Articulos sobre la economía Mexicana
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La semana pasada, el INEGI dio a conocer el balance comercial de diciembre y, por tanto, de todo el año pasado. Resulta que el saldo del año fue un déficit de 14.5 mil millones de dólares (mmd), el balance más negativo que se ha registrado desde 2008. El déficit, que es aproximadamente 1.3 por ciento del PIB, es apenas la segunda vez en los últimos diez años que ha superado el uno por ciento del total de bienes y servicios finales producidos en el país en un año.

El déficit de 2015 fue 11.6 mmd más deficitario que el año anterior. Resulta muy poco común ver un cambio tan radical de un año a otro en el saldo comercial, ya que salvo 2009 (año de la gran recesión y desplome en el comercio exterior mundial) los cambios promedio son menores en promedio a los 2 mmd. La explicación principal radica en el desplome de las exportaciones petroleras, que disminuyeron -45.0 por ciento respecto a 2014, provocando un déficit en el balance petrolero por primera vez en cuatro décadas. El balance petrolero pasó de un superávit de 1.1 mmd en 2014 a un déficit de 9.9 en 2015, una diferencia de 11.0 mmd. Pero si tomamos 2013 como referencia cuando hubo un superávit de 8.6 mmd, tenemos una disminución acumulada de 18.5 mmd en tan solo dos años. Aunque hemos tenido años en que la baja del precio de exportación de petróleo ha sido igual o hasta más acentuada, en esta ocasión se juntó con una disminución significativa en la producción. El resultado final es que el valor de las exportaciones petroleras representa una disminución de 58.5 por ciento respecto al que teníamos en 2011.

Dado que México importa mucha gasolina y algunos otros productos petroleros, cuyos movimientos en precios están correlacionados con el del petróleo, la balanza petrolera tiene un elemento amortiguador implícito. Por ejemplo, las exportaciones petroleras disminuyeron 45.0 por ciento, mientras que las importaciones cayeron -19.8 por ciento; la caída en el precio de exportación de petróleo fue acompañada con un precio menor en el precio de la importación de gasolina. No obstante, en esta ocasión la menor producción de petróleo no fue acompañado por una disminución similar en el consumo de gasolina, lo que provocó que por fin México terminara con un saldo petrolero deficitario.

En el pasado, el saldo petrolero superavitario ayudaba a compensar el déficit comercial de los bienes y servicios no petroleros. Por ejemplo, en 2006 el déficit no petrolero de 25.5 mmd tuvo la contrapartida de un superávit petrolero de 19.4 mmd, para terminar con un déficit total de apenas 0.6 por ciento del PIB. Afortunadamente, el deterioro petrolero se ha producido después de haber experimentado un cambio estructural en el balance no petrolero: hemos visto una disminución paulatina del déficit no petrolero desde 2009 a la fecha. En 2008, el déficit superó los 32 mmd, casi 3.0 por ciento del PIB. Desde ese año a la fecha hemos visto una disminución año tras año hasta llegar a su nivel más bajo de 0.3 por ciento del PIB en 2014. El déficit petrolero de 2015 llegó en un momento en que el no petrolero apenas registró 0.4 por ciento del PIB. De no ser por el bajo déficit no petrolero, el déficit comercial total de 2015 hubiera podido llegar a superar 4.0 por ciento del PIB.

En principio, las exportaciones mexicanas tienen un alto contenido de insumos importados. Esto significa que existe una elevada correlación entre ambas. Si disminuyen las exportaciones, automáticamente caen las importaciones y no terminamos con un déficit mayor. Incluso, nuestras exportaciones son en buena medida insumos de las exportaciones de Estados Unidos. A raíz de la apreciación del dólar, disminuyeron las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo. Eso hizo que no crecieran tanto nuestras exportaciones a Estados Unidos y automáticamente casi no hubo crecimiento en las importaciones.

No obstante lo anterior, la regla de aproximación anterior era que nuestras importaciones crecían ligeramente más que las exportaciones. Sin embargo, de 2008 a la fecha se ha invertido esta regla: ahora nuestras exportaciones usualmente crecen ligeramente más que las importaciones. Esto ha hecho posible que el déficit no petrolero haya disminuido poco a poco en los últimos años. Por ejemplo, en promedio las exportaciones no petroleras han crecido 6.6 por ciento anual en los últimos siete años, mientras que las importaciones no petroleras crecieron tan solo 5.0 por ciento promedio en los mismos años. De esta forma, el déficit no petrolero de 32.2 mil millones de dólares de 2008 pudo disminuir a 4.6 mmd en 2015.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de actualizar su documento semestral de las perspectivas de la economía mundial, conocido como el WEO (World Economic Outlook). El titulo de su publicación es “Se atenúa la demanda y se empañan las perspectivas”. A comparación con los números que tenía en octubre, las proyecciones de crecimiento mundial se revisan a la baja (por 0.2 puntos porcentuales) en 2016 y 2017, fundamentalmente por una mayor debilidad prevista en las economías emergentes. La buena noticia es que todavía se espera mayor crecimiento en 2016 (3.4 por ciento) que en 2015 (3.1 por ciento) en la ponderación global. Sin embargo, el crecimiento de los países emergentes en 2015 fue el más bajo desde la gran recesión de 2008-2009. La mala noticia es que el comportamiento de las economías emergentes se ve muy variado y enfrenta muchos retos, a tal grado que es posible que no superemos el crecimiento observado el año pasado.

El FMI estima que el crecimiento del PIB de México en 2015 fue 2.5 por ciento, que coincide con los consensos de la mayoría de las encuestas de expectativas. Sin embargo, para este año anticipa un avance de 2.6 por ciento, por debajo de la opinión generalizada de 2.8 por ciento en las encuestas. En otras palabras, espera que el crecimiento en 2016 será prácticamente igual a la observada en 2015, a pesar de nuestras reformas estructurales y la estabilidad macroeconómica que presumimos.

Si la economía mexicana crece más ahora, será porque se sostendrá el consumo privado, mejorará la inversión privada y aumentarán las exportaciones. Lo que limitará el crecimiento es el gasto público, que enfrenta el reto de la consolidación fiscal, y posiblemente la política monetaria, que afronta el desafío del repliegue paulatino de la política en Estados Unidos. Sin embargo, el riesgo más grande que tenemos es precisamente el panorama mundial, que dicta no solamente la demanda de nuestras exportaciones, sino también la valoración de peso y las presiones inflacionarias. Dentro de éste entorno, la salud de la economía de Estados Unidos es esencial, en especial, la expansión de su sector manufacturero.

Resulta interesante que el FMI ve que los riesgos principales que enfrentan las economías emergentes en general (y México en lo particular), son las mismas del año pasado: 1) la desaceleración económica y las desequilibrios desconocidos de China, 2) la caída de los precios de los commodities, en especial del petróleo crudo, y 3) los cambios, aunque paulatinos, en la postura monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos. Si no se manejan estas tres transiciones críticas de manera adecuada, el FMI advierte que el crecimiento mundial podría descarrilarse.

El primer riesgo es posiblemente el más inquietante, ya que es el más difícil de entender. China acaba de informar que su economía creció 6.9 por ciento el año pasado, ligeramente menos que el 7.3 por ciento reportado para 2014. Sin embargo, como bien apunta The Economist, la caída pronunciada de su mercado bursátil, el colapso global en los precios de los commodities y la presión creciente sobre el renminbi, hacen pensar que la realidad no es tan buena. Las dos preocupaciones principales son que el crecimiento económico es mucho menor a lo que dice el gobierno y que lo peor todavía está por venir. Todos acuerdan que la brecha entre los datos oficiales de la economía china y las percepciones del mercado se han acentuado y es un abismo. El problema es que desconocemos la extensión de sus desequilibrios y sus posibles consecuencias.

El segundo, la caída en los precios de los commodities, está muy relacionado con el primero: menos demanda proveniente de China ha contribuido a la baja en los precios. Sin embargo, también existe una sobreoferta, que empezó con los avances tecnológicos en Estados Unidos (gas pizarra) y ahora se complica con el regreso iraní al mercado petrolero. No se prevé el final de este ciclo en el corto plazo, por lo menos no éste año.

Finalmente, seguimos enfrentados a la política monetaria de la Reserva Federal. Nos habían dicho que habría un regreso a la normalidad en el momento en que empezara a aumentar su tasa. Sin embargo, el momento ya paso y nuestra moneda sigue depreciándose. La incertidumbre se mantiene y el tipo de cambio lo refleja. Tampoco se espera que esta situación cambiara pronto.

¿Ahora qué podemos esperar? Ante las últimas cifras económicas, más revisiones a la baja en las expectativas de crecimiento, más cambios al alza en la proyección del tipo de cambio y más modificaciones hacia una inflación esperada mayor.

Sin duda, 2015 fue un año atípico. Sufrimos una depreciación marcada del peso respecto al dólar, pero una inflación mínima histórica, mientras que nuestras exportaciones no petroleras prácticamente no crecieron, pero la economía interna (en especial el consumo privado) tuvo un desempeño positivo. Todo apunta a que el crecimiento final será alrededor de 2.5 por ciento. Si analizamos los componentes del PIB por el lado del gasto, encontramos que la mayor expansión viene por el lado de las exportaciones y el único negativo será la inversión pública. La pregunta que debemos hacer es ¿veremos algo similar en 2016 o habrá aspectos que cambien?

Posiblemente lo más importante serán las exportaciones no petroleras, ya que casi siempre han sido el motor principal de crecimiento. En 2015 bajó mucho la demanda externa a pesar de tener la ventaja del aumento en el tipo de cambio. En términos de dólares nuestras exportaciones se estancaron, pero en pesos reales tuvieron un desempeño positivo, efecto combinado de la depreciación y de la inflación baja. Dado que no debemos esperar que el peso se deprecie en 2016 en la misma forma que el año pasado, no podemos esperar un fenómeno similar. Esto significa que el desempeño en dólares este año marcará el impacto sobre el PIB, por lo que será clave la demanda externa, en especial la de Estados Unidos. ¿Podrá mejorar la economía de nuestro vecino?

El dólar fuerte perjudicó las exportaciones de Estados Unidos en 2015, lo que explica en buena medida su pobre desempeño manufacturero. El último dato del ISM Manufacturero (diciembre) no fue bueno (disminuyó a 48.2), por lo que no se ve una recuperación en el corto plazo. Las expectativas del PIB norteamericano para este año son de tan sola una mejoría marginal. Aún bajo el supuesto de un mayor crecimiento de nuestras exportaciones en dólares, difícilmente podemos esperar que el impacto en pesos reales (en el PIB) sea tan bueno como del año pasado. En otras palabras, no debemos esperar mucho en este rubro.

Ante la dificultad que representa el entorno externo, lo único que nos queda es voltear hacia dentro. ¿Habrá más inversión privada? ¿Se mantendrá el consumo de los hogares? ¿Tendrá impacto el gasto público?

De entrada, vemos dos sectores claves que podrán marcar una diferencia importante: petrolero y construcción. En 2015 hubo una disminución en la extracción de petróleo y gas, que le restó alrededor de 0.6 puntos porcentuales al crecimiento económico. Todo indica que ya no bajará más en 2016 e incluso, podría presentarse una recuperación marginal. De ser cierto, el efecto base tendrá un efecto positivo en el PIB. Después de presentarse una recuperación significativa en la construcción en 2014, se presentó un estancamiento en el 2015. Aparentemente, los desarrolladores de vivienda ya absorbieron los efectos negativos de la crisis de 2012-2013 y deberán mejorar este año. De ser cierto, deberíamos ver algo similar que con el sector petrolero, es decir, cierto impulso por un efecto de base positivo.

Dado que el consumo privado representa más de dos terceras partes del PIB, será esencial que continúe su buen desempeño en 2016. Sin embargo, mucho del crecimiento que vimos el año pasado fue de una recuperación contra los dos años anteriores. Por lo mismo, aquí el efecto base no será tan favorable. Es posible ver todavía una expansión positiva de las comparas de los hogares, pero con una contribución menos favorable en el PIB.

En términos de la inversión privada, debemos recordar que la construcción explica más de dos terceras partes. El resto, la compra de maquinaria y equipo, deberá tener un desenvolvimiento positivo en respuesta a las reformas estructurales. Aquí sí esperamos una mayor contribución al crecimiento del PIB en 2016 comparado con el año pasado. Sin embargo, la inversión pública enfrentará todavía mayores problemas este año debido a los necesarios esfuerzos de consolidación fiscal, por lo que debemos anticipar otra vez una contribución negativa al PIB.

En síntesis, no esperamos que 2016 sea de nuevo un año atípico, sino más bien de un regreso a condiciones más normales. Habrá factores que podrán resultar benéficos este año y contribuir a un mayor crecimiento comparado con los tres años pasados, pero igual hay factores que no pintan tan bien. ¿Dónde quedará la bolita? Por lo pronto, el consenso se ha consolidado en una tasa de 2.7 a 2.8 por ciento, que significa una mejoría marginal, pero todavía muy muy lejos de una tasa superior al 5 por ciento, que nos prometieron si se aprobaran todas las reformas estructurales.

Mal de Muchos

Diciembre 9th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

Desde hace dos décadas, el comportamiento económico de México ha estado atado al de Estados Unidos. El crecimiento promedio de 2014 a 2016 se estima alrededor de 2.5 por ciento anual para ambos países. Si lo comparamos con el promedio (ponderado) mundial, que se espera sea cerca de 2.9 por ciento, deberíamos concluir que no estamos tan mal. Los países que jalan el promedio hacia arriba, como India y China, son muy distintos a nuestro país y al final no son los ejemplos que queremos seguir. Existen muchos otros países que crecen más, como Panamá y Bolivia, pero que tampoco son modelos para nosotros.

Desde que México y muchos otros países de América Latina resolvieron su crisis de deuda externa mediante el Plan Brady, siempre nos han comparado con los tres países más grandes de la región, que son Argentina, Brasil y Venezuela. Me acuerdo haber sido invitado en 1989 a formar parte de un consejo asesor de un fondo de inversión en bonos soberanos, que buscaba altos rendimientos en la región. Al salir de la década perdida en la cual nadie quería saber de nosotros, no existía mucho conocimiento de nuestros países, que en aquel entonces se consideraban medio exóticos. Posteriormente, incorporamos una consultoría con los demás asesores de aquel consejo, que brindaba estudios comparativos de estos países. Años después, trabajé como economista para América Latina de un banco con intereses en toda la región. El hilo común en todo este tiempo era la comparación continua de las economías de la región, pero siempre con especial énfasis en los “big four” (los cuatro grandes).

En momentos, todos compartimos los mismos problemas macroeconómicos: falta de crecimiento, inflación galopante, déficit fiscal creciente, desequilibrios externos y deuda excesiva. Con el tiempo, fuimos resolviendo estos problemas, algunos mejores que otros. Pero posiblemente lo mejor de todo es que fuimos aprendiendo nuestras lecciones, lo que no se debe hacer y lo que sí se debe hacer. En general, la región encontró el equilibrio macroeconómico y poco a poco empezó a crecer algo más.

El crecimiento de México no está donde queremos, pero tampoco está mal si vemos el entorno mundial. Nuestra inflación se ubica en un mínimo histórico, el déficit fiscal todavía manejable y no tenemos un desequilibrio externo. Nuestra calificación soberana se ubica en A3. Sin embargo, si volteamos a ver a los otros tres, parece que olvidaron las lecciones del pasado: todos sufren un deterioro macroeconómico impresionante.

Argentina crece por debajo del uno por ciento con inflación superior al 20 por ciento. No obstante, nadie puede creer las estadísticas que produce el INDEC; lo más seguro es que la inflación está al doble y el crecimiento a la mitad. La calificación riesgo-país se ubica en SD (semi-default), tiene un déficit fiscal superior al 5 por ciento del PIB y la tasa de interés se ubica alrededor de 27 por ciento. Los problemas económicos (y políticos) han llevado a la dinastía Kirchner a la derrota en las urnas.

Se estima que el crecimiento promedio anual del PIB de Brasil para 2014-2016 será negativa (alrededor de -1.5 por ciento), mientras que su inflación ya entró al terreno de los dos dígitos. La producción industrial en 2015 disminuirá -7.5 por ciento, mientras que se anticipa un déficit fiscal de 9.5 por ciento del PIB. La calificación riesgo-país ya se ubica en la zona especulativa de BB+, con perspectiva negativa. La población y el Congreso buscan la fórmula que sea para forzar la renuncia de Dilma Rousseff.

Venezuela tiene actualmente la peor administración económica de cualquier país del mundo. El crecimiento promedio anual esperado el PIB de estos tres años es -5.4 por ciento, mientras que la inflación ya supera 180 por ciento. La producción industrial cae a un ritmo de -11.6 por ciento y el déficit fiscal se ubica en 9.4 por ciento del PIB. La calificación de riesgo-país se encuentra en CCC y con perspectiva negativa. Al igual que en Brasil y Argentina, la población busca cómo deshacerse de su presidente.

En noviembre el “spread soberano” de México se ubicó en 218 puntos base (pb), mientras que en Brasil estaba en 432, Argentina 487 y Venezuela en 2605 pb. ¿Qué pasó con nuestros vecinos sudamericanos? ¿Cómo fue que perdieron la brújula y olvidaron las lecciones de las décadas anteriores?

Puede ser que México no crece lo que queremos, pero por lo menos crecemos y mantenemos los equilibrios macroeconómicos. Por lo pronto, debemos voltear al sur para recordar lo que pudiera pasar. Mal de muchos, ¿consuelo de tontos?