Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
Header

El Observatorio Económico de México

Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco

La Tasa de Desempleo en México

                                                                                                              Por Jonathan Heath

La tasa de desempleo siempre ha sido uno de los indicadores macroeconómicos más importantes en la mayoría de los países. Sin embargo, por razones complejas nunca ha gozado de una aceptación generalizada en México. Por ejemplo, el Banco de México prácticamente lo ignora, dado que casi nunca lo menciona en sus reportes trimestrales y es ausente en sus anuncios de política monetaria. Existe la percepción de que los números no son muy confiables, se construyen mediante metodologías dudosas y que son manipulados por el gobierno para esconder una realidad difícil.

La Tasa de Desempleo Urbano de México

 

Las dificultades empezaron con los primeros esfuerzos para medir el desempleo en 1972 con la Encuesta Nacional en Hogares (ENH), que fue reemplazada rápidamente por la Encuesta Continua de Mano de Obra (ECMO) con modificaciones metodológicas y cobertura distinta. Esta a su vez fue sustituida por la Encuesta Continua sobre Ocupación (ECSO) y en 1983, por la Encuesta Nacional de Empleo Urbano (ENEU).  Finalmente, en 2005 el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) introdujo de nuevo otra, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). Todos estos esfuerzos son incompatibles unos con los otros, por lo que no contamos con una serie de tiempo larga. Al final, después de más de 40 años tratando de medir el desempleo, solo tenemos series comparables para los últimos nueve años (y reconstruida desde noviembre 1996) y aun así, es un esfuerzo ignorado por muchos.

El problema más grande es que la tasa promedio de todos los estudios resulta ser una de las más bajas del mundo, algo que intuitivamente no corresponde con nuestro estado de desarrollo o con la tasa tan baja de crecimiento económico que ha tenido el país a lo largo de las últimas tres décadas. Este hecho ha llamado la atención fuera de México, motivando muchos cuestionamientos y estudios que han buscado averiguar si obedece a peculiaridades estructurales del mercado laboral mexicano, el uso inadecuado de las recomendaciones y estándares internacionales o de problemas de medición.

Tasas de Desempleo de México y Estados Unidos

 

 

En un principio se pensaba que la definición que utiliza el INEGI era muy estrecha, ya que considera a una persona empleada con una hora de trabajo a la semana.  Sin embargo, esta definición no es del INEGI, sino la recomendada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las Naciones Unidas (ONU), el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), según la XIII Conferencia Internacional de Estadísticos de Trabajo (CIET) de 1982. De hecho, el INEGI cumple con todas las recomendaciones y estándares generales internacionales de estadísticas laborales. Por lo mismo, las diferencias tienen que involucrar cuestiones más sutiles.

Uno de los estudios más conocidos fue elaborado por Susan Fleck y Constance Sorrentino, del Buró de Estadísticas Laborales (Bureau of Labor Statistics) de Estados Unidos en 1994. Esta investigación encontró una lista de diferencias menores con las encuestas de nuestro país vecino en torno a las maneras de plantear ciertas preguntas y el tratamiento de ciertas circunstancias. Por ejemplo, los trabajadores ausentes y las personas que estaban por iniciar un trabajo, se clasificaban como empleados en México pero no así en Estados Unidos. El estudio encontró que si todas las diferencias se corrigieran en las encuestas mexicanas, la tasa de desempleo promedio aumentaría por casi un punto y medio porcentual. No obstante, aun así México registraría una tasa de desempleo más baja que la mayoría de los países de la OCDE y de muchas economías emergentes.

En general, México ha tratado de seguir los estándares y recomendaciones internacionales, aunque no siempre los han adoptado con rapidez. Por ejemplo, el diseño de la ENOE, que arrancó en 2005, eliminó casi todas las diferencias señaladas por Fleck y Sorrentino nueve años antes e incorporó muchas recomendaciones realizadas por la OCDE y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Tal como se anticipaba, la tasa de desempleo urbano aumentó en promedio cerca de 1.5 puntos porcentuales. Sin embargo, el INEGI decidió incorporar a las comunidades rurales (que consiste principalmente de familias que se dedican al autoconsumo y que realmente no participan en el mercado laboral) para construir una tasa “nacional” que reemplazara la tasa urbana. El resultado fue que la nueva tasa nacional promediaba más o menos lo mismo que la tasa urbana anterior, por lo que la mayoría de los analistas no se percataron de las mejorías. A pesar de todos los esfuerzos por mejorar la encuesta y publicar una tasa de desempleo más creíble, a la fecha sigue ignorado por muchos analistas.

Otra desilusión fue que a pesar de que la ENOE incorporó en 2005 todas las preguntas pertinentes para reportar la nueva tasa de informalidad laboral que fue recomendado en la decimoséptima Conferencia Internacional de Estadísticos Laborales en 2003, el INEGI tardó casi diez años para darla a conocer en México. En teoría, el INEGI obtuvo su autonomía del gobierno en 2008 para evitar manipulaciones políticas y ganar más confianza y credibilidad en sus estadísticas. Sin embargo, fue notorio que la administración anterior había impedido la publicación de esta tasa embarazosa (que señala que cerca del 60 por ciento de todos los trabajos a nivel nacional son informales), cuando el INEGI la dio a conocer a los pocos días de haber concluido el sexenio.

Tasa de Desempleo Nacional versus Urbano

 

 

A pesar de todo, la mayoría de los estudios serios señalan que la razón principal por la cual la tasa de desempleo en México es tan baja es por las características estructurales del mercado laboral, más que por diferencias metodológicas o fallas en las encuestas. Por ejemplo, mientras que en Estados Unidos hay una clara correlación negativa entre el nivel educativo y la tasa de desempleo (entre mayor es el nivel educativo, más bajo es la tasa de desempleo), en México esta correlación es positiva. El segmento de la población mexicana con la tasa de desempleo más baja es la que no tiene terminada la educación primaria y que se asocia con los sectores más pobres de la economía. Las razones principales son dos: 1) una parte importante de la población sin educación primaria completa radica en comunidades rurales, viven del autoconsumo y no se consideran desempleados; 2) el segmento más pobre de la población no pueden darse el “lujo” de estar sin empleo, por lo que están dispuestos a aceptar cualquier tipo de trabajo, sin importar el pago. Entre mayor sea el nivel educativo, la gente tiene mayores aspiraciones, lo que los lleva a durar más tiempo buscando un trabajo adecuado a su “estatus” en la sociedad. También, los niveles educativos más altos están correlacionados con niveles de riqueza más elevados, lo que permite gastar más tiempo en la búsqueda de trabajo. Al final de cuentas, el desempleo se determina más por el lado de la oferta que por el lado de la demanda.

La misma característica estructural aparece en otras formas de ver los datos. Por ejemplo, los niveles de desempleo más bajos se ubican en los estados más pobres, con más comunidades rurales, menos industrializados y mayores niveles de informalidad.  Lo mismo se puede observar por tamaño de ciudad: entre más grande la ciudad, más elevado es la tasa de desempleo. En general, se observa que los estados con más ciudades grandes, mayor ponderación manufacturera y mayores niveles de educación, son los que están asociados con mayores tasas de desempleo. En todos los casos, las correlaciones son significativas.

Dos características adicionales ayudan a explicar las tasas de desempleo relativamente bajas en México. No existen mecanismos de seguros de desempleo o redes de seguridad que proveen ingresos a los buscadores de empleo. Esto implica un mayor incentivo para recortar el tiempo de búsqueda y aceptar cualquier tipo de trabajo, aunque pague menos de lo que la persona que buscaba esperaba. En general, estudios laborales muestran que los mecanismos de pago al desempleo crean incentivos perversos para incrementar el desempleo, dado que al percibir dinero en lo que una persona busca trabajo, reduce la urgencia de encontrarlo rápidamente.

Hasta aquí hemos visto varios factores estructurales que explican las diferencias entre economías desarrolladas y emergentes, pero aun no queda claro por qué es más baja la tasa de desempleo en México en comparación a la mayoría de los demás países latinoamericanos. Hasta hace pocos años, los flujos de inmigración netos entre México y Estados Unidos han sido muy elevados, promediando más de medio millón de personas al año. Esto provee a México una válvula de escape muy importante del desempleo en el país, al transferir la presión laboral de México hacia el exterior. La proximidad a los Estados Unidos y los flujos elevados de inmigración, diferencian a México de sus vecinos al sur.

El fórum internacional más importante para formular definiciones, recomendaciones y estándares en materia de indicadores laborales son las Conferencias Internacionales de Estadísticos de Trabajo (CIET), organizado por la OIT y llevado a cabo cada cinco años. Algunos de estas conferencias han sido verdaderamente históricos al establecer definiciones esenciales, proponer referencias y proveer guías consensuadas. Por ejemplo, en 1982, la XIII CIET estableció la definición estándar internacional de desempleo que se utiliza al día de hoy, que incluye el criterio de trabajar una hora a la semana para delimitar el empleo del desempleo y la condición de tener que estar buscando “activamente” un trabajo. En 1993, la XV CIET formuló la definición del sector informal, mientras que en 2003 la XVII CIET acordó la metodología para calcular la tasa de informalidad laboral.

En 2008 la CIET decidió examinar a fondo la relevancia y bases conceptuales de las estadísticas laborales. Estos esfuerzos culminaron en la XIX CIET, en octubre de 2013 en Ginebra, Suiza. De estas dos conferencias salieron las recomendaciones más relevantes e históricamente significativas de los últimos 30 años. Se trabajó en definir mejor las diferentes formas de trabajo y la relación con el Sistema de Cuentas Nacionales. En especial, algunos de los cambios sugeridos son en especial muy relevantes para México. De implementarse, la tasa de desempleo de México podría aumentar entre uno y uno y medio punto porcentual. Las resoluciones incluyen subconjuntos más claras y definidas de actividades laborales, conocidos como formas de trabajo, clasificaciones novedosas de la población en términos del estatus de la fuerza laboral y formas principales de trabajo y medidas de subutilización laboral.

Específicamente, el cambio más importante será el de excluir la producción de subsistencia (autoconsumo) del empleo, es decir, individuos que trabajan en sus propias unidades económicas para producir bienes para el consumo exclusivo de sus hogares o familias, no se considerarán parte de las estadísticas laborales. Esto significa que la mayor parte de la población rural dejará de contabilizarse como parte de la fuerza laboral. El resultado será que los estados más pobres (como Chiapas, Guerrero y Oaxaca) verán una revisión significativa al alza en sus tasas de desempleo, mientras que los estados más desarrollados (como Nuevo León y Baja California) verán cambios apenas marginales. Al final de cuentas, deberemos ver una tasa de desempleo más creíble y realista.

Otro cambio importante, que afectará a la mayoría de los países, es la introducción del concepto de “fuerza de trabajo potencial”. Esta categoría no solo incluye a los desempleados que activamente buscan trabajo, sino también a los desalentados, que han dejado de buscar trabajo en forma activa, pero están dispuestos a trabajar. En otras palabras, las personas que dejan de buscar trabajo ante la frustración de no encontrar una oportunidad, dejan de forma parte de la fuerza laboral para convertirse en parte de la población económicamente inactiva, pero ahora con la nueva definición seguirán formando parte de la fuerza laboral potencial. Esta nueva categoría abre la puerta a nuevas y más amplias definiciones de desempleo, que a su vez deberán apoyar a gobiernos en su formulación de políticas públicas.

¿Qué falta hacer en México para obtener mejores estadísticas de la naturaleza y tamaño de la fuerza laboral? Primero, el INEGI debe incorporar relativamente rápido las nuevas recomendaciones sin permitir la interferencia política que pudieran aplazar las modificaciones. Esto ayudará a mejorar la confianza y credibilidad en las capacidades e independencia del INEGI. Segundo, los cambios no deberán introducir de nuevo alguna discontinuidad en las series existentes, que terminan por entorpecer las comparaciones de datos en los diferentes estudios. Este ha sido uno de los problemas mayores del INEGI, a lo cual no ha encontrado una solución eficaz. Tercero, la tasa de desempleo deberá aumentar por lo menos un punto porcentual en promedio para ganar la muy necesitada credibilidad en sus estadísticas. Cuarto, los medios deberán aprender rápidamente cómo entender y reportar los nuevos indicadores laborales correctamente, algo que ha siempre ha faltado. Esto requiere un esfuerzo mayor del INEGI y otras instituciones relevantes (incluyendo la academia) para extender y mejorar la cultura económica y estadística entre la población. Finalmente, instituciones (en especial el Banco Central) debe empezar a utilizar la tasa de desempleo como un indicador económico y social serio, en vez de concentrar su atención en indicadores menos incluyentes (como los registros del Seguro Social).

The Center for Hemispheric Policy received financial support for this publication from the Bureau of Educational and Cultural Affairs of the United States Department of State.

 “Unemployment in Mexico Revisited”

 by

Jonathan Heath

Visiting Professor

Universidad Autónoma Metropolitana

Mexico City, Mexico

March 26, 2014

__________________

 The unemployment rate has always been one of the more important macroeconomic indicators in most countries. For complex reasons, however, it has never gained much acceptance in Mexico. Even the Central Bank ignores it, as it is hardly mentioned in its quarterly reports, and is absent from its monetary-policy announcements. A general perception exists that the numbers are not very reliable, are constructed with doubtful methodologies and are even manipulated by the government in order to hide a much more painful reality.

Difficulties started with the first efforts to measure unemployment in 1972 with the Encuesta Nacional en Hogares (ENH), which was quickly replaced, together with different coverage and methodological changes, by the Encuesta Contínua de Mano de Obra (ECMO).This was followed by the Encuesta Continua sobre Ocupación (ECSO) and, in 1983, by the Encuesta Nacional de Empleo Urbano (ENEU). Finally, in 2005, the National Statistics Institute (INEGI) introduced still another survey, the Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). All of these surveys are incompatible with each other, therefore, no long-term data series exist. The end result is that after more than 40 years of trying to measure the unemployment rate, Mexico can only offer a comparable data series for the last nine years, but even this effort is mostly ignored.

The biggest problem, however, is that the average unemployment rate from these studies was one of the lowest in the world, something that intuitively does not correspond to the level of development nor with the very low rate of economic growth that Mexico has experienced over the past three decades. This fact received much attention outside of Mexico, causing multiple inquiries and studies aimed at finding out whether it was a result of structural peculiarities of the Mexican labor market, an inadequate use of international standards and recommendations, or measurement problems.

One of the more well-known studies was conducted by Susan Fleck and Constance Sorrentino of the Bureau of Labor Statistics in 1994. This study found a list of minor differences with U.S. surveys regarding the phrasing of questions and the analysis of certain circumstances. For example, workers’ temporary absences, as well as people about to start work, were classified as employed in Mexico and as unemployed in the United States. The study found, however, that if all the differences were corrected in the Mexican surveys, the country’s average unemployment rate would increase by almost 150 basis points or 1.5%, which would still place the Mexican unemployment rate far below that of most OECD countries and many emerging economies.

In general, Mexico has tried to follow international standards and recommendations, although not always with the desired speed. For example, when the ENOE was introduced in 2005, INEGI eliminated almost all of the differences pointed out by Fleck and Sorrentino and incorporated many recommendations made by the OECD and the International Labor Organization (ILO). As predicted, the urban unemployment rate increased on average by almost 1.5%.

Unfortunately, INEGI decided to include rural communities (which mostly are composed of self-sufficient families that do not really participate in labor markets) in the survey in order to have a “national” unemployment rate instead of just an urban one. The result was that the new national rate averaged about the same as the old urban rate and very few people were aware of the changes. In spite of all the concerted efforts to improve the survey and publish a much more believable unemployment rate, it continues to be ignored by most analysts.

The other disappointment was that although the new survey incorporated all pertinent questions in order to report the new “labor informality rate,” as was recommended by the 17th International Conference of Labor Statisticians in 2003, INEGI waited almost ten years before disclosing that rate to the public. In theory, INEGI was granted autonomy from the government in 2008 in order to avoid political manipulation and to gain more credibility and confidence in its statistics. However, it became obvious that the previous administration, (which left office on November 30, 2012) had been blocking the publication of this embarrassing statistic (which reveals that about 60% of all occupations in Mexico are considered informal). This figure was made public just days after the current administration took power on December 1, 2012.

Nevertheless, most serious studies actually show that the main reason why Mexico’s unemployment rate is so low is due more to structural characteristics of the labor market rather than to methodological differences or survey flaws. For example, while in the United States there is a clear negative correlation between education and unemployment (the higher the educational level, the lower the unemployment rate), in Mexico the correlation is actually positive. The population segment with the lowest unemployment rate is the one that has “no primary education” and is associated with the poorest sectors of the economy. The two main reasons for this phenomenon are: 1) a large part of this segment lives in rural communities and is self-sufficient and therefore is not considered unemployed; and, 2) the poorest part of the population cannot “afford” to be unemployed and therefore will accept any type of work, no matter how little it pays. The higher the level of education, the more aspirational a person becomes, meaning that he or she is willing to spend more time unemployed while looking for a job regarded as more fitting of his or her status in society. Also, higher educational levels are correlated with higher wealth levels, which provide better opportunities for a prolonged job search. This means that unemployment among Mexico’s more educated job seekers is determined more by the supply-side than the demand-side of the equation.

This same structural characteristic appears in other ways when looking at the data. For example, the lowest levels of unemployment are found in the poorer states that have larger rural communities, are far less industrialized and have much higher informality rates. The same goes for city size: the larger the city, the higher the unemployment rate. In general, states with larger cities, larger manufacturing bases and higher educational levels are associated with higher unemployment levels. In all cases, the correlation rates are very significant.

Two additional characteristics help us to understand the relatively lower unemployment levels in Mexico. There are no unemployment-insurance mechanisms or safety nets that provide income for those seeking a job. This implies a strong incentive to lower the search time and accept any type of job, even if it pays less than the person looking for a job expected. In general, studies show that insurance mechanisms provide a perverse incentive for lengthening unemployment since the money received while unemployed reduces the urgency of finding employment quickly.

While the previous factors explain differences between advanced and emerging economies, they do not provide much explanation of why unemployment in Mexico is lower than in other Latin American countries. Until recently, net migration flows to the United States have been very high, averaging somewhere around half-a-million people per year. This provides an important escape valve from unemployment within the country, transferring labor pressure from the inside to the outside of Mexico. Mexico’s proximity to the United States and its high out-migration flows, however, clearly differentiate Mexico from its southern neighbors.

The most important international forum for formulating definitions, recommendations and standards relating to labor is the International Conferences of Labor Statisticians (ICLS), organized by the International Labor Organization (ILO) and held every five years. Some of these conferences have been truly historic in establishing major definitions, setting important benchmarks and providing consensus guidelines. For example, in 1982, the thirteenth ICLS established the international standard definition of unemployment still used today, in terms of priority rules, such as the one-hour criterion for delimiting unemployment from employment and the criterion of active job searching. In 1993, the fifteenth ICLS formulated the definition of the informal sector, and in 2003, the seventeenth ICLS created the method for determining the labor-informality rate.

In 2008, the ICLS decided to revisit the relevance and conceptual basis of labor statistics. This led to the resolutions taken at the nineteenth ICLS, held in October 2013. These two meetings are now seen as the most relevant and historically-significant in terms of recommendations made over the past 30 years and the changes that were initiated. Some of the suggested changes are especially relevant for Mexico. If implemented, the Mexican open-unemployment rate will probably increase by an average of at least 100 or 120 (1 or 1.2%) basis points. The resolutions include clearer and more distinct subsets of labor activities, referred to as forms of work, related classifications of the population in terms of labor-force status and main forms of work, and measures of labor underutilization.

Specifically, the most important change will be to exclude subsistence production (own-use production work) from employment numbers. Therefore, individuals who work in their own economic units to produce goods intended solely to be consumed by their household or family will not be considered in employment statistics. This means that most of Mexico’s rural population will no longer be considered part of the labor force. This will bring significant upward revisions in unemployment rates in the poorer states (like Chiapas, Guerrero and Oaxaca), while producing very little change in more modern states (like Nuevo Leon and Baja California). The end result should be a much more accurate unemployment rate.

Another important change, which should affect most countries, is the introduction of the concept of the “potential work force.” This term will not only include unemployed people who are actively looking for work, but will also include discouraged people who have left the traditional work force, but are willing to work. In other words, persons who have given up searching for a job will be part of the “potential work force” group, unlike the current situation, where they are classified as having dropped out of the labor force and therefore are not counted as “unemployed.”  The expanded “potential work-force” category therefore opens the door to new and broader unemployment definitions, which should also help governments shape better public policies.

What remains to be done in Mexico to get an accurate view of the nature and size of the labor force? First, INEGI must act relatively quickly to introduce the newly-adopted recommendations without allowing political pressures to delay them. This would help improve confidence in INEGI’s capabilities and independence.  Second, the changes must not cause lack of continuity in existing labor-time series, which would make it impossible to compare data across different studies, a recurring problem that INEGI has not learned to deal with effectively. Third, the average traditional, open-unemployment rate must increase by a substantial amount (at least a full percentage point) in order to achieve the much-needed credibility in Mexico’s unemployment rate. Fourth, the media must learn quickly how to understand and report the new labor statistics correctly, something that has been seriously lacking until now. This requires an all-out effort by INEGI and other relevant institutions (including academia) to increase economic and statistical skills among the general population. Finally, institutions (especially the Central Bank) should start using the unemployment rate as a serious economic and social indicator, instead of concentrating on less-inclusive indicators (such as social security employment registration) in assessing Mexico’s economic health and state of development.

 

Jonathan Heath is an economist with 30 years experience analyzing the Mexican economy for  global financial institutions and think tanks.  He has taught at Universidad Panamericana, Tecnológico de Monterrey, Universidad Anáhuac, Universidad de las Américas and Universidad Iberoamericana. Mr. Heath has had more than one thousand articles published in over 60 newspapers and magazines in Mexico and abroad.  He is the author of five books,

 

The Center for Hemispheric Policy received financial support for this publication from the Bureau of Educational and Cultural Affairs of the United States Department of State.

All statements of fact or expression of opinion contained in this publication are the responsibility of the author.

 

 

De toda la familia de indicadores macroeconómicos de coyuntura, en la mayoría de los países la tasa de desempleo es de los más importantes. Pero por un conjunto de factores medio complejos, los datos de desempleo no han logrado una aceptación generalizada entre los analistas en México. Existe la percepción de que no son muy confiables y de que se construyen con metodologías dudosas y manipuladas por el gobierno para encubrir un problema mucho más severo.

Parte del problema es que desde que se realizaron los primeros esfuerzos para medir el desempleo en el país en 1972 mediante la Encuesta Nacional en Hogares (ENH), se han introducido nuevas encuestas con metodologías diferentes como la Encuesta Continua de Mano de Obra (ECMO), la Encuesta Continua sobre Ocupación (ECSO), la Encuesta Nacional de Empleo Urbano (ENEU) y la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). El resultado ha sido que 40 años después, contamos con una historia muy corta de estadísticas homogéneas (desde 2005).

La incógnita principal es que la tasa de desempleo de México resulta una de las más bajas del mundo, algo que intuitivamente no corresponde a nuestro grado de desarrollo y con el poco crecimiento económico que hemos tenido en las últimas décadas. Esta duda central ha despertado interés fuera de México, donde se han realizado múltiples estudios para tratar de determinar si son razones estructurales del propio mercado laboral, si no se aplica adecuadamente las recomendaciones metodológicas internacionales o si existen fallas de medición.

Uno de los estudios más conocidos fue elaborado hace 20 años por el Bureau of Labor Statistics (BLS) de Estados Unidos, que encontró una lista de diferencias pequeñas en la manera de realizar algunas de las preguntas y en cómo se consideraban ciertas situaciones. Por ejemplo, se empleaban criterios distintos para clasificar a los iniciadores de trabajo y a los ausentes temporales. Sin embargo, la investigación concluye que si se aplicaran los mismos criterios que en Estados Unidos, la tasa de desempleo en México aumentaría alrededor de 1.5 puntos porcentuales, lo cual lo seguiría ubicando muy por debajo de casi todos los países de la OCDE y de otros países emergentes.

México siempre ha tratado de incorporar todas las recomendaciones internacionales, aunque no siempre con la rapidez deseada. Por ejemplo, con la introducción de la ENOE en 2005, el INEGI incorporó casi todas las recomendaciones pendientes de la OCDE y la OIT, junto con las críticas vertidas en el estudio del BLS diez años antes. No obstante, se ha encontrado que la razón principal por la cual tenemos una tasa de desempleo relativamente baja radica en las características estructurales del mercado laboral, más que en diferencias metodológicas.

El marco internacional más importante de las encuestas y cifras laborales son las Conferencias Internacionales de Estadísticas del Trabajo, que se llevan a cabo cada cinco años, constituido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En estas reuniones se establecen básicamente todas las recomendaciones, estándares, definiciones y conceptos en torno al estudio sistemático de los mercados laborales. Como suele suceder, algunas de esas conferencias destacan más que otras, por marcar pautas fundamentales en la manera en que medimos el trabajo. Por ejemplo, en la XV Conferencia de 1993 se estableció la definición internacional del sector informal, mientras que en la XVII Conferencia de 2003 se introdujo la tasa de informalidad laboral (que el INEGI finalmente adoptó a finales de 2012).

En octubre de 2013 se llevó a cabo la XIX Conferencia en Ginebra, Suiza, con la participación de 106 países y 31 representantes de organizaciones internacionales. Las resoluciones adoptadas en esta ocasión pudieran resultar ser los más importantes de los últimos 30 años. La motivación principal para revisar el marco conceptual es el tratar de evitar los malentendidos que se han presentado, no sólo en México, sino también en muchos países en desarrollo.

De entrada, el concepto de trabajo se va ampliar para reconocer modalidades de trabajo como los quehaceres del hogar y el trabajo voluntario, con clasificaciones nuevas en función de la intención y orientación de las actividades. Se va introducir el concepto de fuerza de trabajo ampliada, que suma la fuerza potencial a la población en la fuerza de trabajo. Hay que estar pendiente de cómo y cuándo responde el INEGI a estas nuevas modalidades, pues no solo son importantes sino cruciales para entender el ámbito laboral.

Hace unas semanas abordé el tema del desempleo con la observación central de que una tasa de alrededor de 2% de crecimiento del PIB en Estados Unidos es suficiente para reducir (aunque lentamente) su tasa de desempleo, mientras que en México una tasa de crecimiento al doble es insuficiente. La tasa de desempleo de abril, que se dio a conocer la semana pasada, confirma lo dicho: las tendencias tanto de la tasa nacional como la urbana mantienen su ritmo lateral.

Desde hace mucho tiempo he argumentado que se debe considerar las tasas de desempleo urbano y rural por separado, dado que obedecen a estructuras diferentes y requieren políticas públicas distintas. El INEGI me aclaró que la recomendación de la OCDE es construir una tasa nacional, que es la base de comparación de todos sus países miembros. Visto bien, tiene una lógica importante que tiene que ver con la consistencia con el PIB y las cuentas nacionales. Ya había mencionado que dado que el PIB es un concepto que se construye mediante el valor agregado, una persona que trabaja aunque sea una hora a la semana contribuye a este valor y por lo tanto debe considerarse como empleado. En el mismo sentido, dado que el PIB abarca las actividades primarias, los conceptos de empleo y desempleo deben considerar todos los ámbitos.

Aun así es importante considerar las tasas urbanas y rurales por separado, ya que ayuda a entender la estructura laboral del país. Existe una correlación muy elevada entre el tamaño de la ciudad y la tasa de desempleo.  Por ejemplo, el INEGI reportó que la tasa nacional de desempleo en el primer trimestre de este año fue 4.9%. Si lo descomponemos por tamaño de ciudad, resulta que la tasa de las áreas más urbanizadas (ciudades de más de 100 mil habitantes) es de 5.7%, mientras que la de áreas urbano medio es de 5.0%, de urbano bajo de 4.1% y de comunidades rurales (poblaciones menores a 2,500 personas) es de 3.3%. Otra característica es que entre más grande sea la ciudad, la tasa de desempleo tiene mayor volatilidad.

En sí, las tasas de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) no se ponderan, ya que cada vivienda en la muestra tiene su propio factor de expansión o ponderador. No obstante, existe una ponderación ex-post implícita que se puede obtener al dividir la población desempleada por la PEA de cada grupo. Para el primer trimestre de 2013, resulta que las áreas más urbanizadas representan 51.3% del total, mientras que el urbano medio es 15.1%, urbano bajo 13.7% y las comunidades rurales 19.9%. En sí, la tasa nacional resulta menor, porque se incorpora una tasa muy baja y estable de las comunidades rurales, que representan alrededor del 20% del total.

Básicamente lo mismo resulta si agrupamos los estados por nivel de desarrollo. Los más avanzados, que contribuyen más al PIB nacional, son los que tienen las tasas de desempleo más elevadas, mientras que los estados más pobres muestran casi siempre tasas mucho más pequeñas. Esto nos lleva a subrayar una diferencia primordial: no es lo mismo los problemas de desempleo que los de pobreza e desigualdad.

Existen muchos mitos y malentendidos sobre el desempleo en México. Uno resulta de rebautizar el desempleo como “desocupación”, término que no parece existir en algún lugar fuera del INEGI. Me imagino que algún funcionario (no economista) confundía el empleo como una situación particular o un subconjunto de la “ocupación”, en que existe una relación laboral con una instancia superior a la que le rinde cuentas. Sin embargo, esta confusión no existe en ningún otro lugar. Por ejemplo, en Estados Unidos el desempleo es “unemployment” y no existe el concepto de “unoccupied rate”. Hace poco tuve la oportunidad de asistir a una presentación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y nunca hubo referencia a una tasa de desocupación. Al preguntar sobre la distinción, el funcionario no tuvo respuesta y dijo que no sabía por qué el INEGI acuñaba su propia terminología.

El uso de jerga distinta a la de los economistas ha creado más confusión que aclaración. Por ejemplo, una persona me decía que la tasa es muy baja en México porque el INEGI mide la desocupación en vez del desempleo como en el resto del mundo. Le tuve que explicar que realmente no era cierto, ya que la desocupación del INEGI tiene la misma definición que el desempleo en el resto del mundo, es decir, una persona que no tiene trabajo (situación) y que lo busca en forma activa (comportamiento). El INEGI tiene cuidado en no utilizar la palabra “desempleo” en sus tablas; pone el término “trabajador subordinado”. Aun así, crea confusión.