Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Tropiezo

Octubre 29th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

En los últimos meses hemos visto muchos indicadores que señalan que la economía ha mejorado, después de un largo periodo (22 meses) de un estancamiento inusual. Las exportaciones no petroleras, en especial las del sector automotriz, han retomado su papel del motor de crecimiento principal de la actividad económica; la inversión privada empieza a crecer, mientras que el consumo privado ha mostrado señales de cierta mejoría. El gran ausente ha sido el gasto público, en especial la inversión pública, que afortunadamente no ha frenado demasiado al resto de la economía. El escenario apunta a que es posible alcanzar un crecimiento anual de 3 por ciento en la segunda mitad del año, que aunado al 1.7 por ciento de la primera mitad, nos daría un incremento alrededor de 2.4 por ciento para el año (el consenso).
Aun así, tenemos que reconocer que no es una tasa muy dinámica que digamos y todavía se ubica muy por debajo de lo que el gobierno nos prometió al inicio del sexenio. En especial, sale a relucir la debilidad del consumo de los hogares, que se ha visto muy afectado por una merma en su poder adquisitivo. Según los registros del IMSS, se perdieron alrededor de 700 mil empleos en la gran recesión de 2008-2009, que se recuperaron (con creces) en los siguientes años. Sin embargo, la mayoría de los empleos perdidos fueron de ingresos de cinco mil pesos o más, mientras que los que se han recuperado han sido mayoritariamente menores a tres mil pesos. Aunado a la disminución en los salarios, hubo una pérdida en el poder adquisitivo para los hogares de menores ingresos al medirlo vía el subíndice de precios de alimentos. También hubo una pérdida en el ingreso personal disponible de los hogares con mayores ingresos como consecuencia de la reforma hacendaria. Si a estos factores le agregamos un nivel de confianza muy baja y cierto sobreendeudamiento de las familias, nos encontramos con una situación precoz en la mayoría de los hogares, que explica el débil desarrollo del consumo. No obstante, la economía presenta signos de mejoría, por lo que se espera que se mantengan las tendencias positivas en la mayoría de los indicadores.
El Indicador Global de Actividad Económica (IGAE) presentó una tasa de crecimiento de 0.33 por ciento en el primer mes del tercer trimestre (julio), que anualizada representa un avance de 4.04 por ciento, mientras que la tasa anual (respecto al mismo mes del año anterior) fue 2.5 por ciento. El buen comienzo del trimestre nos hizo pensar que en los tres trimestres podríamos observar ya un sólido avance. Sin embargo, hace unas semanas recibimos la noticia de que la industria manufacturera retrocedió -0.31 por ciento en agosto respecto a julio, por lo que ya anticipábamos que el mes no sería tan bueno como el anterior. Parte de la disminución se debió a una comparación desfavorable en el número de días laborales, ya que comparamos la tasa anual de 1.39 por ciento con la serie corregida por efectos de calendario, nos encontramos que aumentó 2.56 por ciento. Pero aun así, el desempeño de la manufactura en agosto no parecía ser un tropiezo importante, sino simplemente muestra de cierta varianza dentro de una tendencia positiva. Por lo tanto, la expectativa de agosto en su conjunto era de crecimiento positivo, aunque menor al del mes anterior.
No obstante, el INEGI reportó que el IGAE de agosto también fue negativa (-0.17 por ciento), como consecuencia de una caída (-0.24 por ciento) en las actividades terciarias (que son comercio y servicios). Esto significa que se ve difícil llegar a una tasa superior al 2.0 por ciento anual en el tercer trimestre. Esto obliga a una expansión mayor en el último trimestre de una tasa anual de 4.0 por ciento o más, para llegar a la tasa de 2.4 por ciento en 2014. El resultado parece representar un serio tropiezo para la recuperación anunciada.
Las buenas noticias son que las exportaciones no petroleras de septiembre señalan que las actividades secundarias deberían reportar muy buenas cifras en el último mes del tercer trimestre, ya que alcanzaron una tasa anual de 11.6 por ciento, la más elevada desde octubre de 2010. Confirma la hipótesis de que el tropiezo que registró la manufactura en agosto fue más bien una excepción y no un cambio de tendencia. Si las exportaciones no petroleras muestran crecimiento sostenido de dos dígitos en los siguientes meses, será posible ver una mejoría notable en el desempeño general de la economía.
Por lo pronto, las incógnitas que permanecen giran alrededor de la debilidad en el consumo de los hogares y en la ausencia del gasto público.

Después de un largo periodo de estancamiento, la mayoría de los indicadores económicos ya señalan recuperación. Por ejemplo, el Indicador Coincidente del Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC) del INEGI tocó fondo en febrero y ya registra cinco meses de crecimiento (a julio). Este significa que el conjunto de seis variables que coinciden con el ciclo económico está en la fase de recuperación, que expresa crecimiento aunque todavía se ubica por debajo de su tendencia de largo plazo. Si se mantiene su ritmo actual de crecimiento, pasaremos de la fase de recuperación a una de expansión hacia fines del primer trimestre de 2015.
Resulta interesante detenerse a analizar la trayectoria de la economía que produce el SIC. Al tocar fondo en febrero y empezar a crecer a partir de marzo, el Indicador Coincidente termina una fase de 22 meses consecutivos de disminuciones. Si bien es cierto que la profundidad alcanzada en la fase recesiva fue muy poca (la menos profunda de todas las fases recesivas desde 1980 a la fecha), también es cierto que se estableció un nuevo record en duración. Nunca antes habíamos alcanzado una racha de 22 meses consecutivos con tasas negativas. El record anterior de 20 meses se registró entre mayo de 1985 y diciembre de 1986. También hubo un periodo muy prolongado (37 meses) entre un pico y un punto mínimo entre septiembre 2000 y septiembre 2003, pero que se vio interrumpido por tres meses (abril a junio de 2002) en un intento de recuperación. Esto significa que el estancamiento observado a lo largo de casi dos años, que no logró calificarse como “recesión” en el sentido clásico, fue un periodo nunca visto antes en la economía mexicana (desde que existen datos mensuales a partir de 1980).
También ha mejorado la confianza, tanto del consumidor como el empresarial. El componente cíclico de ambos indicadores muestra una tendencia al alza de siete meses, que empezó en marzo de este año. La confianza del consumidor empezó a disminuir a partir de julio del año pasado, hasta registrar en enero de 2014 su nivel más bajo de los últimos 44 meses. En una escala de 0 a 100 (como debe ser un indicador de difusión), la confianza al consumidor llegó a un nivel de 35.6 puntos en enero y ahora (septiembre) se ubica en 38.2 puntos. Aunque todavía se ubica por debajo de su promedio histórico de 39.8 puntos, su recuperación señala que eventualmente deberíamos observar una mejoría en el consumo de los hogares.
Dentro de la mejoría observada, los dos componentes del Índice de Confianza que más optimismo muestran son referentes a la situación económica de los miembros del hogar. El de la situación actual (comparada con la de hace doce meses) se ubica en 44.3 (versus su promedio histórico de 44.8), mientras que el de la situación esperada dentro de doce meses registra 51.5 puntos (siendo su promedio histórico 52.6). La confianza empresarial muestra un patrón similar. En noviembre de 2013 registró 49.9 puntos, el nivel más bajo de los últimos 45 meses (desde febrero de 2010), mientras que en septiembre de este año se ubicó en 52.7 puntos. Resulta interesante que tanto los consumidores como los empresarios siempre ven mejor la situación de sus hogares o empresas que la del país en general, mientras que también siempre muestran más optimismo acerca del futuro en comparación a la situación actual (tanto para sus hogares como para el país).
Prácticamente todos los indicadores económicos de Estados Unidos muestran mejoría, lo que alimentará nuestras exportaciones a su país. La inversión privada empieza a mostrar una mejoría en su avance, tanto en la construcción como en la adquisición de maquinaria y equipo. A pesar de las medidas fiscales adversas que el gobierno federal impuso a principio del año, se espera que el sector privado aumente sus inversiones en la segunda mitad del año. Por lo tanto, la última lectura de los indicadores económicos muestra mejorías en el consumo de los hogares (aunque todavía sin recuperar totalmente su forma), en la inversión privada y en las exportaciones, junto con una perspectiva de mayor optimismo. Todos estos factores deberán contribuir a un mayor crecimiento económico en el último trimestre de este año y el año próximo. Parece ser que ya se acabó el invierno y se asoma la primavera.
Pero sorprendentemente, el gran ausente de la fiesta es el gobierno: el gasto público real registrada en las cuentas nacionales señala que se ubica actualmente en su nivel más bajo de los últimos 17 trimestres, a pesar de aumentos significativas en la recaudación y la deuda pública.

Escrito el 17 de junio de 2014 para Newsweek en Español.

 

Entre 1933 y 1981, México logró crecer a una tasa promedio anual de 6.19 por ciento, lo que permitió multiplicar el PIB por un factor de 19 en lo que fue casi 50 años. El crecimiento llegó a registrar un promedio anual de 9.11 por ciento en los últimos cuatro años de ese periodo, impulsado por el boom petrolero de los setenta. Pero con el derrumbe económico de 1982, se perdió por completo la habilidad de crecer, ya que la tasa disminuyó a un promedio por año de tan solo 2.21 por ciento los últimos 32 años, una de las más bajas de todo América Latina. Muchas personas culparon al Partido de la Revolución Institucional (PRI), el partido que había monopolizado el poder por 71 años consecutivos (1929-2000), por lo que decidieron en las urnas en 2000 darle la oportunidad al Partido de Acción Nacional (PAN). Sin embargo, en los dos sexenios en que sostuvo el poder (2001-2012), los gobiernos del PAN no pudieron mejorar la pobre actuación económica: Vicente Fox logró que la economía avanzara a un ritmo de 2.18 por ciento anual, mientras que Felipe Calderón registró una tasa promedio de 2.09 por ciento.

Ante la frustración del desempeño mediocre del PAN, la población decidió darle de nuevo la oportunidad al PRI, con la presidencia de Enrique Peña Nieto. En su campaña prometió impulsar las reformas estructurales que hacían falta y a retomar el crecimiento sostenido. Convenció a la mayoría de que solamente el PRI tenía la capacidad política para negociar con la oposición y que con su retorno por fin despejaría la economía. Con su victoria se presumió que había llegado el “momento México”. Inició su mandato con el lema “moviendo a México”, apoyado en grande por la prensa extranjera que ayudó a promover al país. Las agencias calificadoras se sumaron a la ola de optimismo, mejorando la calificación de riesgo soberano con el argumento implícito de que ahora sí el gobierno sabía qué hacer.

Sin embargo, no llegó el famoso momento México. El crecimiento económico del país en el primer año del nuevo gobierno no llegó ni siquiera a la mitad del promedio histórico de los últimos 32 años, mientras que el arranque de 2014 ha mostrado que la tendencia de estancamiento permanece igual. Todas las instituciones, analistas y académicos han revisado continuamente sus proyecciones de crecimiento a la abaja, hasta que recientemente el gobierno y el banco central tuvieron que admitir lo mismo. Por lo pronto, las perspectivas para este año giran alrededor de 2.5 por ciento, pero no debe sorprender que antes de finalizar el año observamos más revisiones a la baja.

¿Qué pasó con el momento México? ¿Por qué nunca llegó?

México fue de los ganadores después de la Gran Recesión

El crecimiento del PIB mexicano de 2001 a 2009 fue 1.3 por ciento promedio anual, el peor de toda América Latina. El contraste con las demás economías de la región fue enorme, ya que la década pasada fue muy favorable para la mayoría de los países latinoamericanos. Volteábamos a ver a Brasil, Chile, Perú y Panamá con envidia, que crecían muy por encima de nosotros. Al mismo tiempo, surge China como nuevo centro manufacturero mundial y nos empezó a comer el mandado. Peor aún, viene la gran recesión en 2008 y el PIB de México se desploma 4.7 por ciento. A pesar de una supuesta fortaleza macroeconómica, un sistema financiero saneado, una política cambiaria adecuada y relaciones de deuda externa relativamente buenas, tuvo uno de los peores desempeños a escala mundial. Al desplomarse el comercio exterior, México pierde su motor de crecimiento más valioso y la economía interna no supo responder.

No toda la retracción de la actividad económica provino de afuera. La sobrerreacción de las autoridades al virus H1N1, que paralizó por completo a la economía por un espacio importante, posiblemente contribuyó cerca de dos puntos porcentuales de los que disminuyó el PIB ese año. Pero aun así, México parecía maldecido y condenado al crecimiento mediocre.

Sin embargo, el panorama empezó a cambiar a partir de 2010 con un repunte significativo en las exportaciones no petroleras, a pesar de la lenta recuperación mundial. El PIB de México logró crecer 5.2, 3.8 y 3.9 por ciento en 2010, 2011 y 2012, respectivamente, para alcanzar un promedio de 4.3 por ciento en los tres años y crecer por arriba del promedio mundial. En estos años, México recapturó una porción del mercado norteamericano que había cedido a China y se empezó a escuchar de nuevo de la competitividad mexicana. No sólo la industria automotriz despegó a gran velocidad, sino también las exportaciones manufactureras no automotrices. Pero todavía más sorprendente fue que la economía interna empezó a responder y parecía tener por primera vez su propio dinamismo.

¿Cuáles fueron los factores que explicaron el mejor desempeño vis-a-vis los demás países? En principio, fueron tres: un reacomodo de líneas de producción (en especial en la industria automotriz) dentro de América del Norte, mediante el cual se buscó reducir costos de producción e incrementar la eficiencia a raíz de los efectos de la recesión en Estados Unidos; una moneda más competitiva (depreciada) a raíz del ajuste significativo que sufrió el tipo de cambio en 2008; y un cambio fundamental en la política económica de China, que coadyuvó a cerrar la brecha de los costos laborales unitarios entre ambos países.

A raíz de la profunda recesión de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las empresas automotrices estuvieron a punto de quebrar. Recibieron incluso ayuda gubernamental y tuvieron que implementar cambios profundos para volver hacer competitivos y rentables. Muchos de estos cambios involucraron cambios en sus líneas de producción de Estados Unidos hacia México, que en parte fue un reconocimiento de que la productividad de la industria automotriz mexicana no solamente era buena, sino de las mejores a escala mundial. A raíz de entonces, no sólo se observó nuevas inversiones en las plantas de capital norteamericanas, sino también en las europeas y asiáticas. El resultado fue que apenas un par de años después de la crisis, México había ganado mucha participación en la producción automotriz mundial.

En los años anteriores a la crisis, el dólar se había depreciado respecto a las principales monedas del mundo. Dado que el peso mexicano está muy ligado al dólar, México aprovechó parte de esta depreciación para incrementar sus exportaciones a países distintos a Estados Unidos. Como consecuencia de la crisis, el peso sufrió una depreciación significativa respecto al dólar en un momento en que el dólar se recuperó respecto a los demás países. De nuevo, México ganó competitividad hacia el exterior y se posicionó muy bien cuando el comercio exterior empezó a recuperarse.

Finalmente, China empezó a poner más énfasis en su mercado interno, empezando por otorgar mejores salarios a sus obreros. Como consecuencia, la distancia abismal que había entre los costos laborales de los dos países acortó y las ventajas de seguir produciendo en China se empezaron a mermar. Después de casi una década en la cual China absorbió una buena parte de la actividad manufacturera global, muchas empresas se dieron cuenta que los costos de logística y de transporte eran igual o más importantes que los laborales. Al final de cuentas, la cercanía geográfica de México y las posibilidades de abastecer oportunamente al mercado de Estados Unidos, volvió a posicionar a México como creciente posibilidad de producción manufacturera.

La mejoría económica en los tres años previos al arribo de Enrique Peña Nieto a la presidencia, fortaleció la creencia de que el nuevo gobierno podría tomar e incluso mejorar esta inercia. Si la ausencia de reformas estructurales fue uno de los factores que limitó el crecimiento en la era del PRI, entonces Peña Nieto tenía todo que ganar con impulsarlas. Sin embargo, con el cambio del sexenio vino una desaceleración frustrante que dejó a México al borde de una recesión.

La tormenta perfecta

Después de buen crecimiento por tres años, la actividad económica mexicana se desaceleró significativamente en 2013 para alcanzar apenas una tasa de 1.1 por ciento. Fueron muchos los factores, tanto externos como internos, que contribuyeron al mal desempeño. Una menor demanda por nuestras exportaciones en el exterior, la cancelación de cuotas de exportación de automóviles a Brasil y Argentina, una disminución pronunciada en las remesas y la recesión de Europa fueron algunos de los elementos externos. Mientras tanto, la crisis de la construcción, el menor gasto público, un desabasto de gas, inundaciones, incertidumbre en torno a las reformas estructurales, dudas en torno al cambio de sexenio y un deterioro acumulado en el poder adquisitivo de los hogares, fueron las causas internas.

El impulso principal para la actividad económica que planteó el gobierno entrante era su agenda ambiciosa de reformas estructurales. Los gobiernos anteriores no los pudieron aprobar debido a la oposición que tenían en el Congreso y a la falta de habilidad política para negociar y conciliar intereses. Sin embargo, el gobierno de Peña Nieto logró establecer el “Pacto para México”, que fue un acuerdo entre los principales partidos políticos para perseguir una agenda común. De aprobarse el decálogo de reformas, el crecimiento habría que detonarse.

Sin embargo, esta perspectiva no se materializó. A pesar de que algunas de las reformas se aprobaron en la primera mitad de 2013, las más importantes enfrentaron problemas mayores. La reforma fiscal terminó como una propuesta simplemente recaudatorio, sin enfrentar los verdaderos retos fiscales, mientras que la de telecomunicaciones y la energética se pospusieron hacia fines de año. Muchas de las leyes secundarias que debían seguir la aprobación de las reformas se empantanaron y no fueron aprobados hasta mucho después. Como resultado, el empuje que debió representar estas reformas no se materializó en 2013 y quedó claro que si se llegaran a materializar factores positivos de ellas, no serían sino hasta la segunda mitad del sexenio.

Pero más allá de las fallas que pudieran llegar a representar estas reformas, la actividad económica sufrió una serie de reveses, que no solo detuvo su crecimiento, sino que empujó a la economía hacia el borde de una recesión ligera. Lo que pasó fue como una tormenta perfecta, es decir, se conjuntaron varios factores negativos tanto externos como internos, casi todos al mismo tiempo, que detuvo la marcha de la economía. ¿Cuáles fueron estos factores?

Primero, a mediados del año anterior (2012) la demanda por las exportaciones no petroleras mexicanas empezó a desacelerarse. Las exportaciones automotrices dejaron de crecer a los ritmos anteriores, mientras que las manufactureras no automotrices se estancaron. Dado que las exportaciones son el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, se experimentó mucho menos dinamismo en las actividades secundarias, que a su vez dejaron de estimular el crecimiento de las actividades terciarias. Hubo una visible desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos (de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013) y específicamente en su producción manufacturera, que creció 2.2 por ciento en 2013 después de haber logrado una tasa de 3.9 por ciento en el año anterior. Al final de cuentas, las exportaciones no petroleras solo crecieron 4.0 por ciento en 2013, menos de la mitad de la tasa de 8.5 por ciento de 2012.

Segundo, al mismo tiempo dejaron de crecer las remesas familiares provenientes de Estados Unidos. A partir de julio de 2012 la tasa anual fue consistentemente negativa, afectando un ingreso complementario de muchas familias, que a su vez tuvo un efecto negativo sobre el consumo de los hogares. Dado que una parte significativa de estos ingresos se dedican a obras de autoconstrucción y remodelación de casas, también se vio afectada la rama de “trabajos especializados” dentro de la construcción.

Tercero, el gobierno de Calderón había dado un gran impulso a la vivienda de interés social, en especial mediante la construcción de casas habitacionales horizontales. Sin embargo, la gran mayoría fueron desarrollos en zonas apartadas de los centros de trabajo, esparcimiento y escuelas. Muchos gobiernos locales fallaron en proveer la infraestructura necesaria, por lo que miles de casas fueron abandonadas. A mediados de 2012, el gobierno decidió parar este tipo de edificación, en espera de una nueva reglamentación que favoreciera la vivienda vertical. No obstante, ante el inminente cambio de sexenio, el gobierno saliente le dejó el paquete a la nueva administración, lo que dejó prácticamente paralizado un segmento importante de la construcción. Peor aún, el nuevo gobierno no resolvió el problema de inmediato, lo que profundizó la crisis de la construcción en 2013. La mayoría de los desarrolladores de vivienda quedaron al borde de la quiebra, sin los recursos para volver a levantar el sector.

Cuarto, el gobierno de Calderón propuso utilizar la mayor parte del gasto público programado para 2012 en la primera mitad del año en busca en un efecto favorable en la economía antes de las elecciones. Esto implicó una disminución en el gasto en la segunda mitad del año, en especial en obras civiles y de infraestructura. Al entrar el nuevo gobierno, se intensificó la disminución en el gasto, muy visible en la inversión fija bruta del gobierno. En sí, el presupuesto aprobado para 2013 buscaba un balance fiscal, lo que implicaba un proceso de consolidación mediante una disminución en el gasto público. Pero aunado a esta restricción, la nueva administración tuvo un subejercicio de su gasto, por lo que su impacto negativo fue todavía mayor. No fue hasta el último trimestre de 2013 que el gobierno de Peña Nieto logró activar en forma el gasto público. Sin embargo, fue demasiado poco y tarde para lograr algún impacto significativo en la actividad económica.

Quinto, ante la promesa de reformas estructurales que implicaban nuevas oportunidades de inversión, el sector privado decidió posponer muchos proyectos hasta no saber bien cuáles iban a ser las nuevas reglas del juego. Primero habría que esperar para ver cuáles reformas se aprobarían y después cuáles serían las leyes secundarias. Aunado a la espera de las reformas, había incertidumbre en torno al cambio sexenal, que siempre tiene un efecto negativo en el primer año de cualquier sexenio. Esto también implicó una disminución en la inversión fija bruta del sector privado.

Sexto, a pesar de que la inflación general se ha contenido en los últimos años, los precios de los alimentos, de la gasolina y otros bienes con alto impacto en los presupuesto familiares, subieron mucho más que los sueldos y salarios, provocando una pérdida en el poder adquisitivo de muchos hogares. Aunado a los factores anteriores, esto incitó a una disminución en el comercio y a una eventual desaceleración en las actividades terciarias en su conjunto.

El resultado fue primero una atonía a partir de mediados de 2012, que posteriormente se convirtió en un estancamiento de la actividad económica en 2013. El gobierno fue severamente criticado a lo largo del año, ya que cada tres meses se veía forzado a revisar su expectativa de crecimiento a la baja: empezó el año anticipando una tasa de 3.5 por ciento, que revisó a la baja cuatro veces antes de admitir la tasa final de 1.1 por ciento para el año. Sin embargo, no solo fue el gobierno que no anticipó adecuadamente el crecimiento del año, sino también prácticamente a todos los analistas, instituciones financieras y organismos internacionales. Parte del problema fue, que aunado a todos los factores mencionados, hubo modificaciones importantes en las cuentas nacionales (cambio de año base y adecuaciones metodológicos), que terminaron por arrojar cifras de crecimiento económico menores a los que originalmente se habían reportados. En un principio, el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) reportó en mayo de 2013 que el PIB del primer trimestre de 2013 había crecido de 1.8 por ciento anualizado respecto al trimestre anterior. La cifra ya revelaba una economía menos dinámica, lo que llevó a muchos analistas a revisar a la baja su expectativa de crecimiento para el año, pero aun todavía en un rango ligeramente por debajo de 3 por ciento. Sin embargo, cuando el INEGI dio a conocer los datos del segundo trimestre en agosto, aprovechó para introducir el cambio de base (de 2003 a 2008), que resultó en una revisión del primer trimestre a 0.1 por ciento de crecimiento y una tasa negativa de 2.9 por ciento para el segundo. Por lo mismo, después de conocer los datos revisados los analistas tuvieron que revisar de nuevo a la baja sus perspectivas de crecimiento, esta vez ya por debajo de 2 por ciento. A pesar de que hubo una pequeña mejoría en el desempeño de la economía en el tercer trimestre, el cuarto volvió a estancarse y la economía terminó creciendo apenas 1.1 por ciento en el año.

La promesa de recuperación

Si revisamos detenidamente la lista de los factores que contribuyeron al bajo desempeño de 2013, encontramos que prácticamente todos fueron de naturaleza temporal, es decir, que deberían perdurar por mucho tiempo. Esto llevó al gobierno a prometer una recuperación vigorosa en 2014, primero como consecuencia de una recuperación en la economía de Estados Unidos y Europa y posteriormente apuntalado en una política de gasto público muy agresivo. Consistente con el lema que está utilizando el gobierno para promover el país, “moviendo a México”, la SHCP ha sido muy reacio a reconocer y admitir primero, que la economía no va crecer lo que originalmente proyectaron y segundo, que se tiene que revisar a la baja de nuevo las expectativas de crecimiento a raíz de errores de política económica.

Después de prometer resultados casi inmediatos, ante lo sucedido en 2013, el gobierno se vio forzado a admitir que los supuestos efectos benéficos de las reformas se darían [en el mejor de los casos] en el mediano plazo. Por lo mismo, para remediar la situación y reactivar la economía, el gobierno decidió primero plantear una reforma fiscal que proveería de más recursos al erario y después impulsar una ampliación significativa del déficit fiscal para financiar un incremento sustantivo en el gasto. De esta manera, abandonó prácticamente todos los planteamientos originales de la reforma en busca de una propuesta esencialmente recaudatoria. Dejó a un lado las propuestas de unificar el IVA al eliminar las exenciones y excepciones, no presentó propuesta alguna para incentivar el empleo formal y combatir la informalidad, eliminó deducciones que incentivaban la inversión, no buscó ampliar la base recaudatoria y terminó aumentando la tasa impositiva a los cautivos, los que desde antes pagaban la mayor tajado de los impuestos. Adicionalmente, introdujo una serie de nuevos impuestos y aumentos al IEPS que gravaban alimentos de alto consumo en los hogares.

El resultado final de la reforma fue una reducción en el ingreso personal disponible de los hogares, que trajo consigo una disminución en la confianza del consumidor y al mismo tiempo, desincentivó la inversión de las empresas y redujo igual la confianza empresarial. En el momento en que el consumo y la inversión privada necesitaban apuntalar la recuperación, fueron severamente castigados. Peor aún, el gobierno introdujo nuevas medidas de fiscalización y leyes para tratar de limitar el lavado de dinero, pero que empujaron a muchos consumidores y empresarios a retirar su dinero de los bancos y dejar de usar tarjetas de crédito. Como consecuencia, aumentaron significativamente las transacciones informales y cayeron las ventas en los establecimientos formales. En el primer trimestre del año, aumentó la demanda de dinero (base monetaria) más de 14 por ciento, mientras que el PIB nominal solo avanzó 5.1 por ciento.

En principio la estrategia del gobierno es de quitarle dinero a los hogares y empresas para incrementar sus ingresos y pedir prestado algo más al mercado vía un incremento importante en la deuda pública (tanta externa como interna), para aumentar así en forma significativa el gasto público. El primer problema con esta estrategia, es que el gasto público es menos eficiente en términos de su impacto sobre el crecimiento económico que el gasto privado. El segundo problema es que redujo el ingreso personal disponible a los que desde antes pagaban más impuestos en vez de ampliar la base gravable y eliminar a los grupos privilegiados. El tercer problema es que al acudir a los mercados financieros para financiar la ampliación del déficit, desplazó al sector privado de recursos que hubiera utilizado para invertir. El resultado es que el primer trimestre quedó estancado y se abortó las posibilidades de iniciar una recuperación de fondo.

Al concluir el primer trimestre, la SHCP reportó un aumento en el gasto público de alrededor de 8 por ciento real y en especial. Un aumento en inversión física de más del 17 por ciento. Sin embargo, la inyección de recursos públicos no parecía tener efecto alguno en el crecimiento. Sin embargo, más de un mes después, el INEGI reportó que el consumo público disminuyó 0.33 por ciento respecto al trimestre anterior y en especial, hubo una caída de 8.5 por ciento en la inversión público respecto al mismo periodo del año anterior. La SHCP no ha querido aclarar esta divergencia tan marcada en las cifras y tampoco reconocido que su última revisión a la baja en el crecimiento tendrá que ser revisada de nuevo (algo que Banco de México ya admitió).

Aunado a los errores de política gubernamental, el entorno externo no presentó la mejoría anticipada a principios de año. La economía norteamericana arrancó mal el año debido a condiciones climatológicas adversas, que afectó negativamente a la inversión privada, el gasto público y los inventarios. El resultado fue que el PIB estadounidense disminuyó 1.0 por ciento en el primer trimestre de 2014, por lo que no aumentó mucho la demanda por nuestras exportaciones. Afortunadamente, el consumo de los hogares siguió creciendo en Estados Unidos, por lo que el revés se ha interpretado como un fenómeno temporal. De hecho, las exportaciones mexicanas han mostrado una mejoría en los últimos meses.

El Indicador IMEF Manufacturero de mayo muestra una tendencia modesta al alza, por lo que se anticipa una mejoría en el ritmo de producción ya en el segundo trimestre. Sin embargo, el Indicador IMEF No Manufacturero registra una clara tendencia a la baja en los primeros cinco meses del año, signo de que el comercio y los servicios se mantienen estancados. El hecho de que el Banco de México decidiera reducir 50 puntos base la tasa objetivo de fondeo interbancario a 3.0 por ciento, es muestra de que la actividad económica todavía permanece estancada. La misma Junta de Gobierno recalcó que la mayor debilidad es el consumo y la inversión. La decisión sorpresiva subraya el hecho de que el rango esperado de crecimiento por las autoridades monetarias es seguramente ahora todavía más baja que el de 2.3 a 3.3 por ciento dado a conocer apenas hacia fines de marzo.

 

Expectativas de Crecimiento del PIB para 2014:

Antes y Después de Conocer los Datos del Primer Trimestre

                                                                                                      Antes                 Después

Oficial SHCP                                                                               3.9%                      2.7%

Oficial Banxico                                                                          3.5%                      2.8%

FMI                                                                                               3.0%                        n.d.

Banco Mundial                                                                         3.0%                      2.3%

Encuesta IMEF                                                                          3.0%                      2.6%

Encuesta LatinFocus                                                               3.1%                      2.9%

Encuesta Consensus Economics                                        3.0%                      2.6%

Encuesta Banxico                                                                    3.0%                      2.8%

Encuesta Banamex                                                                 3.0%                      2.8%

Fuente: recopilación propia de fuentes originales de cada Encuesta o Institución.

 

En la medida en que se vayan conociendo más datos duros sobre el desempeño de la economía en el segundo trimestre, se podrán ir afinando las proyecciones de crecimiento para todo el año. No obstante, las acciones del Banco de México y los indicadores oportunos disponibles (como el Indicador IMEF) apuntan a que esta ronda de revisiones a la baja todavía no concluye. Es de esperar que el nuevo consenso se ubique mucho más cerca al 2 que al 3 por ciento. Sin embargo, resulta interesante observar que aun la proyección más pesimista de ahora (cerca del 2 por ciento) implica cierta recuperación en la segunda mitad del año.

¿Qué se necesita para que se active la recuperación? Primero, una mejoría en el entorno externo que culmina en un incremento en las exportaciones no petroleras, que desde hace tiempo ha sido el motor de crecimiento de la economía. Sin una mejoría sustancial, difícilmente podremos ver que se materialice una recuperación que perdure. Segundo, una reactivación en el consumo e inversión privada, que para que ocurre se necesita una pronta absorción de los efectos negativos de la reforma hacendaria, algo que no queda tan claro que pueda ocurrir en el muy corto plazo. Finalmente, se necesita la aprobación final y completa de todas las reformas y leyes secundarias para dejar atrás el ambiente de incertidumbre prevaleciente.

El aumento en el gasto público no será suficiente para reactivar la economía, primero por su ineficacia y segundo, por el poco impacto de segunda orden que tiene sobre la actividad económica. Una buena parte del gasto va dirigido a programas sociales, subsidios y transferencias, que prácticamente no tiene repercusión. La inversión pública podrá ayudar en el margen, sin embargo, la mayor parte simplemente desplazará la inversión privada. Por lo pronto, es casi un hecho que el crecimiento de este año será de nuevo decepcionante. Habrá que esperar a 2015. Por mientras, estaremos esperando las nuevas revisiones a la baja en el crecimiento por parte de SHCP.

 

 

Después de crecer 4.3 por ciento anual por tres años, la actividad económica mexicana se desaceleró significativamente en 2013 para alcanzar apenas una tasa de 1.1 por ciento. Fueron muchos los factores, tanto externos como internos, que contribuyeron al mal desempeño. Una menor demanda por nuestras exportaciones en el exterior, la cancelación de cuotas de exportación de automóviles a Brasil y Argentina, una disminución pronunciada en las remesas y la recesión de Europa fueron algunos de los elementos externos. Mientras tanto, la crisis de la construcción, el menor gasto público, un desabasto de gas, inundaciones, incertidumbre en torno a las reformas estructurales y un deterioro acumulado en el poder adquisitivo de los hogares, fueron las causas internas.

A estas alturas, algunos analistas han querido concentrar la culpa en factores internos y más concretamente, en acciones del gobierno. Sin embargo, sí hubo una visible desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos (de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013) y específicamente en su producción manufacturera, que creció 2.2 por ciento en 2013 después de haber logrado una tasa de 3.9 por ciento en el año anterior. Esto contribuyó a que nuestras exportaciones no petroleras, que representan el motor principal de crecimiento de la economía mexicana, crecieran 4.0 por ciento el año pasado, menos de la mitad de la tasa de 8.5 por ciento de 2012.

Dado que prácticamente todos los economistas que siguen de cerca la economía de Estados Unidos vaticinan una mejoría para este año, es de esperarse que nuestras exportaciones podrán recuperar su dinamismo. Europa parece salir de su recesión, mientras que la OCDE y el FMI ven mayor crecimiento mundial en 2014. Este mejor escenario implica de entrada que deberíamos tener más crecimiento este año. ¿Pero qué tanto es tanto?

Cuando una economía se desacelera visiblemente o entra en recesión, es muy factible que el siguiente año se presenta más crecimiento por la base reprimida de comparación, algo así como un efecto rebote. Esto significa que podemos esperar una mejoría en el desempeño de la actividad económica este año simplemente por inercia. La mejoría del entorno externo y un pequeño efecto rebote nos debería marcar un piso en el crecimiento para este año alrededor de 3.0 por ciento, que podemos llamar el “crecimiento inercial”. Para poder crecer más del 3 por ciento, necesitaremos de ciertos impulsos, principalmente internos.

Los primeros impulsos podrán venir de una recuperación en el sector de la construcción, que se divide principalmente en tres segmentos: edificación, obras civiles y de infraestructura y trabajos especializados. La edificación fue afectada adversamente desde mediados de 2012 cuando el gobierno decidió suspender los subsidios que otorgaba a la vivienda de interés social. El problema central radicaba en que se apoyó la construcción de casas habitación horizontal en zonas alejadas de centros de trabajo, sin la infraestructura necesaria y con escasos servicios de esparcimiento. El resultado fue un abandono masivo de estos hogares y un fracaso en el impulso del sexenio pasado a este tipo de vivienda. A mediados de 2013, el nuevo gobierno modificó la ley (que entra en vigor a principios de 2014) para ahora impulsar la vivienda vertical, ubicada en lugares con mayor demanda laboral. Esto significa que pronto se debería observar una reanudación en la edificación de viviendas, aunque a un paso más moderado que el que hubo en años anteriores.

El segundo segmento de la construcción, el de obras civiles y de infraestructura, está íntimamente ligado a la inversión pública. Desde mediados de 2012, el gobierno saliente disminuyó el gasto, mientras que en 2013 el gobierno entrante no lo supo activar a tiempo. El resultado fue una subejercicio del gasto público en la primera parte del año y una disminución en la inversión pública en todo 2013. No obstante para 2014 el gobierno plantea aumentar significativamente su gasto vía un déficit fiscal visiblemente mayor a otros años, por lo que es de esperarse un incremento en la inversión destinada a obras civiles y de infraestructura.

El tercer segmento, trabajos especializados de construcción, representa esfuerzos de autoconstrucción y remodelación, que se encuentran correlacionados a la entrada de remesas. Muchos hogares no solo utilizan las remesas como complemento de sus ingresos para consumir más, sino también para invertir en sus casas. Las remesas empezaron a disminuir a mediados de 2012 a la par con una disminución en este tipo de trabajos. Sin embargo, parecen haber tocado fondo hacia fines del tercer trimestre y ahora se prevé una recuperación. Esto significa que deberíamos esperar un desempeño positivo en 2014, aunque no necesariamente muy dinámico, en el sector de la construcción en su conjunto, después de un año excepcionalmente malo.

La verdadera incógnita radica en el efecto de las diez reformas estructurales que se emitieron en 2013 y que deberíamos ver aprobado las leyes secundarias faltantes a mediados de 2014. El gobierno estima que estas deberían empezar a impulsar el crecimiento este año hacia una tasa cercana a 4 por ciento y llegar acerca a 5 por ciento en 2015. No obstante, esta visión no es compartida por la mayoría de los analistas, que ven mucho menos crecimiento en el corto plazo y un impulso mucho más moderado en los siguientes años.

Parte del problema es la reforma fiscal, que en vez de ser un factor positivo para la actividad económica, ya sido un verdadero dolor de cabeza para el sector privado empresarial y para los hogares. La reforma fue básicamente recaudatoria, no creo incentivos importantes para combatir la informalidad, quitó incentivos a la inversión y no fue equitativo al buscar que pagaran más los que más pagaban antes. Restó poder adquisitivo a muchos segmentos de la población al incrementar impuestos a ciertos productos y subir el IVA cinco puntos porcentuales en las zonas fronterizas del país. Redujo el ingreso personal disponible de muchos hogares al incrementar el impuesto sobre la renta y disminuir las deducciones. Eliminó la deducibilidad inmediata a las inversiones, impuso impuestos temporales a las empresas maquiladoras y complicó aún más el pago de impuestos para los contribuyentes menores.

Todos estos efectos recesivos deberán restarle dinamismo a la actividad económica, en especial al comienzo del año. Los primeros datos disponibles de enero señalan un desplome en la confianza del consumidor, casi nula creación de empleo permanente y un aumento significativo en la inflación. Es de esperarse que la actividad económica permanezca estancada en los primeros meses, para posteriormente iniciar una recuperación lenta. Sin embargo, dado que las repercusiones fiscales son distintos dependiendo del tamaño de la empresa y del giro del negocio, se recomienda que cada negocio busque una asesoría fiscal especializada para entender bien sus opciones. La incertidumbre sobre la economía a corto plazo prevalece, por lo que se dificulta la toma de decisiones en materia de inversiones. Esto significa que deben permanecer sumamente cautelosos y todavía cuidar los niveles de inventarios.

Aunque los riesgos externos prevalecen, el balance ha mejorado. Hace seis meses, preocupaba el posible cambio en la política monetaria de Estados Unidos, ya que México había recibido enormes recursos del exterior (capital de portafolio), que en un momento dado podrían revertirse, con un efecto mayor en el tipo de cambio y alzas en las tasas de interés. En este lapso de tiempo, la Reserva Federal ya anunció cómo irá modificando poco a poco su esquema de inyección de liquidez a los mercados. La buena noticia es que México parece ser de los países emergentes menos afectados, ya que mientras casi todos los demás han sufrido una depreciación significativa en sus monedas, el peso mexicano se mantenido relativamente estable. La empresa clasificadora de riesgos, Moody’s, anunció hace poco que mejoraba la calificación de México, reconociendo una mejoría notable en la relación riesgo/rendimiento del país. Sin que sea una garantía, esta acción disminuye el riesgo que México enfrenta al revertir las políticas monetarias de expansión.

El lunes pasado, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público reafirmó su estimación de crecimiento de 3.9 por ciento para este año, después de que el INEGI había divulgado que el PIB creció 1.06 por ciento en 2013. Esta es la primera vez en lo que va del sexenio que la SHCP no revise a la baja su estimado de crecimiento, a pesar de que muchos analistas e instituciones financieras lo están haciendo. Mientras que la SHCP dice que no existen elementos suficientes para prever que la economía mexicana no pueda registrar la tasa de 3.9 por ciento, los demás citan la mayor debilidad económica con que terminó 2013 y la falta de dinamismo con que arranca el año.

Por un lado tiene razón la SHCP, ya que todavía carecemos de datos concretos sobre la actividad económica del primer trimestre. Pudiéramos observar un lento desempeño en los primeros meses del año, pero mayor crecimiento en los siguientes trimestres para alcanzar la tasa que prevé. Dependerá de la demanda por nuestras exportaciones no petroleras de Estados Unidos, del desempeño de la construcción, de la aprobación oportuna de las leyes secundarias pendientes, del dinamismo de la inversión privada y de la recuperación en el gasto en los hogares. Dado la baja base de comparación, no se necesita mucho para crecer por arriba del tres por ciento.

Sin embargo, los pocos datos disponibles advierten que el año empieza mal. De entrada tenemos el Indicador IMEF, que logró captar perfectamente bien el periodo recesivo del año pasado (algo que no logró el IPM del INEGI). El Indicador Manufacturero presenta una tendencia lateral en los últimos cuatro meses (alrededor de 50.6 puntos), indicativo de una economía todavía estancada. El Indicador No Manufacturero disminuyó en enero y febrero, lo que señala que las actividades terciarias pierden fuerza al inicio del año.

Enseguida tenemos el Índice de Confianza del Consumidor que en enero se desplomó a raíz de las acciones de la SHCP, que desembocaron en una reducción significativa del ingreso disponible en los hogares e incrementos en precios que redujo el poder adquisitivo de los consumidores. Hoy miércoles publica el INEGI los resultados de febrero, que seguramente señalaran todavía una molestia generalizado entre la población.

En tercer lugar, contamos con los datos del IMSS que reflejan la creación de empleos formales en la economía. Los datos de enero revelan que se generaron 35.0 por ciento menos empleos en enero respecto al mismo mes del año anterior comparado con diciembre. Peor aún, los pocos empleos que se crearon fueron de carácter temporal, ya que hubo una disminución en la cantidad de empleos permanentes. En cuarto lugar están los datos de desempleo de enero, que señalan que la tasa de desempleo urbano de enero se ubica en 6.5 por ciento, apenas una décima por debajo de la tasa de Estados Unidos. Esta tasa, que es la mayor observada en los últimos 31 meses, aumentó 140 puntos base en el mes.

En quinto lugar, tenemos la información brindada por la balanza comercial, de la cual las exportaciones no petroleras reflejan el andar de la manufactura, mientras que las importaciones expresan el dinamismo de la economía interna. Las exportaciones en enero disminuyeron en todas las categorías, lo cual es posiblemente la peor noticia de todas, ya que representan el motor de crecimiento de la economía. Lo positivo fue que las importaciones de bienes intermedios no petroleras, que está ligada a la producción manufacturera, aumentaron significativamente en enero respecto a diciembre. Sin embargo, las importaciones de bienes de consumo no petroleros y los bienes de capital disminuyeron, lo que refleja escasa demanda interna en los hogares e inversiones de las empresas.

Por último, tenemos las ventas de tiendas departamentales y de autoservicio que reporta la ANTAD. Los últimos datos reportan tasas reales negativas respecto a los mismos meses del año anterior. Los hogares tienen menos ingresos, enfrentan mayores precios y no tienen la confianza de que vaya a mejorar.

La única salvación sería que los recursos que el gobierno le quita a los hogares y empresas privadas, los gastara de manera más eficiente y con mayor impacto sobre la actividad económica. Sin embargo, todos sabemos cómo se los gasta el gobierno; su especialidad es el gasto opaco, ineficiente, desperdiciado e ineficaz para estimular el crecimiento.

En estos días salen nuevas encuestas de expectativas de Banxico y de Banamex. Vamos a ver cuánto disminuye el consenso de crecimiento para este año.

Hace unos días leí un artículo aquí en Arena Pública que argumentaba que la industria mexicana estaba en recesión exclusivamente por la transición política y que “la debilidad económica mexicana poco tiene que ver con la economía estadounidense”. Me sorprendió la ingenuidad del autor, ya que las exportaciones no petroleras son el motor principal de crecimiento del país, mientras que el gasto público siempre ha carecido de un efecto multiplicador importante. En otras palabras, cunado las exportaciones crecen poco, la economía interna pierde su dinamismo; en cambio, el crecimiento del gasto público tiene una muy baja correlación con el crecimiento del PIB. El mejor ejemplo lo vimos en 2009 cuando la economía se desplomó 4.7 por ciento como consecuencia de la caída en las exportaciones, a pesar del incremento en el gasto público.

El consenso sobre por qué se desaceleró la economía mexicana en 2013 es por un conjunto de factores, tanto externos como internos. Uno de estos es el ciclo político sexenal, pero está lejos de ser el único. Incluso, el gobierno terminó el año con un mayor gasto real respecto a 2012 y un déficit de 2.3 por ciento del PIB (comparado con el presupuesto original 2.0 por ciento). En cambio, las exportaciones, medidas en pesos reales, mostraron tasas negativas a partir del último trimestre de 2012.

El crecimiento del PIB de Estados Unidos se desaceleró de 2.8 por ciento en 2012 a 1.9 por ciento en 2013. Lo mismo sucedió con su producción manufacturera, que después de crecer 3.9 por ciento en 2012, solo avanzó 2.2 por ciento el año pasado. La menor demanda tuvo un impacto significativo en el crecimiento de nuestras exportaciones manufactureras, que en 2013 crecieron la mitad de lo que avanzaron en 2012. Sin lugar a dudas, la desaceleración de nuestro principal motor de crecimiento contribuyó significativamente al estancamiento de la economía mexicana. Decir lo contrario, es no entender el funcionamiento de la economía mexicana.

¿Y la Correlación?

Julio 24th, 2012 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (0 Comments)

Hacia fines del tercer trimestre del año pasado reinaba el pesimismo en cuanto a las posibilidades de crecimiento económico para 2012 en Estados Unidos.  No sólo existía un consenso menor a 2% para el PIB, sino que incluso varios analistas argumentaban que había altas posibilidades de que Estados Unidos podría entrar de nuevo en recesión.  Sin embargo, hacia el final del año el desempeño de la mayoría de los indicadores mejoraron y para principios de este año ya nadie hablaba de recesión.  Entre noviembre 2011 y abril 2012, el consenso de crecimiento fue mejorando lenta aunque contantemente hasta llegar a 2.3% en mayo.  Aun siendo una tasa mucho menor al promedio de crecimiento que ha experimentado Estados Unidos a lo largo de los últimos siete décadas, se consideraba relativamente buena ante la debilidad europea y las posibilidades de una crisis de deuda soberana en varios países.

Sin embargo, en los últimos dos meses no sólo ha dejado de mejorar las perspectivas, sino que de nuevo el consenso se está revisando hacia abajo.  Incluso, el FMI redujo sus proyecciones de crecimiento para el mundo en general y para Estados Unidos en particular.  El desempeño mixto de los indicadores ha demostrado un balance más negativo que positivo y ahora se ve más difícil lograr una tasa de 2% o mayor para este año.

En principio, esto debería ser una mala noticia para México.  Existe una correlación muy elevada entre ambos países, siendo la causalidad de allá para acá.  Nuestro motor de crecimiento principal son las exportaciones no petroleras, de las cuales alrededor de 78% van hacia Estados Unidos.  Dado casi 80% de lo exportamos son bienes manufactureros, dependemos mucho de la demanda norteamericana que proviene fundamentalmente de su producción industrial.  Por lo mismo, una revisión a la baja en el crecimiento de nuestros vecinos debería significar menos posibilidades de crecimiento para México.

Lo sorprendente es no es el caso.  A partir de la crisis de 2008-2009, la correlación entre ambas economías se redujo al observar que nuestra producción industrial (y nuestras exportaciones) no disminuyeron tanto como en Estados Unidos y que nuestra recuperación ha sido mucho más robusta.  Por ejemplo, mientras que la producción industrial de Estados Unidos no ha regresado todavía a los niveles máximos observados antes de su recesión, nosotros sí hemos superado nuestros máximos anteriores a partir de mayo del año pasado.

¿Cómo explicamos nuestro crecimiento casi a contrapelo de Estados Unidos?  En principio hay tres factores, uno particular y dos generales en nuestra economía.  El primero es particular a nuestra industria automotriz, que representa alrededor del 27% de la producción manufacturera y más de una cuarta parte de nuestras exportaciones no petroleras.  Como resultado de la crisis de 2008-2009 en Estados Unidos, varias de las ensambladoras más grandes estuvieron a punto de quiebra y tuvieron que ser recatados por el gobierno.  Lo que siguió fue un proceso de reducción de costos y reorganización de la industria en toda Norteamérica.  Una de las medidas principales fue la reubicación de líneas de producción de Estados Unidos y Canadá hacia México.  Por lo tanto, México obtuvo una tajada mucho más grande de un pastel ligeramente disminuido.

El resultado no sólo fue un aumento en la producción de automóviles para exportación de las tres grandes empresas hacia Estados Unidos, sino también cierto reconocimiento de la productividad de la industria en México, de tal forma que aumentamos nuestras exportaciones hacia otros países y muchas empresas automotrices incrementaron sus inversiones en México.  De esta manera, este año estaremos exportando casi 60% más con respecto al pico anterior a la crisis (2007).

El segundo factor, más general, es que la depreciación del tipo de cambio de más de 20% respecto al dólar y más respecto a otras monedas, le ha sumado atractivo a nuestras exportaciones.  Desde hace más de 15 años México ha venido negociando tratados de libre comercio con muchos países, que en un principio no se vio reflejado en una mayor diversificación de nuestras exportaciones.  Sin embargo, en los últimos cinco años ya hemos visto crecimientos mayores hacia otros países.  La combinación de un tipo de cambio más competitivo y negociaciones de mayor acceso a otras economías, ha redituado en mayores crecimientos en las exportaciones de bienes manufactureros no automotrices.

Finalmente, un tercer factor ha sido el cambio de enfoque de China de buscar crecer vía exportaciones hacia un mayor crecimiento interno.  En busca de un mayor poder adquisitivo de los consumidores chinos, los salarios han aumentado y sus costos laborales unitarios ya no son abismalmente menores a los que existen en otros países.  Muchas empresas han visto que los mayores costos de logística y de transporte ya no se compensan con menores costos laborales, por lo que han dejado de producir en China y vuelto a buscar ventajas geográficas.  Después de una década de ir perdiendo poco a poco el mercado a China, hemos ahora empezado a recuperar terreno.

Todo lo anterior se ha combinado para que nuestras exportaciones sigan creciendo a dos dígitos a pesar del estancamiento económico mundial.  Gracias al empuje externo, la economía interna también ha crecido.  Ahora nos falta buscar fórmulas para mantener el impulso interno sin la dependencia del exterior.

Vulnerabilidad

Septiembre 30th, 2011 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (1 Comments)

Estados Unidos dio a conocer que el PIB del segundo trimestre creció 1.3 por ciento respecto al trimestre anterior, un poco más de la estimación previa de 1.0 por ciento que se dio a conocer hace un mes.  La revisión al alza obedeció a un ajuste en el consumo personal, que es uno de los motores principales de crecimiento de ese país.  También hubo noticias positivas en torno al mercado laboral, donde las solicitudes iniciales de apoyo por desempleo fueron menores a lo esperado, y los contratos de compra-venta de casas mejoró.  En general estas noticias atenúan un poco los temores de recesión que han surgido en los últimos dos meses y nos dicen que la actividad económica de Estados Unidos sigue en aumento, aunque a un paso ciertamente lento.

Al examinar la economía norteamericana, encontramos que las ventas al por menor siguen creciendo y ya se encuentran por encima de su nivel máximo registrado antes de la recesión de 2008-2009.  Al mismo tiempo, encontramos que la recuperación de la producción industrial ha sido mucho más lenta, aun en el caso de concentrarnos únicamente en la manufactura.  El patrón de la recuperación en ese país es muy parecido a los anteriores en el sentido de que los estímulos fiscales y monetarios alimentan el consumo privado, que es el motor de crecimiento más importante del país, mientras que la producción industrial se rezaga un poco más.  La diferencia principal es que la recuperación en general ha sido mucho más lenta, con los mercados laboral y de vivienda básicamente estancados.

Lo interesante de esta recuperación es que a las empresas les ha ido relativamente bien.  Han gozado de buenas utilidades a raíz de las ganancias en productividad que obtuvieron al reducir costos durante la recesión.  Sin embargo, a pesar de contar con mucha liquidez no han querido realizar grandes inversiones para ampliar su capacidad productiva ni contratar a más personal.  Ante las incertidumbres que todavía existen, han optado por una actitud mucho más cautelosa.  Por lo mismo, vemos un paso muy lento en el cual la inversión fija bruta es de las variables más rezagadas.

Ante esta lectura y antes de voltear a ver las cifras de la economía mexicana, podríamos esperar que nuestra recuperación fuera muy parecida a la de 2003-2005, posterior a la recesión de 2000-2003.  Primero, tuvimos una recesión más prolongada a Estados Unidos y una recuperación muy larga, debido a que fue la mejoría en el consumo privado fue lo que provocó el fin de la recesión norteamericana, mientras que la producción industrial se quedó estancada por un par de años más.  Debido a que la conexión entre ambos países se da por la actividad manufacturera, el estancamiento norteamericano provocó una recesión (y recuperación) mucho más prolongada en México.

Sin embargo, cuando volteamos a ver los números mexicanos, encontramos otra historia.  De entrada, el PIB de México creció 5.5 por ciento en 2010, mientras que la norteamericana aumentó 2.8 por ciento.  Esta diferencia lo pudiéramos explicar por la base de comparación, ya que el PIB de Estados Unidos disminuyó 2.6 por ciento en 2009, mientras que el de México cayó 6.1 por ciento.

Sin embargo, todavía seguimos creciendo mucho más que nuestro vecino.  Mientras que Estados Unidos creció 1.3 por ciento en el segundo trimestre de este año, nosotros avanzamos 4.5 por ciento (con la misma metodología para que los números sean comparables).  El INEGI acaba de anunciar el crecimiento del IGAE para julio, que avanzó a una tasa anualizada equivalente a 11.2 por ciento.  Las primeras cifras disponibles de agosto sugieren un crecimiento de la actividad económica todavía mayor.  Lo más sorprendente de todo es que nuestro motor de crecimiento son las exportaciones no petroleras, cuya demanda proviene de Estados Unidos, a pesar de que su producción industrial no crece a tasas muy boyantes.

Resulta que observamos un comportamiento muy distinto a la del ciclo económico anterior.  Nuestras exportaciones no petroleras crecen a tasas elevadas que no parecen compatibles con el comportamiento de nuestro principal socio comercial.  Nos hemos visto favorecido con una ganancia competitiva mediante la depreciación real del peso mexicano respecto a todos nuestros socios comerciales y un incremento en los costos laborales chinos que ha reducido su margen de competitividad.  Mientras que perdimos mercado ante los chinos en el ciclo económico anterior, ahora lo estamos recuperando.  Además, nos hemos visto favorecido con transferencias de líneas de producción de Estados Unidos  hacia México, no solamente en la industria automotriz, sino también en otras manufacturas.

La gran incertidumbre reflejada en el comportamiento de los mercados financieros mundiales en los últimos dos meses sugiere que eventualmente la economía de Estados Unidos pueda disminuir aun más su paso.  No podemos ignorar el hecho de que esto nos hace sumamente vulnerable.  No es lógico pensar que el paso de nuestras exportaciones se mantendrá en medio de un estancamiento norteamericano.  Sin embargo, la evidencia concreta que tenemos hasta el día de hoy todavía no señala una desaceleración.  Tendremos que esperar.