Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
Header

La economía mexicana creció 1.1 por ciento en 2013, sustancialmente por debajo de lo que originalmente se esperaba. Según la mayoría de las encuestas de expectativas se anticipaba una tasa de crecimiento de 3.5 por ciento a principios del año pasado. Sin embargo, las proyecciones se fuera revisando a la baja paulatinamente en el transcurso del año, hasta registrar una expectativa de apenas 1.2 por ciento un par de meses antes de concluir el año.

Fueron muchos factores que contribuyeron al deterioro continuo de la tasa esperada. Desde mediados de 2012, Europa entró de nuevo en recesión, mientras que Estados Unidos sufrió una desaceleración importante de su producción manufacturera. Originalmente se esperaba que la actividad económica externa se recuperara, algo que no fructiferó hasta fines de 2013. En adición a esta baja demanda externa, Argentina y Brasil decidieron imponer un techo mucho más bajo a las importaciones de automóviles procedentes de México. El resultado fue una expansión mínima en las exportaciones no petroleras mexicanas, que limitó severamente a la producción manufacturera mexicana. Aunado a esta desaceleración, las remesas familiares disminuyeron a lo largo del año, contribuyendo a caída en los ingresos de los hogares en ciertas regiones y estratos.

Desde antes del fin del sexenio, la actividad mexicana interna empezó a resentir una disminución en la inversión pública y privada, mientras que el consumo de los hogares dejó de crecer. A principios de 2013 el gasto público disminuyó significativamente, primero ante un proceso de consolidación fiscal propuesto en el presupuesto de 2013 y después, por un subejercicio del gasto, especialmente evidente en la primera mitad del año. La industria de la construcción se desplomó en sus tres vertientes por cambios drásticos en la política pública de vivienda y por la disminución en la inversión pública en obras civiles y de infraestructura. El sector privado mantuvo a lo largo del año una actitud cautelosa, primero ante el cambio de gobierno y después ante la multitud de reformas y cambios en las reglas del juego, que resultó en una disminución importante en la inversión. En adición a todo lo anterior, en agosto el INEGI introdujo un cambio de base en las cuentas nacionales, que resultó en una revisión significativa a la baja en las cifras de crecimiento de la primera mitad del año.

Aunque el conjunto de factores se fueron conociendo con antelación, su magnitud y continuo deterioro fue algo que no se anticipó adecuadamente, ni por el gobierno, ni por las instituciones internacionales, ni por los analistas del sector privado que se dedican a estudiar las perspectivas económicas del país. El resultado fue un proceso alargado y penoso de revisiones continuas a la baja en las proyecciones económicas, hasta terminar el año con una tasa que representaba menos de una tercera parte de la expectativa original.

En principio, todos los factores mencionados son de carácter temporal, es decir, su efecto negativo debería disiparse con el tiempo, dándole a la economía la oportunidad de crecer de nuevo cerca del 4.0 por ciento. De esta forma, cuando el gobierno empezaba a preparar el presupuesto para 2014 con una estimación de crecimiento de 3.9 por ciento para el año, la mayoría de las encuestas de expectativas coincidían. Sin embargo, al conocer el contenido de la reforma hacendaria, muchos analistas empezaron a revisar a la baja sus proyecciones, de tal forma que la expectativa de consenso ya se ubicaba mucho más cerca de 3.0 que de 4.0 por ciento antes de finalizar el primer trimestre del año.

 

Expectativas de Crecimiento del PIB para 2014:

Antes y Después de Conocer los Datos del Primer Trimestre

                                                                            Antes           Después

Oficial SHCP                                                       3.9%                2.7%

Oficial Banxico                                                     3.5%                2.8%

FMI                                                                       3.0%                n.d.

Banco Mundial                                                     3.0%                2.3%

OCDE                                                                  3.4%                n.d.

Encuesta IMEF                                                    3.0%                2.6%

Encuesta LatinFocus                                           3.1%                n.d.

Encuesta Consensus Economics                        2.9%                n.d.

Encuesta EMED                                                  3.1%                n.d.

Encuesta Banxico                                                3.0%                2.8%

Encuesta Banamex                                             3.0%                2.8%

Fuente: recopilación propia de fuentes originales de cada Encuesta o Institución.

 

No obstante ante esta revisión, tanto la SHCP como Banxico mantuvieron sus estimaciones sin cambio. Banxico ha mantenido la práctica desde hace tiempo de revisar sus proyecciones económicas sólo cada tres meses, en la presentación de su Informe Trimestral sobre la Inflación. Pero a partir del año pasado, Banxico decidió tomar más tiempo en preparar su Informe, por lo que pospusieron la fecha de entrega por tres semanas. Sin embargo, no queda claro que si las autoridades monetarias se dieron cuenta o no, pero al cambiar su calendario la presentación se estableció para apenas unos días antes de conocer los datos del PIB. De esta manera, Banxico tuvo que estimar el crecimiento de marzo para realizar su proyección del PIB del primer trimestre y del año en su conjunto. Al final, resultó que la actividad económica de marzo se desplomó (disminuyó 0.81 por ciento respecto al mes anterior), por lo que su nueva estimación de 2.8 por ciento quedó todavía elevada. Esto quedó evidente cuando anunció una semana después que se reducía en 50 puntos base la tasa de política monetaria ante la debilidad observada en el consumo y la inversión.

A partir del año pasado, la SHCP adoptó una práctica similar (aunque no oficial), de revisar sus números sólo cuando se presentaran nuevas cifras sobre el crecimiento del PIB trimestral. Las autoridades hacendarias decidieron hacer esta práctica oficial a partir de este año, pero desafortunadamente fue evidente mucho antes de conocer las cifras finales del trimestre que el crecimiento sería mucho menor. Aun así, la SHCP decidió revisar a la baja su proyección para el año a 2.7 por ciento, una tasa que implica una recuperación significativa en la segunda mitad del año.

Aunque a los pocos días de conocer las cifras del PIB del primer trimestre, se levantaron varias de las encuestas de expectativas, parece que todavía no se ha asimilado el pobre desempeño de los primeros meses del año y la debilidad que todavía muestran el consumo de los hogares y la inversión privada. Aunque las exportaciones no petroleras muestran ya una recuperación interesante, todavía no queda claro que si será suficiente o no para apuntalar una recuperación generalizada.

Por lo pronto, las primeras encuestas que se han dado a conocer señalan que el crecimiento de 2014 se ubicará en un rango de 2.3 a 2.8 por ciento. Pero aun así, estos números implican una recuperación importante, es decir, la actividad económica tendrá que mostrar tasas relativamente elevadas en los dos últimos trimestres del año simplemente para evitar que la tasa del año se ubique por debajo de 2.0 por ciento. Por lo mismo, no debe de sorprender que veamos todavía más revisiones a la baja en los siguientes meses.

Los datos oficiales del INEGI del Sistema de Indicadores Cíclicos sirven para determinar en qué fase del ciclo económico nos encontremos, ya sea expansión, desaceleración, recesión o recuperación. La nota metodológica que aparece cada mes en su boletín de prensa dice claramente que para determinar si estamos en recesión o no, es necesario primero contar con por lo menos 21 meses entre el pico actual y el pico anterior (para asegurar que estemos en un ciclo distinto al anterior) y que existe por lo menos 9 meses de desaceleración desde el último pico. En cuando a estos criterios, existe más de cuatro años entre el pico actual y el anterior, mientras que llevamos 21 meses de desaceleración. Por lo mismo, según los datos y definición oficial del INEGI, la economía mexicana se encuentra actualmente en una recesión.

Este hecho ha causado algo de controversia, ya que varios funcionarios de primer nivel han desconocido el hecho. Parte es que para muchos la definición de una recesión es que existan por lo menos dos trimestres consecutivos de caída en el PIB. Sin embargo, este no es realmente su definición sino solamente una regla de aproximación. Está documentado que lo de los dos trimestres fue una idea al vapor del economista Arthur Okun cuando éste estaba al frente del Consejo Económico del Presidente Lyndon Johnson de Estados Unidos en 1967. En plena campaña electoral, existía preocupación por la percepción del público de que existiera una recesión. Okun introdujo la idea como una fórmula sencilla para convencer a la gente de que no estaban técnicamente en recesión. Fue una decisión arbitraria, sin fundamento teórico, que nació como una idea interesante en una campaña política para ayudar a que Johnson ganara las elecciones.

La definición exacta de una recesión fue establecida en la década de los 20 del siglo pasado por los economistas Wesley Mitchell y Arthur Burns, en el seno del Buro Nacional de Investigación Económica (NBER) en Estados Unidos. Esta institución es una organización académica privada no lucrativa y sin afiliación partidista, que se dedica a promover un mejor entendimiento sobre el funcionamiento de la economía. La definición original y correcta es de una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto y abarca también al estado del empleo (se puede consultar en www.nber.org/cycles/). No se usa directamente al PIB para su determinación (ya que es de frecuencia trimestral), sino específicamente al ingreso real, el empleo, la producción real y las ventas al menudeo (todos indicadores mensuales).

Investigaciones posteriores en el NBER, conducidas principalmente por el economista Geoffrey Moore (fundador del Instituto de Investigación de Ciclos Económicos, ECRI), encontraron que la mejor forma de reproducir los ciclos económicos y así aproximar las fechas de comienzo y fin de las recesiones era mediante la construcción de índices compuestos de indicadores coincidentes, que consistían justamente de los indicadores antes señalados. El NBER decidió establecer en 1978 el Comité de Fechas de los Ciclos Económicos y desde entonces, ha existido un proceso formal para anunciar los picos y valles de la actividad económica. Aunque el Comité ha señalado que no utiliza una fórmula específica para determinar los tiempos, el índice compuesto de indicadores coincidentes replica de manera fiel todas las fechas reportadas por el NBER.

En el año 2000 el INEGI desarrolló por primera vez el Sistema de Indicadores Compuestos: Coincidente y Adelantado (SICCA) con base en la metodología clásica del NBER. Con estos indicadores se pudo determinar de manera exacta el comienzo y fin de las seis recesiones que tuvimos hasta 2010. No obstante, en noviembre de 2010 el INEGI decidió cambiar de metodología y adoptar la escuela de los ciclos de crecimiento, empujado sobre todo por la OCDE. Así nació el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), que se utiliza de manera oficial para determinar los ciclos económicos y las fechas de comienzo y fin de las recesiones.

El índice compuesto coincidente que utiliza el INEGI en el SIC, consiste de seis indicadores, que tienen la propiedad esencial de replicar (coincidir) el ciclo económico. Estos son: la actividad económica (básicamente el IGAE), la actividad industrial, las ventas al por menor de establecimientos comerciales, el número de asegurados permanentes registrados en el IMSS, la tasa de desocupación (desempleo) abierto urbano y las importaciones totales.

La metodología de la OCDE consiste en desagregar el índice compuesto coincidente en sus componentes estadísticos, típicos de cualquier serie de tiempo: el patrón estacional, la tendencia-cíclico, la tendencia de largo plazo y el elemento aleatorio (conocido como ruido blanco). Lo primero que se hace es igual la tendencia de largo plazo a 100 a lo largo del tiempo y después ver el comportamiento de la tendencia-cíclico respecto a la tendencia de largo plazo. Si el indicador se ubica por encima de 100 y creciendo se dice que se ubica en su fase de “expansión”. Si se ubica por encima pero disminuyendo se encuentra en la etapa de “desaceleración”. Si el indicador cae por debajo de la línea de 100 y sigue disminuyendo, está en “recesión”, mientras que si empieza a crecer de nuevo entra en la fase de “recuperación” hasta que vuelva a cruzar la línea de 100. En otras palabras, las fases se determinan en función de que si el indicador crece o disminuye y su ubicación respecto a su tendencia de largo plazo.

Los últimos datos disponibles señalan a tres de los indicadores del índice compuesto en fase de recesión (ventas, asegurados y desempleo), mientras que los otros tres se sitúan en recuperación. Salvo los indicadores laborales, que todavía muestran mucha debilidad, los otros indicadores parecen mostrar señales de mejoría. Esto significa que esta recesión, que es poco profundo en comparación a cualquier otra recesión de la economía mexicana, está a punto de terminar y convertirse ya en recuperación.

Afortunadamente, el INEGI es hoy en día una institución autónoma, que se dedica a divulgar indicadores bien hechos y confiables aun cuando no señalan lo que quieren las autoridades. Queda claro que en otras épocas, las autoridades no hubieran permitido al INEGI publicar cifras que contradicen en forma tajante las declaraciones de los funcionarios. Ahora nos divertimos ver como los funcionarios tratan de desacreditar el trabajo del INEGI, negar públicamente lo que dicen las cifras y menospreciar su trabajo.

La Encuesta Nacional Sobre Confianza del Consumidor (ENCO) es conocido en México porque de sus resultados mensuales se calcula el Índice de Confianza del Consumidor (ICC). Para su construcción se emplean las respuestas de cinco preguntas:

  1. Comparada con la situación económica que los miembros de este hogar tenían hace 12 meses, ¿cómo cree que es su situación económica en este momento?
  2. ¿Cómo considera usted que será la situación económica de los miembros de este hogar dentro de 12 meses respecto a la actual?
  3. ¿Cómo considera usted la situación económica del país hoy en día comparada con la de hace 12 meses?
  4. ¿Cómo considera usted que será la situación económica del país dentro de 12 meses respecto a la situación actual?
  5. Comparando su situación económica actual con la de hace un año, ¿cómo considera, en el momento actual, las posibilidades de que usted o alguno de los integrantes de este hogar realice compras tales como muebles, televisor, lavadora, otros aparatos electrodomésticos, etcétera?

Las posibles respuestas son: mucho mejor, mejor, igual, peor y mucho peor. Se ponderan las respuestas a cada pregunta con valores incrementadas en 25 puntos desde cero a cien, con la finalidad de construir un subíndice para cada pregunta. De esta forma si el 100 por ciento de las respuestas son “mucho mejor”, el subíndice toma el valor de 100, mientras que si todas las respuestas fueran “mucho peor”, el subíndice sería cero. Finalmente se saca el promedio de los cinco subíndices para obtener el ICC, lo que se conoce como un indicador de difusión. En principio, el ICC y sus cinco subíndices son muy valiosos para que los analistas de la economía mexicana evalúan el “humor” de los hogares. Sin embargo, el INEGI igualó los resultados de enero de 2003 a 100, lo que limita el análisis y muchas veces genera confusión e imprecisiones.

Lo que no sabe mucha gente es que aunque el ICC está compuesto por cinco preguntas, la ENCO abarca 15.  La temática de la Encuesta se forma con la opinión de los encuestados sobre:

  • Situación económica, presente y futura de la persona entrevistada.
  • Situación económica, presente y futura de los miembros del hogar.
  • Situación económica, presente y futura del país.
  • Situación actual del consumo de bienes básicos como alimentos, zapatos y ropa, así como de bienes de mayor costo como televisor, lavadora y otros aparatos electrodomésticos.
  • Posibilidad de salir de vacaciones.
  • Posibilidad de ahorrar, en el presente y en el futuro.
  • Comportamiento esperado de los precios a futuro.
  • Situación del empleo en el país en los próximos 12 meses.
  • Poder de compra de la población para adquirir automóvil y casa en los próximos dos años.

Aunque el BIE del INEGI tiene las series completas de los cinco subíndices y el índice total de base enero de 2003 igual a 100, no publica los cinco subíndices en su versión original ni las series resultantes de las otras diez preguntas. La única forma de comparar uno de los subíndices con otro es en su versión original. Si el INEGI publicara los 15 subíndices originales, los analistas no solo pudieran realizar comparaciones válidas, sino también construir sus propios indicadores. Por ejemplo, su podrían agrupar las preguntas que abarcan la situación o percepción actual de los hogares para construir un índice de confianza actual, o bien, juntar las preguntas que indagan sobre las situaciones esperadas para calcular un índice de expectativas.

Las diez preguntas que no se dan a conocer son muy interesantes y de utilidad para el análisis de la coyuntura.  En especial, algunas provocan mucha atención para ciertos sectores de la economía.  Por ejemplo, las posibilidades de comprar un automóvil deben ser de gran relevancia para los productores y distribuidores de automóviles en el país, mientras que los planes de comprar, construir o remodelar una casa lo serán para las direcciones hipotecarias de las instituciones financieras, la industria de la construcción y el sector de bienes raíces del país. ¿Cuáles son estas preguntas?

Las 10 preguntas de la ENCO que no forman parte del ICC son:

  1. ¿Cómo describiría usted su situación económica comparada con la de hace 12 meses?
  2. ¿Cómo cree usted que será su situación económica dentro de 12 meses respecto a la actual?
  3. ¿En este momento tiene usted mayores posibilidades de comprar ropa, zapatos, alimentos, etcétera que hace un año?
  4. ¿Considera usted que durante los próximos 12 meses usted o alguno de los integrantes de este hogar tendrán posibilidades económicas para salir de vacaciones?
  5. ¿Actualmente usted tiene posibilidades de ahorrar alguna parte de sus ingresos?
  6. ¿Cómo considera usted que serán sus condiciones económicas para ahorrar dentro de 12 meses comparadas con las actuales?
  7. Comparando con los 12 meses anteriores, ¿cómo cree usted que se comporten los precios en el país en los siguientes 12 meses?
  8. ¿Cree usted que el empleo en el país en los próximos 12 meses…?
  9. ¿Algún miembro de este hogar o usted están planeando comprar un automóvil nuevo o usado en los próximos dos años?
  10. ¿Algún miembro de este hogar o usted están planeando comprar, construir o remodelar una casa en los próximos dos años?

Como se puede apreciar varias de estas preguntas son sobre las posibilidades de comprar, ya sea bienes no duraderos, vacaciones, un automóvil o una casa, que complementan e forma natural a la que sí está considerada en el ICC sobre las posibilidades de comprar bienes duraderos. Por lo mismo, le pedimos las series de la Encuesta al INEGI de estas cinco preguntas y construimos un nuevo indicador que le llamamos “Posibilidades de Compra” (ver gráfica). Tratándose de un indicador de difusión, tiene un rango de cero (total pesimismo) a 100 (total optimismo), mientras que se puede considerar a 50 como el umbral relativo entre el optimismo y el pesimismo.

Para analizar este índice especial, le hemos añadido una línea de tendencia (polinómica de grado 6), que es la línea roja suavizada más gruesa. De entrada es interesante observar que el indicador nunca se ha acercado a la zona de optimismo, sino más bien a fluctuado de 2004 a 2014 entre un rango de 14 a 28 puntos. Se puede apreciar como disminuye significativamente en la recesión de 2008-2009, para después iniciar una recuperación a partir de 2010. También refleja muy bien el deterioro reciente de la economía mexicana a partir de 2013.

Los últimos datos de la gráfica nos señalan que los hogares perciben actualmente sus posibilidades de compra en forma muy pesimista, cerca de los mínimos históricos que se presentaron en la gran recesión en 2009. Sin embargo, mientras que la actividad económica disminuyó 4.7 por ciento en 2009, el PIB avanzó 1.1 por ciento en 2013. Parece ser que el pesimismo actual se debe más al deterioro continuo en el poder adquisitivo y en el ingreso personal disponible de los hogares, acentuado por los efectos nocivos de la reforma hacendaria.

México pareció ser uno de los países ganadores después de la gran recesión de 2008-2009. En los tres años siguientes (2010-2012), disfrutamos de un crecimiento promedio de 4.3 por ciento, por encima de la media latinoamericana. A pesar de que Estados Unidos experimentaba una recuperación lenta y sinuosa, México pudo exportar más de lo debido y así lograr despejarse un poco de la elevada correlación con nuestro vecino que siempre nos ha caracterizado.

En ese momento, fueron tres factores que apuntalaron el buen desempeño: un reacomodo de líneas de producción (en especial en la industria automotriz) dentro de América del Norte, mediante el cual se buscó reducir costos de producción e incrementar la eficiencia; una moneda más competitiva (depreciada) a raíz del ajuste significativo que sufrió el tipo de cambio en 2008 (y posteriormente en 2011); y un cambio fundamental en la política económica de China, que llevó a que se elevara el costo laboral unitario y perdiera competitividad vis-a-vis nuestro país.

No obstante, a mediados de 2012 se anticipaba que Estados Unidos crecería menos en 2013 que en el año anterior.  Aun así, la dinámica que se veía en México hacía pesar que solo pudiéramos sufrir una pequeña desaceleración al respecto y que estaríamos bien posicionado para retomar un crecimiento mayor hacia la segunda mitad de 2013, o bien, a principios de 2014. Existía una buena percepción de las posibilidades mexicanas mediante la llegada de un nuevo gobierno con empuje y una agenda de reformas que detonaría la inversión. Cuando Enrique Peña Nieto logró que se firmara un pacto entre todos los partidos políticos para perseguir su agenda, muchos voltearon hacia nuestro país y dijeron ya llegó el momento para México.

Sin embargo, esta perspectiva realmente no se materializó. A pesar de que algunas de las reformas se aprobaron en la primera mitad del año, las dos más importantes enfrentaron problemas mayores. La reforma fiscal terminó como una propuesta simplemente recaudatorio, sin enfrentar los verdaderos retos fiscales, mientras que la energética se pospuso hacia fines de año (si bien nos va). Como resultado, el empuje que debió representar estas reformas no se materializó en 2013 y no queda tan claro cuáles serán los impactos en 2014.

Pero más allá del detonador que debía representar estas reformas, la actividad económica sufrió una serie de reveses, que no solo detuvo su crecimiento, sino que empujó a la economía hacia una recesión ligera. Lo que pasó fue como una tormenta perfecta, es decir, se conjuntaron varios factores negativos tanto externos como internos, casi todos al mismo tiempo, que detuvo la marcha de la economía.

Primero, a mediados del año pasado la demanda por nuestras exportaciones no petroleras empezaron a desacelerar. Las exportaciones automotrices dejaron de crecer a los ritmos anteriores, mientras que las manufactureras no automotrices se estancaron. Dado que las exportaciones son el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, se experimentó mucho menos dinamismo en las actividades secundarias.

Segundo, al mismo tiempo dejaron de crecer las remesas familiares provenientes de Estados Unidos. A partir de julio de 2012 la tasa anual fue consistentemente negativa, afectando un ingreso complementario de muchas familias, que a su vez tuvo un efecto negativo sobre el gasto de los hogares. Dado que una parte significativa de estos ingresos se dedican a obras de autoconstrucción y remodelación de casas, también se vio afectada la rama de “trabajos especializados” dentro de la construcción.

Tercero, el gobierno de Calderón había dado un gran impulso a la vivienda de interés social, en especial mediante la construcción de casas habitacionales horizontales. Sin embargo, la gran mayoría fueron desarrollos en zonas apartadas de los centros de trabajo, esparcimiento y escuelas. Muchos gobiernos locales fallaron en proveer la infraestructura necesaria, por lo que miles de casas fueron abandonadas. A mediados de 2012, el gobierno decidió parar este tipo de edificación, en espera de una nueva reglamentación que favoreciera la vivienda vertical. No obstante, ante el inminente cambio de sexenio, el gobierno saliente le dejó el paquete a la nueva administración, lo que dejó prácticamente paralizado un segmento importante de la construcción.

Cuarto, el gobierno de Calderón propuso utilizar la mayor parte del gasto público programado para 2012 en la primera mitad del año en busca en un efecto favorable en la economía antes de las elecciones. Esto implicó una disminución en el gasto en la segunda mitad del año, en especial en obras civiles y de infraestructura. Al entrar el nuevo gobierno, se intensificó la disminución en el gasto, muy visible en la inversión fija bruta del gobierno. En sí, el presupuesto aprobado para 2013 buscaba un balance fiscal, lo que implicaba un proceso de consolidación mediante una disminución en el gasto público. Pero aunado a esta restricción, la nueva administración tuvo un subejercicio de su gasto, por lo que su impacto negativo fue todavía mayor.

Quinto, ante la promesa de reformas estructurales que implicaban nuevas oportunidades de inversión, el sector privado decidió posponer muchos proyectos hasta no saber bien cuáles iban a ser las nuevas reglas del juego. Primero habría que esperar para ver cuáles reformas se aprobarían y después cuáles serían las leyes secundarias. Esto también implicó una disminución en la inversión fija bruta del sector privado.

Sexto, a pesar de que la inflación general se ha contenido en los últimos años, los precios de los alimentos, de la gasolina y otros bienes con alto impacto en los presupuesto familiares, subieron mucho más que los sueldos y salarios, provocando una pérdida en el poder adquisitivo de muchos hogares. Aunado a los factores anteriores, esto incitó a una disminución en el comercio y a una eventual desaceleración en las actividades terciarias en su conjunto.

El resultado fue primero una atonía a partir de mediados del año pasado, que posteriormente se convirtió en un estancamiento de la actividad económica y eventualmente a una recesión ligera. Originalmente, el INEGI reportó en mayo que el PIB del primer trimestre de 2013 había crecido de 1.8 por ciento anualizado respecto al trimestre anterior. Esto obligó a muchos analistas a revisar a la baja su expectativa de crecimiento para el año, pero aun todavía en un rango ligeramente por debajo de 3 por ciento. Sin embargo, cuando dio a conocer los datos del segundo trimestre en agosto, el INEGI aprovechó para introducir un cambio de base (de 2003 a 2008), que resultó en una revisión del primer trimestre a 0.1 por ciento de crecimiento y una tasa negativa de 2.9 por ciento para el segundo.

Al momento de escribir este artículo, no contamos con la información completa del tercer trimestre. Sabemos que la producción industrial siguió débil en julio y agosto, mientras que las actividades terciarias sostuvieron tasas negativas en agosto. Indicadores diversos como los del IMEF, la AMIA y la ANTAD sugieren que la actividad económica de septiembre permaneció todavía muy débil, por lo que no queda claro si la recesión termina ya o queda en pie por lo menos un trimestre más. Esto ha llevado a otra ronda de revisiones a la baja para el crecimiento del PIB de 2013, que ahora ronda ligeramente por arriba de 1.0 por ciento para todo el año.

El INEGI publica dos diferentes indicadores cíclicos, que se utilizan para conocer en que periodos o etapas nos encontramos dentro del ciclo económico. El primero y original es el que se denomina el Sistema de Indicadores Compuestos Coincidente y Adelantado (SICCA), que pertenece a la escuela clásica que predomina en Estados unidos. El segundo, de más recién creación, es el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), conocido como ciclos de crecimiento y utilizado predominantemente por la OCDE. En ambos casos, los indicadores coincidentes nos dicen que la economía está en una fase recesiva: en el caso del SICCA, la recesión empezó en noviembre de 2012, mientras que el SIC indica que inició en julio del año pasado. Ambos casos confirman la existencia de una recesión muy ligera, algo distinto a las recesiones anteriores que fueron en su mayoría profundas y prolongadas.

Los últimos indicadores disponibles reflejan una mejoría en la actividad económica de Estados Unidos, por lo que deberíamos anticipar un repunte en nuestras exportaciones. El último dato de las remesas (agosto) fue una tasa anual positiva, que rompe la tendencia negativa de 13 meses. Hace algunos meses, el gobierno publicó las nuevas reglas para los subsidios de la vivienda de interés social, por lo que anticipamos que la construcción pronto volverá a presentar tasas de crecimiento positivas. En los últimos meses el gobierno no solamente ha buscado eliminar el subejercicio, sino además ha solicitado al Poder Legislativo una ampliación del déficit fiscal de 0.4 por ciento del PIB para lo que queda de 2013. En conjunto, todo esto significa que la recesión puede estar por terminar en el cuarto trimestre de 2013, para iniciar una nueva fase de recuperación. Si las reformas pendientes se aprueben y se despeja la incertidumbre respecto a las nuevas reglas del juego, podríamos ver un nuevo dinamismo en la actividad económica para 2014.

El problema es que todavía enfrentamos muchos riesgos, en especial en un momento en que nos encontramos con una recuperación incipiente, frágil e incierta. En la última década, la gran mayoría de los riesgos han sido externos, en especial, enfocado en la economía de Estados Unidos. Sin embargo, ahora prevalecen además riesgos internos que fácilmente pudieran frenar la recuperación y posiblemente prolongar la recesión.

El riesgo más importante está en los impactos negativos de la reforma hacendaria, que disminuye el ingreso personal disponible de los hogares, resta poder adquisitivo a los consumidores, contiene aspectos adversos para las empresas y desalienta la inversión. Por lo pronto, hemos revisado el crecimiento para 2014 a la baja, de 4.2 por ciento antes de conocer las medidas fiscales, a 3.0 por ciento aun con la esperanza de que la recuperación en Estados Unidos tenga un efecto positivo sobre nuestras exportaciones.

 

 

Después de crecer 4.3 por ciento por tres años consecutivos (de 2010 a 2012), en lo que va 2013 la actividad económica se ha quedado inmóvil. El PIB de la primera mitad del año se ubica apenas 1.0 por ciento por encima del nivel que tenía en el mismo periodo del año anterior. Pero peor aún, si tomamos las cifras desestacionalizadas, encontramos que el PIB es prácticamente igual al que se observó en la segunda mitad de 2012 (0.02 por ciento mayor).

Ya se anticipaba que el segundo trimestre registraría una tasa negativa respecto al primero, pero lo que sorprendió a la mayoría fue la drástica revisión a la baja del primero. Originalmente, el INEGI había informado en mayo que los primeros tres meses del año crecieron 1.8 por ciento (anualizado) respecto al trimestre anterior. Sin embargo, en agosto cuando dio a conocer los datos del segundo trimestre, también presentó revisiones a todas sus series desde 1993 a la fecha (por motivo de cambio de base a 2008 de las cuentas nacionales). De esta revisión surgió que en vez de 1.8 por ciento, el crecimiento del primer trimestre del año solo fue 0.1 por ciento.

En pocas ocasiones se había visto tanta ansiedad previa a la divulgación de los datos de la actividad económica. Los más optimistas esperaban que el PIB pudiera crecer arriba de 3 por ciento en el año. Incluso, la SHCP todavía mantenía su expectativa de 3.1 por ciento. Los más pesimistas pensaban que el crecimiento no sería mucho mayor a 2 por ciento. Sin embargo, la noticia de que el segundo trimestre disminuyó 2.9 por ciento respecto al primero, combinado con la revisión a la baja del primero respecto al cuarto del año anterior, hizo ver al más pesimista como optimista.

Desde principios de año hemos visto una revisión sistemática a la baja de la expectativa de crecimiento del PIB para el año. A principios de año el consenso estaba en 3.5 por ciento, que si bien ahora parece exageradamente optimista, resultaba menor al crecimiento registrado en 2012. Las cifras de los últimos dos trimestres del año pasado ya señalaban cierta desaceleración y la pregunta del momento fue que sí la economía podría empezar a recuperarse desde principios de año o hasta el segundo trimestre. No obstante, el “secuestro” del gasto público en Estados Unidos impulso cierto debilitamiento en su economía y nuestras exportaciones no petroleras siguieron desacelerándose, por lo que con el paso de varios meses la mayoría de los analistas empezaron a revisar a la baja sus proyecciones.

Cuando se dieron a conocer las cifras del primer trimestre (a mediados de mayo), el consenso ya se ubicaba alrededor de 3.0 por ciento. A raíz de la debilidad de las cifras, la SHCP decidió revisar a la baja su proyección original de 3.5 por ciento a 3.1 por ciento, que implica una recuperación en los siguientes trimestres.  Sin embargo, los datos de abril fueron bastante débiles, sugiriendo que el segundo trimestre podría ser todavía peor que el primero, lo que llevó de nuevo a revisiones a la baja.  Para cuando se reportó la actividad industrial de junio ya era evidente que la tasa de crecimiento del segundo trimestre no solo sería menor al del primero, sino posiblemente negativa, lo que llevó a revisiones en el consenso para el año a 2.6 por ciento, pero ya con varios analistas argumentando que el crecimiento sería mucho más cerca de 2.0 por ciento. Finalmente, cuando INEGI reveló el crecimiento del segundo trimestre y la revisión a la baja del primero, no había otra alternativa que seguir revisando a la baja. Sin embargo, en esta ocasión las revisiones fueron mucho más agresivas. En el momento de escribir este artículo, todo parece ser que el consenso empieza a situarse alrededor de 1.5 por ciento, pero con algunos analistas pensando que pudiera ser todavía menos.

Dado que la tasa anual de la primera mitad del año fue 1.0 por ciento, cualquier expectativa para el año superior a 1.0 por ciento implica algo de recuperación en la segunda mitad del año. Por ejemplo, para cumplir con la proyección del gobierno de 1.8 por ciento, la economía tendría que crecer 2.6 por ciento (tasa anual) en la segunda mitad del año, mientras que el consenso de 1.5 por ciento del mercado implica crecimiento de 2.0 por ciento. Por lo mismo, la pregunta que ahora nos hacemos es si podremos ver una mejoría, aunque marginal, en la segunda mitad del año, o bien, tendremos que esperar a 2014.

Los tiempos para escribir sobre la coyuntura para una revista no son favorables, ya que los editores siempre piden el artículo con mucha anticipación. Esto significa que no tengo a mi disposición en este momento toda la información que estará disponible cuando ustedes los lectores empiecen a leer esto. Pero tengo el Indicador IMEF, las exportaciones de automóviles de la AMIA y las ventas de establecimientos comerciales de la ANTAD para julio; todos indican que no solo se mantiene la debilidad de los meses anteriores, sino que pudiera seguir el deterioro. Esto sugiere que no veremos la recuperación a partir del tercer trimestre, por lo que la pregunta que nos debemos formular es exactamente qué estamos viendo ahora: ¿atonía, estancamiento o recesión?

Atonía refleja todavía algo de crecimiento pero con debilidad, estancamiento sería más una detención o suspensión en el crecimiento mismo, mientras que recesión ya implica un periodo (mínimo de seis meses) en que la actividad económica disminuye.  No hay duda de que hemos observado cuatro trimestres de una debilidad creciente, caracterizada por una desaceleración de la tasa de crecimiento del PIB. Esto significa que por lo menos podemos caracterizar los últimos cuatro trimestres como un período de atonía.

Dado que el tamaño del PIB (a partir de cifras ajustadas por estacionalidad) del primer semestre del año es apenas 0.02 por ciento mayor al semestre anterior, definitivamente podemos decir que la economía está estancada en los últimos dos trimestres. Ahora, para calificar como recesión, necesitaríamos mínimo una tasa negativa en el PIB del tercer trimestre respecto al anterior. En otras palabras, hemos pasado de una etapa de expansión a una atonía, para posteriormente entrar en estancamiento y si la economía sigue en picada corremos el riesgo de entrar en recesión.

Hay varios factores internos que han contribuido al estancamiento, como el proceso de consolidación fiscal del gobierno, la crisis de la construcción y la incertidumbre en torno a las reformas estructurales. Difícilmente veremos un aumento en el gasto, ya que el gobierno deberá acoplarse al presupuesto aprobado y cumplir con los lineamientos de la Ley de Responsabilidad Fiscal. Dado que los nuevos lineamientos para los subsidios a la vivienda de interés social entrarán en vigor a partir de 2014, tampoco vemos mucha posibilidad de que la edificación podría revertirse antes.  Aun bajo un escenario optimista de que aprobarán las reformas necesarias en la siguiente sesión del Congreso, los primeros efectos se empezarán a sentir hasta el próximo año.

Esto significa que nuestra suerte se focaliza mucho más en lo que pasa en el exterior, en especial en Estados Unidos, en términos de nuestras exportaciones, que siempre ha sido nuestro motor principal de crecimiento. Aunque algunos vaticinan una mejoría en la economía de nuestro vecino en el corto plazo, no queda claro. Hasta ahora los sectores manufactureros de Estados Unidos que han tenido mejor desempeño han sido los que no están vinculados a nuestras exportaciones. Habrá que estar atentos.

Desde mediados del año pasado, la economía mexicana ha estado creciendo a un ritmo menor al 2 por ciento anual, muy por debajo de su potencial. La razón principal ha sido el menor dinamismo de las exportaciones no petroleras, que desde 1995 han sido el motor principal de crecimiento de la economía mexicana. Su falta de dinamismo se debe primordialmente al crecimiento débil de la economía de Estados Unidos, nuestro principal socio comercial.

Sin embargo, igualmente se han conjuntado una serie de otros factores que en el margen también han tenido un efecto inhibidor en el crecimiento de la actividad económica. Se ha visto una disminución en el gasto público asociado al cambio de sexenio, reflejada en un subejercicio del gasto programado. También se ha observado una crisis en el sector de la construcción ocasionado por el retiro temporal de los subsidios gubernamentales a la vivienda de interés social. Se ha experimentado un freno en la inversión fija bruta del sector privado ante la incertidumbre de las acciones del nuevo gobierno, las discusiones de reformas estructurales y el débil entorno económico. Se percibe una mengua en la confianza del consumidor que parece estar detrás del menor gasto de los hogares. Finalmente, el ingreso al país por remesas familiares en los últimos años ha mostrado mucha debilidad, en especial al comparar con los niveles alcanzados antes de la recesión de 2008-2009.

Después de un periodo de gran crecimiento (2000 a 2006), cuando se multiplicaron por cuatro, en los últimos seis años las entradas de remesas familiares se han estancado. Primero, dejaron de crecer hacia fines de 2006 hasta 2007 y posteriormente a disminuir a partir de 2008. El flujo anual (acumulado en 12 meses) llegó a su máximo en diciembre 2007 al registrar 26.1 mil millones de dólares, para después disminuir 20.8 por ciento y llegar a un mínimo de 20.6 mil millones en marzo de 2010. En muy buena medida se explica esta caída mediante la recesión de Estados Unidos y el impacto que tuvo sobre el empleo de inmigrantes mexicanos en esos años.

No obstante que empezó la recuperación de la economía a partir de 2010, las remesas han permanecido estancadas. Al inicio se observó una recuperación muy frágil, al crecer 13.7% en 27 meses y llegar a 23.5 mil millones en junio de 2012. Sin embargo, en los últimos once meses hemos vuelto a experimentar una tendencia negativa al caer 8.7 por ciento y registrar 21.4 mil millones en mayo de 2013. A la fecha, las remesas reflejan un nivel de 17.7 por ciento por debajo del pico de diciembre 2007.

Llama la atención el hecho de que coinciden las fechas con la desaceleración acentuada de la actividad económica mexicana. Queda claro que las remesas familiares son un complemento muy importante a los ingresos de muchos hogares y su debilitamiento se refleja en el consumo de las familias. De alguna manera u otra, es relativamente fácil explicar el comportamiento de las remesas en los últimos años. No solamente se experimentó una de las recesiones más profundas en Estados Unidos en estos años, con un impacto significativo en el empleo, sino también coincidió el momento con un incremento importante en las barreras contra la inmigración ilegal. Después de un periodo prolongado de crecimiento en el número de mexicanos inmigrantes en Estados Unidos entre 1980 y 2005, se observó un freno significativo en la segunda mitad de la década pasada, que no ha vuelto a recuperarse en los últimos años. De 1991 al 2006 hubo un flujo promedio de mexicanos a Estados Unidos de casi 500 mil por año, sin embargo, a partir de 2007 el flujo anual representa apenas 5 por ciento del periodo anterior.

Hasta aquí, el comportamiento de las remesas familiares de Estados Unidos a México parece justificado ante el entorno de los últimos años y algo que ayuda a explicar (en el margen) el estancamiento de la actividad económica mexicana. Sin embargo, un estudio realizado por Jesús Cervantes del CEMLA, señala que mientras ha disminuido la inmigración de mexicanos a Estados Unidos y las remesas familiares enviados a México, no es el mismo caso para otros países. En años anteriores a 2007 no había mucha diferencia entre el flujo relativo de inmigrantes mexicanos comparado con los no mexicanos. Sin embargo, de 2007 a 2011, la inmigración neta mexicana registra un flujo negativo de 16,400 personas, mientras que el no mexicano fue positivo de 596 mil personas. De hecho, las estadísticas de la American Community Survey y la Current Population Survey de Estados Unidos, señalan que el flujo migratorio neto de los países centroamericanos ha aumentado a dicho país. El problema central es que las explicaciones vertidas para el caso de México, como la persistencia de una elevada tasa de desempleo y el fortalecimiento del control fronterizo en Estados Unidos, son factores que deberían afectar por igual a todos. ¿Cómo entonces explicamos la disminución de remesas hacia México ante la persistencia hacia otros países?

De entrada, hay varios factores que distinguen a la población mexicana inmigrante a los demás. Las estadísticas señalan que existe una presencia mucho más grande de mexicanos en los sectores de la economía estadounidense donde las oportunidades de empleo se han visto mucho más afectadas por la recesión, como la construcción y la manufactura. También se observa que el desempleo ha sido mucho más elevado en los trabajos con bajos niveles de escolaridad, mientras que el segmento de la población inmigrante mexicano tiene el nivel más bajo comparado con cualquier otra región de origen.

La falta de empleo en los sectores relevantes para los mexicanos produjo un cambio estructural en la emigración de la población de nuestro país, mediante el cual el factor más afectado ha sido el de género. La inmigración neta de mexicanos a Estados Unidos en los cinco años anteriores fue de 16 mil personas, pero hubo una disminución de 436 mil hombres y un incremento de 420 mil mujeres. Mientras que casi el 50 por ciento de los mexicanos trabajan en agricultura, construcción y manufactura, las mexicanas se concentran en servicios de salud, educación, alimentos, recreación y comercio. Por lo mismo, se ha visto una disminución neta en el empleo de los mexicanos (ya que trabajan en los sectores más afectados) mientras que se ha observado un incremento en el empleo de las mexicanas (que laboran en sectores más benévolas para las oportunidades de empleo).

El cambio tan drástico en el flujo migratorio mexicano hacia Estados Unidos ha provocado cambios sustanciales en las proyecciones de población en ambos países. En el caso de México, el INEGI encontró una sobreestimación de alrededor de cuatro millones de personas al levantar el censo en 2010 respecto a la proyecciones realizadas por el CONAPO, por lo que el CONAPO tuvo que rehacer sus proyecciones hacia 2050.  En Estados Unidos, la Oficina de Censos redujo por casi 600 mil personas al año su estimación del flujo de inmigración neta, reflejado directamente en sus proyecciones de población. Claramente, estos cambios se reflejarán en los ingresos por remesas familiares en los siguientes años.

El titulo original de este artículo era “está mal la confianza del INEGI”.  No dice que está mal la confianza en el INEGI, que sería otra cosa.  Me refiero a específicamente al índice de confianza del consumidor que calcula mensualmente el INEGI mediante su Encuesta Nacional sobre Confianza del Consumidor (ENCO).  De entrada, es importante saber que la ENCO está bien diseñada y se levanta cada mes en tiempo y forma.  Incluso, abarca más preguntas de los que divulga el INEGI, algunas de sumo interés y valor analítico.  El problema específico tiene que ver con la manera de calcular el indicador de difusión, que es el índice de confianza al consumidor.

Los indicadores de difusión se construyen mediante una encuesta que contiene preguntas cualitativas y cuyas respuestas son también de naturaleza cualitativa.  Se convierte en un índice, es decir, se cuantifica al sacar un promedio ponderado de las respuestas.  Típicamente, el índice va de cero a 100 (aunque se puede construir con rangos distintos), de tal forma que si el 100% de las respuestas son las más optimistas tomaría un valor de 100, y si el 100% de las respuestas son las más pesimistas registraría cero.  Dado que es similar a un promedio ponderado, el valor mediano (50) es un umbral entre el balance de respuestas optimistas y pesimistas.  Usualmente se incorporan cinco preguntas, de las cuales se obtienen cinco índices (referido como subíndices).  Finalmente, se saca un promedio (simple o ponderado) de los cinco subíndices para obtener el índice total o final.  Si analizan el índice de confianza del productor que publica el INEGI, encontrarán que así tal cual es como se presenta.

El problema proviene del hecho que en el caso de la confianza del consumidor, se iguala cada subíndice a 100 en el mes de enero de 2003, antes de sacar el promedio final del índice.  En principio, se puede dividir una serie de tiempo (un vector) por una constante sin perder las propiedades de la serie.  Esto significa que las tasas de crecimiento de un mes respecto de cualquier otro mes serán iguales partiendo de la serie original que si partimos de la serie dividido por la constante.  Lo único que se obtiene al incorporar una base igual a 100 es que desaparece la referencia al rango de cero a 100, es decir, ya no se puede saber dónde se ubica dentro del rango el número de cualquier mes.

¿Por qué hace esto el INEGI?  En principio, el índice de confianza del consumidor siempre se ha ubicado en la zona pesimista, es decir, por debajo del umbral de 50.  Esto significa que el consumidor promedio siempre es pesimista, aunque a veces menos y a veces más.  Analíticamente, esto realmente no importa ya que no es necesario ubicarse en la zona de optimismo para que el consumidor aumente sus compras.  Más bien, se podría realizar estudios econométricos para determinar los rangos en que el consumidor se retrae o expande sus compras.  Pero el problema de aplicar la base y quitar la referencia del rango trae varios problemas y al final resulta en un error matemático que puede distorsionar la información que prevé el indicador.

El primer problema que surge es de interpretación y posible confusión.  Vamos a ilustrar con una encuesta de preferencias electorales entre AMLO y EPN que se hubiera levantado entre enero 2011 y junio 2012.  La encuesta señalaría una ventaja significativa para EPN desde el comienzo y una tendencia a través del tiempo de que la diferencia se acortaría, aunque al final EPN mantendría la ventaja.  La interpretación analítica es muy simple: EPN tenía una ventaja muy grande, que se fue acortando con el tiempo, pero al final terminó ganando.  Ahora dividimos las respuestas de cada mes por una constante de tal forma que las preferencias de cada candidato fueran iguales a 100 en enero 2011.  En principio, no sabríamos quién tiene la ventaja en un momento dado, sino sólo como cambian a través del tiempo.  Una gráfica mostraría preferencias iguales a 100 en enero 2011 y después un incremento continuo para AMLO y una disminución para EPN.  Sería sumamente fácil mal interpretar la gráfica y pensar que AMLO ganaría.

El problema se complica aún más cuando queremos comparar los resultados de un subíndice con otro, ya que al igualarlos a 100 no son comparables.  Tampoco podemos comparar los subíndices (y menos el índice total) de la confianza del consumidor con el productor (a pesar de que son preguntas prácticamente iguales).  En otras palabras, no pueden poner juntos en una gráfica con fines comparativos los distintos subíndices e índices, ya que generaría confusión y una mala interpretación de los resultados.

El problema final es matemático.  Se puede dividir un índice entre una constante sin cambiar sus propiedades, pero si dividimos los componentes (subíndices) entre constantes y después sacamos el promedio, cambia el índice total.  En otras palabras:

                 P1/X1 + P2/X2 no es igual a (P1+P2)/(X1+X2)

En el caso específico del índice de confianza del consumidor, los cambios mes a mes que presenta el INEGI con subíndices igualados a 100 son diferentes a si el índice se presentara en su forma original (como el del productor).  Por ejemplo, el INEGI reportó una disminución de 0.07 puntos porcentuales en el índice de marzo respecto de febrero.  Sin embargo, en la versión original no hubo una disminución sino un aumento de 0.62 puntos porcentuales.

Si comparamos la versión manipulada del INEGI versus el cálculo original desde abril de 2001 (cuando empezó) a la fecha (144 observaciones), encontramos diferencias de signo en 13 ocasiones.  Lo irónico es que 10 fueron ocasiones en que el INEGI reportó una disminución en la confianza en vez de un aumento, mientras que sólo 3 fueron al revés.  Pero los errores no se limitan a signos equivocados, ya que el error de subestimación ya llegado a ser 2.3 puntos porcentuales en un momento dado; en enero 2003 el INEGI reportó una disminución de 7.03 puntos porcentuales respecto del mes anterior, cuando en la versión original el cambio sólo fue de -4.73.  En enero de 2012 el INEGI nos dijo que la confianza del consumidor había aumentado 5.02 puntos porcentuales (entre los aumentos más pronunciados en su historia), cuando en realidad el incremento fue tan sólo de 3.0 puntos porcentuales.

El INEGI debería eliminar la referencia de base 100 en sus cinco subíndices de la confianza del consumidor y calcular éste en la misma forma que el del productor.  Ganaríamos con mayor interpretación analítica, menos posibilidad de mal interpretar los resultados e información más precisa mes con mes.  La referencia de base 100 quita todo lo anterior sin agregar absolutamente nada.  No sólo mejoraría la confianza del INEGI, sino también aumentaría la confianza en el INEGI.

El INEGI anunció hace algunos meses la actualización de los ponderadores del Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) que se llevará a cabo a partir de la primera quincena de abril de este año.  A diferencia de actualizaciones anteriores, en esta ocasión no se instrumentará un cambio de base, por lo que se mantendrá el mismo número de genéricos en 283 y la referencia de 100 para la segunda quincena de diciembre de 2010.  Desde que el Banco de México empezó a calcular el índice en 1968, se han actualizado los ponderadores seis veces, aunque esta es la primera vez que se hace sin cambio de base.

El esfuerzo de actualización es necesario, ya que la canasta de bienes del INPC debe reflejar el patrón de gasto promedio de los hogares mexicanos.  Con el tiempo, cambian los gustos, avanza la tecnología y desaparecen bienes y servicios.  Por ejemplo, hace 20 años prácticamente no existía el servicio de telefonía móvil, mientras que ahora representa el genérico de mayor aumento en su ponderación en la ENIGH de 2010 respecto al de 2008 y se ubica en el octavo lugar de los genéricos de mayor ponderación en el índice.

Arrancó el índice con base 1968 con 172 genéricos en siete ciudades mediante 15 mil cotizaciones, utilizando ponderaciones de la Encuesta de Ingresos y Gastos de la Familia (EIGF) de 1963.  Diez años más tarde se cambió de base a 1978, se expandió a 16 ciudades por lo que las cotizaciones mensuales aumentaron a 30 mil, pero se mantuvieron las ponderaciones de la EIGF de 1963.  Poco tiempo después se cambió de base a 1980, se actualizaron las ponderaciones utilizando la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) de 1977 y se extendió la cobertura a 35 ciudades.  Esta actualización aumentó en número de genéricos a 302 y las cotizaciones a 140 mil.

Catorce años más tarde se cambió a base 1994, se actualizaron las ponderaciones mediante la ENIGH de 1989, se extendió la cobertura a 46 ciudades y aumentaron los genéricos a 313, por lo que las cotizaciones mensuales llegaron a 170 mil.  Ocho años más tarde, se cambió de base por primera vez a una quincena, la segunda de junio de 2002, en vez del promedio de los índices de un año.  Se incorporaron nuevas ponderaciones de la ENIGH 2000, se aumentaron los conceptos genéricos a 315 y las cotizaciones mensuales llegaron a 230 mil.  Finalmente, unos meses antes de que el INEGI asumiera la responsabilidad del índice, se cambió de base a la segunda quincena de diciembre de 2010 y se incorporaron nuevas ponderaciones de la ENIGH 2008.  En esta ocasión, por primera vez hubo una disminución en el número de genéricos a 283 aunque aumentaron las cotizaciones a 235 mil.

En estas cinco actualizaciones, siempre hubo un aumento en el número de cotizaciones y cambios ya sea en el número de genéricos y/o la cobertura de ciudades.  También siempre hubo un periodo entre 8 a 14 años entre cada actualización.  En esta ocasión, no sólo no hay cambio de base, sino tampoco en el número de genéricos, cobertura de ciudades o cotizaciones mensuales.  La espera para la actualización de ponderadores fue tan sólo dos años.  Ahora, únicamente se incorporan nuevas ponderaciones que resultan de la ENIGH 2010 y se aprovecha la oportunidad para incorporar algunos cambios metodológicos en la manera de medir algunos precios.

Por ejemplo, se observa una disminución en el ponderador de electricidad, de 3.56% del ENIGH 2008 a 2.81% del ENIGH 2010, como resultado de una mejora en la forma de medición.  Dado que el pago de luz es bimestral, había una alta incidencia de respuestas equivocadas al indagar cuánto era el pago mensual.  En la ENIGH 2010 el gasto de energía eléctrica se calcula contra el recibo que presenta el encuestado, por lo que la información recopilada es más veraz.  De forma similar, se incorporaron mejorías en la medición de vivienda propia, automóviles, trámites vehiculares, Internet, televisión de paga y restaurantes.

También es usual realizar correcciones en las ponderaciones que reporta la ENIGH en los casos en que la información recabada no es consistente con el consumo aparente.  Tal es el caso de los vinos y licores, que la ENIGH 2010 reporta que representa tan sólo 0.06% del gasto de los hogares.  De ser así, no entraría en el INPC, ya que cada genérico necesita representar por lo menos 0.1% del gasto.  Mediante el uso de otras encuestas (como la de Adicciones) y otras fuentes, que señalan un mayor consumo, se corrigió la ponderación a 0.39% para el INPC.  Existe un trato similar en el caso de la cerveza y los cigarros, que la ENIGH 2010 reporta como 0.18% del gasto de los hogares y el ponderador se corrigió a 1.55%.

Al final de cuentas, los genéricos que más aumentaron su ponderación con esta actualización fueron el servicio de telefonía móvil, restaurantes y similares, renta de vivienda, servicio doméstico, servicio de televisión de paga, lociones y perfumes, trámites vehiculares, cine, televisiones y centro nocturnos.  Los genéricos que más disminuyeron fueron automóviles, electricidad, loncherías y taquerías, consulta médica, servicio telefónico local fijo, operación quirúrgica, hospitalización general, vivienda propia, autobús urbano y colectivo.  Los quince genéricos de mayor ponderación redujeron su peso de 48.82% en 2008 a 47.89% en 2010.  Por subíndice analítico, aumentaron las ponderaciones de los servicios, mientras que disminuyeron los de mercancías y los genéricos del No Subyacente.

Si analizamos el comportamiento de la inflación en los últimos años, encontramos que los precios que más han subido han sido los no subyacentes y después las mercancías, mientras que los que menos han subido son los servicios.  Dado que aumentan las ponderaciones de los precios que menos han subido y disminuyen los que más han incrementado, es lógico pensar que el resultado final será una tasa de inflación menor.  En un ejercicio simple, si aplicamos las nuevas ponderaciones al INPC a partir de enero de 2012, resulta que la inflación de ese año hubiera sido 3.51% en vez del 3.57% reportado.  Para el ejercicio completo se necesita las ponderaciones nuevas de los 283 genéricos, que todavía (a la fecha de escribir este artículo) no se había divulgado al público.  No obstante, se estima que el impacto podría ser ligeramente mayor, pero sin sobrepasar un punto decimal.

Las actualizaciones de ponderadores y metodologías para el cálculo de indicadores económicos es una práctica necesaria y común.  Por ejemplo, el INEGI actualizará el sistema de cuentas nacionales en agosto de este año, lo que implica un cambio de base a 2008 del actual de 2003.  Se incorporará el SCIAN 2007 en vez de la versión 2002 y habrá mejorías en la medición.  Esto implica necesariamente una corrección al alza en el crecimiento económico, con la diferencia en que el INPC no puede corregirse datos ya reportados (por ley), mientras que el PIB incorporará cambios a los años anteriores.

El INEGI acaba de informar que el crecimiento del PIB del cuarto trimestre de 2012 creció 3.18% respecto al mismo trimestre del año anterior y 0.77% respecto al tercer trimestre del mismo año.  Para comparar con la tasa de Estados Unidos de -0.1% para el mismo periodo, se tiene que anualizar la tasa de 0.77% (en términos SAAR, que en inglés significa Seasonally Adjusted Annualized Rate), lo que arroja una tasa de 3.12%.  En principio esta es muy buena noticia dada la elevada correlación que tiene la economía mexicana con la estadounidense.

La actividad económica en el cuarto trimestre logró crecer prácticamente lo doble del tercer trimestre (1.54% términos SAAR), a pesar de que el IGAE en diciembre disminuyó 11.31%.  Esto fue porque en noviembre se observó un aumento de 16.56% (anualizada).  La posible explicación de primero un crecimiento desmedido en noviembre y después la caída abrupta en diciembre se debe a que el “buen fin” anticipó ventas y producción por un mes, fenómeno que no pudo captar la desestacionalización de la serie por ser un fenómeno relativamente nuevo.  Cuando observamos este tipo de comportamiento, lo que se aconseja hacer es analizar la actividad económica de los dos meses en forma conjunta.  Dado que noviembre aumentó mucho más que lo que disminuyó diciembre, en conjunto hubo buen desempeño.  Resulta que el conjunto de noviembre/diciembre aumentó 0.78% respecto a octubre (que anualizado equivale a 9.38%); esto fue lo que hizo que el trimestre en su conjunto tuvo un desempeño favorable.  Al final de cuentas, resulta positivo el hecho de que el cuarto trimestre creció más que el anterior, ya que se había observado una desaceleración en los trimestres anteriores.  Después de que el primer trimestre avanzó 5.31%, el segundo creció 3.07% y el tercero aumentó 1.54%, el último repunta con una tasa de 3.12%.

Sin embargo, los datos del cuarto trimestre no es lo único interesante del reporte del INEGI.  Dado que es el último trimestre del año, ya tenemos el comportamiento de todo 2012.  De entrada, resulta que el crecimiento económico del año pasado fue 3.92%, marginalmente superior al de 2011 de 3.89%.  De esta forma, resulta que 2012 fue el segundo mejor año de crecimiento del PIB del sexenio de Felipe Calderón, por debajo sólo del 5.28% de 2010, que tuvo la influencia positiva del efecto rebote después de la crisis de 2009.  A pesar de la famosa desaceleración en Estados Unidos, 2012 resultó ser relativamente buen año.

Ahora que tenemos el dato de 2012, podemos obtener el promedio de crecimiento para todo el sexenio de Calderón, que fue 1.93%.  No sólo resulta ser menor al promedio de Vicente Fox de 2.15%, sino que con este resultado ligamos el tercer sexenio al hilo con una tasa menor al anterior.  Después de que Carlos Salinas obtuvo un crecimiento promedio de 3.96%, Ernesto Zedillo logró crecer 3.50%, Fox 2.15% y Calderón 1.93%.  En conjunto, los doce años del PAN arrojaron un promedio de 2.04% anual, que se compara desfavorablemente con los doce anteriores del PRI de 3.73%.

Al analizar estos datos es importante tomar en cuenta que ha actualizaciones periódicas de trimestres y años anteriores.  Por ejemplo, cuando se reportó el PIB de 2009 por primer vez se anunció una caída de -6.54%.  Posteriormente, se revisó cuatro veces, a -6.08%, -6.12%, -6.24% y finalmente a -5.95%, respectivamente.  En esta ocasión, revisaron el crecimiento de 5.53% en 2010 a 5.28%, y la tasa de 3.91% de 2011 a 3.91%.  Esto quiere decir que es muy probable que los números que manejamos ahora sean ligeramente diferentes en los próximos años.

Algunas personas dicen que no es justo la comparación del sexenio de Calderón con las anteriores, ya que sufrió la gran recesión de 2008-2009 con repercusiones mundiales no visto desde la gran depresión de los años treinta.  Lo primero que habría que subrayar es que independientemente de las razones, causas, justificaciones o problemas que se presentaron en cada sexenio, los números son los números.

Cada presidente sufrió una recesión en su sexenio desde Echeverría a la fecha; anteriormente eran recesiones provocadas por decisiones equivocadas de política económica, mientras que las últimas dos fueron fortuitas, ya que provinieron del exterior.  A Ernesto Zedillo le tocó la recesión más profunda que ha sufrido el país, mientras que a Fox le tocó la más prolongada.  Aunque Calderón tuvo que lidiar con la gran recesión de 2008-2009, su impacto en México no provocó la recesión más profunda ni más larga.

Si excluimos de cada sexenio el año de menor crecimiento, Zedillo es el que mejor sale librado, ya que su promedio de 3.50% sube a 5.45%.  Salinas aumenta a 4.37% de 3.96%, mientras que Calderón mejora a 3.51% de 1.93% al considerar su sexenio completo.  El que menos mejora es Fox, que aumenta a 2.77% de 2.15%, que se explica por el hecho de que la recesión de su sexenio se prolongó por tres años.  Aun así, los diez años del PAN tuvieron una tasa de crecimiento de 3.14%, muy por debajo de los doce anteriores del PRI de 4.91%.

¿Deberíamos esperar que la tendencia a la baja se mantenga en el sexenio que está comenzando?  En principio, no.  El consenso de la tasa de crecimiento para 2013 es 3.6%, que podrá verse revisado al alza si la economía de Estados Unidos mantiene la mejoría que ha mostrado en los últimos meses.  El consenso para todo el sexenio gira en torno a una tasa de 4%, pero no toma en cuenta el impacto que pudiera tener en el mediano plazo las reformas que se han aprobado y las que pudieran aprobarse en el sexenio.  En un escenario optimista en el cual la mayoría de las reformas se aprueban y la economía mundial se recupera, podemos esperar una tasa de crecimiento promedio incluso superior a 5%.  En cambio, los factores que pudieran perjudicar las posibilidades de crecimiento serían una nueva recesión provocado por múltiple factores externos, crecimiento mundial mediocre y problemas políticos internos que impiden la aprobación de las reformas.

Por lo pronto, las perspectivas del sexenio se perfilan de forma positiva, por lo que podemos anticipar la mejor tasa promedio sexenal de crecimiento desde el periodo de López Portillo de 6.55% de 1977 a 1982.  Sin embargo, aquel crecimiento espectacular provino de políticas populistas desequilibradoras, cuyo desenlace fue una crisis de deuda externa y una década sin crecimiento.  En esta ocasión tenemos la oportunidad de obtener mayor crecimiento  mientras que mantengamos los equilibrios macroeconómicos esenciales.  De ser así será posible mantener la senda de crecimiento sostenido por muchos años más.  ¿Será?

 

Una gran mayoría de personas opinan que México necesita una profunda reforma fiscal, que eleve los ingresos y mejora la eficiencia del gasto, al mismo tiempo que simplifique el pago de impuestos y elimine los regímenes especiales.  Sin embargo, existe una amplia diversidad de opiniones sobre cuáles deberían ser los contenidos exactos.  Algunos piensan que se debería eliminar las exenciones a los alimentos y medicinas, mientras que otros dicen que son intocables. Unos opinan que habría que hacer mayor uso de los impuestos indirectos, al mismo tiempo que otros dicen que la vía indicada es mediante los impuestos al ingreso.

Independientemente del contenido, existe el consenso de que el gobierno debe adoptar una actitud de responsabilidad fiscal, que para la mayoría significa un presupuesto balanceado.  Si se mantiene como regla en periodos de expansión, existe la posibilidad de llevar a cabo una política fiscal contracíclico en tiempos de recesión. Los problemas que acogen a Grecia y otros países europeos ahora, resalta la importancia de la prudencia fiscal y la relación tan estrecha que tiene con el acceso a recursos financieros del exterior y a la calificación de riesgo-país.

En principio, México tiene una Ley de Responsabilidad Fiscal que obliga al gobierno federal a mantener un déficit igual a cero.  En 2006 se aprobó la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria con el fin de obligar al Ejecutivo Federal a presentar presupuestos equilibrados.  Sin embargo, el problema fundamental es que la definición de balance fiscal que utiliza la Ley (y el gobierno) es incompleta y hasta engañosa, a tal grado que se puede tener un déficit relativamente elevado y aún estar dentro del margen de esta Ley.

En principio, el balance fiscal es la diferencia entre los ingresos y gastos del sector público.  Se le denomina déficit cuando los ingresos no logran cubrir la totalidad del gasto y, por lo tanto, se necesita financiamiento.  Cuando los ingresos son mayores a los gastos se dice que existe un superávit fiscal.  El problema con el concepto es que hay múltiples definiciones de él, dependiendo qué incluya y qué se excluya.  En México, existe el balance fiscal del gobierno federal, el presupuestario del sector público, el presupuestario indirecto (o fuera de control presupuestal directo), el económico, el financiero, el tradicional y el de los requerimientos financieros, más el primario, el operacional, el petrolero y el no petrolero sin ingresos no recurrentes.  ¿Por qué tantas definiciones?

El más acotado es el del gobierno federal, que abarca los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, más los órganos autónomos (que por lo pronto son el IFE, la CNDH y el INEGI.  Los organismos y empresas bajo control presupuestal (Pemex, CFE, IMSS e ISSSTE) contemplan sus ingresos propios más las aportaciones de seguridad social.  La diferencia entre sus ingresos propios y sus gastos se le llama balance financiero de organismos y empresas bajo control presupuestal.  La suma de éste más el del gobierno federal es el balance presupuestario.

Pero también existen organismos y empresas de control presupuestario indirecto, tanto financieros (banca de desarrollo) como no financieros, que tienen sus ingresos y gastos propios, por lo que básicamente se consideran las transferencias y apoyos que reciben del gobierno federal.  Se le designa el balance financiero de entidades bajo control presupuestario indirecto y al sumar éste con el presupuestario se obtiene el balance económico del sector público, también conocido como el balance tradicional y es el que originalmente contemplaba la Ley de Responsabilidad Fiscal.

Antes de 1993 existía un concepto adicional llamado intermediación financiera, el cual consistía básicamente en los requerimientos financieros de la banca de desarrollo y fondos de fomento por pérdidas esperadas, que se sumaba al balance económico para obtener el balance financiero del sector público.  En sí, representaba un déficit que, aun cuando estaba respaldado por apoyos de organismos internacionales, significaba una contingencia del gobierno federal.  En su momento, la SHCP argumentó que no debería formar parte del balance fiscal y lo dejó de incluir.  La decisión fue muy controversial, ya que en 1994 el gobierno reportó un presupuesto balanceado, a pesar de un aumento significativo en la intermediación financiera.  Algunos analistas argumentaron que su incremento inusitado contribuyó a la crisis que se desató a fin de año y que era una deuda que se trató de ocultar.

A partir de entonces, el balance económico se convirtió en la referencia principal de la posición fiscal del sector público y el indicador más utilizado para evaluar las consecuencias de la política fiscal sobre la sostenibilidad de la deuda pública, la demanda agregada y la balanza comercial.  Sin embargo, este indicador es, por mucho, insuficiente para evaluar la postura fiscal, ya que en realidad no refleja las necesidades totales de recursos financieros del sector público asociadas a la política fiscal.

De entrada, en 2008 se introdujo un cambio significativo en la Ley para acomodar la reforma energética, mediante el cual la inversión de Pemex y sus organismos subsidiarios no se contabiliza para efectos del equilibrio.  Esto dio pie a un incremento significativo en el balance económico a partir del 2009 (de alrededor de 2%), por lo que hubo la necesidad de introducir un nuevo balance llamado “económico sin la inversión de Pemex” para seguir cumpliendo la ley.

Pero peor aún, por diversos ordenamientos jurídicos, cobertura institucional y prácticas presupuestales particulares, existe una gran cantidad de obligaciones extrapresupuestales que no están incluidas en el balance económico.  En el pasado, los analistas tenían que armar un estimado de estas obligaciones y adicionarlo al balance económico.  Por fortuna, el gobierno reconoció esta falla y, con el fin de mejorar la transparencia en las cuentas fiscales, a partir de 2001 se publica los requerimientos y adecuaciones no consideradas por el presupuesto para obtener los requerimientos financieros del sector público (RFSP).

¿Cuáles son los requerimientos y adecuaciones extrapresupuestales? Es la suma de los requerimientos financieros de la banca de desarrollo y los fondos de fomento (antes intermediación financiera), el Instituto para la Protección del Ahorro Bancario (IPAB), los proyectos de infraestructura productiva de largo plazo (antes PIDIREGAS), el fideicomiso Fondo Nacional de Infraestructura (FONADIN), los programas de apoyo a deudores, así como las adecuaciones a los registros presupuestarios que se derivan de transacciones virtuales o compensadas, como ingresos por recompra de deuda y reservas actuariales del IMSS y del ISSSTE.

Como se puede apreciar, partiendo del balance del gobierno federal, se pasan por cinco más hasta llegar a los RFSP, que es el indicador más amplio de los balances públicos y el mejor para medir de forma adecuada la posición fiscal del sector público. En un momento dado, la diferencia entre el balance económico sin la inversión de Pemex (que debe ser cero según la ley) y los RFSP ha llegado a presentar hasta más de 4 puntos porcentuales del PIB.  Tener un déficit de 4% del PIB y decir que tenemos un presupuesto balanceado, no sólo es un concepto equivocado sino también un autoengaño peligroso.

Ante lo aquí comentado, antes de embarcarnos en una reforma fiscal deberíamos reformar la Ley de Responsabilidad Fiscal para que se utilizara la definición más amplia (RFSP) como el parámetro de referencia y a partir de allí establecer la verdadera prudencia fiscal.