEF Manufacturero se divulga el día primero hábil del mes.  Si el nivel es un valor superior a 50 puntos, sabemos que la actividad manufacturera está en expansión, más no sabemos cuánto. Su valor principal es adelantar la dirección de la economía y saber con anticipación si estamos en expansión o recesión. Para esto es fundamental concentrarse en la tendencia del Indicador y no sobre analizar el último dato. El INEGI publica un conjunto de índices de difusión, como los de Confianza del Consumidor y Productor, el Agregado de Tendencia y el de Pedidos Manufactureros, entre los días 3 y 4 del mes.

Los indicadores más oportunos que se construyen en base a datos duros son la tasa de desempleo (y algunas tasas adicionales del mercado laboral) y la balanza comercial, que se publican alrededor de la tercera semana del mes. Los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) son esenciales para anticipar los desequilibrios y demás condiciones en los mercados laborales y tienen una correlación elevada con la marcha de la economía. Sin embargo, contienen una varianza elevada que dificulta su interpretación. Por lo mismo, nos confirman cierta tendencia pero difícilmente nos adelantan el comportamiento en el margen de la marcha de la economía.

En cambio, las cifras de la balanza comercial son los primeros resultados concretos de la actividad económica. El balance comercial tal cual es de poca importancia, ya que el hecho de arrojar un superávit o un déficit no ayuda a entender la coyuntura, sino más bien su importancia se limita cuadrar cifras dentro de un modelo de flujos de fondos. Lo relevante de esta información radica en las tasas de crecimiento de las exportaciones e importaciones.

Las exportaciones no petroleras son el motor principal de crecimiento, por lo que su comportamiento es no solo esencial para anticipar el dinamismo de la producción manufacturera, sino también para entender el dinamismo que podrá sostener la economía más adelante. Sin el empuje de las exportaciones no petroleras, las actividades secundarias primero y posteriormente las terciarias pierden dinamismo. Las importaciones reflejan directamente la demanda agregada interna del país, por lo que su crecimiento nos ayuda a predecir la marcha del consumo de los hogares, la demanda de insumos para la producción y la inversión en máquinas y equipo.

A las tres semanas empezamos a contar con más información. La producción industrial (actividades secundarias) se da a conocer entre 6 y 7 semanas después del cierre del mes. Un par de semanas después ya nos informan sobre el mes en su conjunto mediante el Indicador Global de Actividad Económica (IGAE). Posteriormente, van saliendo indicadores complementarios que nos ayuden a analizar más los detalles de la actividad económica.

La semana pasada conocimos la balanza comercial de febrero. Si limitamos nuestra lectura de la economía a lo que reportan los medios, es posible haber quedado confundido y posiblemente mal informado. Partiendo de un mismo boletín de prensa, algunos medios informaron de un superávit comercial y otros de un déficit. En muchos lados se enfatizó que las exportaciones no petroleras disminuyeron por primera vez en 40 meses, aunque algunos medios mencionaron que crecieron a la tasa más elevada de los últimos 39 meses. Obviamente el reporte merece un análisis más profundo.

Lo primero que debemos tener en mente es la diferencia de lo que nos dice una tasa anual y una tasa mensual (partiendo de cifras desestacionalizadas). La tasa anual habla del comportamiento de los últimos doce meses, por lo que no se puede utilizar para analizar el mes en sí. Esta tasa puede subir o bajar independientemente de lo que pasó en el mes. La tasa mensual habla del mes tal cual, pero no refleja la tendencia de la economía; puede resultar negativa sin alterar una tendencia positiva o viceversa.

En febrero las exportaciones no petroleras crecieron 5.1% respecto al mes anterior. Si todos los meses hubiera el mismo crecimiento, la tasa de 12 meses llegaría a 82.1%. Sin embargo, la tasa anual disminuyó 1.7%, debido a una desaceleración que se venía gestionando desde hace 8 meses. Febrero fue un extraordinario mes, pero aun así insuficiente para revertir la tendencia negativa. Si los siguientes meses se comportan como febrero, muy pronto tendremos una tendencia muy positiva. Sin embargo, si la tendencia negativa persiste a pesar de tasas marginales positivas, pronto podríamos estar en recesión. Es cuestión de tasas; hay que seguir armando el rompecabezas.

El político-economista y articulista de Reforma, Jorge Alcocer, acaba de escribir su columna sobre el “Autonomitis”, en el cual dice que tenemos una nueva enfermedad (http://www.reforma.com/editoriales/nacional/687/1373253/default.shtm …) que afecta a la clase política mexicana, que caracteriza con la pretensión de sustituir el poder del gobierno federal por organismos autónomos, integrados pos ciudadanos supuestamente expertos e impolutos que garantizan el cumplimiento de ciertas obligaciones.  En su artículo cuestiona la eficiencia de dicho mecanismo que ahora goza plenamente Banco de México, IFE, CNDH e INEGI y en forma un poco más acotada IFAI, CFC y COFETEL.  Entre otras cosas, pregunta si hemos tenido una mejor política monetaria, más y mejor información estadística y mejores resultados en la protección de los derechos humanos. Posiblemente uno de los puntos que más cuestiona es el de transparencia y rendición de cuentas.

Desde hace rato tenía la intención de tocar el tema de mi evaluación de la autonomía del Banco de México y del INEGI, que son las dos instituciones que más he analizado.  Siempre fui defensor de que ambos se manejaran de forma independiente, lejos de criterios políticos miopes que entorpecían su función.  Ya sabemos que el índice de precios fue manipulado en el sexenio de López Portillo, que el Banco de México funcionó como caja de financiamiento para una política fiscal populista e irresponsable en las décadas de los setenta y ochenta, que las estadísticas tenían primero que ser aprobados por el Presidente y/o Secretario de Hacienda antes de su difusión, y que se utilizaban criterios políticos al considerar la metodología de los indicadores económicos.

Antes de cualquier cosa, es importante aclarar que creo que el balance es definitivamente positivo en ambos casos.  Sí creo que tenemos una mejor política monetaria y que estamos en camino hacia más y mejor información estadística.  Sin embargo, esto no resta a que pudiéramos estar todavía mejor.

Tanto el Banco de México como el INEGI tienen juntas de gobierno que operan en forma similar.  Existe un Gobernador o Presidente de la Junta, con cuatro subgobernadores o vicepresidentes, designados por el Presidente de la República y ratificados por el Senado.  Esto da lugar a una dirección unipersonal, acompañado de un cuerpo colegiado de alcance cuestionable y muchas veces no muy transparente.  Dependiendo de las designaciones de los integrantes de la Junta, el Gobernador o Presidente retienen demasiado poder y se convierten en una especie de emperador dentro de su reino.

Veamos primero el caso del Banco de México.  El Gobernador sólo necesita dos integrantes de la Junta para tener la mayoría en sus decisiones.  Se dice que en la composición actual, dos de los cuatro subgobernadores son “yes men” del Gobernador, lo que hace que todas las decisiones del Gobernador sean casi automáticamente finales.  De ser cierto, los otros dos integrantes mantienen su voz, pero con un voto acotado.  Se publican las minutas de las juntas, pero sin especificar quién opina qué y cómo vota cada integrante, de tal manera que siempre queda lo anterior en lo oscuro.  De conocer cómo vota cada miembro podríamos saber qué tanto controla el Gobernador y qué tan efectivo opera la junta.  Ni siquiera sabemos que cuando alguien discrepa si siempre es la misma persona o no.  Según los rumores, parece ser que efectivamente así es el caso.

En el fondo, se tiene una junta de gobierno para que tengamos decisiones colegiadas, que existe pluralidad de opiniones y que las acciones sean profesionales sin presiones políticas.  Pero si el Gobernador siempre tiene sus yes men, ¿qué tan efectivo puede ser la junta?

Sin embargo, lo anterior aplica sólo a las decisiones de política monetaria.  ¿Quiénes elaboran y aprueban el presupuesto?  ¿Quién maneja la estructura administrativa?  ¿Quién decida las funciones de las direcciones generales, los salarios, prestaciones y gastos de los funcionarios?  Estas decisiones nunca aparecen en las minutas de las juntas, por lo que debemos suponer que nunca pasan por allí y que por lo tanto, el Gobernador retiene un poder absoluto sobre todas estas decisiones.  Por ejemplo, cuando el Gobernador lanzó su campaña como candidato a la dirección del FMI, se dice que se utilizaron millones de dólares para financiar viajes y promociones al respecto.  ¿Quién lo autorizó?  ¿Hubo transparencia y rendición de cuentas?  Se dicen que las prestaciones de los funcionarios son mejores a los que existen en cualquier institución o área de la administración pública federal.  ¿Será cierto?

El caso del INEGI es un poco más difícil, ya que apenas tiene cinco años de función y el presidente en turno es el único que ha tenido.  El INEGI no publica minutas ni da a conocer la interacción de los integrantes de la junta con el presidente.  En teoría, cada integrante tiene cierta responsabilidad (a diferencia de la junta de Banxico), ya sea en cuestión de los indicadores económicos, el ámbito geográfico o las estadísticas sociodemográficas.  Sin embargo, la ley orgánica del instituto también le confiere poder de decisión a unos comités técnicos especializados, que en un momento dado pueden ejercer presión política y restarle autonomía en los hechos al instituto.  Por ejemplo, se dice que el Banco de México tiene voz y voto en el comité que supervisa y vigila todas las decisiones en torno al índice de precios del INEGI.  De ser cierto, significa que Banxico todavía mantiene injerencia sobre el INPC.  ¿No que el propósito de traspasar el índice al INEGI era para que Banxico dejara de ser juez y parte?  Pudiéramos pensar que esto último no necesariamente es malo, pero siempre en cuando fuera un proceso transparente.

El caso más notorio y cuestionable es el relacionado a las estadísticas laborales, que sabíamos que estaban controladas y hasta cierto punto manipuladas por el gobierno (Secretaría de Trabajo) antes de que el INEGI obtuviera su autonomía.  Con la introducción de la ENOE en 2005, el gobierno obligó al INEGI a incluir áreas rurales en la tasa de desempleo para que siempre apareciera más baja, a pesar que no es una práctica recomendada ni avalada por algún organismo internacional.  La misma Secretaría de Trabajo diseño el boletín de prensa para tratar de minimizar la importancia de la tasa de desempleo y darle prioridad a indicadores de poca relevancia como la tasa de participación laboral.  A la fecha, el INEGI autónomo no ha corregido la tasa de desempleo ni rediseñado el boletín de prensa.

Para poder evaluar la eficacia de la forma de gobierno de ambas instituciones, se necesita mucho más transparencia.  En teoría, cada integrante de la junta tiene un voto por lo que el Gobernador o Presidente no debería pesar más que cualquier otro, es decir, una estructura mucho más horizontal.  Sin embargo, en la práctica ambas instituciones mantienen una estructura completamente vertical.  ¿Esto es lo que queremos?