Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
Header

El INEGI reportó ayer (martes) las cifras de la actividad industrial de abril, los primeros datos duros para ir armando el rompecabezas de la actividad económica del segundo trimestre del año. No se anticipaban buenas noticias, pero fueron francamente desalentadoras. La producción total (desestacionalizada) disminuyó 1.67% respecto al mes anterior. Si anualizamos esta tasa para saber cuándo sería la disminución en un año si el comportamiento fuera igual en un periodo de 12 meses, resulta en un desplome de 18.3%. Sorprendió totalmente al mercado, ya que el consenso de los analistas era de una tasa positiva de 0.5%.

Como era de esperarse, vimos el otro lado de la moneda de los efectos de calendario que afectaron negativamente a marzo, es decir, ahora hubo más días laborales en abril comparado con el año pasado, por lo que se anticipaba una tasa anual relativamente elevada. Aunque la expectativa del mercado era de 5.7%, INEGI reportó un avance de 3.3%. Al ajustar las cifras sólo por las diferencias de calendario, la tasa anual presentó una disminución de 2.2%, una diferencia apreciable.

La actividad industrial representa alrededor de 33% del PIB, mientras que las actividades terciarias (comercio y servicios) cuentan cerca de 65%. Todavía no tenemos cifras del INEGI para abril, pero el ANTAD ya nos adelantó que fue uno de los peores meses de los últimos 10 años para las ventas en establecimientos comerciales. Se anticipan malas cifras para mayo y una tendencia a la baja de 10 meses. Esto significa que enfrentamos un estancamiento difícil, cuya inercia tenemos que superar pronto.

Vimos una tasa anual raquítica del PIB en el primer trimestre (0.8%), que en principio debería quedar compensada con una mayor en el segundo trimestre. De hecho, una forma de analizar esta tasa es juntar los dos trimestres ya que así quedan neutralizados los efectos de calendario. Para este trimestre, prácticamente toda la compensación se reflejará en abril, ya que tiene el efecto de la Semana Santa, mientras que los dos siguientes meses no tienen por qué reflejar gran diferencia. Esto significa que ya debemos anticipar una tasa anual del trimestre relativamente baja. De entrada podemos aplicar el ejercicio a los dos meses de marzo y abril, que crecieron -4.8% y 3.3% respectivamente, para obtener un promedio de -0.75%.

Hay que tomar en cuenta que se puede aproximar la tasa de crecimiento del año a partir del promedio de las tasas anuales de los cuatro trimestres. Con la información que contamos, podemos esperar una tasa alrededor de 2.5% (siendo relativamente optimista) para el segundo trimestre, lo que da un promedio de 1.6% para la primera mitad del año. Para alcanzar la tasa de 3.1% que espera SHCP, tendremos que crecer 4.6% en la segunda mitad del año. En principio no suena imposible si anticipamos mayor dinamismo de la economía de Estados Unidos, reactivación del gasto público y expectativas renovadas por la aprobación de más reformas. Pero el problema es que para alcanzar este ritmo en la segunda mitad del año, tendríamos que observar crecimientos muy elevados en las tasas trimestrales (desestacionalizadas), similares a los que tuvimos mediante un efecto rebote en 2010.  Posible pero improbable.

Independientemente del número, ¿qué tendría que pasar en la segunda mitad del año para realmente impulsar la economía? Lo primero y más importante sería la reactivación de las exportaciones no petroleras, tradicionalmente nuestro principal motor de crecimiento. El problema aquí es que aunque viéramos mayor dinamismo en Estados Unidos, no podemos esperar un retorno a tasas de dos dígitos en nuestras exportaciones como las que observamos en los tres años anteriores. El empuje significativo que tuvimos en el sector automotriz fue resultado de cambios estructurales y geográficos en la producción, fenómeno que ya se agotó y que difícilmente se podrá repetir. Posiblemente podemos observar tasas cercanas al 8% (anual), que no serán suficientes para generar un crecimiento mayor a 4% en el PIB.

Lo segundo es la reactivación del gasto público, que experimentó retrocesos en los primeros cuatro meses del año. Pensemos que lo que no se gastó en estos meses se puede utilizar en la segunda mitad del año. Aunque en el margen ayudará, dudo que sea suficiente para “jalar” al resto de la economía. El gasto público no es muy eficiente y no está cargado hacia la inversión. Existen proyectos interesantes para apoyar a los PyMES y para impulsar el crédito bancario, pero su alcance no es de corto plazo.

¿Qué queda?

Luz Roja

Junio 4th, 2013 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Ya hemos comentado en varias ocasiones que la actividad económica está en una fase de desaceleración peligrosa que empezó a mediados del año pasado. Después de dos años con crecimiento cerca al 4%, hemos experimentado tres trimestres consecutivos creciendo a la mitad. En el primer trimestre de este año vimos un desempeño muy pobre de las exportaciones no petroleras (tradicionalmente nuestro principal motor de crecimiento), una reducción significativa en el gasto público y un estancamiento en la construcción. Al conocer las cifras del PIB de los primeros tres meses, tanto el gobierno como los analistas tuvieron que revisar a la baja sus expectativas de crecimiento para el año. De una proyección inicial de 3.5%, ahora el consenso parece concentrarse alrededor de 3.0%.

Es muy temprano para saber con certeza cuál será el comportamiento del segundo trimestre, pues no solo falta casi un mes entero para concluir el periodo, sino que ni siquiera tenemos datos muy concretos del primero. Por ejemplo, la producción industrial de abril se dará a conocer hasta el martes de la próxima semana y el IGAE (del mismo mes) dentro de tres semanas. Sin embargo, han surgido muchos comentarios anecdóticos que sugieren que abril fue mal mes y que las cosas no mejoraron mucho en mayo.

Hasta ahora tenemos las cifras de la balanza comercial de abril que señalan tasas negativas para las importaciones y exportaciones no petroleras. Las primeras reflejan la actividad económica interna del país, mientras que las segundas representan nuestro motor de crecimiento. Las cifras del ANTAD (cuya cobertura es alrededor del 30% de las ventas al por menor del INEGI) para el mismo mes señalan ventas reales menores en abril de 2013 respecto al mismo mes de 2012, fenómeno que no se había reportado para ningún mes en los últimos 10 años (ni siquiera en los peores meses de la gran recesión de 2008-2009). Pocos datos, pero que nos adelantan que abril no fue buen mes.

Para mayo la información es todavía más escasa, pero igual no pinta bien. El Indicador IMEF Manufacturero registró un nivel de 48.3, por debajo del umbral de 50 puntos y el nivel más bajo desde junio de 2009 cuando empezó la recuperación. Su caída es resultado de bajas significativas en los subíndices de nuevos pedidos, producción y empleo. Este indicador nos adelanta el comportamiento de las actividades secundarias, que tienen una elevada correlación con las exportaciones no petroleras. Si tomamos en cuenta que el ISM Manufacturero de Estados Unidos también disminuyó a un nivel por debajo de los 50 puntos en mayo, queda claro que todavía no hay señales de una reactivación en nuestro principal motor de crecimiento.

También se dio a conocer el Indicador IMEF No Manufacturero para mayo, el cual reportó un nivel de 50.7, que significa una disminución por octavo mes consecutivo. Este indicador, que refleja la marcha de las actividades terciarias (comercio y servicios), presenta una desaceleración continua en la medida en que pierde fuerza nuestro motor de crecimiento. Sin el empuje de las exportaciones no petroleras, con la ausencia de dinamismo en el gasto público y con el estancamiento de la construcción, la economía interna sigue perdiendo fuerza.

Ante todo esto, el INEGI reportó que el Índice de Confianza del Consumidor cayó 0.55% en mayo, como consecuencia de disminuciones mensuales en los cinco componentes que lo integran. No solo es el cuarto mes consecutivo con baja, sino que se encuentra en niveles sustancialmente por debajo del promedio que se observaba antes de la gran recesión. Aquí es muy posible que el consumidor medio ha resentido el incremento generalizado en los precios de los alimentos, que representa la parte más significativa y visible de su consumo. También ciertos segmentos de la sociedad que complementan sus ingresos mediante envíos de sus parientes en el exterior, han sentido las disminuciones en las remesas que se han reportado a lo largo de los últimos 10 meses.

Habría que admitir que las malas noticias son todas de corto plazo y en principio no ha cambiado la perspectiva de una mejora a partir de la segunda mitad del año. Los analistas anticipan un avance positivo en los indicadores económicos de Estados Unidos y aquí deberíamos observar una reactivación del gasto público en estos meses. Sin embargo, si el crecimiento del segundo trimestre no supera el del primero, difícilmente llegaremos a una tasa de 3% este año. Por lo pronto ya es casi un hecho de que el primer año de este sexenio será de un crecimiento menor al del primero del sexenio anterior (3.26%).

Hace unas semanas abordé el tema del desempleo con la observación central de que una tasa de alrededor de 2% de crecimiento del PIB en Estados Unidos es suficiente para reducir (aunque lentamente) su tasa de desempleo, mientras que en México una tasa de crecimiento al doble es insuficiente. La tasa de desempleo de abril, que se dio a conocer la semana pasada, confirma lo dicho: las tendencias tanto de la tasa nacional como la urbana mantienen su ritmo lateral.

Desde hace mucho tiempo he argumentado que se debe considerar las tasas de desempleo urbano y rural por separado, dado que obedecen a estructuras diferentes y requieren políticas públicas distintas. El INEGI me aclaró que la recomendación de la OCDE es construir una tasa nacional, que es la base de comparación de todos sus países miembros. Visto bien, tiene una lógica importante que tiene que ver con la consistencia con el PIB y las cuentas nacionales. Ya había mencionado que dado que el PIB es un concepto que se construye mediante el valor agregado, una persona que trabaja aunque sea una hora a la semana contribuye a este valor y por lo tanto debe considerarse como empleado. En el mismo sentido, dado que el PIB abarca las actividades primarias, los conceptos de empleo y desempleo deben considerar todos los ámbitos.

Aun así es importante considerar las tasas urbanas y rurales por separado, ya que ayuda a entender la estructura laboral del país. Existe una correlación muy elevada entre el tamaño de la ciudad y la tasa de desempleo.  Por ejemplo, el INEGI reportó que la tasa nacional de desempleo en el primer trimestre de este año fue 4.9%. Si lo descomponemos por tamaño de ciudad, resulta que la tasa de las áreas más urbanizadas (ciudades de más de 100 mil habitantes) es de 5.7%, mientras que la de áreas urbano medio es de 5.0%, de urbano bajo de 4.1% y de comunidades rurales (poblaciones menores a 2,500 personas) es de 3.3%. Otra característica es que entre más grande sea la ciudad, la tasa de desempleo tiene mayor volatilidad.

En sí, las tasas de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) no se ponderan, ya que cada vivienda en la muestra tiene su propio factor de expansión o ponderador. No obstante, existe una ponderación ex-post implícita que se puede obtener al dividir la población desempleada por la PEA de cada grupo. Para el primer trimestre de 2013, resulta que las áreas más urbanizadas representan 51.3% del total, mientras que el urbano medio es 15.1%, urbano bajo 13.7% y las comunidades rurales 19.9%. En sí, la tasa nacional resulta menor, porque se incorpora una tasa muy baja y estable de las comunidades rurales, que representan alrededor del 20% del total.

Básicamente lo mismo resulta si agrupamos los estados por nivel de desarrollo. Los más avanzados, que contribuyen más al PIB nacional, son los que tienen las tasas de desempleo más elevadas, mientras que los estados más pobres muestran casi siempre tasas mucho más pequeñas. Esto nos lleva a subrayar una diferencia primordial: no es lo mismo los problemas de desempleo que los de pobreza e desigualdad.

Existen muchos mitos y malentendidos sobre el desempleo en México. Uno resulta de rebautizar el desempleo como “desocupación”, término que no parece existir en algún lugar fuera del INEGI. Me imagino que algún funcionario (no economista) confundía el empleo como una situación particular o un subconjunto de la “ocupación”, en que existe una relación laboral con una instancia superior a la que le rinde cuentas. Sin embargo, esta confusión no existe en ningún otro lugar. Por ejemplo, en Estados Unidos el desempleo es “unemployment” y no existe el concepto de “unoccupied rate”. Hace poco tuve la oportunidad de asistir a una presentación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y nunca hubo referencia a una tasa de desocupación. Al preguntar sobre la distinción, el funcionario no tuvo respuesta y dijo que no sabía por qué el INEGI acuñaba su propia terminología.

El uso de jerga distinta a la de los economistas ha creado más confusión que aclaración. Por ejemplo, una persona me decía que la tasa es muy baja en México porque el INEGI mide la desocupación en vez del desempleo como en el resto del mundo. Le tuve que explicar que realmente no era cierto, ya que la desocupación del INEGI tiene la misma definición que el desempleo en el resto del mundo, es decir, una persona que no tiene trabajo (situación) y que lo busca en forma activa (comportamiento). El INEGI tiene cuidado en no utilizar la palabra “desempleo” en sus tablas; pone el término “trabajador subordinado”. Aun así, crea confusión.

El INEGI anunció el viernes pasado el comportamiento del PIB para el primer trimestre de este año. A pesar de que los datos estuvieron más o menos en línea con lo que se esperaba, los reportes, comentarios, observaciones y análisis de las cifras han sido muy confusos, a tal grado que una reportera le preguntó a SHCP que si el país ya se encontraba de nuevo en recesión.

Una buena parte de la confusión nace del hecho de que se combinaron efectos de calendario con una desaceleración en la actividad económica. Pero posiblemente el mayor barullo nace del hecho de que se reportaron muchas cifras: 0.83%, 2.23%, 0.45%. 1.83%, 0.59% y 2.37%. ¿Cuánto crecimos? Escoge el número que quieras.

A partir de esta algarabía de números, hemos visto que algunos reportaron el menor crecimiento para un trimestre desde que empezó la recuperación a mediados de 2009; unos han dicho que estamos al borde de una recesión; otros explican una tasa muy baja simplemente por la Semana Santa; y no falta la interpretación de la revisión a la baja de la expectativa de crecimiento de SHCP como algo verdaderamente preocupante. Pero, ¿qué realmente podemos decir de este primer trimestre? ¿Estuvo tan mal?

El primer número reportado (0.83%) es la tasa anual, es decir, el crecimiento del trimestre respecto al mismo periodo del año anterior. Esta tasa habla del comportamiento de los últimos cuatro trimestres, por lo que no se puede utilizar para analizar el trimestre en sí. Esta tasa puede subir o bajar independientemente de lo que pasó en el periodo y peor aún, puede moverse en función de lo que pasó antes del periodo bajo cuestión. En este caso, resultó una tasa muy baja porque la Semana Santa del año pasado fue en el primer trimestre (y además 2012 fue año bisiesto), pero si se fijan bien la tasa no abarca ese periodo. Desafortunadamente, es la tasa más utilizada pero la menos indicada para analizar el trimestre en sí.

Sabiendo que existe la distorsión de la Semana Santa en la tasa anual, la segunda tasa (2.23%) corrige la serie original para compensar por los efectos de calendario. Se debe interpretar como cuánto hubiera sido la tasa anual si no hubiera diferencia de calendario de un año a otro. La diferencia con la primera tasa nos da una buena idea del efecto de la Semana Santa, pero al final de cuentas sigue siendo una tasa anual, es decir, abarca cuatro trimestres de crecimiento.

La tercera tasa (0.45%) es respecto al trimestre anterior, a partir de la serie desestacionalizada. Es mucho mejor reflejo de lo que pasó en el trimestre tal cual. De inmediato vemos que es mayor a la del tercer trimestre del año pasado (y del primero de 2011), por lo que no podemos decir que es la peor de los últimos tres años (desde que empezó la recuperación). La cuarta tasa (1.83%) es simplemente la anualización de la anterior (elevada a la cuarta) y es la que debemos utilizar para comparar nuestro crecimiento con el de Estados Unidos. Es lo que resultaría de crecimiento en un año si todos los trimestres fueran iguales. Básicamente nos está diciendo que crecimos este trimestre un poco menos de la mitad de lo que crecimos en los últimos dos años.

Obviamente es mejor utilizar la tasa trimestral (desestacionalizada) que la anual para entender el comportamiento del trimestre en sí. Sin embargo, siempre existe un componente de “ruido blanco” o movimiento aleatorio en el comportamiento de la economía, que en un momento dado también puede distorsionar nuestra lectura. Si observamos la conducta de la actividad económica a través del tiempo, encontramos subidas y bajadas alrededor de una tendencia, que puede ser a la baja o al alza (o lateral). En otras palabras, no porque un periodo se desacelere (o al revés) significa que la economía va en esa misma dirección. Por lo mismo, es importante fijarnos en la tendencia en sí y para eso nos presenta el INEGI la quinta tasa (0.59%). La sexta (2.37%) es simplemente la anualización de la anterior.

Al analizar la tendencia encontramos algo que casi nadie ha mencionado: nunca ha dejado de crecer la economía (la tendencia siempre ha sido al alza desde que empezó la recuperación), pero parece ser que tocamos fondo en el tercer trimestre del año pasado (en términos de la tasa de menor crecimiento desde el primer trimestre de 2009) y a partir de entonces existe una pequeña mejoría en la tendencia alcista. En otras palabras, la desaceleración que empezó a mediados de 2011 llegó a su fin en el tercer trimestre de 2012 y en los últimos dos trimestres tenemos ya una aceleración (aunque muy pero muy modesta).

Poco tiempo después de las elecciones del año pasado, empezaron a aparecer notas con sesgo favorable en los medios extranjeros sobre México. La aprobación de la reforma laboral y la firma del Pacto por México, ayudó a enfocar la vista sobre las posibilidades de crecimiento del país mediante reformas estructurales en vez de los temas del sexenio pasado de violencia, falta de gobernabilidad y una democracia disfuncional. Al iniciar el sexenio aparecieron más y más, que fueron colocando a México por encima de Brasil y los BRICs como uno de los países con más futuro. Publicaciones de mucho prestigio como “The Financial Times”, “The Economist”, “The New York Times” y varios más, no sólo escribieron artículos favorables, sino que en varias ocasiones hasta exageradas.

La economía mexicana tuvo una recuperación sólida de la gran recesión de 2008-2009. En los tres años subsecuentes crecimos a una tasa promedio de 4.3%, motivado por el crecimiento acelerado de las exportaciones no petroleras. En primera instancia, nos vimos favorecido por los cambios estructurales en la industria automotriz en la región que hizo que las exportaciones automotrices duplicaran el nivel que tenían hace diez años. Al mismo tiempo, empezamos a recuperar terreno que habíamos perdido con anterioridad ante China, ya que la brecha de los costos laborales unitarios entre ambos países se fue reduciendo. Finalmente, la depreciación del peso mexicano en 2008 y 2011 nos dio una ventaja competitiva significativa.

De una forma u otra, todo iba muy bien hasta mediados del año pasado. No obstante, a partir del tercer trimestre la actividad económica empezó a desacelerarse. Después de crecer 4.7% en la primera mitad del año, el PIB aumentó sólo 3.2% en la segunda mitad. La pregunta que nos hacíamos al inicio del sexenio era si el fenómeno era simplemente pasajero o si nos enfrentábamos a algo más serio y duradero. Desde que empezamos a recibir noticias de los primeros meses del año, nos fuimos dando cuenta que la desaceleración continuaba pero realmente sin percatar qué tan serio era.

Ahora este viernes el INEGI nos informará cuánto fue el crecimiento del PIB del primer trimestre y se anticipan números muy malos. La expectativa de crecimiento para este periodo es de una tasa anual menor a 1% con la posibilidad de que sea más cercana a cero que al 1%. Pero ya sabemos que la interpretación de la tasa anual de este trimestre se complica mucho por los efectos de calendario, por lo que se recomienda concentrarse en la tasa del trimestre respecto al inmediato anterior a partir de la serie desestacionalizada y corregida por los efectos de calendario. Sin embargo, aun con estas consideraciones anticipamos la tasa más baja desde la primera mitad de 2009, es decir, el peor desempeño de los últimos 15 o 16 trimestres.

La expectativa es de una tasa muy cercana a cero, con ligera posibilidad de que pudiera ser hasta negativa. ¿De qué dependerá? Ya sabemos que las actividades secundarias tuvieron un desempeño negativo, mientras que se estima las terciarias crecieron a una tasa muy baja. La clave va estar en las actividades primarias (influido por las sequías) y la intermediación financiera imputada (que es el equivalente a errores y omisiones).

Inmediatamente surge la pregunta ¿por qué se ha estancado la actividad económica? En principio son tres factores claves que han influido en la marcha de la economía: el agotamiento de factores transitorios positivos, el débil entorno externo y el cambio sexenal. Tuvimos impulsos significativos en las exportaciones en los últimos años a pesar de la recesión europea y el poco crecimiento en Estados Unidos, gracias a cambios estructurales en la industria automotriz y a modificaciones en las ventajas comparativas de China. Sin embargo, fueron de una vez por todas por lo que difícilmente pueden soportar un crecimiento acelerado por un tiempo sostenido. Ahora el ritmo de las exportaciones está en función del crecimiento de la demanda externa, sin el impulso anterior. A esto último, debemos considerar que las exportaciones automotrices a Argentina y Brasil se cayeron ante las restricciones impuestas por ambos países.

El cambio sexenal ha tenido efectos de freno sobre la actividad económica al ver una disminución significativa en la obra pública y en la construcción de vivienda. Ante la desaceleración de las exportaciones, también estamos viendo menos dinamismo en las actividades terciarias. Los primeros indicadores que tenemos de abril es que sigue la misma tendencia. ¿Cuándo tocaremos fondo?

Como suele suceder ahora, las redes sociales se inundaron de mensajes el pasado 26 de abril con un nuevo “trending topic”. Ahora le tocó a Andrea Benítez, hija de Humberto Benítez, el titular de la Profeco, quien mandó clausurar el restaurante Máximo Bistrot luego que no le asignaron la mesa que era quería. Al darse cuenta del incidente, miles de usuarios de redes sociales crearon el “hashtag” #LadyProfeco en Twitter para expresar su indignación y ventilar la forma de actuar de la Lady y de la dependencia. Al día siguiente, Reforma publicó la nota en su primera plana y de allí la noticia recorrió todo el mundo.

Los comentarios, críticas y observaciones fueron muy diversos, pero obviamente se concentraron en la actitud caprichosa de la joven, la arbitrariedad del Profeco y el regreso de la red de influencias del viejo PRI.  Las discusiones que siguieron fueron muy nutridas: que si la #LadyProfeco habló directamente a los funcionarios de Profeco o si estuvo involucrado su papi; que por qué respondieron a la llamada los funcionarios; de los señalamientos inventados por la Profeco; de la investigación simulada que realizó la SFP; de la [falta de] educación de la niña y de más cosas. El escándalo dejo mucho de qué hablar. Hubo un sinnúmero de editoriales y columnas, la mayoría excelentes, sobre el tema.

A los diez días del incidente, todo indica que el gobierno ya le dio carpetazo al asunto.  Ni siquiera sabemos cuál fue el resultado de la investigación de la SFP, pero ya todos nos lo imaginamos después de que el Secretario de Economía dijo en pocas palabras “no te preocupes Humberto”. En las redes sociales no queda mucho más que chistes y burlas de la @LadyProfeco. A estas alturas parece que ya se dijo todo lo que se pudo acerca del escándalo e incluso ya empezamos a olvidarnos del asunto.

Sin embargo, creo que todavía hay lugar a ciertas reflexiones. Primero, ¿quién ganó? En un principio, podríamos pensar que fue una victoria para las redes sociales, que una vez más evidenciaron su poder para contrarrestar actos arbitraros, corrupción y abusos de poder. Sin embargo, creo que no fue así ya que a pesar de los miles de tuits, la #LadyProfeco se salió con la suya: logró que Profeco colocara sellos y que se cerrara el restaurante por unos días. Amenazó a la dueña del restaurante y cumplió.

En un principio, parecía que el papá de la #LadyProfeco respondía correctamente. Al enterarse del escándalo puso un mensaje en Twitter: “Mi sincera disculpa por la conducta inapropiada de mi hija y la sobrerreacción de verificadores de @Profeco. Privilegio sólo para la ley”. Sin embargo, sus acciones quedaron sólo en un mensaje de menos de 140 caracteres. No impidió la clausura del restaurante, no ordenó la remoción inmediata de los sellos ni realizó acción alguna para contrarrestar lo sucedido.

Admite una conducta inapropiada de su hija, pero ¿hubo castigo alguno? Posiblemente le dijo que no podía ir al antro o la castigo el coche por unos días, pero al final de cuentas le cumplió al pie de la letra el capricho de su hija. Admite una sobrerreacción de sus funcionarios, pero no ordenó marcha atrás a una investigación mal habida, arbitraria y amañada. Lo correcto hubiera sido la remoción inmediata de los sellos y una disculpa directa a la dueña, sin embargo, los sellos permanecieron allí por seis días y hasta donde sabemos la disculpa nunca llegó.

El cierre temporal del restaurante tuvo un impacto monetario. Primero, se perdieron ingresos por la ausencia de comensales; segundo, es muy probable que hubo pérdidas por un inventario de combustibles que ya no se pudieron utilizar; tercero, la dueña tuvo que contratar a un abogado (que cobran caro); cuarto, los empleados que viven de propinas se quedaron sin ingresos. Sumando todo, no fue trivial.

Desde el punto de vista ético (ya que en nuestro país no hay una base legal que nos protege debidamente de estos actos) la ofensora debería compensar a la ofendida. Debería imponerse una multa que cubre todas las pérdidas más una debida penalización, pero no a Profeco ya que su presupuesto proviene del erario, sino directamente a la @LadyProfeco. Sin conocer su historia o edad, parece que todavía depende económicamente de su papá, por lo que sería él el quien terminaría pagando.

Vimos una vez más el poder de las redes sociales, pero también vimos que su poder no fue suficiente; al final de cuentas la @LadyProfeco ganó. ¿Quién perdió? Además de la dueña y los empleados del restaurante, nosotros los consumidores sin influencias o papis con poder.

El Artículo 123 de la Constitución dice que deben existir salarios mínimos generales, que “deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”. No queda claro que significa “normales”, pero creo que todos estamos de acuerdo que el salario mínimo general no alcanza para satisfacer las necesidades normales.  Es de las partes de la Constitución que son buenos deseos pero utópicas.

Una familia promedio con ingreso de un salario mínimo se considera como pobreza patrimonial, es decir, no tiene un ingreso mensual suficiente para adquirir los mínimos indispensables de vivienda, vestido, calzado y transporte. ¿Cuál sería el conjunto de bienes y servicios indispensables para que una persona pueda cubrir sus necesidades básicas? En principio, la Procuraduría Federal del Consumidor, define la canasta básica como el conjunto de productos necesarios para tener una vida sana, tanto física como mentalmente, o bien, como lo que se necesita para una vida digna sin caer en la pobreza.

Hace tiempo, el Banco de México agrupó 80 productos para conformar una canasta básica y así poder darle seguimiento a la evolución de sus precios. De esta forma, se puede medir la evolución del salario mínimo respecto al mismo. En principio, la idea sería que el poder adquisitivo del salario mínimo respecto a la canasta básica fuera igual a través del tiempo.

El primer problema que surge es que la Comisión Nacional de Salarios Mínimos fija el aumento anual en función del INPC y no de la canasta básica. El gobierno presume que el poder adquisitivo del mínimo se ha mantenido relativamente estable en términos reales en los últimos años, pero siempre y cuando se mide contra el índice general de precios. Sin embargo, el incremento en el costo de la canasta básica casi siempre es superior al INPC. Por ejemplo, mientras que el INPC ha aumentado 25.9% desde diciembre 2007 a la fecha, el costo de la canasta básica subió 31.1%. Esto significa que el deterioro en el poder adquisitivo del salario mínimo, en el contexto de lo que especifica la Constitución, sigue sin poder evitarse.

El segundo problema que sale a lucir es la conformación misma de la canasta básica. Hay una cantidad significativa de bienes de primera necesidad que están excluidos, mientras que la canasta incluye bienes superfluos, que difícilmente se pueden considerar “básicos”. También existen muchos bienes excluidos que son mucho más importantes que otros incluidos. El ejemplo más absurdo es que incluye gasolina, tanto de bajo como de alto octanaje. La permanencia de la gasolina de bajo octanaje puede ser tema de debate, pero considerar la de alto octanaje como indispensable para que una persona pueda cubrir sus necesidades básicas es totalmente absurdo.

Platicando con la señora que se ocupa de los servicios domésticos en la casa, me dice que lo más importante e indispensable es la conformación de la canasta alimenticia. Lo primero que asegura una familia es la comida, mientras que todos los demás productos y servicios serán adquiridos sólo después de satisfacer los primeros. Dentro de los productos principales de una familia de bajos ingresos están jitomate, cebolla, limón, chiles de todo tipo, pan dulce y pollo, todos excluidos de la canasta básica. Entre carne de cerdo, pescado, pollo y carne de res, se suele comprar mucho más pollo que la carne de res (por sus precios). Mi asesor me dice que su familia consume pollo mínimo tres o cuatro veces a la semana, mientras que compra res una o dos veces al mes (si le va bien). Sin embargo, se incluye carne de res y se excluye pollo en la canasta.

Sin consultar y sin conocer bien las preferencias íntimas de la mujer, puedo pensar que las toallas sanitarias serían más importantes que los desodorantes personales como producto indispensable o básico. No obstante, lo primero no está mientras que lo segundo sí. Mientras que la canasta básica incluye reproductores de video y cervezas, no contiene ni un solo producto de la categoría de ropa, calzado y accesorios. ¿Qué la ropa no es indispensable para satisfacer las necesidades normales de una familia?

¿Qué es lo que mide la canasta básica? ¿Qué nos dice el aumento de los precios del mismo? No solamente queda confuso, sino que las contradicciones e inconsistencias de su conformación hacen llegar a la conclusión de que no tiene fin analítico ni uso propio.

El INPC, que mide los precios de una canasta representativa (promedio) de los bienes y servicios de todos los hogares en el país, aumentó 3.57% en 2012, mientras que la canasta básica subió 3.97%. Pero los precios de los alimentos, que representa el porcentaje mayor de los bienes consumidos por los hogares de menos ingresos, incrementaron 6.11% y los productos agrícolas 9.18%.

Parece que la inflación está bajo control, pero sólo para los hogares acomodados, que ya tienen resueltos sus necesidades básicas. Los demás siguen perdiendo poder adquisitivo.

El INEGI informó el viernes pasado que la tasa de desempleo “nacional” de marzo registró 4.5%, una décima de punto porcentual menor a la del mismo mes del año pasado. Al eliminar las variaciones estacionales, la tasa llegó a 5.0%, tres décimas arriba de la tasa de 4.7% de febrero. Dado que la serie presenta una varianza muy elevada mes con mes, lo mejor es fijar la atención en la tendencia-ciclo. Podemos apreciar una tendencia lateral bastante estable alrededor de 5.0% que lleva ya 18 meses. De hecho, esta tendencia no se ha desviado fuera del rango de 4.9 a 5.1% en ni una sola ocasión.

Si analizamos esta tasa más de cerca, encontramos que la tasa neta de participación (que determina el denominador de la tasa), ha disminuido dos y medio puntos porcentuales en el último año, lo cual sugiere que la tasa de desempleo no ha subido gracias a que muchas personas han optado por dejar de participar en el mercado laboral. Es interesante la observación, ya que lo mismo ha pasado en Estados Unidos. Sin embargo, en el mismo periodo en que la tendencia de la tasa de desempleo de México ha marcado una clara tendencia lateral, la tasa en Estados Unidos ha disminuido significativamente a 7.6% en marzo de 9.0% en septiembre de 2011.

Debemos tener cuidado al interpretar la tasa de desempleo en México, en especial si lo queremos comparar con la de Estados Unidos (o casi cualquier otro país), ya que el INEGI mezcla el desempleo rural con la urbana lo cual resulta en una tasa más baja. La mayoría de los países reconocen que la problemática rural es muy distinta a la urbana, por lo que no reportan una tasa “nacional”, sino sólo una urbana. Por ejemplo, la tasa de Estados Unidos es la “non-farm”, que excluye el sector agrícola (equivalente casi al rural). Si el INEGI quiere seguir utilizando las mejores prácticas internacionales como base fundamental de sus estadísticas, pronto tendrá que reportar exclusivamente la tasa urbana.

Sin embargo, aún la tasa urbana que calcula el INEGI tiene problemas. En 2004, como resultado de los recortes presupuestales que impuso Vicente Fox, el INEGI se vio casi obligado a reducir la cobertura de ciudades de 48 a 32 y al mismo tiempo, una muestra más reducida. De entrada, esto hace que la tasa mensual tenga mucha varianza y dificulta el análisis. Pero también resulta en ciertas incongruencias, como tener el mismo número de ciudades en Baja California Sur (una) que en el Estado de México.

El INEGI comunicó que la tasa de desempleo “urbana” de marzo registró 5.2%, dos décimas de punto porcentual menor a la del mismo mes del año pasado. Al ajustar por estacionalidad, la tasa urbana registró 5.8%, una décima menos que la tasa de 5.7% de febrero. Aquí podemos observar también una tendencia lateral, más larga (de 26 meses) alrededor de 5.9%, tiempo durante el cual no ha variado fuera del rango de 5.7 a 6.1%.

Esto significa que el diferencial de desempleo entre Estados Unidos y México, que hace año y medio estaba en tres puntos porcentuales, se ha reducido a casi la mitad (1.7 puntos). En este lapso la mayoría de los analistas han apuntado el crecimiento mediocre de Estados Unidos y han señalado que México va mejor. Sin embargo, a pesar del crecimiento mediocre en Estados Unidos su tasa de desempleo ha disminuido poco a poco, mientras que en México se ha estancado aun con nuestro mejor crecimiento económico. En otras palabras, una tasa de alrededor de 2% de crecimiento del PIB en Estados Unidos es suficiente para reducir (aunque lentamente) su tasa de desempleo, mientras que en México una tasa al doble es insuficiente.

Muchas personas piensan que la tasa de desempleo en México no capta la realidad del mercado laboral, dado que se utiliza un criterio muy estrecho de definir a una persona como empleada si trabaja una hora a la semana. Sin embargo, este criterio de una hora no solamente es el que utilizan casi todos los países, sino es la recomendación de todos los organismos mundiales (la OIT, el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, etc.).

Tiene una lógica importante que muchos parecen ignorar, que es la consistencia con el PIB y las cuentas nacionales. Dado que el PIB es un concepto que se construye mediante el valor agregado, el empleo debe ser congruente; una persona que trabaja una hora a la semana contribuye al valor agregado, aunque marginalmente (dependiendo de su productividad). En este sentido, se considera a una persona empleada a partir del momento en que empieza a contribuir al PIB, mientras que es desempleada sólo si no contribuye. Por lo mismo, una persona que se dedica a actividades similares a un limpiavidrios no sólo no se considera empleada, sino ni siquiera forma parte de la fuerza laboral. Más bien, su trato es similar a un limosnero que gana la vida mediante transferencias de un individuo a otro; no trabaja ni busca trabajo.

¿Entonces qué explica la tasa de desempleo tan baja de México? Primero, que el INEGI incorpora equivocadamente la parte rural; segundo, factores estructurales específicos.

El INEGI anunció que a partir de esta quincena (la primera de abril) actualizará las ponderaciones que utiliza en el INPC. Hasta el mes pasado utilizaba el patrón de gasto de los hogares de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) de 2008, mientras que las nuevas ponderaciones provendrán de la ENIGH de 2010. A pesar de que no habrá cambio de base, modificaciones a los genéricos o ampliaciones de cobertura y cotizaciones, la actualización tiene muchas implicaciones.

Resalta el poco tiempo (apenas dos años) que existe entre las ponderaciones nuevas y anteriores. El INPC se ha actualizado 6 veces desde su introducción en 1968, con un espacio de 8 a 15 años entre cada esfuerzo. Si bien se recomienda incorporar cambios en los patrones de gasto, en especial aquellos que provienen de la modernización, cambios en tecnología y hábitos de consumo, tampoco se debe cambiar cada rato, dado que lo que el índice quiere medir es el cambio en precios y no cambios en el consumo. Si se incorporan modificaciones continuas en la canasta de bienes y servicios, será difícil interpretar los cambios en el índice. ¿Hubo aumentos en precios o cambios en el patrón de consumo?

El INEGI dice que la recomendación del FMI es actualizar las ponderaciones cada 2 o 3 años, dependiendo de la magnitud de los cambios. Sin embargo, no es usual encontrar países que hagan cambios tan frecuentes. Un analista experto en el tema me ha comentado en varias ocasiones que no suman las ponderaciones y que ha encontrado varias inconsistencias en el índice. De ser cierto, es posible que los cambios sean más para corregir estas inconsistencias que cualquier otra cosa.

El cálculo de las ponderaciones no es fácil. No se puede tomar los resultados de la ENIGH sin suspicacia y siempre ha sido necesario modificar algunos de sus resultados. De entrada, el gasto total de los hogares que reporta el ENIGH es aproximadamente la mitad del consumo privado que reporta las cuentas nacionales. Cuando se levanta la información de diversas fuentes, se tiene que compaginar y eliminar inconsistencias. Por ejemplo, las aduanas registran más exportación de tequila que la producción total que reportan las empresas. La ENIGH dice que el consumo de vinos y licores representa 0.06% del consumo total de los hogares. Si fuera cierto, las exportaciones tendrían que ser mucho mayores y las importaciones menores.

El INEGI reconoce estas inconsistencias y por lo mismo, modifica las ponderaciones de muchos productos y servicios. Por ejemplo, los vinos y licores tienen una ponderación de 0.38% en el INPC; a la cerveza le otorgan 1.57% en vez de 0.18% que dice el ENIGH. Se reconoce que estaba sobreestimada la vivienda propia y el pago de electricidad, por lo que se realizaron cambios en su medición. Antes se calculaba la vivienda por sus costos, que incluía servicios de mantenimiento e impuestos, mientras que ahora se mide por el concepto de renta equivalente, que implica menos volatilidad comparado con el método anterior. El pago de electricidad se mide ahora contra recibo, mientras que antes se recababa la información vía pregunta directa al hogar.

Posiblemente una de las preguntas más importantes que surge del cambio es sí la inflación será ahora mayor o menor a consecuencia de los cambios. Por ley no se puede modificar las tasas de inflación ya reportadas, por lo que las nuevas ponderaciones aplican sólo hacia adelante y se incorporan mediante un proceso de encadenamiento. Sin embargo, se puede realizar un ejercicio hipotético aplicando las ponderaciones nuevas a los aumentos de precios en años anteriores.

En un ejercicio de esta naturaleza, el Departamento de Estudios Económicos de Banamex encontró que la inflación promedio de 4.11% de 2012 hubiera sido 3.82% si se hubieran aplicado las ponderaciones nuevas desde el año pasado. Esto es lógico ya que disminuyeron las ponderaciones de algunos bienes cuyos precios más aumentaron y aumentaron las de algunos servicios que menos incrementos tuvieron (como la telefonía móvil). Sin embargo, es imposible realizar un ejercicio consistente hacia adelante, ya que depende fundamentalmente de las proyecciones de aumentos de cada genérico. Por ejemplo, no tenemos por qué pensar que los precios de los servicios de telefonía móvil van a disminuir en 2013 como ocurrió en el pasado.

Los analistas de Banamex realizan continuamente ejercicios de proyecciones de precios. Su última estimación para 2013 es 3.72%. Al aplicar las ponderaciones anteriores a su ejercicio, encontraron prácticamente la misma tasa, lo que hace pensar que el cambio de ponderadores es neutral. No obstante, otra institución o analista podría realizar un cálculo similar con diferentes proyecciones de precios y encontrar resultados diferentes.

La tasa de inflación de esta quincena tendrá la influencia del cambio de ponderaciones, más el efecto de los aumentos en el transporte del D.F. y las variaciones estacionales típicas de los subsidios en las tarifas eléctricas. Será interesante…

En los últimos meses ha aparecido un cúmulo de artículos en el extranjero sobre México. La mayoría han sido muy favorables, hablando del buen inicio de sexenio, la buena impresión de EPN, la aprobación de reformas estructurales vitales y el gran potencial que surge ahora del país. Entre otras cosas, los escritores sugieren que México será uno de los países de mayor crecimiento económico en los siguientes años. Incluso, Michael Barone escribió en el DC Examiner esta semana que la economía mexicana está creciendo a una tasa de 5%.

Puede que sea válido el optimismo que expresan, pero lo que no se ve es el supuesto crecimiento de 5%. En 2010 el PIB creció 5.3%, en buena medida impulsado por la base de comparación de 2009. En 2011 y 2012 el crecimiento fue 3.9%, lo que da un promedio de 4.3% en los últimos tres años.  Los datos disponibles del primer trimestre de 2013 sugieren que será el de menor crecimiento de los últimos 15. El consenso para este año es de 3.5%, mientras que la expectativa para 2014 se ubica en 3.9%. ¿De dónde sacan la idea de que estamos creciendo a 5%?

El ciclo económico clásico tiene tres etapas: recesión, recuperación y expansión. La recesión empieza en el momento en que la economía registra un punto máximo y empieza a disminuir. La recuperación arranca cuando se toca fondo y empieza de nuevo el crecimiento. La recuperación se convierte en expansión cuando se rebasa el punto máximo anterior. Sin embargo, el ciclo económico no sólo abarca el crecimiento económico sino además el mercado laboral. Por lo mismo, aunque superamos el punto máximo anterior del PIB (primer trimestre de 2008) en el primer trimestre de 2011, tardó mucho más la etapa de recuperación dado que la tasa de desempleo todavía no regresa a niveles pre-crisis.

¿Cómo se puede dar seguimiento puntual del ciclo económico en México? Mediante un conjunto de indicadores coincidentes, el INEGI construye el “Índice Compuesto de Indicadores Coincidentes”, que replica el comportamiento cíclico de la economía. Sin embargo, es importante señalar que existen dos escuelas de ciclos económicos que en un momento dado pueden mandar señales diferentes e interpretaciones distintas sobre el avance de la economía. La primera escuela es la “clásica”, que nace de los estudios de Wesley Mitchell que empezaron en los años veinte del siglo pasado. La mayor parte del desarrollo de esta escuela se llevó a cabo en la prestigiada institución, National Bureau of Economic Research (NBER), en Estados Unidos.

La segunda escuela o enfoque se denomina “ciclo de crecimiento” y su desarrollo se llevó a cabo mucho más tarde, fundamentalmente, en Europa en la sede de la OCDE. La diferencia básica es que define los periodos del ciclo en función de las desviaciones de la tendencia de largo plazo. Partiendo del hecho de que las series de tiempo se pueden descomponer en cuatro partes (tendencia de largo plazo, comportamiento estacional, dirección cíclica y movimiento aleatorio), esta escuela calcula la tendencia de largo plazo y lo iguala a lo largo del tiempo a 100, para entonces ver sólo las desviaciones cíclicas respecto a esta tendencia.

La crítica principal al enfoque de crecimiento es que no nos dice cuál es la tendencia de largo plazo. La forma de calcular la tendencia es prácticamente igual a la medición del PIB potencial, por lo que es muy similar al estudio de la brecha del producto (output gap), que se utiliza para tratar de medir la presencia (o ausencia) de presiones inflacionarias que pudieran provenir de la demanda agregada. En cambio, el enfoque clásico es mucho más intuitivo y fácil de interpretar.

El INEGI empezó a calcular indicadores compuestos a principio de la década pasada, mediante la metodología de la escuela clásica. Sin embargo, a mediados de 2011 cambió la metodología a la de la OCDE y es la que presenta ahora en su “reloj de los ciclos económicos” y en los indicadores denominados “SIC”. Dado que este enfoque no es compatible con la que predomina en Estados Unidos, el INEGI sigue publicando los datos del enfoque clásico en su Banco de Información Económica (aunque no los divulga en un boletín de prensa) con la denominación original de “SICCA”.

Si analizamos los datos de la escuela clásica, el índice compuesto de indicadores coincidentes registró su punto máximo en enero 2008 (113.7 puntos) para iniciar en ese momento la recesión. El índice disminuye por 17 meses y llega a su punto mínimo en mayo 2009 (en 98.2 puntos). En ese momento empieza la recuperación, que tarda 38 meses (junio 2012) en superar el punto máximo anterior. Por lo mismo, la economía mexicana inicia una nueva fase de expansión a partir de mediados del año pasado.

El problema es que la expansión arranca justo cuando la economía empieza a desacelerarse. En diciembre disminuyó a un nivel por debajo del máximo anterior (113.6) y en enero se ubicó en 114.2, el mismo nivel de junio del año pasado. Esto nos dice que más que una expansión propia, la economía parece haber tomado una tendencia lateral.