Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Este artículo lo escribí en enero de 2008.

Después de una crisis severa en 2002 y 2003, el Presidente Hugo Chávez ha logrado que la economía venezolana crezca más de 11 por ciento anual promedio en los últimos cuatro años.  Sin embargo, es muy difícil que lo que ha sido el mejor desempeño de toda América Latina, pueda seguir igual por mucho tiempo más.

Al llegar al Aeropuerto Internacional Maiquetía Simón Bolívar de Caracas, el agente de inmigración me pidió mi pasaporte y preguntó si tenía moneda local.  Al decir que no, me dijo que para entrar al país, necesitaba tener por lo menos 100 dólares en bolívares.  De inmediato me ofreció vendérmelos al tipo de cambio oficial de 2.15 bolívares fuertes por dólar.  Sin embargo, no me podía dar un recibo, ya que la venta era un favor que él me hacía.  Al salir de la aduana, se me acercó un maletero y ofreció venderme bolívares a 4.0 por dólar.  En lo que salí de la terminal, obtuve ofrecimientos de por lo menos 10 personas a un precio que variaba entre 4 y 5 bolívares.

Tomé el taxi del aeropuerto a la ciudad, un viaje de aproximadamente una hora, que me costó 150 bolívares fuertes.  El taxista me dijo que podía obtener un tipo de cambio más favorable en algunas tiendas, que pudiera llegar posiblemente a 5.5 o más.  El tipo de cambio oficial de 2.15 aplica únicamente para las importaciones y exportaciones y algunas transacciones autorizadas.  Por ejemplo, cada venezolano tiene derecho a 5 mil dólares para viajar y a 3 mil dólares para comprar vía Internet.  Todo lo demás se canaliza a través del mercado paralelo y dado que existe control de cambios, el diferencial entre ambos tipos se ha disparado.

Esto ha dado pie a un sinnúmero de transacciones lucrativas, aunque no legales, de hacerse de mucho dinero.  Prácticamente todos tienen su anécdota de cómo se puede lucrar, ya sea a escala menor como los agentes de inmigración y los maleteros del aeropuerto, o a gran escala como muchos de los importadores, empresarios y demás, que tienen mucha imaginación.  Pero no es únicamente en las transacciones cambiarias.  Dado que existe control de precios, se da una situación similar en la comercialización de los productos regulados.

Los buenos negocios tampoco se limitan a la economía informal o a las transacciones ilegales que burlan los controles de precios.  La economía en general crece a tasas aceleradas, ya que tanto personas como empresas realizan negocios jugosos y consumen prácticamente todo lo que pueden.  La Banca reportó una ganancia histórica de 2.122 mil millones de dólares.  Las empresas multinacionales registran un máximo histórico cada año.  Las pocas empresas que producen no se dan abasto y año con año ganan más.

El ambiente económico se asemeja a una gran fiesta.  Todos bailan, comen y toman con una energía que no parece acabar.  Todos saben que al terminar la fiesta tendrán una gran cruda, como ha pasado muchas veces antes.  Pero aunque saben que esta vez la cruda posiblemente sea la peor, no dejan de consumir y de aprovechar la música.  Consumen todo lo que pueden, precisamente porque saben que al rato terminará la fiesta y ya no lo podrán hacer.  Saben que la inflación aumentará y que tarde o temprano vendrá un ajuste cambiario.  Por lo mismo, compran todo lo que pueden.  Los empresarios tienen garantizados seis meses o más de insumos.  Existe lista de espera para comprar un automóvil (al no ser que se pague un sobreprecio).

La inflación terminó en 22 por ciento en 2007.  No fue más, dado que el gobierno redujo la tasa del Impuesto al Valor Agregado de 14 a 9 por ciento y prohíbe que suban los precios de la mayoría de los bienes de la canasta básica.  Actualmente 149 alimentos terminados tienen precios regulados al consumidor; 15 rubros e insumos están controlados en toda su cadena productiva, así como 60 servicios relacionados con el cultivo de arroz, maíz, sorgo y caña de azúcar.  El problema es que nadie se dedica a producir estos bienes, ya que los márgenes no son atractivos para el negocio.  Esto significa que el gobierno los tiene que importar (a precios mayores) y subsidiar al consumidor final.  Esto ha provocado escasez en forma creciente y cada vez en más productos.

Algunas tiendas en zonas alejadas a los grandes centros urbanos reportan escasez en casi 50 por ciento de sus productos.  Cada vez más, es difícil conseguir suficiente leche, azúcar, maíz, carne, arroz y aceite comestible.  La lista crece con el tiempo y ya muchas personas lo ven como el problema número uno del país, por encima de la inseguridad, que lo había sido por mucho tiempo.  Hasta los seguidores de Chávez dicen que pueden aguantar la inflación, pero no la escasez.

El gobierno está por anunciar una nueva política antiinflacionaria, que buscará bajar la inflación a 11 por ciento a finales de 2008.  Parece que va a reducir el número de bienes bajo el control de precios y a aumentar el subsidio en productos clave como la carne y la leche.  También va a disminuir la cantidad de transacciones que uno puede realizar vía Internet a 400 dólares por persona al año.  Parece ser que se buscará fomentar la producción de bienes a través de más subsidios e incentivos especiales, ya que el gobierno ve el problema de la inflación como la falta de oferta.

Una parte importante de la inflación se explica a través de la política salarial del gobierno, que ha buscado que los aumentos siempre sean por encima de la inflación.  Esto ha creado un círculo vicioso de inflación, aumentos salariales, controles de precios, subsidios, inflación que pudiera agudizarse ante la necesidad de un ajuste cambiario.  Por lo mismo, pocos piensan que la política del gobierno funcionará.  Los más optimistas ven la inflación este año en 30 por ciento, siempre y cuando no haya un ajuste en el tipo de cambio.

El problema es que la escasez de productos, la mayor inflación y la eventual corrección cambiaria, perjudica siempre al que menos tiene, al que más se quiere proteger con estas políticas.  ¿Este es el socialismo del siglo XXI?

Este artículo lo escribí en abril de 2008.

Por primera vez en muchos años, la semana pasada se escuchó el ruido de las cacerolas en la Plaza de Mayo, enfrente de la Casa Rosada en Buenos Aires.  Esta forma de protesta, muy particular de los argentinos, llegó a ser el símbolo de la crisis de principios de la década, que dio pie al gobierno actual del Partido Justicialista.  Ahora, algo irónico, se usó para protestar en contra de las políticas de Kirchner.

En Argentina ha surgido una gran protesta del campo en contra del gobierno, que aumentó las retenciones a las exportaciones de soya y girasol.  Esta confrontación es la primera oposición abierta y organizada a la política de sostener un gasto público elevado, que conlleva una creciente presión impositiva.  El gobierno alega que es la base de su política redistributiva, que ha bajado el desempleo significativamente en los últimos cinco años y generado un ritmo de crecimiento económico no visto en mucho tiempo.  La oposición argumenta que el incremento en las retenciones ha llegado a un nivel tan elevado, que ahoga su negocio y desaparece su rentabilidad.  Por lo pronto, vemos la primera prueba al nuevo modelo económico argentino, que vino a sustituir al anterior de la Convertibilidad.

Argentina siempre ha sufrido de grandes déficit fiscal y externo, que hicieron que la economía padeciera de crisis recurrentes durante el siglo pasado e impidieron que el país pudiera crecer en forma sostenida.  Ahora tiene un doble superávit, a pesar de emplear un gasto público creciente.  Esto no solamente ha redituado en un crecimiento elevado, sino también en la sensación de una política sostenible a raíz de los colchones en las cuentas fiscales y externas.

Cuando se derrumbó el esquema de convertibilidad, el peso argentino se devaluó significativamente.  Esto permitió que las exportaciones crecieran a un ritmo relevante y se convirtieran en un motor importante de crecimiento.  Desde entonces, el gobierno ha mantenido la subvaluación para sostener el fomento al sector y así obtener más divisas.  Aunado a los términos de intercambio sumamente favorables, Argentina ha logrado mantener un superávit comercial por muchos años, algo que antes no pudo alcanzar.  Al mismo tiempo, el gobierno impuso la política de retenciones a las exportaciones, que es un impuesto que no conlleva la necesidad de participar con los gobiernos locales.  Esto ha redituado en una fuente importante de recursos fiscales, que aunado a otros ingresos no recurrentes, le ha permitido al gobierno tener un superávit fiscal.  Con el apoyo del doble superávit, el gobierno ha podido incrementar el gasto público e instrumentar políticas sociales populares.

El superávit externo y la moratoria unilateral de deuda externa que declaró el gobierno hace unos años, ha disminuido la demanda de divisas en forma significativa.  Esto le ha permitido al Banco Central mantener el tipo de cambio subvaluado y acumular reservas internacionales con poco esfuerzo.  Dado que ha generado cinco años de crecimiento elevado y una disminución significativa del desempleo (que en 2002 llegó a 23 por ciento), el modelo ha sido hasta ahora muy popular.

Sin embargo, el esquema tiene el inconveniente de generar presiones inflacionarias.  La política de subvaluación ha hecho que los argentinos sientan más el incremento en los precios de los commodities y alimentos en los mercados internacionales, y al mismo tiempo, ha hecho que la demanda agregada crezca a un ritmo superior a la oferta.  Para evitar que los precios internos suban mucho y perjudiquen a los pobres, el gobierno ha incrementado significativamente el uso de subsidios en alimentos, transporte y tarifas públicas, lo que equivale a un control de precios implícito, pero que no ha redituado en una escasez escandalosa como la que padece Venezuela.

Aun así, las presiones inflacionarias han provocado incrementos significativos en precios.  Dado que el gobierno ha rehusado utilizar políticas ortodoxas para frenar la inflación, su frustración lo llevó a manipular los índices de precios para que se reportaran niveles inferiores a lo que se considera la realidad.  Primero despidió a los funcionarios del INDEC, que construían los índices anteriores, para introducir un nuevo índice nacional más bajo.  Después “convenció” a los gobiernos de las provincias a utilizar metodologías similares.  Al comienzo, las dos provincias “disidentes” respecto a la estadística oficial eran San Luis y Mendoza.  Sin embargo, el gobierno de Mendoza terminó por despedir a los funcionarios de la Dirección de Estadísticas Provincial y adoptó la metodología elaborada por el INDEC.

Por lo mismo, San Luis es la única provincia que no tiene intervenida su Dirección de Estadística.  La mayoría de los especialistas sostienen que la medición de San Luis es ahora la única que refleja la realidad inflacionaria nacional.  Si se proyectan los datos del primer bimestre del año, el INDEC reporta una inflación anual de alrededor de 8 por ciento.  Sin embargo, para el mismo periodo San Luis registra una tasa cercana a 30 por ciento.  Los últimos rumores que circulan apuntan a que el INDEC está por introducir una nueva metodología, que mágicamente reportaría la mitad de la inflación oficial, que actualmente reporta la mitad de la real.

El principal problema que surge de la manipulación de estadísticas oficiales, es que se desconoce la verdadera dimensión de la inflación.  Esto crea un doble malestar en la población: primero porque todos saben que existe, pero el gobierno se niega a reconocerla, y segundo, por la falta de políticas coherentes para abatirla.  El gobierno ha escogido el camino de los subsidios, pero para no caer en déficit, esto significa que debe incrementar la recaudación.  Dado que los términos de intercambio han sido sumamente favorables para los agricultores, el gobierno decidió instrumentar el esquema de retenciones móviles, que hace que la tasa impositiva aumente en función del precio de exportación.  Pero parece que el gobierno llegó al límite de lo que el campo estaba dispuesto a tolerar.

Este artículo lo escribí en septiembre de 2007.

A manera de chiste, se cuenta que Venezuela realmente no es un país, sino una empresa petrolera con problemas sociales.  Sin lugar a dudas, es el país más petrolizado del hemisferio, ya que el petróleo representa alrededor de 80 por ciento de las exportaciones y más de 50 por ciento de los ingresos del gobierno.  Los ciclos económicos se explican prácticamente en su totalidad a través del precio del petróleo: cuando es elevado, la economía está en expansión y cuando es bajo, entra en recesión.

En diciembre del año pasado, Hugo Chávez ganó la elección presidencial para un nuevo período de 6 años, con una ventaja de 23 por ciento sobre su contrincante, Manuel Rosales.  La actividad económica tiene 3 años de crecimiento acelerado y la tasa de desempleo es casi la mitad de lo que fue hace 5 años.  Han aumentado significativamente los salarios y han incrementado los programas sociales.  El gobierno bajó el Impuesto al Valor Agregado (IVA) de 14 a 9 por ciento a mediados de año y ha disminuido la carga de deuda externa de largo plazo de 37 a 17 por ciento del PIB en los últimos tres años.  La balanza comercial arrojó un superávit de 33 mil millones de dólares el año pasado y la cuenta corriente registró un saldo favorable de más de 15 por ciento del PIB.  Las reservas internacionales llegaron a 37.4 mil millones de dólares a finales del año pasado, un máximo histórico para el país.

Las buenas cifras económicas y la popularidad del Presidente Chávez, se deben al elevado precio del barril de petróleo en los mercados internacionales.  Muchos piensan que Chávez no hubiera podido mantener tanto poder si no fuera por lo mismo.  Sin lugar a duda, la marcha de la economía se explica por el entorno económico.  Sin embargo, no todo está bien y es previsible que la situación actual no podrá mantenerse intacto por mucho tiempo.

La economía creció 8.8 por ciento en la primera mitad del año.  Sin embargo, es menos de lo que fue el año pasado y prevalece una tendencia de desaceleración.  Inclusive, por primera vez en 13 trimestres, el PIB disminuyó en 0.5 por ciento en el primer trimestre respecto al periodo anterior en términos ajustados por la estacionalidad.  Uno de los motivos es que la producción petrolero ha disminuido.  Sin embargo, se prevé que el ritmo de crecimiento no es sostenible porque no ha sido acompañado por un incremento en la inversión.  La formación neta de capital permanece en 19 por ciento del PIB, a pesar de que la economía creció en un promedio de 13 por ciento anual en los últimos 3 años.  Hasta ahora, el PIB ha crecido en forma acelerada sin mayor inversión, dado que existe una economía de consumo soportado por los altos ingresos del petróleo.

Las importaciones crecieron más de 42 por ciento en los primeros 3 meses del año, arriba de 10 puntos porcentuales más que en el mismo periodo del año anterior.  En cambio, las exportaciones disminuyeron en línea con la tendencia que prevalece desde 2006.  El consumo público ha desacelerado de 7.4 por ciento en 2006 a 4.5 por ciento en el primer trimestre del año.  Sin embargo, el consumo privado crece a razón de 19 por ciento anual, producto de las políticas expansivas del gobierno, como salarios más elevados, controles de precios y subsidios públicos.

Uno de los problemas es la inflación, que había llegado casi a 20 por ciento a mediados de año, casi lo doble de hace apenas doce meses.  El incremento se explica a través de alzas en los precios de alimentos, que representan 23 por ciento del índice de precios.  El crecimiento acelerado de la demanda agregada presiona los precios y los que más han aumentado son los de los restaurantes y equipo para los hogares.  También ha contribuido a esta presión la depreciación del tipo de cambio paralelo, que es prácticamente el doble de la paridad oficial.

Las medidas principales para controlar la inflación han sido el control de precios y la mayor importación de bienes que están sujeto al control.  Pero aún así la inflación iba en aumento y amenazaba en terminar el año por encima de 20 por ciento.  Por lo mismo, el gobierno anunció una disminución en el IVA de 5 puntos porcentuales, que se aplicó en dos fases (marzo y julio), aprovechando una posición fiscal relativamente favorable.  Con esta medida, la inflación disminuyó a 15.9 por ciento.  Sin embargo, esta medida tiene un efecto de una vez por todas en los precios y no servirá para revertir la tendencia alcista más adelante.

Ahora el gobierno ha decidido lanzar una nueva moneda, el “Bolívar Fuerte”, que remplazará el bolívar a razón de mil por uno.  Oficialmente se dice que es una medida antiinflacionaria, pero no es parte de una verdadera política de estabilización.  Hemos de recordar la reforma monetaria mexicana fue similar y el efecto fue neutral.  Por más que quiera vender la medida como una política para abatir la inflación, debemos considerarla no como una medida de política económica, sino de política política.  En el fondo, Chávez quiere una nueva Constitución, que entraría en vigor el mismo día (primero de enero de 2008) que la nueva moneda.

Si el gobierno no modifica las políticas existentes que alimentan la inflación, éste no cederá y seguirá en aumento en el futuro inmediato.  Lo que explica la aceleración en el aumento de precios es el crecimiento acelerado de la demanda agregada, producto de la política salarial y los programas asistencialistas del gobierno.  Lo más seguro es que estos permanecerán mientras los precios del petróleo sigan elevados.  Sin embargo, la política cambiaria de un tipo de cambio fijo seguirá acumulando un desequilibrio potencialmente explosivo.  Entre más tiempo dure la política económica actual, más grande será la crisis futura producto de una corrección eventual.

Este artículo lo escribí en septiembre de 2007.

El siglo XX fue sumamente difícil y caótico para Argentina.  A pesar de un sinnúmero de intentos no logró modernizarse a través de revoluciones o de reformas.  En 2001 experimentó la peor crisis de su historia.  Sin embargo, en los últimos cuatro años ha crecido más de 40 por ciento (8.9 por ciento promedio anual) y promete terminar este año con una tasa similar.  ¿Habrá encontrado el rumbo?

México sufrió la maldición de las crisis sexenales entre 1976 y 1994, que resultó en mayor pobreza, menor bienestar y un sentido de frustración generalizado entre la población.  Sin embargo, tuvimos momentos de crecimiento sostenido y a pesar de todo, logramos un avance significativo en el siglo XX.  En cambio, Argentina era considerada entre los países más prósperos del mundo hace cien años.  Su maldición no fue de un par de décadas, sino prácticamente de un siglo completo.

Después de vivir un embate hiperinflacionario y una economía caótica en los ochenta, llegó Carlos Saúl Menem a la presidencia en 1989.  A pesar de ser del Partido Justicialista (peronista), implementó reformas importantes que tuvieron éxito.  Su Ministro de Economía, Domingo Cavallo, instrumentó un “Plan de Convertibilidad” que estabilizó al país y produjo tasas de crecimiento significativos en la década de los noventa.  Sin embargo, la falta de flexibilidad produjo desequilibrios serios y a partir de 1999 la economía entró en recesión.

Los siguientes años fueron desastrosos para Argentina.  Después de los fracasos de ministros como José Luís Machinea y Roberto López Murphy, Menen trajo de regreso a Cavallo.  No obstante, las medidas que implementó resultaron peores.  Ante tal embate económico, el país sufrió presiones políticas que vieron pasar por la presidencia a Fernando de la Rua, Adolfo Rodríguez y Eduardo Duhalde en apenas un par de años.  Lo peor de la crisis llegó a principios de 2002, cuando Duhalde decidió abandonar el régimen cambiario y no encontró una política adecuada para reducir un déficit fiscal fuera de control e iniciar la estabilización del país.  Ante las presiones existentes y la dificultad de cubrir adecuadamente los pagos de deuda externa, Argentina finalizó con una suspensión de pagos.

El tipo de cambio se fue de un peso argentino por dólar a fines de 2001, a 3.65 pesos en octubre de 2002, un incremento de 265 por ciento.  Después de tener una inflación promedio de prácticamente cero por muchos años, los precios se incrementaron más de 40 por ciento ese año, mientras que la actividad económica se desplomó 10.9 por ciento.  Entre 1998 y 2002, el PIB cayó 18.4 por ciento, un promedio de 4.9 por ciento anual.  Sin embargo, si medimos el valor de la actividad económica en dólares, la caída acumulada fue 73.6 por ciento, un promedio de 28.3 por ciento cada año por cuatro años consecutivos.

Finalmente, Nestor Kirchner llegó al poder en mayo de 2003 y Argentina empezó el largo camino a la recuperación.  Los últimos cuatro años han sido promisorios, ya que la economía ha experimentado un crecimiento de 40.5 por ciento, equivalente a 8.9 por ciento anual.  Esto ya lo sitúa 14.7 por ciento por arriba del pico anterior de 1998.  Aun así, esto significa apenas un crecimiento promedio de 1.7 por ciento anual en los últimos ocho años.  Sin embargo, estas cifras son engañosas, ya que son expresados en pesos argentinos que experimentaron una devaluación mayor.  Si medimos el PIB argentino en dólares, el crecimiento de 1998 a 2006 fue de -62.7 por ciento, un promedio negativo de 11.6 por ciento anual en un periodo de ocho años.  El PIB per cápita actual es prácticamente el mismo de hace 25 años.

Aun así, habría que reconocer que el desempeño de la economía argentina en los últimos cuatro años ha sido muy bueno, aun si se toma en cuenta que parte de una base muy reducida.  La base de su éxito ha sido el esfuerzo por reencontrar la estabilidad macroeconómica.  Primero, implementó una política cambiaria relativamente flexible, que busca sostener su competitividad real.  Segundo, ha establecido disciplina fiscal, que ha producido un superávit sostenido en las finanzas públicas a través de los últimos años.  La combinación de una política cambiaria competitiva y una política fiscal conservador, ha resultado en un superávit en la cuenta corriente y le ha ayudado a acumular reservas internacionales.

Lo negativo es que no le ha permitido bajar la inflación a niveles congruentes con una estabilidad macroeconómica sostenida.  Inclusive, el gobierno entabló una gran controversia al despedir al funcionario encargado del cálculo del índice nacional de precios al consumidor del INDEC, el instituto oficial de estadísticas.  A partir de entonces, muchos analistas expresan dudas acerca de la veracidad de los datos de inflación.  Algunos estiman que la inflación actual es alrededor del doble de lo que reporta ahora el gobierno.

La política anti-inflacionaria no ha sido ortodoxa, sino compuesta de controles de precios y subsidios dirigidos a los precios de mayor peso en el índice nacional.  Al mismo tiempo, el gobierno ha permitido incrementos de salarios muy por arriba de la productividad, que si bien han contribuido al crecimiento robusto del consumo, también ha provocado presiones inflacionarias por el lado de la demanda.  Prácticamente todos los países que han perseguido este tipo de políticas, han encontrado que tarde o temprano, fracasan y terminan por provocar más inflación, una pérdida en el poder adquisitivo y una disminución en el bienestar.

Queda claro que el gobierno tiene que modificar su política si quiere evitar otra crisis más adelante.  No obstante, el Presidente Kirchner goza de una alta popularidad y su esposa, la Senadora Cristina Kirchner es candidata para la presidencia en las elecciones del 28 de octubre.  Por lo mismo, es poco probable que veamos acción alguna en los siguientes meses.

Publicado en Reforma el 23 de septiembre de 2004

 

El Banco de México introdujo el concepto de inflación subyacente en su Programa Monetario para 1999 y empezó a publicarlo regularmente en 2000.  Es un concepto analítico de mucha utilidad que sirve entre otras cosas para vislumbrar la tendencia de mediano plazo de la inflación.

Después de prácticamente cinco años de uso continuo, la inflación “subyacente” se ha convertido en una parte integral de la maleta de herramientas analíticas que utilizamos para interpretar el fenómeno de la inflación.  Sin embargo, su significado no es obvio o intuitivo para la mayoría de las personas, por lo que a veces su uso contribuye a confundir más en vez de aclarar los acontecimientos del momento.  A petición de varios lectores, trataremos de explicar de nuevo el concepto y cómo se debe utilizar para entender el fenómeno del alza en los precios.

La definición tradicional de inflación es un aumento generalizado y sostenido en los precios.  En otras palabras, debemos hablar de inflación cuando vemos específicamente que la mayoría de los precios suben constantemente y no cuando simplemente algunos aumentan en forma aislada.  Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones que vemos que aumenta un solo precio, hacemos referencia a “inflación”, sin distinguir el origen o causa de su incremento.  Por ejemplo, si aumenta el precio del jitomate en relación a las demás verduras y legumbres, no debemos hablar de inflación, sino únicamente de un cambio en un precio “relativo”.  Usamos la palabra “relativa”, dado que es en relación a algo más; en este caso es en relación a los demás precios de las verduras.

El jitomate puede encarecerse en relación a la cebolla, el chile o el limón en cualquier momento debido a circunstancias específicas de su propio mercado.  Por ejemplo, pudiera ser que llovió mucho y se echaron a perder, o bien, que hubo una plaga que terminó por reducir la cosecha.  Cualquier circunstancia que motive un cambio en el precio de un bien en lo particular se refiere a una modificación de un precio relativo.

Por lo regular, vemos este tipo de cambios todos los días; algunos precios suben y otros bajan.  Esto ocurre en respuesta a las variaciones en la oferta y la demanda de cada mercado y claramente no es inflación.  Más bien, es un fenómeno “microeconómico” ya que obedece a las circunstancias específicas de cada bien o servicio.  Como lo dice la propia definición, para que lo podemos llamar inflación necesitamos que los aumentos en precios sean generalizados, es decir, en la mayoría de los precios, y sostenidos, es decir, no de una sola vez sino mes tras mes.  Dado que afecta a todos los mercados, decimos que es un fenómeno “macroeconómico”.

El problema surge cuando no podemos distinguir claramente entre un aumento relativo y un incremento generalizado.  Por lo regular, no nos preocupamos demasiado ya que los aumentos relativos tienden a neutralizarse uno con otro a través del tiempo.  Por lo mismo, medimos la inflación a través del incremento ponderado de una muestra significativa de bienes y servicios.  Sin embargo, esta es realmente una aproximación y no una medición exacta, ya que no podemos distinguir a priori si el aumento de un bien proviene de presiones inflacionarias o únicamente de circunstancias muy específicas de su mercado.

En principio, si a la larga los aumentos en los precios relativos se cancelan con disminuciones en otros, esta distinción no es tan importante.  Sin embargo, en el corto plazo pueden surgir variaciones muy importantes que se deben atribuir a un cambio en precios relativos y no como parte integral de la inflación.

Por ejemplo, el gobierno permitió que hubiera un aumento significativo en los precios de los energéticos, como gas doméstico, gasolina y electricidad, como respuesta a las presiones en los mercados internacionales.  Estos aumentos no son generalizados, sino únicamente corresponden a dos o tres bienes.  Tampoco son sostenidos, ya que aumentaron este año pero seguramente disminuirán el año entrante ante un aumento de la oferta y una disminución de la demanda.  El incremento no se debió a presiones inflacionarias, sino a circunstancias específicas del mercado energético mundial, como la guerrilla en Irak, los problemas financieros de la empresa petrolera rusa Yukos, las tempestades en el Golfo de México y la caída en los inventarios de crudo en Estados Unidos.

Ya tuvimos una experiencia similar en 2002, cuando el gobierno aumentó las tarifas eléctricas y otros precios bajo su control para reponer los ingresos mal modificados por los Diputados al aprobar el presupuesto de ese año.  Al año siguiente disminuyó notablemente el índice de precios administrados ya que estuvo mejor calculado el presupuesto.  Evidentemente era un fenómeno temporal que afectaría a la inflación al alza en 2002 y que ayudaría a disminuirla en 2003.

El ciclo de los precios administrados y concertados es relativamente previsible.  Sin embargo, existen otros precios con un comportamiento cíclico pero bastante irregular y casi imposible de prevenir, como es el caso de los precios agrícolas.  Los precios de las frutas y las legumbres tienen una elevada variabilidad, lo que significa que aumentan y disminuyen frecuentemente, pero en forma irregular.  Su comportamiento también es distinto al de la mayoría de los demás precios, ya que están muy influenciados por el clima y demás factores específicos de su mercado.  Por lo mismo, también pueden distorsionar la lectura del comportamiento de la inflación.

¿Cómo podemos evitar que el comportamiento de este tipo de precios deforme la interpretación de la inflación general?  ¿Cómo podemos distinguir entre cambios acentuados en precios relativos y los aumentos generalizados y sostenidos en los precios?  Aquí es donde entra el concepto de inflación subyacente.  Se buscan los precios cuyo comportamiento sea distinto a la mayoría, como los administrados y concertados y los agrícolas, para ubicarlos en un (sub) índice distinto (llamado no-subyacente).  Lo que queda es la inflación medular o subyacente que marca la tendencia de la inflación general en el mediano y largo plazos.

Dado que hoy la inflación general (4.82 por ciento) se encuentra significativamente por arriba de la inflación subyacente (3.66 por ciento), debemos esperar que la general disminuya en un futuro no previsible.  Dado que el comportamiento de la inflación subyacente es muy estable, no tenemos por qué esperar una inflación mayor en 2005.

Publicado en Reforma el 24 de enero de 2008

Después de una crisis severa en 2002 y 2003, el Presidente Hugo Chávez ha logrado que la economía venezolana crezca más de 11 por ciento anual promedio en los últimos cuatro años.  Sin embargo, es muy difícil que lo que ha sido el mejor desempeño de toda América Latina, pueda seguir igual por mucho tiempo más.

Al llegar al Aeropuerto Internacional Maiquetía Simón Bolívar de Caracas, el agente de inmigración me pidió mi pasaporte y preguntó si tenía moneda local.  Al decir que no, me dijo que para entrar al país, necesitaba tener por lo menos 100 dólares en bolívares.  De inmediato me ofreció vendérmelos al tipo de cambio oficial de 2.15 bolívares fuertes por dólar.  Sin embargo, no me podía dar un recibo, ya que la venta era un favor que él me hacía.  Al salir de la aduana, se me acercó un maletero y ofreció venderme bolívares a 4.0 por dólar.  En lo que salí de la terminal, obtuve ofrecimientos de por lo menos 10 personas a un precio que variaba entre 4 y 5 bolívares.

Tomé el taxi del aeropuerto a la ciudad, un viaje de aproximadamente una hora, que me costó 150 bolívares fuertes.  El taxista me dijo que podía obtener un tipo de cambio más favorable en algunas tiendas, que pudiera llegar posiblemente a 5.5 o más.  El tipo de cambio oficial de 2.15 aplica únicamente para las importaciones y exportaciones y algunas transacciones autorizadas.  Por ejemplo, cada venezolano tiene derecho a 5 mil dólares para viajar y a 3 mil dólares para comprar vía Internet.  Todo lo demás se canaliza a través del mercado paralelo y dado que existe control de cambios, el diferencial entre ambos tipos se ha disparado.

Esto ha dado pie a un sinnúmero de transacciones lucrativas, aunque no legales, de hacerse de mucho dinero.  Prácticamente todos tienen su anécdota de cómo se puede lucrar, ya sea a escala menor como los agentes de inmigración y los maleteros del aeropuerto, o a gran escala como muchos de los importadores, empresarios y demás, que tienen mucha imaginación.  Pero no es únicamente en las transacciones cambiarias.  Dado que existe control de precios, se da una situación similar en la comercialización de los productos regulados.

Los buenos negocios tampoco se limitan a la economía informal o a las transacciones ilegales que burlan los controles de precios.  La economía en general crece a tasas aceleradas, ya que tanto personas como empresas realizan negocios jugosos y consumen prácticamente todo lo que pueden.  La Banca reportó una ganancia histórica de 2.122 mil millones de dólares.  Las empresas multinacionales registran un máximo histórico cada año.  Las pocas empresas que producen no se dan abasto y año con año ganan más.

El ambiente económico se asemeja a una gran fiesta.  Todos bailan, comen y toman con una energía que no parece acabar.  Todos saben que al terminar la fiesta tendrán una gran cruda, como ha pasado muchas veces antes.  Pero aunque saben que esta vez la cruda posiblemente sea la peor, no dejan de consumir y de aprovechar la música.  Consumen todo lo que pueden, precisamente porque saben que al rato terminará la fiesta y ya no lo podrán hacer.  Saben que la inflación aumentará y que tarde o temprano vendrá un ajuste cambiario.  Por lo mismo, compran todo lo que pueden.  Los empresarios tienen garantizados seis meses o más de insumos.  Existe lista de espera para comprar un automóvil (al no ser que se pague un sobreprecio).

La inflación terminó en 22 por ciento en 2007.  No fue más, dado que el gobierno redujo la tasa del Impuesto al Valor Agregado de 14 a 9 por ciento y prohíbe que suban los precios de la mayoría de los bienes de la canasta básica.  Actualmente 149 alimentos terminados tienen precios regulados al consumidor; 15 rubros e insumos están controlados en toda su cadena productiva, así como 60 servicios relacionados con el cultivo de arroz, maíz, sorgo y caña de azúcar.  El problema es que nadie se dedica a producir estos bienes, ya que los márgenes no son atractivos para el negocio.  Esto significa que el gobierno los tiene que importar (a precios mayores) y subsidiar al consumidor final.  Esto ha provocado escasez en forma creciente y cada vez en más productos.

Algunas tiendas en zonas alejadas a los grandes centros urbanos reportan escasez en casi 50 por ciento de sus productos.  Cada vez más, es difícil conseguir suficiente leche, azúcar, maíz, carne, arroz y aceite comestible.  La lista crece con el tiempo y ya muchas personas lo ven como el problema número uno del país, por encima de la inseguridad, que lo había sido por mucho tiempo.  Hasta los seguidores de Chávez dicen que pueden aguantar la inflación, pero no la escasez.

El gobierno está por anunciar una nueva política antiinflacionaria, que buscará bajar la inflación a 11 por ciento a finales de 2008.  Parece que va a reducir el número de bienes bajo el control de precios y a aumentar el subsidio en productos clave como la carne y la leche.  También va a disminuir la cantidad de transacciones que uno puede realizar vía Internet a 400 dólares por persona al año.  Parece ser que se buscará fomentar la producción de bienes a través de más subsidios e incentivos especiales, ya que el gobierno ve el problema de la inflación como la falta de oferta.

Una parte importante de la inflación se explica a través de la política salarial del gobierno, que ha buscado que los aumentos siempre sean por encima de la inflación.  Esto ha creado un círculo vicioso de inflación, aumentos salariales, controles de precios, subsidios, inflación que pudiera agudizarse ante la necesidad de un ajuste cambiario.  Por lo mismo, pocos piensan que la política del gobierno funcionará.  Los más optimistas ven la inflación este año en 30 por ciento, siempre y cuando no haya un ajuste en el tipo de cambio.

El problema es que la escasez de productos, la mayor inflación y la eventual corrección cambiaria, perjudica siempre al que menos tiene, al que más se quiere proteger con estas políticas.  ¿Este es el socialismo del siglo XXI?

Publicado en el Periódico Reforma

 El Presidente Vicente Fox declaró el martes pasado que su política económica es de un “desarrollo estabilizador”, aludiendo a que ha buscado crecer sin inflación.  Sin embargo, esta no es una etiqueta que pueda utilizar libremente, ya que está reservada para describir el modelo de desarrollo de los años sesenta.

De hecho, los derechos de autor corresponden a Antonio Ortiz Mena, quien fue Secretario de Hacienda del primero de diciembre de 1958 al 16 de agosto de 1970.  Ortiz Mena utilizó la frase “desarrollo estabilizador” para describir la política económica que él, junto con Don Rodrigo Gómez (Director General del Banco de México), llevaron a cabo en los sexenios de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.  Esta resultó en un crecimiento económico elevado y sostenido, en un ambiente de estabilidad de precios.

Seguramente, lo que Fox quiso decir es que su política ha impulsado el crecimiento económico sin generar presiones inflacionarias.  Sin embargo, no quiso aludir a que su sexenio sea similar al desarrollo estabilizador de Ortiz Mena.  Lo más probable es que Fox no sepa bien las características de la política económica de aquella época y posiblemente ni siquiera sabe que es una frase reservada para referirse al modelo económico que se utilizó hace ya cuarenta años.

La verdad es que no le conviene la comparación.  De entrada, el crecimiento promedio anual del desarrollo estabilizador fue 6.3 por ciento, mientras que el de los cuatro años que llevamos de la administración actual, es de 1.6 por ciento.  La inflación promedio de esa época fue 2.2 por ciento y la de Fox es de 4.8 por ciento.  Esto significa que Fox ha logrado una cuarta parte del crecimiento económico, en un ambiente de más del doble de inflación.  De entrada, esto parece indicar que Fox no está ni siquiera cerca de obtener los resultados que obtuvo el desarrollo estabilizador de Ortiz Mena.

Pero la comparación es realmente peor de lo que suena, ya que el desarrollo estabilizador se caracterizó por muchos aspectos que Fox ha buscado evitar.  El presidente presume que su política económica ha logrado reducir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso.  La crítica más grande del desarrollo estabilizador fue que empeoró la distribución del ingreso y nunca logró que los beneficios de un mayor crecimiento económico llegaran a las clases más necesitadas.  Luis Echeverría, el presidente que terminó con el modelo de Ortiz Mena a partir de 1971, lo reemplazó con el modelo de “desarrollo compartido”, que precisamente buscaba enmendar estos defectos.  Por lo mismo, presumir de un “desarrollo estabilizador” que mejora la distribución del ingreso y reduce la pobreza, es una contradicción total de términos.

El desarrollo estabilizador termina trágicamente con la muerte de Don Rodrigo Gómez el 14 de agosto de 1970 y con la renuncia, dos días después, de Antonio Ortiz Mena como Secretario de Hacienda.  Al poco tiempo, Ortiz Mena es nombrado Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) donde realizó una gestión de 17 años.  A pesar de los buenos resultados en materia de crecimiento económico y estabilidad de precios, Ortiz Mena fue severamente criticado por la izquierda mexicana.  Por ejemplo, podemos leer el libro de Carlos Tello, escrito en 1979, “La Política Económica en México 1970-76” (Siglo Veintiuno Editores), en el cual justifica la dirección tomada a partir del sexenio de Echeverría con base en los malos resultados del desarrollo estabilizador de Ortiz Mena.  Tello alega que el crecimiento económico únicamente benefició a la élite empresarial y provocó una distribución del ingreso todavía más inequitativa.

Obviamente, Ortiz Mena siempre defendió su modelo.  Por ejemplo, podemos leer el libro que escribió en 1998, “El Desarrollo Estabilizador: Reflexiones sobre una Época” (Fideicomiso Historia de las Américas, Serie Hacienda, El Colegio de México y Fondo de Cultura Económica).  Ortiz Mena y algunos economistas posteriores (como Leopoldo Solís), tradicionalmente caracterizaron los años entre 1940 y 1970 por dos periodos principales: el de crecimiento sostenido con inflación de 1940 a 1958 y el del desarrollo estabilizador de 1958 a 1970.  Ortiz Mena defendió su época principalmente como una de disciplina fiscal y monetaria, que condujo a la estabilidad aludida y provocó las condiciones propicias para el crecimiento sostenido.

Sin embargo, esta visión tan halagadora del desarrollo estabilizador fue cuestionada por Enrique Cárdenas, posiblemente el historiador económico contemporáneo más influyente de nuestro país.  Cárdenas, quien es de los pocos economistas serios que se dedican de lleno a estudiar la historia económica de México, fue hasta hace algunos años rector de la Universidad de las Américas.  Él prefiere dividir las décadas de los cincuenta y sesenta en dos periodos distintos: el del crecimiento económico sano de 1950 a 1962 (también se refiere a este periodo como de crecimiento sostenido con choques externos) y el de alto crecimiento con debilidad estructural de 1963 a 1971.  Esta diferenciación excluye la inflación como característica endógena de la economía y se concentra más en la capacidad de la economía para mantener un ritmo sostenido de crecimiento económico.

Para Cárdenas, la mayor inflación de los cincuenta se debe a la existencia de choques externos y no a una menor disciplina fiscal y monetaria.  De hecho, él argumenta que hubo mayor disciplina en los cincuenta que en los sesenta.  La ausencia de inflación en los sesenta se debió más bien a la ausencia de choques externos.  Por ejemplo, el déficit fiscal acumulado de la década de los cincuenta apenas alcanzó 0.3 por ciento del PIB, un promedio de 0.03 por ciento.  En cambio, en los años sesenta, la cuenta pública se volvió crónicamente deficitaria y el déficit fiscal fue creciendo ligeramente año con año.  Inclusive, esta década fue criticada por la ausencia de una reforma fiscal.

Pero lo más severo de la década del “desarrollo estabilizador” fue la debilidad estructural que provocó a través del proteccionismo desmedido, los subsidios crecientes y una estructura oligopólica de los mercados.  Las características de la industria eran de ineficiencias escondidas, altas tasas de ganancia y un debilitamiento gradual de las finanzas públicas.  Por lo mismo, hubo la creación de muchas empresas y sectores que subsistían en condiciones antieconómicas y un deterioro de las cuentas externas que condujeron a un endeudamiento externo severo.

¿Esta es la política económica que presume Fox?