Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Las Remesas

Diciembre 2nd, 2013 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

El Banco de México informó que las remesas familiares en octubre ascendieron a 1,853.1 millones de dólares (md), 4.6 por ciento más que en el mismo mes del año pasado. Van tres meses consecutivos que se registra una tasa anual positiva, después de que los 13 meses anteriores habían sido de tasas negativas. No obstante, la recuperación es aun frágil, ya que el flujo acumulado de los últimos 12 meses (21,498 md) fue 4.9 por ciento menor al mismo periodo del año anterior. De hecho, el flujo acumulado de los doce meses a octubre se ubica 17.5 por ciento por debajo del máximo registrado de 26,059 md en diciembre de 2007.

Después de varias décadas de crecimiento, las remesas se estancaron hacia fines de 2007 y cayeron entre 2008 y 2010. Los sectores más dañados por la gran recesión de 2008-2009 fueron la construcción y la manufactura, en los que se concentraban la mayoría de los empleos que tenían los mexicanos que vivían en Estados Unidos. Sin fuente de ingresos y con una perspectiva difícil, muchos mexicanos optaron por regresar a su país. De hecho, el flujo migratorio neto de mexicanos a Estados Unidos se redujo a alrededor de un cinco por ciento de lo que había sido en la década anterior.

Los flujos empezaron a recuperarse a partir de 2011, aunque a tasas todavía bajas. Pero la mejoría duró poco, ya que a mediados de 2012 volvieron a disminuir hasta llegar de nuevo cerca a los mínimos registrados a principios de 2010. El dinero que manda los mexicanos que residen en Estados Unidos a sus familias en México representa un complemento importante a los ingresos de muchas familias. Por lo mismo, no debe extrañar que el retroceso en los envíos a partir de mediados del año pasado coincida con la desaceleración del consumo de los hogares y con el estancamiento de la economía en general.

El comportamiento de las remesas familiares de Estados Unidos a México parece justificado ante el entorno de los últimos años; no solamente se ha vivido la peor recesión de la pos-guerra, sino también hemos observado un esfuerzo inusitado de las autoridades de Estados Unidos por incrementar la seguridad de las fronteras y dificultar la inmigración ilegal. Sin embargo, llama la atención que mientras ha disminuido la inmigración de mexicanos a Estados Unidos y las remesas familiares enviados a México, no es el mismo caso para otros países. Por ejemplo, estadísticas de varios censos en Estados Unidos confirman la baja en la inmigración mexicana pero señalan que el flujo migratorio neto de los países centroamericanos ha aumentado. Esto lleva a preguntar por qué ha disminuido las remesas hacia México, mientras que aumenta hacia otros países.

La falta de empleo en los sectores relevantes para los mexicanos en Estados Unidos (construcción y manufactura) produjo un cambio estructural en la emigración de la población de nuestro país, en especial en cuanto a género. Datos proporcionados por estudios realizados en el CEMLA señalan que la inmigración neta en los últimos cinco años ha disminuido a 16 mil personas; pero hubo una disminución de 436 mil hombres y un incremento de 420 mil mujeres. Mientras que casi el 50 por ciento de los mexicanos trabajan en agricultura, construcción y manufactura, las mexicanas se concentran en servicios de salud, educación, alimentos, recreación y comercio. Por lo mismo, se ha visto una disminución neta en el empleo de los mexicanos (ya que trabajan en los sectores más afectados) mientras que se ha observado un incremento en el empleo de las mexicanas (que laboran en sectores más benévolas para las oportunidades de empleo). En adición a este cambio fundamental, aparentemente las mujeres que inmigran a Estados Unidos tienen menos lazos familiares que los hombres, por lo que son proclives a mandar menos remesas.

La importancia de las remesas para nuestro país no se puede subestimar. No solamente represente un ingreso complementario a muchos hogares, sino también ha contribuido sustancialmente en una mayor oferta de divisas, que explica en parte porque hemos tenido menores déficits en la cuenta corriente en comparación a décadas anteriores. Pero todavía más importante, es el reflejo de una válvula de escape primordial en el mercado laboral, que ha ayudado a mantener una tasa de desempleo relativamente baja a pesar del poco crecimiento económico que hemos sufrido en los últimos 30 años. Por lo mismo, este cambio estructural seguramente marcará cambios significativos en la economía en los siguientes años. Habrá que estar atentos.

Después de crecer en promedio 4.3 por ciento por tres años, la economía mexicana entró en una ligera fase recesiva en 2013. Las razones son muy conocidas: la falta de demanda externa por nuestras exportaciones; la caída en las remesas; la crisis de la construcción; el subejercicio y consolidación fiscal del gasto público; la incertidumbre en torno a las reformas estructurales; y la merma en el poder adquisitivo de ciertos segmentos de la población.

No obstante, la economía tiene posibilidades de iniciar pronto una recuperación: la economía de Estados Unidos va mejorando y se anticipa crecimiento de 2.6 por ciento para 2014 (versus 1.5 por ciento este año); las remesas tocaron fondo en julio y crecieron por primer vez en 13 meses en agosto; la construcción debe estar tocando fondo y pronto deberá mostrar algo de dinamismo; el gobierno estar por instrumentar una política fiscal expansiva vía mayor déficit en lo que resta del año y en 2014; la incertidumbre de las reformas pronto quedará despejado; y el Banco de México ha intensificado su política expansionista para proveer mayor aliento a la economía. No necesariamente esperamos una recuperación boyante, pero lo suficiente para dar por terminada la recesión.

Igualmente, hemos señalado los riesgos que quedan en el camino. Como casi siempre, el entorno externo representa uno de los principales, ya que nuestro dinamismo está atado a la demanda externa. No obstante, Obama ya resolvió el problema del cierre de su gobierno y logró extender el techo de la deuda pública a enero. Los especialistas ya piensan que el debacle entre los demócratas y republicanos se ha atenuado y que ya no representará el mismo peligro al comenzar el año. No podemos garantizar mayor crecimiento de nuestras exportaciones, pero definitivamente ha mejorado el panorama.

Sin embargo, en esta ocasión los mayores riesgos no son externos, sino internos. Desde que observamos la propuesta de reforma hacendaria que propuso la SHCP, vimos su potencial para reducir el ingreso personal disponible de casi todos los hogares que colaboren en el sector formal y para desalentar las inversiones productivas de las empresas en una gama amplia de sectores. Dijimos que la propuesta significaba una redistribución de recursos productivos de empresas que crean empleos a segmentos de la sociedad que contribuyen poco o nada a la actividad económica. Crea incentivos perversos para permanecer en el sector informal e incluso, para abandonar el formal. Desalienta la inversión extranjera en muchas áreas y pone frenos serios a la actividad exportadora (en especial a la maquila). Advertimos que de aprobarse, quitaría recursos a los que más contribuyen a la actividad económica.

Después de algunas modificaciones en la Cámara de Diputados, vimos su aprobación y envío a la de Senadores. Por lo pronto, podemos decir que no es una reforma hacendaria propiamente dicha, sino un conjunto de acciones fiscales recaudatorias con un alto impacto recesivo. No combate la informalidad, tiene una carga tributaria regresiva, se esconde detrás de acciones falsas como el combate a la obesidad, carece de sustento técnico, recurre a un déficit mucho mayor de lo que presume, desalienta la inversión productiva y crea una carga fiscal difícil de financiar en el futuro.

A pesar de sus sobradas críticas, la reforma sí contiene algunas medidas que podrán ser positivas en los mediano y largo plazos. Sin embargo, difícilmente se puede encontrar algo salvable en el corto plazo, es decir, algo que ayudará a la economía en su recuperación, o bien, que evitara que se sumerge en una recesión más profunda. Por lo pronto, el FMI emitió su veredicto: la economía mexicana apenas crecerá 3.0 por ciento en 2014, casi un punto porcentual completo menos de lo que pretende el gobierno. El mayor impulso vendrá de un mejor entorno externo, pero aminorado por la política recesiva del gobierno. Habrá más inflación, alimentada por incrementos en los precios al consumidor de los refrescos y de ciertos alimentos, del incremento del IVA en la zona fronteriza y por el impulso continuo al precio de la gasolina. Los hogares se sentirán lastimados por mermas en su ingreso personal disponible y en su poder adquisitivo.

La mayoría de los analistas que estudian las perspectivas económicas no han terminado por asimilar el impacto recesivo de la reforma. Pero lo más seguro es que así como ocurrió a lo largo de 2013, vamos a ver revisiones a la baja a lo largo del año en la medida en que los indicadores se vayan conociendo.

Desde mediados del año pasado, la economía mexicana ha estado creciendo a un ritmo menor al 2 por ciento anual, muy por debajo de su potencial. La razón principal ha sido el menor dinamismo de las exportaciones no petroleras, que desde 1995 han sido el motor principal de crecimiento de la economía mexicana. Su falta de dinamismo se debe primordialmente al crecimiento débil de la economía de Estados Unidos, nuestro principal socio comercial.

Sin embargo, igualmente se han conjuntado una serie de otros factores que en el margen también han tenido un efecto inhibidor en el crecimiento de la actividad económica. Se ha visto una disminución en el gasto público asociado al cambio de sexenio, reflejada en un subejercicio del gasto programado. También se ha observado una crisis en el sector de la construcción ocasionado por el retiro temporal de los subsidios gubernamentales a la vivienda de interés social. Se ha experimentado un freno en la inversión fija bruta del sector privado ante la incertidumbre de las acciones del nuevo gobierno, las discusiones de reformas estructurales y el débil entorno económico. Se percibe una mengua en la confianza del consumidor que parece estar detrás del menor gasto de los hogares. Finalmente, el ingreso al país por remesas familiares en los últimos años ha mostrado mucha debilidad, en especial al comparar con los niveles alcanzados antes de la recesión de 2008-2009.

Después de un periodo de gran crecimiento (2000 a 2006), cuando se multiplicaron por cuatro, en los últimos seis años las entradas de remesas familiares se han estancado. Primero, dejaron de crecer hacia fines de 2006 hasta 2007 y posteriormente a disminuir a partir de 2008. El flujo anual (acumulado en 12 meses) llegó a su máximo en diciembre 2007 al registrar 26.1 mil millones de dólares, para después disminuir 20.8 por ciento y llegar a un mínimo de 20.6 mil millones en marzo de 2010. En muy buena medida se explica esta caída mediante la recesión de Estados Unidos y el impacto que tuvo sobre el empleo de inmigrantes mexicanos en esos años.

No obstante que empezó la recuperación de la economía a partir de 2010, las remesas han permanecido estancadas. Al inicio se observó una recuperación muy frágil, al crecer 13.7% en 27 meses y llegar a 23.5 mil millones en junio de 2012. Sin embargo, en los últimos once meses hemos vuelto a experimentar una tendencia negativa al caer 8.7 por ciento y registrar 21.4 mil millones en mayo de 2013. A la fecha, las remesas reflejan un nivel de 17.7 por ciento por debajo del pico de diciembre 2007.

Llama la atención el hecho de que coinciden las fechas con la desaceleración acentuada de la actividad económica mexicana. Queda claro que las remesas familiares son un complemento muy importante a los ingresos de muchos hogares y su debilitamiento se refleja en el consumo de las familias. De alguna manera u otra, es relativamente fácil explicar el comportamiento de las remesas en los últimos años. No solamente se experimentó una de las recesiones más profundas en Estados Unidos en estos años, con un impacto significativo en el empleo, sino también coincidió el momento con un incremento importante en las barreras contra la inmigración ilegal. Después de un periodo prolongado de crecimiento en el número de mexicanos inmigrantes en Estados Unidos entre 1980 y 2005, se observó un freno significativo en la segunda mitad de la década pasada, que no ha vuelto a recuperarse en los últimos años. De 1991 al 2006 hubo un flujo promedio de mexicanos a Estados Unidos de casi 500 mil por año, sin embargo, a partir de 2007 el flujo anual representa apenas 5 por ciento del periodo anterior.

Hasta aquí, el comportamiento de las remesas familiares de Estados Unidos a México parece justificado ante el entorno de los últimos años y algo que ayuda a explicar (en el margen) el estancamiento de la actividad económica mexicana. Sin embargo, un estudio realizado por Jesús Cervantes del CEMLA, señala que mientras ha disminuido la inmigración de mexicanos a Estados Unidos y las remesas familiares enviados a México, no es el mismo caso para otros países. En años anteriores a 2007 no había mucha diferencia entre el flujo relativo de inmigrantes mexicanos comparado con los no mexicanos. Sin embargo, de 2007 a 2011, la inmigración neta mexicana registra un flujo negativo de 16,400 personas, mientras que el no mexicano fue positivo de 596 mil personas. De hecho, las estadísticas de la American Community Survey y la Current Population Survey de Estados Unidos, señalan que el flujo migratorio neto de los países centroamericanos ha aumentado a dicho país. El problema central es que las explicaciones vertidas para el caso de México, como la persistencia de una elevada tasa de desempleo y el fortalecimiento del control fronterizo en Estados Unidos, son factores que deberían afectar por igual a todos. ¿Cómo entonces explicamos la disminución de remesas hacia México ante la persistencia hacia otros países?

De entrada, hay varios factores que distinguen a la población mexicana inmigrante a los demás. Las estadísticas señalan que existe una presencia mucho más grande de mexicanos en los sectores de la economía estadounidense donde las oportunidades de empleo se han visto mucho más afectadas por la recesión, como la construcción y la manufactura. También se observa que el desempleo ha sido mucho más elevado en los trabajos con bajos niveles de escolaridad, mientras que el segmento de la población inmigrante mexicano tiene el nivel más bajo comparado con cualquier otra región de origen.

La falta de empleo en los sectores relevantes para los mexicanos produjo un cambio estructural en la emigración de la población de nuestro país, mediante el cual el factor más afectado ha sido el de género. La inmigración neta de mexicanos a Estados Unidos en los cinco años anteriores fue de 16 mil personas, pero hubo una disminución de 436 mil hombres y un incremento de 420 mil mujeres. Mientras que casi el 50 por ciento de los mexicanos trabajan en agricultura, construcción y manufactura, las mexicanas se concentran en servicios de salud, educación, alimentos, recreación y comercio. Por lo mismo, se ha visto una disminución neta en el empleo de los mexicanos (ya que trabajan en los sectores más afectados) mientras que se ha observado un incremento en el empleo de las mexicanas (que laboran en sectores más benévolas para las oportunidades de empleo).

El cambio tan drástico en el flujo migratorio mexicano hacia Estados Unidos ha provocado cambios sustanciales en las proyecciones de población en ambos países. En el caso de México, el INEGI encontró una sobreestimación de alrededor de cuatro millones de personas al levantar el censo en 2010 respecto a la proyecciones realizadas por el CONAPO, por lo que el CONAPO tuvo que rehacer sus proyecciones hacia 2050.  En Estados Unidos, la Oficina de Censos redujo por casi 600 mil personas al año su estimación del flujo de inmigración neta, reflejado directamente en sus proyecciones de población. Claramente, estos cambios se reflejarán en los ingresos por remesas familiares en los siguientes años.

La desaceleración observada en el tercer trimestre y la aparente del cuarto, representa un verdadero reto para Enrique Peña Nieto al comenzar el sexenio.  Debemos recordar que la maldición de las crisis le pegó a Vicente Fox justo cuando comenzaba su gestión, mientras que Felipe Calderón enfrentó la gran recesión en 2008.  En ambos casos, el crecimiento promedio sexenal fue bastante mediocre.  Las cifras disponibles del INEGI advierten que el último trimestre del año podría no sólo ser el peor de los últimos 14, sino con un poco de mala suerte, hasta cercano a cero.  ¿De qué depende el crecimiento de los siguientes trimestres?  Entre otras cosas, de la demanda de Estados Unidos de nuestras exportaciones no petroleras.

Por esto es que nuestros ojos están puestos en cómo resolverá Barak Obama el supuesto precipicio fiscal de su país.  Aparentemente, la combinación de aumentos en impuestos y recortes en gastos es tan significativa que podría ocasionar una nueva recesión en el país vecino, con ramificaciones serias para nuestra economía.  Podría ser un verdadero aguafiestas para un sexenio cuyo arranque hasta ahora se ve promisorio.

En un principio el debate en torno a la solución parecía no tener puntos en común.  Los demócratas insistían en que el 2% más rico de la población tenía que pagar más impuestos, ya que son los que más deducciones y exenciones tienen. Los republicanos alegan que es justamente ese 2% que más empleos genera, por lo que la propuesta disminuiría la creación de empleos.  Los demócratas quieren proteger los programas sociales que apoyan a la economía de las clases media y baja, mientras que los republicanos dicen que es donde más dispendio existe.  Ambos insisten en que las propuestas de sus adversarios no hacen sentido, no suma o de plano, no alcanza.

La necesidad de llegar a un acuerdo ha llevado a que ambos lados ceden poco a poco y en los últimos días se ve más probable una conciliación.  Pero ahora varios analistas dicen que el acuerdo podría ser peor.  Son tantas y tan divergentes las opiniones, que difícilmente podemos discernir qué propuesta funcionará y cual no.  Sin embargo, hay una observación de Paul Krugman que a mí me hace sentido y no la he visto del todo incorporado en el debate: el rol del ciclo económico.

El problema de fondo es que el déficit público de Estados Unidos aumentó demasiado a raíz de la gran recesión.  La contracción en la actividad económica produjo una disminución en los ingresos, mientras que hubo un incremento contra cíclico en el gasto.  Al incrementar el desempleo el gobierno tuvo que pagar más vía el seguro de desempleo y aumentó el gasto en programas sociales como el “welfare” (asistencia a los pobres) y “food stamps” (estampillas de comida).  Cuando la economía vuelva a su etapa de expansión, una buena parte del déficit debería disminuir en forma natural.

Krugman argumenta que si la economía estuviera creciendo alrededor de su potencial, el gobierno obtendría alrededor de 450 mil millones más en impuestos, mientras que se ahorraría alrededor de 250 mil millones en programas de asistencia.  Esto significa que el simple efecto del ciclo económico representa un ajuste de 600 mil millones de dólares de un total de un billón (trillón en el inglés de Estados Unidos).  En números aproximados, Krugman alega que el déficit restante, 400 mil millones de dólares, representa un poco menos del 4% del PIB, que es menor a la tasa de crecimiento nominal del PIB, por lo que disminuiría la deuda como porcentaje del PIB. (Para más detalles sobre los números vean http://www.businessinsider.com/closing-the-deficit-2012-12#ixzz2FVna6DG).

Lo que nos dice Krugman es que cualquier debate realista sobre el tamaño del déficit no puede partir de periodos de anormalidad económica, es decir, de etapas recesivas (que generan más déficit) o de expansiones desmedidas (que crean la ilusión de mayores ingresos).  Se tiene que ajustar los datos en función del ciclo económico.  En el fondo, su posición es que el déficit no es tan elevado como aparenta y que la mejor manera de disminuirla de su monto actual es mediante mayor crecimiento económico y menos desempleo.

Krugman no es santo de devoción de todos los analistas.  Lo acusan de utilizar números alegres y es demasiado “liberal” para el gusto de los conservadores.  Puede ser que los montos mencionados son menores y que el déficit “normal” es mucho mayor al 4% que estima.  Sin embargo, definitivamente debe existir un efecto cíclico que se debe de incorporar en cualquier cálculo.

 También existe un efecto psicológico (¿o sociológico?) en el ambiente de negocios atado al supuesto precipicio fiscal.  Los negocios no quieren invertir ni tomar riesgos ante la amenaza de una recesión, mientras que los consumidores muestran cautela.  Si no se produce un arreglo satisfactorio, la economía pudiera caer en recesión simplemente ante expectativas autorrealizables.  Esto nos lleva a pensar que la mejor solución no es necesariamente una que tenga números que sumen y que minimiza los impactos negativos, sino una que contribuye a fortalecer las expectativas.  ¿Será?

El debate en torno a la legalización de las drogas existe desde hace mucho tiempo.  Los argumentos principales giran alrededor de la libertad individual de elegir que es lo que uno consume, de las utilidades extraordinarias y los incentivos perversos que genera su prohibición, y de los efectos que realmente causan.

El primer argumento es similar en el caso del aborto, que es la decisión de continuar o no con un embarazo debe ser decisión de la mujer, más no la imposición de una creencia religiosa sobre el individuo.  En el caso de las drogas, es similar al consumo del tabaco y del alcohol.  Puede ser malo para la salud, pero al final de cuentas la decisión de consumir cualquier sustancia debe recaer en el individuo.  Si se producen efectos secundarios (como en el caso del humo del cigarro), entonces se puede recurrir a legislación sobre dónde se puede fumar o no.

El segundo argumento es una aplicación muy sencilla de la lógica económica.  Al prohibir una droga, se crean una serie de incentivos perversos que hacen que su fabricación y venta sea un negocio sumamente lucrativo, con lleva a la creación de carteles de droga y crimen organizado.  Por más esfuerzo que se hace para erradicar estos grupos, siempre prevalecen los incentivos.  Si arrestan a un jefe de un cartel, simplemente aparece otro.  La experiencia del esfuerzo de Calderón a través de su sexenio ha sido un excelente ejemplo de que es una batalla que no se puede ganar.  En Estados Unidos hubo todavía un mejor ejemplo con la prohibición del alcohol entre 1921 y 1932.

El tercer argumento abarca el tema de los efectos sobre la salud.  Aquí existen miles de estudios que han probado que los efectos de la mayoría de los drogas no son tan nocivos si se toman en dosis controlados.  En el caso específico de la marihuana, parece que los efectos son menores en comparación al alcohol y al propio tabaco.  También hay mucho debate sobre la dependencia que puede causar, sin embargo, las estadísticas señalan que es un problema mucho menos frecuente de lo que se dice.

Independiente de que lado del debate uno puede estar, sabemos que es una guerra difícil de ganar, con un costo enorme en términos de vidas humanas y de recursos financieros, que pudieran ser utilizados para otros fines.  Por lo mismo, cada vez hay más adeptos a la idea de la legalización y debida regulación.  Sin embargo, no es algo que pudiéramos hacer unilateralmente.  Muchos argumentan que sí Estados Unidos no apoya la legalización, difícilmente pudiera ocurrir en nuestro país.

No obstante, es interesante encontrar que el camino hacia la legalización en Estados Unidos ya empezó.  Poco a poco, varios estados han aprobado el uso de la marihuana para casos médico. Ya la mano son 17 entidades que lo permiten y tres más que están por decidir.  Los expertos piensan que es simplemente cuestión de tiempo antes que prácticamente todos los estados hagan lo mismo.

Hasta ahora solo se había considerado el uso médico.  Sin embargo, como casi todo el mundo sabe, ya hay propuestas en tres entidades estatales para permitir el uso recreativo de la marihuana.  California trató de hacerlo hace poco pero sin éxito.  Pero ahora aunque sólo se apruebe en uno o dos estados, será el siguiente paso en el largo camino hacia una eventual legalización mundial.  En poco tiempo empezaremos a ver más y más estados haciendo lo mismo, hasta que el propio gobierno federal tendrá que respaldar un esfuerzo similar.  Si esto llegara a pasar en Estados Unidos, sería fácil pensar en un efecto domino en el resto del mundo.

¿Cuáles serían los efectos de la legalización?  Podemos pensar en un escenario muy similar a la de Estados Unidos cuando se repeló la prohibición de alcohol.  Se desinfló el crimen organizado y se paró de inmediato la violencia.  Incluso, muchos se preguntaron por qué se había prohibido en un principio, ya que el costo del experimento fue enorme.  Obviamente no se solucionaron todos los problemas, pero en vez de gastar una cantidad significante de recursos para combatir el tráfico del alcohol, se convirtió la industria en un importante fuente de impuestos.

Hay que estar muy atentos a los resultados de las elecciones en Estados Unidos.  Pienso que al final de cuentas no va ser tanta la diferencia si gana Obama o Romney.  Sin embargo, si uno o dos de los estados aprueben el uso recreativo de la marihuana, pudiera ser un acontecimiento de mucho más impacto.

¿Y la Correlación?

Julio 24th, 2012 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (0 Comments)

Hacia fines del tercer trimestre del año pasado reinaba el pesimismo en cuanto a las posibilidades de crecimiento económico para 2012 en Estados Unidos.  No sólo existía un consenso menor a 2% para el PIB, sino que incluso varios analistas argumentaban que había altas posibilidades de que Estados Unidos podría entrar de nuevo en recesión.  Sin embargo, hacia el final del año el desempeño de la mayoría de los indicadores mejoraron y para principios de este año ya nadie hablaba de recesión.  Entre noviembre 2011 y abril 2012, el consenso de crecimiento fue mejorando lenta aunque contantemente hasta llegar a 2.3% en mayo.  Aun siendo una tasa mucho menor al promedio de crecimiento que ha experimentado Estados Unidos a lo largo de los últimos siete décadas, se consideraba relativamente buena ante la debilidad europea y las posibilidades de una crisis de deuda soberana en varios países.

Sin embargo, en los últimos dos meses no sólo ha dejado de mejorar las perspectivas, sino que de nuevo el consenso se está revisando hacia abajo.  Incluso, el FMI redujo sus proyecciones de crecimiento para el mundo en general y para Estados Unidos en particular.  El desempeño mixto de los indicadores ha demostrado un balance más negativo que positivo y ahora se ve más difícil lograr una tasa de 2% o mayor para este año.

En principio, esto debería ser una mala noticia para México.  Existe una correlación muy elevada entre ambos países, siendo la causalidad de allá para acá.  Nuestro motor de crecimiento principal son las exportaciones no petroleras, de las cuales alrededor de 78% van hacia Estados Unidos.  Dado casi 80% de lo exportamos son bienes manufactureros, dependemos mucho de la demanda norteamericana que proviene fundamentalmente de su producción industrial.  Por lo mismo, una revisión a la baja en el crecimiento de nuestros vecinos debería significar menos posibilidades de crecimiento para México.

Lo sorprendente es no es el caso.  A partir de la crisis de 2008-2009, la correlación entre ambas economías se redujo al observar que nuestra producción industrial (y nuestras exportaciones) no disminuyeron tanto como en Estados Unidos y que nuestra recuperación ha sido mucho más robusta.  Por ejemplo, mientras que la producción industrial de Estados Unidos no ha regresado todavía a los niveles máximos observados antes de su recesión, nosotros sí hemos superado nuestros máximos anteriores a partir de mayo del año pasado.

¿Cómo explicamos nuestro crecimiento casi a contrapelo de Estados Unidos?  En principio hay tres factores, uno particular y dos generales en nuestra economía.  El primero es particular a nuestra industria automotriz, que representa alrededor del 27% de la producción manufacturera y más de una cuarta parte de nuestras exportaciones no petroleras.  Como resultado de la crisis de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las ensambladoras más grandes estuvieron a punto de quiebra y tuvieron que ser recatados por el gobierno.  Lo que siguió fue un proceso de reducción de costos y reorganización de la industria en toda Norteamérica.  Una de las medidas principales fue la reubicación de líneas de producción de Estados Unidos y Canadá hacia México.  Por lo tanto, México obtuvo una tajada mucho más grande de un pastel ligeramente disminuido.

El resultado no sólo fue un aumento en la producción de automóviles para exportación de las tres grandes empresas hacia Estados Unidos, sino también cierto reconocimiento de la productividad de la industria en México, de tal forma que aumentamos nuestras exportaciones hacia otros países y muchas empresas automotrices incrementaron sus inversiones en México.  De esta manera, este año estaremos exportando casi 60% más con respecto al pico anterior a la crisis (2007).

El segundo factor, más general, es que la depreciación del tipo de cambio de más de 20% respecto al dólar y más respecto a otras monedas, le ha sumado atractivo a nuestras exportaciones.  Desde hace más de 15 años México ha venido negociando tratados de libre comercio con muchos países, que en un principio no se vio reflejado en una mayor diversificación de nuestras exportaciones.  Sin embargo, en los últimos cinco años ya hemos visto crecimientos mayores hacia otros países.  La combinación de un tipo de cambio más competitivo y negociaciones de mayor acceso a otras economías, ha redituado en mayores crecimientos en las exportaciones de bienes manufactureros no automotrices.

Finalmente, un tercer factor ha sido el cambio de enfoque de China de buscar crecer vía exportaciones hacia un mayor crecimiento interno.  En busca de un mayor poder adquisitivo de los consumidores chinos, los salarios han aumentado y sus costos laborales unitarios ya no son abismalmente menores a los que existen en otros países.  Muchas empresas han visto que los mayores costos de logística y de transporte ya no se compensan con menores costos laborales, por lo que han dejado de producir en China y vuelto a buscar ventajas geográficas.  Después de una década de ir perdiendo poco a poco el mercado a China, hemos ahora empezado a recuperar terreno.

Todo lo anterior se ha combinado para que nuestras exportaciones sigan creciendo a dos dígitos a pesar del estancamiento económico mundial.  Gracias al empuje externo, la economía interna también ha crecido.  Ahora nos falta buscar fórmulas para mantener el impulso interno sin la dependencia del exterior.

¿Déjà Vu?

Agosto 11th, 2011 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (2 Comments)

Hace tres años Lehman Brothers anunció que se declaraba en bancarrota, lo que provocó derrumbes de los mercados bursátiles en casi todo el mundo y ajustes significativos en los tipos de cambio.  Aunque Estados Unidos técnicamente ya estaba en recesión, ese evento marcó su intensificación y contagio hacia el resto del mundo.  Lo que siguió fue la peor recesión mundial vista desde la gran depresión de los años treinta del siglo pasado.

Aunque la recuperación empezó en junio de 2009 (por lo que llevamos un poco más de dos años en esta fase), realmente no han cerrado todas las cicatrices de esa crisis en Estados Unidos (ni en muchas partes del mundo).  La tasa de desempleo permanece muy elevada, el mercado de vivienda sigue estancada, la confianza del consumidor está muy errática y las familias norteamericanas todavía ahorran poco.  Peor aún, el gran estimulo fiscal que implementó el gobierno de Obama elevó el déficit fiscal y las relaciones de deuda a niveles ya peligrosos en términos de sostenibilidad, mientras que la política monetaria expansiva de Bernanke llegó a sus límites.

Si en su momento fue Lehman Brothers la gota que derramó el vaso, ahora fue Standard & Poor’s.  Su anuncio de denigrar la sagrada calificación de AAA del gobierno norteamericano ha provocado derrumbes similares y mayores probabilidades de una nueva recesión.  Todo lo que ha pasado esta semana nos deja una sensación como si ya hubiéramos estado allí antes, lo que en francés se conoce como déjà vu.

Obviamente hay similitudes con lo que vivimos hace tres años.  Pero también hay diferencias y posiblemente lo último puede ser lo que más nos debería preocupar.  El mes anterior al comienzo de la recesión de 2008-2009, la tasa de desempleo en Estados Unidos estaba en 4.7 por ciento, el gobierno podía instrumentar una política fiscal contracíclica y la Reserva Federal tenía margen para bajar su tasa de política monetaria y llevar a cabo una expansión sin precedentes.  En buena medida estas políticas evitaron que la recesión fuera más profunda y prolongada.

Ahora la tasa de desempleo se ubica en 9.1 por ciento y no hay margen para la implementación de políticas contracíclicas.  Peor aún, el bloque de congresistas republicanos extremistas acordó extender el límite de endeudamiento del gobierno bajo la condición de que se llevaran a cabo recortes significativos en el gasto.  Esto significa que si Estados Unidos entra en recesión, empezará en condiciones mucho peores que en la anterior y no podrá llevar a cabo políticas correctivas.  Incluso, los recortes actuarán como una política procíclica que agravara la crisis.

En medio de los desplomes de las bolsas en todo el mundo y los ajustes cambiarios en la semana, hubo varias cuestiones que llaman la atención.  De entrada, los reportes corporativos de empresas que cotizan en la bolsa en Estados Unidos fueron muy buenos y anticipan mejores resultados en la segunda mitad del año.  Con las tasas de interés en el piso, uno pensaría que es momento de comprar y no vender.  Sin embargo, la psicología colectiva de histeria fue más fuerte que el razonamiento financiero y se escasearon los compradores.  La historia nos ha enseñado que los grandes derrumbes ocurren cuando todos quieren vender y nadie comprar.

En una máxima expresión de ironía, casi todos los que salieron del mercado bursátil se fueron al mercado de bonos de la tesorería de Estados Unidos.  A pesar de la decisión de Standard & Poor’s, es obvio que el mercado considera al papel gubernamental norteamericano como lo más seguro que existe.  Standard & Poor’s puede decir AA+, pero todos los inversionistas nos están diciendo que sigue siendo AAA.  Ante un gran acumulo de demanda, las tasas de interés de estos bonos bajaron aún más.  Por ejemplo, el bono a 10 años está ahora casi en 2.0 por ciento.  La teoría dice que si un instrumento financiero reduce su calificación, debe pagar más y no menos interés para compensar un mayor riesgo.

¿Qué sigue?  No es eminente que Estados Unidos vaya a entrar en una recesión, pero definitivamente las probabilidades han aumentado bastante.  De ser así, no será una recesión de doble declive (double dip) que algunos vaticinaban, ya que si pasa un periodo mínimo de seis meses entre una y otra recesión, ya son recesiones separadas.  La recesión anterior terminó a mediados de 2009, ya hace más de dos años.  Por lo mismo, si Estados Unidos cae en recesión será una totalmente nueva.

Todavía está por verse si entraremos o no en recesión.  Pero sí podemos estar seguros de que habrá un periodo prolongado de estancamiento en lo que Estados Unidos lleva a cabo los ajustes estructurales necesarios para reducir su dependencia en cuanto a deuda y sanear sus finanzas públicas.  Por lo mismo, deberíamos anticipar una revisión a la baja en las proyecciones de crecimiento económico para los siguientes años.

¿Cómo queda México en todo esto?  Es sumamente conocida la dependencia que tenemos de Estados Unidos.  Por más que el gobierno quiere hablar de la fortaleza de la economía interna, en realidad sabemos que tenemos un solo motor de crecimiento que son las exportaciones no petroleras: si se apaga este motor, la economía interna de nuestro país se estanca.  Simplemente no tiene la fuerza suficiente como para crecer por sí sola.  Por algo, el ajuste en el tipo de cambio del peso fue de las más pronunciadas en el mundo.

La estabilidad macroeconómica, las reservas internacionales, una banca saneada, un balance externo muy baja, finanzas públicas no tan malas y todos los demás puntos positivos que dice el gobierno que tenemos, ayudarán para amortiguar el golpe pero no para evitarlo.  Si Estados Unidos entra en recesión, no hay duda alguna que nosotros también.  Si simplemente entra en una etapa de estancamiento prolongada, asimismo compartiremos esa suerte.