Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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La Inflacion

Febrero 3rd, 2017 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

La tasa de 1.51 por ciento de inflación para la primera quincena de enero fue la más alta para cualquier quincena desde principios de 1999, es decir, en 19 años. Fue resultado primordialmente del famoso “gasolinazo”, que explica casi 82 por ciento del incremento. Con este incremento la inflación anual subió a 4.78 por ciento, que es la más elevada que hemos visto desde la segunda quincena de 2012. Al ser mayor de 4.0 por ciento, se sale del intervalo de variabilidad que mantiene el Banco de México alrededor de su objetivo puntual de inflación y así termina la racha más larga (49 quincenas) que habían logrado las autoridades monetarias en contener el alza de precios. Incluso, podemos pensar que tuvimos algo de suerte, ya que los precios de las frutas y verduras disminuyeron -3.31 por ciento en la misma quincena, lo que ayudó a que la tasa quincenal no fuero todavía más elevada.

El gobierno ya amenazó que va continuar con más gasolinazos, por lo que podemos pensar que este año terminaremos con la tasa de inflación más elevada de los últimos ocho años y con un poco de mala suerte podría ser la más alta de los últimos 17 años. En 2008 el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) terminó el año con un incremento de 6.53 por ciento, mientras que en 2000 tuvimos una inflación de 8.96 por ciento. Si excluimos esos dos años, hemos experimentado una inflación promedio de 3.96 por ciento en los últimos 17 años; en cambio, si los incluimos el promedio sube a 4.40 por ciento.

¿En cuánto terminará la inflación este año? La última encuesta quincenal de instituciones financieras que levanta Citibanamex, señalaba una consenso (mediana) de 4.84 por ciento. La institución más optimista es Barclays, siendo la única que piensa que va disminuir rápidamente la inflación en el resto del año para terminar por debajo de 4.0 por ciento (3.90 por ciento). De hecho, ni siquiera el Banco de México es tan optimista. La institución más pesimista es BBVA Bancomer, que anticipa una tasa de 5.97 por ciento a final de año. Sin embargo, esta encuesta se realizó dos días antes de conocer la tasa de la quincena y todas las instituciones esperaban una tasa más baja de la que se divulgó. De hecho, el consenso para la quincena era de apenas 1.04 por ciento. Dado que la inflación arrancó el año por arriba de lo anticipado por todos, es casi un hecho que habrás revisiones al alza en las expectativas de prácticamente todas las instituciones.

Obviamente, el factor más importante en el año será el precio de la gasolina. Sin embargo, este precio podrá ser la mecha de una bomba de incrementos en precios. No solamente afecta el precio de la gasolina a muchos productos y servicios al incrementarse el costo del transporte, sino que es un precio muy visible, que da entrada a incrementos en otros precios de mercancías y servicios que ya sentían presión pero que no se habían aumentado ante la situación económica del país. El hecho de que el tipo de cambio haya aumentado más de 60 por ciento en los últimos dos años, significa que hay un traspaso pendiente en muchos precios. Incluso, varios analistas ya están hablando de la posibilidad de que la inflación pudiera rebasar el nivel del 8.96 por ciento que observamos en el 2000.

Hasta ahora el traspaso del tipo de cambio a la inflación ha sido sumamente bajo. Los precios que más han subido son los de las mercancías de alimentos, bebidas y tabaco, que ya rebasaron 5.0 por ciento en la primera quincena de enero. Sin embargo, los precios de las mercancías no alimenticias solo han subido 4.13 por ciento, siendo que son justamente los precios más susceptibles al incremento en el tipo de cambio. Sin embargo, el Índice Nacional de Precios al Productor (INPP) señala una inflación superior al 8 por ciento en los costos de las empresas, lo que nos hace pensar que tarde o temprano veremos más productores trasladando estos incrementos al consumidor. El gasolinazo podría ser justamente lo que provoca este fenómeno.

La expectativa de mayor inflación llevará necesariamente al Banco de México a instrumentar una política monetaria todavía mucho más restrictiva que la actual, un elemento adicional que señala dificultades para el crecimiento económico este año. Por lo pronto, 2017 pinta como el año de menor crecimiento y mayor inflación de este sexenio. Sin embargo, todavía queda 2018.

El Traspaso

Octubre 12th, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Existe una relación muy estrecha entre el tipo de cambio y el diferencial de precios del país respecto al exterior; si tenemos mucha más inflación en México respecto al exterior por un tiempo prolongado, tarde o temprano si va reflejar en el tipo de cambio. Esto lo experimentamos en forma traumática cuando teníamos un régimen cambiario semi-fijo. Sin embargo, la relación es de doble causalidad; si tenemos un aumento significativo en el tipo de cambio, tarde o temprano vamos a tener más inflación. Esto último se llama el traspaso (“pass-through”) del tipo de cambio a la inflación.

No es una relación exacta. Dependiendo de las circunstancias, las estructuras, los regímenes cambiarios y otras cosas, el traspaso puede ser muy elevado o muy bajo. En las épocas de alta inflación y regímenes cambiarios rígidos, el traspaso en México era muy elevada; cualquier modificación en el tipo de cambio provocaba un incremento de la inflación en casi la misma magnitud. En esos momentos decíamos que el coeficiente de traspaso era muy cercano a la unidad, lo que implicaba que un incremento en el tipo de cambio de x por ciento, incrementaba la inflación en el mismo x por ciento. Sin embargo, ahora con inflaciones más bajas y un régimen cambiario flexible, el traspaso ha disminuido. Incluso, algunos analistas argumentan que el coeficiente de traspaso ahora es muy cerca a cero, lo que implica que cualquier incremento en el tipo de cambio no tiene una repercusión en la inflación. El Banco de México ha realizado estudios empíricos que concluyen que el coeficiente es alrededor de 0.04, es decir, bastante reducido.

El problema es que el traspaso no necesariamente se da de inmediato o en un solo periodo. Tampoco es obligatorio que sea constante a través del tiempo o que se deriva en una relación lineal. En otras palabras, el traspaso puede ser más significativo ante un incremento mucho más pronunciado en el tipo de cambio. En nuestro caso, podemos pensar que después de un ajuste en el tipo de cambio de casi 50 por ciento y ante la probabilidad de que ya no vuelva a bajar (por lo menos en forma significativa), es de esperar que tengamos un impacto en los precios.

De hecho, ya empieza a surgir evidencia de cierto traspaso. La inflación al consumidor de las mercancías (los precios más susceptibles al tipo de cambio) fue 3.97 por ciento anual en la segunda quincena de septiembre, cuando había registrado 2.33 por ciento en la primera de agosto del año pasado. Sin embargo, es más evidente en los precios del productor: mientras que la tasa anual de septiembre al consumidor es de 2.97 por ciento, del productor es de 6.40 por ciento. Pero los precios del productor de las actividades secundarias han aumentado 8.12 por ciento y los de los bienes intermedios 8.75 por ciento. Por lo pronto, los empresarios han reducido su margen de utilidad para no reflejar el incremento completo en sus precios al consumidor.

Por otro lado, queda el problema de la medición correcta de la inflación, tema que comentamos aquí el mes pasado (Reforma, 7 de septiembre). Existen problemas en la Encuesta Nacional de Ingreso Gasto de los Hogares (ENIGH) de la cual CONEVAL, CEMLA y otras instituciones han cuestionado el cálculo del ingreso, que se convierte en la restricción presupuestal del gasto, que a su vez determinan las ponderaciones de los precios. Además, existen un sinnúmero de problemas que, en su momento comentamos que, nos hace cuestionar su cálculo. Tengo la fortuna de participar activamente en un Comité de la ANTAD, dirigida por Javier Salas, que analiza cotidianamente todas estas fallas. Él es posiblemente la persona que más conoce a detalle el INPC de México y la medición de la inflación en general, después de estar a la cabeza de la Dirección de Precios en Banxico por más de 15 años. Él fue que encabezó el proyecto de contar con la certificación de calidad ISO-9002 para el INPC de México. Sin embargo, la supervisión y atención al detalle se ha mermado desde que se le encomendó el INPC al INEGI.

Todo lo anterior nos hace pensar que el efecto del traspaso es mucho mayor de lo que se ha admitido hasta ahora y que será todavía mucho mayor en los años venideros. Según la última encuesta que realiza Banxico a los especialistas en economía, la inflación promedio anual para los próximos 8 años es de 3.3 por ciento. ¿No será que estamos subestimando el famoso traspaso?

La semana pasada, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami) organizó el “Encuentro de Especialistas sobre Salario Mínimo: Avances hacia una nueva política”. El objetivo fue presentar una serie de estudios encomendadas a la Comisión Consultiva para la Recuperación Gradual y Sostenida de los Salarios Mínimos, sobre la relación del Salario Mínimo (SM) con la productividad, la inflación, el empleo, la pobreza y las condiciones de vida.

En particular, llamó la atención el estudio realizado por el Banco de México sobre los efectos inflacionarios de un aumento en el SM. La conclusión principal es que el coeficiente de traspaso del SM a la inflación es mayor a la unidad (de hecho, lo estima en 1.37). ¿Eso qué significa en lenguaje normal? Que cualquier aumento en el salario mínimo causaría un impacto más que proporcional en la inflación. Por ejemplo, si se aumentara 146.6 por ciento (lo necesario para que alcance para comprar una canasta ampliada estimada por Coneval), la inflación subiría a 200.8 por ciento. Pero peor aún, ya que el Banco dice que estas estimaciones no incorporan mecanismos de ajuste de expectativas, lo que induciría aún mayores ajustes a los precios. Por lo mismo, estos resultados deben ser interpretados como cotas inferiores del efecto sobre la inflación.

En pocas palabras, Banxico nos está diciendo que no existe la posibilidad de incrementar el poder adquisitivo del SM. Si se otorga un incremento, la reacción en los precios va ser de tal magnitud que terminará reduciendo el poder de compra del SM. Peor aún, todas las personas que no obtuvieron aumentos significativos en sus salarios terminaran sufriendo todavía más. Estamos ante la posibilidad de tener mayor inflación que en el periodo de febrero de 1987 a febrero de 1988, cuando la tasa anual llegó a 179.7 por ciento. Pero las malas noticias no acaban, ya que terminaríamos con la estabilidad macroeconómica y seguramente las empresas calificadoras nos quitarían el estatus de “grado de inversión”. Al final, terminaríamos peor que la década perdida de los ochenta.

Afortunadamente, el estudio está lleno de supuestos fantasiosos, difíciles de creer. Por ejemplo, para estimar el efecto de largo plazo, el Banco considera que el incremento en el SM provocará un desequilibrio mayor en la balanza de pagos, que se ajustará mediante un incremento significativo en el tipo de cambio. Aquí se hace el supuesto de que habría un traspaso del 100 por ciento del tipo de cambio nominal a la inflación. Si fuera cierto, ahora deberíamos tener una inflación de 45 por ciento, ya que el tipo de cambio ha aumentado en esa magnitud en el último año y medio. Sin embargo, por otro lado, en otros estudios el Banco nos ha dicho que el traspaso actual es de tan solo 4.0 por ciento. Incluso, conozco un economista de Banxico que argumenta que el coeficiente de traspaso es en realidad cero.

Otro supuesto fundamental que hace el estudio es que cualquier aumento en el SM se traslada a los demás salarios (el efecto “faro”) en un 85 por ciento. En otras palabras, si se incrementa el SM en 146.6 por ciento, todos los salarios del país aumentarían 124.6 por ciento en promedio. ¿Por qué? Banxico dice que la práctica de utilizar el aumento anual en el SM como base de negociación para todos los salarios contractuales permanecerá. Muy difícil de creer.

El estudio presenta varios escenarios; el que comentamos aquí es solamente uno. Otro escenario contempla el efecto de un aumento de 21.7 por ciento en el SM, necesario para alcanzar la canasta alimentaria básica definida por Coneval. Los resultados no son tan aparatosos, pero la conclusión es la misma: todos terminaríamos perdiendo. La inflación aumentaría en 29.7 por ciento, reduciendo el poder adquisitivo del SM real y de mucho más. Aunque no se presentan los números que resultarían de una estrategia de incrementos multianuales, el estudio básicamente nos dice que los resultados serían todavía peores.

Normalmente Banxico hace excelentes estudios. A mi juicio, los economistas que trabajan allí simplemente son los mejores del país. Sin embargo, este trabajo tiene un solo fin: espantar a todos para que abandonen cualquier pretensión de aumentar el SM. Para cumplir con este propósito, hace supuestos irrealistas y termina por perder la brújula. Da la impresión de que primero se escribieron las conclusiones y después se buscó una evidencia empírica ad hoc. Ojalá que los integrantes de la Comisión Consultiva se dan cuenta de lo mismo y terminen por descartar el estudio. Yo ya lo hice.

Los ajustes bruscos y significativos en el tipo de cambio siempre han sido motivo de consternación para los mexicanos, pues se asocian con inflación, pérdida de poder adquisitivo, recesión, desempleo y sufrimiento económico en general. Como no olvidar la devaluación de Luis Echeverría en 1976, dando fin a 22 años de un tipo de cambio fijo. Qué decir de las tres devaluaciones que hubo en 1982 después de que José López Portillo prometió defender el peso como perro, que dio pie a la década perdida de los ochenta. Todavía queda el recuerdo de cómo dejó la economía Pedro Aspe al pobre de Jaime Serra Puche en diciembre de 1994, cuando el país se desmoronó y aumentó la pobreza extrema en más de 16 millones de mexicanos.

Afortunadamente, México se sobrepuso al miedo de la flotación y adoptó un régimen flexible a partir de 1995. Con la autonomía del Banco de México y una política monetaria ya dedicada a abatir la inflación, se logró la estabilización de precios a partir de la década pasada. Esto ha sido el pilar de un equilibrio macroeconómico, que en buena medida nos ha ayudado a superar esos periodos de angustia increíble. Sin embargo, hace siete años vimos que el precio del dólar aumentó 54.1 por ciento en siete meses (de 9.918 el 7 de agosto de 2008 a 15.286 el 7 de marzo de 2009). Aunque no hubo gran afectación en la inflación, la economía se desplomó -4.7 por ciento en 2009.

Si bien dejamos atrás la época de devaluaciones traumáticas, ahora vivimos etapas de depreciaciones aceleradas. Sin embargo, la afectación psicológica parece ser igual. Pero, ¿debemos preocuparnos tanto? Hasta ahora, el tipo de cambio ha aumentado alrededor de 26 por ciento, casi la mitad de lo acontecido hacia fines de 2008. No obstante, no hemos visto evidencia de mayor inflación ni un desplome en la actividad económica. Por lo pronto, seguimos con una inflación que marca mínimos históricos y una economía que avanza por arriba del 2 por ciento. Entonces, ¿cuáles son los efectos nocivos que debemos temer de la depreciación?

El primero es el efecto que podrá tener eventualmente sobre la inflación. Al depreciarse la moneda, aumentan los precios de los bienes y servicios importados. Aunque hasta ahora no hemos visto un traspaso de estos incrementos a los precios del consumidor, es de esperarse que eventualmente habrá alguna afectación. Sin embargo, si el tipo de cambio se regresa parcialmente (como sucedió en 2009), se podría limitar el daño a un mínimo.

El segundo efecto es sobre los precios relativos, aun en el caso de evitar una reacción inflacionaria. En principio, nuestras exportaciones son más baratas, mientras que las importaciones son más caras. Aquí, los efectos varían de sector a sector y de empresa a empresa, ya que unos tienen más insumos importados, otros se compensan con disminuciones en otros precios, algunos tendrán que sacrificar utilidades y habrá quien no pueda aguantar los cambios, viéndose ante la posibilidad de cerrar su negocio.

El tercer efecto proviene de la incertidumbre, que afecta la inversión y el crecimiento económico. Para planear la construcción de una fábrica o la adquisición de una maquinaria, se necesita saber con cierta certeza los precios de los bienes y servicios relacionados. Sin embargo, la volatilidad del tipo de cambio elimina la certeza y provoca que muchos proyectos quedan en irresolución. Sin inversión, no habrá mucho crecimiento.

Finalmente, tenemos los efectos sobre los flujos de capital, en especial, sobre la inversión extranjera en portafolio. En principio, los movimientos de capital afectan al tipo de cambio, pero ante mucha volatilidad se acentúan los flujos que buscan una relación de riesgo/rendimiento adecuado. También es muy probable ver cierta afectación sobre las tasas de interés a diferentes plazos, que no solamente puede encarecer la inversión en general, sino también el costo del servicio de la deuda pública.

¿Qué debemos esperar ahora? Todo indica que la volatilidad cambiaria continuará por un rato, aunque posiblemente acotado por las acciones de la Comisión de Cambios y eventualmente del Banco de México. Es muy probable ver en algunos meses que el tipo de cambio regrese parcialmente, ya que se normalice la política monetaria de la Reserva Federal. Si bien, la inflación podrá terminar el año alrededor de 3 por ciento, podemos esperar un aumento, quizás hacia 4 por ciento el año entrante, pero no mucho más que eso. La actividad económica, que ahora crece ligeramente por arriba de 2 por ciento, quedará sin dinamismo en el corto plazo, pero no se desplomará.

El INEGI reportó que la inflación de febrero fue 0.19 por ciento respecto al mes anterior y 3.00 por ciento respecto al mismo mes del año pasado. A primera vista, la noticia es muy buena ya que la tasa objetivo puntual del Banco de México es 3.0 por ciento, mientras que la tasa de 0.19 por ciento anualizada es de 2.3 por ciento. Esto significa que la inflación está en este momento exactamente donde quieren las autoridades monetarias y si persiste el ritmo actual, estará bajando aún más. Es más, la tasa anual de febrero es la tercera tasa más baja desde que existe el INPC (a partir de enero de 1970), es decir, en 45 años: en noviembre 2005 la tasa llegó a 2.91 por ciento y en mayo 2006 registró 2.996 por ciento.
Los números reflejan una mejoría significante de un año para acá, ya que en febrero de 2013 la tasa anual se ubicaba en 4.23 por ciento. La tasa subyacente estaba en 2.98 por ciento y ahora se ubica en 2.40 por ciento, mientras que la no subyacente está ahora en 4.88 por ciento, cuando hace un año se ubicaba en 8.28 por ciento. Sin una reforma fiscal que aumente impuestos y sin aumentos mensuales programados en los precios de la gasolina, todo apunta a que la tasa fin de año se podría ubicar por debajo de 3.0 por ciento, tal y como lo anticipó el Banco de México en su último Informe Trimestral sobre la Inflación.
Sin embargo, un examen un poco más detenido no concluye con tan buenas noticias. La razón principal que explica la disminución en febrero es la tasa de -0.27 por ciento en el componente no subyacente, impulsada fundamentalmente por una disminución de -3.61 en los precios de frutas y verduras (el precio del jitomate bajó 30.1 por ciento). Mientras que es bueno que hayan disminuido estos precios, sabemos que es un subíndice con una varianza enorme: igual sube que baja significativamente. El primer problema es que el ciclo a la baja en estos precios está por concluir. No sabemos cuándo ni cuánto, pero lo más probable es que en el corto plazo vamos a ver incrementos importantes en estos precios. En otras palabras, lo que ayudó a que bajara la tasa de inflación en estos meses, será el mismo factor que explicará aumentos en los meses entrantes.
También encontramos una tasa negativa (-0.03 por ciento) en los energéticos. Sin embargo, no es causa de la reforma de telecomunicaciones o algún cambio estructural que ayuda a que sea más barato la electricidad. Más bien, es un factor estacional, ya que el programa de tarifas eléctricas de temporada cálida (subsidios) inició su periodo de vigencia durante febrero en Tapachula, Chiapas; la inflación en esta ciudad en febrero fue -0.62 por ciento, la más baja de todas las localidades del país que integren el INPC. Esto significa que es una reducción temporal, que volverá a subir cuando termine el programa en la segunda mitad del año.
Aunque el rebote en la tasa de la inflación no subyacente seguramente presionará la tasa general, no es lo que más preocupa. La tasa de inflación subyacente aumentó 0.34 por ciento en febrero, que anualizada implica una tasa de 4.2 por ciento. Es decir, si la subyacente aumente todos los meses a este ritmo, terminaría el año por encima de 4.0 por ciento. Al analizar la desagregación de la subyacente, encontramos que la tasa de mercancías no alimenticias aumentó 0.59 por ciento, algo sumamente inusual. La última vez que observamos una tasa parecida en este subíndice fue en enero de 2010, hace cinco años. La persistencia de tasas elevadas en este rubro es consistente con un traspaso importante de la depreciación del tipo de cambio a precios.
Pero antes de hablar de un traspaso cambiario, tenemos que estar seguros que son aumentos generalizados en las mercancías y no el resultado de aumentos en uno o dos productos con incidencias elevadas. Si examinamos la lista de los diez precios que más impactaron al alza al índice, encontramos que solo un precio, cigarrillos, es una mercancía no alimenticio, mientras que su incidencia no es tan alta (0.015). Esto significa que la tasa elevada de 0.59 por ciento sí parece ser resultado de incrementos generalizados y no de uno o dos precios. Para ver si representa un peligro en cuanto a presiones inflacionarias, lo que queda por ver es si son incrementos sostenidos y no simplemente de una vez por todas. Para esto habrá que examinar este subíndice en los próximos meses, junto con el desempeño del tipo de cambio. Si el peso sigue depreciándose, es muy probable que generará presiones inflacionarias que harán que sube la tasa general.
Finalmente, llama la atención la tasa de 0.35 por ciento en los servicios. Típicamente, los precios de los servicios reflejan las presiones inflacionarias que pueden surgir de la demanda agregada, es decir, de una brecha de producto positivo. En los últimos años, su subíndice ha sido de los más bajos, en buena medida porque se estima que actualmente la brecha de producto es negativo; la tasa anual a febrero es apenas 2.20 por ciento. El aumento se explica por un pequeño repunte en el precio de la vivienda, incrementos estacionales en la educación y un aumento de 0.51 por ciento en “otros servicios”. Sin embargo, cuando acudimos a ver las incidencias, resulta que el incremento en el servicio de telefonía móvil en febrero explica 43 por ciento del incremento total del subíndice. En general, “otros servicios” muestra más varianza en su subíndice que la mayoría de los demás componentes de la subyacente, por lo que no es preocupante y mucho menos indicio de que se está cerrando la brecha de producto. Simplemente llama la atención que el servicio de telefonía móvil sea el precio que más aumentó en todo el INPC en febrero, cuando se supone que debería estar cayendo.
Por lo pronto, podemos decir que la inflación de febrero fue más bien malas noticias, ya que existe evidencia de un traspaso del tipo de cambio a precios y que es muy probable que aumenten los precios de frutas y verduras en los próximos meses. En enero veíamos con muy buenos ojos la expectativa de Banxico de que la inflación anual pudiera terminar el año por debajo de 3.0 por ciento, a tal grado que la mayoría de las instituciones ajustaron sus expectativas a la baja. Sin embargo, ya con la información de febrero el panorama inflacionario ya no se ve tan benigno. Es muy probable que veamos ahora revisiones al alza en las expectativas de inflación para fin de 2015. Pero bueno, faltan diez meses y muchas cosas pueden pasar.

A pesar de que la inflación está bajo control y se ubica muy cerca de su objetivo, nos enfrentamos una problemática inflacionaria difícil. ¿Cómo puede ser?

El INEGI reportó que la tasa de inflación anual de la primera quincena de febrero de 2015 llegó a 3.04 por ciento, bastante cerca del objetivo puntual de 3.0 por ciento establecido por el Banco de México. La tasa mensual negativa de enero, la persistencia de una brecha de producto negativa y el hecho de que la SHCP se comprometió (a medias) a no subir el precio de la gasolina en lo que resta del año, llevó a que las autoridades monetarias ratificaran su expectativa de que la inflación alcanzará el 3.0 por ciento a principios de 2015, continuará en niveles cercanos a esta tasa durante el transcurso del año y que cierre ligeramente por debajo de dicho nivel en diciembre. De ser cierto esta predicción, la inflación promedio del año quedará muy cercana al tres por ciento con relativamente poca volatilidad, lo que implica que se cumplirá el objetivo de inflación por primera vez en la historia del Banco Central Autónoma.

De hecho, la inflación ha sorprendido a la baja en cada una de las tres primeras quincenas del año. Si las tasas quincenales hubieran sido las que esperaba el mercado, tendríamos 0.50 por ciento de inflación acumulado en lo que va del año (mes y medio); en cambio, la inflación acumulada es en realidad 0.003 por ciento, prácticamente cero. Si observamos la última encuesta quincenal de Banamex (del 20 de febrero), ya ubicamos a 10 instituciones (de 24) que anticipan una tasa de inflación fin de año de 3.0 por ciento o menos. Por ejemplo, Finamex espera que la inflación termine 2015 en 2.51 por ciento. La inflación subyacente, que supone refleja mejor la tendencia de la inflación en el mediano plazo, registró una tasa anual de 2.25 por ciento a fines de enero, la tasa mínima histórica desde que existe el índice quincenal de precios. Igualmente, la tasa subyacente anual del índice mensual llegó a 2.34 por ciento en enero, también la tasa anual mínima histórica desde que existe el índice mensual.

La piedrita en el camino pudiera ser un traspaso mayor a lo anticipado de la depreciación cambiaria. El precio del dólar aumentó alrededor de 11 por ciento en aproximadamente dos meses a partir de mediados de noviembre. Hasta hace poco no había evidencia de un traspaso de esta depreciación hacia los precios internos. Sin embargo, en la primera quincena de febrero, los precios de las mercancías no alimenticias (los más susceptibles al tipo de cambio) aumentaron 0.59 por ciento, el incremento quincenal más elevado para una quincena en este subíndice desde la primera quincena de agosto de 2001. El impacto en el índice general fue neutralizado por una baja importante en los precios de los jitomates (-27.9 por ciento) y demás componentes de la inflación no subyacente, de tal manera que la tasa general (0.11 por ciento) resultó relativamente baja. Sin embargo, pudiera ser el indicio de un ajuste todavía mayor.

Si examinamos la lista de los diez precios que más subieron en la quincena encontramos cuatro en la categoría de mercancías no alimenticias: papel higiénico y pañuelos desechables, cigarrillos, ropa de abrigo y pasta dental. Sin embargo, ninguno tuvo una incidencia importante. Esto sugiere que los aumentos en esta categoría fueron generalizados, resultado de las presiones derivadas de un tipo de cambio mayor y no de algún problema de abasto específico en un mercado particular. De ser cierto, pudiéramos esperar más aumentos en los siguientes meses. Los precios de este subíndice habían sido de los que menos habían subido en el pasado, ya que su tasa anual se ubicaba por debajo de 2 por ciento desde 2013 a la fecha.

Salvo las posibles presiones derivadas de la depreciación, el panorama inflacionario permanece bajo control. Incluso, la existencia de una brecha de producto negativo sugiere que el próximo movimiento de la tasa de política monetaria debería ser a la baja. Sin embargo, en los dos años anteriores entraron al país casi 100 mil millones de dólares en inversión de cartera. Como se sabe, estos recursos son muy susceptibles a las tasas de interés y al ambiente geopolítico internacional. Esto nos sitúa en una situación muy vulnerable a posibles alzas de tasas por parte de la Reserva Federal. Al final de cuentas, esto significa que las autoridades monetarias mexicanas se verán forzados a aumentar la tasa interbancaria de fondeo en México a la par con los vecinos, independientemente si tenemos presiones inflacionarias o no.

Esto nos lleva a un escenario posible de alzas en las tasas de interés, a pesar de un cumplimiento del objetivo de inflación, con expectativas de menor inflación en el mediano plazo y dentro de la continua presencia de una brecha de producto negativa.

El INEGI dio a conocer la inflación de 2014, que cerró el año en 4.08 por ciento. El resultado colocó a la inflación fin de periodo ligeramente arriba del límite superior del rango de inflación de 4.0 por ciento, después de que había terminado el año por debajo de este nivel por tres años consecutivos. No obstante, cabe la pena subrayar que el objetivo puntual de inflación es 3.0 por ciento (no 4.0 por ciento), lo que significa que debe promediar alrededor de 3.0 por ciento en el año dentro de un rango de 2.0 a 4.0 por ciento. En este sentido, el Banco de México nunca ha logrado reducir y mantener la inflación alrededor de 3.0 por ciento.
Como siempre, el componente que perjudicó el esfuerzo por conseguir el objetivo fue el no subyacente, que creció 6.70 por ciento en el año, en especial como consecuencia de los aumentos significativos en los precios de los energéticos y las tarifas autorizadas por el gobierno. También influyeron los precios agropecuarios, pero en esta ocasión fueron los pecuarios que subieron, mientras que los precios de frutas y verduras terminaron el año prácticamente en los mismos niveles que en diciembre del año anterior.
La inflación subyacente terminó el año en 3.24 por ciento, después de haber permanecido por debajo de 3.0 por ciento durante 2013. Los aumentos en los precios derivados de la reforma fiscal tuvieron un impacto sobre este componente, aunque menor a lo que originalmente se esperaba. Los precios que más aumentaron fueron los alimentos y bebidas (5.31 por ciento), cuyo impacto es mayor en el poder de compra de la mayoría de la población. En segundo lugar fueron los “otros” servicios, que incluyen los precios de las loncherías, fondas, taquerías y restaurantes, impactados por los incrementos en los precios de los alimentos, aunque este rubro fue compensado en parte por las disminuciones en los precios del servicio de telefonía móvil. De los precios que menos subieron estuvieron los de las mercancías no alimenticias, que están más asociados con la marcha de la economía y el tipo de cambio. Como sabemos, la actividad económica fue relativamente débil en el transcurso del año, mientras que la depreciación del peso, aunque significativo, fue al mero final del año.
Para 2015 el Banco de México señala que la inflación debería converger hacia su objetivo y terminar muy cerca de 3.0 por ciento para fin de año. Pero solo dos instituciones (Nomura y Banorte) comparten esta visión, mientras que el consenso de la última encuesta de Banamex es que la inflación terminará 2015 en 3.50 por ciento. Sin embargo, 22 (de 24) instituciones prevén que la tasa anual será menor a la de 2014 y por debajo del límite superior de 4.0 por ciento. Solo Scotia (4.22 por ciento) y Monex (4.14 por ciento) ven una tasa mayor a la del año pasado.
¿Cuáles son los factores que harán que la inflación disminuye? De entrada, los dos más importantes son los efectos de la reforma fiscal y los precios de los energéticos. En enero de 2014 hubo aumentos en muchos precios, incluyendo la unificación del IVA en 16 por ciento, por lo que la base de comparación en enero de este año hará que la tasa anual disminuye significativamente. Si agregamos a la lista los precios de la telefonía móvil y los de larga distancia, la tasa subyacente podría ser menor. Por el otro lado, los precios de la gasolina sólo subirán 1.9 por ciento este año, mientras que las tarifas eléctricas deberían disminuir marginalmente. Esto significa que el subíndice de energéticos, que aumentó 6.43 por ciento en 2014, deberá aumentar mucho menos este año.
Según estimaciones del Banco de México, la economía se sitúa actualmente en una brecha de producto negativa, lo que ayuda a contener la inflación. Las proyecciones de esta brecha señalan que deberíamos permanecer en terreno negativo todavía por más tiempo, posiblemente la mayor parte de 2015. De ser cierto, los factores antes mencionados deberían contribuir a una disminución en la inflación, que podría terminar el año mucho más cerca al 3.0 por ciento que al 4.0 por ciento.
¿Cuáles son los factores que harán que la inflación no disminuye? Aunque el efecto de traspaso (pass-through) del tipo de cambio hacia el nivel de precios es mucho menor a lo que fue en otros periodos, habrá que estar atento a la posibilidad de ver los precios de las mercancías subir un poco más. Antes de que tuviéramos el régimen de flotación, cualquier aumento en el tipo de cambio se reflejaba casi de inmediato y en forma contundente en los precios de los bienes comerciables. Sin embargo, en el régimen actual el tipo de cambio puede fortalecerse en los meses posteriores a una depreciación significativa, por lo que el traspaso ha disminuido significativamente. Aunque el tipo de cambio cerró el año en 14.74 pesos por dólar, el consenso es que habrá una apreciación del peso en 2015 para cerrar en 14.00 pesos. Incluso, algunas instituciones como BBVA Bancomer piensan que se va a revertir hasta terminar en 13.00 pesos al final de diciembre.
Aun así, queda por verse cuál será el desenlace de la política monetaria en Estados Unidos y los efectos posteriores en nuestro país. Si la Reserva Federal empieza a subir su tasa antes de lo previsto y/o en un monto superior, el tipo de cambio podría depreciarse todavía más. La disminución en el precio del petróleo no afecta directamente al mercado cambiario, ya que Pemex vende directamente sus divisas al banco central, sin pasar por el mercado. No obstante, la percepción de menos dólares y la mayor dificultad del Banco de México para acumular reservas, podría tener un impacto negativo. Al final de cuentas, lo que hace que el traspaso sea relativamente bajo es precisamente esta incertidumbre. No obstante, es uno de los riesgos que habrá que vigilar.
Finalmente, pudiéramos pensar en un poco de inflación reprimida como consecuencia de la baja demanda agregada. El consumo de los hogares permanece como uno de los elementos más débiles de la economía, lo que ha impedido que algunos comerciantes aumenten más sus precios. Sin embargo, si la economía empieza a crecer un poco más y la brecha de producto pasa a terreno positivo antes de lo previsto, es posible que los precios aumenten un poco más que lo anticipado. Queda pendiente el ajuste en los salarios mínimos que planteó el Gobierno de Distrito Federal y que ha respaldo el gobierno federal. Aunque en principio no debería tener un efecto significativo en los precios, la percepción de un mayor poder adquisitivo podría facilitar las decisiones de subir algunos precios en ciertos sectores.