Artículos y comentarios sobre la Economía Mexicana
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Los indicadores económicos que se han dado a conocer en las últimas semanas han sido en su gran mayoría negativos. Cada cifra no solo apunta hacia una mayor desaceleración, sino incluso, sugiere que la debilidad económica es mucho mayor de lo que habíamos previsto. Si le agregamos al escenario una política monetaria más restrictiva y una política fiscal menos laxa, pudiéramos estar acercándonos a una posible recesión.

En junio el Indicador IMEF Manufacturero se desplomó 3.9 puntos para ubicarse en un valor de 47.5 unidades. La magnitud de la caída es la segunda más pronunciada en la historia del indicador, solo superado por la de noviembre de 2008 (-5.4 puntos), mientras que el nivel es el más bajo observado desde junio de 2013. En Indicador IMEF No Manufacturero también registró una caída vertiginosa de 3.0 puntos, la mayor en toda la historia del Indicador, para ubicarse en 47.8 puntos. Las magnitudes de ambos indicadores apuntan hacia una desaceleración mucho mayor a lo previsto en meses pasados, señal de una creciente posibilidad de entrar en un periodo de estancamiento (como en 2013), o bien, de estar cerca del inicio de una recesión (como en 2008).

Los datos del consumo privado de abril señalan un muy mal comienzo para el segundo trimestre al disminuir -2.21 por ciento, la tasa más negativa en lo que va el sexenio, mientras que la tasa anual se ubica ahora a tan solo 1.15 por ciento del mismo mes del año anterior. La tendencia-ciclo del consumo de los hogares empieza a registrar pendiente negativa por primera vez desde mediados de 2013. Algunos indicadores complementarios al consumo, como las ventas de las tiendas afiliadas a la ANTAD, empiezan a sugerir una desaceleración significativa. Las ventas reales de tiendas totales en mayo fue 3.5 por ciento respecto al mismo mes del año anterior, la tasa más baja reportada desde diciembre de 2014.

La inversión fija bruta reportada ayer registró una caída de -1.6 por ciento en abril respecto a marzo para ubicarse -2.1 por ciento por debajo de su nivel de hace un año. La adquisición de maquinaria y equipo muestra una clara tendencia negativa a partir de septiembre del año pasado, al registrar tasas negativas en seis de los últimos siete meses. Sin embargo, la sorpresa está en el desplome de -5.3 por ciento en la construcción no residencial, segmento que había mostrado el mayor crecimiento en los cuatro meses anteriores.

Las exportaciones muestran una clara desaceleración en lo que va el año. A nivel de cuentas nacionales (pesos reales), habían crecido 9.0 por ciento en 2015. Sin embargo, en el primer trimestre la tasa anual se ubica en 3.1 por ciento. No obstante, en dólares nominales observamos tasas negativas no solo en las exportaciones petroleras, sino también en las no petroleras. Las exportaciones manufactureras no automotrices empezaron a registrar una tendencia negativa hacia fines de 2014 y en mayo de 2016 mostraron un nivel similar a los promedios anteriores a 2012. Las exportaciones automotrices que fueron la joya de la corona a partir de 2010, empezaron a mostrar una tendencia lateral hacia fines de 2014 y a partir de este año una decreciente.

El consumo de gobierno disminuyó 0.83 por ciento en el primer trimestre de 2016, la tasa más negativa desde el último trimestre de 2006. Esta disminución llevó la tasa anual a -0.29 por ciento, la primera tasa negativa observada desde el último trimestre de 2003. La inversión pública continuó mostrando una tendencia negativa en los primeros tres meses del año, iniciada desde hace siete años. Disminuyó 3.0 por ciento respecto al trimestre anterior y -13.6 por ciento respecto al mismo periodo de 2015. Esta última tasa es la más baja observada desde el primer trimestre de 2002.

En otras palabras, todos los componentes del PIB por el lado del gasto, sin excepción, muestran desaceleración significativa o tendencia negativa. El gobierno federal acaba de anunciar otro recorte al gasto público, mientras que las autoridades monetarias subieron de nuevo la tasa de fondeo interbancario en otros 50 puntos base. El propio Banco de México nos dice que esto tendrá efecto negativo en el consumo de las familias y será menos atractiva la inversión.

Todavía existe la esperanza que estos datos son aberrantes, es decir, no marcan una tendencia negativa clara, sino solo ruido que se disipara pronto. ¿Será?

Foco Rojo

Junio 1st, 2016 | Posted by Jonathan Heath in Pulso Económico (Reforma) - (0 Comments)

A pesar de tener una tasa de crecimiento del PIB muy bajo, una de las características principales de la economía mexicana desde hace aproximadamente 15 años ha sido su estabilidad macroeconómica. De 2001 a la fecha, la inflación promedio anual ha sido de 4.2 por ciento. De 2001 a 2008, el balance público tradicional mantuvo un promedio de -0.3 por ciento del PIB (de hecho, es el mismo promedio desde 1993 a 2008). El balance de la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos sostuvo un déficit de -1.1 por ciento del PIB de 2003 a 2012. La disciplina fiscal, el régimen cambiario de flotación y una política monetaria autónoma y bien dirigida, se combinaron para forjar una estabilidad fundamental. En reconocimiento, las agencias calificadoras otorgaron el grado de inversión a México a partir de 2000 (BBB-) y desde entonces hemos subido dos peldaños a BBB+. Incluso, en febrero de 2014 Moody’s nos otorgó la calificación de A3, que corresponde a un nivel alto/mediano, de bajo riesgo de crédito, considerado como “Prime-1/Prime-2”.

No obstante, en marzo Moody’s nos puso en “perspectiva negativa”, que significa que estará contemplando bajar nuestra calificación a Baa1, de nivel mediano, que implica la existencia de algunos elementos especulativos y riesgo de crédito moderado, ya no bajo. ¿Por qué? La razón principal citada fue la trayectoria del déficit y deuda pública, que en los últimos años se ha apartado del buen manejo de unas finanzas públicas sanas. En cuatro años, la deuda pública ha aumentado más de diez puntos porcentuales del PIB y está ya muy cerca de rebasar el umbral de 50 por ciento. De 2009 a la fecha el promedio del balance público tradicional subió a -2.7 por ciento del PIB, siendo que el año pasado llegó a -3.5 por ciento. Sin embargo, si tomamos los requerimientos financieros totales del sector público, la cifra rebasa cuatro por ciento. Queda claro que se ha perdido el buen manejo de las finanzas públicas, que nos había caracterizado en años anteriores.

Pero las finanzas públicas sanas es solo un aspecto. Desde 2013 a la fecha, el promedio del déficit de la cuenta corriente también ha aumentado a -2.4 por ciento del PIB, siendo que en 2015 registró -2.8 por ciento. El último cálculo oficial (Pre-criterios de abril) es que este año aumentará a -3.1 por ciento del PIB y en un descuido podría ser todavía mayor. Poco a poco nos estamos acercando a los niveles del déficit “benigno” de Pedro Aspe, que mantuvo un promedio de -4.3 por ciento entre 1990 y 1994, y que nos llevó a una de las peores crisis en nuestra historia moderna.

Por lo pronto, el déficit acumulado de la balanza comercial en los primeros cuatro meses del año (de 6 mil millones de dólares) es el más elevado para un comienzo de año de toda nuestra historia. Las exportaciones automotrices han dejado de crecer desde mediados del año pasado, mientras que las no automotrices manufactureras llevan más de año y medio con una tendencia negativa. La combinación con la caída en el volumen y precio de exportación de petróleo sigue restando ingresos al país: en el primer trimestre de 2016 las exportaciones totales disminuyeron más que cualquier trimestre desde el primero de 2009 en la Gran Recesión. Todo esto, a pesar de una depreciación acumulada del peso que ha llevado al tipo de cambio a subir 48 por ciento en casi dos años.

La vulnerabilidad de un déficit abultado es mayor cuando se considera que la cuenta financiera empieza a registrar menos flujos de capital. La nueva dirección de la política monetaria de la Reserva Federal es similar a la que ocurrió en 1994, cuando se tuvieron que utilizar las reservas internacionales para financiar el déficit de la cuenta corriente y terminamos sin reservas. Hoy tenemos un régimen cambiario distinto, que en principio debe ajustarse para instaurar cierto equilibrio. El problema es que el ajuste no ha funcionado a la fecha y el déficit sigue creciendo.

Tanto las finanzas públicas como la balanza externa se han deteriorado en estos años. Todavía no llegan a niveles de inminente peligro, pero ya preocupa la trayectoria. Un Moody’s nos vigila. ¿Las demás calificadoras? ¿El FMI? ¿El Banco de México? ¿La SHCP? Todavía están a tiempo de tomar medidas más energéticas. ¿Lo harán?

Este lunes, el INEGI divulgó la inflación mensual de abril de -0.32 por ciento. Los medios reportaron que fue la primera caída en los precios al consumidor tras 10 meses consecutivos de alzas. Incluso, varios lo reportaron como el primer mes de “alivio” en los precios. La razón fundamental de la tasa negativa fue, tal como lo señala el boletín de prensa, “resultado de la entrada en vigor del esquema de tarifas eléctricas de temporada cálida en varias ciudades del país”. En otras palabras, fue producto del patrón estacional de los precios.

Dependiendo de la temperatura promedio de cada ciudad a lo largo del año, la CFE aplica subsidios diferenciados a las tarifas eléctricas por periodos de cinco a siete meses en diferentes ciudades del país. Este programa arrancó en 2003 con una disminución en las tarifas a partir de mayo hasta noviembre y posteriormente se amplió en 2010 para que el esquema arrancara en abril para algunas regiones y concluyera en octubre. Por lo mismo, en abril y mayo casi siempre tenemos tasas mensuales negativas en la inflación, mientras que en octubre y noviembre tasas más elevadas, que reflejan el esquema de subsidios de las tarifas eléctricas.

Existe un patrón estacional muy definida en la inflación. Mayo seguido de abril son los meses de menor inflación en el año, mientras que noviembre seguido de octubre son los más elevados, dada la ponderación de las tarifas eléctricas en el INPC. Septiembre (por las colegiaturas), diciembre (por los aguinaldos) y enero (por el arranque del año) son meses con tasas de inflación típicamente por arriba del promedio. Junio y julio (meses de verano) normalmente tienen tasas por debajo del promedio. Hay años donde el patrón estacional explica casi en su totalidad el comportamiento de los precios a lo largo de los meses, mientras que habrá algunas excepciones. Por ejemplo, el año pasado tuvimos por primera vez en la historia una tasa negativa en enero, producto de reducciones en precios administrados por el gobierno y una tasa excepcionalmente elevada en marzo para terminar con un primer trimestre totalmente atípico. Pero, aun así, el comportamiento durante el resto del año respondió muy de cerca al patrón estacional promedio observado en años anteriores.

El INEGI ha hecho un esfuerzo extraordinario a través de las últimas dos décadas en educarnos en torno a la estacionalidad de los indicadores económicos. Prácticamente todas las variables que reporta cada mes tienen ajustes estacionales, o como dice INEGI están “desestacionalizadas” (palabra que no existe en español). Pero curiosamente, la inflación es casi el único indicador que no tiene este ajuste. Por lo mismo, el INEGI siempre pone una gráfica en el boletín de precios que muestra la tasa mensual del mes que se reporta comparado con el mismo de los últimos diez años. Es una forma implícita de reportar la estacionalidad.

Por ejemplo, sabemos que la tasa reportada para abril de -0.32 por ciento fue negativa por éste patrón. Si calculamos el factor estacional de abril de 2010 a 2015, resulta que es -0.634 multiplicado por la tasa promedio del año. Esto significa que la tasa ajustada por estacionalidad de abril sería alrededor de 0.50 por ciento (en un cálculo simplista). Visto así, la inflación de abril se antoja elevada.

¿Por qué no se reporta la inflación ajustada por estacionalidad? Como referencia, prácticamente todos los países sí lo hacen, siendo México una de las raras excepciones. Aparentemente, la razón viene desde hace mucho tiempo cuando el Banco de México se encargaba del cálculo del INPC. Algún abogado (que claramente no sabía nada de economía) dijo que el Banco no podría reportar el índice ajustado porque se usaba en muchos contratos legales para fijar incrementos en precios, como en rentas, la determinación del UDI y otras cosas semejantes. Parece realmente un razonamiento bastante limitado, ya que lo único que se tendría que hacer es especificar que la fijación se hace mediante la serie original del INPC, mientras que la ajustada es para fines analíticos.

Sin duda alguna, el Banco de México tiene sus series de inflación ajustadas por estacionalidad para uso interno. Distinguir entre la estacionalidad y todos los demás factores que determinan los precios es de primera importancia para el seguimiento adecuado de la inflación. Ya es tiempo que el INEGI empiece a reportar tasas ajustadas por estacionalidad y la tendencia-ciclo de los precios, tal como la hace para casi todos los indicadores que reportan mensualmente. Sería bueno que mostrara su autonomía.

El Indicador IMEF es de la familia de indicadores de “difusión”, instrumento creado para tener una idea de cómo se podría comportar la actividad económica en anticipación a los datos duros de las mediciones más acabadas de la misma, como el Producto Interno Bruto (PIB) o el Indicador Global de Actividad Económica (IGAE). Los medios y analistas siguen la publicación del Indicador IMEF regularmente y muchos lo consideran para sus decisiones económicas en los mercados y en la economía. Aquí la pregunta es si verdaderamente es un instrumento útil para anticipar la actividad económica o simplemente otro experimento fallido de los economistas para disipar la incertidumbre del futuro.

Ante una duda similar, el Banco de la Reserva Federal de San Luis en Estados Unidos realizó un estudio con indicadores similares para su país y para China. Estos indicadores, llamados índices de pedidos manufactureros, existen para la mayoría de los países desarrollados y muchos en desarrollo y se les conoce como PMI’s. El estudio calcula el grado de asociación (correlación) para medir la efectividad de anticipación del ISM Manufacturero (que es el PMI más conocido de Estados Unidos) y el PMI de la Federación China de logística y Compras, con las tasas de crecimiento del PIB de cada país. Los coeficientes de correlación son de 0.75 y 0.73 para Estados Unidos y China, respectivamente, con lo que llega a la conclusión de que los PMI’s son buenos indicadores (aunque no perfectos) para anticipar la dirección de la actividad económica de un país.

Aunque las correlaciones para ambos países son similares, se encontró que por lo general el valor de ISM es mayor al PMI de China, pero las tasas de crecimiento de China son siempre mayores y presentan mayor volatilidad a las de Estados Unidos. El estudio concluye que es porque ambos países se encuentran en diferentes etapas de desarrollo, aunque también subraya el hecho de que el valor del PMI marca la tendencia del crecimiento, más no su valor.

Realizamos un estudio similar para el caso de México, que pronto aparecerá publicada en la Revista Ejecutivos de Finanzas. Posteriormente se extendió el estudio para incluir otros PMI’s del país y algunos aspectos adicionales, que aparecerá en la revista digital del Observatorio Económico de la UAM Azcapotzalco. Lo más importante es que llegamos no solo a encontrar conclusiones similares, sino que incluso correlaciones mayores para el caso del Indicador IMEF.

Para dicho estudio se utilizó el nivel del Indicador IMEF Manufacturero de enero 2005 a marzo de 2016, para calcular las correlaciones con las tasas de crecimiento del IGAE total, el de las actividades secundarias y el manufacturero. Se encontró que, a mayor nivel de agregación, mayor es la correlación. Para hacer el estudio comparable con la de la Reserva Federal, se convirtieron todos los datos a una frecuencia trimestral. Se encontró que la correlación entre el Indicador IMEF y el IGAE total es 0.81, incluso mayor a los coeficientes obtenidos para los casos de Estados Unidos y China. Dado que los índices de difusión marcan tendencias y no tasas exactas, se repitieron los cálculos para las tendencias de todas las series. Aquí se encontró una correlación todavía mayor de 0.86.

En cada caso se aplicaron ejercicios de regresión lineal para obtener una idea de la relación entre ambas variables. En los casos con mejores resultados (la tasa de crecimiento del IGAE y el Indicador IMEF, mediante series ajustadas por estacionalidad y las de tendencia-ciclo), se obtuvieron coeficientes similares de 0.33. ¿Esto qué significa? Que, en términos generales, si el Indicador IMEF aumenta un punto, la tasa de crecimiento del IGAE aumentará alrededor de 0.33 por ciento. No obstante, hay que tener cuidado con esta regla de aproximación, ya que los indicadores de difusión no están diseñados para medir tasas de crecimiento, sino solo para marcar tendencias. En otras palabras, entre mayor sea el nivel del Indicador, aumenta la probabilidad de mayor crecimiento en la actividad del PIB, pero sin poder precisar cuánto más. Podemos pensar en la relación de 0.33 puntos porcentuales, pero se debe considerar una aproximación muy burda, lejos de establecer una relación formal.

La conclusión es muy importante para el Indicador y más todavía para sus usuarios: el Indicador IMEF Manufacturero es un buen indicador para anticipar el rumbo de la tendencia de la actividad económica, aunque no perfecto, mientras que su capacidad “predictiva” es un tanto mejor que indicadores similares que se utilizan para lo mismo en Estados Unidos y China.

El pasado viernes, 1 de abril, la SHCP divulgó el documento conocido como “Pre-Criterios”, que ofrece un diagnóstico adelantado a los Criterios Generales de Política Económica (CGPE), que el gobierno enviará al Congreso en septiembre junto con el presupuesto de 2017 para su aprobación. El escrito ofrece una actualización de la visión del gobierno para 2016 y un preámbulo a lo que piensa presentar para 2017. Dado que el entorno externo presenta ahora menor dinamismo a lo anticipado hace seis meses, el ejercicio ofrece una explicación más detallado de sus implicaciones.

En los CGPE de 2016, el gobierno presentó un rango para el crecimiento de este año de 2.6 a 3.6 por ciento. No obstante, la utilización de un intervalo es para el consumo mediático, ya que para la programación financiera se necesita un estimado puntual. Hace seis meses, la SHCP tomó el punto medio del intervalo (3.1 por ciento), mientras que ahora propone utilizar la parte inferior (2.6 por ciento). Esto significa que, aunque no ha modificado su estimación mediática, incorpora una revisión a la baja de medio punto porcentual en la expectativa para el año. El número es marginalmente más optimista que el consenso actual de los analistas de mercado (2.4 por ciento) y muy cercano al crecimiento observado el año pasado.

A pesar de anticipar un avance del PIB en 2016 prácticamente igual al de 2015, se espera una composición distinta. El componente más dinámico el año pasado fueron las exportaciones, que a pesar de la caída en el volumen de exportación de petróleo, presentó una tasa de 9.0 por ciento como resultado de la depreciación cambiaria. Este año SHCP anticipa una tasa de 4.4 por ciento ante un menor dinamismo externo y una reducción adicional en la exportación petrolera. La compensación proviene de un avance marginal mayor (0.1 por ciento) en tanto el consumo (3.1 por ciento) como la inversión (3.9 por ciento). Resulta interesante observar que, al referirse al año pasado, se presenta el desglose para ambos componentes entre privado y público, pero no para la expectativa del año. Dado que habrá un recorte en el gasto público, podemos esperar que esto significa que la SHCP espera todavía un mejor desempeño en el consumo privado y en la inversión privada, que crecieron 3.2 y 6.3 por ciento, respectivamente, en 2015. De aquí se deriva que anticipa una mejoría en la recaudación no petrolera de un punto porcentual del PIB.

Para 2017, la SHCP ofrece un rango mediático para el crecimiento económico de 2.6 a 3.6 por ciento (igual que 2016), aunque para efectos de la programación plantea utilizar 3.0 por ciento, una tasa ligeramente por debajo del punto medio del intervalo. Cuando la SHCP prepara su documento, esta proyección estaba en línea con la expectativa del mercado. Sin embargo, las últimas encuestas muestran revisiones a la baja hacia una tasa de 2.8 por ciento. Para llegar a la tasa de 3.0 por ciento, SHCP estima crecimientos en las exportaciones de 5.5 por ciento y en el consumo y la inversión de 3.3 y 4.3 por ciento, respectivamente.

Para cerrar el marco macroeconómico 2016-2017, el gobierno anticipa un tipo de cambio para el cierre de 2016 en 17.5 pesos y para el cierre de 2017 en 17.0 pesos. El déficit de la cuenta corriente quedará relativamente elevado, en 3.1 y 2.9 por ciento del PIB en 2016 y 2017, respectivamente. No obstante, piensa que las entradas de inversión extranjera directa en ambos años serán suficientes para su financiamiento. Plantea tasas de inflación totalmente en línea con el objetivo de Banxico (3.0 por ciento) para ambos años y tasas de CETES a un mes de 4.3 y 5.3 por ciento, respectivamente. Esto último se puede interpretar como que anticipa que la tasa de política monetaria de Banxico terminará este año en 4.25 por ciento y 2017 en 5.25 por ciento.

¿Es un escenario creíble? ¿Lo podemos utilizar para la planeación de las empresas? En principio si, ya que los números no son tan distintos al consenso (mediana) actual de mercado. Incluso, hay corredurías que anticipan más crecimiento; Nomura espera 2.8 por ciento para 2016, mientras que Scotiabank piensa en una tasa de 3.5 por ciento para 2017. Las proyecciones del tipo de cambio para fin de año para 2016 van de 16.80 (Santander) hasta 18.50 (JP Morgan) y para fin de 2017 de 16.00 (CIBanco) hasta 18.60 (BAML). Nadie puede predecir el futuro, simplemente tenemos que estar conscientes de los riesgos y pendientes de las actualizaciones.

¿Los riesgos son más hacia la baja o hacia el alza? Por lo pronto, pensaría que a la baja, pero el tiempo dirá.

El INEGI dio a conocer el crecimiento del PIB de 2015 el mes pasado, por el lado de la oferta. Las cifras incluyeron el PIB total y el desglose a nivel de dos dígitos del SCIAN, que significa el crecimiento de los 20 sectores de la economía (aunque realmente son 19 al no separar el comercio al por mayor del comercio al por menor). Resultó que el PIB creció 2.5 por ciento, pero a un pellizco de registrar 2.6 (ya que fue 2.5496 por ciento). No nos debería de sorprender que la próxima revisión sea al alza, ya que a semana pasada se divulgó el desglose por el lado del gasto (también denominado de la demanda agregada), que revela algunos aspectos interesantes del acontecer económico del año pasado.

Primero, el supuesto crecimiento “sorpresivo” del consumo privado, siempre no fue para tanto. En 2015 creció 3.1 por ciento (3.148 para ser más exacto), que fue 1.23 veces lo que creció el PIB. Si examinamos la relación histórica entre consumo y PIB, encontramos que fue un año normal, ya que el promedio de los diez años anteriores fue 1.22 veces. Más bien, el año anormal fue 2014, ya que la relación apenas fue 0.79 veces y se explica por la reforma fiscal. En 2015, simplemente observamos el regreso a la normalidad.

Segundo, habíamos visto que las exportaciones cayeron -4.1 por ciento en 2015, producto del desplome de las petroleras, pero también de un pobre desempeño de las exportaciones no petroleras. Sin embargo, estas cifras de la balanza comercial son en dólares nominales, por lo que no reflejan el volumen exportado. Si examinamos las cuentas nacionales, que mide el crecimiento en términos de pesos reales, resulta que las exportaciones crecieron 9.1 por ciento. Esto significa que sí hubo un incremento importante en el volumen de exportación, impulsado por la depreciación de la moneda, pero como fue a precios más baratos, no obtuvimos más dólares en el año. Otra paradoja es que, aunque tuvimos el déficit comercial más elevada desde 2008 (medidos en dólares), resulta ser el superávit más elevada de hace por lo menos los últimos diez años medidos en pesos reales.

Tercero, la SHCP nos había reportado un aumento en el gasto del sector público total de 5.8 por ciento real en 2015, para registrar el nivel de gasto público (nominal y real) más elevada en la historia. No solamente fue un crecimiento real elevado (el promedio anual de los últimos 34 años es 2.5 por ciento), sino resulta que la tasa es superior a 24 de los 34 años de historia consultada. Pero al consultar las cifras del INEGI para ver su impacto en el valor agregado del país, nos topamos con un gran misterio. Sumamos el consumo público y la inversión pública para tener una idea del gasto público total; encontramos que la tasa real de 2015 respecto al año anterior es -0.01 por ciento. Salvo 2012, es la tasa más baja que encontramos.

La explicación principal es una caída de -6.5 por ciento en la inversión pública real, contra un avance de 2.4 por ciento que presume la SHCP y el sexto año consecutivo con tasa negativa. Peor aún, mientras que la SHCP reporta un crecimiento acumulado de gasto público de capital de 48.4% en 2015 respecto a 2009 (seis años), INEGI nos dice que la inversión pública ha disminuido -23.7 por ciento en el mismo periodo.

No sé ustedes, pero para mí esto es un escándalo mayúsculo. Tenemos el mayor gasto público real en la historia, pero sin que aporte al crecimiento económico. La tasa de crecimiento promedio de 2010 a 2015 es de 3.2 por ciento, mientras que el PIB sin inversión pública ha avanzado a una tasa promedio real de 3.6 por ciento. ¿Cuál es el propósito de la inversión pública? ¿Crecer menos? ¿Para esto nos quitan impuestos?

Por último, el INEGI mide el PIB primero por el lado del valor agregado (valor bruto de la producción menos el consumo intermedio) y después por el lado del gasto. Aunque en teoría deben dar el mismo resultado, siempre hay una discrepancia estadística entre los dos cálculos. El problema es que la contabilidad nacional no es lo mismo que la de una empresa, ya que los cálculos son por inferencia estadística (encuestas) y no por asientos contables exactos. En 2015 se registró la discrepancia estadística más elevada en la historia entre los dos cálculos; resulta que la suma de los componentes es 2.4 por ciento mayor que el PIB. Si el cálculo del PIB hubiera sido por el lado del gasto, el crecimiento en 2015 hubiera sido 4.4 por ciento. En principio, el primer cálculo es más robusto, por lo que la discrepancia se le resta al cálculo por el lado del gasto. ¿Será?

De manera inusual, la semana pasada la Secretaría de Hacienda y el Banco de México anunciaron conjuntamente nuevas medidas de política económica. En principio, las decisiones son “restrictivas”, típicamente asociadas a situaciones de crecimiento acelerado con presiones inflacionarias. No obstante, la economía avanza a pasos moderados y la inflación se ubica por debajo del objetivo que ha establecido el banco central. Si tomamos en cuenta el entorno externo, el desempeño de la economía mexicana es comparativamente bueno. Obviamente, las autoridades vieron la necesidad de implementar acciones para corregir el rumbo, pero ¿cuáles fueron sus motivaciones? ¿Realmente está tan mal la coyuntura?

En principio, las medidas fueron relativamente simples. En materia de política fiscal, la SHCP anunció un recorte al gasto público programado para el año equivalente a 0.7 por ciento del PIB. En cuanto a la política monetaria, Banxico comunicó el incremento de 50 puntos base en el objetivo de la tasa de fondeo interbancario, fuera de calendario. En lo que toca a la política cambiaria, la Comisión de Cambios informó que se cancelan las intervenciones mecánicas vía subastas en el mercado cambiario. Las intenciones de las autoridades son básicamente preventivas, encaminadas a evitar un rebote en la inflación por la depreciación de la moneda y corregir el gasto ante la disminución de ingresos petroleros. Finalmente, tuvieron que admitir que la política cambiaria no era la adecuada y que las finanzas públicas enfrentan más riesgos que lo que habían admitido.

Hubo mucha critica a la política de intervenciones en el mercado cambiario, ya que se perdió una cantidad considerable de reservas sin que se detuviera la depreciación del peso. Por lo mismo, muchos vieron las subastas diarias como un fracaso. Sin embargo, la intención nunca fue “corregir” el tipo de cambio, sino simplemente reducir la volatilidad diaria. En este sentido, podemos decir que la política funcionó, pues de no haberse implementado es muy probable que hubiéramos visto una depreciación mucho más desordenada. Pero si este es el caso, entonces ¿por qué se abandonó? La razón principal es que, ante la depreciación continua de la moneda, las autoridades monetarias vieron que el problema no era la volatilidad del ajuste en sí, sino más bien el hecho de que existe un sobreajuste de una dimensión ya exagerada.

El aumento en la tasa de política monetaria está encaminado a hacer que el peso sea más atractivo. Todavía hay una gran cantidad de inversión extranjera de portafolio que puede abandonar el país, por lo que el tipo de cambio pudiera seguir aumentando por mucho más tiempo. Una moneda exageradamente subvaluada puede acarrear muchos problemas, de los cuales una mayor inflación es apenas el principio. Puede ser que hasta ahora se ha evitado el traspaso de la depreciación a los precios en general, pero ante el tamaño del ajuste es inevitable que tarde o temprano veamos un incremento en la inflación. Ya no era cuestión de mantener el diferencial de tasas con Estados Unidos, sino de ampliarlo para incentivar la inversión en pesos.

En principio, pudiéramos ver el ajuste a la política fiscal como una acción separada de la monetaria, simplemente enfocado a asegurar el proceso de consolidación fiscal que necesita realizar la SHCP. Sin embargo, las medidas se complementan muy bien, ya que la preocupación por el precio del petróleo estaba ejerciendo presión sobre el tipo de cambio. Utilizar dos instrumentos en la misma dirección debe tener mucha más eficacia que uno solo, o peor, que los dos se manejaran en sentidos opuestos. También hace mucho sentido aplicar el 75 por ciento del recorte a Pemex, ya que es el foco principal del problema.

Algunos se han cuestionado los tiempos de las medidas, ya que se sabe que la política monetaria tarda mucho en surtir efecto. Si las autoridades monetarias hubieran aumentado la tasa hace un par de meses, es muy probable que el tipo de cambio no solamente no hubiera aumentado lo que vimos a principios de año, sino que seguramente hubiera empezado desde entonces a apreciarse. No obstante, en ese momento se pensaba que el aumento de la tasa de fondos federales por parte de la Reserva Federal daría fin a un periodo prolongado de incertidumbre y turbulencia en los mercados. El problema fue que no solo no pasó lo que se esperaba, sino que se complicó todavía más el panorama. Difícil de anticipar, pero al final de cuentas las medidas son muy buenas (aunque un poco tarde) y deben empezar a surtir efecto casi de inmediato.

Existe tres formas distintas (pero equivalentes) para calcular el PIB mediante las cuentas nacionales. La primera es mediante la resta del valor bruto de la producción y el consumo intermedio, que se llama el método del valor agregado. Esta da el cálculo del PIB por el lado de la oferta, desagregado por los principales sectores de la economía, que en principio son 20. Este es el que en principio utiliza el INEGI y que publicará el próximo 23 de febrero. La segunda es por el lado del gasto, que resulta en la suma del consumo privado, el gasto público, la inversión fija bruta, la variación de existencias y las exportaciones netas. También lo calcula el INEGI, aunque lo dará a conocer un mes después del primer cálculo, el 18 de marzo. La tercera es a través de la suma de los componentes del PIB por el lado de los ingresos (salarios, utilidades, pago a capital, etc.). Esta última no lo estima el INEGI, por lo menos no con la frecuencia trimestral de las demás cuentas.

En principio, no es necesario. La recomendación de FMI es que cada país escoja dos de las tres formas, una como principal y la otra para asegurar consistencia. Utilizar las tres ya es redundante y podría resultar muy caro. Dado que la contabilidad nacional se realiza mediante encuestas, los cálculos son estimaciones que contienen cierto grado de error probabilístico. Incluso, entre las dos formas que utiliza el INEGI existe una discrepancia estadística, difícil de obviar. No obstante, al no realizar el cálculo por la tercera forma, no tenemos indicadores oportunos de ingresos como podría ser el ingreso personal disponible.

Una de las sorpresas de 2015 fue la mejoría en el consumo de las familias, a pesar del estancamiento de las exportaciones y una inversión fija bruta decepcionante. Las ventas internas de automóviles crecieron a tasas no observadas desde hace quince años. Las ventas que reportó la ANTAD sorprendieron a todos al registrar crecimientos reales por encima de muchos años anteriores. Al final, hubo muchas hipótesis para explicar este comportamiento (como la de las remesas familiares en pesos reales, la expansión monetaria del Banco de México y la existencia de una demanda reprimida), pero realmente no podemos terminar de entender el fenómeno sin un indicador confiable del ingreso personal disponible, ya que el consumo es función primordialmente del ingreso.

Lo más cerca que tenemos es un cálculo incompleto que podemos realizar mediante los datos estratégicos que brinda la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) en su entrega trimestral. La encuesta proporciona las horas trabajadas a la semana y los ingresos por hora trabajada, que al multiplicar nos da el ingreso promedio por semana. Si lo deflactamos por el INPC tenemos una aproximación al ingreso promedio real de las familias. Finalmente lo podemos multiplicar por el número de empleados remunerados que reporta la encuesta para obtener una idea de la masa salarial real. Este cálculo no incluye muchas fuentes adicionales de ingresos, por lo que es incompleto. No obstante, ante la ausencia de algún indicador mejor, lo podemos analizar para ver si nos ayuda a explicar el fenómeno descrito.

Lo primero que sobresale es que el ingreso promedio real creció 1.8 por ciento en 2015. En principio uno pensaría que no es mucho, en especial para explicar un consumo real que creció por arriba de 3 por ciento en el año. Sin embargo, resulta que el ingreso viene de siete años consecutivos de tasas negativas. La última vez que creció fue 1.0 por ciento en 2007. El rebote de 1.8 por ciento del año pasado viene después de haber caído -4.7 por ciento en 2014. De hecho, con todo y el incremento observado en 2015, el ingreso se ubica -15.6 por ciento por debajo del registrado en 2007.

La buena noticia es que el empleo remunerado ha crecido todos estos años. La mala es que la mayoría de los empleos creados han sido de muy bajos ingresos. En 2015, el empleo creció 2.2 por ciento, mientras que en 2014 creció 0.6 por ciento (la tasa más baja de los diez años que tenemos de datos de la ENOE). Si multiplicamos el empleo por los ingresos promedio, vemos que la masa salarial real creció 4.1 por ciento, la mejor tasa observada desde 2006. Aun así, se ubica -1.5 por ciento por debajo del nivel observado en 2008.

Los datos afirman que sí hubo una recuperación en el ingreso, que en parte explica la mejora en el consumo. También da pie a pensar en la existencia de una demanda reprimida (después de siete años de caídas en el ingreso) que motivó a las familias a gastar un poco más.

Después de un año de inflación a la baja, todos anticipan que 2016 se caracterizará por una tendencia alcista. La pregunta no es si va a subir la inflación, sino cuánto. ¿Será un incremento moderado limitado para quedar cerca del objetivo de Banxico? O bien, ¿empezaremos a sentir los efectos de un mayor traspaso de la depreciación del peso y una disminución en la brecha negativa del producto (output gap), a tal grado que sorprenderá la inflación al alza?

Por lo pronto, ya tenemos los datos de la inflación de enero, un mes importante, ya que marca la pauta para el año. El gobierno casi siempre aprovecha para ajustar sus tarifas y precios bajo su control, mientras que empresas aumentan sus precios a principios de año. De entrada, el INEGI informó una tasa de 0.38 por ciento para el mes, por arriba de lo que esperaban todas las instituciones financieras que participan en la Encuesta Quincenal de Banamex. La inflación de los últimos doce meses aumentó a 2.61 por ciento, mientras que la de las últimas 24 quincenas llegó a 2.75 por ciento, la más elevada desde la primera quincena de julio del año pasado.

De entrada, sorprendió la tasa de 0.35 por ciento de la segunda quincena del mes, ya que la primera quincena aumentó tan solo 0.03 por ciento. Había instituciones como CIBanco, que esperaban -0.11 por ciento para la segunda mitad de enero. Sin embargo, la tasa subyacente fue 0.19 por ciento para el mes, ligeramente por debajo del consenso de 0.21 por ciento. Por lo mismo, lo que realmente sorprendió fue el componente no subyacente, que aumentó 1.0 por ciento en la quincena (después de una disminución de -0.13 por ciento en la quincena anterior), para registrar un incremento de 0.96 por ciento en el mes. ¿Qué explica este aumento y deberíamos estar preocupados?

De entrada, las alzas en los precios de frutas y verduras (como cebolla, calabacitas y jitomate) explican dos terceras partes del aumento en el componente no subyacente. Estos precios aumentan y bajan mucho, en forma casi aleatoria. También aumentaron las tarifas autorizadas por el gobierno 1.13 por ciento en el mes (derechos por el suministro de agua). Estos incrementos típicamente se presentan en este mes y después no aumentan tanto. En general, podemos pensar que el incremento pronunciado en este componente no obedece a una presión inflacionaria per se, sino simplemente un ajuste estacional que no se debe repetir mucho en el año, salvo el comportamiento en los precios de frutas y verduras que es totalmente impredecible.

Lo que siempre debe preocupar más es el componente subyacente, ya que, si hay un mayor traspaso de la depreciación del peso o si empieza a sentirse presiones por una demanda agregada creciente, es aquí donde lo vamos a notar. De entrada, no hay evidencia (todavía) de un mayor traspaso. El componente de mercancías no alimenticias (el más susceptible a un traspaso) registró un incremento de 0.16 por ciento y su variación anual llegó a 3.1 por ciento. Si tomamos en cuenta que el tipo de cambio ha aumentado alrededor de 40 por ciento en el último año y medio, queda claro que estos números reflejan una ausencia de efectos indirectos o secundarios sobre los precios. No descarta ajustes futuros, pero por lo pronto no hay evidencia de alguna contaminación.

El Banco de México ha reportado la presencia de una brecha de producto negativo desde hace tiempo, es decir, que el crecimiento de la economía se ubica por debajo del PIB potencial, que es lo máximo que podemos crecer sin ejercer presiones inflacionarias por el lado de la demanda. El componente de “otros servicios” (el más susceptible a estas presiones), registró una disminución de -0.07 por ciento en el mes, lo que sugiere que la brecha permanece negativa y que por lo pronto no hay evidencia de que se estuviera cerrando.

Por último, observamos que la inflación al productor en enero fue 0.87 por ciento, alcanzando una tasa anual de 3.9 por ciento. Esta cifra sugiere que los productores han experimentado mayores aumentos de precios, pero que no los han reflejado en sus precios al consumidor, todavía mayor evidencia de que permanece la brecha negativa de producto. Por ejemplo, la fabricación de equipo de cómputo refleja un incremento anual de 15.9 por ciento en los precios al productor, mientras que al consumidor refleja una tasa anual de -0.2 por ciento. En general, los bienes durables al consumidor han aumentado 2.7 por ciento anual, prácticamente la mitad del incremento al productor.

Conclusión, la inflación anual ha empezado su esperada trayectoria ascendiente, pero todavía sin mayor preocupación.

La semana pasada, el INEGI dio a conocer el balance comercial de diciembre y, por tanto, de todo el año pasado. Resulta que el saldo del año fue un déficit de 14.5 mil millones de dólares (mmd), el balance más negativo que se ha registrado desde 2008. El déficit, que es aproximadamente 1.3 por ciento del PIB, es apenas la segunda vez en los últimos diez años que ha superado el uno por ciento del total de bienes y servicios finales producidos en el país en un año.

El déficit de 2015 fue 11.6 mmd más deficitario que el año anterior. Resulta muy poco común ver un cambio tan radical de un año a otro en el saldo comercial, ya que salvo 2009 (año de la gran recesión y desplome en el comercio exterior mundial) los cambios promedio son menores en promedio a los 2 mmd. La explicación principal radica en el desplome de las exportaciones petroleras, que disminuyeron -45.0 por ciento respecto a 2014, provocando un déficit en el balance petrolero por primera vez en cuatro décadas. El balance petrolero pasó de un superávit de 1.1 mmd en 2014 a un déficit de 9.9 en 2015, una diferencia de 11.0 mmd. Pero si tomamos 2013 como referencia cuando hubo un superávit de 8.6 mmd, tenemos una disminución acumulada de 18.5 mmd en tan solo dos años. Aunque hemos tenido años en que la baja del precio de exportación de petróleo ha sido igual o hasta más acentuada, en esta ocasión se juntó con una disminución significativa en la producción. El resultado final es que el valor de las exportaciones petroleras representa una disminución de 58.5 por ciento respecto al que teníamos en 2011.

Dado que México importa mucha gasolina y algunos otros productos petroleros, cuyos movimientos en precios están correlacionados con el del petróleo, la balanza petrolera tiene un elemento amortiguador implícito. Por ejemplo, las exportaciones petroleras disminuyeron 45.0 por ciento, mientras que las importaciones cayeron -19.8 por ciento; la caída en el precio de exportación de petróleo fue acompañada con un precio menor en el precio de la importación de gasolina. No obstante, en esta ocasión la menor producción de petróleo no fue acompañado por una disminución similar en el consumo de gasolina, lo que provocó que por fin México terminara con un saldo petrolero deficitario.

En el pasado, el saldo petrolero superavitario ayudaba a compensar el déficit comercial de los bienes y servicios no petroleros. Por ejemplo, en 2006 el déficit no petrolero de 25.5 mmd tuvo la contrapartida de un superávit petrolero de 19.4 mmd, para terminar con un déficit total de apenas 0.6 por ciento del PIB. Afortunadamente, el deterioro petrolero se ha producido después de haber experimentado un cambio estructural en el balance no petrolero: hemos visto una disminución paulatina del déficit no petrolero desde 2009 a la fecha. En 2008, el déficit superó los 32 mmd, casi 3.0 por ciento del PIB. Desde ese año a la fecha hemos visto una disminución año tras año hasta llegar a su nivel más bajo de 0.3 por ciento del PIB en 2014. El déficit petrolero de 2015 llegó en un momento en que el no petrolero apenas registró 0.4 por ciento del PIB. De no ser por el bajo déficit no petrolero, el déficit comercial total de 2015 hubiera podido llegar a superar 4.0 por ciento del PIB.

En principio, las exportaciones mexicanas tienen un alto contenido de insumos importados. Esto significa que existe una elevada correlación entre ambas. Si disminuyen las exportaciones, automáticamente caen las importaciones y no terminamos con un déficit mayor. Incluso, nuestras exportaciones son en buena medida insumos de las exportaciones de Estados Unidos. A raíz de la apreciación del dólar, disminuyeron las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo. Eso hizo que no crecieran tanto nuestras exportaciones a Estados Unidos y automáticamente casi no hubo crecimiento en las importaciones.

No obstante lo anterior, la regla de aproximación anterior era que nuestras importaciones crecían ligeramente más que las exportaciones. Sin embargo, de 2008 a la fecha se ha invertido esta regla: ahora nuestras exportaciones usualmente crecen ligeramente más que las importaciones. Esto ha hecho posible que el déficit no petrolero haya disminuido poco a poco en los últimos años. Por ejemplo, en promedio las exportaciones no petroleras han crecido 6.6 por ciento anual en los últimos siete años, mientras que las importaciones no petroleras crecieron tan solo 5.0 por ciento promedio en los mismos años. De esta forma, el déficit no petrolero de 32.2 mil millones de dólares de 2008 pudo disminuir a 4.6 mmd en 2015.