Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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La Inflacion

Febrero 3rd, 2017 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

La tasa de 1.51 por ciento de inflación para la primera quincena de enero fue la más alta para cualquier quincena desde principios de 1999, es decir, en 19 años. Fue resultado primordialmente del famoso “gasolinazo”, que explica casi 82 por ciento del incremento. Con este incremento la inflación anual subió a 4.78 por ciento, que es la más elevada que hemos visto desde la segunda quincena de 2012. Al ser mayor de 4.0 por ciento, se sale del intervalo de variabilidad que mantiene el Banco de México alrededor de su objetivo puntual de inflación y así termina la racha más larga (49 quincenas) que habían logrado las autoridades monetarias en contener el alza de precios. Incluso, podemos pensar que tuvimos algo de suerte, ya que los precios de las frutas y verduras disminuyeron -3.31 por ciento en la misma quincena, lo que ayudó a que la tasa quincenal no fuero todavía más elevada.

El gobierno ya amenazó que va continuar con más gasolinazos, por lo que podemos pensar que este año terminaremos con la tasa de inflación más elevada de los últimos ocho años y con un poco de mala suerte podría ser la más alta de los últimos 17 años. En 2008 el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) terminó el año con un incremento de 6.53 por ciento, mientras que en 2000 tuvimos una inflación de 8.96 por ciento. Si excluimos esos dos años, hemos experimentado una inflación promedio de 3.96 por ciento en los últimos 17 años; en cambio, si los incluimos el promedio sube a 4.40 por ciento.

¿En cuánto terminará la inflación este año? La última encuesta quincenal de instituciones financieras que levanta Citibanamex, señalaba una consenso (mediana) de 4.84 por ciento. La institución más optimista es Barclays, siendo la única que piensa que va disminuir rápidamente la inflación en el resto del año para terminar por debajo de 4.0 por ciento (3.90 por ciento). De hecho, ni siquiera el Banco de México es tan optimista. La institución más pesimista es BBVA Bancomer, que anticipa una tasa de 5.97 por ciento a final de año. Sin embargo, esta encuesta se realizó dos días antes de conocer la tasa de la quincena y todas las instituciones esperaban una tasa más baja de la que se divulgó. De hecho, el consenso para la quincena era de apenas 1.04 por ciento. Dado que la inflación arrancó el año por arriba de lo anticipado por todos, es casi un hecho que habrás revisiones al alza en las expectativas de prácticamente todas las instituciones.

Obviamente, el factor más importante en el año será el precio de la gasolina. Sin embargo, este precio podrá ser la mecha de una bomba de incrementos en precios. No solamente afecta el precio de la gasolina a muchos productos y servicios al incrementarse el costo del transporte, sino que es un precio muy visible, que da entrada a incrementos en otros precios de mercancías y servicios que ya sentían presión pero que no se habían aumentado ante la situación económica del país. El hecho de que el tipo de cambio haya aumentado más de 60 por ciento en los últimos dos años, significa que hay un traspaso pendiente en muchos precios. Incluso, varios analistas ya están hablando de la posibilidad de que la inflación pudiera rebasar el nivel del 8.96 por ciento que observamos en el 2000.

Hasta ahora el traspaso del tipo de cambio a la inflación ha sido sumamente bajo. Los precios que más han subido son los de las mercancías de alimentos, bebidas y tabaco, que ya rebasaron 5.0 por ciento en la primera quincena de enero. Sin embargo, los precios de las mercancías no alimenticias solo han subido 4.13 por ciento, siendo que son justamente los precios más susceptibles al incremento en el tipo de cambio. Sin embargo, el Índice Nacional de Precios al Productor (INPP) señala una inflación superior al 8 por ciento en los costos de las empresas, lo que nos hace pensar que tarde o temprano veremos más productores trasladando estos incrementos al consumidor. El gasolinazo podría ser justamente lo que provoca este fenómeno.

La expectativa de mayor inflación llevará necesariamente al Banco de México a instrumentar una política monetaria todavía mucho más restrictiva que la actual, un elemento adicional que señala dificultades para el crecimiento económico este año. Por lo pronto, 2017 pinta como el año de menor crecimiento y mayor inflación de este sexenio. Sin embargo, todavía queda 2018.

Sin lugar a duda, 2016 fue otro año complicado, pero no será hasta el próximo martes 31 de enero que tengamos la estimación oportuna del crecimiento económico del cuarto trimestre en particular y del año en general. Aunque se espera que el año habrá crecido alrededor de 2.0 por ciento, todavía no queda claro. En la última encuesta de expectativas a instituciones financieras de Citibanamex del viernes pasado, sale a relucir que hay instituciones que estiman 2.2 por ciento (como Santander, Scotiabank y JP Morgan), mientras que Valmex (la Casa de Bolsa del Grupo Bailléres, dueño del prestigiado ITAM) anticipa 1.7 por ciento. Es muy inusual que existe una discrepancia tan amplia a estas alturas, faltando menos de un par de semanas para conocer el dato. Pero lo que sí sabemos es que mejoró algo el consumo de los hogares, mientras que hubo una desaceleración significativa en las exportaciones y en la inversión privada. El gasto de gobierno, como siempre no pintó ni para bien ni para mal.

A pesar de haber sido un año mediocre en cuanto al crecimiento económico (otra vez), existen amplias señales de que hubo mejoras en el mercado laboral. La primera son los 732,591 empleos adicionales registrados en el IMSS, que el gobierno ha presumido como la máxima creación de empleos formales en la historia para un año. Sin embargo, si tomamos en cuenta el crecimiento de la población, podemos ver que es fundamentalmente un fenómeno demográfico. Si lo comparamos con el crecimiento del PIB, vemos que fue un buen esfuerzo, solo superado por 2013. Pero de nuevo, fue más mérito del poco crecimiento; en los años que la generación de empleo del IMSS ha superado por mucho el crecimiento del PIB, siempre han sido años de bajo crecimiento. De hecho, dado que el crecimiento económico es un promedio y no valor fin de año, deberíamos comprar el cambio promedio del empleo con el PIB. En este caso los mejores años fueron 2001 y 2002, años de nulo crecimiento. Al final de cuentas, el mérito del incremento en el empleo formal fue resultado de una gran fiscalización de las empresas por parte del IMSS. No es que hubo “creación” de empleos formales, sino más bien se inscribieron en el IMSS muchos empleos ya existentes. En el mejor de los casos hubo un proceso de formalización, pero no de creación.

Otro dato sobresaliente fue que la tasa de desempleo urbano de fin de año sin ajustar por estacionalidad (4.05 por ciento), fue la más baja desde diciembre de 2006, es decir, de los últimos diez años. Igual, la tasa promedio anual (4.66 por ciento) fue la más baja desde el mismo año. La tasa de desempleo nacional promedio de 2016, que incluye zonas rurales sin mercados laborales, fue la más baja (3.882 por ciento) desde 2008 (3.884 por ciento). La tasa de subempleo promedio de 2016, que considera aquellos que trabajan menos horas a la semana por razones de mercado, fue 7.64 por ciento, la más baja desde 2008. Por último, la brecha laboral, que combina el desempleo, el subempleo y el desempleo disfrazado, también mostró una mejoría notable.

Si bien es cierto que hubo una mejoría en los indicadores de desempleo, queda claro que la desocupación no es uno de los problemas más importantes del mercado laboral mexicano. La gran mayoría de los mexicanos tienen trabajo, mientras que los que no pudieran tenerlo fácilmente. El problema es que la gran mayoría de los empleos son de muy baja remuneración, es decir, no de la calidad y productividad que nos gustaría que tuvieran. De hecho, los empleos creados en los últimos años son de menor remuneración que las que se creaban antes. Por ejemplo, la tendencia de la tasa de condiciones críticas de ocupación, una tasa complementaria que calcula el INEGI para tratar de medir el porcentaje de personas que laboran bajo condiciones críticas, muestra una tendencia al alza desde finales de 2014, justo cuando la tasa de desempleo abierto empieza a mejorar. Pero el mejor ejemplo de todo lo observamos en las tasas de desocupación por entidad federativa: Oaxaca y Guerrero muestran tasas de fin de año de 1.8 por ciento, las más bajas de toda la República. La razón es que la pobreza y falta de educación en esos estados obligan a aceptar el trabajo que sea al salario que sea, además de que la mayoría vive en zonas rurales donde no mercados de trabajo y viven del autoconsumo o agricultura de subsistencia. Pero eso sí, ¡no hay desempleo!

Después del shock del 8 de noviembre, la mayoría de nosotros pensábamos (o deseábamos) que Trump suavizara su discurso y que fuera transformándose en alguien que pudiera ganar el respeto ajeno y ser merecedora de la presidencia de Estados Unidos. Sin embargo, el avanzar de las semanas ha demostrado que no es el caso, ya que sus posturas radicales ni su comportamiento de “bullying” se han modificado. Peor aún, promete cumplir todas sus amenazas y aún más. Se está materializando el peor escenario posible con su toma de protesta este viernes.

Ante los cambios esperados en las políticas de Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) revisó a la baja su expectativa de crecimiento para México para 2017 y 2018. Ahora anticipa 1.7 por ciento para este año y 2.0 por ciento para el entrante. Sus números no son muy diferentes a las últimas encuestas de instituciones y analistas mexicanas. La Encuesta Quincenal de Expectativas de Instituciones Financieras de Citibanamex anticipa 1.7 por ciento para 2017 y 2.4 por ciento para 2018. La Encuesta Mensual de Expectativas IMEF registra 1.6 por ciento para este año y 2.2 por ciento para el entrante. No obstante, es casi un hecho que tanto el FMI, como los participantes en las encuestas, estarán revisando su expectativa a la baja a lo largo del año.

El crecimiento de 2016 fue alrededor de 2.0 por ciento, seis décimas menos que 2015. ¿Por qué? Si analizamos los componentes del PIB por el lado del gasto, vemos que en 2016 el consumo de los hogares mejoró ligeramente, mientras que se desaceleró un poco el consumo de gobierno y disminuyó prácticamente igual la inversión pública, comparada con 2015. Sin embargo, los dos componentes que tuvieron un comportamiento muy diferente en esta comparación fueron las exportaciones y la inversión privada. ¿Qué podemos esperar para 2017?

De entrada, es casi un hecho que tanto el consumo de gobierno como la inversión pública contribuirán menos este año al crecimiento económico que el año pasado. También es de esperar que el consumo de los hogares siga creciendo, pero a una tasa menor que en 2016. El aumento generalizado de precios afectará el poder adquisitivo, el crédito al consumo se desacelerará ante el incremento en las tasas de interés y la creación de empleos será menor ante la incertidumbre y falta de inversión. También el derrumbe de la confianza del consumidor promete una actitud de mayor cautela. Una de las amenazas más claras de Trump es reducir el superávit comercial que tiene México con Estados Unidos. Esto significa que, ya sea mediante aranceles mayores, impuestos especiales o prácticas de proteccionismo no arancelarias, es muy probable que disminuyen nuestras exportaciones. Dado que es de esperar que el dólar siga fortaleciéndose es muy probable que no aumenten las exportaciones de Estados Unidos, lo cual significa que no habrá mayor demanda por nuestras exportaciones.

Con una desaceleración en el consumo, menos exportaciones y una caída en el gasto público, lo único que queda es la inversión privada. Sin embargo, es el componente del gasto que más se verá afectado por el fenómeno Trump. Desde ahora muchas empresas han cancelado o pospuesto sus planes de inversión ante la incertidumbre prevaleciente. Sabemos que es altamente probable que cambien las reglas del juego, especialmente en cuanto las posibilidades de exportación. Si la iniciativa privada mostró cautela en 2016 (antes de conocer los resultados de las elecciones), es un hecho de que ahora va ser todavía más. En otras palabras, todos los componentes del PIB por el lado del gasto este año van a mostrar menos dinamismo que en 2016.

Menos exportaciones y flujos de inversión, en medio de un ambiente de incertidumbre que no se va disipar rápidamente, implica necesariamente que el tipo de cambio seguirá en aumento. Esto, junto con el gasolinazo y la escalada de precios que ya hemos observado, significa que este año habrá más inflación, muy por arriba del techo del objetivo del Banco de México. Más inflación implica una política monetaria más restrictiva, que a su vez se traducirá en mayores tasas de interés y todavía menos crecimiento económico. Simplemente hablando, no pinta bien el año, aunque siempre podemos esperar sorpresas agradables.

Lo expresa muy bien el dicho “preparémonos para lo peor y esperemos lo mejor”.

El día primero de enero pensé que la buena noticia era que ya se acabó 2016, un año difícil, tedioso y de inestabilidad. Pero la mala noticia es que empieza 2017 con perspectiva peor. Ya llevamos un poco más de una semana del año y vemos que ya no es lo duro sino lo tupido. El gasolinazo, las protestas, los saqueos, los bloqueos y aumentos generalizados en precios han acaparado las ocho columnas, pero también nos han agraciado con noticias adicionales como el regreso de Videgaray, la cancelación de inversión de Ford y la posible salida del país de Chrysler. Todo indica que las promesas de Trump se van a materializar. El Indicador IMEF dice que “aumenta incertidumbre”, mientras que sigue en desplome la confianza empresarial y del consumidor. Todo se refleja en la continua debilidad del peso, que ya vimos como el tipo de cambio registra de nuevo, máximos históricos. Existe en el país una sensación de inestabilidad económica y política no visto desde el “tequilazo” al comienzo de 1995.

Ante tanta adversidad, lo que más necesita el país es un gobierno inteligente, que asume su rol de líder y que instrumente políticas para resolver los problemas e incertidumbres que enfrentamos. Hasta ahora, ¿cuál ha sido la respuesta? El “Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección Familiar”, posiblemente la máxima desilusión del gobierno actual. Es un conjunto de enunciados vacíos, sin fondo, lleno de contradicciones y desconectado de la problemática que enfrenta el país. Ni siquiera logró un consenso entre las cúpulas empresariales y excluye a los gobiernos estatales y a los partidos de oposición. Es una muestra más de que no solamente no entiende los reclamos de la población, sino que no entiende que no entiende. Es aun peor que el anuncio conjunto de la SHCP y el Banco de México que dieron a conocer a las 7:00 de la mañana después de las elecciones de Estados Unidos, cuando acordaron no hacer nada más que “estar atentos”.

Por ejemplo, incluye el compromiso de evitar incrementos significativos en los precios de la canasta básica (como especie de control de precios), que seguramente causará escasez como suele suceder, pero al mismo tiempo dice que realizará acciones en favor de la libre competencia (como evitar o quitar controles de precios). En caso de que se dé el incremento en el precio de algún producto de la canasta básica se permitirá la libre importación de éste para estabilizar el mercado. El problema es que la importación de cualquier producto al tipo de cambio actual seguramente implicará un incremento todavía mayor en el precio, al no ser que el gobierno lo vaya subsidiar. Sin embargo, la justificación del gasolinazo fue que lo que se quiere evitar son los subsidios.

Otro problema de fondo es la credibilidad. ¿Cuántas veces ya nos ha dicho el gobierno que va combatir la corrupción sin que no pasa absolutamente nada? ¿Cuántos recortes de gasto se han anunciado para que al final del año encontramos que se gastó mucho más que lo presupuestado originalmente? El Acuerdo dice que se va a modernizar el transporte público, pero la inversión pública ha disminuido en cada uno de los últimos siete años. Incluye medidas “nuevas” que se supone que ya se deberían estar instrumentando, como garantizar un superávit primario, impulsar la recuperación del salario mínimo y preservar la estabilidad económica. Evita acciones directas para resolver el agravio más apremiante: el gasolinazo. No incluye medidas para evitar o minimizar el robo de gasolinas o resolver el problema de abasto. No abarca el problema de incertidumbre ante la llegada de Trump, que frenará la poca inversión que teníamos. Remarca la instrumentación de políticas fiscales y monetarias restrictivas, que implica frenar aún más el crecimiento económico.

Todos hemos revisado a la baja las expectativas de crecimiento económico para este año al saber que Trump será presidente de Estados Unidos a partir del 20 de enero. No obstante, las primeras revisiones eran tibias al no conocer a ciencia cierta lo que hará el vecino en nuestra contra y tampoco anticipábamos la parálisis o falta de ideas de nuestro gobierno. Los anuncios de Ford y Chrysler y el continuo ataque vía Twitter por parte de Trump, empiezan a vislumbrar que podríamos estar enfrentando el peor escenario contemplado. Las probabilidades de una recesión este año van en aumento día a día.

Hacia fines de diciembre, cuando la mayoría estábamos concentrados en el Maratón Guadalupe-Reyes, el INEGI dio a conocer algunos indicadores sobre la marcha de la economía. Posiblemente los más importantes son los del desglose del PIB por el lado del gasto para el tercer trimestre. Desde fines de noviembre, INEGI ya había reportado el crecimiento del PIB de 1.0 por ciento respecto al trimestre anterior y 2.0 por ciento respecto al mismo trimestre del año pasado; los primeros tres trimestres del año registraron una actividad económica de 1.95 por ciento superior al mismo periodo de 2015. Sabíamos que las actividades secundarias crecieron 0.1 por ciento en el trimestre, producto de caídas de -2.5 y -0.3 por ciento en la minería y la construcción, respectivamente, con un avance de 0.8 por ciento en la manufactura. También conocíamos que las actividades terciarias (comercio y servicios) habían avanzado 1.4 por ciento. Pero no fue hasta el 21 de diciembre que el INEGI informó el desglose por el lado del gasto, es decir, los crecimientos del consumo, la inversión y el comercio exterior. Por ejemplo, medio sabíamos del avance de la inversión fija bruta (IFB) total, ya que el INEGI publica los resultados mensuales (con un gran rezago, por cierto). Sin embargo, en este desglose el instituto da a conocer cuánto fue pública y privada, datos de por más interesantes.

Después de haber disminuido -1.0 por ciento en el segundo trimestre, la IFB total cayó -0.1 por ciento en el tercer trimestre y resulta que el nivel de los primeros tres trimestres del año apenas se ubica 0.1 por ciento por encima del mismo periodo de 2015. No obstante, la IFB privada creció 1.1 por ciento en el trimestre y los tres trimestres están 2.1 por ciento arriba del año anterior. En cambio, la IFB pública disminuyó -7.8 por ciento en julio-septiembre y el año se encuentra -10.3 por ciento por debajo del año pasado. Resulta que la IFB pública ha disminuido en 25 de los últimos 29 trimestres y en los once últimos consecutivos. Se ubica en su nivel más bajo desde el cuarto trimestre de 2002, es decir, de los últimos 14 años. Significa que 2016 será el séptimo año consecutivo de tasas anuales negativas para la inversión pública. Seguramente 2017 será el octavo.

Sin embargo, a pesar de los pésimos números, la caída de la inversión pública no es novedad. A estas alturas de 2015 se ubicaba también -10.3 por ciento por debajo de los primeros tres trimestres de 2014. Pero entonces, ¿qué factores explican que el PIB está creciendo ahora menos? En los primeros tres trimestres de 2016 llevamos 1.95 por ciento, comparado con 2.70 por ciento en 2015. Primero, resalta el hecho de que no solamente sigue el avance del consumo de los hogares, sino que en este año está creciendo más (2.8 por ciento en 2016 versus 2.1 por ciento en 2015).

La desaceleración se explica fundamentalmente por cambios drásticos en la inversión privada y en las exportaciones y en mucho menor medida por menos crecimiento del consumo público. A estas alturas de 2015 la inversión privada avanzaba a un ritmo de 9.2 por ciento, comparado con 2.1 por ciento en 2016. Pero el cambio más pronunciado esta en las exportaciones, que en 2015 se ubicaba 9.2 por ciento por encima de los primeros tres trimestres del año anterior, siendo que ahora están tan solo 0.01 por ciento por arriba del mismo periodo de 2015. En pocas palabras, el consumo privado es el único componente por el lado del gasto que crece por arriba del PIB, mientras que la inversión privada casi al mismo ritmo; el consumo público y las exportaciones crecen por debajo del PIB y la inversión pública es el único componente con tasa negativa.

Es interesante observar la diferencia en el crecimiento de las exportaciones en dólares nominales (que es el flujo de la balanza comercial) con la medición en pesos reales. La balanza comercial muestra una disminución de -3.8 por ciento en los primeros tres trimestres del año, mientras que las cuentas nacionales registran prácticamente el mismo nivel (0.01 por ciento). El año pasado, observamos una caída de -4.1 por ciento en las exportaciones reportadas en dólares, mientras que crecieron 10.4 por ciento en pesos reales. Pero aguas, ya que la comparación no solo refleja diferencia de precios y volumen, sino también las cuentas nacionales abarcan servicios no factoriales.

Desde hace más de una década las autoridades fiscales y monetarias, junto con la propia presidencia de la República, han argumentado que dentro de lo mejor que tiene el país es la estabilidad macroeconómica; lo que llaman buenos “fundamentos económicos”. Esto consistía de una inflación cercana al objetivo del Banco Central, una balanza de pagos sin problemas ni mayor vulnerabilidad, un sistema bancario capitalizado y sin cartera vencida, finanzas públicas sanas y una deuda pública baja como proporción del PIB. Esto debería traducirse en un tipo de cambio estable y tasas de interés relativamente bajas, que a su vez conduciría a un ambiente de confianza, propicio para inducir inversión y generar empleo. Lo único que faltó en esta descripción de un país de maravillas era mayor crecimiento económico. No obstante, nos dijeron que, con las reformas aprobadas, ya estaríamos creciendo por encima de 5 por ciento anual.

De alguna forma u otra, las agencias calificadoras de riesgo-país estaban de acuerdo. Después de la crisis “tequilera” de 1995, Moody’s había mejorado la calificación soberana de México en 6 ocasiones, desde un Ba3 hasta A3, sin bajarla en ni una sola ocasión. S&P lo ha aumentado 5 veces (aunque sí lo bajó una vez en 2009), también para llevarla desde un BB- hasta BBB+. Salvo Chile, México ha sido el país mejor calificado de la región. Desde 2002, las 3 agencias, incluyendo a Fitch, nos han considerado como “grado de inversión”. La crisis de la “gran recesión” fue una prueba severa para México, que libramos muy bien. Incluso, en los 3 años siguientes, de 2010 a 2012, México logró crecer en promedio por arriba de 4 por ciento.

¿Qué fue lo que pasó para que ahora las 3 agencias nos hayan puesto en “perspectiva negativa”? Poco a poco, la estabilidad macroeconómica se ha demolido y ahora está en tela de juicio. No estamos tan mal como para perder el grado de inversión, pero sí para bajar uno o dos peldaños. Tenemos un déficit en la cuenta corriente que permanece por arriba de 3 por ciento del PIB, a pesar de un ajuste en el tipo de cambio que ya supera 50 por ciento. La nueva dirección de la política monetaria de Estados Unidos, hace que nuestra dependencia creciente en la inversión extranjera de cartera nos haga más vulnerables. Tenemos un déficit fiscal elevado, que no ha podido reducir el gobierno, y como consecuencia, una deuda pública creciente que ya cruzó el umbral del 50 por ciento del PIB. Por más promesas que hace la SHCP, sigue subiendo la deuda. No queda claro que los esfuerzos anunciados en el presupuesto para 2017 vayan hacer suficientes. A esta situación, tenemos que añadir el problema escandaloso de la deuda pública estatal.

Ambos desequilibrios han llevado a que las autoridades instrumenten una política económica restrictiva, con miras a reducir el poco crecimiento económico que tenemos. Al mismo tiempo, es casi un hecho de que la inflación seguirá en aumento, posiblemente terminando el año entrante por encima de techo del rango de variabilidad. También enfrentamos la posibilidad de que la SHCP tenga que anunciar más recortes al gasto, lo cual complica todavía más el escenario.

La situación ha derivado en una crisis de confianza, en la cual el consumidor ya ve con mayor pesimismo la situación económica actual y futura del país, a tal grado que nunca antes (desde que existe el indicador) hemos visto la economía con tanto pesimismo. La inversión se ha enfrenado, las exportaciones disminuyen, el gasto público se estrecha y el consumo de los hogares (lo único que crece) ya muestra signos de desaceleración. Pero no le podemos echar la culpa a Trump, porque todo esto era lo que teníamos antes de las elecciones del 8 de noviembre pasado. Con Trump en la mira, ahora tenemos más volatilidad cambiaria, menores flujos de capital de inversión extranjera, mayor traspaso del tipo de cambio hacia la inflación, mayores alzas en la tasa de política monetaria y menor inversión privada ante la incertidumbre creciente. Todo lo anterior se va derivar en menos crecimiento económico, menor generación de empleo, mayor informalidad y una brecha laboral creciente.

Si era cierto que nuestra fortaleza era la estabilidad económica, estamos viendo cómo se desmorona. En parte, ha sido resultado de un entorno externo desfavorable, pero también de una política económica equivocada.

Aunque ya había muchos rumores al respecto, fuimos sorprendidos la semana pasada con la noticia de que Agustín Carstens renuncia al puesto de Gobernador del Banco de México, efectivo a mediados del año entrante. El anuncio causó mucho revuelo y comentarios de todo tipo. Hubo rumores de que el Presidente lo promovió ante la crítica constante de Banxico al manejo de las finanzas públicas. Hubo acotaciones de que peligra Banxico ante su salida, ya que se diluye la autonomía de la institución. Hubo opiniones de que el Gobernador huye ante la llegada de una mega tormenta que se ve venir como consecuencia de las políticas de Trump. Hubo comentarios de que la renuncia se da en el peor momento posible y podrá ser causa misma de una nueva crisis. Hubo quien vaticinó que el efecto sobre el tipo de cambio sería tan pronunciado como cuando supimos quién sería el próximo presidente de Estados Unidos. Incluso, hubo quien recomendó llevarlo a juicio político por haber tomado la decisión.

Todas estas apreciaciones y especulaciones fueron exageradas. Sabíamos que Carstens tenía interés en un puesto de primer nivel en un organismo internacional desde hace tiempo. Ya fue el segundo a bordo del FMI y Secretario de Hacienda. Su prestigio y experiencia hacían que tarde o temprano se lo iban a ofrecer. Sin embargo, él no dictaminó la fecha, ni lo buscó con el propósito de huir a sus responsabilidades actuales. Seguramente fue una decisión difícil, pero principalmente personal.

Difícilmente podremos encontrar una persona mejor calificada que Carstens para Gobernador del Banco de México. Desde su preparación académica y profesional hasta su experiencia en muchos puestos relevantes, lo perfilaba para el puesto desde tiempo atrás. Ya como Gobernador, fue nombrado Banquero Central del año en varias ocasiones. Incluso, había quien lo veía en el puesto para un tercer periodo hasta 2028. Aun así, su prestigio lo llevó a contender para estar al frente del FMI y desde hace tiempo, se escuchaba su nombre para varios puestos de primer nivel internacional. En sí, su nombramiento para dirigir el BIS no sorprende.

Afortunadamente, la autonomía del Banco se ha consolidado y es una de las instituciones más sólidas del país. Se requieren personalidades de gran altura para dirigir instituciones endebles, ya que es la persona que inspira confianza y le da el realce necesario. Sin embargo, cuando se trata de una institución establecida, fuerte y bien encaminada, ya no es imprescindible tener a una figura de la misma talla. Por ejemplo, hace 20 años el dirigente del Bundesbank de Alemania era un periodista y su experiencia y formación quedaba muy corta en comparación al que tiene Carstens ahora. Por lo mismo, no debemos preocuparnos por un vacío en el poder monetario. El Banco tiene una Junta de Gobierno sólida y cuenta con un equipo de economistas del mejor nivel, capaces de asesorar y dirigir la política monetaria de forma más que satisfactorio.

Por lo mismo, no debe preocupar la salida de Carstens. El gobierno tiene siete meses para reflexionar y escoger al candidato idóneo. No tiene que ser de la talla de los anteriores, pero sí reunir ciertas características. De entrada, las que marque la ley: ser mexicano por nacimiento y no tener más de sesenta y cinco años cumplidos; gozar de reconocida competencia en materia monetaria y haber ocupado por lo menos durante cinco años cargos de alto nivel en el sistema financiera mexicano o en instituciones que ejerzan funciones de autoridad financiera. Pero en adición a estos preceptos legales, necesitamos que sea una persona que respetará la autonomía y encauce bien la administración monetaria del país. Debe evitar ser una persona del círculo cercano del Presidente, que pudiera dar imagen de tener una agenda preestablecida del gobierno federal, o bien, ser cómplice del esfuerzo fallido de sanear las finanzas públicas.

Queda mucho tiempo para conformar una terna final. Por lo pronto, podríamos pensar en un cuadro amplio de candidatos idóneos. Incluso, podríamos hasta especular con más nombres ante la posibilidad de que se reformaran los requisitos de edad y de nacimiento. Sin embargo, antes de hacerlo, quizás sería prudente empezar con la lista de las personas no deseadas para el puesto. No sé si todos estarían de acuerdo conmigo, pero arrancaría con el ex Secretario de SHCP en la primera posición.

Desde 1994, el motor principal de crecimiento (si no es el único) han sido las exportaciones no petroleras. Cuando crecen a buen ritmo, “jalan” a la economía interna. En cambio, cuando disminuyen o muestran crecimiento lento, la economía interna se apaga. Las exportaciones nos ayudaron a salir de las recesiones de 1995, 2001-2003 y 2008-2009. Los momentos de mayor crecimiento (1996 a 2000 y 2010 a 2012), fueron productos de su buen avance. En cambio, las dos recesiones de la década pasada fueron provocados por una disminución en nuestro comercio exterior, resultado de recesiones en Estados Unidos.

En 2013 tuvimos muy poco crecimiento (casi caímos en recesión), como consecuencia de la política fiscal del gobierno actual, pero también ante cierta atonía de la economía de Estados Unidos y recesiones en muchas partes de Europa. En los siguientes dos años, hubo una mejora marginal, pero no lo suficiente como para que pudiéramos crecer al ritmo deseado. También hubo mucha desilusión en las reformas estructurales, que quedaron cortas sin cumplir con lo prometido. Al final de cuentas, Estados Unidos es el destino de más del 80 por ciento de nuestras exportaciones, por lo que dependemos mucho de su economía.

Ayer martes, Estados Unidos anunció que su crecimiento del tercer trimestre fue 3.2 por ciento, una tasa relativamente buena. También hemos visto que el tipo de cambio ha aumentado más de 50 por ciento en los últimos dos años, para situar al peso mexicano en su mayor nivel competitivo en más de 20 años. En principio, la combinación de ambos factores debería provocar gran auge en nuestras exportaciones, que a su vez estaría “jalando” la economía interna. Sin embargo, no es así.

El viernes pasado, INEGI divulgó las cifras de comercio exterior para octubre. Las exportaciones totales mostraron una baja de -4.4 por ciento con respecto al mismo mes del año pasado, resultado de una caída de -4.9 por ciento en las no petroleras y una recuperación de 4.4 por ciento en las petroleras. Resalta que las no petroleras dirigidas a Estados Unidos se ubican -5.9 por ciento por debajo del año anterior, mientras que al resto del mundo crecieron 0.2 por ciento. En otras palabras, dónde el tipo de cambio debería explicar el mayor avance, es justo dónde tenemos la mayor disminución. Sin dudas, octubre fue mal mes, pues las no petroleras cayeron 5.7 por ciento respecto al mes anterior. No obstante, el año en su conjunto va terminar mal, pues el acumulado de enero a octubre se ubica -2.4 por ciento por debajo del mismo periodo del año pasado.

Si la economía de Estados Unidos va bien y el tipo de cambio real está en niveles históricos desde que tenemos el régimen cambiario actual, ¿por qué nuestras exportaciones no logran despegar? La explicación radica en la mayor integración que hemos visto de México en la economía de Estados Unidos, en especial a partir de 2010. Cada vez más las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo llevan insumos importados desde México. Ante el dólar fuerte, las exportaciones de Estados Unidos han perdido competitividad y su producción manufacturera ha quedado estancado. No obstante, como su motor principal de crecimiento es el consumo de los hogares (y no las exportaciones), la economía ha logrado crecer. Al final de cuentas, el efecto ingreso (sus exportaciones) ha superado al efecto precio (el tipo de cambio), es decir, por más barato que le podemos ofrecer los insumos, no nos están comprando nuestras exportaciones.

Lo que estamos viendo es un cambio estructural, mediante el cual la variable de ajuste tradicional (el tipo de cambio) ha dejado de jugar un papel preponderante en el comercio entre los dos países. Nuestras exportaciones tienen un alto grado de insumos importados de Estados Unidos, mientras que las exportaciones de Estados Unidos tienen un grado creciente de insumos importados de México. Esto impide que el tipo de cambio actué como en el pasado como incentivo para que podemos exportar más.

¿Qué implicaciones tiene? Primero, es casi un hecho que el tipo de cambio seguirá al alza en un intento de equilibrar la oferta y demanda de dólares en el país. Segundo, nuestro país es ahora mucho más vulnerable que antes ante los flujos de comercio exterior y de inversión extranjera. Tercero, como consecuencia Trump representa todavía mayor peligro para el país.

El Subgobernador del Banco de México, Manuel Sánchez González, termina su gestión este 31 de diciembre. Dado que tiene 66 años de edad, ya no califica para un segundo periodo de ocho años. Por lo mismo, tendremos un nuevo Subgobernador a partir de enero. El Presidente de la República propone a Alejandro Díaz de León para este puesto. ¿Es buen candidato para formar parte de la Junta de Gobierno?

La Ley del Banco de México señala que, para que alguien sea designado miembro de la Junta de Gobierno, tiene que ser un individuo con un elevado nivel técnico y profesional. Tiene que ser ciudadano mexicano por nacimiento, no tener más de sesenta y cinco años cumplidos y gozar de reconocida competencia en materia monetaria. También especifica haber ocupado, por lo menos durante cinco años, cargos de alto nivel en el sistema financiero mexicano o en las dependencias, organismos o instituciones que ejerzan funciones de autoridad en materia financiera.

Hasta aquí podemos afirmar que Díaz de León cumple con estos requisitos. Es economista del ITAM con maestría de la Universidad de Yale. Su formación principal proviene del propio Banco de México, donde trabajó los primeros 16 años de su carrera y llegó a ser Director de Análisis Macroeconómico. De allí trabajó como Director General de Pensionissste, después como el titular de la Unidad de Crédito Público en la SHCP (en sustitución de Gerardo Rodríguez) y finalmente, como Director General de Bancomext (sustituyendo a Enrique de la Madrid). Su experiencia obtenida en SHCP es en especial valiosa, ya que obtuvo conocimientos profundos de los mercados financieros internacionales, hoy en día sumamente relevante para un banco central. Sus credenciales académicas y su experiencia profesional son incuestionables. Además, tiene excelente reputación y reconocimiento en los medios.

Es trascendental que cada miembro de la Junta entienda a fondo cómo funciona la política monetaria, sus alcances y la importancia de contener la inflación. La Constitución establece claramente que el objetivo prioritario, más no el único, es procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda. Para cumplir con este mandato es crucial entender la interacción entre la inflación, el crecimiento económico y la estabilidad macroeconómica. No hay duda que cada uno de los miembros de la Junta, incluyendo al propio Díaz León, cumplen perfectamente bien con este cometido.

No obstante, la Ley también establece que dos de los cinco miembros de la Junta de Gobierno no necesitan cumplir con el requisito de antigüedad, siempre y cuando sean profesionistas distinguidos en materia económica, financiera o jurídica, para así permitir la participación de personas como académicos distinguidos, que pueden aportar un caudal de valiosos conocimientos. Al final de cuentas, lo que se quiere de una Junta de Gobierno es que tenga cierta diversidad y representación de intereses para que funciona como cierto chequeo y balance al poder inmenso que tiene el Gobernador del instituto. Si los cuatro subgobernadores son tipo “yes men”, que van a aprobar absolutamente todas las decisiones del Gobernador, ¿para qué queremos una Junta?

Con la llegada de Díaz de León, vamos a tener una Junta de Gobierno de clones, todos formados en el propio Banco, con estrechos lazos con el ITAM y de alguna forma u otra allegados del Gobernador actual. Prácticamente desde que empezó la autonomía del banco central, hemos tenido algo de diversidad. Guillermo Prieto Fortún, quien duró menos de un año como Subgobernador, provenía de la Bolsa Mexicana de Valores. Guillermo Güémez García venía del sector privado con experiencia empresarial y financiera y en la negociación del TLCAN. Everardo Elizondo era un reconocido académico, consultor de empresas y fue el economista principal para Bancomer. Manuel Sánchez González también venía del sector privado y se consideraba representante de la banca comercial. Así será que va ser la primera vez que la Junta de Gobierno se conforma sin un representante del sector privado, sin alguien con formación distinta del propio Banco de México y posiblemente, sin alguien que se atreve a cuestionar al poderosísimo Gobernador. Sin diversificación, sin alguien que presenta contraargumentos y sin representatividad del sector privado, ¿para qué va servir la Junta?

Desde principios de año hemos estado revisando a la baja las proyecciones de crecimiento para el año entrante en forma sistemática y al alza el tipo de cambio. Las razones giraban alrededor de una incertidumbre en torno a la inversión, la reducción en el gasto público, menores exportaciones y la implementación de políticas económicas más y más restrictivas. Si tomamos como referencia las últimas encuestas de expectativas de Banxico, Banamex y el IMEF, para principios de noviembre había un consenso para el PIB de 2.3 por ciento para 2017, dentro de un intervalo de 1.5 a 3.3 por ciento. Para el tipo de cambio, alrededor de 18.60 al cierre del próximo año, en un intervalo de 17.25 a 20.50. Sin embargo, todos estos números, ya de por si cada vez más pesimistas, pertenecían a un escenario “Clinton”. Posiblemente algunos habían elaborado un escenario “Trump”, pero ni era su escenario más probable y ni lo pensaron mucho.

Ahora nos enfrentamos todos a la dificultosa obra de construir el escenario Trump. Si de por sí la tarea de vislumbrar el futuro es complicado entre tanta conjetura que se tiene que realizar, elaborar un escenario cuya línea principal es que casi todo puede cambiar, lo vuelve casi imposible. Podemos poner números sobre la mesa, pero debemos admitir que el margen de error aumenta en forma exponencial. No obstante, podemos empezar con algunas pinceladas sobre lo que puede venir.

De entrada, debemos dividir el escenario en dos partes: la primera de corto plazo, cuya motivación principal es una mayor incertidumbre, donde casi todo se va mover ante la especulación; y la segunda, de mediano y largo plazo, que responde más a lo que vamos viendo sobre la marcha en torno a cambios estructurales. Por ejemplo, en el corto plazo podemos pensar que el tipo de cambio va aumentar todavía mucho más ante la incertidumbre de que si el Tratado de Libre Comercio se va renegociar o de plano, cancelar. Pero en el mediano plazo, podemos realizar algunos supuestos acerca de la dirección y alcance de una supuesta renegociación y tratar de anticipar sus implicaciones.

En el corto plazo, podemos anticipar un tipo de cambio más elevado, mayor inflación, menos crecimiento y una tasa de política monetaria mayor, todo con respecto al escenario Clinton que teníamos. ¿Por qué? El tipo de cambio es uno de los mejores reflectores de la incertidumbre. En el corto plazo, no sabemos que esperar, por lo que por lo pronto compraremos dólares para protegernos y casi no habrá nadie que venda sus dólares para comprar pesos. ¿Hasta dónde puede llegar el tipo de cambio en estas semanas? No podemos descartar que aumentará todavía dos o tres pesos más para situarse más cerca de 24 o 25 pesos, mientras que difícilmente regresará a estar por debajo de 20. ¿Esto qué implica? Hasta ahora hemos visto que el traspaso del tipo de cambio a la inflación se ha contenido, pero el ajuste ya llegó a un nivel en el cual será prácticamente imposible contener una escalada de precios. Por lo mismo, tendremos que revisar la expectativa de inflación para el año entrante al alza. ¿En cuánto? Aun en un escenario optimista, es muy probable que la inflación se ubica por arriba del techo del famoso rango de variabilidad de 4 por ciento. ¿Qué tanto más? Un escenario pesimista lo podría ubicar incluso ya cerca de 10 por ciento.

Si vamos a incorporar a nuestro nuevo escenario más inflación, tenemos que suponer también que el Banco de México subirá mucho más la tasa de política monetaria. ¿Cuánto? Esta semana podríamos ver unos 100 puntos base y posiblemente otros 100 hacia fin de año. Podemos también hacer el supuesto de que no habrá flujos de inversión extranjera directa y que muchos proyectos de inversión se detendrán aun antes del incremento en el costo del crédito. El único flujo que podrá aumentar es el de remesas, ya que muchos aprovecharán el tipo de cambio para mandar recursos a sus familias antes de cualquier interrupción por parte del nuevo gobierno de Trump. Todo junto implica que aumenta considerablemente la posibilidad de una tasa negativa para el PIB en el primer trimestre del año y de una recesión en la primera mitad del año. Las posibilidades de crecimiento para el año en un todo, dependerá de los primeros anuncios concretos de la nueva era en términos de la renegociación del Tratado, las deportaciones masivas, cambios fiscales y otras medidas que se vayan tomando.