Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Hasta ahora, el consumo de los hogares ha sido el único componente del PIB por el lado del gasto que crece relativamente bien. En 2016 el PIB creció 2.1 por ciento (corregido por efectos de calendario), medio punto porcentual menos que el año anterior. Mientras que el consumo mejoró al crecer 2.5 por ciento (comparado con 2.2 por ciento en 2015), se desaceleró el consumo de gobierno (1.1 por ciento versus 2.4 por ciento en 2015), la inversión privada (2.2 por ciento comparado con 8.1 por ciento del año anterior) y las exportaciones (1.2 por ciento contra 10.4 por ciento hace un año). La inversión pública se desplomó -9.5 por ciento para hilar siete años consecutivos con tasas negativas. No tendremos las cifras para el primer trimestre de 2017 hasta el mes entrante, pero el comportamiento de consumo será clave para determinar el crecimiento este año.

En principio se anticipa cierta desaceleración ante la pérdida en el poder adquisitivo de las familias como consecuencia del incremento en la inflación. Algunos indicadores, como el ingreso real laboral y las ventas reportadas por ANTAD, ya señalan cambios en esa dirección. Sin embargo, las cifras duras que pudieran colaborar cambios en el consumo están rezagadas, por lo que todavía no podemos confirmar o rechazar esta hipótesis.

Una alternativa es examinar la encuesta que recopila la empresa Kantar WorldPanel sobre el consumo de bienes masivo. Cada semana Kantar visita 8,500 hogares para registrar sus compras y hábitos de consumo. Consideran 75 categorías de consumo masivo y los datos representan los hábitos de 19.2 millones de hogares urbanos en todo México. El panel está diseñado para representar la distribución geográfica y socioeconómica de la población urbana del país. La información es muy oportuna y útil para anticipar el consumo de los hogares, que INEGI reporta con un rezago de tres meses. Lo que Kantar dice es que el dinamismo del consumo se mantiene, aunque muestra una afectación negativa ante el aumento en la inflación. Incluso, Kantar dice que los aumentos en precios son mayores a lo que reporta el INEGI.

En años anteriores, la inflación oficial siempre había estado en línea con la recopilación de precios de Kantar. Sin embargo, desde el año pasado Kantar ha detectado diferencias importantes. Mientras que el INEGI reporta la inflación en 5.8 por ciento, Kantar dice que se ubica en 11.8 por ciento, prácticamente el doble. Peor aún, los más afectados son los niveles socioeconómicos más bajos. Los niveles AB, que tienen más recursos para sortear la escalada de precios, muestran aumentos en precios de 6.7 por ciento. Sin embargo, el nivel C sufre una inflación de 11.4 por ciento y el nivel D de 12.7 por ciento. Pero los de menos recursos, clasificados como D-/E, tienen aumentos de 13.5 por ciento en los precios de los bienes que consumen.

¿Cómo afrontan las familias el aumento en la inflación? Kantar ha encontrado que los hábitos de consumo cambian cuando se percibe una situación de crisis. Por ejemplo, en 2009 Kantar detectó un aumento en la frecuencia a tiendas, pero con tickets menores, es decir, en cada viaje hubo un menor desembolso. El consumidor empiezo a comprar paquetes y tamaños más pequeños, que al final del día costaban más por unidad. Visito menos los establecimientos como supermercados y realizó más compras en tiendas pequeñas, a pesar de que los precios suelen ser menores en las cadenas grandes. También compró más promociones y marcas más baratas y redujo el consumo de bienes prescindibles.

Aunque sí ha aumentado significativamente la inflación, no estamos en tiempos de crisis como en la recesión de 2009. Pero, aun así, 6 de cada 10 hogares admiten que han cambiado sus hábitos de compra en este último año; el 42 por ciento dicen que siguen comprando como siempre. Kantar encontró que 23 por ciento admiten comprar más promociones, 22 por ciento dicen que están comprando marcas más económicas y 13 por ciento realizan compras de menor desembolso. Los productos más prescindibles son los de belleza, ya que son los primeros que sacrifican; alrededor de 7 por ciento de los hogares dicen que están gastando menos en estos productos. No obstante, los supermercados y las tiendas de conveniencia no han perdido compradores. Todos los niveles socioeconómicos están incrementando su gasto en los canales modernos.

El INEGI informó que la inflación de abril fue 0.12 por ciento, como consecuencia de una tasa de 0.27 por ciento en la segunda quincena del mes. Es la inflación mensual más elevada para un abril desde hace ocho años y apenas la segunda tasa positiva en el mismo tiempo. Las inflaciones de abril son típicamente negativas (al igual que mayo) a raíz de la entrada en vigor del esquema de tarifas eléctricas de temporada cálida (subsidios mayores) en varias ciudades del país. Pues a pesar de una tasa negativa de -0.15 por ciento en la primera quincena, la inflación del mes resultó positiva. Esto empujó la tasa de los últimos doce meses, conocida como la tasa anual, a 5.82 por ciento. Pero si tomamos como referencia las últimas 24 quincenas (el índice quincenal), la tasa anual llegó a 6.01 por ciento. Esta es la primera vez que se ha registrado una inflación superior a 6 por ciento desde la primera quincena de mayo de 2009.

En esta ocasión, los precios que más subieron fueron los de las mercancías y los de “otros” servicios (todos los servicios menos educación y vivienda), aunado a aumentos significativos en los de frutas y verduras. Para la segunda quincena se revirtieron un poco los aumentos a principio del mes en los servicios relacionados a las vacaciones de Semana Santa, pero hubo afectación por aumentos en las tarifas autorizadas por el gobierno en materia de transporte. Pero el mensaje principal es que la escalada de precios que empezó a principios de año con el famoso gasolinazo, sigue en pie. El aumento del precio de la gasolina a principios de año simplemente fue la mecha para la escalada de incrementos que hemos visto en estos últimos meses. También influye el hecho de que el tipo de cambio aumentó significativamente en los últimos dos años y que hubo un traspaso pendiente en muchos precios.

Los precios que más han subido son los que pertenecen a la categoría de “no subyacente” (9.25 por ciento), como los energéticos (15.88 por ciento) y las tarifas autorizadas por el gobierno (6.29 por ciento). En este rubro también empieza afectar los precios de fruta y verduras, que a la segunda quincena llevan una tasa anual de 9.43 por ciento. No obstante, los precios subyacentes han aumentado 4.72 por ciento, como resultado de aumentos en mercancías no alimenticias (5.45 por ciento) y alimentos (6.77 por ciento). Lo que ha ayudado a “contener” este rubro son los precios de la vivienda, pero muchos son precios imputados que realmente no ayudan a la restricción presupuestal de las familias. Empresas independientes al gobierno, como Kantar WorldPanel México, que mide los precios de los hogares directamente mediante un panel de casi 9 mil familias, registra una inflación anual en los precios de consumo masivo de las familias en prácticamente lo doble que reporta el INEGI.

En 2008 la inflación terminó el año con una tasa anual de 6.53 por ciento, la más elevada desde 2000 cuando hubo una inflación de 8.96 por ciento. ¿En cuánto terminará la inflación este año? ¿Será la inflación más elevada desde 2008 o desde 2000? La última encuesta quincenal de instituciones financieras que levanta Citibanamex, señala un consenso (mediana) de 5.6 por ciento. La institución más optimista es Santander (5.20 por ciento), mientras que la más pesimista es Scotiabank (6.12 por ciento). Sin embargo, esta encuesta se realizó dos días antes de conocer la tasa de abril, que fue mucho más elevada que lo que esperaban todos. Es casi un hecho que habrá revisiones al alza en las expectativas de prácticamente todas las instituciones. Es posible que ahora muchas instituciones crucen la barrera de 6 por ciento para fin de año.

Ante una inflación mucho mayor a lo anticipado y señales de que la escalada de precios continua, ¿dónde está el Banco de México? La última señal que mandó fue un aumento de tan solo 25 puntos base en su tasa de política monetaria, al parejo con el aumento de la Reserva Federal en Estados Unidos, por estar satisfecho con la trayectoria de la inflación. Mientras, la mayoría de las familias pierden poder adquisitivo y encuentran cada vez más difícil mantener un estándar mínimo de vida.

Hemos visto una mejoría en el consumo de los hogares en los últimos dos años a raíz de un fortalecimiento (aunque marginal) en el ingreso personal disponible. Pero si continua la inflación, va mermar lo poco bueno que hemos tenido. ¿Qué hacer?

Salarios

Mayo 10th, 2017 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

El consumo de los hogares debería ser el componente más importante del PIB, en el sentido de que su crecimiento continuo significa una mayor prosperidad para la población. Sin menospreciar su distribución, ya que no queremos que sean pocos los que mejoren sino la gran mayoría, debería ser el enfoque principal del crecimiento a largo plazo. Si el gobierno gasta más, debería ser para que la población tenga mejor nivel de vida. Si las empresas invierten más, debería ser para eventualmente mejorar los ingresos de los hogares. Si exportamos más, debería ser para crear más empleo. Al final de cuentas, en forma pareja, queremos que los consumidores tengan mejores ingresos para enfrentar los retos de la vida.

El consumo se explica fundamentalmente mediante los ingresos. Para la mayoría de los hogares, los ingresos provienen de la combinación de empleos y salarios. Primero necesitamos tener empleos y luego procurar que la remuneración de los mismos mejore con el tiempo. En otras palabras, necesitamos más empleos con mejores salarios para incrementar la masa laboral y así fomentar el consumo continuo. Si analizamos la tasa de desempleo de los últimos meses, vemos que se ubica a niveles mínimos de los últimos 15 años. Sin embargo, si examinamos los salarios, encontramos que la gran mayoría de los empleos son de remuneración muy baja. Peor aún, la tendencia es hacia la creación empleos mal remunerados, mientras que cada vez es menor la proporción de empleos de por lo menos 5 salarios mínimos.

El gobierno presume mucho de la generación de empleos formales mediante en número de trabajadores asegurados en el IMSS. No es una cifra del todo confiable, ya muchos de estos empleos ya existían; representan la formalización de ocupaciones informales. No obstante, lleva 7 años consecutivos creciendo entre 3.5 y 4.6 por ciento anual, lo cual no puede ser malo. El problema es que la mayoría de estos empleos son de 3 salarios mínimos o menos. Por ejemplo, cifras de la ENOE señalan que ha aumentado el número de personas con ocupación en 25.8 por ciento en los últimos 10 años. A principios de 2005, 27.7 por ciento de todos los empleos eran mayores de 3 salarios mínimos, mientras que para fines de 2016 la proporción disminuyó a 19.3 por ciento.

Si examinamos las cifras de trabajadores asegurados en el IMSS, encontramos que el empleo se estancó a principios del siglo, en 2001 a 2003, en la recesión que sufrimos en la primera mitad del sexenio de Fox. Sin embargo, a partir de 2004 ha experimentado una tendencia alcista importante, salvo 2009 cuando tuvimos de nuevo una recesión. Sin embargo, cuando comparamos los incrementos reales en los salarios medios reales de cotización, encontramos buenas tasas de crecimiento justo en los años 2001 a 2003, mientras que empiezan a desacelerarse a partir de 2004. Incluso, el crecimiento de los salarios reales entre 2008 y 2014 es muy cercano a cero. En los últimos dos años, cuando el empleo creció 4.3 y 3.8 por ciento en 2015 y 2016, encontramos que los salarios reales crecieron 1.4 y 0.9 por ciento, respectivamente. Estas tasas, aún muy bajas, son las mejores que se han observado desde 2007. Peor aún, estas cifras incorporan la inflación medida mediante el INPC, que subestima la pérdida del poder adquisitivo de la mayoría de la población. La consecuencia es que el consumo de los hogares ha crecido tan solo 2.2 por ciento en promedio anual en lo que va del sexenio, a pesar de la mejoría en el empleo.

Según la ENOE, la población total del país alcanzó 122.7 millones de personas en el último trimestre de 2016, de los cuales el 42.5 por ciento tenían una ocupación. Sin embargo, los asegurados del IMSS (18.6 millones al final de 2016) solo representaban el 35.7 por ciento de la población ocupada. Esto significa que el análisis anterior de las cifras del IMSS es parcial y no dibuja bien la situación de todo el país. Sin embargo, los asegurados por el IMSS representan una parte ciertamente privilegiada de la población ocupada, ya que las cifras del resto muestran remuneraciones todavía más bajas.

¿Qué podemos hacer para mejorar los salarios? La respuesta no puede ser tan trivial como esperar a que mejore la productividad. La búsqueda de un salario mínimo digno puede ser el principio, pero será apenas el primer paso de una muy larga caminata. Para mi queda muy claro, este es uno de los principales retos del país.

Después del shock del 8 de noviembre, la mayoría de nosotros pensábamos (o deseábamos) que Trump suavizara su discurso y que fuera transformándose en alguien que pudiera ganar el respeto ajeno y ser merecedora de la presidencia de Estados Unidos. Sin embargo, el avanzar de las semanas ha demostrado que no es el caso, ya que sus posturas radicales ni su comportamiento de “bullying” se han modificado. Peor aún, promete cumplir todas sus amenazas y aún más. Se está materializando el peor escenario posible con su toma de protesta este viernes.

Ante los cambios esperados en las políticas de Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) revisó a la baja su expectativa de crecimiento para México para 2017 y 2018. Ahora anticipa 1.7 por ciento para este año y 2.0 por ciento para el entrante. Sus números no son muy diferentes a las últimas encuestas de instituciones y analistas mexicanas. La Encuesta Quincenal de Expectativas de Instituciones Financieras de Citibanamex anticipa 1.7 por ciento para 2017 y 2.4 por ciento para 2018. La Encuesta Mensual de Expectativas IMEF registra 1.6 por ciento para este año y 2.2 por ciento para el entrante. No obstante, es casi un hecho que tanto el FMI, como los participantes en las encuestas, estarán revisando su expectativa a la baja a lo largo del año.

El crecimiento de 2016 fue alrededor de 2.0 por ciento, seis décimas menos que 2015. ¿Por qué? Si analizamos los componentes del PIB por el lado del gasto, vemos que en 2016 el consumo de los hogares mejoró ligeramente, mientras que se desaceleró un poco el consumo de gobierno y disminuyó prácticamente igual la inversión pública, comparada con 2015. Sin embargo, los dos componentes que tuvieron un comportamiento muy diferente en esta comparación fueron las exportaciones y la inversión privada. ¿Qué podemos esperar para 2017?

De entrada, es casi un hecho que tanto el consumo de gobierno como la inversión pública contribuirán menos este año al crecimiento económico que el año pasado. También es de esperar que el consumo de los hogares siga creciendo, pero a una tasa menor que en 2016. El aumento generalizado de precios afectará el poder adquisitivo, el crédito al consumo se desacelerará ante el incremento en las tasas de interés y la creación de empleos será menor ante la incertidumbre y falta de inversión. También el derrumbe de la confianza del consumidor promete una actitud de mayor cautela. Una de las amenazas más claras de Trump es reducir el superávit comercial que tiene México con Estados Unidos. Esto significa que, ya sea mediante aranceles mayores, impuestos especiales o prácticas de proteccionismo no arancelarias, es muy probable que disminuyen nuestras exportaciones. Dado que es de esperar que el dólar siga fortaleciéndose es muy probable que no aumenten las exportaciones de Estados Unidos, lo cual significa que no habrá mayor demanda por nuestras exportaciones.

Con una desaceleración en el consumo, menos exportaciones y una caída en el gasto público, lo único que queda es la inversión privada. Sin embargo, es el componente del gasto que más se verá afectado por el fenómeno Trump. Desde ahora muchas empresas han cancelado o pospuesto sus planes de inversión ante la incertidumbre prevaleciente. Sabemos que es altamente probable que cambien las reglas del juego, especialmente en cuanto las posibilidades de exportación. Si la iniciativa privada mostró cautela en 2016 (antes de conocer los resultados de las elecciones), es un hecho de que ahora va ser todavía más. En otras palabras, todos los componentes del PIB por el lado del gasto este año van a mostrar menos dinamismo que en 2016.

Menos exportaciones y flujos de inversión, en medio de un ambiente de incertidumbre que no se va disipar rápidamente, implica necesariamente que el tipo de cambio seguirá en aumento. Esto, junto con el gasolinazo y la escalada de precios que ya hemos observado, significa que este año habrá más inflación, muy por arriba del techo del objetivo del Banco de México. Más inflación implica una política monetaria más restrictiva, que a su vez se traducirá en mayores tasas de interés y todavía menos crecimiento económico. Simplemente hablando, no pinta bien el año, aunque siempre podemos esperar sorpresas agradables.

Lo expresa muy bien el dicho “preparémonos para lo peor y esperemos lo mejor”.

La medición del poder adquisitivo es un trabajo complejo y muchas veces no muy bien comprendido. El Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) mide la inflación de una canasta representativa de una familia promedio a nivel nacional, con base a las ponderaciones que salen de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH). Sin embargo, los precios son distintos para cada familia según sus gustos y preferencias, sus ingresos y su lugar de residencia. Por lo mismo, para muchos la tasa reportada resulta distinta a su propia percepción e incluso, causa cierta sospecha de la medición misma.

Hace tiempo, el Banco de México agrupó 80 productos genéricos para conformar una canasta básica, con la idea de medir más de cerca el poder adquisitivo de la mayor parte de la población. Sin embargo, la conformación de esta canasta siempre fue muy cuestionado, ya que hay una cantidad significativa de bienes de primera necesidad que están excluidos, mientras que incluye bienes superfluos, que difícilmente se pueden considerar “básicos”. El ejemplo más absurdo es que incluye gasolina, tanto de bajo como de alto octanaje, reproductores de video y cerveza, mientras que excluye jitomate, cebolla, limón, chiles de todo tipo, pan dulce y pollo y no contiene ni un solo producto de la categoría de ropa, calzado y accesorios. Las contradicciones e inconsistencias de su conformación hacen llegar a la conclusión de que no tiene fin analítico ni uso propio. De hecho, es un indicador que se debería descontinuar.

Afortunadamente, Coneval nunca ha considerado la canasta básica como representativa de algo y en su lugar conformó su propia canasta llamada “alimentaria”, que lo utiliza para evaluar el bienestar mínimo. Al examinar su contenido, encontramos que está conformado como por la mitad de los productos y resulta ser mucho más realista y representativo. En adición a ésta, Coneval también estableció una canasta no alimentaria, que en conjunto con la primera es utilizada para evaluar la línea de bienestar que define uno de los parámetros en la evaluación multidimensional de la pobreza. Estos índices son los que debería divulgar el INEGI es su página en vez de el de la canasta básica.

Es un ejercicio obligatorio comparar la evolución de los índices conformados por el Coneval con el INPC. De entrada, en prácticamente todos los años la inflación general es menor al incremento en el costo de la canasta alimentaria y de la de bienestar. Si analizamos el incremento acumulado de los últimos siete años, el INPC ha aumentado 29.4 por ciento, la canasta de bienestar 35.2 por ciento y la alimentaria 45.7 por ciento. Esto significa que, si una persona ha recibido incrementos en su salario equivalentes al INPC desde 2009 a la fecha, tiene hoy -11.2 por ciento menos poder adquisitivo en términos de la canasta alimentaria y -4.3 por ciento menos en términos de la canasta de bienestar.

Resulta interesante 2015, ya que fue una de las raras excepciones. En el año en que la inflación registró su famoso mínimo histórico de 2.13 por ciento, tanto el incremento anual de la canasta alimentaria como la de bienestar fueron menores (1.8 y 1.6 por ciento, respectivamente). Esto significa que después de observar un deterioro en los niveles de ingreso de las familias de menores ingresos por muchos años, es posible que, por primera vez en mucho tiempo, en 2015 veremos una recuperación (aunque marginal). Esto nos hace pensar que cuando Coneval divulga la medición de pobreza para 2015, pudiéramos esperar una reducción (aunque pequeña) en sus números.

Si examinamos la evolución de la pobreza en los últimos años, encontramos una mejoría continua en la disminución de las carencias de derechos sociales, pero un empeoramiento en términos de la población con ingreso menor a la línea de bienestar. Esta da pie a una reducción en los vulnerables por carencia social y en la pobreza extrema, pero un aumento en los vulnerables por ingreso y en los pobres moderados.

Esta discusión es muy relevante en estos momentos en que se discute la posibilidad de aumentar el salario mínimo y de adecuar su política. En el pasado, se ha incrementado el mínimo en función de la inflación medido por el INPC, por lo que se ha observado un deterioro continuo en su poder adquisitivo en términos de adquirir la canasta alimentaria. Esto significa que no solo es necesario elevar el salario para que sea el mínimo necesario para comprar la canasta alimentaria, sino que de aquí en adelante se debería adoptar como la referencia para fijar los aumentos anuales.

La semana pasada, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami) organizó el “Encuentro de Especialistas sobre Salario Mínimo: Avances hacia una nueva política”. El objetivo fue presentar una serie de estudios encomendadas a la Comisión Consultiva para la Recuperación Gradual y Sostenida de los Salarios Mínimos, sobre la relación del Salario Mínimo (SM) con la productividad, la inflación, el empleo, la pobreza y las condiciones de vida.

En particular, llamó la atención el estudio realizado por el Banco de México sobre los efectos inflacionarios de un aumento en el SM. La conclusión principal es que el coeficiente de traspaso del SM a la inflación es mayor a la unidad (de hecho, lo estima en 1.37). ¿Eso qué significa en lenguaje normal? Que cualquier aumento en el salario mínimo causaría un impacto más que proporcional en la inflación. Por ejemplo, si se aumentara 146.6 por ciento (lo necesario para que alcance para comprar una canasta ampliada estimada por Coneval), la inflación subiría a 200.8 por ciento. Pero peor aún, ya que el Banco dice que estas estimaciones no incorporan mecanismos de ajuste de expectativas, lo que induciría aún mayores ajustes a los precios. Por lo mismo, estos resultados deben ser interpretados como cotas inferiores del efecto sobre la inflación.

En pocas palabras, Banxico nos está diciendo que no existe la posibilidad de incrementar el poder adquisitivo del SM. Si se otorga un incremento, la reacción en los precios va ser de tal magnitud que terminará reduciendo el poder de compra del SM. Peor aún, todas las personas que no obtuvieron aumentos significativos en sus salarios terminaran sufriendo todavía más. Estamos ante la posibilidad de tener mayor inflación que en el periodo de febrero de 1987 a febrero de 1988, cuando la tasa anual llegó a 179.7 por ciento. Pero las malas noticias no acaban, ya que terminaríamos con la estabilidad macroeconómica y seguramente las empresas calificadoras nos quitarían el estatus de “grado de inversión”. Al final, terminaríamos peor que la década perdida de los ochenta.

Afortunadamente, el estudio está lleno de supuestos fantasiosos, difíciles de creer. Por ejemplo, para estimar el efecto de largo plazo, el Banco considera que el incremento en el SM provocará un desequilibrio mayor en la balanza de pagos, que se ajustará mediante un incremento significativo en el tipo de cambio. Aquí se hace el supuesto de que habría un traspaso del 100 por ciento del tipo de cambio nominal a la inflación. Si fuera cierto, ahora deberíamos tener una inflación de 45 por ciento, ya que el tipo de cambio ha aumentado en esa magnitud en el último año y medio. Sin embargo, por otro lado, en otros estudios el Banco nos ha dicho que el traspaso actual es de tan solo 4.0 por ciento. Incluso, conozco un economista de Banxico que argumenta que el coeficiente de traspaso es en realidad cero.

Otro supuesto fundamental que hace el estudio es que cualquier aumento en el SM se traslada a los demás salarios (el efecto “faro”) en un 85 por ciento. En otras palabras, si se incrementa el SM en 146.6 por ciento, todos los salarios del país aumentarían 124.6 por ciento en promedio. ¿Por qué? Banxico dice que la práctica de utilizar el aumento anual en el SM como base de negociación para todos los salarios contractuales permanecerá. Muy difícil de creer.

El estudio presenta varios escenarios; el que comentamos aquí es solamente uno. Otro escenario contempla el efecto de un aumento de 21.7 por ciento en el SM, necesario para alcanzar la canasta alimentaria básica definida por Coneval. Los resultados no son tan aparatosos, pero la conclusión es la misma: todos terminaríamos perdiendo. La inflación aumentaría en 29.7 por ciento, reduciendo el poder adquisitivo del SM real y de mucho más. Aunque no se presentan los números que resultarían de una estrategia de incrementos multianuales, el estudio básicamente nos dice que los resultados serían todavía peores.

Normalmente Banxico hace excelentes estudios. A mi juicio, los economistas que trabajan allí simplemente son los mejores del país. Sin embargo, este trabajo tiene un solo fin: espantar a todos para que abandonen cualquier pretensión de aumentar el SM. Para cumplir con este propósito, hace supuestos irrealistas y termina por perder la brújula. Da la impresión de que primero se escribieron las conclusiones y después se buscó una evidencia empírica ad hoc. Ojalá que los integrantes de la Comisión Consultiva se dan cuenta de lo mismo y terminen por descartar el estudio. Yo ya lo hice.

El argumento contundente en contra de aumentar el salario mínimo real era el efecto cascada que tendría en los precios al estar ligado el aumento nominal a un sinnúmero de tarifas, multas, rentas, hipotecas y precios de quien sabe cuántas cosas. Ante la vergüenza de tener uno de los salarios mínimos más bajos del mundo, se promovió una reforma constitucional para crear una unidad de medida que sustituyera esa función. Aprobado prácticamente por unanimidad, fue el primer paso para establecer una política de recuperación del poder adquisitivo del salario mínimo y llevarla por lo menos a un nivel que fuera suficiente para ubicarse por encima del umbral de pobreza que establece el Coneval.

Ante este acontecimiento, esperábamos que la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) aprobara un aumento sustancial en el salario mínimo vigente, que lo llevara más cerca a los 86 pesos diarios. Sin embargo, cual fue la sorpresa, que vimos que se otorgó un incremento marginal de apenas 2.94 pesos, para ubicarlo en 73.04 pesos diarios. El aumento, de 4.2 por ciento respecto al vigente al final de 2015, representa el aumento real más elevado que se haya otorgado desde 1976. Sin embargo, queda exageradamente lejos de lo que debería ser.

En enero de 2015, el salario mínimo general (promedio de las dos zonas geográficas), aumentó 4.2 por ciento, de 65.58 a 68.34 pesos. En la Zona A estaba en 70.10, mientras que en la B se ubicaba en 66.45 pesos. En abril de este mismo año, se incrementó el mínimo de la Zona B en 2.75 por ciento adicional, para ubicarlo en 68.28 y así subir el promedio general a 69.26 pesos. Finalmente, en octubre la Conasami determinó homologar las dos zonas para tener un solo salario mínimo general para toda la República Mexicana en 70.10 pesos, lo que implicaba un aumento adicional de 1.2 por ciento. Con base a estos cambios, podemos calcular el promedio general del año en 69.24 pesos. El promedio de 2014 fue 65.58 pesos, por lo que el incremento nominal de 2015 fue 5.59 por ciento.

¿Cuánto fue en términos reales? Para este cálculo, tomamos el INPC de hasta un salario mínimo que publica el INEGI y calculamos la inflación promedio del año (y no el fin), que resultó ser 3.83 por ciento (suponiendo que la tasa de diciembre será 0.50 por ciento). Esto nos da que el salario mínimo general promedio de 2015 fue 2.90 por ciento superior al del año anterior. Resulta interesante observar que fue el aumento real más elevado para cualquier año desde 1976. Si suponemos que el salario se queda en 73.04 pesos a lo largo de 2016 y que la inflación promedio quede en 3.0 por ciento, el aumento real promedio en 2016 será 2.4 por ciento, es decir, un aumento real acumulado de casi 5.4 por ciento en dos años.

Posiblemente se puede admitir que es notable que por primera vez en 40 años hemos visto una mejoría real en el salario mínimo. Sin embargo, la recuperación no significa nada cuando lo comparamos con el terreno perdido a lo largo de las últimas cuatro décadas y en especial, cuando todavía queda lejos de lo que una familia necesita para una alimentación básica. Esto nos deja con muchas incógnitas respecto al papel de la Conasami y a la política pública salarial.

La Conasami tiene como objetivo fundamental fijar un salario mínimo general que asegure la congruencia entre lo que establece la Constitución con las condiciones económicas y sociales del país. También busca propiciar la equidad y la justicia entre los factores de la producción, en un contexto de respeto a la dignidad del trabajador y su familia. Queda claro que no cumple con su cometido. Sin embargo, su presidente Basilio González Núñez cobra más de 100 salarios mínimos y tiene más de 100 funcionarios trabajando con él. Es el mejor ejemplo del gasto público ineficiente e superfluo que pudiera existir. También es prueba irrefutable de que el ejercicio de un presupuesto base cero para 2016 nunca se llevó a cabo.

¿Qué nos queda hacer? Como sociedad tenemos que exigir al gobierno establecer un salario mínimo general digno y justo. No se trata de volver a debatir sus efectos económicos, pues ya lo hemos hecho. En el mejor de los casos, el efecto sobre el desempleo es refutable y sobre la inflación, mínimo, mientras que cierto segmento de la población ganará poder adquisitivo. Es tiempo de desaparecer a la Conasami para eliminar un gasto innecesario e implementar una política funcional respecto al salario mínimo general. Básicamente, esto significa decidir a qué paso se tiene que dar los aumentos reales y cómo lo debemos instrumentar para que sea funcional.

El INEGI reportó que la inflación de 2014, medido mediante el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) cerró en 4.08 por ciento, ligeramente por arriba del límite superior del rango de variabilidad que estableció el Banco de México alrededor de su objetivo puntual de 3.0 por ciento. Sin embargo, el objetivo no es terminar el año con una inflación por debajo de 4.0 por ciento, sino mantener la inflación alrededor de 3.0 por ciento en promedio durante todo el año, sin que se desvíe en cualquier momento más de un punto porcentual. Si vemos la tasa de doce meses a través del año, encontramos que la inflación se ubicó por debajo de 4.0 por ciento en tan solo cuatro meses (de marzo a junio), llegando a registrar el mínimo del año en 3.50 por ciento en abril.
La inflación promedio del año no fue muy diferente, ya que se ubicó en 4.02 por ciento. Si observamos la tasa promedio a través del año, vemos que se mantuvo por debajo del umbral de 4.0 por ciento en los primeros diez meses, dentro de un rango más acotado de 3.71 a 3.97 por ciento, pero ya en los últimos dos meses rebasó marginalmente el umbral. Pero de todos modos, al final de cuentas las autoridades monetarias no cumplieron su cometido.
En general, el Banco Central nos ha acostumbrado a juzgar su desempeño como exitoso si la inflación termina diciembre por debajo de 4.0 por ciento (sin considerar su ubicación en los otros once meses) y como no exitoso si finaliza el año en 4.0 por ciento o más. En teoría, el Banco estableció un objetivo puntual de 3.0 por ciento, mientras que el rango de más/menos uno por ciento es simplemente de variabilidad (y no de tolerancia). Pero en la práctica es más de tolerancia, ya que las autoridades monetarias han manejado la política monetaria en función de un objetivo diferente: terminar el año por debajo de 4.0 por ciento, aunque sea 3.99 por ciento. En los doce años que tenemos el objetivo de 3.0 por ciento, hemos terminado el año por debajo de 4.0 por ciento en cinco ocasiones pero nunca por debajo (ni muy cerca) de 3.0 por ciento. Lo más bajo fue 3.33 por ciento al termino de 2005, aunque el mejor año fue 2011 con una inflación promedio de 3.41 por ciento.
Es un hecho que el Banco no logró su objetivo en 2014. ¿Mantuvieron una política monetaria demasiada laxa? En términos reales, la tasa de política monetaria ha sido negativa desde hace varios años. El último dato de la expansión de la base monetaria señala un crecimiento nominal de 17.0 por ciento. Si tomamos en cuenta que la expansión del PIB nominal en los últimos trimestres ha sido alrededor de 5.8 por ciento, entonces resulta que la inyección de billetes y moneda en la economía ha sido 10.6 por ciento superior al incremento de transacciones.
No hay duda de que la política fue significativamente expansiva. Incluso, sorprende que la inflación no haya sido más elevada. Una posibilidad es que tengamos una inflación reprimida, que se soltará en los siguientes años cuando la brecha de producto deja de ser negativa. Pero otro explicación es que la medición de los precios al consumidor no capta la inflación con la precisión necesaria.
Por ejemplo, el INEGI nos dice que el costo del servicio de telefonía móvil ha disminuido significativamente. Sin embargo, el recibo para los que no utilizan el sistema de pre-pago no refleja disminución alguna. En los paquetes de pre-pago no se da un descuento, sino se otorgan más llamadas por el mismo precio, pero en muchos casos no se utilizan por lo que no es un descuento efectivo. El INEGI utiliza una fórmula muy compleja que no queda claro si realmente capta bien o no el precio efectivo, siendo lo más probable que el precio sea mayor al cálculo utilizado.
Otro caso es el del costo de la vivienda. Mucha gente son dueños de su hogares, por más modesto que pueda ser. Aunque no pagan renta, se les imputa el valor como si lo hicieran, lo que resulta en un asiento contable virtual, que en la realidad no existe. Muchos analistas a través del tiempo han señalado múltiples fallas en las Encuestas de Ingreso-Gasto de los Hogares (ENIGH), lo cual pone en duda muchas de las ponderaciones del gasto. Al final de cuentas, las familias utilizan mucho más de sus ingresos en mercancías alimenticias de lo que admite el INPC, lo que hace que la inflación tenga un sesgo a la baja.
¿Cuánto es la inflación verdadera que enfrenta los hogares y causa una merma directa en el poder adquisitivo? El estancamiento del consumo familiar en los últimos años nos hace pensar que el ingreso personal disponible a nivel nacional se ha deteriorado significativamente. ¿Será?

El INEGI dio a conocer la inflación de 2014, que cerró el año en 4.08 por ciento. El resultado colocó a la inflación fin de periodo ligeramente arriba del límite superior del rango de inflación de 4.0 por ciento, después de que había terminado el año por debajo de este nivel por tres años consecutivos. No obstante, cabe la pena subrayar que el objetivo puntual de inflación es 3.0 por ciento (no 4.0 por ciento), lo que significa que debe promediar alrededor de 3.0 por ciento en el año dentro de un rango de 2.0 a 4.0 por ciento. En este sentido, el Banco de México nunca ha logrado reducir y mantener la inflación alrededor de 3.0 por ciento.
Como siempre, el componente que perjudicó el esfuerzo por conseguir el objetivo fue el no subyacente, que creció 6.70 por ciento en el año, en especial como consecuencia de los aumentos significativos en los precios de los energéticos y las tarifas autorizadas por el gobierno. También influyeron los precios agropecuarios, pero en esta ocasión fueron los pecuarios que subieron, mientras que los precios de frutas y verduras terminaron el año prácticamente en los mismos niveles que en diciembre del año anterior.
La inflación subyacente terminó el año en 3.24 por ciento, después de haber permanecido por debajo de 3.0 por ciento durante 2013. Los aumentos en los precios derivados de la reforma fiscal tuvieron un impacto sobre este componente, aunque menor a lo que originalmente se esperaba. Los precios que más aumentaron fueron los alimentos y bebidas (5.31 por ciento), cuyo impacto es mayor en el poder de compra de la mayoría de la población. En segundo lugar fueron los “otros” servicios, que incluyen los precios de las loncherías, fondas, taquerías y restaurantes, impactados por los incrementos en los precios de los alimentos, aunque este rubro fue compensado en parte por las disminuciones en los precios del servicio de telefonía móvil. De los precios que menos subieron estuvieron los de las mercancías no alimenticias, que están más asociados con la marcha de la economía y el tipo de cambio. Como sabemos, la actividad económica fue relativamente débil en el transcurso del año, mientras que la depreciación del peso, aunque significativo, fue al mero final del año.
Para 2015 el Banco de México señala que la inflación debería converger hacia su objetivo y terminar muy cerca de 3.0 por ciento para fin de año. Pero solo dos instituciones (Nomura y Banorte) comparten esta visión, mientras que el consenso de la última encuesta de Banamex es que la inflación terminará 2015 en 3.50 por ciento. Sin embargo, 22 (de 24) instituciones prevén que la tasa anual será menor a la de 2014 y por debajo del límite superior de 4.0 por ciento. Solo Scotia (4.22 por ciento) y Monex (4.14 por ciento) ven una tasa mayor a la del año pasado.
¿Cuáles son los factores que harán que la inflación disminuye? De entrada, los dos más importantes son los efectos de la reforma fiscal y los precios de los energéticos. En enero de 2014 hubo aumentos en muchos precios, incluyendo la unificación del IVA en 16 por ciento, por lo que la base de comparación en enero de este año hará que la tasa anual disminuye significativamente. Si agregamos a la lista los precios de la telefonía móvil y los de larga distancia, la tasa subyacente podría ser menor. Por el otro lado, los precios de la gasolina sólo subirán 1.9 por ciento este año, mientras que las tarifas eléctricas deberían disminuir marginalmente. Esto significa que el subíndice de energéticos, que aumentó 6.43 por ciento en 2014, deberá aumentar mucho menos este año.
Según estimaciones del Banco de México, la economía se sitúa actualmente en una brecha de producto negativa, lo que ayuda a contener la inflación. Las proyecciones de esta brecha señalan que deberíamos permanecer en terreno negativo todavía por más tiempo, posiblemente la mayor parte de 2015. De ser cierto, los factores antes mencionados deberían contribuir a una disminución en la inflación, que podría terminar el año mucho más cerca al 3.0 por ciento que al 4.0 por ciento.
¿Cuáles son los factores que harán que la inflación no disminuye? Aunque el efecto de traspaso (pass-through) del tipo de cambio hacia el nivel de precios es mucho menor a lo que fue en otros periodos, habrá que estar atento a la posibilidad de ver los precios de las mercancías subir un poco más. Antes de que tuviéramos el régimen de flotación, cualquier aumento en el tipo de cambio se reflejaba casi de inmediato y en forma contundente en los precios de los bienes comerciables. Sin embargo, en el régimen actual el tipo de cambio puede fortalecerse en los meses posteriores a una depreciación significativa, por lo que el traspaso ha disminuido significativamente. Aunque el tipo de cambio cerró el año en 14.74 pesos por dólar, el consenso es que habrá una apreciación del peso en 2015 para cerrar en 14.00 pesos. Incluso, algunas instituciones como BBVA Bancomer piensan que se va a revertir hasta terminar en 13.00 pesos al final de diciembre.
Aun así, queda por verse cuál será el desenlace de la política monetaria en Estados Unidos y los efectos posteriores en nuestro país. Si la Reserva Federal empieza a subir su tasa antes de lo previsto y/o en un monto superior, el tipo de cambio podría depreciarse todavía más. La disminución en el precio del petróleo no afecta directamente al mercado cambiario, ya que Pemex vende directamente sus divisas al banco central, sin pasar por el mercado. No obstante, la percepción de menos dólares y la mayor dificultad del Banco de México para acumular reservas, podría tener un impacto negativo. Al final de cuentas, lo que hace que el traspaso sea relativamente bajo es precisamente esta incertidumbre. No obstante, es uno de los riesgos que habrá que vigilar.
Finalmente, pudiéramos pensar en un poco de inflación reprimida como consecuencia de la baja demanda agregada. El consumo de los hogares permanece como uno de los elementos más débiles de la economía, lo que ha impedido que algunos comerciantes aumenten más sus precios. Sin embargo, si la economía empieza a crecer un poco más y la brecha de producto pasa a terreno positivo antes de lo previsto, es posible que los precios aumenten un poco más que lo anticipado. Queda pendiente el ajuste en los salarios mínimos que planteó el Gobierno de Distrito Federal y que ha respaldo el gobierno federal. Aunque en principio no debería tener un efecto significativo en los precios, la percepción de un mayor poder adquisitivo podría facilitar las decisiones de subir algunos precios en ciertos sectores.

Tropiezo

Octubre 29th, 2014 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

En los últimos meses hemos visto muchos indicadores que señalan que la economía ha mejorado, después de un largo periodo (22 meses) de un estancamiento inusual. Las exportaciones no petroleras, en especial las del sector automotriz, han retomado su papel del motor de crecimiento principal de la actividad económica; la inversión privada empieza a crecer, mientras que el consumo privado ha mostrado señales de cierta mejoría. El gran ausente ha sido el gasto público, en especial la inversión pública, que afortunadamente no ha frenado demasiado al resto de la economía. El escenario apunta a que es posible alcanzar un crecimiento anual de 3 por ciento en la segunda mitad del año, que aunado al 1.7 por ciento de la primera mitad, nos daría un incremento alrededor de 2.4 por ciento para el año (el consenso).
Aun así, tenemos que reconocer que no es una tasa muy dinámica que digamos y todavía se ubica muy por debajo de lo que el gobierno nos prometió al inicio del sexenio. En especial, sale a relucir la debilidad del consumo de los hogares, que se ha visto muy afectado por una merma en su poder adquisitivo. Según los registros del IMSS, se perdieron alrededor de 700 mil empleos en la gran recesión de 2008-2009, que se recuperaron (con creces) en los siguientes años. Sin embargo, la mayoría de los empleos perdidos fueron de ingresos de cinco mil pesos o más, mientras que los que se han recuperado han sido mayoritariamente menores a tres mil pesos. Aunado a la disminución en los salarios, hubo una pérdida en el poder adquisitivo para los hogares de menores ingresos al medirlo vía el subíndice de precios de alimentos. También hubo una pérdida en el ingreso personal disponible de los hogares con mayores ingresos como consecuencia de la reforma hacendaria. Si a estos factores le agregamos un nivel de confianza muy baja y cierto sobreendeudamiento de las familias, nos encontramos con una situación precoz en la mayoría de los hogares, que explica el débil desarrollo del consumo. No obstante, la economía presenta signos de mejoría, por lo que se espera que se mantengan las tendencias positivas en la mayoría de los indicadores.
El Indicador Global de Actividad Económica (IGAE) presentó una tasa de crecimiento de 0.33 por ciento en el primer mes del tercer trimestre (julio), que anualizada representa un avance de 4.04 por ciento, mientras que la tasa anual (respecto al mismo mes del año anterior) fue 2.5 por ciento. El buen comienzo del trimestre nos hizo pensar que en los tres trimestres podríamos observar ya un sólido avance. Sin embargo, hace unas semanas recibimos la noticia de que la industria manufacturera retrocedió -0.31 por ciento en agosto respecto a julio, por lo que ya anticipábamos que el mes no sería tan bueno como el anterior. Parte de la disminución se debió a una comparación desfavorable en el número de días laborales, ya que comparamos la tasa anual de 1.39 por ciento con la serie corregida por efectos de calendario, nos encontramos que aumentó 2.56 por ciento. Pero aun así, el desempeño de la manufactura en agosto no parecía ser un tropiezo importante, sino simplemente muestra de cierta varianza dentro de una tendencia positiva. Por lo tanto, la expectativa de agosto en su conjunto era de crecimiento positivo, aunque menor al del mes anterior.
No obstante, el INEGI reportó que el IGAE de agosto también fue negativa (-0.17 por ciento), como consecuencia de una caída (-0.24 por ciento) en las actividades terciarias (que son comercio y servicios). Esto significa que se ve difícil llegar a una tasa superior al 2.0 por ciento anual en el tercer trimestre. Esto obliga a una expansión mayor en el último trimestre de una tasa anual de 4.0 por ciento o más, para llegar a la tasa de 2.4 por ciento en 2014. El resultado parece representar un serio tropiezo para la recuperación anunciada.
Las buenas noticias son que las exportaciones no petroleras de septiembre señalan que las actividades secundarias deberían reportar muy buenas cifras en el último mes del tercer trimestre, ya que alcanzaron una tasa anual de 11.6 por ciento, la más elevada desde octubre de 2010. Confirma la hipótesis de que el tropiezo que registró la manufactura en agosto fue más bien una excepción y no un cambio de tendencia. Si las exportaciones no petroleras muestran crecimiento sostenido de dos dígitos en los siguientes meses, será posible ver una mejoría notable en el desempeño general de la economía.
Por lo pronto, las incógnitas que permanecen giran alrededor de la debilidad en el consumo de los hogares y en la ausencia del gasto público.