Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El INEGI informó que la inflación de abril fue 0.12 por ciento, como consecuencia de una tasa de 0.27 por ciento en la segunda quincena del mes. Es la inflación mensual más elevada para un abril desde hace ocho años y apenas la segunda tasa positiva en el mismo tiempo. Las inflaciones de abril son típicamente negativas (al igual que mayo) a raíz de la entrada en vigor del esquema de tarifas eléctricas de temporada cálida (subsidios mayores) en varias ciudades del país. Pues a pesar de una tasa negativa de -0.15 por ciento en la primera quincena, la inflación del mes resultó positiva. Esto empujó la tasa de los últimos doce meses, conocida como la tasa anual, a 5.82 por ciento. Pero si tomamos como referencia las últimas 24 quincenas (el índice quincenal), la tasa anual llegó a 6.01 por ciento. Esta es la primera vez que se ha registrado una inflación superior a 6 por ciento desde la primera quincena de mayo de 2009.

En esta ocasión, los precios que más subieron fueron los de las mercancías y los de “otros” servicios (todos los servicios menos educación y vivienda), aunado a aumentos significativos en los de frutas y verduras. Para la segunda quincena se revirtieron un poco los aumentos a principio del mes en los servicios relacionados a las vacaciones de Semana Santa, pero hubo afectación por aumentos en las tarifas autorizadas por el gobierno en materia de transporte. Pero el mensaje principal es que la escalada de precios que empezó a principios de año con el famoso gasolinazo, sigue en pie. El aumento del precio de la gasolina a principios de año simplemente fue la mecha para la escalada de incrementos que hemos visto en estos últimos meses. También influye el hecho de que el tipo de cambio aumentó significativamente en los últimos dos años y que hubo un traspaso pendiente en muchos precios.

Los precios que más han subido son los que pertenecen a la categoría de “no subyacente” (9.25 por ciento), como los energéticos (15.88 por ciento) y las tarifas autorizadas por el gobierno (6.29 por ciento). En este rubro también empieza afectar los precios de fruta y verduras, que a la segunda quincena llevan una tasa anual de 9.43 por ciento. No obstante, los precios subyacentes han aumentado 4.72 por ciento, como resultado de aumentos en mercancías no alimenticias (5.45 por ciento) y alimentos (6.77 por ciento). Lo que ha ayudado a “contener” este rubro son los precios de la vivienda, pero muchos son precios imputados que realmente no ayudan a la restricción presupuestal de las familias. Empresas independientes al gobierno, como Kantar WorldPanel México, que mide los precios de los hogares directamente mediante un panel de casi 9 mil familias, registra una inflación anual en los precios de consumo masivo de las familias en prácticamente lo doble que reporta el INEGI.

En 2008 la inflación terminó el año con una tasa anual de 6.53 por ciento, la más elevada desde 2000 cuando hubo una inflación de 8.96 por ciento. ¿En cuánto terminará la inflación este año? ¿Será la inflación más elevada desde 2008 o desde 2000? La última encuesta quincenal de instituciones financieras que levanta Citibanamex, señala un consenso (mediana) de 5.6 por ciento. La institución más optimista es Santander (5.20 por ciento), mientras que la más pesimista es Scotiabank (6.12 por ciento). Sin embargo, esta encuesta se realizó dos días antes de conocer la tasa de abril, que fue mucho más elevada que lo que esperaban todos. Es casi un hecho que habrá revisiones al alza en las expectativas de prácticamente todas las instituciones. Es posible que ahora muchas instituciones crucen la barrera de 6 por ciento para fin de año.

Ante una inflación mucho mayor a lo anticipado y señales de que la escalada de precios continua, ¿dónde está el Banco de México? La última señal que mandó fue un aumento de tan solo 25 puntos base en su tasa de política monetaria, al parejo con el aumento de la Reserva Federal en Estados Unidos, por estar satisfecho con la trayectoria de la inflación. Mientras, la mayoría de las familias pierden poder adquisitivo y encuentran cada vez más difícil mantener un estándar mínimo de vida.

Hemos visto una mejoría en el consumo de los hogares en los últimos dos años a raíz de un fortalecimiento (aunque marginal) en el ingreso personal disponible. Pero si continua la inflación, va mermar lo poco bueno que hemos tenido. ¿Qué hacer?

El INEGI dio a conocer el viernes pasado, el indicador de confianza del consumidor para enero. No solamente se registró un nuevo mínimo histórico (28.9), muy por debajo del anterior (33.1 de octubre 2009), sino que se llegó a tal nivel mediante la caída más pronunciada para un mes a otro desde que existe del indicador. De hecho, los cinco componentes experimentaron caídas escandalosas, nunca visto antes. Las caídas de cuatro de los componentes fueron las mayores en toda la historia, mientras que tan solo una (sobre el momento adecuado para adquirir bienes duraderos) no logró establecer una máxima, pero por una sola décima. Los niveles de tres de los cinco componentes tocaron nuevos mínimos, que son la percepción del consumidor sobre la situación económica del país del presente y del futuro y sobre la situación económica del hogar en el futuro. Fue tan estrepitosa la noticia, que REFORMA decidió darla a conocer a ocho columnas el sábado pasado (aunque desafortunadamente habló del “índice” y no del “indicador”).

Unos días antes, el INEGI había dado a conocer el indicador de confianza empresarial, que también registró una caída exagerada, mientras que uno de sus componentes (sobre la situación económica futura del país) estableció un nuevo mínimo histórico. ¿Qué es lo que explica el pesimismo tan exagerado tanto del consumidor como del empresario? Entre los factores mencionados por algunos analistas están la llegada de Trump y la depreciación del peso. Si bien es cierto que estos dos factores han pesado en el ánimo de la gente, explican la trayectoria descendente que tiene ambos indicadores desde hace un año (algo que ya hemos comentado aquí en octubre y noviembre del año pasado), pero no la caída tan pronunciada de enero respecto al mes anterior. Más bien fue el gasolinazo que incendió a la población a tal grado que hubo manifestaciones en todo el país y saqueos en muchas partes. Esto último fue la gota que derramó el vaso, que ya se estaba llenando desde tiempo atrás.

El nivel del indicador de confianza del consumidor (28.9) se ubica ahora por debajo del umbral “Leyva” de 34.5 puntos, que estableció el INEGI como el umbral estadístico consistente con una caída en el consumo de los hogares (con un 95 por ciento de probabilidad). En principio, esto significa que deberíamos de observar una tasa negativa en el consumo privado, prácticamente el único factor por el lado del gasto del PIB que ha estado creciendo. De ser cierto, es casi un hecho que estaríamos entrando ya en una recesión. ¿Será?

No necesariamente. Si analizamos detenidamente cada uno de los cinco componentes de indicador, encontramos caídas acentuadas en todos, a tal grado que tres se ubican en mínimos históricos. Sin embargo, los otros dos que no registraron mínimos históricos son la apreciación sobre la situación actual del hogar y sobre el momento actual para efectuar compras de bienes duraderos. Si analizamos las preguntas de la encuesta que no están incluidas en el indicador, en especial aquellas enfocadas a decisiones de compra, encontramos que ninguna registró un mínimo histórico.

Esto significa que el consumidor todavía no ve tan fatal su situación económica personal en la actualidad, sino que su pesimismo está mucho más enfocado en la situación económica del país (tanto el actual como el futuro) y el posible efecto que podrá tener más adelante sobre su hogar. Está muy preocupado por el incremento de precios en general (no solamente de la gasolina), ya que podrá ver mermado su poder adquisitivo. Por lo pronto, podemos esperar un poco más de cautela, que se va manifestar en una desaceleración en el consumo, pero no necesariamente una caída tal cual. Desafortunadamente, los indicadores de consumo son los más atrasados de todos. No obstante, habrá que estar atento.

La noticia hace resaltar aún más la inconsistencia del INEGI en mantener dos resultados distintos (un “índice” y un “indicador”) de una sola encuesta. Por ejemplo, en enero el “índice” disminuyó 17.9 puntos porcentuales, mientras que el “indicador” cayó 6.1 puntos. He platicado mucho sobre esto, tanto con Eduardo Sojo, el presidente anterior, como con Julio Santaella, el presidente actual. Ambos coinciden en que el problema radica en la testarudez del Banco de México (que paga la encuesta), que no ha querido autorizar la desaparición del “índice”, a pesar de que solo sirve para confundir.

La semana pasada, el INEGI dio a conocer el balance comercial de diciembre y, por tanto, de todo el año pasado. Resulta que el saldo del año fue un déficit de 14.5 mil millones de dólares (mmd), el balance más negativo que se ha registrado desde 2008. El déficit, que es aproximadamente 1.3 por ciento del PIB, es apenas la segunda vez en los últimos diez años que ha superado el uno por ciento del total de bienes y servicios finales producidos en el país en un año.

El déficit de 2015 fue 11.6 mmd más deficitario que el año anterior. Resulta muy poco común ver un cambio tan radical de un año a otro en el saldo comercial, ya que salvo 2009 (año de la gran recesión y desplome en el comercio exterior mundial) los cambios promedio son menores en promedio a los 2 mmd. La explicación principal radica en el desplome de las exportaciones petroleras, que disminuyeron -45.0 por ciento respecto a 2014, provocando un déficit en el balance petrolero por primera vez en cuatro décadas. El balance petrolero pasó de un superávit de 1.1 mmd en 2014 a un déficit de 9.9 en 2015, una diferencia de 11.0 mmd. Pero si tomamos 2013 como referencia cuando hubo un superávit de 8.6 mmd, tenemos una disminución acumulada de 18.5 mmd en tan solo dos años. Aunque hemos tenido años en que la baja del precio de exportación de petróleo ha sido igual o hasta más acentuada, en esta ocasión se juntó con una disminución significativa en la producción. El resultado final es que el valor de las exportaciones petroleras representa una disminución de 58.5 por ciento respecto al que teníamos en 2011.

Dado que México importa mucha gasolina y algunos otros productos petroleros, cuyos movimientos en precios están correlacionados con el del petróleo, la balanza petrolera tiene un elemento amortiguador implícito. Por ejemplo, las exportaciones petroleras disminuyeron 45.0 por ciento, mientras que las importaciones cayeron -19.8 por ciento; la caída en el precio de exportación de petróleo fue acompañada con un precio menor en el precio de la importación de gasolina. No obstante, en esta ocasión la menor producción de petróleo no fue acompañado por una disminución similar en el consumo de gasolina, lo que provocó que por fin México terminara con un saldo petrolero deficitario.

En el pasado, el saldo petrolero superavitario ayudaba a compensar el déficit comercial de los bienes y servicios no petroleros. Por ejemplo, en 2006 el déficit no petrolero de 25.5 mmd tuvo la contrapartida de un superávit petrolero de 19.4 mmd, para terminar con un déficit total de apenas 0.6 por ciento del PIB. Afortunadamente, el deterioro petrolero se ha producido después de haber experimentado un cambio estructural en el balance no petrolero: hemos visto una disminución paulatina del déficit no petrolero desde 2009 a la fecha. En 2008, el déficit superó los 32 mmd, casi 3.0 por ciento del PIB. Desde ese año a la fecha hemos visto una disminución año tras año hasta llegar a su nivel más bajo de 0.3 por ciento del PIB en 2014. El déficit petrolero de 2015 llegó en un momento en que el no petrolero apenas registró 0.4 por ciento del PIB. De no ser por el bajo déficit no petrolero, el déficit comercial total de 2015 hubiera podido llegar a superar 4.0 por ciento del PIB.

En principio, las exportaciones mexicanas tienen un alto contenido de insumos importados. Esto significa que existe una elevada correlación entre ambas. Si disminuyen las exportaciones, automáticamente caen las importaciones y no terminamos con un déficit mayor. Incluso, nuestras exportaciones son en buena medida insumos de las exportaciones de Estados Unidos. A raíz de la apreciación del dólar, disminuyeron las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo. Eso hizo que no crecieran tanto nuestras exportaciones a Estados Unidos y automáticamente casi no hubo crecimiento en las importaciones.

No obstante lo anterior, la regla de aproximación anterior era que nuestras importaciones crecían ligeramente más que las exportaciones. Sin embargo, de 2008 a la fecha se ha invertido esta regla: ahora nuestras exportaciones usualmente crecen ligeramente más que las importaciones. Esto ha hecho posible que el déficit no petrolero haya disminuido poco a poco en los últimos años. Por ejemplo, en promedio las exportaciones no petroleras han crecido 6.6 por ciento anual en los últimos siete años, mientras que las importaciones no petroleras crecieron tan solo 5.0 por ciento promedio en los mismos años. De esta forma, el déficit no petrolero de 32.2 mil millones de dólares de 2008 pudo disminuir a 4.6 mmd en 2015.

La inflación cerró 2016 en una mínima histórica de 2.13 por ciento, resultado que nadie anticipó. Apenas hace dos meses, Scotia Bank espera que terminara el año en 3.3 por ciento. En enero de 2015, el consenso (mediana) estaba en 3.50 por ciento; Scotia Bank esperaba 4.22 por ciento y Monex 4.14 por ciento. Las instituciones más optimistas eran Nomura y Banorte con 3.0 por ciento. Posiblemente lo que más sorprendió fue que la inflación mínima haya coincidido con una depreciación agresiva de la moneda. El tipo de cambio terminó 2015 en 17.2487 pesos por dólar, 17.0 por ciento más respecto a 14.7414 pesos de 2014. Pero si tomamos el 12.8462 a principios de junio de 2014, el aumento acumulado en año y medio llegó a 39.6 por ciento. Tomando en cuenta nuestras experiencias anteriores, uno hubiera esperado un repunte significativo en la inflación ante una depreciación acumulada de casi 40 por ciento. Pero no. Algo pasó que detuvo casi cualquier traspaso del tipo de cambio a la inflación. ¿Es creíble?

Lo primero que habría que aclarar es que sí hubo una afectación del tipo de cambio sobre muchos precios. Lo que no sucedió fue un contagio hacia otros precios, o lo que se conoce como efectos de segunda orden. La mayoría de los precios de los bienes duraderos subieron, a tal grado que fue el rubro dentro del INPC que más subió en el año. Sin embargo, muchos precios de otros bienes y servicios no subieron o aumentaron poco, mientras que hubo precios que disminuyeron. Si recordamos que la inflación es un aumento generalizado y sostenido en los precios, tenemos que concluir que no hubo inflación el año pasado, sino un reacomodo en los precios relativos.

Lo segundo que debemos tomar en cuenta es que una de las características de la economía mundial del 2015 fue el “crash” de los precios de los commodities. Prácticamente todos los precios de los bienes más intercambiados en los mercados internacionales disminuyeron. Esto significa que en buena medida las caídas en los precios en dólares neutralizaron los incrementos en el tipo de cambio. En muchos casos, el desplome en los precios en dólares fue incluso mayor al ajuste cambiario, de tal forma que hubo disminuciones en los precios en pesos. Esto obviamente ayudó a contener los incrementos en los precios de muchos bienes importados.

Lo tercero, es que hubo disminuciones en precios de ciertos bienes con ponderaciones significativas en el INPC, que también ayudo a compensar incremento en otros precios. Los precios de los servicios telefónicos y la gasolina, junto con las tarifas eléctricas fueron los más visibles. El precio promedio de la gasolina Magna aumentó 11.2 por ciento en 2014 en el interior de la República, mientras que en 2015 se contuvo a un incremento de 1.95 por ciento en enero para después quedar fijo. Sin embargo, en la zona fronteriza experimentó una disminución significativa.

Finalmente, existe actualmente en el país lo que llamamos una brecha de producto negativa, lo cual significa que no solamente hay una ausencia de presiones inflacionarias por el lado de la demanda agregada, sino que se les dificulta a los empresarios subir precios ante la debilidad de sus ventas. Puede ser que ciertos sectores, bienes o servicios experimentaron aumentos en sus precios, pero no fue un fenómeno generalizado.

Ante esta explicación de la inflación en 2015, ¿qué podemos esperar para 2016? De entrada, absolutamente todos (incluyendo el Banco de México) anticipan un incremento en la inflación este año. La última encuesta quincenal de Banamex a 24 instituciones financieras revela un consenso (mediana) de 3.20 por ciento. La institución que prevé menos inflación es Finamex (2.70 por ciento), mientras que tan solo cuatro instituciones más piensan que la tasa no llegará a 3.0 por ciento. Scotia Bank, en cambio, es la única institución que anticipa una tasa superior a 4.0 por ciento (4.39 por ciento).

El razonamiento generalizado es que no habrán disminuciones en precios como el año pasado, que ayudaron a neutralizar aumentos en otros precios. Aunque no se espera que los precios de los commodities sigan disminuyendo con la misma intensidad, todavía no se anticipa alguna recuperación. Si bien es posible que el peso mexicano se deprecie todavía un poco más, nadie anticipa otro año de ajuste traumático. Finalmente, los cálculos del Banco de México apuntan a que todavía tendremos una brecha negativa del producto este año. Para la mayoría, la combinación de estos factores apuntan a que la inflación será aproximadamente un punto porcentual mayor en el 2016 que en el 2015.

La semana pasada, el INEGI reportó la inflación de la primera quincena de octubre, que de nuevo sorprendió a la baja. La tasa anual de 2.47 por ciento representó un nuevo mínimo histórico por séptima quincena consecutiva. La más baja que se había registrado antes de este año fue 2.81 por ciento en la segunda quincena de 2005. Sin embargo, en las pocas ocasiones (tres) que se había asomada la inflación por debajo de 3.0 por ciento, duraba una quincena y volvía a subir. En esta ocasión, llevamos 13 quincenas en el año y 11 consecutivas en que la tasa anual ha registrado una cifra menor a 3.0 por ciento.

Si examinamos la serie mensual en vez de la quincenal, encontramos datos similares. En septiembre la tasa anual llegó a 2.52 por ciento, registrando así una nueva mínima histórica por quinto mes consecutivo. La tasa mínima anterior a este año fue en noviembre de 2005 cuando llegó a 2.91 por ciento. Igual, en las dos ocasiones anteriores que observamos una tasa menor a 3.0 por ciento, el gusto duró muy poco (un mes), mientras que ahora la tasa se ha ubicado por debajo de este umbral por cinco meses al hilo. Prácticamente todas las proyecciones para fin de año ubican la inflación en este terreno, por lo que terminaremos 2015 con mínimos históricos.

Para muchos es difícil creer estos números. Van al mercado o a las tiendas y ven que los precios siguen subiendo. Sienten como se deteriora su poder adquisitivo en forma continua. Ya no pueden comprar lo de antes. Llegan a la conclusión de que las cifras oficiales de inflación simplemente no son creíbles. ¿Está bien diseñado el índice de precios? ¿La canasta refleja la realidad del consumidor medio? ¿Cómo pueden decir que la inflación es el mínimo histórico si todos los días sube los precios?

Lo primero que hay que aclarar es que el INEGI no está diciendo que los precios no están subiendo. Más bien, sí están subiendo pero a un ritmo menor que antes. Lo segundo es que muchos precios muy visibles siguen subiendo a tasas significativas. Por ejemplo, hace un año la tasa de mercancías no alimenticias se ubicaba por debajo de 2 por ciento y ahora se encuentra por arriba de 3 por ciento. Las colegiaturas suben a un ritmo mayor a 4 por ciento, al igual que en los últimos seis años. Los precios de las frutas y verduras se ubican ahora casi 7 por ciento por encima del año pasado. Una de las principales diferencias, es que ahora no ha subido el precio de la gasolina (por lo menos en el interior de la República) y algunos precios han bajado (servicio de telefonía móvil, llamadas de larga distancia, tarifas eléctricas para la industria, etc.). Lo que estamos observando ahora es que, en promedio, los precios siguen subiendo pero a un ritmo menor que antes.

La incredibilidad en las cifras de inflación siempre ha existido. En la Encuesta Sobre la Confianza del Consumidor (ENCO), el INEGI pregunta cada mes a 2,336 viviendas en 48 localidades del país “comparando con los 12 meses anteriores, ¿cómo cree usted que se comporten los precios en el país en los siguientes 12 meses? Las posibles respuestas son que disminuyen mucho más, disminuyen algo más, suben igual, aumentan algo más o aumentan mucho más. Es decir, la pregunta va encaminado a ver si el consumidor piensa que la inflación se va a desacelerar, quedar igual o acelerarse en los siguientes 12 meses.

Si analizamos las respuestas mes con mes, encontramos que nadie responde que va a desacelerarse mucho, mientras que menos del uno por ciento de los hogares contestan que va a disminuir algo. En cambio las respuestas de que van a subir algo o mucho más son las que siempre escojan más del 90 por ciento de los encuestados. Por ejemplo, en 2014 aumentaron muchos precios a raíz de la reforma fiscal, mientras que en 2015 no solo no aumentaron de nuevo, sino que algunos precios incluso bajaron y es el año de los famosos mínimos históricos. Sin embargo, la percepción del consumidor sobre la inflación es peor para 2015 (por lo menos el promedio de los primeros nueve meses) de lo que fue para 2014. Más aún, si graficamos la inflación anual junto con el subíndice que se construye a partir de estas respuestas, encontramos que no hay correlación alguna.

La inflación de los últimos 5 años ha promediado menos de 4 por ciento, pero la percepción de los consumidores es que cada vez se acelera más. En otras palabras, no importa si los precios pueden estar subiendo mucho, algo o poco, ya que los consumidores sienten y piensan que los precios siempre están aumentando. Obviamente, esta sensación complica la credibilidad de cualquier medición de la inflación.

Arranque Lento

Marzo 30th, 2015 | Posted by Jonathan Heath in Arena Publica - (0 Comments)

Hace seis meses, el consenso para el crecimiento económico de este año era alrededor de 3.7 por ciento. Sin embargo, se ha revisado sistemáticamente a la baja hasta llegar a la expectativa actual que gira alrededor de 3.0 por ciento. Habrá varias razones para pensar que el crecimiento será menor a lo que originalmente se esperaba, pero la caída en el precio y en la producción petrolera, que provocó un primer recorte en el gasto público, definitivamente es una de las principales. No obstante, hasta ahora las revisiones no estaban fundamentadas en el desempeño actual de la economía, simplemente porque todavía no teníamos datos duros. Pero el INEGI ya reportó el crecimiento económico del primer mes y las cifras de la balanza comercial y el desempleo de febrero. Además, ya conocemos las ventas que reporta el ANTAD y la AMIA para el segundo mes del año. Esta primera lectura confirma un lento arranque para el año, que aparentemente desembocará en una baja tasa de crecimiento para el primer trimestre.
La primera desilusión proviene del exterior. La producción manufactura de Estados Unidos ha crecido muy poco en los últimos meses, lo que ha llevado a un menor demanda de nuestras exportaciones. Después de un muy buen enero, las exportaciones automotrices crecieron muy poco en febrero, debido en parte a condiciones climatológicas adversas, pero también a que la compra de automóviles nuevos en Estados Unidos empieza a mostrar signos de desaceleración. Por unos cuantos años, la demanda reprimida que prevaleció en la gran recesión de 2008-2009 provocó un aumento significativo en las ventas de automóviles. Sin embargo, aparentemente el mercado ya regresa a una cierta normalidad, que significa que la demanda regresa a un patrón de crecimiento más moderado. La baja en el precio de la gasolina no ha mostrado fuerza suficiente para provocar mayores ventas, por lo que podemos esperar una tasa de crecimiento en las exportaciones automotrices más moderado este año.
Aun así, existe la esperanza de que la actividad económica de Estados Unidos se recuperará a partir de segundo trimestre, ya que el mercado laboral muestra condiciones más robustas, que a su vez sugieren un mejor desempeño del consumo de los hogares más adelante. Si esta lectura es correcta, podríamos ver una mejoría en nuestras exportaciones no petroleras en los siguientes trimestres. Debemos recordar que las exportaciones son el principal motor de crecimiento, cuyo crecimiento es necesario para que la economía interna muestra mayor dinamismo.
El INEGI reportó hace unas semanas que la producción industrial disminuyó 0.4 por ciento en enero, después de haber caído 0.3 por ciento en diciembre. Vimos una disminución en las manufacturas, la construcción y (obviamente) la minería (ante la caída en la plataforma de producción del petróleo). Por lo mismo, ya anticipábamos una tasa cercana a cero o incluso negativa para el IGAE de enero. Sin embargo, la tasa del IGAE sorprendió un poco al alza como resultado de un salto importante en las actividades primarias (6.7 por ciento) y un buen avance en las terciarias de 0.4 por ciento. Estos datos, juntos con buenas noticias de parte del ANTAD y la AMIA, nos dicen que el comercio y los servicios muestran un buen arranque al inicio del año, a pesar del pobre desempeño de las actividades secundarias.
La ANTAD venía reportando tasas relativamente bajas durante todo 2014, que giran en promedio alrededor de 1.0 por ciento anual cada mes. Sin embargo, en enero y febrero sus ventas totales reales aumentaron 6.2 y 5.7 por ciento anual, respectivamente, algo no visto desde 2012. Evidencia anecdotaria de algunas cadenas autodepartamentales señalan ventas de hasta 20 por ciento real respecto al mismo periodo del año anterior. Las ventas internas de automóviles reportadas por la AMIA registraron tasas anuales superiores a 20 por ciento en los dos primeros meses del año, algo no visto desde 2004. A pesar de que no tenemos mucha evidencia de una mejoría en los ingresos de los hogares, aparentemente el consumo privado empieza a mostrar cierto dinamismo no visto en mucho tiempo.
¿Cómo explicar esta recuperación? ¿Es temporal o algo más permanente? Las hipótesis que empiezan a surgir señalan al gasto público electoral y una posible demanda reprimida como posibles factores, que a su vez indicarían solo un empuje temporal. Sabemos que el gasto público tiene un impacto en el consumo en los meses anteriores a las elecciones, pero ante los recortes en el presupuesto, podrían disminuir significativamente después de junio. Si el consumo empieza a responder a una demanda reprimida que se fue acumulando en los dos años anteriores, también podríamos ver una mejoría temporal, pero con una duración más difícil de anticipar.
Sin embargo, surge una tercera hipótesis que pudiera ser más promisorio. La inversión privada empieza a mostrar signos de mayor crecimiento, posiblemente derivado de las expectativas que emanan de las reformas estructurales. De ser cierto, deberíamos empezar a ver más empleo, que a su vez podría estimular el ingreso de los hogares y el consumo. La tasa de desempleo urbano disminuyó notoriamente en diciembre, mientras que su repunte en enero y febrero fue estacionalmente muy baja. No obstante, esas hipótesis necesitan más datos duros para que sean explicaciones creíbles. Pudiera ser que estos dos meses fueran simplemente observaciones aberrantes, sin mayor explicación.
Por lo pronto, tenemos un mal arranque en las actividades secundarias, que de no reponerse podrán desincentivar a la economía interna, pero un buen arranque de las terciarias, que pudiera ser un fenómeno temporal, o bien, el empiezo de una recuperación más de fondo. Habrá que estar atentos.

Dos días antes de que el INEGI dé a conocer las cifras de la inflación quincenal, Banamex levanta y publica una encuesta entre las instituciones financieras para conocer sus expectativas. En su encuesta del 20 de enero, resultó que el consenso entre las 24 instituciones que participaron era que la tasa de inflación general para la primera quincena de enero sería de 0.24 por ciento, en un rango de 0.09 por ciento (Finamex) hasta 0.50 por ciento (Scotia). La encuesta también señalaba que se anticipaba 0.16 por ciento para la tasa subyacente, dentro de un rango de 0.04 por ciento (JP Morgan y Vector) a 0.38 por ciento (Signum). Dos días después, el jueves 22 de enero, se dio a conocer que la tasa general de la quincena fue -0.19 por ciento y la subyacente -0.09 por ciento. En muy pocas ocasiones se ha equivocado el mercado en una magnitud tan grande. Por lo mismo, merece un análisis más exhaustivo que lo normal.
¿Qué pasó? ¿Por qué no se anticipó la caída? De entrada, lo que más disminuyó fue el precio del jitomate (-32.8 por ciento), que tuvo una incidencia de -0.204 puntos porcentuales en la disminución total. En la lista de los diez precios que más bajaron, también se ubicó el chile poblano (-4.7 por ciento), aunque su incidencia fue tan solo de -0.012. Esto empujó a que el subíndice de frutas y verduras bajara -2.6 por ciento con una incidencia de -0.199 puntos. La gran variabilidad de los precios de estos productos hace sumamente difícil anticipar la magnitud, el tiempo y la dirección, por lo que fue lo que más contribuyó a la sorpresiva disminución. Además, se debe contemplar la disminución como fenómeno temporal, ya que en algún momento volverán a subir.
Sin embargo, si el precio del jitomate no hubiera bajado, de todos modos la inflación general se hubiera ubicado alrededor de cero por ciento, todavía muy por debajo de la expectativa. Resulta que también disminuyó el subíndice de “otros servicios” en -0.99 por ciento, con una incidencia de -0.172 puntos. Aquí los precios que contribuyeron a la baja fueron los del servicio de larga distancia, tanto nacional como internacional, el servicio telefónico local fijo, el del transporte aéreo y los servicios turísticos en paquete. Aunque los precios relacionados a la telecomunicación deberían haberse incorporado en las previsiones (posiblemente salvo el telefónico local fijo), se pueden considerar como disminuciones permanentes. En cambio, los precios del transporte aéreo y de los servicios turísticos (que están relacionados) obedecen a un comportamiento estacional; suben al empezar vacaciones y bajan a su conclusión, lo que significa que son variaciones temporales.
Posiblemente uno de los precios que aumentaron fue el responsable del margen de error en muchos de los analistas: el precio de la gasolina magna subió 1.9 por ciento en la mayoría del país. Sin embargo, a nivel nacional (ya ponderado por variaciones en la zona fronteriza), se registró un incremento de tan solo 0.9 por ciento, con una incidencia de 0.041. Pero la disminución de -2.1 por ciento en las tarifas eléctricas tuvo una incidencia de -0.056 puntos, que terminó por neutralizar por completo el impacto de la gasolina. El subíndice de energéticos aumentó tan solo 0.03 por ciento y tuvo un impacto imperceptible en la tasa general de 0.003 puntos.
La misma encuesta de Banamex dice que las instituciones anticipan una tasa general de 0.41 por ciento para todo el mes; el rango de las previsiones va de 0.20 por ciento (Vector) hasta 0.89 por ciento (Prognosis). Dado que para llegar a la tasa mínima contemplada de 0.20 por ciento, la inflación de la segunda quincena tendría que ser superior a 0.31 por ciento, queda muy claro que todas las instituciones tendrán que realizar revisiones mayores a la baja. Hasta ahora, la única institución que he visto divulgar una nueva estimación es Banamex, que ahora anticipa -0.04 por ciento para el mes, lo que implica 0.19 por ciento en la segunda quincena.
No obstante, más que una nueva previsión para el mes, lo que realmente va ser interesante será ver si las instituciones van a modificar sus expectativas para todo el año. El consenso que existía hasta antes de conocer la sorpresiva tasa de la primera quincena, era de 3.40 por ciento. El rango era de 3.0 por ciento (Banorte y Nomura) hasta 4.22 por ciento (Scotia). Tendrán que considerar que la disminución en los precios agrícolas y los asociados al turismo son de carácter temporal, mientras que los de los servicios relacionados a la telecomunicación son permanentes. Por lo pronto, Banamex anunció que anticipa ahora 3.26 por ciento para fines de diciembre, en vez de 3.28 por ciento que tenía antes de conocer la tasa de la primera quincena. Esto significa que espera que las disminuciones no anticipadas de principios de año serán básicamente compensadas con incrementos adicionales a través del año. ¿Será la opinión del consenso?
Por lo pronto, los factores que más podrán contribuir a una disminución y a un aumento en la inflación anual siguen siendo los mismos. Pero no tenemos que entrar en detalle, ya que están especificados en mi penúltima entrada anterior de este mismo Blog de Arena Pública (titulado “Las Perspectivas de Inflación” del 9 de enero).

La semana pasada comentamos el comportamiento de la inflación en 2013. Dijimos que a pesar de haber terminado el año por debajo de 4.0 por ciento (3.97 por ciento) por tercer año consecutivo (que nunca se había logrado antes), todavía no se logra cumplir con el objetivo de 3.0 por ciento establecido hace once años. El problema radica en el componente no subyacente del índice de precios, que está fuera del control de la política monetaria. Mientras la inflación subyacente ha promediado 3.0 por ciento en los últimos tres años, la no subyacente ha promediado 6.3 por ciento en el mismo periodo.

Señalamos que mientras persiste la política pública de incrementar sistemáticamente los precios de los energéticos y de realizar ajustes descontinuos (y a veces absurdos como la tarifa del Metro en la Ciudad de México) en las tarifas autorizadas por el gobierno por encima de la inflación general, será prácticamente imposible cumplir con un objetivo de inflación puntual de 3 por ciento. Nunca dijimos que estas políticas fueran buenas o malas. Simplemente significa que no podemos juzgar el desempeño de las autoridades monetarias por algo que esta fuera de su control. Por lo mismo, propusimos que se utilice la inflación subyacente como el parámetro para el objetivo de inflación.

La intención era analizar el resultado de la inflación, independientemente de juzgar o no la política de precios. Sin embargo, hubo varias personas que vieron en el artículo una crítica a la política de precios. Recibimos varios tuits en defensa de la estrategia del gobierno de subir el precio de la gasolina gradualmente para eliminar un subsidio mal enfocado y regresivo. En esto estamos totalmente de acuerdo, ya que es difícil defender una política de subsidios que entorpece todavía más la distribución inequitativa del ingreso en el país.

La política de precios es una estrategia fiscal, cuyos fines se concentran en los impactos sociales, distributivos y a veces recaudatorios. En algunas ocasiones, el gobierno plantea una política en defensa del poder adquisitivo de algunos segmentos de la población. Sin embargo, en la mayoría de los casos los controles de precios tienen impactos nocivos, sin poder cumplir con sus objetivos finales. Por lo mismo, es importante pensar a fondo la estrategia, incluyendo los impactos indirectos que pudieran causar.

Por ejemplo, el gobierno del Distrito Federal otorga un subsidio significativo al transporte del Sistema Colectivo del Metro. Por un lado, brinda un servicio mucho más barato para los usuarios, que típicamente son de bajos recursos. Aunque alguien con ingresos elevados lo puede utilizar y beneficiarse del subsidio, podemos pensar que el subsidio es aprovechado mayoritariamente por la población objetivo. No obstante, la falta de recursos no le permite al gobierno mantenerlo en condiciones óptimas y en horas picos rebasa su capacidad de usuarios. En general, la política de subsidios de los servicios públicos (agua, electricidad, transporte, etc.) funciona como imán para atraer población de las comunidades rurales y ciudades más pequeños a la capital, creando problemas de pobreza, sobrepoblación y escasez de servicios adecuados.

La política de precios del Metro puede otorgar más beneficios que costos, por lo que difícilmente pudiera cambiar. No obstante, mantener el precio muy bajo por un tiempo prolongado, produce la necesidad de realizar mega-ajustes (60 por ciento de aumento) con consecuencias traumáticas para ciertos segmentos de la población. ¿No sería mejor introducir aumentos pequeños más seguidos y así evitar los mega-ajustes?

Aun así, los controles de precios suelen funcionar mejor con servicios, a diferencia con los bienes, ya que es más fácil discriminar la población objetivo. Los ejemplos más absurdos se ven ahora en Venezuela, donde hay escasez en todo tipo de bienes, desde la leche hasta el papel de baño. En la mayoría de los casos, los controles tienen a lo mucho un impacto temporal, con consecuencias mucho más negativas que positivas. Afortunadamente, los gobiernos mexicanos han evitado utilizar estos extremos.

No obstante, la estrategia utilizada por el gobierno en torno a los precios de la gasolina ha sido diferente. El precio internacional aumentó significativamente en la década anterior. En este caso el gobierno programó aumentos mensuales y aceptó un subsidio temporal con el fin de evitar incrementos desproporcionados en su momento; en otras palabras, es la política opuesta al de la tarifa del Metro. ¿Cuál de los dos extremos es mejor?