Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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La semana pasada, el INEGI dio a conocer el balance comercial de diciembre y, por tanto, de todo el año pasado. Resulta que el saldo del año fue un déficit de 14.5 mil millones de dólares (mmd), el balance más negativo que se ha registrado desde 2008. El déficit, que es aproximadamente 1.3 por ciento del PIB, es apenas la segunda vez en los últimos diez años que ha superado el uno por ciento del total de bienes y servicios finales producidos en el país en un año.

El déficit de 2015 fue 11.6 mmd más deficitario que el año anterior. Resulta muy poco común ver un cambio tan radical de un año a otro en el saldo comercial, ya que salvo 2009 (año de la gran recesión y desplome en el comercio exterior mundial) los cambios promedio son menores en promedio a los 2 mmd. La explicación principal radica en el desplome de las exportaciones petroleras, que disminuyeron -45.0 por ciento respecto a 2014, provocando un déficit en el balance petrolero por primera vez en cuatro décadas. El balance petrolero pasó de un superávit de 1.1 mmd en 2014 a un déficit de 9.9 en 2015, una diferencia de 11.0 mmd. Pero si tomamos 2013 como referencia cuando hubo un superávit de 8.6 mmd, tenemos una disminución acumulada de 18.5 mmd en tan solo dos años. Aunque hemos tenido años en que la baja del precio de exportación de petróleo ha sido igual o hasta más acentuada, en esta ocasión se juntó con una disminución significativa en la producción. El resultado final es que el valor de las exportaciones petroleras representa una disminución de 58.5 por ciento respecto al que teníamos en 2011.

Dado que México importa mucha gasolina y algunos otros productos petroleros, cuyos movimientos en precios están correlacionados con el del petróleo, la balanza petrolera tiene un elemento amortiguador implícito. Por ejemplo, las exportaciones petroleras disminuyeron 45.0 por ciento, mientras que las importaciones cayeron -19.8 por ciento; la caída en el precio de exportación de petróleo fue acompañada con un precio menor en el precio de la importación de gasolina. No obstante, en esta ocasión la menor producción de petróleo no fue acompañado por una disminución similar en el consumo de gasolina, lo que provocó que por fin México terminara con un saldo petrolero deficitario.

En el pasado, el saldo petrolero superavitario ayudaba a compensar el déficit comercial de los bienes y servicios no petroleros. Por ejemplo, en 2006 el déficit no petrolero de 25.5 mmd tuvo la contrapartida de un superávit petrolero de 19.4 mmd, para terminar con un déficit total de apenas 0.6 por ciento del PIB. Afortunadamente, el deterioro petrolero se ha producido después de haber experimentado un cambio estructural en el balance no petrolero: hemos visto una disminución paulatina del déficit no petrolero desde 2009 a la fecha. En 2008, el déficit superó los 32 mmd, casi 3.0 por ciento del PIB. Desde ese año a la fecha hemos visto una disminución año tras año hasta llegar a su nivel más bajo de 0.3 por ciento del PIB en 2014. El déficit petrolero de 2015 llegó en un momento en que el no petrolero apenas registró 0.4 por ciento del PIB. De no ser por el bajo déficit no petrolero, el déficit comercial total de 2015 hubiera podido llegar a superar 4.0 por ciento del PIB.

En principio, las exportaciones mexicanas tienen un alto contenido de insumos importados. Esto significa que existe una elevada correlación entre ambas. Si disminuyen las exportaciones, automáticamente caen las importaciones y no terminamos con un déficit mayor. Incluso, nuestras exportaciones son en buena medida insumos de las exportaciones de Estados Unidos. A raíz de la apreciación del dólar, disminuyeron las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo. Eso hizo que no crecieran tanto nuestras exportaciones a Estados Unidos y automáticamente casi no hubo crecimiento en las importaciones.

No obstante lo anterior, la regla de aproximación anterior era que nuestras importaciones crecían ligeramente más que las exportaciones. Sin embargo, de 2008 a la fecha se ha invertido esta regla: ahora nuestras exportaciones usualmente crecen ligeramente más que las importaciones. Esto ha hecho posible que el déficit no petrolero haya disminuido poco a poco en los últimos años. Por ejemplo, en promedio las exportaciones no petroleras han crecido 6.6 por ciento anual en los últimos siete años, mientras que las importaciones no petroleras crecieron tan solo 5.0 por ciento promedio en los mismos años. De esta forma, el déficit no petrolero de 32.2 mil millones de dólares de 2008 pudo disminuir a 4.6 mmd en 2015.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de actualizar su documento semestral de las perspectivas de la economía mundial, conocido como el WEO (World Economic Outlook). El titulo de su publicación es “Se atenúa la demanda y se empañan las perspectivas”. A comparación con los números que tenía en octubre, las proyecciones de crecimiento mundial se revisan a la baja (por 0.2 puntos porcentuales) en 2016 y 2017, fundamentalmente por una mayor debilidad prevista en las economías emergentes. La buena noticia es que todavía se espera mayor crecimiento en 2016 (3.4 por ciento) que en 2015 (3.1 por ciento) en la ponderación global. Sin embargo, el crecimiento de los países emergentes en 2015 fue el más bajo desde la gran recesión de 2008-2009. La mala noticia es que el comportamiento de las economías emergentes se ve muy variado y enfrenta muchos retos, a tal grado que es posible que no superemos el crecimiento observado el año pasado.

El FMI estima que el crecimiento del PIB de México en 2015 fue 2.5 por ciento, que coincide con los consensos de la mayoría de las encuestas de expectativas. Sin embargo, para este año anticipa un avance de 2.6 por ciento, por debajo de la opinión generalizada de 2.8 por ciento en las encuestas. En otras palabras, espera que el crecimiento en 2016 será prácticamente igual a la observada en 2015, a pesar de nuestras reformas estructurales y la estabilidad macroeconómica que presumimos.

Si la economía mexicana crece más ahora, será porque se sostendrá el consumo privado, mejorará la inversión privada y aumentarán las exportaciones. Lo que limitará el crecimiento es el gasto público, que enfrenta el reto de la consolidación fiscal, y posiblemente la política monetaria, que afronta el desafío del repliegue paulatino de la política en Estados Unidos. Sin embargo, el riesgo más grande que tenemos es precisamente el panorama mundial, que dicta no solamente la demanda de nuestras exportaciones, sino también la valoración de peso y las presiones inflacionarias. Dentro de éste entorno, la salud de la economía de Estados Unidos es esencial, en especial, la expansión de su sector manufacturero.

Resulta interesante que el FMI ve que los riesgos principales que enfrentan las economías emergentes en general (y México en lo particular), son las mismas del año pasado: 1) la desaceleración económica y las desequilibrios desconocidos de China, 2) la caída de los precios de los commodities, en especial del petróleo crudo, y 3) los cambios, aunque paulatinos, en la postura monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos. Si no se manejan estas tres transiciones críticas de manera adecuada, el FMI advierte que el crecimiento mundial podría descarrilarse.

El primer riesgo es posiblemente el más inquietante, ya que es el más difícil de entender. China acaba de informar que su economía creció 6.9 por ciento el año pasado, ligeramente menos que el 7.3 por ciento reportado para 2014. Sin embargo, como bien apunta The Economist, la caída pronunciada de su mercado bursátil, el colapso global en los precios de los commodities y la presión creciente sobre el renminbi, hacen pensar que la realidad no es tan buena. Las dos preocupaciones principales son que el crecimiento económico es mucho menor a lo que dice el gobierno y que lo peor todavía está por venir. Todos acuerdan que la brecha entre los datos oficiales de la economía china y las percepciones del mercado se han acentuado y es un abismo. El problema es que desconocemos la extensión de sus desequilibrios y sus posibles consecuencias.

El segundo, la caída en los precios de los commodities, está muy relacionado con el primero: menos demanda proveniente de China ha contribuido a la baja en los precios. Sin embargo, también existe una sobreoferta, que empezó con los avances tecnológicos en Estados Unidos (gas pizarra) y ahora se complica con el regreso iraní al mercado petrolero. No se prevé el final de este ciclo en el corto plazo, por lo menos no éste año.

Finalmente, seguimos enfrentados a la política monetaria de la Reserva Federal. Nos habían dicho que habría un regreso a la normalidad en el momento en que empezara a aumentar su tasa. Sin embargo, el momento ya paso y nuestra moneda sigue depreciándose. La incertidumbre se mantiene y el tipo de cambio lo refleja. Tampoco se espera que esta situación cambiara pronto.

¿Ahora qué podemos esperar? Ante las últimas cifras económicas, más revisiones a la baja en las expectativas de crecimiento, más cambios al alza en la proyección del tipo de cambio y más modificaciones hacia una inflación esperada mayor.

Sin duda, 2015 fue un año atípico. Sufrimos una depreciación marcada del peso respecto al dólar, pero una inflación mínima histórica, mientras que nuestras exportaciones no petroleras prácticamente no crecieron, pero la economía interna (en especial el consumo privado) tuvo un desempeño positivo. Todo apunta a que el crecimiento final será alrededor de 2.5 por ciento. Si analizamos los componentes del PIB por el lado del gasto, encontramos que la mayor expansión viene por el lado de las exportaciones y el único negativo será la inversión pública. La pregunta que debemos hacer es ¿veremos algo similar en 2016 o habrá aspectos que cambien?

Posiblemente lo más importante serán las exportaciones no petroleras, ya que casi siempre han sido el motor principal de crecimiento. En 2015 bajó mucho la demanda externa a pesar de tener la ventaja del aumento en el tipo de cambio. En términos de dólares nuestras exportaciones se estancaron, pero en pesos reales tuvieron un desempeño positivo, efecto combinado de la depreciación y de la inflación baja. Dado que no debemos esperar que el peso se deprecie en 2016 en la misma forma que el año pasado, no podemos esperar un fenómeno similar. Esto significa que el desempeño en dólares este año marcará el impacto sobre el PIB, por lo que será clave la demanda externa, en especial la de Estados Unidos. ¿Podrá mejorar la economía de nuestro vecino?

El dólar fuerte perjudicó las exportaciones de Estados Unidos en 2015, lo que explica en buena medida su pobre desempeño manufacturero. El último dato del ISM Manufacturero (diciembre) no fue bueno (disminuyó a 48.2), por lo que no se ve una recuperación en el corto plazo. Las expectativas del PIB norteamericano para este año son de tan sola una mejoría marginal. Aún bajo el supuesto de un mayor crecimiento de nuestras exportaciones en dólares, difícilmente podemos esperar que el impacto en pesos reales (en el PIB) sea tan bueno como del año pasado. En otras palabras, no debemos esperar mucho en este rubro.

Ante la dificultad que representa el entorno externo, lo único que nos queda es voltear hacia dentro. ¿Habrá más inversión privada? ¿Se mantendrá el consumo de los hogares? ¿Tendrá impacto el gasto público?

De entrada, vemos dos sectores claves que podrán marcar una diferencia importante: petrolero y construcción. En 2015 hubo una disminución en la extracción de petróleo y gas, que le restó alrededor de 0.6 puntos porcentuales al crecimiento económico. Todo indica que ya no bajará más en 2016 e incluso, podría presentarse una recuperación marginal. De ser cierto, el efecto base tendrá un efecto positivo en el PIB. Después de presentarse una recuperación significativa en la construcción en 2014, se presentó un estancamiento en el 2015. Aparentemente, los desarrolladores de vivienda ya absorbieron los efectos negativos de la crisis de 2012-2013 y deberán mejorar este año. De ser cierto, deberíamos ver algo similar que con el sector petrolero, es decir, cierto impulso por un efecto de base positivo.

Dado que el consumo privado representa más de dos terceras partes del PIB, será esencial que continúe su buen desempeño en 2016. Sin embargo, mucho del crecimiento que vimos el año pasado fue de una recuperación contra los dos años anteriores. Por lo mismo, aquí el efecto base no será tan favorable. Es posible ver todavía una expansión positiva de las comparas de los hogares, pero con una contribución menos favorable en el PIB.

En términos de la inversión privada, debemos recordar que la construcción explica más de dos terceras partes. El resto, la compra de maquinaria y equipo, deberá tener un desenvolvimiento positivo en respuesta a las reformas estructurales. Aquí sí esperamos una mayor contribución al crecimiento del PIB en 2016 comparado con el año pasado. Sin embargo, la inversión pública enfrentará todavía mayores problemas este año debido a los necesarios esfuerzos de consolidación fiscal, por lo que debemos anticipar otra vez una contribución negativa al PIB.

En síntesis, no esperamos que 2016 sea de nuevo un año atípico, sino más bien de un regreso a condiciones más normales. Habrá factores que podrán resultar benéficos este año y contribuir a un mayor crecimiento comparado con los tres años pasados, pero igual hay factores que no pintan tan bien. ¿Dónde quedará la bolita? Por lo pronto, el consenso se ha consolidado en una tasa de 2.7 a 2.8 por ciento, que significa una mejoría marginal, pero todavía muy muy lejos de una tasa superior al 5 por ciento, que nos prometieron si se aprobaran todas las reformas estructurales.

Mal de Muchos

Diciembre 9th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Desde hace dos décadas, el comportamiento económico de México ha estado atado al de Estados Unidos. El crecimiento promedio de 2014 a 2016 se estima alrededor de 2.5 por ciento anual para ambos países. Si lo comparamos con el promedio (ponderado) mundial, que se espera sea cerca de 2.9 por ciento, deberíamos concluir que no estamos tan mal. Los países que jalan el promedio hacia arriba, como India y China, son muy distintos a nuestro país y al final no son los ejemplos que queremos seguir. Existen muchos otros países que crecen más, como Panamá y Bolivia, pero que tampoco son modelos para nosotros.

Desde que México y muchos otros países de América Latina resolvieron su crisis de deuda externa mediante el Plan Brady, siempre nos han comparado con los tres países más grandes de la región, que son Argentina, Brasil y Venezuela. Me acuerdo haber sido invitado en 1989 a formar parte de un consejo asesor de un fondo de inversión en bonos soberanos, que buscaba altos rendimientos en la región. Al salir de la década perdida en la cual nadie quería saber de nosotros, no existía mucho conocimiento de nuestros países, que en aquel entonces se consideraban medio exóticos. Posteriormente, incorporamos una consultoría con los demás asesores de aquel consejo, que brindaba estudios comparativos de estos países. Años después, trabajé como economista para América Latina de un banco con intereses en toda la región. El hilo común en todo este tiempo era la comparación continua de las economías de la región, pero siempre con especial énfasis en los “big four” (los cuatro grandes).

En momentos, todos compartimos los mismos problemas macroeconómicos: falta de crecimiento, inflación galopante, déficit fiscal creciente, desequilibrios externos y deuda excesiva. Con el tiempo, fuimos resolviendo estos problemas, algunos mejores que otros. Pero posiblemente lo mejor de todo es que fuimos aprendiendo nuestras lecciones, lo que no se debe hacer y lo que sí se debe hacer. En general, la región encontró el equilibrio macroeconómico y poco a poco empezó a crecer algo más.

El crecimiento de México no está donde queremos, pero tampoco está mal si vemos el entorno mundial. Nuestra inflación se ubica en un mínimo histórico, el déficit fiscal todavía manejable y no tenemos un desequilibrio externo. Nuestra calificación soberana se ubica en A3. Sin embargo, si volteamos a ver a los otros tres, parece que olvidaron las lecciones del pasado: todos sufren un deterioro macroeconómico impresionante.

Argentina crece por debajo del uno por ciento con inflación superior al 20 por ciento. No obstante, nadie puede creer las estadísticas que produce el INDEC; lo más seguro es que la inflación está al doble y el crecimiento a la mitad. La calificación riesgo-país se ubica en SD (semi-default), tiene un déficit fiscal superior al 5 por ciento del PIB y la tasa de interés se ubica alrededor de 27 por ciento. Los problemas económicos (y políticos) han llevado a la dinastía Kirchner a la derrota en las urnas.

Se estima que el crecimiento promedio anual del PIB de Brasil para 2014-2016 será negativa (alrededor de -1.5 por ciento), mientras que su inflación ya entró al terreno de los dos dígitos. La producción industrial en 2015 disminuirá -7.5 por ciento, mientras que se anticipa un déficit fiscal de 9.5 por ciento del PIB. La calificación riesgo-país ya se ubica en la zona especulativa de BB+, con perspectiva negativa. La población y el Congreso buscan la fórmula que sea para forzar la renuncia de Dilma Rousseff.

Venezuela tiene actualmente la peor administración económica de cualquier país del mundo. El crecimiento promedio anual esperado el PIB de estos tres años es -5.4 por ciento, mientras que la inflación ya supera 180 por ciento. La producción industrial cae a un ritmo de -11.6 por ciento y el déficit fiscal se ubica en 9.4 por ciento del PIB. La calificación de riesgo-país se encuentra en CCC y con perspectiva negativa. Al igual que en Brasil y Argentina, la población busca cómo deshacerse de su presidente.

En noviembre el “spread soberano” de México se ubicó en 218 puntos base (pb), mientras que en Brasil estaba en 432, Argentina 487 y Venezuela en 2605 pb. ¿Qué pasó con nuestros vecinos sudamericanos? ¿Cómo fue que perdieron la brújula y olvidaron las lecciones de las décadas anteriores?

Puede ser que México no crece lo que queremos, pero por lo menos crecemos y mantenemos los equilibrios macroeconómicos. Por lo pronto, debemos voltear al sur para recordar lo que pudiera pasar. Mal de muchos, ¿consuelo de tontos?

A principios de año teníamos la expectativa de que la economía mexicana podría crecer alrededor de 3.5 por ciento, mediante la recuperación en la demanda externa (principalmente Estados Unidos), una mejoría en la inversión privada (alentada por las reformas estructurales) y sin nuevos retrocesos fiscales (como la reforma recaudatoria de 2014). Sin embargo, Estados Unidos empezó mal el año con condiciones climatológicas adversas y huelgas en varios puertos, por lo que empezamos a revisar a la baja la proyección para el crecimiento del año. Con el paso del tiempo, vimos que la producción industrial de nuestro vecino permaneció estancado, mientras que industrias mexicanas claves para la inversión (como la construcción) dejaron de crecer. El resultado fue una revisión sistemática a la baja, como de una décima promedio por mes, hasta llegar a una expectativa de 2.2 por ciento en octubre pasado.

No obstante, a lo largo del año hemos visto una mejoría notable en el consumo privado. La ANTAD y la AMIA han reportado crecimientos significativos, muy por encima del crecimiento promedio de la economía. Típicamente, la economía mexicana ha necesitado del motor de las exportaciones no petroleras para “jalar” a la economía interna. Pero este año ha sido totalmente atípico; crece el consumo de las familias sin mayor estimulo de las actividades secundarias. Incluso, si sumamos los componentes del gasto del PIB, llegamos a una cifra mucho mayor para el crecimiento, a tal grado que muchos han expresado dudas acerca de una discrepancia estadística demasiada elevada.

Al final de octubre, el INEGI dio a conocer su estimado oportuno de la tasa del PIB del tercer trimestre de 0.6 por ciento respecto al trimestre anterior. La cifra fue muy bien recibida, ya que era mayor al esperado y esto llevó a una pequeña revisión al alza en la proyección para el año. Veinte días después, el INEGI publicó el cálculo tradicional del PIB con una tasa todavía mayor, de 0.8 por ciento de crecimiento, junto con una revisión al alza en las tasas del primer y segundo trimestres: en vez de 0.43 por ciento en el primero, se revisó a 0.51 por ciento, mientras que el segundo se revisó a 0.63 por ciento de 0.50 por ciento. Esto significa que el nivel del PIB ajustado del tercer trimestre se ubica 1.9 por ciento por arriba del cuarto trimestre del año anterior, cuando nuestra estimación anterior era de 1.5 por ciento. Con estos números revisados, si el cuarto trimestre crece en forma similar al tercero, es factible que el crecimiento de 2015 alcance 2.6 por ciento.

Pero aun con esta revisión al alza, el cálculo del PIB por el método de la producción va quedar muy por debajo de la suma de los componentes del gasto, que pudiera incluso rebasar 4 por ciento. Sin embargo, el INEGI aclara que esta suma se hace sin considerar la discrepancia estadística, que tiene una relación muy cercana al cambio en existencias (variación en inventarios), que simplemente no se puede descartar. En otras palabras, la discrepancia es parte integra de las cuentas que nos dan la igualdad entre la oferta y la demanda. Si la discrepancia es elevada, nos está diciendo que la variación de existencias no está bien medida (pues es la parte más difícil, en especial las existencias de origen importado). Lo más seguro es que al obtener más información, esta discrepancia disminuirá.

El INEGI nos dice que el cálculo del PIB por el lado de la producción es muy robusta, ya que se elabora con encuestas mensuales de bienes y servicios y registros administrativos con información de cerca de 30,000 empresas, que representan alrededor de 110,000 unidades económicas, que a su vez contempla cerca del 80 por ciento de las principales actividades de la economía nacional. En cambio, el computo por el lado de la demanda es menos comprensivo, en especial el cálculo de las existencias. Por lo mismo, la discrepancia estadística concentra las diferencias de las fuentes estadísticas, los métodos de cálculo, momentos de registros y tipos de valoración que se presentan en la medición de los distintos componentes.

Por ejemplo, el PIB trimestral por el lado de la producción considera entre sus componentes más importantes a la extracción de petróleo, que ha mostrado en los últimos trimestres, una aportación negativa a la actividad económica. Si restamos su valor al cálculo del PIB, la tasa de 2015 aumentaría en 0.6 puntos porcentuales. No obstante, el cálculo por el lado de demanda no contempla la diferencia con la información recabada en el corto plazo y seguramente se integra en la discrepancia estadística.

 

Hace como cinco años, el INEGI invitó a Víctor Guerrero, un profesor destacado de estadísticas del ITAM, a realizar un proyecto de investigación sobre una estimación más oportuna del PIB. Presentó una metodología, elaborada junto con Esperanza Sainz, que utilizaba la información preliminar de los dos primeros meses del trimestre (a partir del IGAE) e incorporaba estimaciones econométricas para calcular el mes faltante. A partir de este trabajo, el INEGI empezó a probarlo y a refinar la metodología. Finalmente, se optó por un cálculo que incorporaba más información concreta, un máximo de los procedimientos estándar de las cuentas nacionales y un mínimo de modelado econométrico. Gracias a estos esfuerzos, ahora el INEGI nos presenta un “estimado oportuno” del PIB a los 30 días de haber concluido el trimestre. Es importante recalcar que no viene a reemplazar al cálculo tradicional, que se dará a conocer este viernes, sino simplemente es un anticipo aproximado de lo que conoceremos en unos días.

La recomendación internacional es que los países deberían presentar el cálculo del PIB a los dos meses (o menos) de haber terminado el trimestre. El INEGI cumple cabalmente con el lineamiento, ya que produce la cifra a los 50 días. No obstante, Estados Unidos divulga una primera estimación a los 30 días, mientras que algunos países como Singapur, China y el Reino Unido hasta en menos. Aun así, este nuevo esfuerzo del INEGI coloca a México entre los ocho países del mundo que brinda un primer estimado en un mes o menos.

Eduardo Sojo, el actual presidente del INEGI, realizó sus estudios de posgrado en la Universidad de Pennsylvania. Su tesis doctoral lo realizó bajo la supervisión de Lawrence Klein (premio Nobel de Economía 1980) a mediados de la década de los 80. Su trabajo era como obtener un estimado rápido del PIB trimestral mediante indicadores de mayor frecuencia. Esta misma metodología fue trabajada en la misma universidad años más tarde por alumnos posteriores de Klein, pero siempre con un enfoque econométrico. Cuando Sojo se reincorporó al INEGI a mediados del sexenio pasado, tenía la idea de que se pudiera utilizar esta técnica para adelantar la estimación del PIB. Por lo mismo, buscó a Víctor Guerrero y empezaron a trabajar en lo mismo. Sin embargo, los investigadores de planta de Estadísticas Económicas del INEGI desarrollaron una metodología distinta, que busca maximizar la incorporación de información concreta, ya que el INEGI tiene más del 80 por ciento de la información directa en el momento de realizar el cálculo oportuno, por lo que solo necesita estimar una tercera parte del último mes del trimestre. Otra de las bondades de la metodología es que sigue la agregación tradicional del PIB contenida en las cuentas nacionales, por lo que en pruebas anteriores se ha obtenido una estimación oportuna que discrepa muy poco con el cálculo tradicional que se obtiene 20 días después.

El INEGI estima que el crecimiento del PIB del tercer trimestre respecto al mismo trimestre del año anterior es 2.4 por ciento. Al incorporar ajustes por la estacionalidad, la tasa anual sería 2.3 por ciento (por efectos de calendario) y la tasa respecto al trimestre inmediato anterior 0.6 por ciento. De resultar acertado, es un resultado ligeramente mejor a lo que se había anticipado anteriormente. El viernes veremos.

Existe otro aspecto del cálculo que necesitamos entender mejor. El INEGI primero calcula el PIB por el lado de la oferta mediante la diferencia entre el valor bruto de la producción y el consumo intermedio. Así obtiene el desglose de las actividades económicas entre primarias, secundarias y terciarias. Un mes después (18 de diciembre), obtiene un segundo desglose por el lado de la demanda mediante los cálculos de los componentes del gasto (consumo privado, consumo de gobierno, inversión fija bruta, variación de existencias, exportaciones e importaciones). Como son cálculos estadísticos, siempre existe una discrepancia estadística entre los dos. El problema que hemos visto este año es que esta discrepancia es la más elevada de los últimos 14 años, lo cual ha desconcertado a más de uno.

Si tomáramos el cálculo por el lado de la demanda e ignorando la discrepancia, el crecimiento anual del PIB para el primer y segundo trimestre de este año sería 5.1 y 4.7 por ciento, respectivamente, comparado con las tasas de 2.6 y 2.2 por ciento por el lado de la oferta. ¿Cuál de las dos estimaciones es más robusta? ¿En función de qué está la discrepancia? ¿Será que realmente estamos creciendo más?

En estos últimos días se han divulgado indicadores económicos que básicamente ofrecen un panorama mixto del desempeño actual de la economía. Igual, se presentarán varios más en estos días, que seguramente confirmarán el mismo mensaje: la economía mantiene un paso lento. Si consideramos el entorno externo, podemos decir que no estamos tan mal, pero si tomamos las promesas que realizó el gobierno a principios del sexenio, tenemos que estar decepcionados.

Parte de nuestro problema es que la economía de Estados Unidos no muestra mucho dinamismo y en particular, su producción industrial se encuentra estancada desde hace tiempo. El motor principal de crecimiento de México son las exportaciones no petroleras, de los cuales más del 81 por ciento van a nuestro país vecino. Dado que 88 por ciento de las exportaciones totales son bienes manufactureras, el desempeño de la producción industrial de Estados Unidos es vital. El lunes anunció el Institute of Supply Management (ISM) que su indicador manufacturero disminuyó 0.1 puntos en octubre para ubicarse en 50.1. Dado que el umbral entre una economía en expansión y una estancada es de 50, podemos interpretar este resultado como una noticia mala para México.

El Indicador IMEF Manufacturero registró en el mismo mes un aumento a 51.6 puntos, después de tres meses consecutivos a la baja. Sin embargo, el mismo indicador ajustado por tamaño de empresa disminuyó 0.7 puntos, lo que sugiere que el sector manufacturero mexicano continuará débil. El INEGI reportó que el Índice Compuesto de Indicadores Coincidentes permaneció básicamente sin cambios en agosto, pero el de Indicadores Adelantados disminuyó 0.1 puntos para ya registrar doce meses al hilo con una tendencia a la baja y seis por debajo de la tendencia de largo plazo. Hasta hace poco, el INEGI definía esta situación como una etapa de “recesión”. Aunque ya admitió que la etiqueta no era la adecuada, de todos modos anticipa una economía débil con tendencia a debilitarse aún más.

El Banco de México dio a conocer su encuesta mensual de “especialistas” en economía del sector privado. A pesar de que no cambian las expectativas para el crecimiento, lo que más llama la atención es que de los 37 encuestados, 47 por ciento opinan que la economía está mejor que hace un año y 53 por ciento piensan que no, una opinión totalmente dividida. Solo 31 por ciento juzgan que mejorará el clima de negocios y es buen momento para invertir, mientras que los demás no están de acuerdo.

En estos días se publicarán los indicadores de confianza empresarial y del consumidor para octubre, donde podremos ver si el ambiente desolado entre la población empiece a cambiar o no. También conoceremos la Inversión Fija Bruta y el Consumo Interno de agosto, dos indicadores que van mejor que el resto de los componentes por el lado del gasto del PIB. Ante la debilidad de las exportaciones, aquí deberíamos encontrar un poco más de evidencia de lo poco que crece en la economía.

Al final de cuentas, todos estos indicadores nos ayudan a armar el rompecabezas de la economía mexicana. A estas alturas, se espera que la economía tendrá un crecimiento entre 2.2 y 2.3 por ciento, mientras que el año pasado avanzó 2.2 por ciento (según la última revisión del PIB anual). Por lo mismo, estamos por ver si el PIB de 2015 será igual o marginalmente mejor que el año anterior. Para esto, nos ayuda mucho la nueva “estimación oportuna” del PIB, que ahora el INEGI nos dará 20 días antes de que salga  el cálculo tradicional. Mediante información perteneciente a más del 80 por ciento del trimestre y una estimación econométrica del 20 por ciento faltante, el INEGI nos “adelantó” que se espera que el crecimiento del tercer trimestre alcance 0.6 por ciento respecto al anterior. De resultar acertada, el dato es positivo, ya que mejora marginalmente la expectativa de un PIB mayor. Incluso, de mantener la misma inercia en el último trimestre del año, el crecimiento del año podría terminar entre 2.3 y 2.4 por ciento.

La estimación oportuna del PIB sitúa a México entre los ocho países del mundo que con mayor oportunidad reportan el crecimiento de la actividad económica. Sin embargo, sabemos que existe una relación inversa entre precisión y oportunidad. En Estados Unidos se pueden presentar variaciones significativas entre su primer estimado a los 30 días y los siguientes dos que difunda a los 60 y 90 días. Sin embargo, no queda claro si así será en México. El INEGI presume de una innovadora metodología, que ha puesto bajo prueba y promete ofrecer estimaciones más o menos acertadas. Pues ya veremos.

Llama la atención un artículo escrito por Bank of América Merrill Lynch (BofAML), titulado “¿Cuál es el problema del dólar a 17? ¡Ninguno!”, que apareció hace una semana en una revista de circulación nacional. Sin duda, el tipo de cambio es uno de los precios más importantes de la economía mexicana. El hecho de que haber aumentado prácticamente 30 por ciento en un poco más de un año y afirmar que no provoca problema alguno, parece algo ingenuo.

De entrada, ante la pregunta de por qué se ha depreciado tanto el peso, el artículo afirma que la razón principal es que han entrado menos dólares a México a raíz de la disminución de la venta de petróleo, debido a la caída en la producción y a que los precios internacionales del petróleo se desplomaron. Pero si esto fuera la causa, entonces ¿por qué se depreciaron muchas monedas en igual o mayor magnitud ante el dólar, aun cuando muchos de estos países ni siguieran son exportadores de petróleo? Además, las divisas que entran a nuestro país por este concepto ni siguieran pasan por el mercado cambiario, ya que Pemex tiene la obligación de venderlos directamente al Banco de México. En el mejor de los casos, hubo una afectación psicológica que provocó un aumento en la demanda, pero no disminuyó la oferta de dólares por este concepto.

Según esto, la segunda razón es que han salido muchos dólares de México para irse a Estados Unidos. No obstante, Banamex reporta que en septiembre los flujos mensuales de extranjeros en Bonos M aumentaron por tercer mes consecutivo y que en general los flujos de capital a bonos a tasa fija acumularon una entrada positiva en el tercer trimestre. Dice la institución que los flujos totales de extranjeros a bonos locales aumentaron 1.4 por ciento en lo que va el año. Más que salidas masivas de capital, lo que parece que ha pasado es que más bien entran menos dólares que antes. Obviamente, ha cambiado la composición de oferta y demanda de dólares, pero parece ser que es algo mucho más complicado que lo que apunta BofAML.

Independientemente de las razones de porqué se ha dado la depreciación, lo que más llama la atención es la afirmación que no ha causado problema alguno. Si bien es cierto que hasta ahora no hemos visto una reacción inflacionaria (incremento generalizado y sostenido en los precios), el reacomodo en los precios relativos ha creado un sinnúmero de problemas en muchos mercados. Hay una gran cantidad de empresas que están pasando aceite por los incrementos en los precios de sus insumos y otros que han suspendido inversiones ya que no saben a qué atenerse. El impacto sobre la incertidumbre se ve muy claro en las encuestas de expectativas empresariales.

Sin embargo, el mensaje neurálgico del artículo es que este proceso de corrección en el tipo de cambio no tiene nada que ver con las devaluaciones traumáticas de antaño. El régimen cambiario de flotación funciona de maravilla al no permitir que se acumule un desequilibrio, que después requiere un ajuste verdaderamente dañino, no solamente en términos de inflación, sino también sobre la actividad económica.

Entre muchas de las ventajas, tenemos que no hay un efecto importante en el nivel general de precios. Entre otras cosas, debemos agradecer la baja en los precios de muchos commodities que han ayudado a neutralizar el impacto. El Banco de México estima que por cada punto porcentual (100 puntos base) que aumenta el precio del dólar, hay una incidencia de 4 puntos base en el INPC. Esto significa que la depreciación de 30 por ciento podría dejar un incremento de 1.2 puntos porcentuales en la inflación, que seguramente impactará en forma gradual a lo largo de los siguientes años.

Finalmente llama la atención que tampoco hemos visto una mejoría en las exportaciones, típicamente asociado con una depreciación importante. La razón principal es que ha sido más importante el efecto ingreso que el efecto precio, es decir, que por más barato que sean nuestras exportaciones en el exterior, no ha mejorado el ingreso externo lo suficiente como para demandar más nuestros productos. También tenemos que tomar en cuenta que en esta ocasión, el peso mexicano no es la única moneda que ha perdido valor contra el dólar, por lo que muchos otros países tienen igual o mayor ventaja en poder ofrecer productos más baratos a los Estados Unidos.

Al final de cuentas, no podemos decir que el dólar a 17 pesos no ha acarreado problemas ni angustias sustanciales. Pero sí podemos afirmar que son menores en proporción y diferentes en cuanto a sus impactos en la vida empresarial y cotidiana que en ocasiones pasadas.

El pasado 18 de septiembre, el INEGI publicó la “Oferta y Demanda Global de Bienes y Servicios” con datos actualizados al segundo trimestre de este año. Las cifras dadas a conocer son los componentes del PIB por el lado del gasto. En el comunicado de prensa, se ratificó que el crecimiento real del PIB en 2014 fue 2.1 por ciento. Una semana después, el Instituto divulgó las “Cuentas de Bienes y Servicios” del Sistema de Cuentas Nacionales de México (SCNM) con los últimos datos anuales para 2014. En esta ocasión, el INEGI informó que el crecimiento real del PIB en 2014 fue 2.2 por ciento. Por lo pronto, tenemos dos cifras oficiales de crecimiento a escoger, con una diferencia de 0.09 puntos porcentuales entre ambas.

El INEGI calcula el PIB con frecuencia trimestral, el cual reporta multiplicado por 4 para que cada trimestre sea comparable entre sí y con el monto anual. En principio, el PIB anual sería el acumulado (suma) de los cuatro trimestres, pero como las cifras están multiplicados por 4, se tiene que sacar el promedio de los cuatro trimestres (es decir, dividir entre cuatro). Posteriormente, el Instituto calcula el PIB anual dentro del marco de la contabilidad nacional, mediante la presentación de varias cuentas que deben cuadrar todas entre sí. Sin embargo, existe una diferencia básica entre ambas mediciones, que hace que la serie del PIB trimestral no sea 100 por ciento compatible con la serie anual.

El problema principal tiene que ver con un trato diferenciado del calendario agrícola. Mientras que en el cálculo anual se cuantifica la producción del “año agrícola” y los insumos empleados en tal año, en el cálculo trimestral se mide el valor agregado de cada uno de los trimestres comprendidos en un año calendario. Esta discrepancia no es mayor, gracias a que la agricultura representa una proporción muy pequeña del PIB total del país. Entre 2003 y 2014, la producción agrícola va variado entre 1.7 y 2.2 por ciento del PIB total.

No obstante, el problema no queda solo en la diferencia del calendario. En las estimaciones trimestrales no se pueden aplicar los métodos de “doble deflación” que emplea el INEGI en la medición anual para medir el producto generado por la actividad agropecuaria, de silvicultura, caza y pesca, construcción y de servicios, debido a la disponibilidad de información que se requiere para realizar cálculos de esta naturaleza. El INEGI nos dice que si se realizara la medición real de producción y de insumos agrícolas para la medición trimestral, el valor sería pequeño o negativo en trimestres de siembra y excesivamente elevado en los de cosecha, en los cuales se concentra la mayor parte de los pagos a los factores de producción.

Para minimizar los problemas derivados de diferentes metodologías y de fuentes de información distintas, el INEGI aplica una técnica de ajustes proporcionales (llamada Denton) a los cálculos trimestrales para “articular” los datos de alta frecuencia con las cifras anuales. El objetivo principal de dicho ajuste es el de preservar, hasta donde sea posible, los movimientos de los cálculos de corto plazo bajo las restricciones de los datos anuales y así, minimizar las diferencias y asegurar que el promedio anual de las cifras trimestrales se aproxime a los datos anuales.

A pesar del ajuste, aunque el promedio anual de la serie trimestral se aproxime a la serie anual, no son iguales. En los once últimos años que contamos con datos para realizar comparaciones, encontramos con diferencias en las tasas de crecimiento que van de 0.02 puntos porcentuales (2008 y 2012) hasta 0.13 puntos (2011). En doce años, el PIB anual resulta mayor al trimestral en cinco años y menor en siete. Al final de cuentas, el crecimiento anual compuesto de 2003 a 2014 es de 2.59 por ciento para ambas series, con una diferencia minúscula de 0.0023 puntos porcentuales.

Si utilizamos un solo punto decimal para la tasa de crecimiento anual, hay una diferencia de una décima en seis ocasiones, mientras que coinciden en cinco. Entonces, ¿cuál de las dos series deberíamos utilizar para hablar del crecimiento anual del PIB? El INEGI realizó una retropolación a la serie trimestral para que fuera disponible desde 1993 a la fecha, mientras que solo existe una serie homogénea anual a partir de 2003. Para fines prácticos, recomiendo la serie trimestral, ya que es más larga y compatible con las tasas de crecimiento trimestrales.

Para complicar todo un poco más, ninguna de estas dos series son perfectamente compatibles con la forma en que el Bureau of Economic Analysis (BEA) de Estados Unidos reporta su tasa de crecimiento anual del PIB.

El Mediano Plazo

Septiembre 23rd, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Ayer en la tarde, el Poder Ejecutivo mandó los Criterios Generales de Política Económica para 2016 al Congreso de la Unión. Aunque no tengo las cifras que se utilizaron para el marco macroeconómico al momento de escribir, queda claro que los números que divulgó la SHCP a principios de abril en el documento de “Pre-Criterios” dejaron de ser relevantes y requerían de una actualización significante.

Hace cuatro meses anticipaba crecimiento en 2015 entre 3.2 y 4.2 por ciento, mientras que 2016 estaba entre 3.3 y 4.3 por ciento. Cuando el INEGI publicó el PIB del segundo trimestre, la SHCP anunció que bajaba su expectativa de 2015 a un rango de 2.0 a 2.8 por ciento, pero mantuvo la de 2016 sin cambio. Las últimas encuestas señalan 2.3 por ciento como el consenso para 2015 y 3.0 por ciento para 2016. Son ya muy pocos analistas que esperan crecimiento de 3.3 por ciento o más para el próximo año. Según la última encuesta de Banamex de Expectativas, BNP-Paribas, Nomura, Old Mutual, Pro Asset, Santander, Thorne y UBS estiman crecimiento entre 3.3 y 3.5 por ciento. Pero salvo Santander y posiblemente UBS, los demás son instituciones sin mucha presencia en el país, que no tienen tan claro el panorama. En este sentido, realmente llama la atención el optimismo desbordado de Santander.

El tipo de cambio promedio de 2015 estaba en 14.80 para 2015 y 14.50 para 2016. Sin embargo, el promedio de los primeros ocho meses del año se ubica en 15.46, mientras que al 8 de septiembre cerró en 16.80. Aun en el caso optimista de que el peso se apreciara de aquí a fin de año, lo más probable es que el promedio termine por encima de 16 pesos por dólar. Dado que prevalece la fortaleza del dólar y no se ve en el mediano plazo una apreciación significativa del peso, a estas alturas 14.50 para 2016 es una cifra difícil de creer.

El precio promedio por barril de petróleo estaba en 50 dólares para 2015 y 55 para 2016. Aunque el promedio de los primeros ocho meses del año anda en 48.48 dólares, el hecho de que actualmente está en 41.11 nos hace pensar que el promedio terminará el año en un nivel mucho más abajo. Igual, suena muy optimista un precio promedio de 55 dólares para 2016, especialmente con el regreso al mercado de Irán y la desaceleración de China.

La SHCP esperaba una tasa de inflación fin de año de 3.0 por ciento para 2015 y para 2016. Sin embargo, la depreciación cambiaria no se ha revertido y la mayoría de los analistas anticipan que el traspaso empezará a cobrar factura hacia fines de este año o a más tardar en 2016. La última encuesta de Expectativas de Banamex muestra que todas las instituciones financieras (salvo Banorte que mantiene una proyección oficialista), ven un incremento en la inflación el próximo año.

Este año ha sido difícil, caracterizado por caídas en el precio y en el volumen de la exportación de petróleo, de una elevada volatilidad en los mercados financieros internacionales (en especial los cambiarios), de un aumento en la incertidumbre de los inversionistas y de un estancamiento en las actividades secundarias. Lo único que nos ha salvado de todavía menor crecimiento ya sido la reactivación en el consumo de los hogares.

El problema es que 2016 no se ve necesariamente mejor. Los precios de los commodities van a permanecer bajos, ya que la economía China no va mejorar y el resto del mundo sigue con problemas. No se ve que Estados Unidos vaya a tener más crecimiento, por lo que es difícil anticipar una buena evolución en nuestras exportaciones. Mientras que las exportaciones de automóviles (según AMIA) crecieron 14.1 por ciento a tasa anual en los primeros cuatro meses del año, han avanzado tan solo 2.3 por ciento en los últimos cuatro. Las exportaciones manufactureras no automotrices muestran una tendencia negativa desde hace casi medio año. El Indicador IMEF No Manufacturero de agosto anticipa una desaceleración en el comercio y los servicios. ¿En qué podemos basar el optimismo de que vamos a crecer más el siguiente año?

Otra característica primordial de este año, tanto externo como interno, ha sido la incertidumbre, que no solo ha sido uno de los factores principales detrás de la volatilidad en los mercados financieros, sino también ha actuado como freno a la inversión. La mayor parte proviene del titubeo en la política monetaria de Estados Unidos, que a su vez ha provocado una hipersensibilidad ante cualquier evento. El problema es que no queda claro que todo se tranquilizará con un incremento próximo en la tasa, ya que seguirá la duda acerca de cuándo y cuánto será el siguiente.