Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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El INEGI dio a conocer los resultados del indicador de confianza empresarial para abril. En el margen, hay mejorías en todos los sectores y en todos sus componentes. De la misma forma, también se percibe una mejoría en las expectativas de crecimiento del país para el año. Por ejemplo, el consenso de la Encuesta de Expectativas de los “Especialistas” en Economía del Sector Privado de Banxico, subió a 1.7 por ciento, cuando estaba en 1.5 por ciento apenas dos meses. Aunque todavía prevalecen factores que apunta a que el crecimiento este año será menor al de 2016, la diferencia ya no parece ser tan abismal.

¿De dónde proviene este optimismo? Como lo sugiere la apreciación del peso desde mediados de enero hasta abril, hubo una clara sobrerreacción en enero a los daños que representarían el gasolinazo y la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos. Sin embargo, es importante matizar esta mejoría, ya que en términos relativos todavía persiste cierto pesimismo. Por ejemplo, en la misma encuesta de Banxico señala un “especialista” que anticipa crecimiento de 0.0 por ciento para el año. El indicador de confianza empresarial muestra dos meses de recuperación, pero aun así sus niveles están en niveles históricamente bajos.

El indicador de confianza tiene varios hechos estilizados que valen la pena recordar. Primero, el empresario siempre ve el futuro con más optimismo que el presente, ya sea de la situación económica del país o la de su empresa. Segundo, siempre refleja mayor optimismo en la situación de su empresa comparado con la del país, ya sea en la actualidad o del futuro. Tercero, el componente de mayor pesimismo siempre es en torno a si ahora es el momento adecuado para invertir. Cuarto, al comparar ésta con la confianza del consumidor, siempre resulta más optimista el empresario. A raíz de estas vicisitudes, resalta el hecho de que lo que motivó realmente el desplome en la confianza empresarial en enero fue una caída brutal en la percepción futura de la situación económica del país. Aunque hubo disminuciones en los cinco componentes del Indicador, éste registró su mínimo histórico, mientras que los demás cayeron, pero ni siquiera cerca de sus mínimos anteriores. En los últimos dos meses la percepción futura del país en la confianza empresarial manufacturero se ha recuperado 6.7 puntos, pero aun así se ubica en la zona de “pesimismo”.

Existen otras señales y tendencias interesantes de este indicador. A partir de mediados de 2011 se modificó la Encuesta Mensual de Opinión Empresarial para incluir a los sectores de construcción y comercio. También se abrió el sector manufacturero para abarcar siete subsectores diseñados ad-hoc. Anteriormente, el indicador se llamaba “confianza del productor”, pero al incluir más sectores, se modificó a “confianza empresarial”. En los primeros tres años de poder realizar comparaciones entre estos sectores, no se definió uno como más optimista o pesimista, ya que mostraban tendencias similares siendo a veces un sector más optimista y a veces otro. Sin embargo, desde mediados de 2015 los sectores de la construcción y de comercio han mostrado mucho más pesimismo que la manufactura. Resulta interesante esta tendencia, ya que mientras la manufactura mostraba algo de estancamiento, el comercio vivía buen momento ante el crecimiento continuo del consumo de los hogares.

Otra tendencia sugestiva está presente en los tres sectores y también en cada uno de los siete subsectores de la manufactura. Desde prácticamente el inicio de este sexenio se ha presentado una tendencia declinante continuo, es decir, poco a poco, los empresarios han abandonado una visión optimista en general y con el tiempo han mostrado cada vez más y más pesimismo. En los primeros meses del sexenio (de 2013), hubo un incremento en la confianza empresarial, a tal grado que se registró un máximo histórico. El Pacto para México y el discurso de que era el “momento México” dio muchas esperanzas y más que uno compró la idea de sería factible crecer por arriba de 5 por ciento. Sin embargo, esta ilusión se fue desvaneciendo con el tiempo y ahora iniciamos el quinto año consecutivo con una tendencia cada vez más hacia el pesimismo.

Pero, al final de cuentas la mejoría que hemos observado en estos dos meses es simplemente la recuperación de una sobrerreacción a inicios de año y no un cambio de tendencia. Lástima.

El INEGI dio a conocer el viernes pasado, el indicador de confianza del consumidor para enero. No solamente se registró un nuevo mínimo histórico (28.9), muy por debajo del anterior (33.1 de octubre 2009), sino que se llegó a tal nivel mediante la caída más pronunciada para un mes a otro desde que existe del indicador. De hecho, los cinco componentes experimentaron caídas escandalosas, nunca visto antes. Las caídas de cuatro de los componentes fueron las mayores en toda la historia, mientras que tan solo una (sobre el momento adecuado para adquirir bienes duraderos) no logró establecer una máxima, pero por una sola décima. Los niveles de tres de los cinco componentes tocaron nuevos mínimos, que son la percepción del consumidor sobre la situación económica del país del presente y del futuro y sobre la situación económica del hogar en el futuro. Fue tan estrepitosa la noticia, que REFORMA decidió darla a conocer a ocho columnas el sábado pasado (aunque desafortunadamente habló del “índice” y no del “indicador”).

Unos días antes, el INEGI había dado a conocer el indicador de confianza empresarial, que también registró una caída exagerada, mientras que uno de sus componentes (sobre la situación económica futura del país) estableció un nuevo mínimo histórico. ¿Qué es lo que explica el pesimismo tan exagerado tanto del consumidor como del empresario? Entre los factores mencionados por algunos analistas están la llegada de Trump y la depreciación del peso. Si bien es cierto que estos dos factores han pesado en el ánimo de la gente, explican la trayectoria descendente que tiene ambos indicadores desde hace un año (algo que ya hemos comentado aquí en octubre y noviembre del año pasado), pero no la caída tan pronunciada de enero respecto al mes anterior. Más bien fue el gasolinazo que incendió a la población a tal grado que hubo manifestaciones en todo el país y saqueos en muchas partes. Esto último fue la gota que derramó el vaso, que ya se estaba llenando desde tiempo atrás.

El nivel del indicador de confianza del consumidor (28.9) se ubica ahora por debajo del umbral “Leyva” de 34.5 puntos, que estableció el INEGI como el umbral estadístico consistente con una caída en el consumo de los hogares (con un 95 por ciento de probabilidad). En principio, esto significa que deberíamos de observar una tasa negativa en el consumo privado, prácticamente el único factor por el lado del gasto del PIB que ha estado creciendo. De ser cierto, es casi un hecho que estaríamos entrando ya en una recesión. ¿Será?

No necesariamente. Si analizamos detenidamente cada uno de los cinco componentes de indicador, encontramos caídas acentuadas en todos, a tal grado que tres se ubican en mínimos históricos. Sin embargo, los otros dos que no registraron mínimos históricos son la apreciación sobre la situación actual del hogar y sobre el momento actual para efectuar compras de bienes duraderos. Si analizamos las preguntas de la encuesta que no están incluidas en el indicador, en especial aquellas enfocadas a decisiones de compra, encontramos que ninguna registró un mínimo histórico.

Esto significa que el consumidor todavía no ve tan fatal su situación económica personal en la actualidad, sino que su pesimismo está mucho más enfocado en la situación económica del país (tanto el actual como el futuro) y el posible efecto que podrá tener más adelante sobre su hogar. Está muy preocupado por el incremento de precios en general (no solamente de la gasolina), ya que podrá ver mermado su poder adquisitivo. Por lo pronto, podemos esperar un poco más de cautela, que se va manifestar en una desaceleración en el consumo, pero no necesariamente una caída tal cual. Desafortunadamente, los indicadores de consumo son los más atrasados de todos. No obstante, habrá que estar atento.

La noticia hace resaltar aún más la inconsistencia del INEGI en mantener dos resultados distintos (un “índice” y un “indicador”) de una sola encuesta. Por ejemplo, en enero el “índice” disminuyó 17.9 puntos porcentuales, mientras que el “indicador” cayó 6.1 puntos. He platicado mucho sobre esto, tanto con Eduardo Sojo, el presidente anterior, como con Julio Santaella, el presidente actual. Ambos coinciden en que el problema radica en la testarudez del Banco de México (que paga la encuesta), que no ha querido autorizar la desaparición del “índice”, a pesar de que solo sirve para confundir.

Los ajustes bruscos y significativos en el tipo de cambio siempre han sido motivo de consternación para los mexicanos, pues se asocian con inflación, pérdida de poder adquisitivo, recesión, desempleo y sufrimiento económico en general. Como no olvidar la devaluación de Luis Echeverría en 1976, dando fin a 22 años de un tipo de cambio fijo. Qué decir de las tres devaluaciones que hubo en 1982 después de que José López Portillo prometió defender el peso como perro, que dio pie a la década perdida de los ochenta. Todavía queda el recuerdo de cómo dejó la economía Pedro Aspe al pobre de Jaime Serra Puche en diciembre de 1994, cuando el país se desmoronó y aumentó la pobreza extrema en más de 16 millones de mexicanos.

Afortunadamente, México se sobrepuso al miedo de la flotación y adoptó un régimen flexible a partir de 1995. Con la autonomía del Banco de México y una política monetaria ya dedicada a abatir la inflación, se logró la estabilización de precios a partir de la década pasada. Esto ha sido el pilar de un equilibrio macroeconómico, que en buena medida nos ha ayudado a superar esos periodos de angustia increíble. Sin embargo, hace siete años vimos que el precio del dólar aumentó 54.1 por ciento en siete meses (de 9.918 el 7 de agosto de 2008 a 15.286 el 7 de marzo de 2009). Aunque no hubo gran afectación en la inflación, la economía se desplomó -4.7 por ciento en 2009.

Si bien dejamos atrás la época de devaluaciones traumáticas, ahora vivimos etapas de depreciaciones aceleradas. Sin embargo, la afectación psicológica parece ser igual. Pero, ¿debemos preocuparnos tanto? Hasta ahora, el tipo de cambio ha aumentado alrededor de 26 por ciento, casi la mitad de lo acontecido hacia fines de 2008. No obstante, no hemos visto evidencia de mayor inflación ni un desplome en la actividad económica. Por lo pronto, seguimos con una inflación que marca mínimos históricos y una economía que avanza por arriba del 2 por ciento. Entonces, ¿cuáles son los efectos nocivos que debemos temer de la depreciación?

El primero es el efecto que podrá tener eventualmente sobre la inflación. Al depreciarse la moneda, aumentan los precios de los bienes y servicios importados. Aunque hasta ahora no hemos visto un traspaso de estos incrementos a los precios del consumidor, es de esperarse que eventualmente habrá alguna afectación. Sin embargo, si el tipo de cambio se regresa parcialmente (como sucedió en 2009), se podría limitar el daño a un mínimo.

El segundo efecto es sobre los precios relativos, aun en el caso de evitar una reacción inflacionaria. En principio, nuestras exportaciones son más baratas, mientras que las importaciones son más caras. Aquí, los efectos varían de sector a sector y de empresa a empresa, ya que unos tienen más insumos importados, otros se compensan con disminuciones en otros precios, algunos tendrán que sacrificar utilidades y habrá quien no pueda aguantar los cambios, viéndose ante la posibilidad de cerrar su negocio.

El tercer efecto proviene de la incertidumbre, que afecta la inversión y el crecimiento económico. Para planear la construcción de una fábrica o la adquisición de una maquinaria, se necesita saber con cierta certeza los precios de los bienes y servicios relacionados. Sin embargo, la volatilidad del tipo de cambio elimina la certeza y provoca que muchos proyectos quedan en irresolución. Sin inversión, no habrá mucho crecimiento.

Finalmente, tenemos los efectos sobre los flujos de capital, en especial, sobre la inversión extranjera en portafolio. En principio, los movimientos de capital afectan al tipo de cambio, pero ante mucha volatilidad se acentúan los flujos que buscan una relación de riesgo/rendimiento adecuado. También es muy probable ver cierta afectación sobre las tasas de interés a diferentes plazos, que no solamente puede encarecer la inversión en general, sino también el costo del servicio de la deuda pública.

¿Qué debemos esperar ahora? Todo indica que la volatilidad cambiaria continuará por un rato, aunque posiblemente acotado por las acciones de la Comisión de Cambios y eventualmente del Banco de México. Es muy probable ver en algunos meses que el tipo de cambio regrese parcialmente, ya que se normalice la política monetaria de la Reserva Federal. Si bien, la inflación podrá terminar el año alrededor de 3 por ciento, podemos esperar un aumento, quizás hacia 4 por ciento el año entrante, pero no mucho más que eso. La actividad económica, que ahora crece ligeramente por arriba de 2 por ciento, quedará sin dinamismo en el corto plazo, pero no se desplomará.

¿Hay Confianza?

Agosto 4th, 2011 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico - (0 Comments)

El INEGI dio a conocer hoy (jueves 4 de agosto) el índice de confianza del consumidor para julio.  Los datos revelan un incremento de 8.1 puntos respecto al mismo mes del año anterior y 2.5 respecto al mes anterior.  Obviamente cualquier mejoría debe interpretarse como algo positivo.  Pero, ¿cómo debemos interpretar estos datos?  ¿Qué significan?  ¿Hay o no confianza?

El indicador de confianza es un índice de difusión tradicional, que se construye mediante cinco respuestas cualitativas a igual número de preguntas sobre algunas percepciones del consumidor.  Le preguntan a los encuestados cómo ven la situación económica de sus hogares respecto a la que existía hace doce meses y cómo creen que estará dentro de un año.  Se hacen las mismas preguntas pero sobre la situación económica del país y finalmente, sobre las posibilidades en el momento (comparada con las de hace un año) para realizar compras de bienes duraderos, como muebles, televisor, o lavadora.  Cada pregunta tiene cinco posibles respuestas que van desde lo más pesimista a lo más optimista.

Primero, se calcula un tipo de promedio ponderado de cada pregunta (llamado subíndice) con una ponderación de 0 para las respuestas más pesimistas, de 0.25 para las pesimistas, 0.5 para las de en medio, 0.75 para las optimistas y 1.0 para las más optimistas.  De esta forma si el 100 por ciento de los encuestados responden que está “mucho peor”, el subíndice tomaría un valor de 0, mientras que si todos contestan “mucho mejor” el subíndice arrojaría un valor de 100.  Resulta natural que el umbral entre el pesimismo y el optimismo sea 50 puntos.  De esta forma es muy fácil la lectura del número, ya que nos ubica perfectamente bien en una escala de 0 a 100 con un umbral de referencia.  Finalmente, el índice total es el promedio simple de los cinco subíndices.

Este tipo de índices son sumamente prácticos y de fácil interpretación.  Su construcción es sencilla y rápida, por lo que típicamente son de los indicadores más oportunos que existen.  El problema empieza con la práctica sumamente controversial de igualar un mes arbitrario a 100 (en este caso se escogió enero de 2003).  Esto quita la referencia a una escala mediante la cual se puede interpretar el número y únicamente nos deja con un patrón a través del tiempo que no nos permite saber si existe o no confianza.  Por ejemplo, el INEGI dice que la confianza en julio fue 95.5 puntos.  Pero ¿qué nos dice el dato?  No sabemos si la cifra está por arriba o por debajo del umbral, por lo que no podemos decir nada respecto al nivel actual de confianza.  Únicamente nos dejan con la opción de comparar el nivel (sea cual sea) con el pasado, siempre con referencia a enero de 2003, cuando fue 100.

Para entender bien el problema, imagínense que los resultados de una encuesta de intención de votos nos lo dieran a conocer con un valor para todos los candidatos de 100 para el mes de enero de 2007.  Las cifras que nos proporcionan nos dejan ver cómo han mejorado o empeorado respecto al pasado, pero nunca nos dice quien va a ganar.  Aquí la referencia de 50 puntos es el umbral que uno necesita para ganar con mayoría, pero no podemos saber donde se ubica cada candidato en un momento dado.  Cuando uno ve estas encuestas es interesante ver cómo cambian las preferencias en el tiempo, pero lo más interesante y por mucho, es el porcentaje de votos de cada candidato en un momento dado.  Por lo mismo, sería absurdo igualar un mes a 100.

Para que los datos de la Encuesta Sobre la Confianza del Consumidor (ESCO) hagan sentido y nos digan sí existe confianza o no en un momento dado, le tenemos que quitar el candado de que enero de 2003 sea 100 y más bien, saber cuál es el valor que resulta de calcular el promedio ponderado de las respuestas en una escala de 0 a 100.  Si hacemos esto, resulta que el valor real del índice en enero de 2003 fue 40.88.  Mediante una simple regla de tres podemos calcular el valor para julio de 2011 (y cualquier mes de la serie), que nos da 39.75.  Esto dato tiene un sentido interpretativo directo: al ubicarse significativamente por debajo del umbral de 50, nos dice que a pesar de haberse mejorado un poco, en promedio los consumidores todavía tienen una percepción pesimista de la situación económica.

Resulta interesante ver que el mayor pesimismo existe en torno a las posibilidades de comprar algún bien duradero (20.09), mientras que el mayor optimismo radica en la situación esperada para los miembros del hogar (53.82).  Existe pesimismo en la situación actual del hogar (44.47) y en la del país (34.48), pero en ambos casos el consumidor tiene una percepción menos pesimista hacia el futuro.  En especial, destaca la diferencia entre la situación actual del país (34.48) versus la situación esperada dentro de un año (45.90).  Aunque no alcanza a rebasar el umbral de 50, significa que la gente ve con mejores ojos el futuro.

La encuesta realmente tiene mucho elementos muy interesantes y relevadores.  En sí se realizan 15 preguntas, pero únicamente dan a conocer los resultados de cinco.  Las otras preguntas son sobre cómo ven las condiciones económicas en el futuro para ahorrar, para salir de vacaciones, para comprar un automóvil y para comprar, construir o remodelar una casa.  Resulta que el mayor pesimismo radica en los planes de comprar un automóvil nuevo o usado en los próximos dos años.  El promedio ponderado de este subíndice es menor a 10 puntos, lo que explica por qué las ventas internas de automóviles en el país han sido tan bajas.  Resulta interesante que las posibilidades de ahorrar alguna parte de sus ingresos en este momento únicamente alcanza 22.69 puntos, pero cuando se pregunta sobre las condiciones futuras para ahorrar, sube a 47.82.

En general, el mexicano es relativamente pesimista.  El valor real del índice de confianza siempre se ha ubicado por debajo del umbral de 50 puntos.  Lo más cercano fue un valor de 47.69 en agosto de 2001, que es interesante ya que la economía se encontraba en medio de una recesión (aunque ligera) en ese momento.  El momento de mayor pesimismo fue en octubre de 2009 cuando se alcanzó un valor de 32.61.  Desde entonces, hemos observado una tendencia al alza por 21 meses consecutivos que ya nos coloca por encima de los niveles mínimos que tenía el índice antes de la crisis de 2008-2009.  No obstante, todavía necesitamos mejorar mucho más nuestra percepción para alcanzar los niveles promedios que existieron antes.

Si en general no existe todavía mucho optimismo ¿cómo explicamos la tendencia alcista en las ventas al por menor de los establecimientos comerciales, o el hecho de que el nivel de la actividad económica ya registró un nuevo máximo histórico a principios de año?  Debemos recordar que la encuesta le pregunta por igual a todos los consumidores sin considerar su nivel socioeconómica.  Queda claro que una persona con ingresos que lo ubican en la clase media alta o alta, tiene mucho más poder adquisitivo que otra cuyos ingresos la ubican en la clase media baja o baja.  Sería interesante que los resultados de la encuesta los pudieran ponderar por nivel de ingresos.